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Historias de cuarentena (8)

La rabia, por Demián Konfino

Nació como el contorno de un rumor. Fue tomando forma y se convirtió en noticia. Primero de color. Indefinido, el color. Después, amarilla. La radio empezó a hablar de escándalo. En la cola de Despensa Luana o en la del Banco Provincia. Los cajetillas del restorán Venados o los pescadores del río Ajó. El pueblo se empezó a exaltar. Era cierto.

Un tano en General Lavalle. En plena pandemia.

La hija del jefe de guardaparques, Agustina, se casaba con Ernesto, el heredero de un extenso campo en General Madariaga. Hacendado el pibe, buen partido. Pero nieto de tanos. Y si antes esto no era un problema, ahora sí. En nuestro país recién aparecían los primeros casos. Pero las noticias que llegaban desde el primer mundo eran poco alentadoras.

El primo del pretendiente, Francesco, llegó para la boda que se iba a celebrar en La Merced y, claro, para el fiestón que se esperaba en la Sociedad Rural de Tordillo, en el vecino pueblo de General Conesa. Sin embargo, inexplicablemente, fue alojado en la casa de don Echeverry, el jefe de guardaparques de Lavalle, sobre avenida Mitre.

En la radio la polémica se instaló. ¿Por qué el tano no se quedaba en Madariaga si Ernesto era de allá? ¿O en Conesa, si allí sería la fiesta? Había que minimizar riesgos y los tanos, por definición, eran riesgosos. A nadie le importaba si eran de la Lomabardía, donde picaba fuerte el bicho, o si eran de Calabria, como Francesco, donde la cosa estaba más tranquila. La información, en estos casos, solía ser una de las primeras víctimas.

El Dr. Arizmendi, intendente de Lavalle cortó por lo sano. Citó a conferencia de prensa. En la sala, los dos movileros de las dos radios y la cronista del semanario local con estricta separación de un metro. Quiso llevar calma a la población. Y en buena medida lo logró. Comunicó que el tano sería conducido en una finca familiar en General Guido. No iría al servicio religioso en La Merced y solo iría a la fiesta. En un auto particular, se sentaría solo y tendría un mozo propio, con guantes y barbijo. El tano también, por supuesto, vestiría todas las medidas de higiene necesarias.

La tranquilidad volvió por unas horas a los bancos de la plaza del pueblo. La cuestión pasó a ser abordada en los últimos quince minutos de la programación radial. Y el alcohol en gel volvió a tener stock en la única farmacia lavallense.

La paz no podía durar demasiado mientras transcurriera la peste. La prensa volvió a abordar el tema como una cuestión política, casi judicial. La intendencia de General Guido había enviado una carta documento al municipio de General Lavalle, con el fin de retractar la medida. El problema era de Lavalle. Guido no tenía por qué hacerse cargo del muerto.

¿Muerto? Si nadie estaba muerto. Ni siquiera infectado. Pero el drama ya había ascendido a estaturas escalofriantes. Se hablaba que el sistema sanitario local no cubriría la demanda y la farmacia, ya había quedado demostrado, no lograría un adecuado abastecimiento.

El sentimiento guidense empezó a aflorar como en viejas epopeyas años ha. No lo iban a permitir. Qué se creían. El gerente del correo sucursal General Guido, don Achával, visitó a don Velázquez, el viejo dueño del polirrubro Buena nueva. Le comió el coco. A Guido nadie lo iba a llevar de la rastra. Armaron una reunión en el correo. Invitaron a don Ricardo, dueño de la Panadería Don Ricardo y a Sergio, dueño de Gomería Sergio.

La propuesta fue de Achával pero no hubo desacuerdos. Había que cortar por lo sano. Crearon el Comité de Autodefensa de Guido contra la Epidemia. Las siglas daban para CAGE pero resolvieron ponerle CAGUE. La primera misión estaba clara. Hacer respetar a Guido. Los cuatro presentes lo entendieron perfectamente sin siquiera decirlo. Había que deshacerse del tano.

Quedaron en encontrarse el viernes por la mañana en el correo, justo el día anterior al casamiento. Sergio llegó con su rifle 22 Browning de palanca, colgado del hombro por la correa. Tal como habían quedado. Ricardo llevaría su Fiorino y, juntos, le harían la visita al tano.

Llegaron como pudieron, por el par de surcos de huella de tractor sobre el camino embarrado. Un viejo casco rosa pálido se divisaba a lo lejos, una vez atravesada la tranquera. Cuando la Fiorino se acercaba un hombre fornido y de cabello ensortijado salió al encuentro. Estaba envuelto en un mameluco blanco, llevaba guantes de latex azules como manos y el rostro, se escondía detrás de un barbijo blanco.

Ricardo clavó el freno y bajó. El resto hizo lo propio. De la caja del utilitario saltó Sergio y cargó el Browning al hombro. El hombre, al ver el caño apuntándole, quiso correr. Ni bien giró, se escuchó la estampida. El hombre cayó. Seco. Como el eco, detrás del humo del 22. Corrieron hasta el cuerpo sangrante que ya no respiraba. Sergio no lo dijo pero sacó pecho como un barco. Su notable puntería había ganado fama en los torneos de caza de la costa.

Al llegar, otro hombre de bermuda de lino beige, remera de algodón blanca y franciscanas de cuero marrón, de barba recortada a la moda y cabeza rasurada a cero salió portando unos Ray Ban indesmentibles, legítimos.

Dijo algo ligeramente inentendible. Sergio solo entendió catzo. O sea, algo en tano. Había ocurrido un gran equívoco. El hombre que yacía de cara al sol y al cielo diáfano no era el blanco acordado. Se miraron y hubo gestos de reproche indisimulados hacia Sergio.

Hubo un momento de silencio. La duda llegó a instalarse. ¿Habían matado a un médico? Y ¿ahora? Limpiar a un tano de mierda en el culo del mundo era una cosa. ¿A quién carajo le iba a importar? Pero asesinar a un doctor. La pucha.

-En qué quilombo nos metimos. –Dijo Sergio.

-No. -Le contestó Achával a Sergio.- Te metiste.

Sergio revisó los bolsillos del hombre caído. Ahí estaba su pasaporte bordó. Venezolano. Uno menos, pensó Sergio.

Se volvieron a mirar. Se estudiaron. Sergio levantó el rifle y apuntó hacia Achával.

-¿Sabés qué les pasa a los tibios? –Le preguntó mientras Achával levantaba las dos palmas y empezaba a sudar mares. -…

-Ya lo sabés. No es tiempo para dudas. –Giró el caño hacia a la derecha hasta encontrar al tano. Un segundo habrá demorado. A lo sumo dos. Descargó.

La bala entro limpia en el centro exacto de la frente.

-Muerto el perro se acabó la rabia. –Sentenció Sergio ante la mirada aterrada de los demás. –Vamos.

Enfilaron hacia la Fiorino y volvieron al pueblo. Cuando llegaron a la plaza y la paz parecía volver a instalarse en cada uno de ellos y en los pueblos de los generales, don Velázquez, notablemente cansado exclamó:

-¡No!

-¿No qué? –Interrogó Achával, extenuado, con un pie afuera del utilitario.

-Lo escuché anoche en el noticiero. Qué mala pata.

-¿Qué cosa dice, don Velázquez? –Inquirió Ricardo.

-El muerto sigue contagiando. Después de muerto. La peste sigue en el fiambre. –Los miró a todos. Uno por uno. Sergio volvió a empuñar el 22.

-La rabia nunca murió cuando mataron al perro -alcanzó a decir don Velázquez, mirando hacia los plátanos de la plaza vacía, antes de escuchar el tiro del final. De su final.

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Historias de cuarentena (7)

La enfermera, por Ricardo Dios

Se puso el traje de enfermera que usaba cuando era más joven para divertirse con Santiago en la cama, lo encontró después de ordenar por tercera vez el ropero. Estaba un poco amarillento y todavía le entraba. Felipe tenía 38 de fiebre y estaba asustado. Yanina se apareció de enfermera en su cuarto y a Felipe se le iluminó la cara. No había tenido tos aunque le dolía un poco la garganta. Estaban encerrados los cinco hace 2 semanas, la beba, Juana que recién empezaba primer grado y Felipe que había empezado 4to.

Juana se puso el delantal que apenas había estrenado en el colegio, dijo que ella también era enfermera y se puso al lado de Yanina. La beba dormía en el moises en el cuarto de su mamá y papá. Santiago ya le había tomado la fiebre 7 veces desde que se despertaron.

Estaban les 4 en la habitación de Felipe y Juana.

- No puede tener el virus, estamos acá guardados hace mucho- dijo el papá.

- Vos vas al chino dos veces por día, Santiago, te haces el boludo y tiras la basura cuando la bolsa no está llena, cualquier excusa usas para salir a la calle, el bicho puede estar en la suela de tus ojotas o en el sachet de leche.

- Pero no es así, estaría todo el barrio contagiado ya.

Felipe empezó a toser. Santiago dio un salto hacía atrás. Yanina alejó a Juana, metió la mano en su bolsillo y sacó un barbijo.

(Se acordó de cuando jugaban con Santiago, él era un enfermo que casi no podía mover las manos y tenía que hacer todo con la boca, el barbijo se lo sacaba con los dientes. Eso la calentaba mucho).

Acarició a Felipe y le pidió a Santiago que llamé al 107. Apretó el alcohol en gel y no había más. Pateó con furia una pelota de plástico y volteó la casita de las Barbys. Matilda, la beba, se despertó y empezó a llorar.

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Historias de cuarentena (6)

Por Mariano Abrevaya Dios

Hola, amiga del corazón. Me acabo de enterar de que Alberto anunció que los que estamos afuera vamos a tener que esperar. Me quiero matar, es la posta. Quiero estar en casa concha pa’ arriba, extraño mi cama, la ducha, los libros, la tele, la heladera, todo, pero ya está, ¿qué puedo hacer? Esperaré. No soy una de las soretas que filman videos caseros para putear a Aerolíneas, exigir que me devuelvan a casa porque pago mis impuestos. Me la banco. Ya volveremos. Estamos varados en Cuzco, un pueblo alucinante, posta que te volvés loca, y más ahora que está desierto y silencioso. Eso sí. Desde la última vez que te escribí, desde Potosí, la relación con Tincho se desbandó por completo. El chabón ya había mostrado una actitud bastante miserable -posta que me sorprendí mucho- con la descompostura que lo dejó nock out en aquel momento del viaje. Después levantó, y medio que la careteó, anduvimos bien, pero ahora que estamos aislados en la habitación del hostel -gracias a Dios en soledad, y no con los alemanes o tanos que también quedaron varados acá- el tipo mandó todo al carajo. Está bien, dirás, estamos ante una pandemia mundial, una situación claramente excepcional, una reverenda mierda que desequilibra las emociones hasta de un perro, pero igual. Se alienó. Su nivel de angustia crecía a medida que se amontonaban las malas noticias que llegaban desde allá. Llegamos a hacer el Machu Pichu, un sueño cumplido, a pesar de todo. Ahora pienso que haberme mandado a viajar  con él, fue un error, que me apresuré, pero bueno, una mancha más al tigre. Aprendí a convivir con mis contradicciones y fracasos. Lo trabajé en terapia. Acordate el nivel de autocastigo que me infringía hasta hace dos años atrás. Ahora tengo que bailar con el coronovirus y con Martín, en un pueblo construido y habitado por el pueblo inca. El tipo está aniquilado en lo anímico. Todo el puto día tirado en el catre, con el celular frente a los ojos, casi no come. Ayer dijo no aguanto más y salió a dar una vuelta. ¿Vos sabés lo que son los polis de por acá? Te muelen a palos. Yo ya no le pido que se calme, que nos hagamos compañía, o que use la cabeza. No se fue a la mierda porque sabe que termina en un calabozo. No creo que podamos remontar este desastre. Ni acá ni alla, cuando volvamos. Te amo, amiga. Esto también va a pasar, lo sé. Escribime. Imaginate lo bien que me hace leerte, y escribirte. PD: A Marta le conté algo, aunque de un modo bastante velado.

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Historias de cuarentena (5)

Por Mariano Abrevaya Dios

Miguel tiene treinta y cinco años y maneja motos hace por lo menos quince. Se fracturó piernas y brazos, tiene un clavo de platino incrustado en un tobillo, y si bien tiene claro que se puede matar en cualquier momento, no la cambia por nada. Ni la madre pudo convencerlo de que dejase de usarla. Mucho menos su último novio. Es mi fuente de ingresos, justifica. Y tiene razón. Gracias a su trabajo puede tomar las clases de teatro. Hace dos años que labura para una casa de mensajería, en el centro de la Ciudad. Ahora el negocio está muerto, pero tuvo la fortuna de que un conocido, una semana antes del decreto de la cuarentena, lo propusiese como repartidor en la Farola Express de Villa Devoto. Con eso ahora está tirando. Con el jefe y los tres empleados que sostienen el funcionamiento de la cocina, casi no habla. Dos de esos pibes vienen desde lejos. El patrón es de la zona. No tiene miedo ni anda paranoico, pero sigue todas las indicaciones del gobierno. Si siempre fue fóbico a las personas, ahora con la pandemia, extremó al máximo sus movimientos. Utiliza guantes de látex y el contacto con los clientes no pasa de un estricto hola y chau. A más de uno le dejó la comida sobre el descanso de una baranda, o la puerta, y le hizo señas para que le deje la plata ahí. Que la chupen. Es cierto, en el monoambiente en el que vive por momentos siente que se asfixia, pero ya arregló con su profe que le dará una clase por semana por video. Pero aparte, lo asume, nunca disfrutó tanto de las calles como ahora. Desiertas, todas para él, sin giles que le tiren la carrocería encima, y absolutamente absorbidas por un silencio que lo conecta con la calma de Pehuajó, durante su infancia, donde su padre le transmitió lo único que le queda de él: la pasión por los fierros.

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Historias de cuarentena (4), especial 24 de Marzo

Por Mariano Abrevaya Dios

Qué cierto lo que decís, Olga. Nunca fue tan especial un 24 de marzo. Tan distinto, único, acá desde casa, pero conectada con todos los que hoy hacen de la memoria un ejercicio imposible de quebrar. Para vos, que fuiste bióloga, bah, perdón, que sos bióloga, esto debe ser como una pesadilla convertida en realidad. Para mí es como una película. ¿Vos creés que vamos a poder sostener el encierro durante tantos días? Vos extrañas con locura a los nietos, lo sé, y a tus compañeras. ¿Hace cuánto que las conocés? Cuarenta años, por lo menos, claro, teniendo en cuenta que te acercaste al grupo que se juntaba en la iglesia allá en el ochenta. Menos mal que esta plaga apareció ahora y no hace un mes y medio atrás, cuando fuiste a declarar al juicio. Tendrías toda esa pelota ahora adentro tuyo, y encima en medio de esta pandemia. Te hizo bien, ¿no? Fue un acto de justicia en sí mismo. Ay, quedó hermoso el pañuelo. Lo vi desde la puerta de calle. Me parece bárbaro que los organismos hayan impulsado esta idea. En realidad, seamos sinceros, no tiene mucho sentido ponerlos en las ventanas, balcones, puertas, porque en la calle no hay un alma, querida, pero sirve para enviarnos las fotos, publicarlas en las redes, hacer de eso un grito colectivo, aunque sea virtual. Olguita, yo en un rato me voy, tengo que atender a otros abuelos, ¿te parece bien que te deje hecho un bife con puré? Bárbaro. Recordá que te va a hacer bien caminar unos diez minutos por el patio, y seguir leyendo esos artículos de divulgación científica que me contaste que publicaron los alemanes en relación al virus. Te quiero mucho, viejita. Y te admiro. Ustedes son todo lo que está bien. Mañana nos vemos.

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Historias de cuarentena (3)

Historia de un monotributista, por Pablo Bigliardi (desde Rosario)

Luego de los anuncios presidenciales tuve que cerrar definitivamente mi peluquería al que pocas clientas ingresaron. Me esperan tres libros de cuentos bastante avanzados, una novela de género fantástico también avanzada y un libro de poemas que nunca termino, que fue iniciado en 1998 y continúa en una espera que podría obtener su turno en los próximos días. Será la primera vez en mi vida de escritor que voy a vivir como escritor. Hay una ansiedad de culpa por que en mi peluquería no hay ingresos monetarios y cuando vuelva no sé qué me puede esperar por mi condición de monotributista, porque el cargo completo de todas las responsabilidades como empleador y como deudor siempre fueron mías por intentar ser un trabajador independiente.

Entonces la locura de lo que viene que espere, mientras tanto quiero experimentar la comparación de mis últimos treinta años como trabajador de una belleza efímera: la peluquería y el desafío de entender cómo vive un escritor. Las conclusiones me esperan al final de la cuarentena.
Entonces paso la mayor parte del tiempo sentado frente a la computadora o a un manuscrito de mi novela que me acompaña hasta en el baño. Cuando me canso de un sistema, paso al otro y tanto la lapicera como el teclado sufren mis embates supuestamente creativos. Cuando me canso de ambos, comparto las situaciones familiares cocinando, hablando, recomponiendo algún espacio vacío que las semanas laborales van agrandando y ha llegado el momento de achicarlo. “El afecto y la vida familiar podrán rellenarlo” sería el primer título del cuento de las reparaciones para iniciar.

Hace veinte días estaba sentado frente a una gran arboleda con mis manuscritos, escuchando el ruido de la cascada de un arroyo y al lado de un hermoso chalet que habíamos alquilado con mi compañera en Córdoba. Cuando faltaba un día para volverme a Rosario, vinieron a mi mente los reclamos históricos de pasar una o dos semanas dedicado exclusivamente al relajamiento, a no hacer nada y a escribir por sobre todas las cosas. Alcé la voz mil veces al cielo de por qué el destino me llevaba constantemente a trabajar tanta cantidad de horas en la peluquería. Hoy me siento culpable, creo que Dios, Zeus, Horus o quien fuera, escuchó mis plegarias egoístas y paró el mundo por mí, hundiéndolo a un estado terrible y a favor de quien obtuvo una semana para dedicarse a lo suyo sin tener en cuenta al resto del mundo.

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Historias de Cuarentena (2)

La horda, por Mavi Massaro

–¿No usás barbijo, Ignacio?

–No, señora. Eso es para la gente que se contagió. No se puede usar barbijo indiscriminadamente.

La vecina lo miró extrañada. De repente, Ignacio le parecía un subversivo. Él leyó el mensaje entre líneas y no dijo nada más. Llegaron a la planta baja. Abrió la puerta, la dejó pasar y la saludó.

–¿Tenés que ir a trabajar todos los días?

–Y si, Beatríz. El supermercado no cierra. Que tenga buen día. Caminaron en direcciones opuestas. Ignacio, a la izquierda hacia César Díaz y después a la derecha para salir a Nazca. De ahí, tres cuadras hasta el Carrefour Express. Su vecina, al contenedor de basura. En el grupo de WhatsApp del edificio lo habían dejado bien claro: debido a la falta de portero cada uno se tenía que encargar de sacar su bolsa.

Ignacio cumplió su horario sin quejarse. En realidad, prefería salir que quedarse en cuarentena. En su casa se sentía frágil. Todo le recordaba a su soledad. Pero mucho más, la foto del día que se casó con Juana. Llevaban cuatro años de divorcio. Ella se había quedado con la tenencia de las nenas. Ahora, el régimen de visitas estaba suspendido y no sabía cuándo las iba a volver a abrazar. Mejor estar en el trabajo, pensó, así no me quemo la croqueta.

A las 20 volvió a su casa. Subió por la escalera. Desde que se había declarado la cuarentena hacía lo posible para no sucumbir ante la psicosis. Pero, tampoco era inmune. El ascensor seguramente estaba lleno de gérmenes. Y de virus, claro. Para abrir la puerta, sostuvo la llave con la remera. Entró sin tocarla y la cerró con el pie. Se lavó bien las manos, mientras tarareaba el estribillo de la Marcha Peronista. Sacó de su mochila la cena: un paquete de milanesas de arroz y otro de puré chef. Calentó el aceite y el agua. Metió una milanesa en la sartén y vació la mitad del paquete de puré en la olla. Estaba todo encaminado cuando empezó a escuchar gritos y golpes. Primero, se asustó. Después se acordó de lo que habían mandado por el grupo. A las 21 convocaban a cantar para que la gente acatara el aislamiento social y se quedara en su casa. A Ignacio esas consignas le parecían estúpidas. No lo veía como una forma de unión en la crisis. Más bien le recordaba a Vigilar y castigar. Salió al balcón para escuchar mejor.

El vecino de abajo estaba sacado. “¡QUEDATE EN CASA LA PUTA QUE TE PARIÓ!”, gritaba, mientras golpeaba la baranda y hacía un ruido infernal. Todo el barrio cantaba.

–¡Ey! Che, ¿podés dejar de golpear la baranda, por favor?

No hubo respuesta. El vecino paró durante dos segundos y después siguió dándole al metal. A lo lejos, una mujer gritaba desaforada.

–¡HAY QUE DENUNCIAR AL QUE SALGA! ¡HAGAN LA DENUNCIA AL QUE SALGA!

–Esto es el colmo –dijo Ignacio en voz alta– pasamos de la paranoia a la exaltación de la justicia por mano propia. ¡Qué país, che!

Volvió a la cocina. El puré se le había pegado a la olla. Puteó. Lo sacó del fuego e intentó rescatar algo. En ese momento, sonó el timbre. Se acercó hasta la puerta y estiró la cabeza para espiar por la mirilla sin llegar a tocarla.

En el pasillo, una horda de vecinos comandados por Beatriz lo increpaban. Estaban armados con palos de amasar y tenedores. Uno llevaba en alto la escobilla del inodoro.

–¿Cómo es eso de que saliste gil? ¡Te vamos a sacar a la calle por irresponsable!

–Pero, ¿qué dicen? Trabajo en el Carrefour, ¿qué quieren que haga?

–¡No se puede salir! –gritó una vieja que tenía un perro horrible en brazos.

–¡Abrí la puerta si sos guapo, dale! –dijo el vecino de abajo.

Ignacio abrió la puerta. Estaba enojado, quería mandarlos a cagar. Pero pensó que si les mostraba la credencial del supermercado con su nombre, iban a entender. Estaba decepcionado porque Beatriz estuviera ahí, aunque no le sorprendía. En cuanto abrió la puerta, se le fueron al humo. Lo agarraron entre tres y lo subieron al ascensor. Lo tenían de las muñecas. Le hacían doler. El resto de los vecinos y vecinas bajó por la escalera. Para salir del ascensor lo levantaron como hacen los amigos en los casamientos. Solo que en este caso no había una buena intención. Mientras Ignacio veía todo desde arriba, Beatriz abrió la puerta de calle. Lo bajaron y lo tiraron al piso, sobre las baldosas de la entrada. Se golpeó la nariz y le salió sangre.

Arrodillado y agitado, Ignacio no podía creer lo que veía. Lo habían echado del edificio. De su propia casa. En el palier, los vecinos y vecinas vitoreaban. Lo señalaban del otro lado de la puerta de vidrio. Parecía que echaban espuma por la boca. De repente, Beatriz estornudó. En la emoción del momento olvidó hacerlo dentro del codo. El grupo se quedó mudo. El vecino de abajo de Ignacio la miró con odio. En seguida, estornudó él. Tenía tanta bronca contenida, que no pudo evitar hacerlo con la boca abierta y le salpicó saliva a todo el mundo. En ese instante, se cortó la luz. Empezaron a los gritos. Le pedían ayuda a Ignacio, que les abriera la puerta. Que dejara que salieran.

–¿Nos vas a dejar morir acá, pelotudo? –preguntó Beatriz.

Ignacio se tentó. Empezó a reírse compulsivamente. En el palier, le decían de todo y le apuntaban con la linterna de los celulares. Él se metió la mano en el bolsillo: tenía las llaves del Gol y un paquete abierto de maní salado. Se paró y se sacudió la ropa. Caminó media cuadra. Desactivó la alarma, entró al auto y se tiró en el asiento de atrás a ver Netflix en el celular.

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Acerca de unas fotos, la ficción y la realidad


Sacamos varias fotos en el mismo potrero en el que vimos jugar a los pibes, allá por el 2009, por lo menos dos tardes de verano, con todo el mundo en cueros y bajo un cielo anaranjado, mucha gente en las veredas con cervezas en las manos, cumbia y reggeatón, a una cuadra de la avenida Almirante Brown, otra de la Casa Amarilla, tres de la Bombonera. El mismo potrero en el que transcurren por lo menos dos de las escenas del texto que se convirtió en novela. Ahora el campito está rodeado por un tejido de alambre ya que hay una disputa judicial entre una asociación de vecinos y el club Boca Juniors. Por eso, seguramente, hay más césped que en aquellos años.

Estoy en el potrero con mi hermana. Son las doce de un mediodía fresco y nublado de un día hábil, y a nuestro alrededor no hay más que un taxista que lee su celular con el cuerpo apoyado en el capot de su auto y una mujer enfundada en una campera que pasea a su perro. El predio de la Casa Amarilla y la cancha de Boca pintan el horizonte de azul y oro. Entre Almirante Brown y el campito ahora hay una tira de monobloques. Ella dispara su cámara. De pie, agachada –a pesar de su embarazo-, de costado, me da algunas instrucciones para unas fotos en las que salgo de espalda. En un par de horas deberíamos contar con la foto que ilustrará la tapa de la novela. Mi primer texto de largo aliento. Ya está, casi lo tenemos. Una ficción para describir una realidad que vivimos, junto a otros y otras, en 2009. 


Encaramos hacia el interior del barrio por la calle Palos. Cien metros después nos topamos con un mural que habíamos pintado, en una jornada colectiva de trabajo, frente al conventillo en el que vivía Sonia, la uruguaya y referente barrial con la que trabajamos durante un año. Con mi hermana recordamos un festejo del día del niño, una interna entre compañeros, los días en los que jugaba Boca y que volanteamos el programa Fútbol para Todos, las goteras en los techos de chapa los días de lluvia, un amorío. Eran otros tiempos personales y políticos, pero al igual que ahora, compartimos la militancia, aparte de la familia. “Acá tenés la foto, eh. No busques más”, me dijo, con una sonrisa cómplice, y me mostró la imagen que acababa de lograr: el mural, un esténcil de Eva, un viejo buzón con los colores de Boca. Luego bordeamos la Bombonera y fue por la calle Suarez –varias veces escenario de hechos policiales levantados casi con goce por los grandes medios de comunicación- donde le tiramos algunas fotos a las fachadas de algunos conventillos, no tan pintorescos, ni tan precarios, pero sí típicos de la zona.

El recorrido finalizó con una pizza en un Banchero casi pelado de clientes. Repasamos la historia que cuento en la novela. Una ficción inspirada en una experiencia personal y colectiva de militancia política, cuando el kirchnerismo empezaba a profundizar su programa de gobierno, luego de la disputa con las patronales del agro. Las historias que cuento se nutren de la realidad y no tanto de mundos ficticios o imaginarios. Esa es mi búsqueda y mi limitación. En el texto están mis obsesiones, deseos y temores, y también emerge el intento de transmitir o encontrar un grado aceptable de belleza estética, por medio de la escritura, por supuesto, que es la herramienta a la que me aferré, ya de grande, para acceder a esa especie de paz que significa encontrar tu vocación.

Con mi hermana volvimos a repasar las fotos de la cámara. Ya representaban no solo una posible tapa de un libro, sino también, un mediodía distinto, en La Boca, casi diez años después de haberse producido algunos de los hechos que se ficcionan en la novela: fútbol, sexo, militancia política, violencia. Del otro lado de la avenida Almirante Brown, en diagonal, está el histórico local de la agrupación Los Pibes, a la que pertenecía el Oso Cisneros, el militante que fue asesinado por un narco y por el que Luis D’Elia copó una comisaría del barrio, en 2004. Un claro punto de contacto entre la realidad de barrios como La Boca y la novela.

Pagamos (una fortuna) y caminamos media cuadra hasta la parada del 152. Pasamos por la puerta de una vieja unidad básica del barrio, que también inspiró unas líneas de la ficción. Finaliza la jornada. Nos vamos llenos. Mi otro hermano Abrevaya en un rato recibirá las fotos, y no solo seleccionará las que más chances tienen de ser tapa, sino que les dará las terminaciones técnicas necesarias para presentarlas en una portada junto al resto de la gráfica (título, nombre del autor, sello editorial). Ese también es un gusto que me doy con la publicación, y más aún en tiempos políticos en el que gobierna, una vez más, una minoría antidemocrática que la quiere toda para ellos -y ellas-.

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Pases en tiempos de desempleo IV (parte final A)

Carlos y su novio -Luciano- se acostaron en el sommier del dormitorio, luego de mirar en el living un par de capítulos de la segunda temporada de la serie Narcos. Las luces de los veladores ya están apagados y sus cuerpos están enlazados en forma de cucharita. En silencio, miran en dirección a la puerta del patio, por la que se filtra la luz pálida de un farol del fondo de la casa de un vecino.
El cielo, en lo alto, está limpio y estrellado, sin luna.
- ¿No es precioso el trato que Escobar tiene con su mujer? - dice Luciano.
- La Tata.
- La compañera de toda su vida, una chica de pueblo, sencillita. Él nunca le levanta la voz, le habla de usted, le jura, aún en las peores circunstancias, que ni a ella ni a sus hijos les faltará seguridad ni mucho menos, amor -sigue Luciano.
- Pero guarda, gordo, que si bien ella la juega de sumisa, en cuanto las cosas se empiezan a complicar, como ahora que Don Pablo y su imperio se hacen trizas, ella muestra las uñas. No es ninguna zonza. Sabe que su marido amasó una montaña de plata con el tráfico de cocaína.
- También sabe que su hombre, por lo menos en los inicios de su carrera, cumplió una notable función social -agrega Luciano, mientras acaricia el hombro de su pareja.
- Ah bueno -dice Carlos. ¿Y eso?
- Qué – devuelve Luciano, a la defensiva.
- A Escobar nunca le importó la gente de su Medellín natal ni de ningún otro lado. Siempre fue una mierda.
- No estoy de acuerdo para nada -devuelve Luciano, mientras se despega del cuerpo de Carlos-. El tipo ocupó el rol que hacía décadas había abandonado el Estado, por conveniencia si querés, pero desde ese lugar encabezó una obra social importante durante algunos años.
- Esa es una de las boludeces más grandes que escuché en el último tiempo, Lu. Estoy francamente sorprendido - se excusa Carlos, luego de erguirse y sentarse sobre la cama.
Luciano también se sienta. Ahora están de frente. Están en cueros. El aire está espeso y despide un leve olor a transpiración. A pesar de la escasa luz se miran a los ojos. La tensión perdura un largo medio minuto. Asumen en silencio que se agotaron las palabras. Es hora de acostarse, de espaldas al otro.

Al otro día, Carlos se levantó temprano y salió de casa sin despedirse de su novio. Dos cuadras antes de la estación notó que en la avenida Balbín algo rompía la cotidianidad. La obra del túnel había comenzado. Varias máquinas perforadoras removían el pavimento y otras depositaban los escombros con una pala mecánica en unos grandes contenedores de acero. Decenas de obreros de la UOCRA, mientras tanto, iban y venían con sus herramientas al hombro y realizaban distintas tareas. Estaba claro. El gobierno porteño había logrado destrabar la orden judicial que tenía frenada la obra. Ahora agarrate. Te paso por encima. Ya habían levantado un extenso perímetro de chapas de un metro y medio de altura, y salvo un par de curiosos, allí no había ninguna señal de protesta. En una misma imagen se fusionaban la derrota y la prepotencia.

Carlos pasó todo el día en su oficina, en el antiguo edificio de la cartera de Agricultura, casi sin tareas. Aprovechó el tiempo muerto para leer en internet sobre Pablo Escobar. Un personaje fascinante, pensó, que la literatura recién ahora estaba abordando con interés. A Luciano no le envió ni una sola señal. Se ahogó en su propia frustración y resentimiento. Supuso que al otro le estaría pasando lo mismo. No era la primera vez que ante una diferencia, o encontronazo, a ambos se los devoraba el silencio.

Se dio cuenta que había lío cuando el tren cruzó la avenida, metros antes de frenar en la estación. Eran casi las ocho de la noche, y Carlos estaba con la mirada perdida en las casas, calles y árboles del barrio, cuando un reflejo en la ventana de la puerta del vagón le llamó la atención. Parecía fuego. Ni bien dejó atrás el andén comprobó que no estaba equivocado. El corredor que la obra habían montado para ir de un lado a otro de la avenida estaba ocupado por vecinos y curiosos que miraban hacia la otra punta con los brazos enganchados a las rejas, como si fuese una tribuna del fútbol de ascenso. En la esquina había un grupo de policías metropolitanos en estado de alerta. Los vecinos en lucha, el ruido y tres fogatas de dos metros de altura venían de la calle Tronador. Hacia allá se dirigió. Todas las chapas que formaban el perímetro de contención de la obra de esa zona, estaban desparramadas sobre el pavimento.

El orador estaba de pie arriba de un banco de cemento, en el centro de la plazoleta. Era alto y su barba blanca desalineada le llegaba hasta el pecho. Estaba nervioso. No era clara su intervención, y se le trabaron las palabras cunado llamó a los gritos a armar un acampe para resistir el avance de la obra. Algunos de los cincuenta vecinos que participaban de la reunión comenzaron primero a quejarse, a interrumpir al orador, a discutir entre ellos, con los otros que quisieron poner orden. En menos de un minuto unos y otros se tiraban acusaciones inconexas y fuera de contexto. Carlos pensó en la denominación “espacios silvestres” que los jóvenes militantes con los que hacía política usaban para describir de modo peyorativo a ese tipo de agrupamientos. Tenían razón. La reunión era un caos. Al asunto le faltaba, justamente, política. No había allí ni un solo dirigente o militante.

Los que estaban muy bien organizados eran los jóvenes que estaban finalizando su misión de derribar todos y cada uno de los paneles de acero que cercaban la obra. Desde la zona de la estación llegaban los ruidos de las patadas que los revoltosos le daban a los paneles, hasta hacerlos caer. Tomaban carrera y paaaammmm. Los policías no intervenían. Los vecinos y algunos comerciantes -notablemente perjudicados por la obra-, tampoco. Por Tronador, en contramano, irrumpió un camión de los bomberos. Tenía los celulares encendidos pero no la sirena. Los uniformados se quedaron arriba del vehículo.

Fue en ese instante que Carlos levantó el brazo y pidió la palabra. El de barba blanca lo identificó, le hizo señas para que se acercase al banquito improvisado, y luego de pedir silencio, le cedió el megáfono. Se habían calmado los ánimos, pero a Carlos ya le temblaba la mano. - Vecinos y vecinas, soy Carlos, vivo en Estomba 3540 y quiero solidarizarme con vuestra lucha, ya que como ustedes considero que la construcción de este túnel es absolutamente innecesario. Lo digo por el problema de las inundaciones, por cómo afecta a los comerciantes, el tránsito en el barrio durante casi un año, pero también porque el PRO solo hace márketing barato y le importamos tres carajos.
Del grupo de vecinos emergió un tibio aplauso.
- De todos modos, vecinos y vecinas, creo que ahora es momento para organizarse, ya que noto mucho desorden entre ustedes, y eso beneficia de modo directo a Larreta y a Macri.
- ¿Y éste de dónde salió? – murmuró uno a un costado.
Carlos giró la cabeza de modo involuntario para identificar al responsable del comentario. Era joven, estaba bien vestido, tenía ojos claros y tenía cubierta la cabeza con una gorra naranja de marca Adidas.
- Trabajo en el Estado nacional y les aseguro que a pesar de la persecución que el gobierno está realizando contra los trabajadores, cuando uno se organiza logra grandes resultados…
- Te estás yendo por las ramas, flaco… - comentó una señora.
- O por lo menos esa articulación amortigua la lluvia de golpes...
- Cortala capo, no queremos política… - alzó la voz un tercero.
- La organización vence al tiempo, dijo un gran estadista que…
- No necesitamos tus consejos, trolo… - le escupió un cuarto, ya sin filtro.
- Si no se organizan los van a pasar por arriba …
- Andate, culo roto -los gritos provenían de los labios desbocados de unas tres personas más. Carlos vio que el joven de la gorra incitaba a los más intolerantes. Se reía. Disfrutaba de aquel avance que ya rozaba la humillación.
Tuvo que tirar para atrás la cabeza cuando un jubilado con la camisa gastada le quiso arrebatar el megáfono.
- Tranquilos, vecinos. Dejemos hablar. Seamos respetuosos -intervino el de la barba blanca.
- Que se vaya. Seguro es de La Cámpora. Una corrupto, un ladrón – gritó una señora de lentes y pelo negro.
- ¡No digan más pelotudeces que así no vamos a ningún lado! -intervino un flaco que en su mano derecha aferraba la correa de un labrador.
- ¡Vos sos otro sorete que apoya a la cretina! -le gritó un señor con lentes oscuros y pantalones cortos al flaco del perro.
Más gritos. De nuevo el caos.
El alboroto fue interrumpido por un grito desesperado:
- ¡Se quieren llevar preso a Alvarito! -gritó uno, a un costado de las fogatas. Estaba transpirado, con el pelo desalineado, y llevaba una cámara de fotos en la mano. Señalaba hacia la estación.
La gran mayoría de los vecinos salieron disparados hacia allá. El de la barba blanca, entonces, le pidió a Carlos el megáfono. Luego lo miró de modo comprensivo, y antes de irse le dijo:
- Disculpá las faltas de respeto, pero acá no quieren discursos ni posiciones políticas.

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Momento Viva Perón


El jueves pasado cuatro escritores y un editor nos juntamos en el célebre bar La Academia, en Callao y Corrientes, reducto de artistas, soñadores, almas en pena y otros asuntos. El motivo: vernos las caras ya que presentaremos, juntos, nuestros respectivos libros. La propuesta de la editorial Outsider es sencilla, y nada presumida. La banco. Nos sentaremos alrededor de una mesa ratona, las luces estarán bajas, y nos haremos un par de preguntas cruzadas, que sirvan de disparadores para que podamos charlar del modo más descontracturado posible frente a nuestros amigos, familiares y colegas, acerca de algunas de nuestras obsesiones o deseos como escritores, los temas que nos develan, las limitaciones que nos frustran, algo de nuestros cuentos y protagonistas, o qué métodos usamos para no tirar la toalla cuando nos bloqueamos y la página en blanco se adueña de nuestra existencia.

Mis colegas, que como yo han publicado uno o dos libros más, se llaman María, Yamila y Bruno. El es brasileño, de los morenos. Su portugués es fascinante, sus lentes le acrecientan el aspecto intelectual, y vino a Buenos Aires a estudiar en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. No hablamos de fútbol, pero sí de César Aira, por ejemplo. Ellas mucho no se parecen. Una es morocha, de rasgos andinos, viste tonos oscuros, y la otra es rubia, y de rasgos europeos. La primera un día largó todo y se puso a pasear perros para desprenderse de obligaciones odiosas, y contar con más tiempo para dibujar y escribir. La otra estudió Letras en la UBA. Contó que allí aprendió a leer, y que de ningún modo se bloqueó para escribir. Ejerce el periodismo.

Yo conté que tenía un hijo de once años, que trabajo en prensa y comunicación en una cartera del poder ejecutivo, y que milito en La Cámpora. El editor, Francisco, usa el pelo largo, y es un apasionado escritor de cuentos que un día se decidió a armar una editorial, que publica en formato digital. Uno más en la mesa. Hablaba con pausa, y sus palabras llegaban con la calma de un susurro. La hora va a pasar sin que se den cuenta, nos contuvo. Así, charlando como ahora, ya dimos dos presentaciones, reforzó.

Cuando nos sacamos la foto, María hizo la V y dijo Viva Perón. Fue un momento revelador. Un momento Viva Perón. En el fondo del local unos pibes jugaban al pool, y en un plasma que estaba silenciado, Cristina ofrecía números de su gestión a través de una cadena nacional.

Sólo resta que llegue el jueves, entonces. Mi libro se llama El enseyado, y contiene diez cuentos. El punto de encuentro es un espacio exquisito, dicen, llamado Brandon, en Villa Crespo, CABA.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios