Una parejita de no más de veinte años se mima bajo el sol, acostados boca arriba sobre el pasto de una de las plazas que están frente a la terminal de ómnibus de Retiro. Mientras la zona colapsa por el tráfico y la gente que camina una encima de la otra, ellos, entre risas y besos, se fuman uno.
Un agente de la policía federal, también joven, ancho de espaldas, encara, a paso rápido, en dirección a los chicos. Un pibe con la remera de Huracán, desde una parada de colectivo, se aviva, y le pega un chiflido al chico que se revuelca sobre los muslos de la novia con el porro en la boca. El novio, al tercer silbido, levanta el cogote, individualiza al loco que le hace señas, se da vuelta, ve venir al policía de uniforme y, de un solo movimiento, se pone de pié, y tira del brazo de su novia para que ella también se levante. La abraza y, detrás de su espalda, apaga el faso con un salivazo que pone entre el dedo gordo y el pulgar. Con el policía a unos diez metros de distancia, el chico descarta el porro sobre un arbusto.
- Quedate quieto, flaco. Abrí las piernas y poné las manos detrás de la cabeza.
- ¿Qué pasa, oficial?
- Te dije que te quedes quieto –le pone una mano en el pecho-, las manos detrás de la cabeza, dale –y le da un par de patadas en las piernas para que las abra-.
El flaco abre las piernas y se lleva las manos a la cabeza. Ella se queda dura, con los brazos pegados al cuerpo.
- Estaban fumando. ¿Dónde está? –el agente, sin sacarle la vista de encima, se agacha y le revisa los tobillos, las piernas, la cintura, las axilas y el pelo de la cabeza -, ¿vos también fumas porrito? –le dice a ella.
- No estábamos haciendo nada, oficial –dice él.
- Callate la boca y dame tus documentos.
El chico le pasa los documentos. Ella también, sin que se lo pida. El agente mira las fotos y después los observa a ellos. Ella le baja la mirada enseguida. El novio tarda un poquito más.
- Vaciá los bolsillos ahí -le marca una zona de pasto que tienen al lado-, y sacate las zapatillas.
- Pero oficial...
- Callate la boca.
El novio saca monedas, llaves, un paquete de cigarrillos, algunos papeles y se los pasa. El agente le marca el césped con el mano –sigue hojeando los documentos-, y el chico deja sus cosas en el pasto junto a la billetera de lona que acaba de sacar del bolsillo de atrás de su pantalón.
- No tengo nada, oficial. Ya nos íbamos.
- Las zapatillas.
El flaco se sienta, se saca las zapatillas, las da vuelta en el aire. El policía se las saca de la mano, les saca las plantillas, y tira todo sobre el pasto.
- ¿Vos tampoco tenes nada? -le pregunta a la flaca. Ella niega con la cabeza.
- Segura, ¿no? –el agente es tosco y su tono de voz es de cuartel-, después que no me entere que la tenías en tu ropa.
- No tengo nada, oficial.
El chico se pone de pié. El agente le dice que levante las manos y sin perdelo de vista se acerca hasta el arbusto, mete la mano, agarra el tucón, y lo mete en el paquete de cigarrillos del chico (Philip Morris diez).
- ¿Qué están haciendo acá? – ahora revisa los papelitos, los mira, los da vuelta, lee.
- Nada, oficial, paramos un ratito a tomar sol.
- A drogarse –corrige el agente, y les clava los ojos: - ustedes son dos faloperos.
- Disculpe, oficial, pero nos tenemos que ir a la facultad –dice ella, trabándose.
- ¿Qué estudian?
- Sociología -contesta él, mientras le acaricia la mano a la novia por lo bajo.
El agente hace un bollo con los papelitos y los tira al pasto. Se agacha y revisa entre las monedas, olfatea las llaves.
A unos veinte metros, en las paradas, algunas personas se entretienen con la escena. El hincha de Huracan sigue ahí, firme, camuflado por el gorro Nike con visera.
- ¿Saben lo que vamos a hacer?
Dicen que no con la cabeza. Él sigue con las manos en la nuca y las piernas abiertas.
- Voy a llamar al comando y los voy a llevar presos.
- Por favor, oficial -dice él-, ella es chica, se le va a armar quilombo en la casa.
- Es problema de ustedes, lo hubieran pensado antes –ahora el tono del joven oficial de la Policía Federal, rapado, con el uniforme ajustado al pecho, es sobrador.
- No somos delincuentes, señor, ¿por qué nos va a llevar presos?
- Porque están cometiendo un delito. Si choreas un auto, o te fumas un porro, para mi es lo mismo.
El chico se toma el permiso de tocarle el brazo al agente, pero el otro se lo saca de encima con un brusco movimiento del brazo:
- Quedate quieto, guacho. No me toques.
El agente saca la radio del cinto, se pone la radio en la oreja, aprieta un botón colorado, y entabla contacto con el comando. Le preguntan cual es la situación. Cuenta que enganchó a dos personas con droga. Masculino o femenino. Uno y uno. Qué sustancia. Marihunana. Cuanto. Medio cigarrillo. La comunicación se silencia (queda una fritura flotando en el aire), hasta que a los pocos segundos, el que está del otro lado le dice: "Maidana, sos un gil. No nos rompas las pelotas con huevadas". Risas. Fin de la comunicación (con las risas de fondo).
El color de la cara del agente cambia en pocos segundos. Los cachetes se le ponen colorados y una fina capa de gotitas de transpiración le moja la frente. Aprieta con fuerza la radio, y su respiración se agita y acelara. Los chicos no mueven un sólo músculo de la cara. Guarda la radio, se saca la gorra de la cabeza y se pasa la palma de la mano por el pelo. Respira hondo. Vuelve a mirar hacia los costados.
- Que miras, puto -le dice al novio cuando le engancha la mirada. Se lo dice a muy corta distancia y con la boca casi cerrada, los dientes apretados. Con muchísimo cuidado, es ella quien ahora toma los dedos de la mano de su novio.
- ¿De qué te reís, putito? -el chico no hace ni dice nada, le esquiva la mirada-, ¿te pareció divertido que me deliren?
- No.
El agente Maidana mira de nuevo hacia los costados, por encima de la cabeza de los dos chicos:
- Aparte de puto y drogon, ¿también sos rocho?
- No.
- Tenés cara de rocho. Andan choreando en esta plaza –marca con el índice la zona -, no seras vos con algunos amigos, ¿no? –le pasa el índice por la cara, hace presión sobre la frente.
El chico, la pera pegada al pecho, niega con la cabeza. Se le infla y desinfla el pecho, abre y cierra las manos que tiene sobre su propia cabeza.
- ¿Qué pasa? ¿Me querés boxear? - el agente tiene la mano sobre la culata de la pistola. Vuelve a mirar hacia sus costados. Algunas de las personas, cuando se ven observadas por el agente, miran para otro lado. Otros directamente se van.
- Sos un cagón -le dice -, puto y cagón. Los pendejos como vos son una lacra. Te rompería todo –al agente le tiembla la mandíbula y se le escapa saliva cuando habla.
- Bajá los brazos –le ordena.
Nada.
- Bajá los brazos, te dije –y con su propio brazo hace fuerza hasta que el otro los baja y deja pegados al cuerpo.
- Dejános ir, por favor -irrumpe ella con un hilo de voz.
- Calláte la boca -el oficial le clava los ojos y ella retrocede unos centímetros para atrás.
Del grupo de gente que se juntó a unos pocos metros, se desprende otro agente de la policía federal, que avanza hacia ellos.
Maidana lo ve venir. Duda uno, dos segundos, y retrocede medio metro. Se acomoda la ropa, la gorra, se limpia la transpiración de la frente.
Los chicos lo miran. También al agente que se acerca.
El agente retoma la compostura de un policía Federal hecho y derecho, mira de nuevo hacia la gente que observa con una mezcla de morbo y curiosidad, se pone la gorra, se acerca al novio y, al oído, casi sin abrir la boca, le dice:
- Tómenselas.
El chico levanta la cabeza y lo mira con desconfianza. Ella le tira de la mano y lo arrastra hasta el pasto. Él agarra sus pertenencias, las
guarda en el bolsillo, todas juntas. Levanta las plantillas, el calzado, y arrancan en dirección a Libertador.
- Algún problema, oficial –dice el recién llegado, con la gorra en la mano.
- No, los chicos ya se iban. No creo que los volvamos a ver por acá.
El chico, a unos quince metros, se pone las zapatillas mientras camina, con la mano apoyada en el brazo de ella. No se dan vuelta ni una sola vez. Al rato se los pierde de vista entre la gente que atraviesa la plaza llena de sol.
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Despenalización
Testimonio

Los tribunales de Comodoro Py son frios, sombríos y ajenos a cualquiera que no venga del mundo judicial (ya sea por cuestiones de laburo, o por tener problemas con la ley).
Las escalinatas de la entrada, los largos pasillos, las escaleras de mármol, las puertas de los juzgados, los crucifijos, las flacas y rubias secretarias provenientes de la UCA, los hombres engominados con lentes para el sol, trajes de seda y zapatos de cuatro cientos pesos, los agentes de la Policia Federal y del Servicio Penitenciario Federal, todo ese combo de imágenes y sensaciones, convergen en una sola idea, física y racional: los hombres y mujeres que conforman la corporación judicial, tienen la facultad de cambiarte la vida. Y entre ellos se cuidan el culo. Viven en su propio mundo y no se dejan atropellar ni siquiera por cuestiones de Estado.
Para entrar a la sala de audiencias donde se lleva a cabo del juicio de Mansión Seré, hay que anotarse en la mesa de entradas del TOF 5 (Tribunal Oral y Federal Nro. 5), en el sexto piso. Documento, aclaración para saber si venís de parte de la querella o de la defensa (ya que los primeros van a la planta baja de la sala y los segundos a la planta alta), un chico de traje, peinado y afeitado, seguramente su primer trabajo en un tribunal, te da la autorización, volves a la planta baja, y te dirigis a la sala, al fondo de un pasillo y un piso para abajo por escalera. Antes de entrar, hay que pasar por un control policial que, según el humor de los uniformados, puede significar un trámite, o convertirse en un momento dominado por la incomodidad.
Guillermo Fernandez es un sobreviviente del centro clandestino de detención Mansión Seré, uno de los cuatro secuestrados que se escaparon la noche del 24 de marzo de 1978 de la casa donde estaban detenidos hacía varios meses. Fuimos a escuchar su relato, una historia única que fue llevada al cine por Israel Caetano (Crónica de una fuga), a acompañarlo, a estar cerca cuando terminase de dar su testimonio.
El tipo entró, cruzó la sala y tomó asiento. Uno de los tres jueces del tribunal, impecable, la espalda derecha, la voz clara y severa, le recordó que falsear un testimonio está penado por la ley. Guillermo, pantalón, camisa, saco, el pelo atado con una colita y los lentes sobre la cabeza, dijo que sí, que juraba decir la verdad y nada más que la verdad.
Del lado de la querella, separados de la sala por un ventanal de acrílico, acompañando a Guillermo, y a otros que declararían por la tarde, somos unas treinta personas las que estamos sentadas en las cuatro o cinco hileras de sillas azules de tipo oficina. Junto a nosotros, uno por lado, dos policías de la Federal, las manos detrás de la cintura, la vista perdida en la pared alfombrada de enfrente. Dentro de la sala, a la izquierda, la fiscalía, la querella, y Guillermo. En el medio, del otro lado de una tarima de mas de un metro de altura, los jueces que imparten la ley (el TOF 5 no permite el ingreso de la televisión ni los pañuelos y fotos de los desaparecidos que las Madres de Plaza de Mayo, y otros organismos, llevan consigo desde hace más de treinta años). A la derecha, la defensa. El piso y las paredes estan cubiertas por una alfombra rosada, el mismo color de las pesadas cortinas que caen por detrás de los jueces del tribunal. Hay dos plasmas de tv, una de cada lado, un circuito de audio, y mucha solemnidad.
Durante más de una hora y media Guillermo hace un minucioso relato de su secuestro, cautiverio y fuga de Mansión Seré, una casa de dos plantas, camino de tierra y jardín, de la zona oeste del conurbano bonaerense, perteneciente a la Fuerza Aérea Argentina. Una y otra vez, mientras da nombres, fechas, hechos, insiste con la idea de que una vez adentro de la casa, el que no se adaptaba a la lógica interna de la patota y las guardias, perdía. La mayoría perdió igual, hiciese o no el esfuerzo de sobrevivir, pero Guillermo tuvo una suerte aparte. "Estábamos en manos de una banda de locos desquiciados. Ahí adentro no importaba la política, ni de dónde venías ni cuan grande la tenías", le cuenta al tribunal, los tres echados sobre sus sillones de cuerina negra, con las laptops abiertas sobre el escritorio.
Guillermo es actor. Y se le nota. Mueve sus manos y gesticula con la cara. Por momentos ironiza y nunca pierde la calma. A medida que avanza su relato, las observaciones y descripciones que comparte, confluyen, inevitablemente, en el descelance al que todos queremos llegar: la fuga. Uno se retuerce en el asiento de felpa azul. Ya sabemos cómo operaban los grupos de tarea, su sadismo, el grado de locura y morbo que tenían, pero escuchar, y ver, a un tipo, que estuvo ahí, y que ahora, en este momento, se conecta con aquellos hechos que le dejaron marcas de por vida, es muy diferente. "Cuando vas a los juicios, no salís igual que como entraste", dijo uno una vez. Algunos de los que estan al lado nuestro, por nervios, o por la razón que sea, rien cuando Guillermo tira algún bocado con cierto atisbo de humor. Se tapan la boca por pudor, o se codean. Yo quiero explotar en mil pedazos. Tanta mierda acumulada en años, haciendo presión, desde las uñas de los pies hasta los pelos de la cabeza. Cuanta locura. Cuanta gente esperó estos juicios por tantos años. Ahora son una realidad. Acá está Guillermo, a pocos metros, contando una historia de película.
Por suerte, la historia de Guillermo es épica. De las tres o cuatro que hay dando vueltas. Esa fuga de Mansión Sere, una en Campo de Mayo, otra en la ex Esma.
La fuga que él mismo planea, junto a otro detenido, Claudio Tamburrini, ex arquero de la primera de Almagro, es histórica, y de película. Con dos o tres elementos (es fundamental un tornillo que cae del camastro donde lo tenían encadenado día y noche), una fuerza que nace en las tripas, producto de una situación extrema de vida y muerte, pelotas de acero, y mucha pero mucha suerte, los cuatro pibes (tenían todos veinte años), hechos mierda, desnudos, y en manos del destino, atan unos trapos a una ventana que habían podido abrir, se cuelgan, y se deslizan hasta la puerta de entrada de la casa. En la película llueve como la última vez. Guillermo no hace referencia a ese detalle. Pero salen, se escapan, en pelotas, piden ayuda en algunas casas, y, increiblemente, zafan.
Guillermo se va del país al otro día.
Despues de las preguntas que le hace la Fiscalía, el juez da por terminado el testimonio y pasa a cuarto intermedio. Nosotros, los treinta que estamos sentados del otro lado del vidrio, nos paramos y escupimos un aplauso generalizado que rompe con el silencio tortuoso que flotaba en el aire desde hacía dos horas. Una explosión natural, un reconocimiento para uno de los tantos testigos que, a pesar del costo personal que debe implicar remover la pesadilla más profunda de su vida, decide declarar, y poner sobre la mesa las pruebas que hacen falta para meter presos a los genocidas (Barda/Mariani0Comes, los tres de mas de ochenta años). Nos rompemos las manos y también gritamos. El juez, un dinosaurio que vive enfrascado en un inframundo de privilegios e impunidad, corporativo, amenaza con hacernos hechar si seguimos con esa actitud. Aplaudimos más fuerte que antes (Tomá, la concha de tu madre). Guillermo, mientras tanto, abre la puerta que separa la pecera de la sala y se abraza con los que tiene más cerca. "Silencio, por favor", llega del otro lado, cada vez más tenue, más lejano. "Bien, loco, bien, que groso tu testimonio: felicitaciones".
www.mesajuicios.com.ar
Primavera en la pileta
Cuarenta minutos después (los píes embarrados por el fútbol, el remisero que ya se leyó todos los carteles pegados en las paredes externas del comedor La Misión, Pablo Bertín que llama por tercera vez diciendo que tienen todo listo) subimos a los dos autos, éramos 16, 8 en cada auto: 12 menores, Camila, Riki, Mabel y el remisero.
En el club, pasamos por los vestuarios, las chicas con las chicas y los chicos con los chicos. Malla y toalla. Subimos un piso, pasamos otro vestuario, abrimos una puerta y… la pileta, imponente, las caras de los chicos le dan toda la luz al día de la primavera. Veintitrés metros de largo, no se cuantos de ancho. Roberto, dueño del club, les da las indicaciones, todos se callan, todos miran. Al agua.
Una hora que parece una mañana entera. Chapoteos, picardías, desafíos a las reglas establecidas, juegos, muchas sonrisas. En el medio llega Viki, con dos horas de sueño, sonríe ella también. Mabel tiene ganas de tirarse pero no trajo la malla. Camila, lo mismo. Roberto y Pablo (Presidente y vice de la Asociación de Ex Combatientes de Malvinas de la Ciudad de Buenos Aires, compañeros simpatizantes de GEN) observan y controlan todo desde los costados. Riki aprovecha y se nada unos largos, se cansa enseguida. Las pibas y los pibes disfrutan cada segundo en ese lugar.
A la salida de la pileta, Pablo invita a todos a comer a Mc Donalds. Quedamos en repetir la movida, en llevar a la pileta a pibes de otros barrios, en hacerlo periódicamente. Cuando estamos regresando al asentamiento, Javier, de 8 años, dice: la próxima vamos a un tenedor libre, por la misma plata comemos mucho más.
Nos despedimos. Las nenas se me acercan de a una y me saludan con un beso. Volviendo, manejando el Corsa, me llevo todas estas imágenes. Y me emociono mucho.
Riki
Oral y Público
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La muerte del último abuelo
Cuando se llora una muerte, se lloran varias. Se aprovecha. No es a propósito, o sí: es el ablande, el arrastre. El viejo murió en Israel donde se fue hace más de 25 años para nunca más volver. La muerte de mi abuelo materno es el final de una generación familiar que nos podía contar desde lo alto de la edad qué fue los que nos pasó. En castellano o en hebreo.
Primero se llevaron a mi papá, a mis dos tíos (hermanos de mi mamá) y al papá de mi hermana. Pocos años después mi abuelo paterno (que no conocí) no aguantó y se murió. En el año 1992, recién entrada en la tercera edad, mi abuela materna, Linda, murió también; era joven y se ponía el pañuelo blanco en la cabeza todos los jueves. Hace 7 años se fue mi abuelita, la mamá de mi papá, los ojos y la voz de mi papá. Con la muerte de mi abuelo Moisés, en Israel, murieron todos otra vez.
Yo estaba en las cataratas cuando eso pasó. Esa agua que cae es irrefutable: como la muerte, nadie la puede parar. Pero pensaba: no se trata de construir un dique para lo inevitable, se trata de reflexionar sobre el techo del tiempo, el límite del cuerpo (aunque no del alma). Y de recordar siempre la injusticia de aquellas otras muertes y desapariciones, que ahora, otra vez, caen como un elefante sobre nuestro cuerpo. La muerte del abuelo es lo más natural del mundo, pero su muerte nos clava en el corazón la injusta muerte de sus hijos, de nuestros padres y la pronta muerte de nuestras abuelas.
Moisés desde lo lejos, y desde su particular hermetismo, parecía no tener inlfuencia en mí vida diaria. Pero tan solo su voz, desde el teléfono, en la oreja de mi mamá, cada día, pintaba nuestra realidad de una sensación de compañía, de resistencia.
La ausencia de su cuerpo y de su voz nos marca el final de una etapa familiar. A él le tocaba. Pero su partida nos reafirma que allá lejos no había sido el turno de sus hijos y que sí o sí hoy es el turno de la justicia.
Pienso también que no es soledad lo que se siente, la soledad es otra cosa.
Riki
Cristina y Vos
¿Se acuerdan de esta campaña? http://www.cristinacobosyvos.com
Nosotros somos los que seguimos. Hay que seguir militando, laburando y debatiendo. Hay que seguir en los barrios, en esos lugares donde casi nadie pone el ojo ni la palabra ni las excusas. Es ahí donde hay que encontrar al otro que se sume a un proyecto nacional y popular, de redistribución, de justicia social, de dignidad. Ahí está el “Vos”. Cobos estaba en el medio, entre Cristina y Vos, muchos Cobos hay en el medio. Hay que trabajar en la formación de actores leales, convencidos, que aten los cabos entre Cristina y vos, que sientan propio el proyecto porque defiende sus intereses. Difícil será siempre esta batalla si los soldados siguen pensando en el concepto de padre de familia burguesa para decidir en política. Es otro el actor que nos tiene que condicionar, con su vulnerabilidad, con su desintegración familiar, con el paco en el bolsillo. Esa es la tarea más difícil, la de concientización, de la comprensión.
Tenemos nuestra crítica sobre los errores del gobierno en estos últimos cuatro meses, nos sirve hacer diagnósticos porque de ahí intentamos generar estrategias validas. Pero hay que avanzar encima de eso. Podemos, y lo hacemos, escribir y decir lo que el gobierno debería hacer para no perder protagonismo: abrir el juego, sumar a figuras comprometidas que están esperando que abran la puerta, trasparentar los objetivos políticos previamente, refrescar el gabinete y muchos etcéteras. Pero nuestra tarea, compleja, es generar actores intermedios, que sostengan un proyecto, que vinculen. Nuestra generación tiene ese protagonismo. Tenemos la obligación generacional de hacerlo, retomando banderas históricas de lucha pero con el desafío de generar lecturas propias, nuestras, de esta época. El kirchnerismo hay que leerlo como un fenómeno histórico pero fundamentalmente como un fenómeno del presente y analizarlo desde acá, para poder expandirlo, ocuparlo y llenarlo de contenido. Eso se hace con política permanente. En las calles, en los barrios y en las oficinas. Se hace con imaginación. No hay que subestimar ningún espacio. Tenemos que pensar en grande pero haciendo desde lo chico. Coyunturalmente, en el marco general, sufrimos un golpe tremendo del cual todavía no conocemos las consecuencias. Pero como sea, tenemos mucho para aportar al proyecto nacional y popular. Por lo menos, ser quien ate las cuerdas entre Cristina y Vos.
Militancia
Lo que más me duele es la amargura y desilusión de toda la militancia que bancó durante los últimos dos meses, en la calle, el proyecto de país que impulsa el gobierno. Y cuando digo militancia me refiero a, los chicos y chicas de todo el arco del movimiento social Kirchnerista que sin ninguna otra motivación que las convicciones, sin otro motor que la sensibilidad por las diferencias sociales, se la juegan todo por el todo. Me duele la frustración que nos comimos las tres mil personas que ayer estuvimos hasta las cuatro y media de la mañana siguiendo de pie, unos pegados a los otros, como si fuese la final de la copa del mundo, la sesión del parlamento. El clima, salvo durante los cuarenta minutos que duró la pobrísima intervención del vicepresidente, fue de fiesta. Me duele porque la militancia es genuina, sale de las vísceras, no pide nada a cambio, está ligada a nuestra historia, que es la misma que la de nuestros viejos –que también vienen bancando al gobierno, y a las instituciones-, una mirada colectiva, solidaria, inclusiva. Me duele porque tenemos confianza en la gestión de Cristina, en el liderazgo de un tipo como Nestor Kirchner, una bestia política que conmueve y genera una profunda admiración. Nos duele porque ayer perdimos una pelea contra los grandes poderes concentrados de nuestro país, contra lo peor, lo insostenible, lo de siempre, las banderas de la intolerancia, la xenofobia, la mezquindad, la insensibilidad, la extorsión, los medios, la iglesia, la pata recalcitrante del PJ, la miseria de la oposición, la chatura de la clase media, la oligarquía que muestra los colmillos cuando se pretender profundizar, aunque sea un poquito, cambios estructurales en nuestro país. Me duele porque ahora, que la mano se puso muy espesa, que las aguas se dividieron, que está a la vista de todos quien es quien, en el último milímetro de la disputa, un impresentable como Cobos, un incapaz, tibio, seco de responsabilidad y grandeza, nos deja lagrimeando en la puerta del Congreso, después de dos meses de estar en la calle sin respiro, aguantando de todas las maneras posibles los golpes que nos tiran, de manera desmesurada, y desigual, desde los cuatro costados. Me duele porque esta misma militancia es la que no claudica, la que no traiciona, la que sabe lo que quiere y anhela, la que intenta construir puentes con la sociedad, la que no concilia el sueño cuando de desigualdades se trata.
La trompada en la mandíbula de ayer nos dejó tontos. Es el resultado de varios factores, propios, y ajenos. Pero vamos a seguir, vamos a bancar hasta el final. Esto recién empieza, amigos.
Karpas
La primera y segunda noche se durmió ahí, tirados sobre una bolsa de dormir, tapados por una frazada, o a un costado sobre uno de los bancos de la plaza que, así, bajo techo, parecía propio, que lo hubiésemos traído de casa –al igual que un cartel verde, municipal, clavado al fondo, de dos metros de altura, que rezaba, en lo alto, Plaza los dos Congresos-. Se consiguió unas sesenta sillas de plástico blanco que, según la necesidad, se pusieron en filas para las charlas, debates, videos, mirando al frente, o en circulo para tomar mate, comer lentejas o discutir coyuntura, o apiladas contra las paredes. Al fondo de la carpa se pusieron dos tablones sobre unos caballetes: un panel, o mesa, donde se sentó la gente que vino para a compartir, contar, o comunicar, por ejemplo acerca de la nueva derecha, o la nueva ley de radio difusión, en el marco de una charla, o actividad. Teníamos una teve y un sonido desde el que sonaba cumbia, rock y folklore. También una turbina que escupía calor por la noche. En las paredes había pegados afiches de todos los tamaños y color, pancartas, fotos, consignas, flameadoras, algún trapo. También tenemos una olla de aluminio inmensa, donde una tarde hicimos chocolatada y una noche helada un guiso de lentejas memorable.
Afuera de la carpa hubo mucho agite, el incansable ir y venir de la gente que se acercaba, sacaba fotos, quería firmar las planillas –algunos lo hacían sin siquiera preguntar, ni mirar lo que firmaban-, llevarse material, preguntar donde nos juntábamos, cuando, como podían hacer para colaborar, o para contarnos que les hacíamos acordar a otras épocas, cuando ellos también le ponían el pecho a la coyuntura, nos decían que no aflojáramos, que los grandes cambios son así, generan resistencia en los sectores a los cuales les tocas los intereses, que tocarle el culo a los que cortaron la pizza toda la vida es, tiene un costo, que la pelea la íbamos a ganar. Los que se acercaban podían ser de cualquier parte: Tucumán, Mar del Plata, Pergamino, Moreno, Berazategui, pero también del colegio de la vuelta, de la panadería de Rivadavia, que yo tengo un hermano que tiene algunas hectáreas en Victoria, Entre Ríos, pero que apoyo las medidas del gobierno, que hay que redistribuir la riqueza, que la justicia Social, que Evita, los pobres, los excluidos, que es hermoso que la juventud peronista esté de nuevo en la escena política nacional.
Te ponías detrás de la mesa, en la puerta de la carpa, media hora, paradito, no mucho más, dando una mano para colgar una bandera, yendo a comprar cigarros, o pan, o atendiendo a un grupo de gente suelta, o de una organización que venía a pedir, o comunicar, algo, una adhesión, una propuesta, a simplemente charlar con uno que también quería ser, aunque sea por un rato, protagonista. En cualquiera de las estas situaciones, o la mixtura de todas juntas, lo que pasaba, por dentro, es que la sangre te corría por las venas a una velocidad poco común. Y cuando mirabas para los costados, y veías que tus compañeros estaban en la misma, hablando como un loro, gesticulando con los dos brazos, atendiendo el celular, escribiendo un mensaje, encontrándote con alguien, llamando a alguien a los gritos, caías en la cuenta de el aire frío que corrió por la zona del congreso estaba totalmente absorbido por una situación única, comparable con muy pocas otras experiencias, histórica. Chicos, grandes, abuelos, vecinos con los perros, trabajadores, desocupados, indigentes, todos los programas de televisión, gente amiga, compañeros y compañeras, familia, dirigentes. Nadie estuvo exento del clima político que se vivió en la zona de las carpas K durante los doce días.
Los grandes medios, en concordancia con el partido que vienen jugando desde que arrancó el conflicto con el campo, hablaron, sin ponerse colorados, de un circo. Banalizaron, y minimizaron, una situación nunca antes vista. Hablaban de la plata que salía montarlas, del costo para la ciudad, de la suciedad, de lo complicado que se hacía transitar por la zona. Pero los que estuvimos ahí desde las nueve de la mañana hasta la una del otro día, en turnos, sabemos que en todas las carpas, por lo menos las carpas kirchneristas, lo que se respiró fue política, ideas, valores, convicciones, historia, presente, futuro, nada menos que un proyecto de país en juego. Tanto nosotros, como el río de gente que transitó la zona, estuvimos atravesados por una adrenalina sumamente contagiosa, alegre, convincente, que te comía los tobillos, la panza, la espalda y los cachetes de la cara. Nunca antes se había respirado tanto revoloteo cívico en la plaza de los dos congresos. Nunca antes se había instalado una carpa a favor de las políticas de Estado de un gobierno. Hay que salir a decir estas cosas: nunca antes se había instalado una carpa, varias carpas, a favor de un proyecto de país. Nos guste o no, es así.
Nosotros, los hermanos Dios, estuvimos ahí, enmarcados en las actividades del GEN y la JP, porque formamos parte de de un proceso político que ya hizo historia. Nos motoriza la idea de construir un país más soberano, justo y solidario. Nos gusta la política porque es con esa herramienta que podemos generar los cambios sociales por los que el campo popular de nuestro país viene peleando hace décadas. Estuvimos en la carpa de la juventud, muchos de nuestros compañeros sin respiro, durante más de diez días, porque entendemos que las retenciones a la exportación de granos es una medida justa, constitucional, que apunta a sacar donde sobra y poner donde falta. No hay mucho misterio.
Manu y Santino Dios


