Talco es un negro de casi dos metros de altura que trabaja de enfermero en un hospital (público, claro está). Es flaco, fibroso, de labios gruesos y ojos muy grandes. Atajó durante un tiempo para un club profesional de la liga cubana de fútbol, y era uno de los vecinos de la infancia de Vitico, un amigo nuestro, cubano de nacimiento, argentino por adopción, que viajó a visitar a su familia, y a su barrio, mientras nosotros estábamos allá.
Talco es un tipo muy humilde, brindado, dispuesto a escuchar cómo es y cómo funciona nuestro mundo, la Argentina, y nada mezquino a la hora de compartir sus propias experiencias, frustraciones y anhelos. Nos hizo de guía una noche que quisimos dar una vuelta por la Habana vieja. Allí, escuchando un quinteto de son, con un mojito en la mano, nos contó que no tiene hijos, ni esposa, pero sí una novia holandesa que lo visita una, o dos veces por año. "De Cuba no me voy", aclaró, "si quiere que venga ella".
Con Talco y Vitico salimos, una mañana, rumbo a una de las playas del Este, siempre en la Habana. Nuestro equipaje se reducía a una cámara de fotos, mate, libros, alguna toalla, una pelota de fútbol y una botella de Ron. Por la tarde caerían a la playa otros amigos cubanos de Vitico.
La guagua nos dejó a medio kilómetro de la playa, sobre la ruta. Después de descender por una extensa lomada - abierta, prácticamente despoblada, a excepción de unas pocas casas de fin de semana bastante modestas, donde la gente jugaba al domino bajo la sombra-, con mucho césped prolijamente cortado a los costados del camino, y cruzar una calle de tierra, pusimos nuestros pies descalzos sobre la fina arena de la playa: color, blanca. Había varias palmeras, espigadas y de hoja verde, y rústica, con cocos, y flores amarillas en la punta. El cielo, como casi durante toda nuestra estadía en la isla, lucía generoso: color, azul profundo. Y el mar caribe, se abría ante nuestros ojos como un paisaje excepcional: color, turquesa.
Salvo la zona de un gran hotel de los años ochenta clavado casi sobre la arena, dónde había algunas sombrillas, reposeras y una o dos barras donde se podía tomar un mojito, a los costados, sólo se veía agua, arena y cocos (y unos pocos cubanos).
Tiramos los bolsos, el termo, las toallas y los libros sobre la arena, jugamos un rato a la pelota y nos metimos al agua. Vitico nos contó, dentro del mar, con el agua hasta la cintura, a unos cien metros de la playa hasta donde habíamos llegado después de nadar por unos minutos, y donde se hacía pié, que allí, en las playas del Este, como no hay hoteles alojamiento, las parejas se llevaban un gomón de algún carro viejo –un neumático-, y que ahí se quedan, a la deriva, regalándose manos y besos, hasta que se agotan, y vuelven. Eso sí: tenés que saber nadar, aclaró un Vitico esfiestado, absorvido por la alegría de volver a su tierra.
Un uniformado de la policía Nacional Revolucionaria, con borceguíes, pantalón y camisa de lona gris, cinto con bastón de goma y pistola 45 mm, estrella plateada con la insignia de la fuerza, y boina, apareció a nuestra izquierda, a paso lento, caminando sobre la arena. Y el presentimiento no falló: fue directo hacia Talco.
Después de intercambiar unas palabras ahí mismo, de parados, entre los bolsos y el mate, mientras nosotros mirábamos inquietos e incómodos –también con disimulo, por costumbre-, el poli se lo llevó hacia un pequeño médano, a unos diez metros de distancia de nuestro campamento. Y allí se quedaron, a contra luz del sol. Veíamos sus cuerpos sombreados, los contornos de sus figuras, pero no sus gestos. Talco le sacaba dos cabezas al agente, y parecía hablarle con bastante naturalidad, sin temor. El otro hablaba por radio, le pedía información a su interlocutor, y no parecía darle mucha pelota a nuestro compañero.
- ¿No da que intervengamos, que le vayamos a decir algo? –la duda, angustiosa, va dirigida a Vitico.
- ¡No, chico! – repite una y otra vez, agarrándose la cabeza -, por más que le digas al tipo que el Talco es un fenómeno, que es amigo tuyo, no le vas a hacer ningún favor.
Fotografiamos al policía, con la radio en la mano, y el Talco, con lo puesto, en lo más alto del médano.
- ¿Y el rati no se zarpa, no se aprovecha de su autoridad? –tenemos tan incorporado, casi como un hecho cultural, que la policía busca siempre una ventaja, que no nos podíamos desprender de la idea.
- No. Los tipos no se corren de la raya porque si los agarran los hacen cagar –cuenta Vitico, sentado en la arena, con un coco en la mano, del que toma, con una pajita, ron Havana-. Hay excepciones, claro, como en todos lados, pero en general no se abusan. La corrupción, aquí –con el dedo en punta marca la arena-, está duramente castigada por la ley.
- ¿Y cual es el problema con Talco?
- Que no tiene documentos. Es un huevon. No se puede salir sin documentos, y menos a una playa donde hay turistas, y menos que menos si sos negro.
Finalmente, el policía revolucionario se llevó al compañero. Lo saludamos con el brazo en alto, con una sensación de mierda en el cuerpo, y varias contradicciones en la cabeza.
Con el correr del día cayeron al fogón otros amigos cubanos. Todos negros y vecinos del barrio Alamar, donde estábamos parando. Uno de ellos, Dedos, era pianista. Menos de veinticinco años de edad y trabajaba como pianista de los ensayos del Balet Nacional de Cuba. Otro, una mole de músculos, rastas en la cabeza, ojos achinados, grandote de todos lados, negro como la noche cerrada, era odontólogo. También menor de treinta años.
- El único afro americano achinado –jodía Vitico, siempre con el vasito de ron en la mano, de pié en el medio del círculo de amigos y amigas, sobre la arena -, 1.20 la foto con el chino – ofrecía, y estallaba en risas.
Me saqué foto con él. Sí. Charlamos sobre la salud pública, los hospitales, las bocas sanas de todos los cubanos con los que estuvimos, las piezas dentales de color plata y bronce que estaban a la vista en muchas y muchos, el conducto, perno y corona que me había tenido que hacer yo antes de viajar, los trescientos dólares que tuve que pagar, y su cara de incredulidad.
Cuando alguien pegó el grito, los vimos venir: el poli revolucionario y Talco. Aplausos, vivas, festejos.
El hombre de boina, bajito, a pesar del clima de fiesta, no perdía la seriedad que le endurecía la cara. Talco fue el primero en hablar:
- El hombre está haciendo su trabajo –y le pasa el brazo por encima del hombro (sólo unos segundos), mientras el poli nos mira uno por uno-, fuimos hasta el destacamento, corroboraron que estaba todo bien, y acá estamos.
Más aplausos. La botella de ron pasaba de mano en mano. Cuando le llegó a Talco, éste le ofreció al poli. El morrudo y pequeño policía revolucionario miró la hora, dudó por unos instantes, pero aceptó.
A partir de ese momento, y por el lapso de unos quince minutos, nos contó por qué un par de años atrás no se permitía el contacto del cubano con el turista: “por seguridad, para ustedes -y nos marcaba con el dedo en punta-, para que no los roben, porque su dinero, gastado aquí, nos sirve a todos -tomó un traguito de ron de su vaso-, y tamboién por seguridad para el gobierno, porque no se olviden que nosotros estamos en guerra hace cincuenta años, y por más que estemos aquí, yo no sé quienes son ustedes”.
El color del mar era maravilloso. Al sol le faltaba un rato para acercarse al horizonte, del otro lado del océano, por encima de las sierras que se veían a lo lejos. A nuestro costado había un par de cubanos, subidos a una escalera, haciendo caer los cocos de una palmera con una caña de azúcar a la que le había atado un gancho en la punta.
“Ahora”, relataba el policía, con el vasito en la mano, con el pecho inflado al verse protagonista indiscutido del improvisado círculo de argentinos, los músculos de la cara ya más relajados, “el cubano puede ir y venir con el turista, pero con documentos encima”.
Después de un rato, y varias vueltas más de ron, terminamos hablando de nuestra propia policía, confiándole algunos casos emblemáticos de gatillo fácil, por ejemplo, o los secuestros extorsivos con directa implicancia policial. Cuando no dio para más, nos sacamos fotos varias fotos, abrazados, de a dos, tres, todos juntos. Las preferidas de él eran las fotos que se sacaba con las chicas, y, como los nenes, ni bien la maquina disparaba, y la foto se desarmaba, se acercaba a la cámara para verse en la imagen.
Vitico, Dedos, el Chino, y otros dos, charlaban sobre la arena, ajenos a nuestra experiencia con el policía revolucionario. Sólo Talco participó de la inolvidable sesión de fotos.
Lo Importante es Invisible para los Medios.
Hace 1 hora.