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Tilinguería regional

La tilinguería trastorna la sensibilidad de muchos ciudadanos argentinos. Pero también de los países vecinos. Incluidos los venezolanos, por supuesto. Unos y otros repiten como loros la información viciada que los medios de comunicación del odio transmiten, acá y allá,  durante las veinticuatro horas, y por medio de todos sus soportes.

Hace tres días que muchos de nosotros, miles, estamos tristes. Duele la muerte. Siempre duele. Asusta. Como si fuese un punzón presionado con saña dentro del pecho, se nos agudiza la conciencia en relación a la finitud de nuestra propia vida. El corazón se nos achicharra aún más cuando se trata de un ser querido. Un familiar, un amigo, o un Jefe de Estado que condujo un proceso político transformador con el que simpatizamos. Al que adherimos no por conveniencia propia, sino porque a través de la herramienta de la política y con el aval del voto popular, estos hombres y mujeres que bofetean la historia se animan a darle pelea a los sectores de poder que desde siempre han condenado a la pobreza, el analfabetismo y la miseria a las grandes mayorías de los pueblos de la región.

Ayer estaba con una amiga en su modesta galería de arte, en una zona poco concurrida del barrio de Palermo. Hablábamos de música, de literatura, de proyectos personales. De repente una silueta se asomó por la puerta.

“Disculpen. Estoy viajando por América del Sur en moto. Soy fotógrafo. Y me gustaría exponer mi trabajo. ¿Ustedes podrían indicarme uno o dos lugares que podrían llegar a interesarse?”.

Fue mi amiga la que tomó la posta. Le hizo un par de preguntas. Intentó develar para ella misma qué nivel de profesionalidad poseía el visitante. Intercambiaron algunas palabras. El acento del fotógrafo era muy seductor. Caribeño. Ella le pidió que anotase dos teléfonos. Le pasó nombres. Él no tendría más de treinta años. Vestía zapatillas de lona, jean y una remera de mangas cortas de color verde oliva.

Cuando se produjo un silencio, le pregunté de dónde era. “Venezuela”, contestó, sonriendo. “No estabas en tu país cuando murió tu presidente”, dije. El tono que usé no fue neutro. No desparramaba lamento pero sí tuvo una pizca de pesadumbre. Se tomó un segundo para contestar. En su mirada se percibió la duda. “Mejor”, fue todo lo que dijo. “¿Estás contento?”, avancé yo. “Contento no, pero ahora sí Venezuela tiene la oportunidad de mejorar”, dijo, atajándose. “¿Por qué?”. “Porque el gobierno ya no va a poder comprar los votos con las misiones sociales, comida o armas. Los medios de comunicación van a volver a informar con libertad”.

Me paré y caminé hacia la vereda. Me apoyé contra el capó de un auto y prendí un cigarrillo. A través del ventanal de la galería fijé mi mirada en el intercambio de papeles y biromes que mi amiga hacía con el venezolano. A ella no le afectó el comentario del viajero. Y está bien. No la juzgo. Era yo el que sentía el peso de la muerte de Hugo Chávez. Estaba empapado de las imágenes de la marea roja despidiendo a su líder. A nosotros nos había pasado lo mismo el 27 de octubre del 2010.

El intrépido motoquero que venía recorriendo los caminos polvorientos de Sudamérica, salió de la galería. Ni me miró. Tendría vergüenza, o sería un mal educado. No sé. Pero mal informado, seguro. Deduje, antes de entrar de nuevo a la galería, que sería un pibe de extracción socio económica acomodada que nunca jamás, en toda su vida, tendrá en cuenta los derechos de las mayorías ni las reglas de juego del sistema democrático. Seguirá desinformándose con las operaciones de los medios malditos.


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Publicar un cuento en la revista Paco

Tengo el honor de publicar un cuento en la revita digital Paco (o #Paco, como la llaman en Twitter).

La publicación pertenece a un grupo de narradores, poetas, ensayistas, periodistas y editores que andan por los treinta y cinco años, y que cada tanto intervienen la escena pública digital con un vómito de textos tan contundentes como desopilantes. Cualquier suplemento de Cultura tradicional los catalogaría bajo rótulos previsibles del tipo "La joven guardia", "Nuevos narradores", "La narrativa sub40", u otros.

Ellos, por supuesto, le escapan a ese y otros corset con la velocidad de una estampida. Corrobórenlo en sus textos. Ácidos, irreverentes, provocadores.

Acá está mi cuento (El canto de la Iuna).

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Los que trabajan en la playa III

Circo del Aire

Se instalaron hace cinco años detrás de la feria de artesanos de la avenida 3, entre las calles 112 y 113. Durante la última quincena de diciembre ya se los puede ver armando el domo (una carpa que funciona como vestuario, depósito, dormitorio y otros), las gradas y la estructura metálica de más de diez metros de altura de la que colgarán el cuadro fijo, las luces, las cuerdas y los trapecios. La familia gesellina, en especial la que vacaciona en la zona sur del balneario, se acerca al circo todos los veranos ya que ahí tiene asegurada una hora de entretenimiento en la que se combinan la destreza, el riesgo, el asombro y el humor. El espectáculo es a la gorra y se realiza todas las noches en dos horarios: 22.00 y 23.30 horas.

Los artistas que conforman la compañía de este año tienen entre veintisiete y cuarenta años. Durante toda la temporada conviven bajo el mismo techo, en una amplia casa con techo de tejas a dos aguas, a unas seis cuadras del predio, que en el frente tiene un viejo y frondoso álamo y también una pileta de lona. Funcionan con las reglas de una cooperativa tanto con los derechos como con las obligaciones. Se turnan de manera democrática para cocinar, lavar y dormir en el domo para velar por las pertenencias del circo. La gorra se reparte en partes iguales. En la casa hay dos bebes, una nena de siete años y por lo menos dos perros. Comen mucha verdura y no tienen televisión. Sí internet. A la playa van muy poco.

María del Aire es la directora del Circo. En el ambiente se la conoce como “María del Aire”. Tiene una hija de veintiséis años y otra de un año y medio. Hace más de veinte años que se dedica al circo callejero. Dice que su vida cambió el día que se dio cuenta de que podía plantarse en el espacio público a ofrecer un número artístico y recibir a cambio aplausos y una retribución económica. María dice: en el circo contemporáneo el acróbata o la gimnasta ofrecen algo más que su destreza o su audacia. Estudiaron actuación, o danzas, o todo junto, acá, o afuera, y en sus números sobre la lona, las telas o el trapecio, lo que hacen es arte en el sentido más puro de la palabra. Nos transmiten algo que no tiene que ver solamente con la habilidad de mantener en el aire cinco raquetas o la valentía de caminar sobre una soga a veinte metros de altura. Están en juego las emociones. Sus actuaciones nos conmueven alguna parte del cuerpo. Esa es la principal diferencia con el circo tradicional que llega a los pueblos con sus carros, su enorme carpa, sus payasos y domadores de animales.

Gabriela practicó gimnasia artística durante dieciséis años. Ahora tiene veintisiete. En el 2009 se fue a estudiar a una distinguida compañía de circo contemporáneo, en Toulosse, al sur de Francia. Volvió a mediados del año pasado y ni bien empezó el 2013 la llamaron desde Villa Gesell para proponerle que reemplazase a un compañero que se había tenido que bajar del proyecto. Ella explica que la disciplina que despliega sobre la lona del Circo del Aire se llama “Acrodance”. Tiene todos los músculos del cuerpo tonificados pero parece una muñeca de goma, sin articulaciones. Se retuerce por el piso como si no tuviese huesos. Junto a las acrobacias y los movimientos que atesoró cuando practicaba gimnasia y que mejoró con el tiempo y la vida, ofrece elementos de actuación. A pesar del calor trabaja vestida con un tapado. Es parte de un personaje que se tomó algunas copas de más y que anda a los trompos frente a la mirada ajena. Le roba mucha risa al público, en especial a los más chicos. Impresiona con su elasticidad y seducción. Es hincha de Vélez y muy familiera.

Antes de venir a la costa Ileana estuvo trabajando en un casino cinco estrellas de Johannesburgo, capital de Sudáfrica. Es la madre de Queca, una rubiecita de siete años que no se pierde una sola función de sus padres. Realiza dos números por función. Uno en la altura, arriba de un trapecio, en el que pareciera volar, y el otro alrededor de una gruesa cuerda de hilo que nace a unos diez metros de altura, en el punto más alto de la estructura metálica. Con movimientos sincronizados, sube por la cuerda y luego baja girando en tirabuzón. Coloca su atlético cuerpo en vertical, después horizontal, o en diagonal, sin perder nunca la gracia, y con una precisión milimétrica.

Juan y Charly son los acróbatas. Uno mide un metro noventa y el otro, en puntas de pié, le llega al mentón. Uno transmite formalidad y el otro una elocuente picardía. Uno es fuerte y pesado y el otro es ágil y liviano. Son el complemento perfecto y trabajan juntos hace tres temporadas. Tanto en la lona, como en la altura, fuerzan a gran parte del público a taparse la boca en una mueca de terror cuando realizan su número de cuadro fijo (estructura en la altura en la que Juan se cuelga de las piernas, boca abajo, para tomar de las manos a Charly, y jugar con él como si fuese un cono anaranjado de estacionamiento). Ese es el momento más tenso –y luego festejado- de la función: con las manos llenas de talco, y el ritmo acompasado de un redoblante, Charly realiza en el aire mortales, giros y otros movimientos acrobáticos. Juan fue padre hace seis meses y su compañera, junto a la beba, conviven con él en la casa. Charly trabajó gran parte del 2012 en el mega predio de ciencia y tecnología Tecnópolis y tiene cierta fama en la noche del balneario.

Nacho es el clown del circo. El payaso. El que está maquillado. El padre de Queca y pareja de Ileana. El que tiene los zapatos blancos dos veces más grandes que sus pies. El que hace morisquetas, cuenta chistes, se burla de algún desprevenido de su público. Es el que motiva, agita, entusiasma, pide aplausos y gritos que se escuchan en toda la feria de artesanos. Es quien tiene la responsabilidad de presentar a los artistas cuando culmina el espectáculo y también el que anuncia el pase de la gorra. Nacho dice: el día es ese lapso de tiempo que tenemos para recuperarnos de la funciones de la noche anterior. Si bien es cierto que en febrero la función está tan aceitada que sale de taquito, el cuerpo ya arrastra algunas averías. A principio de la temporada hizo algunas acrobacias junto a su hija. Y ahora tiene un número de malabares muy personal, dentro de una estructura triangular de cristal de tres caras. La trajo desde su casa y mide dos metros de largo por dos de ancho. Ahí adentro hace rebotar primero dos, luego tres, y finalmente cuatro, cinco y hasta seis pelotas del tamaño de una de tenis, con concentración, y gracia. Antes del cierre de la función, le agradece una y otra vez al público, y habla de lo “popular” de la propuesta que ellos ofrecen todas las noches, no sólo por la gorra, sino también por el intercambio de energía con las trescientas personas -por función- que abarrotan de aplausos, gritos y risas el la zona sur del balneario más cosmopolita de la costa atlántica.

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Los que trabajan en la playa II

El Trapito 

El punto en el que se cruzan las alamedas 201 y 307, en la exclusiva “Zona Norte” de Villa Gesell, no ofrece ni un poco de sombra. Los veraneantes estacionan allí sus coches y utilitarios y luego de caminar cien metros pisan la arena de la playa. Cuando el tiempo acompaña son decenas de automóviles los que se aprietan en cualquiera de las cuatro esquinas. Si el sol se pone muy bravo hay que resguardarse debajo de las ramas de uno de los álamos que sobreviven sobre la calle 205, en dirección al norte. Ahí se desploma Axel durante los tiempos muertos de su trabajo, entre las 13.00 y las 15.00 horas. Tiene diez años y la franela que lleva en la mano dejó de ser de color naranja hace por lo menos tres temporadas. Tiene la piel del color del río Bermejo porque nació en el Chaco. Baja la mirada cuando el turista pasa a su lado. Si le dicen ‘hola’ o ‘buen día’ devuelve el saludo pero no abre la boca en todo el día. Tiene ojos negros. Pelo ralo, oscuro, y la dentadura derruida por falta de higiene. 

Vengo temprano y me voy cuando se va el último coche. Mi hermano mayor está en la 309. A veces viene a jugar alguno de los primos, pero casi nunca. ¿Qué comemos? A veces nos traemos pan y queso. O una manzana. Otras veces, nada, y pido algo en el parador. Algunos turistas me dan diez pesos. Otros cinco. La mayoría dos o una moneda de uno. El año pasado una señora me dio veinte. Nunca les pido plata por haberles mirado el coche. Si me dan, me dan. ¿Sabés cómo me dicen mis primos? 'Fideo' porque soy flaco como un fideo de los largos, ¿viste?.

Axel siempre viste el mismo uniforme: ojotas, jean azul con agujeros en las rodillas y una camisa vieja y descolorida. La vecina que tiene una de las casas más cercanas a la playa le suele dar una jarrita de jugo para que se refresque, aunque quisiera poder decirle a la madre que hacer trabajar a un nene es una insensatez. Axel tiene devoción por los insectos. Si no está acomodando un coche se lo suele ver acostado sobre los canteros de los chalets, atrapando langostas en un pote sucio de cuarto de helado, o poniendo obstáculos de todo tipo en los caminos de tierra que hacen las hormigas para llevar provisiones al hormiguero. 

Una vez le saqué los cuernitos a un escarabajo. Había llovido y estaban por todos lados. Murió enseguida. Ahí aprendí que los cuernos no sólo les sirven para levantar peso. También le abrí la panza a una rana. Quería ver cómo era su estómago. Mi hermano una vez le hizo un tajo en la pierna a un borracho que quería sacarme de la esquina. Sin decirle una sola palabra le hundió el cuchillo acá –y se tocó el muslo-. Yo a una persona no le haría eso. Sí a un gato, para ver qué hace. Pero a un turista, no. 

La madre de Axel realiza trabajos de limpieza en dos hosterías de primer nivel que están edificadas sobre la calle 205. Por la mañana en uno y por la tarde en el otro. Ella y sus cuatro hijos viven en Villa Gesell, del otro lado del Boulevard Buenos Aires, en una casa de una planta con un fondo de cincuenta metros de largo donde tienen plantadas algunas verduras. Con ellos vive el abuelo de Axel, un misógino de ochenta y pico de años que tiene a todo el mundo a los gritos.

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Los que trabajan en la playa I

El churrero 

Se llama Rubén pero le dicen “Rúben”. Tiene veintiséis años. Vive en Merlo. Es la primera vez que trabaja para la legendaria churrería gesellina ‘El Topo’. Accedió a la changa por medio de un tío que hace más de diez temporadas que camina la playa para el conocido comercio del rubro panadero. Por eso habrá sido que los dueños no le negaron el puesto al chico al enterarse que había estado privado de su libertad hasta mediados del 2012. Tiene un solo franco por semana. En el negocio se presenta temprano, le cargan la canasta de mimbre con diez docenas de churros recién sacados del horno, le dan unos treinta pesos de cambio, y emprende su camino hacia la playa. 

Estuve preso por el delito de robo automotor agravado por el uso de arma de fuego. Cumplí mi condena en la Unidad Penitenciaria de Ezeiza hasta el último día. Gracias a Dios no la pasé mal. Ayudé a mi vieja y a mis hermanos con el salario mínimo, vital y móvil que me pagaba el Servicio Penitenciario Federal por trabajar dentro de la unidad. Fui cocinero, lavandero y carpintero. ¿Qué onda con el laburo? Me llamó mi tío y vine. No sé. Antes que estar vagueando por el barrio prefería laburar un par de meses. La traje a la Daniela, mi novia. Una bobota de ojos verdes que no puede ser lo buena que está. Vende unos monos de peluche importados de la china, sobre la 3. Entre los dos sacamos unos doscientos cincuentas pesos por día. No está mal. Pero la camino, eh. Tengo las narpies arruinadas. 

La indumentaria oficial de la churrería es un pantalón de lona blanco y una remera también blanca con el isologo del comercio tanto en el frente como en el dorso de la prenda. Rúben camina por la arena desde la calle 110 hasta la 130, a la altura del muelle de los pescadores. Vuelve. Si vendió, tiene que regresar a la churrería para recargar la canasta. Si no, sigue camino para el lado inverso, hasta el último balneario, a unas treinta cuadras. Durante toda la jornada va enchufado a su mp3 cargado con la discografía completa de La Renga. Cada diez metros pega un grito, anunciando los “churros calentitos del Topo”, pero no con la insistencia y la sistematicidad que el resto de los vendedores. Tampoco suele caminar por la arena seca, serpenteando entre las sombrillas, las reposeras, las lonas, las heladeras, los iglú, los tejos y los turistas. 

Si no hubiese laburo supongo que volvería a chorear. He limpiado pisos y baños. No tengo piuritos. Pero los antecedentes penales te condenan. Lo mismo cuando menciono el barrio “Las Palomitas”, donde vivo. A la gente no le tiro ni cabida porque me pasa que veo la cara del canoso con el que me tiroteé en todos lados. Por eso hago la mía. Voy con la cabeza gacha. En la zona del centro está lleno de pibes y pibas. Algunos tienen buena onda. Pero otros te miran de reojo. Los pibes bien, más que nada. Les tajearía la cara. Y a la familia tipo le cuesta largar el mango, loco. Decile a la Cristina que afloje con la inflación. 

Cuando baja el sol y ya casi no quedan turistas en la playa, de manera religiosa, antes de ir al negocio, el Rúben se tira en la arena, y se fuma un porro junto a alguno de sus compañeros, o solo. Disfruta cada pitada como si fuese la última. Las piernas le pesan como macetas. Tiene la ropa pegada al cuerpo por la transpiración. En el camino al comercio relojea los coches cero kilómetro que están estacionados en la calle o en los garages de las coquetas hosterías u hoteles. Su especialidad eran los Bora y los Vento. Ambos Volkswagen. Pero ahora está en otra. Se ríe de sí mismo cuando el reflejo de un ventanal le devuelve la imagen de un pibito de piel morena, desgarbado, todo vestido de blanco, con un canasto colgado del brazo. Y piensa en la noche que pasará con Daniela.

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Los que trabajan en la playa

La guardavidas 

Enterró el salvavidas en la arena. Luego hizo lo mismo con las patas de la silla de metal que trajo de la casilla. Pero en lugar de tomar asiento, apoyó las manos sobre el respaldo de la silla y se irguió con solemnidad frente al océano. El día estaba espléndido. Sol pleno. Ni una pizca de viento. Decenas de turistas se refrescaban dentro del agua. La gran mayoría, a pocos metros de distancia de la costa, junto a los más chicos. Sólo un puñado de valientes enfrentaban a las olas que se levantaban con tesón a unos treinta metros de distancia. Muchos veraneantes estaban tirados de cara al sol, o parapetados debajo de las sombrillas tomando mate. Otros caminaban sin apuro por la orilla. 

Era rubia, y atlética. Debía tener unos treinta años. La gorra con visera y los infaltables lentes oscuros para el sol le tapaban la cara. Sólo se podía apreciar la prominencia de sus pómulos y la delicadeza de su nariz. Tenía puesta una campera inflable de color celeste y unos shorts negros, sueltos. El color de la piel de sus piernas y de los dedos de los pies era casi de color morcilla. 

Perdoname, pero los guardavidas reciben capacitación acerca del comportamiento del mar, ¿no es así? Sí. Antes de ayer el mar parecía una enorme olla de agua cálida, ayer parecía un río bravo y hoy está en un intermedio. En el medio tuvimos una tormenta con granizo y todo. Y cambió el viento. Exacto; cuando sopla del sudeste siempre trae el frío y la humedad; en cambio, cuando sopla desde el oeste, o sea desde el continente, trae el calor de la tierra. Mirá vos. 

Conversaba pero con cierto desdén. No dejaba de mirar hacia el mar. Parecía concentrada en su trabajo pero también podía ser una táctica para descartar al turista de turno que para matar el tiempo ocioso de la playa no encontró mejor idea que ponerse a charlar con la guardavidas. 

¿Viste la película 'Una aventura extraordinaria’? No miro mucho cine. Es hermosa; y gran parte de la película transcurre en medio del océano pacífico. Aja. Se cuenta la relación que se crea entre un adolescente y un tigre de malasia. ¿Ahora me vas a preguntar a cuántas personas les salvé la vida durante el mes de enero? No sé, puede ser. ¿O si vivo acá o vengo a trabajar sólo por la temporada? Sí, qué se yo. Perdoname que sea así de brusca pero estoy trabajando. Te entiendo. Si mientras charlo con vos se ahoga un tipo me como una denuncia penal, ¿me entendés? Sí, claro. ¿Vos qué hacés? Soy periodista. 

La charla duró un minuto más. Me despidió sin sacar la vista de los movimientos que los turistas hacían dentro del mar. Parecía un perro de caza. Me fui pensando que sus palabras habían tenido buena fe. Con franqueza, me había llamado por mi nombre: turista que no sabe qué hacer con tanto tiempo ocioso.

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Por quién doblan las campanas

Las proyecciones de cine clásico al aire libre se hacen en el patio trasero del Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi), dentro del Espacio para la Memoria (Ex ESMA). Durante todo el verano, los miércoles y jueves, y a la hora que anochece. Si llueve, como el miércoles 16 de enero pasado, se utiliza el micro cine del edificio. Tiene cincuenta butacas, buen sonido, y hasta pequeñas luminarias en los escalones para no tropezarse. Esa noche de tormenta vimos “Por quién doblan las campanas”, dirigida por Sam Wood (basada en la novela homónima de Ernest Hemingway).

La sala estaba casi completa. En su mayoría, jóvenes. El aire acondicionado andaba a media máquina, pero no importó. Alguien desparramaba un hondo olor a transpiración, y tampoco importó. La película duró casi tres horas. La historia principal que se narra gira alrededor de la guerra civil española. Y el llamado sub texto, o historia secundaria, tiene que ver con una intensa atracción entre Roberto y María (Gary Cooper e Ingrid Bergman).

En una de las escenas, un puñado de ásperos combatientes republicanos le preguntan al protagonista -dentro de la cueva donde estaban escondidos-, qué hace luchando allí, en la montaña, por una causa ajena. Roberto ("El Inglés"), un dinamitero con porte y voz de mando, duro y honrado, les contesta que la causa le pertenece a todas aquellas naciones que defienden la democracia y que estén dispuestos a frenar el avance del fascismo. Sobre el final de la película -trágico, doloroso, literario-, el protagonista despide, herido de muerte, a la rubia que ha conocido en la cueva –sus padres fueron asesinados por los nacionalistas de Franco- y con quien se han jurado amor eterno. Le dice: “Yo soy tú y tú eres yo. Tú eres todo lo que quedará de mí”.

Filmada en 1943, la película es deficiente en cuántos a algunos recursos cinematográficos, por supuesto. Pero los papeles de los cuatro personajes principales son notables. Valentía, envidia, lealtad, pasión, miedo, traición, muerte. Sentimientos y rasgos humanos puestos en contradicción de manera constante. Cuánto sabía sobre estos tópicos el autor del texto.

Juan Diego Incardona, organizador del ciclo de proyecciones, apagó el proyector, también el reproductor de devedé, y cerró el microcine. Salimos a disfrutar del aire fresco. Se podía apreciar el color ocre del cielo, todavía tomado por la tormenta. Prendí un cigarrillo. Conversamos acerca de la perturbadora belleza de los 19 años de Bergman y del compromiso de Hemingway con los hechos históricos de su época. De repente, dos supuestas paltas, una detrás de la otra, y con diferencia de unos diez segundos, cayeron sobre el tinglado del techo del edificio. Nos sobresaltamos. Bajamos por la explanada de cemento y dimos una vuelta alrededor de las mesitas del bar que funciona durante el día. El viento sacudía la copa de los árboles. Nos asomamos por detrás de unas ligustrinas que bordean los límites de aquella zona norte del predio.

Fue ahí que pensé en los fantásticos -y heróicos- personajes que Juan había construido en su novela “El campito” (2008). Y también en la implicancia política que tiene la novela en relación a la disputa de poder entre el peronismo y gorilismo, tan latente y en carne viva en la actualidad. Pero no le dije nada. Salimos del edificio en silencio. En la puerta no había un alma. Supuse que los más de cuarenta espectadores con las que habíamos visto la película ya estarían volviendo a sus casas hablando de las cuestiones domésticas de la vida.

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Que te publiquen un cuento

La Secretaría de Cultura de la Nación publica una revista de distribución gratuita que se llama "Nuestra Cultura". Para el nuevo verano que ahora estamos transitando bajo el caluroso efecto de nuevas conquistas políticas y también algunos cascotazos, salió el número 18 de la publicación.

Dedicado de manera exclusiva a la "nueva literatura" argentina, un rótulo siempre polémico y también impreciso, contiene los cuentos o relatos de 9 autores que hayan publicado por lo menos un libro. El objetivo de la Secretaría es distribuir gran parte de los 25.000 ejemplares en algunos de los puntos turísticos de nuestro país.


Casi todos leemos algo en verano.

Algunos de los autores que publicaron su cuento son más conocidos que otros. Y los textos, para mi gusto, sos dispares. Pero hay un universo que se destaca en la ficción que enviamos los que tuvimos el privilegio de publicar: los lazos afectivos. Y otro dato: varios usaron las texturas, los relieves, los colores y los sonidos del campo como teatro de operaciones de sus historias.

Acá está colgada la revista en formato digital. En unos días circulará la versión impresa.

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El invierno largo se fue (y un día el ministerio de Justicia brindó en la Ex ESMA)


No todos están de acuerdo con la idea de resignificar lo que conocemos como "la ESMA". Yo sí. Por convicción y porque considero que ésa fue siempre la sugerencia que ofreció Néstor Kirchner. Ayer el ministerio de Justicia y Derechos Humanos coronó su año con un cierre en el "Espacio Memoria y Derechos Humanos". Fue un hecho histórico. Dos mil trabajadores y trabajadoras de la cartera estuvimos allí celebrando la fascinante etapa histórica que nos toca vivir.

Escribí una crónica. La subieron acá.

Felicidades

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Apuntes tardíos del 9/10D

 
1) Domingo 9/12. Unas treinta personas nos juntamos debajo de una columna con cajas de sonido para escuchar el discurso de Cristina. Ya cayó el sol. Ya desfilaron ríos de gente frente a los stands que armamos para visibilizar las políticas de inclusión y memoria, verdad y justicia del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Ahora nos pesan las piernas. Ya nos tomamos todas las botellitas de agua y nos fumamos todos los cigarrillos. Ya tocó sus canciones, en un gran escenario, uno de mis hermanos. Nos sentimos anchos. Realizados. Abrazados por un profundo espíritu colectivo. A unos cincuenta metros la gente hace fila para comer en los puestos de comida latinoamericana. Un chico de rastas remata a los gritos las últimas remeras del Indio Solari. A cuatro cuadras, medio millón de argentinos revientan la Plaza de Mayo. Con una buena parte de ese pueblo interactuamos hace sólo un rato. Les vimos las caras. Charlamos con ellos. Les pusimos en las manos mucho material gráfico. Jugamos con sus hijos con la intención de que se lleven a casa una idea, o sensación, vinculada al Estado Presente. En la Plaza, ahora, el cielo se llena de luces y sonidos. Aplaudimos. Coreamos consignas. Se nos eriza la piel cuando a ella la emoción le recorta las palabras. No los vemos, pero los acróbatas de Fuerza Bruta se cuelgan de dos grúas. Luego saldrían a escena los artistas populares. Pero ahora, habla Cristina. Y lo premia a Victor Hugo. También a Trimarco. Dentro de los stands, muchos compañeros la escuchan con la radio pegada a la oreja. Ella realza conceptos claves de la fecha y de la era: democracia, libertad, derechos humanos, justicia social, diversidad, solidaridad, inclusión, fiesta, popular, amor. “Jueces que deberían parecerse a su pueblo”. Una compañera, a mi lado, me pasa un trago de una botella de Coca-Cola, y dice: “había que volver a ganar la calle para que reafirmemos que no sólo nosotros bancamos el modelo”.

2) Carlos Vives llena de rumba la Plaza. Dos hermanitos disparan al aire un pequeño dispositivo fosforescente que veinte metros antes de llegar al suelo aminora la velocidad de la caída, como si flotara. Muchas parejas bailan apretándose los cuerpos. Adelante, se ven las flameadoras de las organizaciones políticas. Las pantallas replican la imagen del escenario. La Rosada también es una colosal pantalla de color digital. Hombres en cuero venden cerveza. Un par de chicas hacen malabares. Hay uno durmiendo la mona contra el cordón de la vereda de la Catedral. Todavía hace mucho calor. Me voy. Mañana hay que trabajar. Cierro una jornada soñada. Por fin, estoy en lugar en el que quiero estar. Trabajo y militancia fusionados. Cuando camino por la calle Reconquista piso y pateo una alfombra de botellas, cartón y  papel. Me pregunto si llegarán a limpiar semejante cantidad de basura en las cuatro horas que quedan para que salga el sol. Desde el paredón lateral del Banco Nación llega un intenso olor a orina.

3) Lunes 10/12. Día internacional de los Derechos Humanos. Otro más en la era kirchnerista. Son las doce del mediodía. Salgo de la estación Catedral de los subterráneos. Sobre la Diagonal Norte todavía quedan algunas vallas. Ni en la vereda ni en la calle quedan restos del paso de la multitud. La grama bahiana de la Plaza está hundida, pisoteada, pero limpia. En la puerta de la Rosada todavía sigue en pie el imponente escenario. Colgados de los fierros un grupo de muchachos desarma la estructura con la ayuda de algunas herramientas de mano. El sol quema la espalda. Me duelen las piernas. La zona recuperó el movimiento, el color y los sonidos de los días hábiles. Cuando doblo en Reconquista en dirección al ministerio noto que algunas personas se detienen frente al paredón lateral del Banco Nación. Ya no hay olor a pis. Tampoco basura. Me acerco. Contra la pared hay una larga hilera de cuadros de un metro de altura. En cada uno de ellos están las fotos, los nombres y las historias de vida de los trabajadores del Banco que fueron desaparecidos por la dictadura genocida de 1976. Una profunda congoja conocida me oprime el pecho. Conozco muy bien esa sensación. De repente, en mi interior, no queda registro de la fiesta del día anterior, ni las conquistas de la Década Ganada. Todo ha pasado a reducirse en esos militantes políticos que ardieron en el infierno. Recorro la hilera y me topo con el padre de una compañera. Sigo, y me choco con el padre del hermano de la hermana de mi hermano. No sabía que había trabajado en el Banco Nación. Reconozco sus rasgos. A mi lado, una señora, en silla de ruedas, lee con atención los detalles de la vida de una chica de pelo negro que había militado en la Juventud Universitaria Peronista. La congoja se instala en la garganta. Me quedo quieto, paralizado. Recién varios minutos después logro ponerme en movimiento. A la altura del Banco Hipotecario, pienso: esto lo tengo que escribir.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios