martes 27 de enero de 2009

Anecdotario del viaje a Cuba III

Talco es un negro de casi dos metros de altura que trabaja de enfermero en un hospital (público, claro está). Es flaco, fibroso, de labios gruesos y ojos muy grandes. Atajó durante un tiempo para un club profesional de la liga cubana de fútbol, y era uno de los vecinos de la infancia de Vitico, un amigo nuestro, cubano de nacimiento, argentino por adopción, que viajó a visitar a su familia, y a su barrio, mientras nosotros estábamos allá.
Talco es un tipo muy humilde, brindado, dispuesto a escuchar cómo es y cómo funciona nuestro mundo, la Argentina, y nada mezquino a la hora de compartir sus propias experiencias, frustraciones y anhelos. Nos hizo de guía una noche que quisimos dar una vuelta por la Habana vieja. Allí, escuchando un quinteto de son, con un mojito en la mano, nos contó que no tiene hijos, ni esposa, pero sí una novia holandesa que lo visita una, o dos veces por año. "De Cuba no me voy", aclaró, "si quiere que venga ella".

Con Talco y Vitico salimos, una mañana, rumbo a una de las playas del Este, siempre en la Habana. Nuestro equipaje se reducía a una cámara de fotos, mate, libros, alguna toalla, una pelota de fútbol y una botella de Ron. Por la tarde caerían a la playa otros amigos cubanos de Vitico.

La guagua nos dejó a medio kilómetro de la playa, sobre la ruta. Después de descender por una extensa lomada - abierta, prácticamente despoblada, a excepción de unas pocas casas de fin de semana bastante modestas, donde la gente jugaba al domino bajo la sombra-, con mucho césped prolijamente cortado a los costados del camino, y cruzar una calle de tierra, pusimos nuestros pies descalzos sobre la fina arena de la playa: color, blanca. Había varias palmeras, espigadas y de hoja verde, y rústica, con cocos, y flores amarillas en la punta. El cielo, como casi durante toda nuestra estadía en la isla, lucía generoso: color, azul profundo. Y el mar caribe, se abría ante nuestros ojos como un paisaje excepcional: color, turquesa.

Salvo la zona de un gran hotel de los años ochenta clavado casi sobre la arena, dónde había algunas sombrillas, reposeras y una o dos barras donde se podía tomar un mojito, a los costados, sólo se veía agua, arena y cocos (y unos pocos cubanos).
Tiramos los bolsos, el termo, las toallas y los libros sobre la arena, jugamos un rato a la pelota y nos metimos al agua. Vitico nos contó, dentro del mar, con el agua hasta la cintura, a unos cien metros de la playa hasta donde habíamos llegado después de nadar por unos minutos, y donde se hacía pié, que allí, en las playas del Este, como no hay hoteles alojamiento, las parejas se llevaban un gomón de algún carro viejo –un neumático-, y que ahí se quedan, a la deriva, regalándose manos y besos, hasta que se agotan, y vuelven. Eso sí: tenés que saber nadar, aclaró un Vitico esfiestado, absorvido por la alegría de volver a su tierra.

Un uniformado de la policía Nacional Revolucionaria, con borceguíes, pantalón y camisa de lona gris, cinto con bastón de goma y pistola 45 mm, estrella plateada con la insignia de la fuerza, y boina, apareció a nuestra izquierda, a paso lento, caminando sobre la arena. Y el presentimiento no falló: fue directo hacia Talco.

Después de intercambiar unas palabras ahí mismo, de parados, entre los bolsos y el mate, mientras nosotros mirábamos inquietos e incómodos –también con disimulo, por costumbre-, el poli se lo llevó hacia un pequeño médano, a unos diez metros de distancia de nuestro campamento. Y allí se quedaron, a contra luz del sol. Veíamos sus cuerpos sombreados, los contornos de sus figuras, pero no sus gestos. Talco le sacaba dos cabezas al agente, y parecía hablarle con bastante naturalidad, sin temor. El otro hablaba por radio, le pedía información a su interlocutor, y no parecía darle mucha pelota a nuestro compañero.

- ¿No da que intervengamos, que le vayamos a decir algo? –la duda, angustiosa, va dirigida a Vitico.
- ¡No, chico! – repite una y otra vez, agarrándose la cabeza -, por más que le digas al tipo que el Talco es un fenómeno, que es amigo tuyo, no le vas a hacer ningún favor.
Fotografiamos al policía, con la radio en la mano, y el Talco, con lo puesto, en lo más alto del médano.
- ¿Y el rati no se zarpa, no se aprovecha de su autoridad? –tenemos tan incorporado, casi como un hecho cultural, que la policía busca siempre una ventaja, que no nos podíamos desprender de la idea.
- No. Los tipos no se corren de la raya porque si los agarran los hacen cagar –cuenta Vitico, sentado en la arena, con un coco en la mano, del que toma, con una pajita, ron Havana-. Hay excepciones, claro, como en todos lados, pero en general no se abusan. La corrupción, aquí –con el dedo en punta marca la arena-, está duramente castigada por la ley.
- ¿Y cual es el problema con Talco?
- Que no tiene documentos. Es un huevon. No se puede salir sin documentos, y menos a una playa donde hay turistas, y menos que menos si sos negro.

Finalmente, el policía revolucionario se llevó al compañero. Lo saludamos con el brazo en alto, con una sensación de mierda en el cuerpo, y varias contradicciones en la cabeza.

Con el correr del día cayeron al fogón otros amigos cubanos. Todos negros y vecinos del barrio Alamar, donde estábamos parando. Uno de ellos, Dedos, era pianista. Menos de veinticinco años de edad y trabajaba como pianista de los ensayos del Balet Nacional de Cuba. Otro, una mole de músculos, rastas en la cabeza, ojos achinados, grandote de todos lados, negro como la noche cerrada, era odontólogo. También menor de treinta años.
- El único afro americano achinado –jodía Vitico, siempre con el vasito de ron en la mano, de pié en el medio del círculo de amigos y amigas, sobre la arena -, 1.20 la foto con el chino – ofrecía, y estallaba en risas.
Me saqué foto con él. Sí. Charlamos sobre la salud pública, los hospitales, las bocas sanas de todos los cubanos con los que estuvimos, las piezas dentales de color plata y bronce que estaban a la vista en muchas y muchos, el conducto, perno y corona que me había tenido que hacer yo antes de viajar, los trescientos dólares que tuve que pagar, y su cara de incredulidad.

Cuando alguien pegó el grito, los vimos venir: el poli revolucionario y Talco. Aplausos, vivas, festejos.

El hombre de boina, bajito, a pesar del clima de fiesta, no perdía la seriedad que le endurecía la cara. Talco fue el primero en hablar:
- El hombre está haciendo su trabajo –y le pasa el brazo por encima del hombro (sólo unos segundos), mientras el poli nos mira uno por uno-, fuimos hasta el destacamento, corroboraron que estaba todo bien, y acá estamos.
Más aplausos. La botella de ron pasaba de mano en mano. Cuando le llegó a Talco, éste le ofreció al poli. El morrudo y pequeño policía revolucionario miró la hora, dudó por unos instantes, pero aceptó.
A partir de ese momento, y por el lapso de unos quince minutos, nos contó por qué un par de años atrás no se permitía el contacto del cubano con el turista: “por seguridad, para ustedes -y nos marcaba con el dedo en punta-, para que no los roben, porque su dinero, gastado aquí, nos sirve a todos -tomó un traguito de ron de su vaso-, y tamboién por seguridad para el gobierno, porque no se olviden que nosotros estamos en guerra hace cincuenta años, y por más que estemos aquí, yo no sé quienes son ustedes”.
El color del mar era maravilloso. Al sol le faltaba un rato para acercarse al horizonte, del otro lado del océano, por encima de las sierras que se veían a lo lejos. A nuestro costado había un par de cubanos, subidos a una escalera, haciendo caer los cocos de una palmera con una caña de azúcar a la que le había atado un gancho en la punta.
“Ahora”, relataba el policía, con el vasito en la mano, con el pecho inflado al verse protagonista indiscutido del improvisado círculo de argentinos, los músculos de la cara ya más relajados, “el cubano puede ir y venir con el turista, pero con documentos encima”.

Después de un rato, y varias vueltas más de ron, terminamos hablando de nuestra propia policía, confiándole algunos casos emblemáticos de gatillo fácil, por ejemplo, o los secuestros extorsivos con directa implicancia policial. Cuando no dio para más, nos sacamos fotos varias fotos, abrazados, de a dos, tres, todos juntos. Las preferidas de él eran las fotos que se sacaba con las chicas, y, como los nenes, ni bien la maquina disparaba, y la foto se desarmaba, se acercaba a la cámara para verse en la imagen.

Vitico, Dedos, el Chino, y otros dos, charlaban sobre la arena, ajenos a nuestra experiencia con el policía revolucionario. Sólo Talco participó de la inolvidable sesión de fotos.

jueves 22 de enero de 2009

A lo seguro, a Cuba - Parte II


En Cuba formalmente no hay economía de mercado. Entonces no hay publicidad. Cuba es la otra parte del mundo, la otra cara del sol. No hay promotoras ni promotores que te quieren vender la felicidad a poco precio, no hay tiempos compartidos. No se compite por el bolsillo de las personas. Es cierto que es un país pobre. Y es cierto, además, que las marcas yankies son conocidas y atractivas para la juventud igual que en cualquier lugar: Nike y compañía por ejemplo. Pero la pipa de Nike no está atravesando La Habana con marquesinas repletas de luz y Tevez guiñandote el ojo. En Cuba vas por la ruta y casi no hay carteles, los pocos que se ven son en contra del bloqueo, a favor de la revolución o, excepcionalmente, de una empresa del estado. Nadie tiene que mostrar que la tiene más grande. Porque, a pesar de las restricciones económicas, del atraso tecnológico y del descreimiento de una gran parte de la juventud, lo que persiste es lo esencial, no lo superficial. Decía en el otro post que en Cuba no hay inseguridad. Otra de las razones de este fenómeno es justamente que en Cuba no hay mercado, no hay intereses económicos alrededor de la inseguridad. En mi trabajo, cuando converso con mi jefa sobre la seguridad, ella me repite: la inseguridad es un negocio: seguridad privada, alarmas, seguros contra robos, etc. Es un círculo: hay inseguridad y hay reclamos, entonces se venden más alarmas, más seguros, policía adicional, mejores armas, más garitas; la inseguridad continúa y el negocio crece, un negocio a expensas de los derechos de la población. En Cuba están garantizados los derechos básicos de un ser humano, los derechos que otorgan dignidad. No hay mercado, no hay publicidad, no hay terrorismo mediático. Luego, no hay inseguridad.

jueves 15 de enero de 2009

Anecdotario del viaje a Cuba II

A las tres de la mañana del dos de enero debía salir nuestro tren, desde Santiago de Cuba hasta Santa Clara (Villa Clara, para ellos, la doble L pronunciada como "ia"). Pero recién partió a las siete, con el sol ya despuntado en el horizonte, y la claridad de una mañana soberanamente despejada picándonos en los ojos.
Parte de aquellas cuatro horas muertas las usamos para leer, y el resto, para dormitar en el piso de la terminal. Los cubanos esperaron la salida del tren con una paciencia a la que parecían estar acostumbrados, doblados sobre los asientos, la cabeza sobre el hombro del de al lado, parados frente a los ventanales, o hipnotizados frente a dos televisores de veinte pulgadas que perdían la imágen y el audio cada dos minutos.
Cuando se escuchó, a la distancia, el pitazo de la locomotora que hacía su entrada en la vieja estación, nos pusimos todos de pie, nos cargamos las mochilas y bolsos, y después de hacer una fila, salimos al andén en manada.
Nuestro vagón tenía un pasillo que iba de punta a punta (dos personas charlando en el pasillo eran multitud y había que correrse para que pasase el pasajero), y divididos por una puerta corrediza cada uno, unos diez o doce compartimentos donde cabían seis pasajeros con sus bultos: tres de un lado, tres del otro, enfrentados. Los asientos eran de cuerina roja y sobre las cabezas estaba el portaequipajes.
Aunque uno no estuviese en Cuba, charlar con el esporádico compañero de viaje se convertía en una obviedad, porque uno los tenía ahí, al alcande de la mano, y porque el viaje duraría unas doce horas.

-¿Españoles? -nos pregunta un hombre de buena contextura física, de unos cuarenta años, con la gorra dada vuelta, como los beisbolistas, remera, jean.
- Argentinos -devolvemos, una vez más (no era la primera vez que nos confundían con Españoles).
El hombre sonrie. Está sentado junto a nosotros (Sofía y yo), y en el asiento de enfrente está su mujer, de su misma edad, y el nene de ámbos, un flaquito muy simpático que nos acababa de convidar unas galletas dulces.
- ¿Hacia dónde van? -pregunta el hombre. La mujer, y el nene, también prestan atención.
- A Santa Clara.
- La ciudad del Che.
- Exactamente.
- ¿Les gusta Cuba? - ahora es ella la que pregunta. Tiene el pelo recogido, delineador en los ojos, una remera y pollera de jean. En la falda, un bolsito de mano.
- Nosotros, los argentinos, estamos enamorados de la revolución, y de la lucha del pueblo cubano a lo largo de estos cincuenta años -digo, y sé que estoy tomando un riesgo del que puedo salir golpeado-. Venimos a escucharlos a ustedes, a aprender. Nos gustan sus playas, claro, pero las razones que nos traen hasta acá son pasan por otro lado.
Al lado de la mujer, hay una parejita joven. Ella está recostada sobre el cuerpo de él. Los dos nos miran con interes.
La charla se interrumpe porque una mujer, también de color (como la familia): la guarda del vagón (cada vagón tiene su propio guarda). A pesar del calor, lleva un atuendo sencillo y prolijo. Su única herramienta de trabajo: una birome y unas planillas. La vimos trabajar sin descanso, y con mucha paciencia, para acomodar a las cientos de personas que buscaban su lugar, entre bolsos, paquetes y mucha desorganización. Existía una pequeña sobreventa de pasajes, y algunos se quejaron a los gritos. La señora, con una vocación de servicio envidiable, se bancó todos los reclamos, y resolvió cada uno de los problemas. Desde la puerta corrediza nos recorre con la mirada a los siete, y nos pide el boleto. Revisa, agradece, y se retira.
- No está facil la cosa, amigo -vuelve a tomar el hilo el padre-, pero estamos acostumbrados. Trabajo hay, pero lo que falta es el dinero.
- El cubano se las arregla de la manera que sea -interviene el chico que está con su novia (ella, la novia, asiente con la cabeza) -. Yo era muy chico, pero dicen que el período especial (cuando cae el muro de Berlín, y la Unión Soviética, a fines de los años ochenta), fue realmente muy duro.
- ¡Ay, compay! -exclama el padre, riendo (para no llorar)-, si la habrá sido duro aquello... no, ¿mujercita?- le dice a su esposa. Ella asiente con la cabeza pero pierde la vista en la vegetación verde espeso que va quedando atrás del otro lado del vidrio sucio del vagón.
- Pero ahora estamos mejor -dice la flaca que que no debe tener más de veinte años.
- En nuestro país hay mucha gente sin trabajo -digo yo.
- Y sin vivienda, educación y salud -agrega Sofi.
- Pero pueden viajar, venir a Cuba, u otro país -retruca el padre.
- Nosotros sí -y me marco el pecho con el dedo índice -, pero hay muchísima gente que no tiene la posibilidad de viajar, ni de formarse, ni de acceder a un hogar, o a un plato de comida.
- Menem -tira él, de la nada, y nos saca una sonrisa. Inmediatamente percibe que nos acaba de sorprender y el brillo de sus ojos negros brilla aún más que hasta hace un rato. Se da vuelta la viscera y la pone para adelante.
- La dictadura de los años setenta, el neoliberalismo salvaje de los años noventa, la corrupción, la negligencia y traición de nuestra clase política: treinta años de devastación política, social y económica que nos dejaron en la ruina -resumo, arbitrariamente-, y esa es la historia de toda américa latina, y central, salvo la de ustedes, claro.
- Los desaparecidos, el plan condor -vuelve a agregar el padre de la familia, entonado.
- ¿Cómo sabes tanto de la Argentina? -pregunta Sofi, entre risas.

La charla se había puesto sabrosa. Los cubanos nos sorprendían a cada momento, y era muy frecuente encontrarte en medio de una charla sobre política, economía, ciencia o historia, con cualquier hijo de vecino.

El hombre abraza a su hijo, le acaricia la cabeza con su manota negra. Cruzamos la mirada. Sonrío.
- ¿Tenés? -me dice, en tono confidente, apuntando su mirada al nene.
- Sí, uno. Santino.
- Yo tengo tres -y continua con los mimos en la cabeza del nene que, insistía, ajeno al micro clima flotaba dentro del tren destartalado que atraviesa a la isla de punta a punta, con la pregunta de cuando llegan.
- Miren -dice la mujer la madre del nene, y se acomoda en el asiento-, yo soy directora de una Escuela en Camaguey -una pequeña ciudad a que llegaríamos en un par de horas, y donde nos despediríamos de ellos-, y estoy orgullosa de serlo. Todos los chicos, en Cuba, reciben su formación obligatoria hasta noveno grado. Ese es mi legado, mi aporte a la causa. Y la verdad es que tenemos muchas necesidades, ahora, por ejemplo, faltan docentes, porque muchos prefieren salir a hacer un dinero por otro lado, y el gobierno tuvo que convocar a aquellos que ya se jubilaron para cubrir el déficit, pero ahí estamos, trabajando todos los días con la misma convicción.
- Allá, en nuestro país, los chicos van a la Escuela no solo a estudiar, sino también a comer, a ser contenidos socialmente porque muchos de ellos tienen a las familias desarraigadas, sin trabajo, gente que está totalmente afuera del sistema productivo.
Tanto ellos, como nosotros, cuando escuchamos al interlocutor de turno, afirmamos con la cabeza.
- Los padres de nuestros chicos participan del proceso de formación de sus hijos -ahora es ella quien le pasa la mano por la cabeza al hijo, ni bien él se desparrama sobre su falda-, y en cuanto notamos que alguno de ellos tiene una alguna deficiencia, los convocamos. Y tienen que responder.
- Yo estudio medicina y él física -es la chica que viaja con el novio quien pone su grano de arena-, y estamos agracedidos de tener esa posibilidad. Sabemos que en otro lugares no todos tienen las mismas oportunidades, como dicen ustedes, y a pesar de que tenemos mucho por mejorar, porque es verdad, los problemas existen, estamos contentos con nuestro país -afirmamos una vez más con la cabeza, presos de una excitación feroz que nos tiene clavados a los asientos. La pareja de padres los miran complacidos.

Al rato, la parejita también convidaría con galletas. Nosotros, que no teníamos casi nada encima, le pedimos el mate a Riki y Juli, que íban en el compartimento de al lado, junto a un grupo de venezolanos, chavistas, y tirámos el as de espadas: una vuelta de mate para cada uno. "Cumple una función social", les aclaramos. Uno a uno, y con el temor propio de lo desconocido, fueron chupando de la bombilla, a pesar del calor, y las risas de todo el resto (especialmente del nene que nos contó que él íba a estudiar para ser profesor de educación física).

Cuando llegó la hora de despedirse, les dediqué el libro "Gracias por el fuego", de Mario Benedetti, que llevaba encima: "Para la familia cubana, de parte de un grupo de argentinos que pisamos su tierra con el único objetivo de aprender de un pueblo que ha dado enormes muestras de dignidad y valor".

No los depedimos con el brazo por afuera de la ventanilla porque se había llenado de gente que le compraba cositas para comer y tomar a los vendedores que ofrecían sus productos a los gritos desde el andén, pero el saludo, en la puerta del compartimento, fue muy fraternal, sincero, y emotivo.

miércoles 14 de enero de 2009

A lo seguro, a Cuba

La definición más contundente y más fiel que me traje de Cuba es la siguiente: La sociedad cubana es muy sana. Digo que es mi frase fiel porque no me genera contradicciones decirlo. Otras cosas que uno piensa de Cuba, las dice y después se queda pensando si es tan así. Aparecen las contradicciones. De esta estoy seguro. Y de eso voy a hablar, de la seguridad. En Cuba no hay alarmas ni seguridad privada, no hay pedidos de mano dura ni correos electrónicos explicando cómo hacer para caminar de noche por el centro sin que te roben, no hay secuestros ni mentiras de secuestros. No hay inseguridad ni mucho menos sensación de inseguridad. No hay violencia.

Cuando desde ciertos sectores decimos que lo primero que tenemos que garantizar es la seguridad de los derechos no estamos tirando palabras al viento desde una tarima de los derechos humanos, estamos diciendo, primero, que la inseguridad se resuelve integrando y fundamentalmente resolviendo otras cuestiones diferentes al delito.

Es cierto que la cuestión en Argentina es mucho más compleja. Y todo es urgente. Hay inseguridad y sobre todo hay medios masivos de desinformación que aumentan diariamente la sensación de seguridad. En Cuba, en cambio, todos comen, cuando decimos todos es todos, no es una general, no es una mayoría, no es un decir, es todos, todos tienen la libreta de Control de Ventas para Productos Alimenticios.
Los hospitales funcionan para todos y están cerca de todos: donde hay población hay centro de salud. En Cuba todos van al colegio, todos terminan el secundario y muchos la universidad.

En Cuba, entonces, no hay inseguridad.

O si la hay, es baja, no es un problema social, no está en la agenda. Los turistas como nosotros vamos a Cuba porque nos gusta la experiencia socialista, el Che, Fidel y la Sierra Maestra. Los otros turistas van a Cuba porque, además de tener playas hermosas, es un lugar seguro, que el resto del mundo debería envidiar. En Cuba tienen seguros los derechos. ¿Se entiende? Para usted, Blumberg, ¿me entiende?

Otra cosa, algo de color. La Policía, aunque siempre es policía y entonces siempre estará del otro lado, es la Policía Nacional Revolucionaria. Suena lindo.¿Se imaginan un cabeza de tortuga de la bonaerense con la palabra revolución en el pecho? Se autotortura.

Cuba nos dice cuáles son las cosas importantes. El resto del mundo decora la torta y muchas veces la decora sin tener nada adentro. ¿Seguro? Si, seguro. A seguro no se lo llevaron preso. Está en Cuba.

Escribir Cuba

Estuvimos 15 noches en Cuba pero un viaje de estas características dura por lo menos un año. Como un casamiento, se planea con tiempo y la acción de planificar ya es disfrutar. Los pasajes, el pasaporte al día, las búsquedas en internet, las conversaciones con gente que ya anduvo por ahí, el itinerario, la ilusión, la ansiedad, la alegría, el sueño. Y sobre todo la compañía. Un viaje es un lugar de encuentro con el compañero de viaje. En nuestro caso, con Juli decidimos hacer este viaje juntos y sin duda fue una decisión tan grandiosa como la dignidad de los cubanos.

Después transcurren los días del viaje, donde el tiempo se detiene, la rutina se apaga, el estomago se acomoda y las piernas van más rápido que los planes.

Todo se vive intensamente pero, en mi caso, el resultado de eso no está ahí, esta ahora, acá. Se cerró la canilla y la bañadera está llena: Hay que bañarse antes que se enfríe el agua. Hay que escribir.

Como un casamiento, los efectos persisten. En el matrimonio, no tengo aquí que explicarlo. En un viaje, con preguntas y respuestas, con recuerdos, emociones y con escritura, que es la síntesis de todo eso. No pude en Cuba escribir un diario. Tampoco lo intenté demasiado. Mi mano derecha estaba paralizada para la birome. Ahora que llegué a Buenos Aires no quiero hacer otra cosa que escribir sobre Cuba, y todo lo que ello contuvo, contiene y contendrá.

Espero poder invadir este blog de eso, como ya empezó mi hermano, escribir de esta experiencia, histórica como cualquier casamiento.

lunes 12 de enero de 2009

Anecdotario del viaje a Cuba

Volviendo de las playas del Este, en las afueras de la Habana, arriba de una guagua de origen chino, apretujados unos contra otros, y ya de noche -siete y media de la tarde-, sin querer, mi cuerpo roza la cabeza de uno de los dos mellizos -ambos vestidos de amarrillo patito-, que están sentados con las piernitas colgando y los brazos pegados al cuerpo, sin pestañar, en el asiento doble que tengo a la altura de la cintura. El padre, una mole cubana de músculos, el cuello ancho como un plato, y el pelo corto, me da entender que tenga cuidado.
- ¿Gemelos? - arriesgo, a los pocos segundos.
El tipo me sonrie, y afirma con la cabeza. La señora que viaja a su lado, de grandes proporciones, me mira intrigada. Casi no hay turistas en el colectivo, solo cubanos que vuelven de lo de un familiar, o del trabajo, o, los menos, de una playa, como nosotros (es invierno, aunque hagan entre veinte y veinticinco grados).
- Yo fui campeón de lucha libre en los panamericanos de 1991 - comparte, para mi sorpresa, el grandote. El hombre va con las dos manos agarradas al asiento de adelante (donde están sentados los gemelos), y sobre las piernas lleva un bolso de marca Puma despintado, y viejo, con el cierre roto.
- ¿Acá en Cuba?
- No - dice, y acompaña la negativa con el dedo índice -, en Canadá -ahora lo apunta hacia adelante-.
- ¿Seguis compitiendo? -quiero saber (una de las priodidades del viaje es generar un ida y vuelta con los cubanos: hombres, mujeres, mulatos y mestizos, viejos, jóvenes, fidelistas y críticos con el sistema. Y este hombre no es la excepción). La esposa del atleta me observa sin gracia.
- Ya me pasó la hora -confiesa, y me mira, y sonrie-, ahora me dedico a formar a los más jovenes.
Ahora soy yo quien sonrie. La guagua está colmada de gente, y el chofer, un negro espigado que lleva la camisa celeste gastada arremangada, con unos lentes para el sol agarrados a la cabeza de la que brotan pequeñas rastas, se levanta del asiento y, mirando hacia el fondo del omnibus, le pide la gente que se haga lugar, y que avance hacia el fondo.
Vuelvo a mirar el campeón de lucha. Pienso en los deportistas, artistas, o diferentes personalidades del quehacer nacional que tuvieron la posibilidad de viajar por el mundo y que una vez allá, fuese donde fuese, decidieron que a la isla no volverían más. Este hombre no, pienso. Acá está. Fines del 2008, con todas las complicaciones que tienen los cubanos, y que están a la vista, muy a pesar del mítico triunfo de la revolución más digna y poética de la historia moderna, allá, hace cincuenta largos años, el hombre vuelve a casa con su familia, con los bultos, con lo puesto, y en silencio.
- ¿A qué grado van? -esta vez le quiero sacar unas palabras a la madre.
- Tercer grado.
- ¿Les va bien?
Uno de los dos nenes tuerce el cuello y me pispea desde su lugar. Le gana la timidez pero antes de que vuelva a poner la vista en el frente, le pesco una mueca parecida a una sonrisa.
- Muy bien. Son muy estudiosos.
- Salieron al padre -se auto vende el padre, orgulloso, y sonriendo una vez más.
En el medio del colchon de cabezas que se desparraman en el pasillo de la guagua, individualizo a Roberto, el papá de Wen, un amigo que también viajó a la isla. Padre, hermano y hermana, quedaron en encontrarse en la Habana para viajar juntos a Santiago de Cuba el primero de enero, día en el que se cumplirán cincuenta años de la entrada de Fidel, y el ejercito rebelde, justamente, a esa ciudad del norte de la isla. Wen, mi amigo, vive en Buenos Aires, y su padre, y hermana, en el DF, México -hacía ocho años que no se encontraban los tres en un mismo lugar físico-. Le levanto la mano, y pongo los dedos índice y anular en V. Roberto me sonríe desde la penumbra del pasillo, entre los brazos negros y mestizos que se tuercen en el aire para aferrarse de lo que sea, las gorras nike, los bolsitos, las bolsas, y me devuelve el gesto.

Cuando llegamos a nuestra parada, Alamar, uno los primeros barrios de corte socialista de toda la Habana -una pequeña ciudad de monoblocks de cuatro pisos de altura, idénticos entre sí, hoy despintados y con la ropa colgando de los balcones, con estación de policía propia, una feria de verduras y varios perros muy flacos dando vueltas-, nos sacamos una foto con el campeón de lucha, su robusta señora, y los dos mellizitos de amarillo. Nos deseamos buen año unos a otros, estrechamos las manos, y hasta nos regalamos una palmada en el hombro.
Como no puedo con mi genio, a los pocos metros de habernos distanciado, me doy vuelta y le chisto:
- ¡Amigo!
- ¡Sí! -él también se da vuelta, al igual que la mujer.
- ¡Viva la revolución cubana!
El grandote se ríe, saluda con el brazo en alto, y antes de darse vuelta, con un nene en cada mano, devuelve:
- ¡Adios, compay!