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A 35 años

Consolidemos el país





Nunca menos







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Termómetro Social IV (al servicio de la histórica impunidad)


Lo primero que sintió Luciano M. fue un grito. Pero no uno de esos que uno pega cuando te sacude una sorpresa desagradable, se asusta, o directamente se espanta, sino más bien el rabioso y seco imperativo que sale despedida de la boca de una autoridad. Eran las nueve de la mañana, y estaban frente a la estación Colegiales de la ex Línea Mitre. Un flaco se tiraba trompadas con un agente de la policía federal. Por lo menos otras cinco personas observaban la escena.

En seguida llegó a las corridas otro policía -grandote y de civil- que, sin nigún tipo de mediación, le puso un arrebato al flaco en el medio de la jeta, con saña, mucha saña, haciéndolo caer contra el cordón de la vereda. En el suelo le pegó un par de patadas para que ni se le ocurra ponerse de pié. Luciano M. corrió la vista, dejó de mirar, por costumbre, por miedo, porque así estamos formateados desde que somos chicos: la policía mete miedo, tiene poder y se maneja con impunidad. No importa lo que pase en la superestructura: la Federal corta la pizza y ningún sorete muerto de hambre les va a tocar el orto. Luciano M. relojeó a los cinco que estaban enfrente, y también jugaban al distraído.

Cayó otro Federal, de más de cincuenta años, desacostumbrado al vértigo, pero no al maltrato. Dio vuelta al sorete, le depositó el peso de sus más de cien kilos en la espalda, y después de doblarle los brazos con la ayuda de los otros dos, le amarrocó las muñecas. El agente más joven, todavía pasmado por las pelotas -o la insensatez- que había mostrado el flaco -negro y pobre-, le dio cuatro o cinco trompadas en las costillas. Tenía la mirada peligrosamente perdida y en ningún momento tuvo el cuidado de pispear si los civiles -entre ellos Luciano M.-, estaban mirando, o no. El guacho no escarmentaba: "puto, sos un cagón, cobani chupaverga". Le dieron un par de patadas más, y lo levantaron. Pero el flaco volvió a agredir al joven agente, o cabo, que recien ahora estaba recuperando el aire que había perdido en la corrida y en el mano a mano -en el que se había comido, por lo menos, una ñapi-.

Lo llevaron hasta un agujero, debajo del kiosco de diarios levantado sobre el andén, escondido de la vista de todos porque justo en ese lugar había estacionado un colectivo. Luciano M. espiaba desde la esquina y palpitaba una torturante predicción: lo iban a matar a trompadas, como en uno de esos videos que cada tanto ganan la televisión, donde la policía le pega sin asco a un hombre indefenso.


Luciano M. se fumó dos cigarrillos al hilo. Estaba dispusto a intervenir. Se imaginó la frase que escupiría a la distancia: "¡no le peguen más, loco!, ya lo tienen reducido". O: "No se puede tratar así a un tipo indefenso. Llévenlo preso y dénle todas las garantías que les corresponde". O: "Les voy a meter una denuncia y se van a quedar en la calle, manga de hijos de puta, los tiempos cambiaron, ahora tienen que responder al poder civíl". Pero Luciano M. no abrió la boca. Hubiese querido tener a algún funcionario al lado, o más pelotas, o que hayan pasado diez años y que la Policía haya dejado de ser, finalmente, lo que siempre fue: un ejército de delincuentes resentidos enemistados con el pueblo.

El primer patrullero llegó a los cinco minutos. Y enseguida, uno detrás de otro, cuatro más. Eran por lo menos diez agentes los que ahora pisoteaban las piernas del negro tirado en el piso, mientras lo miraban con desprecio y le dedicaban un verdugueo que Luciano M. no llegaba a escuchar.

Indeciso, esperando un desenlace irreversible, Luciano M. escuchó las palabras de un hombre que también parecía estar atragantado con la violencia institucional de la Federal: "estos tipos son los resabios que nos queda de la dictadura". Pero se fue. Y Luciano M. volvió a quedarse solo, como único testigo de una secuencia que todavía no había terminado.

Finalmente, decidió irse. Algunos patrulleros ya se habían retirado, y desde el andén contrario veía las patas del delincuente, y los borceguíes de los policías, y hasta que vino el tren que lo llevó hacia Retiro, no pescó ningún otro exceso de parte de los uniformados. En el camino a su trabajo se acordó de una nota en el diario Tiempo Argentino, que hablaba de los cambios que viene implementado Nilda Garré al frente de la Policía Federal, y de un número de teléfono que se había abierto para hacer denuncias (0800 555-5065). Fue lo primero que hizo ni bien llegó a la oficina: una denuncia. No se bancaba un minuto más con la historia revolviéndole las tripas. "Les pido que se aseguren que el flaco está en la comisaría 37, entero, porque la sensación que nos quedó en el cuerpo a los que vimos los hechos, es que en manos de esos tipos le podía llegar a pasar cualquier cosa".

Los patrulleros no parecían ser parte de los últimos anuncios ofiales, móviles equipados con tecnología de punta, con una cámara de video en el interior, a modo de caja negra de los aviones, justamente, para evitar que los federales castiguen a sus presas.

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Poesía y Memoria

Este miércoles a las 18 en la Ex Esma.

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KRANEAR en el diario Tiempo Argentino


Metimos una nota sobre KRANEAR en el diario Tiempo Argentino, a partir de la gestión periodística de Ivana Romero, editora de la sección Cultura.

Estamos contentos, por supuesto, y más aún todavía porque la nota salió en la edición de hoy, que dedica tres cuartos de la tapa (título de enorme tipografía, foto central y otras tres complementarias) para resaltar la fiesta -y el movimiento turístico- que se vivió en todo nuestro territorio con los dos primeros feriados nacionales de carnaval.

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PFA: reforma y militancia


Las medidas anunciadas por Garré en los útlimos días muestran claramente que la movida va en serio. Estamos saliendo del default. Y hay que bancar. La movida es muy fuerte y requiere un compromiso militante. Garré va por todo. El otro día en la charla de formación de La Campora lo dejó bien clarito.

Así como circula con verisimilitud que las cana tiene cajas de recaudación ilegal, también circula con ese grado de creencia que la reacción policial puede ser fuerte si le tocan mucho el culo. Obvio que en el gobierno esto lo tienen claro y lo deben estar midiendo, pero la militancia tiene un rol importantísimo, y especialmente la juventud. Tenemos que estar atentos y no ser salames con las provocaciones: en la cancha, en los bares, en la calle. Y cuando pase alguna, tener capacidad de reacción. Lo que dijo Garré ayer en el inicio de clases de los cadetes de la Federal es histórico e impensable cuatro meses atras. La movida es bien kirchnerista, doblan la apuesta, te corren por izquierda, no hay lugar para tibios. Y cuando vienen los palos, apuesto a que esto se va a redoblar y fortalecer. Y ahí tenemos que estar, organizados y bancando, de manera inteligente.

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Termómetro Social III (bandera del plantel de Racing)


¿Te acordás que hace algo más de dos años bancabas al modelo en voz baja? Fue de tal intensidad el bombardeo mediático aquel primer semestre del 2008 que sí, nos pasaba, algunos más y a otros menos, pero pasaba --algunos llegaron a usar la palabra verguenza- que en algunos ámbitos sociales por fuera del círculo militante, pensábamos dos veces antes de abrir la boca. Hubo muchos que rompieron relaciones con parte de la familia y con amigos de toda la vida. El asunto estaba salado. Yo no me callé ni una sola vez -lo digo sin mandarme la parte-, pero sé que a muchos sí. ¿Vos no? Dale... ¡Si hace unos días me dijiste que un par de veces preferiste cerrar el culo! No te hagas el logi, ahora. Bueno, no importa. Ya fue. El tema es que ahora estamos al re palo, embriagados con el dulce licor de un apoyo popular que vimos esfumarse de manera violenta, y que aparte -con la mejor de las leches te lo digo-, siempre soñamos, ¿o no? ¿De qué sirve este modelo si la gente no lo asume como propio? El único héroe es el colectivo, ¿o no?

No quiero delirarte, perdoná, me pongo en salame a veces, pero debe ser porque en ¡el aire se respira un clima de victoria, papá! No un partido ganado. Un campeonato, si querés. Una Copa Libertadores, ponele. ¿No notás que en general la gente aprueba y banca la gestión? Y sí, claro que es lógico, justamente. Todos los días hay anuncios e inauguraciones de obras y proyectos. Ella está más fuerte que nunca. No para. Ganamos las calles. Los pibes hacen flamear las banderas con una alegría que contagia. Y te repito: la gente tira la mejor. Están los salames de siempre, repetidores de los vómitos de Clarín, pero la mayoría banca.

¡Pará, pará! Dejame contarte algo y hablás vos. Ya te dejo.

El domingo fui a ver al Ciclón. Jugábamos con Racing. De hijos es poco; con Ramón le ganamos las últimas quince veces. Cancha llena -ese es otro dato, anotálo: los partidos se juegan a cancha llena-. Sale Racing, forman para los fotógrafos frente a nuestra platea y pelan una bandera, por el cumpleaños de Néstor -sabés que fue su cumple 61, ¿no?-, bueno, la cosa es que pelan el trapo recordando a Néstor y dándole fuerza a Cristina, y ahí nomás, la platea estalla en un aplauso, cerrado, muy respetuoso, que me erizó ¡hasta los pelos de orto, pá! Fueron cinco segundos interminables. Arrancaron las primeras palmas, la gente se paraba para que qué carajo se estaba aprobando, digamos, y en cuanto la cazaban, se sumaban, de pié, con la espalda derecha, sin gritos -tampoco fue que cantamos la marcha-, pero se estaba haciendo un reconocimiento a la figura de él y también a la de ella. Me volví loco. Tuve que sentarme, meter la cabeza entre las rodillas y hacer fuerza para devolver hacia la panza la pelota que me anudaba la garganta. Cuando me levanté tuve que limpiarme los ojos.

Bueno, eso, chabón. Quería contarte, porque el otro días nos acordábamos de lo mal que la pasábamos cuando los vendepatria del campo nos quisieron llevar puestos.

¿El partido cómo salió? Vos sos un marciano, hermano. Perdimos como unos giles, pero bueno, todo no se puede. Un colombiano nos clavó dos pepas. Y le dedicó los goles a Dios, ¿a vos te parece?

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Termómetro social II


Luciano M. tocó el bajo durante varios años de su vida. Con dedicación y una buena cuota de deseo, logró auspiciosos avances con el instrumento. Formó parte de un par de proyectos con los que parecía se le iba la vida y hasta se dio el gusto de hacer una gira por la costa argentina con una banda ricotera. Pero un día se cansó. Hoy, el cabezal valvular marca Fender que alguna vez compró en la calle Talcahuano, reposa en un costado de su habitación. Su primer profesor particular fue Yalo López, un bajista que venía del Blues, gran tipo, parsimonioso, didáctico, que portaba una cualidad que no todos logran constuir a lo largo de su carrera: cantar. Cantar y tocar (el bajo) a la vez. Él era quien le ponía la voz rasposa a los Duraznos de Gala, una banda que editó un par de discos y cuyo más importante exponente fue Botafogo, el excéntrico guitarrista de barba blanca que se codeó con estrellas mundiales del género.

Hace uno par de meses atrás, Luciano M. se cruzó en la puerta de su departamento a un hombre de unos sesenta y pico de años, flaco y desgarbado, modesto en su forma de vestir, un jubilado con tiempo libre, resignado a la soledad. El parecido con Yalo era notorio. Al poco tiempo quedó confirmada la casualidad: padre e hijo subieron en el ascensor con Luciano M, ellos hasta el piso tres y él hasta el cinco. La conversación con su ex profesor fue breve, casi de compromiso, aunque tuvo una carga de emotividad, seguramente debido a la nostalgia que nos abraza cuando el tiempo se agota de manera irremediable.

Luciano M., cada tanto, cruzaba al padre de Yalo, y lo saludaba. Lo vio dos veces, desde la ventana de su casa, limpiando con un cariño desmedido su modesto Ford Escort color bordo del año noventa y pico, o simplemente mirando cómo pasaban los coches en la avenida.

La semana pasada se encontraron en la puerta del ascensor. El hombre venía del chino, con dos bolsitas en la mano. Y Luciano M. se la jugó. Tuvo un momento de fugaz arrepentimiento, pero ya había abierto la boca:

- ¿Cómo andan las cosas, Maestro?
- Acá estamos, pibe. No tan bien como los que están en la costa, pero bien.
- ¿Se va a cocinar un bifecito?
- Sí, aunque ahora es casi un lujo.
Llegaron a piso tres. El padre de Yalo se dispuso a abrir la puerta del ascensor.
- Le hago una pregunta.
- Sí, decime.
- ¿Qué opina de la presidenta? ¿Le gusta el gobierno?
El hombre con la cara de su hijo, vestido con una remera descolorida, y en chancletas, levantó las cejas blancas, agrandó los ojos, curvó la boca, y desembuchó su respuesta.
- ¡La amo, querido!

Luciano M. subió el piso que restaba. Salió. Abrió la puerta de su departamento. Recién cuando se puso en puntas de pie para sacar un paquete de vainillas de la alacena, se convenció: "me dijo la posta; podría ser que me esté verdugueando, pero no. El tono exaltado de su voz, los brazos abiertos, la expresión de júbilo casi demente, no debería dejar dudas".

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La pluma de R. Walsh

Dos citas literarias del libro de genero policial "Variaciones en rojo", de Rodolfo Walsh.

* "Una aurora de comprensión creció lentamente en los ojos del comisario, agrandándose hasta adquirir la nitidez de la certeza" -la aurora de comprensión que anuncia la llegada de la certeza, ¡todo en una mirada!-.

* "Se interrumpió, sepultando el rostro en sus manos -yo hubiese puesto "entre sus manos", que grafica mejor aún la escena -¡Perdón, compañero!-". ¡Y qué peso tiene el verbo sepultar, carajo!

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Un año de la Metropolitana


Hoy publicamos en Miradas al Sur está nota sobre el año de la Policía Metropolitana en la calle.

De todas maneras seguimos pensando que por acá no vienen los principales dramas en materia de seguridad ciudadana. El problema de la Metropolitana es el de la película "El curioso caso de Benjamin Button", lo que aquí sería "El curioso caso de la Metro", una policía que nace vieja.

Los dramas están, por ejemplo, en la Bonaerense, en Casal, en Scioli, en León Suarez. Acá matan pibes que tienen hambre.

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KRANEAR en manos de la Presidenta de la Nación


Fue tan fácil como regalarle a un nene un caramelo y tan intenso como recibir la primera mirada decidida de una mujer deseada.

Con un grupo de compañeros de Cancillería la esperamos en la puerta del Palacio San Martín, en el barrio de Retiro, donde ella estaba participando del juramento de Fidelidad a la Nación de los egresados de dos promociones del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN). Sólo estábamos ahí, parados, bajo el sol, aguardándola. De repente hubo un tenso movimiento en la puerta. Nos dimos algunos golpecitos con los codos. A los tres segundos apareció, de negro, prestando atención a los pasos que daba sobre la escalera caracól de marmol, charlando con dos o tres de las personas que la rodeaban, Héctor Timerman, el Canciller, entre ellas. Cuando caminó frente a nosotros sobre la alfombra roja, la saludamos, le dijimos que la queríamos, y ella, resuelta compañera, entera a pesar del luto, nos sonrió y saludó con la mano. Un instante antes de que se perdiese dentro del auto oficial, la llamé, y por encima del hombro de un par de hombres de traje oscuro, le pasé el ejemplar. Agradeció, volvió a mirar, agitar la mano, tomó asiento, y alguien le cerró la puerta desde afuera. Durante los cinco segundos que el auto estuvo parado, hasta que arrancó por Arenales y lo perdimos de vista, ella llegó a sacarle el celofán, e incluso, hojearla.

La primera nota, escrita desde el corazón, sintetiza, con en el poder de las palabras, nuestro homenaje hacia él. Apostamos, ahora, haberle tocado una fibra, a ella.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios