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Anecdotario del viaje a Cuba

Volviendo de las playas del Este, en las afueras de la Habana, arriba de una guagua de origen chino, apretujados unos contra otros, y ya de noche -siete y media de la tarde-, sin querer, mi cuerpo roza la cabeza de uno de los dos mellizos -ambos vestidos de amarrillo patito-, que están sentados con las piernitas colgando y los brazos pegados al cuerpo, sin pestañar, en el asiento doble que tengo a la altura de la cintura. El padre, una mole cubana de músculos, el cuello ancho como un plato, y el pelo corto, me da entender que tenga cuidado.
- ¿Gemelos? - arriesgo, a los pocos segundos.
El tipo me sonrie, y afirma con la cabeza. La señora que viaja a su lado, de grandes proporciones, me mira intrigada. Casi no hay turistas en el colectivo, solo cubanos que vuelven de lo de un familiar, o del trabajo, o, los menos, de una playa, como nosotros (es invierno, aunque hagan entre veinte y veinticinco grados).
- Yo fui campeón de lucha libre en los panamericanos de 1991 - comparte, para mi sorpresa, el grandote. El hombre va con las dos manos agarradas al asiento de adelante (donde están sentados los gemelos), y sobre las piernas lleva un bolso de marca Puma despintado, y viejo, con el cierre roto.
- ¿Acá en Cuba?
- No - dice, y acompaña la negativa con el dedo índice -, en Canadá -ahora lo apunta hacia adelante-.
- ¿Seguis compitiendo? -quiero saber (una de las priodidades del viaje es generar un ida y vuelta con los cubanos: hombres, mujeres, mulatos y mestizos, viejos, jóvenes, fidelistas y críticos con el sistema. Y este hombre no es la excepción). La esposa del atleta me observa sin gracia.
- Ya me pasó la hora -confiesa, y me mira, y sonrie-, ahora me dedico a formar a los más jovenes.
Ahora soy yo quien sonrie. La guagua está colmada de gente, y el chofer, un negro espigado que lleva la camisa celeste gastada arremangada, con unos lentes para el sol agarrados a la cabeza de la que brotan pequeñas rastas, se levanta del asiento y, mirando hacia el fondo del omnibus, le pide la gente que se haga lugar, y que avance hacia el fondo.
Vuelvo a mirar el campeón de lucha. Pienso en los deportistas, artistas, o diferentes personalidades del quehacer nacional que tuvieron la posibilidad de viajar por el mundo y que una vez allá, fuese donde fuese, decidieron que a la isla no volverían más. Este hombre no, pienso. Acá está. Fines del 2008, con todas las complicaciones que tienen los cubanos, y que están a la vista, muy a pesar del mítico triunfo de la revolución más digna y poética de la historia moderna, allá, hace cincuenta largos años, el hombre vuelve a casa con su familia, con los bultos, con lo puesto, y en silencio.
- ¿A qué grado van? -esta vez le quiero sacar unas palabras a la madre.
- Tercer grado.
- ¿Les va bien?
Uno de los dos nenes tuerce el cuello y me pispea desde su lugar. Le gana la timidez pero antes de que vuelva a poner la vista en el frente, le pesco una mueca parecida a una sonrisa.
- Muy bien. Son muy estudiosos.
- Salieron al padre -se auto vende el padre, orgulloso, y sonriendo una vez más.
En el medio del colchon de cabezas que se desparraman en el pasillo de la guagua, individualizo a Roberto, el papá de Wen, un amigo que también viajó a la isla. Padre, hermano y hermana, quedaron en encontrarse en la Habana para viajar juntos a Santiago de Cuba el primero de enero, día en el que se cumplirán cincuenta años de la entrada de Fidel, y el ejercito rebelde, justamente, a esa ciudad del norte de la isla. Wen, mi amigo, vive en Buenos Aires, y su padre, y hermana, en el DF, México -hacía ocho años que no se encontraban los tres en un mismo lugar físico-. Le levanto la mano, y pongo los dedos índice y anular en V. Roberto me sonríe desde la penumbra del pasillo, entre los brazos negros y mestizos que se tuercen en el aire para aferrarse de lo que sea, las gorras nike, los bolsitos, las bolsas, y me devuelve el gesto.

Cuando llegamos a nuestra parada, Alamar, uno los primeros barrios de corte socialista de toda la Habana -una pequeña ciudad de monoblocks de cuatro pisos de altura, idénticos entre sí, hoy despintados y con la ropa colgando de los balcones, con estación de policía propia, una feria de verduras y varios perros muy flacos dando vueltas-, nos sacamos una foto con el campeón de lucha, su robusta señora, y los dos mellizitos de amarillo. Nos deseamos buen año unos a otros, estrechamos las manos, y hasta nos regalamos una palmada en el hombro.
Como no puedo con mi genio, a los pocos metros de habernos distanciado, me doy vuelta y le chisto:
- ¡Amigo!
- ¡Sí! -él también se da vuelta, al igual que la mujer.
- ¡Viva la revolución cubana!
El grandote se ríe, saluda con el brazo en alto, y antes de darse vuelta, con un nene en cada mano, devuelve:
- ¡Adios, compay!

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Hora pico


En este momento no se está hablando del tema, pero cuando salte algún fusible que pueda salir a venderse como reflejo del humor social generalizado, la problemática será parte de la agenda mediática una vez más.

El transporte público está colapsado. Es cierto. Cualquiera de nosotros puede comprobarlo. Entre las seis y la siete de la tarde de cualquier día de la semana, uno encara, por ejemplo, hacia una estación de la línea C de subterráneos, desciende unos cuarenta escalones, compra boleto, sigue denscendiendo algunos metros más, y se quiere subir a una formación que va hacia Constitución, y ya. Ahí está todo.

Diagonal Norte, la estación que está debajo del obelisco, es, sin dudas, de toda la red de subterráneos de la ciudad, por la que mayor cantidad de pasajeros transita todos los días. Se llena de punta a punta si el subte tarda más de tres minutos en aparecer. Cuando los focos del primer vagón de la formación aparece en la curva del fondo, y aminora la velocidad, mete la trompa, llega, y abre las puertas, una maza compacta de laburantes, de los dos sexos, de entre veinte y cuarenta años, en su mayoría de la zona sur de la provincia de Buenos Aires, se mete dentro del vagón llevándose todo por delante, y ocupa cada centímetro que pueda llegar a existir dentro del vagón.

La gran mayoría de estos trabajadores que vuelven a sus casas después de cumplir turnos de ocho, nueve, diez horas, son los que hacen las tareas de limpieza, mantenimiento, o seguridad, en los tantos edificios públicos y empresas privadas que pueblan el centro y micro centro porteño, los que laburan en las tantas casas de comida, bares, restaurantes, o estacionamientos, los vendedores ambulantes, los hombres-carteles, los que reparten volantes; en definitiva, la mano de obra especializada que necesitan aquellos que brindan los diferentes servicios que se dan en la ciudad. Son muchos los que vienen desde sus pagos, bien temprano, y se vuelven a sus casas cuando la actividad de las oficinas afloja. Muchos de verdad. Una vez adentro de la formación, uno queda pegado al de al lado, las mochilas en la espalda, la transpiración en la frente, y la mirada fija en algún punto del vagón. No te podes mover. Son tres o cuatro estaciones que no se puede estar. Después afloja un poquito porque algunos se van bajando. Y el grueso termina su viaje en Constitución. Molinetes, escalera, hall central de la línea Roca, otro andén, pero al aire libre, tren, de nuevo apretados, y después de un rato más de viaje, finalmente, casita (aunque algunos se tienen que tomar un bondi para que, ahora sí, lleguen a su casa).

Hace unos días, un tachero de la zona de Gerli, sur de la provincia, me contaba, mientras me llevaba de un lugar a otro en el centro, y mirándome por el espejito retrovisor, que su hija, en los noventa, tomaba el colectivo sobre la avenida Mitre y viajaba sentada hasta su trabajo. "Ahora", marcó con el dedo en dirección al suelo, "desde las ocho, y hasta las diez de la mañana, los colectivos no paran porque no entra más nadie".

Viajamos mal, sí. Es cierto. Pero no perdamos de vista algunas cuestiones, más que nada, o sobre todo, cuando son de peso, e incuestionables.

La mayoría de gente que revienta los colectivos, subtes y trenes, en especial los que vienen de la provincia, son, en definitiva, los cuatro millones de personas que ingresaron al mercado laboral durante los últimos dos, tres años. No hay vuelta. Es producto de una serie de medidas del gobierno anterior, y también de éste, y por más que las voces de la eterna discordia digan que las condiciones internacionales favorecieron aquella coyuntura, la decisión política fue apostar a la producción y al consumo. Y por eso se agotan todos los pasajes a los principales puntos turísticos del país ni bien hay un fin de semana largo.

Ahora, parece, hay que apretarse un poco, parar la maquinaria. "No podes crecer quince años de manera ininterrumpida", dijo hace poco un amigo, ya con la crisis financiera internacional haciendo estragos en todo el planeta. Y es cierto. Los índices ya están aflojando. Se habla de reducciones, adelantos de vacaciones y hasta despidos.

Pero cuando quieran ver a los miles de pibes que hasta hacía unos años estaban al margen, por fuera del sistema, y ahora sí, están dentro, con sus botineras, los lentes para el sol sobre la cabeza, ropa de fútbol, gorra con viscera, los brazos tatuados, los ojos cansados, y algún que otro celular del que suena cumbia villera, toménse un bondi, un subte, un tren, que vaya o venga del conurbano, y ya está. Los números, desde hace un tiempo, y a pesar del Indec, no mienten.

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Paul Auster: Un hombre en la oscuridad



Leo a Paul Auster hace muchos años. Creo que es un autor para leer desde los 20 a los 30 aunque ya tengo casi 32 y sigo leyendo sus libros y cuando los termino se los paso a mi mamá, que también le interesan. Auster es un narrador extraordinario, de eso no me cabe duda. Pero hasta ahí llego en los elogios. Me interesaría criticarlo. Es decir, escribo este post porque quiero poder describir sus defectos y no sus aciertos. Leí varias novelas de él y en general me gustaron, algunas más que otras, tiene una brutal capacidad para inventar historias y eso es la rueda de cualquier escritor. Siempre pensé que era un groso. Acá en Argentina sus libros se exponen en la primera fila de las librerías. Y se hacen notas sobre sus lanzamientos. Se levantan entrevistas de diarios extranjeros donde Paul opina sobre la actualidad norteamericana. Pero me pasó algo curioso. En el transcurso del último año conocí dos mujeres neoyorquinas de mi edad, por separado y en distintos momentos, y abierta la charla sobre el tema literatura, tiré el nombre de Paul Auster. Las dos veces pasó lo mismo: ante la cara de desconocimiento que ponían, pensé que lo estaba pronunciando mal y lo dije de mil maneras. Pero no, no lo conocían. Auster escribe sobre Nueva York todo el tiempo, les dije. Pero no. Y estas jóvenes de las que estoy hablando sabían mucho sobre literatura. Incluso una de ellas había estudiado literatura inglesa en la universidad. Pero bueno, eso que dije nada dice sobre los libros de Paul. Quizás nos diga algo sobre el mercado, sobre el mercado editorial iberoamericano. En general a Auster lo edita Anagrama y las traducciones son al español de España. Con “ostías”, “os habeis dado cuenta” y “chorrerias”. No es bueno vivir en Buenos Aires con Macri y tampoco es bueno leer literatura traducida al español de España. Pero bueno, sigo sin hablar de la literatura de Paul. Quiero decir que su último libro me pareció, en español, una chorrada (¿grasada? ¿ berreta? ¿pobre?). Hay una explicación extraordinaria sobre las imágenes de algunas películas. Pero si le sacamos eso y algunas estrellas más sueltas por ahí, las doscientas páginas del último libro me decepcionaron. Auster se cae en lugares comunes (y eso, en principio, es mala palabra en literatura) y en descripciones triviales, como si escribiera un adolescente: cuando el personaje principal describe como conoció a su mujer Auster se me cayó al suelo: no deja grasada por mencionar y su relato es tan poco original y tan inverosímil que uno puede pensar que este tipo tenía una historia y para llegar a las 200 páginas tuvo que agregarle alguna otra y recurrió a sus borradores de cuando tenia 17 años. El libro cuenta dos historias, la del protagonista narrador en primera persona con su familia y una historia que este personaje narrador se inventa a la noche cuando no puede dormir (un hombre en la oscuridad: el título es bueno, acertado). Andan diciendo por ahí que esta segunda historia es una metáfora o una anticipación del futuro de EEUU. Creo que después de 1984 y Un Mundo Feliz hay que tener mucho cuidado para meterse en algo así sin quedar a mitad de camino o rozar un papelón. ¿Algo más? Sí, seguro que hay más, pero esto se está haciendo demasiado largo. Y es tarde.

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Despenalización

Una parejita de no más de veinte años se mima bajo el sol, acostados boca arriba sobre el pasto de una de las plazas que están frente a la terminal de ómnibus de Retiro. Mientras la zona colapsa por el tráfico y la gente que camina una encima de la otra, ellos, entre risas y besos, se fuman uno.
Un agente de la policía federal, también joven, ancho de espaldas, encara, a paso rápido, en dirección a los chicos. Un pibe con la remera de Huracán, desde una parada de colectivo, se aviva, y le pega un chiflido al chico que se revuelca sobre los muslos de la novia con el porro en la boca. El novio, al tercer silbido, levanta el cogote, individualiza al loco que le hace señas, se da vuelta, ve venir al policía de uniforme y, de un solo movimiento, se pone de pié, y tira del brazo de su novia para que ella también se levante. La abraza y, detrás de su espalda, apaga el faso con un salivazo que pone entre el dedo gordo y el pulgar. Con el policía a unos diez metros de distancia, el chico descarta el porro sobre un arbusto.

- Quedate quieto, flaco. Abrí las piernas y poné las manos detrás de la cabeza.
- ¿Qué pasa, oficial?
- Te dije que te quedes quieto –le pone una mano en el pecho-, las manos detrás de la cabeza, dale –y le da un par de patadas en las piernas para que las abra-.
El flaco abre las piernas y se lleva las manos a la cabeza. Ella se queda dura, con los brazos pegados al cuerpo.
- Estaban fumando. ¿Dónde está? –el agente, sin sacarle la vista de encima, se agacha y le revisa los tobillos, las piernas, la cintura, las axilas y el pelo de la cabeza -, ¿vos también fumas porrito? –le dice a ella.
- No estábamos haciendo nada, oficial –dice él.
- Callate la boca y dame tus documentos.
El chico le pasa los documentos. Ella también, sin que se lo pida. El agente mira las fotos y después los observa a ellos. Ella le baja la mirada enseguida. El novio tarda un poquito más.
- Vaciá los bolsillos ahí -le marca una zona de pasto que tienen al lado-, y sacate las zapatillas.
- Pero oficial...
- Callate la boca.
El novio saca monedas, llaves, un paquete de cigarrillos, algunos papeles y se los pasa. El agente le marca el césped con el mano –sigue hojeando los documentos-, y el chico deja sus cosas en el pasto junto a la billetera de lona que acaba de sacar del bolsillo de atrás de su pantalón.
- No tengo nada, oficial. Ya nos íbamos.
- Las zapatillas.
El flaco se sienta, se saca las zapatillas, las da vuelta en el aire. El policía se las saca de la mano, les saca las plantillas, y tira todo sobre el pasto.
- ¿Vos tampoco tenes nada? -le pregunta a la flaca. Ella niega con la cabeza.
- Segura, ¿no? –el agente es tosco y su tono de voz es de cuartel-, después que no me entere que la tenías en tu ropa.
- No tengo nada, oficial.
El chico se pone de pié. El agente le dice que levante las manos y sin perdelo de vista se acerca hasta el arbusto, mete la mano, agarra el tucón, y lo mete en el paquete de cigarrillos del chico (Philip Morris diez).
- ¿Qué están haciendo acá? – ahora revisa los papelitos, los mira, los da vuelta, lee.
- Nada, oficial, paramos un ratito a tomar sol.
- A drogarse –corrige el agente, y les clava los ojos: - ustedes son dos faloperos.
- Disculpe, oficial, pero nos tenemos que ir a la facultad –dice ella, trabándose.
- ¿Qué estudian?
- Sociología -contesta él, mientras le acaricia la mano a la novia por lo bajo.
El agente hace un bollo con los papelitos y los tira al pasto. Se agacha y revisa entre las monedas, olfatea las llaves.
A unos veinte metros, en las paradas, algunas personas se entretienen con la escena. El hincha de Huracan sigue ahí, firme, camuflado por el gorro Nike con visera.
- ¿Saben lo que vamos a hacer?
Dicen que no con la cabeza. Él sigue con las manos en la nuca y las piernas abiertas.
- Voy a llamar al comando y los voy a llevar presos.
- Por favor, oficial -dice él-, ella es chica, se le va a armar quilombo en la casa.
- Es problema de ustedes, lo hubieran pensado antes –ahora el tono del joven oficial de la Policía Federal, rapado, con el uniforme ajustado al pecho, es sobrador.
- No somos delincuentes, señor, ¿por qué nos va a llevar presos?
- Porque están cometiendo un delito. Si choreas un auto, o te fumas un porro, para mi es lo mismo.
El chico se toma el permiso de tocarle el brazo al agente, pero el otro se lo saca de encima con un brusco movimiento del brazo:
- Quedate quieto, guacho. No me toques.

El agente saca la radio del cinto, se pone la radio en la oreja, aprieta un botón colorado, y entabla contacto con el comando. Le preguntan cual es la situación. Cuenta que enganchó a dos personas con droga. Masculino o femenino. Uno y uno. Qué sustancia. Marihunana. Cuanto. Medio cigarrillo. La comunicación se silencia (queda una fritura flotando en el aire), hasta que a los pocos segundos, el que está del otro lado le dice: "Maidana, sos un gil. No nos rompas las pelotas con huevadas". Risas. Fin de la comunicación (con las risas de fondo).

El color de la cara del agente cambia en pocos segundos. Los cachetes se le ponen colorados y una fina capa de gotitas de transpiración le moja la frente. Aprieta con fuerza la radio, y su respiración se agita y acelara. Los chicos no mueven un sólo músculo de la cara. Guarda la radio, se saca la gorra de la cabeza y se pasa la palma de la mano por el pelo. Respira hondo. Vuelve a mirar hacia los costados.
- Que miras, puto -le dice al novio cuando le engancha la mirada. Se lo dice a muy corta distancia y con la boca casi cerrada, los dientes apretados. Con muchísimo cuidado, es ella quien ahora toma los dedos de la mano de su novio.
- ¿De qué te reís, putito? -el chico no hace ni dice nada, le esquiva la mirada-, ¿te pareció divertido que me deliren?
- No.
El agente Maidana mira de nuevo hacia los costados, por encima de la cabeza de los dos chicos:
- Aparte de puto y drogon, ¿también sos rocho?
- No.
- Tenés cara de rocho. Andan choreando en esta plaza –marca con el índice la zona -, no seras vos con algunos amigos, ¿no? –le pasa el índice por la cara, hace presión sobre la frente.
El chico, la pera pegada al pecho, niega con la cabeza. Se le infla y desinfla el pecho, abre y cierra las manos que tiene sobre su propia cabeza.
- ¿Qué pasa? ¿Me querés boxear? - el agente tiene la mano sobre la culata de la pistola. Vuelve a mirar hacia sus costados. Algunas de las personas, cuando se ven observadas por el agente, miran para otro lado. Otros directamente se van.
- Sos un cagón -le dice -, puto y cagón. Los pendejos como vos son una lacra. Te rompería todo –al agente le tiembla la mandíbula y se le escapa saliva cuando habla.
- Bajá los brazos –le ordena.
Nada.
- Bajá los brazos, te dije –y con su propio brazo hace fuerza hasta que el otro los baja y deja pegados al cuerpo.
- Dejános ir, por favor -irrumpe ella con un hilo de voz.
- Calláte la boca -el oficial le clava los ojos y ella retrocede unos centímetros para atrás.
Del grupo de gente que se juntó a unos pocos metros, se desprende otro agente de la policía federal, que avanza hacia ellos.
Maidana lo ve venir. Duda uno, dos segundos, y retrocede medio metro. Se acomoda la ropa, la gorra, se limpia la transpiración de la frente.
Los chicos lo miran. También al agente que se acerca.
El agente retoma la compostura de un policía Federal hecho y derecho, mira de nuevo hacia la gente que observa con una mezcla de morbo y curiosidad, se pone la gorra, se acerca al novio y, al oído, casi sin abrir la boca, le dice:
- Tómenselas.
El chico levanta la cabeza y lo mira con desconfianza. Ella le tira de la mano y lo arrastra hasta el pasto. Él agarra sus pertenencias, las
guarda en el bolsillo, todas juntas. Levanta las plantillas, el calzado, y arrancan en dirección a Libertador.
- Algún problema, oficial –dice el recién llegado, con la gorra en la mano.
- No, los chicos ya se iban. No creo que los volvamos a ver por acá.
El chico, a unos quince metros, se pone las zapatillas mientras camina, con la mano apoyada en el brazo de ella. No se dan vuelta ni una sola vez. Al rato se los pierde de vista entre la gente que atraviesa la plaza llena de sol.

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Testimonio


Los tribunales de Comodoro Py son frios, sombríos y ajenos a cualquiera que no venga del mundo judicial (ya sea por cuestiones de laburo, o por tener problemas con la ley).
Las escalinatas de la entrada, los largos pasillos, las escaleras de mármol, las puertas de los juzgados, los crucifijos, las flacas y rubias secretarias provenientes de la UCA, los hombres engominados con lentes para el sol, trajes de seda y zapatos de cuatro cientos pesos, los agentes de la Policia Federal y del Servicio Penitenciario Federal, todo ese combo de imágenes y sensaciones, convergen en una sola idea, física y racional: los hombres y mujeres que conforman la corporación judicial, tienen la facultad de cambiarte la vida. Y entre ellos se cuidan el culo. Viven en su propio mundo y no se dejan atropellar ni siquiera por cuestiones de Estado.

Para entrar a la sala de audiencias donde se lleva a cabo del juicio de Mansión Seré, hay que anotarse en la mesa de entradas del TOF 5 (Tribunal Oral y Federal Nro. 5), en el sexto piso. Documento, aclaración para saber si venís de parte de la querella o de la defensa (ya que los primeros van a la planta baja de la sala y los segundos a la planta alta), un chico de traje, peinado y afeitado, seguramente su primer trabajo en un tribunal, te da la autorización, volves a la planta baja, y te dirigis a la sala, al fondo de un pasillo y un piso para abajo por escalera. Antes de entrar, hay que pasar por un control policial que, según el humor de los uniformados, puede significar un trámite, o convertirse en un momento dominado por la incomodidad.

Guillermo Fernandez es un sobreviviente del centro clandestino de detención Mansión Seré, uno de los cuatro secuestrados que se escaparon la noche del 24 de marzo de 1978 de la casa donde estaban detenidos hacía varios meses. Fuimos a escuchar su relato, una historia única que fue llevada al cine por Israel Caetano (Crónica de una fuga), a acompañarlo, a estar cerca cuando terminase de dar su testimonio.

El tipo entró, cruzó la sala y tomó asiento. Uno de los tres jueces del tribunal, impecable, la espalda derecha, la voz clara y severa, le recordó que falsear un testimonio está penado por la ley. Guillermo, pantalón, camisa, saco, el pelo atado con una colita y los lentes sobre la cabeza, dijo que sí, que juraba decir la verdad y nada más que la verdad.

Del lado de la querella, separados de la sala por un ventanal de acrílico, acompañando a Guillermo, y a otros que declararían por la tarde, somos unas treinta personas las que estamos sentadas en las cuatro o cinco hileras de sillas azules de tipo oficina. Junto a nosotros, uno por lado, dos policías de la Federal, las manos detrás de la cintura, la vista perdida en la pared alfombrada de enfrente. Dentro de la sala, a la izquierda, la fiscalía, la querella, y Guillermo. En el medio, del otro lado de una tarima de mas de un metro de altura, los jueces que imparten la ley (el TOF 5 no permite el ingreso de la televisión ni los pañuelos y fotos de los desaparecidos que las Madres de Plaza de Mayo, y otros organismos, llevan consigo desde hace más de treinta años). A la derecha, la defensa. El piso y las paredes estan cubiertas por una alfombra rosada, el mismo color de las pesadas cortinas que caen por detrás de los jueces del tribunal. Hay dos plasmas de tv, una de cada lado, un circuito de audio, y mucha solemnidad.

Durante más de una hora y media Guillermo hace un minucioso relato de su secuestro, cautiverio y fuga de Mansión Seré, una casa de dos plantas, camino de tierra y jardín, de la zona oeste del conurbano bonaerense, perteneciente a la Fuerza Aérea Argentina. Una y otra vez, mientras da nombres, fechas, hechos, insiste con la idea de que una vez adentro de la casa, el que no se adaptaba a la lógica interna de la patota y las guardias, perdía. La mayoría perdió igual, hiciese o no el esfuerzo de sobrevivir, pero Guillermo tuvo una suerte aparte. "Estábamos en manos de una banda de locos desquiciados. Ahí adentro no importaba la política, ni de dónde venías ni cuan grande la tenías", le cuenta al tribunal, los tres echados sobre sus sillones de cuerina negra, con las laptops abiertas sobre el escritorio.

Guillermo es actor. Y se le nota. Mueve sus manos y gesticula con la cara. Por momentos ironiza y nunca pierde la calma. A medida que avanza su relato, las observaciones y descripciones que comparte, confluyen, inevitablemente, en el descelance al que todos queremos llegar: la fuga. Uno se retuerce en el asiento de felpa azul. Ya sabemos cómo operaban los grupos de tarea, su sadismo, el grado de locura y morbo que tenían, pero escuchar, y ver, a un tipo, que estuvo ahí, y que ahora, en este momento, se conecta con aquellos hechos que le dejaron marcas de por vida, es muy diferente. "Cuando vas a los juicios, no salís igual que como entraste", dijo uno una vez. Algunos de los que estan al lado nuestro, por nervios, o por la razón que sea, rien cuando Guillermo tira algún bocado con cierto atisbo de humor. Se tapan la boca por pudor, o se codean. Yo quiero explotar en mil pedazos. Tanta mierda acumulada en años, haciendo presión, desde las uñas de los pies hasta los pelos de la cabeza. Cuanta locura. Cuanta gente esperó estos juicios por tantos años. Ahora son una realidad. Acá está Guillermo, a pocos metros, contando una historia de película.

Por suerte, la historia de Guillermo es épica. De las tres o cuatro que hay dando vueltas. Esa fuga de Mansión Sere, una en Campo de Mayo, otra en la ex Esma.

La fuga que él mismo planea, junto a otro detenido, Claudio Tamburrini, ex arquero de la primera de Almagro, es histórica, y de película. Con dos o tres elementos (es fundamental un tornillo que cae del camastro donde lo tenían encadenado día y noche), una fuerza que nace en las tripas, producto de una situación extrema de vida y muerte, pelotas de acero, y mucha pero mucha suerte, los cuatro pibes (tenían todos veinte años), hechos mierda, desnudos, y en manos del destino, atan unos trapos a una ventana que habían podido abrir, se cuelgan, y se deslizan hasta la puerta de entrada de la casa. En la película llueve como la última vez. Guillermo no hace referencia a ese detalle. Pero salen, se escapan, en pelotas, piden ayuda en algunas casas, y, increiblemente, zafan.

Guillermo se va del país al otro día.

Despues de las preguntas que le hace la Fiscalía, el juez da por terminado el testimonio y pasa a cuarto intermedio. Nosotros, los treinta que estamos sentados del otro lado del vidrio, nos paramos y escupimos un aplauso generalizado que rompe con el silencio tortuoso que flotaba en el aire desde hacía dos horas. Una explosión natural, un reconocimiento para uno de los tantos testigos que, a pesar del costo personal que debe implicar remover la pesadilla más profunda de su vida, decide declarar, y poner sobre la mesa las pruebas que hacen falta para meter presos a los genocidas (Barda/Mariani0Comes, los tres de mas de ochenta años). Nos rompemos las manos y también gritamos. El juez, un dinosaurio que vive enfrascado en un inframundo de privilegios e impunidad, corporativo, amenaza con hacernos hechar si seguimos con esa actitud. Aplaudimos más fuerte que antes (Tomá, la concha de tu madre). Guillermo, mientras tanto, abre la puerta que separa la pecera de la sala y se abraza con los que tiene más cerca. "Silencio, por favor", llega del otro lado, cada vez más tenue, más lejano. "Bien, loco, bien, que groso tu testimonio: felicitaciones".

www.mesajuicios.com.ar

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Primavera en la pileta


El domingo a las 9.50 de la mañana Pablo Bertín llama al celular: “Riki, no conseguí micro, cargá a los pibes en un par de remises, nosotros los pagamos”. Camila sonríe. Luis y Manuel afianzan su amistad en el asiento de atrás del Corsa. En la bajada de Escalada hay una cola de autos que jamás vi ahí, y son todos autos grandes, nuevos, caros: está por empezar la última jornada de la Copa Davis y cientos de argentinos descubren por primera vez la zona sur de la ciudad, con la Filcar en la mano. Paramos en una remisería, Camila consigue un auto, le dijo que había que ir a buscar unos chicos a Parque Roca, no dijo la palabra asentamiento, no sabíamos todavía que el remisero tenía más onda que John William Cook. Son las 10, Camila la llama a Mabel, Mabel está durmiendo, me hizo efecto la pastilla, dice. El remisero nos sigue por los caminos sinuosos que conducen al asentamiento. Llegamos al comedor de Mabel a las 10.15, parecían las 6.30, no había nadie despierto, sólo dos perros que se pusieron a jugar al fútbol con Luis y Manu. Otra vez la llamamos a Mabel: llegamos.

Cuarenta minutos después (los píes embarrados por el fútbol, el remisero que ya se leyó todos los carteles pegados en las paredes externas del comedor La Misión, Pablo Bertín que llama por tercera vez diciendo que tienen todo listo) subimos a los dos autos, éramos 16, 8 en cada auto: 12 menores, Camila, Riki, Mabel y el remisero.

En el club, pasamos por los vestuarios, las chicas con las chicas y los chicos con los chicos. Malla y toalla. Subimos un piso, pasamos otro vestuario, abrimos una puerta y… la pileta, imponente, las caras de los chicos le dan toda la luz al día de la primavera. Veintitrés metros de largo, no se cuantos de ancho. Roberto, dueño del club, les da las indicaciones, todos se callan, todos miran. Al agua.

Una hora que parece una mañana entera. Chapoteos, picardías, desafíos a las reglas establecidas, juegos, muchas sonrisas. En el medio llega Viki, con dos horas de sueño, sonríe ella también. Mabel tiene ganas de tirarse pero no trajo la malla. Camila, lo mismo. Roberto y Pablo (Presidente y vice de la Asociación de Ex Combatientes de Malvinas de la Ciudad de Buenos Aires, compañeros simpatizantes de GEN) observan y controlan todo desde los costados. Riki aprovecha y se nada unos largos, se cansa enseguida. Las pibas y los pibes disfrutan cada segundo en ese lugar.

A la salida de la pileta, Pablo invita a todos a comer a Mc Donalds. Quedamos en repetir la movida, en llevar a la pileta a pibes de otros barrios, en hacerlo periódicamente. Cuando estamos regresando al asentamiento, Javier, de 8 años, dice: la próxima vamos a un tenedor libre, por la misma plata comemos mucho más.

Nos despedimos. Las nenas se me acercan de a una y me saludan con un beso. Volviendo, manejando el Corsa, me llevo todas estas imágenes. Y me emociono mucho.

Riki

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Oral y Público


Otra vez en Página 12. Estoy contento. Vamos todos a los juicios, esa es la consigna.

Riki



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La muerte del último abuelo

Cuando se llora una muerte, se lloran varias. Se aprovecha. No es a propósito, o sí: es el ablande, el arrastre. El viejo murió en Israel donde se fue hace más de 25 años para nunca más volver. La muerte de mi abuelo materno es el final de una generación familiar que nos podía contar desde lo alto de la edad qué fue los que nos pasó. En castellano o en hebreo.

Primero se llevaron a mi papá, a mis dos tíos (hermanos de mi mamá) y al papá de mi hermana. Pocos años después mi abuelo paterno (que no conocí) no aguantó y se murió. En el año 1992, recién entrada en la tercera edad, mi abuela materna, Linda, murió también; era joven y se ponía el pañuelo blanco en la cabeza todos los jueves. Hace 7 años se fue mi abuelita, la mamá de mi papá, los ojos y la voz de mi papá. Con la muerte de mi abuelo Moisés, en Israel, murieron todos otra vez.

Yo estaba en las cataratas cuando eso pasó. Esa agua que cae es irrefutable: como la muerte, nadie la puede parar. Pero pensaba: no se trata de construir un dique para lo inevitable, se trata de reflexionar sobre el techo del tiempo, el límite del cuerpo (aunque no del alma). Y de recordar siempre la injusticia de aquellas otras muertes y desapariciones, que ahora, otra vez, caen como un elefante sobre nuestro cuerpo. La muerte del abuelo es lo más natural del mundo, pero su muerte nos clava en el corazón la injusta muerte de sus hijos, de nuestros padres y la pronta muerte de nuestras abuelas.

Moisés desde lo lejos, y desde su particular hermetismo, parecía no tener inlfuencia en mí vida diaria. Pero tan solo su voz, desde el teléfono, en la oreja de mi mamá, cada día, pintaba nuestra realidad de una sensación de compañía, de resistencia.

La ausencia de su cuerpo y de su voz nos marca el final de una etapa familiar. A él le tocaba. Pero su partida nos reafirma que allá lejos no había sido el turno de sus hijos y que sí o sí hoy es el turno de la justicia.

Pienso también que no es soledad lo que se siente, la soledad es otra cosa.

Riki

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