Nunca menos

Este miércoles a las 18 en la Ex Esma.

Las medidas anunciadas por Garré en los útlimos días muestran claramente que la movida va en serio. Estamos saliendo del default. Y hay que bancar. La movida es muy fuerte y requiere un compromiso militante. Garré va por todo. El otro día en la charla de formación de La Campora lo dejó bien clarito.
Así como circula con verisimilitud que las cana tiene cajas de recaudación ilegal, también circula con ese grado de creencia que la reacción policial puede ser fuerte si le tocan mucho el culo. Obvio que en el gobierno esto lo tienen claro y lo deben estar midiendo, pero la militancia tiene un rol importantísimo, y especialmente la juventud. Tenemos que estar atentos y no ser salames con las provocaciones: en la cancha, en los bares, en la calle. Y cuando pase alguna, tener capacidad de reacción. Lo que dijo Garré ayer en el inicio de clases de los cadetes de la Federal es histórico e impensable cuatro meses atras. La movida es bien kirchnerista, doblan la apuesta, te corren por izquierda, no hay lugar para tibios. Y cuando vienen los palos, apuesto a que esto se va a redoblar y fortalecer. Y ahí tenemos que estar, organizados y bancando, de manera inteligente.

Luciano M. tocó el bajo durante varios años de su vida. Con dedicación y una buena cuota de deseo, logró auspiciosos avances con el instrumento. Formó parte de un par de proyectos con los que parecía se le iba la vida y hasta se dio el gusto de hacer una gira por la costa argentina con una banda ricotera. Pero un día se cansó. Hoy, el cabezal valvular marca Fender que alguna vez compró en la calle Talcahuano, reposa en un costado de su habitación. Su primer profesor particular fue Yalo López, un bajista que venía del Blues, gran tipo, parsimonioso, didáctico, que portaba una cualidad que no todos logran constuir a lo largo de su carrera: cantar. Cantar y tocar (el bajo) a la vez. Él era quien le ponía la voz rasposa a los Duraznos de Gala, una banda que editó un par de discos y cuyo más importante exponente fue Botafogo, el excéntrico guitarrista de barba blanca que se codeó con estrellas mundiales del género.
Hace uno par de meses atrás, Luciano M. se cruzó en la puerta de su departamento a un hombre de unos sesenta y pico de años, flaco y desgarbado, modesto en su forma de vestir, un jubilado con tiempo libre, resignado a la soledad. El parecido con Yalo era notorio. Al poco tiempo quedó confirmada la casualidad: padre e hijo subieron en el ascensor con Luciano M, ellos hasta el piso tres y él hasta el cinco. La conversación con su ex profesor fue breve, casi de compromiso, aunque tuvo una carga de emotividad, seguramente debido a la nostalgia que nos abraza cuando el tiempo se agota de manera irremediable.
Luciano M., cada tanto, cruzaba al padre de Yalo, y lo saludaba. Lo vio dos veces, desde la ventana de su casa, limpiando con un cariño desmedido su modesto Ford Escort color bordo del año noventa y pico, o simplemente mirando cómo pasaban los coches en la avenida.
La semana pasada se encontraron en la puerta del ascensor. El hombre venía del chino, con dos bolsitas en la mano. Y Luciano M. se la jugó. Tuvo un momento de fugaz arrepentimiento, pero ya había abierto la boca:
- ¿Cómo andan las cosas, Maestro?
- Acá estamos, pibe. No tan bien como los que están en la costa, pero bien.
- ¿Se va a cocinar un bifecito?
- Sí, aunque ahora es casi un lujo.
Llegaron a piso tres. El padre de Yalo se dispuso a abrir la puerta del ascensor.
- Le hago una pregunta.
- Sí, decime.
- ¿Qué opina de la presidenta? ¿Le gusta el gobierno?
El hombre con la cara de su hijo, vestido con una remera descolorida, y en chancletas, levantó las cejas blancas, agrandó los ojos, curvó la boca, y desembuchó su respuesta.
- ¡La amo, querido!
Luciano M. subió el piso que restaba. Salió. Abrió la puerta de su departamento. Recién cuando se puso en puntas de pie para sacar un paquete de vainillas de la alacena, se convenció: "me dijo la posta; podría ser que me esté verdugueando, pero no. El tono exaltado de su voz, los brazos abiertos, la expresión de júbilo casi demente, no debería dejar dudas".
Dos citas literarias del libro de genero policial "Variaciones en rojo", de Rodolfo Walsh.
* "Una aurora de comprensión creció lentamente en los ojos del comisario, agrandándose hasta adquirir la nitidez de la certeza" -la aurora de comprensión que anuncia la llegada de la certeza, ¡todo en una mirada!-.
* "Se interrumpió, sepultando el rostro en sus manos -yo hubiese puesto "entre sus manos", que grafica mejor aún la escena -¡Perdón, compañero!-". ¡Y qué peso tiene el verbo sepultar, carajo!

Hoy publicamos en Miradas al Sur está nota sobre el año de la Policía Metropolitana en la calle.
De todas maneras seguimos pensando que por acá no vienen los principales dramas en materia de seguridad ciudadana. El problema de la Metropolitana es el de la película "El curioso caso de Benjamin Button", lo que aquí sería "El curioso caso de la Metro", una policía que nace vieja.
Los dramas están, por ejemplo, en la Bonaerense, en Casal, en Scioli, en León Suarez. Acá matan pibes que tienen hambre.

Fue tan fácil como regalarle a un nene un caramelo y tan intenso como recibir la primera mirada decidida de una mujer deseada.
Con un grupo de compañeros de Cancillería la esperamos en la puerta del Palacio San Martín, en el barrio de Retiro, donde ella estaba participando del juramento de Fidelidad a la Nación de los egresados de dos promociones del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN). Sólo estábamos ahí, parados, bajo el sol, aguardándola. De repente hubo un tenso movimiento en la puerta. Nos dimos algunos golpecitos con los codos. A los tres segundos apareció, de negro, prestando atención a los pasos que daba sobre la escalera caracól de marmol, charlando con dos o tres de las personas que la rodeaban, Héctor Timerman, el Canciller, entre ellas. Cuando caminó frente a nosotros sobre la alfombra roja, la saludamos, le dijimos que la queríamos, y ella, resuelta compañera, entera a pesar del luto, nos sonrió y saludó con la mano. Un instante antes de que se perdiese dentro del auto oficial, la llamé, y por encima del hombro de un par de hombres de traje oscuro, le pasé el ejemplar. Agradeció, volvió a mirar, agitar la mano, tomó asiento, y alguien le cerró la puerta desde afuera. Durante los cinco segundos que el auto estuvo parado, hasta que arrancó por Arenales y lo perdimos de vista, ella llegó a sacarle el celofán, e incluso, hojearla.
La primera nota, escrita desde el corazón, sintetiza, con en el poder de las palabras, nuestro homenaje hacia él. Apostamos, ahora, haberle tocado una fibra, a ella.