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Sin Historia

Los hermanos Dios le dan lugar en el blog, con mucho gusto, a un amigo que ofrece otra mirada acerca del fallecimiento de Raúl Alfonsín.

Jamás me hubiera imaginado en 1993, cuando se firmaba el Pacto de Olivos y entre otros negociados se definía la continuidad del Neoliberalismo, que se iba a adorar tanto a ese ex presidente que permitió la reelección de otro ex presidente.

No puedo salir de mi asombro al ver como se desesperan los grandes medios de comunicación para alabar al responsable de una de las peores inflaciones de la historia económica del país, que dejo el salario real de los trabajadores por el piso, provocó despidos, y una hola de saqueos por el hambre..

Me pregunto si tenemos memoria, y recordamos como se arrodilló este ex presidente ante el poder militar, teniendo que imponer las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, que dejaron un manto de impunidad dejando libres a los represores responsables del terrorismo de estado en la sociedad argentina hasta el gobierno de Kirchner.

Ojo: Es necesario resaltar que Alfonsin fue el primer presidente de la democracia , trayendo libertad a un pueblo golpeado por la dictadura mas sangrienta que tuvo el país y llevo adelante el informe de la Conadep que permitió después enjuiciar a los genocidas, que dejo en libertad después el otro ex presidente antes de ser reelecto. Fue un presidente de dialogo, de transición que necesitaba el pais. Pero con eso no alcanza para ser considerado hasta ahora " el mejor presidente de la democracia".

Los opinologos resalta que Alfonsin fue un ejemplo de pureza, consenso, transparencia, ética y mas palabras que siguen estando de moda en el diccionario agromediatico fashion de Palermo Soja.

No es ético dividirse los negocios y cargos con un ex presidente y permitir que este pueda acceder a una reelección para terminar de destruir el aparato del estado y llevar a miles de argentinos a la pobreza, mientras otros brindaban con pizza y champán.

No es transparente estar rodeado de personajes oscuros como una de sus manos derechas, Enrique "Coti" Nosiglia, que manejó, entre otras cosas, la SIDE con la mano de obra desocupada de la Dictadura.

No es puro haber fomentado el crecimiento del radicalismo en la Universidad de Buenos Aires con su brazo político la Franja Morada (o robada), agrupación experta en negocios turbios, privatizaciones y desguace de lo público.

Es repugnante escuchar las comparaciones que se hacen de este ex presidente con la actual presidenta y su marido, levantando a Alfonsin como un ejemplo a seguir.O las comparaciones tales como " ahora es fácil enjuiciar a los genocidas, pero el precursor fue alfonsin". Si claro, es muy fácil posicionarse contra el FMI, la Iglesia, la oligarquía, los grandes medios de comunicación y las fuerzas armadas. Tan fácil que eso le ha costado el gobierno a muchos ex presidentes e incluso la vida.

No entiendo la lógica. Cuando masacraron a los mártires de Trelew, había simpatía con las organizaciones político-militares, pero después, se pidió a gritos a los milicos.Y cuando vino la democracia, nadie sabia nada que había pasado. Cuando alfonso gobernaba, era un ladri y sin carácter. Hoy es honesto y un "estadista". Cuando estaba Carlo todos iban a Miami. Hoy, no lo voto nadie. Cuando gobernaba De la Rua, le faltaba autoridad. Ahora que tuvimos dos presidentes con autoridad y coraje, son autoritarios.

La democracia está de luto. Sí, está de luto porque esta democracia no puede seguir existiendo sin memoria. Porque si así sucede corre el peligro de que se vuelvan a cometer los mismos errores (u horrores). Porque como sociedad somos responsables de nuestros hechos y tenemos que hacernos cargo de nuestra historia como país, de nuestros gobernantes, y de nuestra participación en el rumbo de la patria que queremos. Porque un país sin memoria, es un país sin historia.

Charly Pisoni

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Juicio y Castigo


1) Otro aniversario del golpe. Es feriado y eso es una reivindicación histórica. Los chicos no van al colegio y algunos preguntan en sus casas: ¿Qué pasó el 24 de marzo? Y el relato va… Un día se murió San Martín y luego se hizo feriado. Otro día se murió Belgrano y otro feriado. Ese día se murió la Argentina y hoy es feriado. El ejercicio de la memoria de un país es colectivo, nunca individual. Los llantos son personales, los genocidios son colectivos.
2) Este año la consigna gira alrededor de los juicios, son pocos y lentos. Todos sabemos que es ahora, que estamos ante un momento histórico y que lo que no se hace hoy tampoco se hará mañana. Por eso le exigimos al Poder Judicial que avance. Para eso, se coloca por encima de todas una bandera histórica: Juicio y castigo. No sé quien fue la primera o el primero que gritó esa frase y quedó como símbolo eterno. Cuánto futuro. Quizás aquella hipotética primera vez no haya salido en los diarios ni en la tele, pero quedó para siempre. Distinto hubiera sido si se hubiera dicho: El que desaparece tiene que desaparecer. Nunca se dijo algo así, ni ante la muerte salvaje de 30.000 personas.
3) Muchos defensores de la dictadura encubiertos argumentan que la lucha de las organizaciones sociales y políticas que piden juicio y castigo a los genocidas perjudica el camino hacia la paz y a la unidad nacional. Sin justicia no hay paz, pregúntenle a la historia mundial. La justicia es reparadora y es el antecedente de la paz. La venganza no lo es, y la impunidad menos. Ellos no quieren a los milicos presos pero quieren paz. Yo quiero viajar a África en auto.
4) Esos mismos que dicen querer paz y cuando se les muere un amigo piden la pena de muerte, pero cuando se muere un morocho por brutalidad policial pasan la hoja del diario.
5) La Constitución Nacional dice que las cárceles son para seguridad y no para castigo. Estoy de acuerdo. El juicio a los milicos y sus cómplices es una obligación constitucional. El pedido de castigo es una respuesta visceral ante tanto asesinato, torturas y desapariciones, es como la inercia, es un rebote, un grito al cielo, un grito fuerte, una bronca. Pedir pena de muerte es otra cosa, es una falacia brutal.

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Desgaste

Un audio, al tiempito de haberse desatado el conflicto por las retenciones móviles que quería implementar el gobierno, dejó al desnudo a Eduardo Buzzi: "hay que desgastar al gobierno como sea".

Hoy, casi un año después, parece haberse hecho realidad aquel objetivo, y deseo: pegarle al kirchnerismo es la cuestión. No importa nada. Ni siquiera los logros (que fueron muchos, y de considerable peso histórico). La presidenta, en alguno de los actos donde, en nombre del gobierno, lanzó todo tipo de anuncios relevantes para vastos sectores productivos de nuestro país, habló del meopongoatodo. Hay que lastimar, y debilitar, sin miramientos y sin medir riesgos. Ese es el objetivo de la una oposición que tiene, como única bandera, exactamente esa: pegarle a los Kirchner. Ese es el objetivo de la deplorable Mesa de Enlace, que siempre quiere más, que a partir de la guita que le deje o no la soja, está dispuesta a generar tal humor social que, si el gobierno no estuviese fuerte, parado, posiblemente caería. Ese es el objetivo de los grandes medios de comunicación, empezando por la televisión, pasando por la radio y terminando en los medios gráficos como Clarín, La Nación, el impresentable Crítica de Lanata, y ni hablar de Perfil (en su versión digital, por ejemplo, tienen un cuadro para representar, según los lectores, el gobierno más corrupto desde que volvimos a los periodos constitucionales... ¿y adivinen quién encabeza la lista, por lejos?).

Para ejemplo vale el siguiente: Hoy, ni bien la cámara de diputados empezó a legislar por el adelantamiento de las elecciones, y a partir de una declaración que hizo Emilio Persico, del Movimiento Evita, los medios se preguntan, y le ofrecen la posibilidad de opinar al público, si el gobierno debe irse en caso de perder en las legislativas que se vienen. O sino, enfrentar a Hebe de Bonafini con Susana Gimenez para que la gente reviente de comentarios vomitivos los diarios digitales. Le dan manija, todo el bendito día, el tema de la inseguridad, y le dan voz a quienes van a meter leña al fuego, a generar discordia y desinformación. Y dividen la pantalla en dos, cuando habla la presidenta: de un lado ella, en Olivos, y del otro, cincuenta ruralistas diciendo barbaridades.

Los terratenientes sojeros, los medios, la oposición, la iglesia, gran parte de la clase media porteña, todos unidos contra una de las gestiones de gobierno que más hizo por la construcción de un país más justo.

¿Tanto incomoda, molesta, y revuelve, que una gestión vaya por esos objetivos por siempre inalcanzables? Parece que sí. Nosotros, los que estamos convencidos de que el kirchnerismo, a pesar de todos sus desbarajustes, es, hoy, la posibilidad concreta de construir un modelo de país diferente, bancaremos hasta las últimas consecuencias.

En este momento, la presidenta está lanzando la nueva ley de Radio Difusión, "una deuda de la democracia", como ella misma declaró. Mientras, a la misma hora, y agitada por los medios, hay una concentración en Plaza de Mayo, pidiendo mayor seguridad y basta de muertes (muertes de la delincuencia, pero nunca del gatillo facil, por ejemplo).

La plaza es de las Madres, por más que la llenen de Blumbergs, Susanas, Tinellis, Sandros y rabinos que cantan Seguridad en lugar de Libertad, en la estrofa final del himno nacional.

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Publicar por primera vez

Hoy domingo 1ero. de marzo del 2009, el día que Cristina abrió las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación -instancia en la que, una vez más, la mina dio sobradas muestras de ser un cuadro político de altísimo nivel-, publiqué mi primer artículo en un medio gráfico de tirada nacional (y Kirchnerista): Miradas al Sur.

Uno se expone cuando escribe, claro que sí. Arriesga una mirada, muestra lo que tiene para dar. Trabaja el texto con el mismo hambre que un alfarero cuando se pone a amasar con las manos el barro, a pura dedicación, y deseo. Pero una vez que compartimos el texto con el otro, impreso, por correo, en un blog, lo mismo da, como nos dijo una vez Sandra Russo (y que luego escucharíamos en otros ámbitos), el texto deja de pertenecernos porque el lector lo hace propio (si llega hasta el final, claro), y lo subjetiviza una y otra vez.

Entonces, lo ideal es disfrutar el camino, la transición, desde la angustia de la página en blanco hasta poner un punto y coma en el medio de una oración, pintar sutilmente un rasgo de un personaje, o darse el gusto de utilizar un recurso poético para cerrar un párrafo. Dedicación, y deseo.

Gracias a todos los que me bancan desde el día que, sentado frente la computadora, escupí, preso de un deseo que tenía dormido, los detalles de un partido de fútbol entre amigos.

Adjunto el texto publicado.

Buenos Aires tierra adentro: Peñas.

A las tres de la madrugada del domingo unos treinta chicos bailan bajo una lluvia torrencial, con la espalda encorvada, de las manos, en patas, y sobre un colchón de veinte centímetros de agua. A la distancia podría parecer un festival de rock. Pero no: es un carnaval andino.

La peña de la Ribera, en verano, cuenta con una ventaja muy tentadora: una inmensa pista de baile al aire libre. Hay mesas esparcidas a los costados, un parque del que llega olor a verde, árboles, cables con lamparitas de colores que van de lado a lado, y al fondo (aunque no se lo vea), el río de la Plata. Queda en Olivos, pero sus dueños son los mismos que organizan la Resentida, una peña que funciona en un viejo galpón, en Caballito.

A las once de la noche del sábado corría viento y el cielo amenazaba con venirse abajo. Pero la clase de bailecito con la que arranca la peña se hizo igual: ochenta personas, todos con pañuelo en mano, imitaban los pasos del Caporal, un jujeño de treinta años que en Buenos Aires se gana la vida como albañil y profesor de danzas andinas. “A esta hora la mayoría de la gente, como ven, tiene más de cuarenta años. Vienen a divertirse, y a acercarse al folclore”. Todos llevaban una planta de albahaca prendida a la oreja. El profe sonrió: “es una vieja tradición del carnaval norteño. Las mujeres se la ponían entre las piernas para que los solteros no las dejen embarazadas”.

Dentro del quincho del predio, tres cholas, con pollera hasta los pies, poncho, sombrero y caja en mano, se plantaron en el escenario y durante cuarenta minutos estremecieron a la gente con un canto ancestral que les brotaba desde el fondo del pecho: la copla. Al fondo, en la barra, la gente compraba comida casera, vino, cerveza y fernet.

La pista al aire libre se fue poblando de jóvenes. Conversaban con una botella de vino en la mano, fumaban. Muchos de ellos eran los nietos de los inmigrantes de comienzo del siglo pasado, pero también estaban los que pertenecen a la Argentina profunda, los que se vinieron desde las provincias, y que seguramente crecieron con un bombo legüero en la habitación, y muchos hermanos, y un fondo de piso de tierra con limonero y el pío de los pájaros. Había estudiantes y profesionales de las ciencias sociales de la UBA, militantes de organizaciones sociales, y chicos que viajan de mochileros al norte, pero también los descendientes de los pueblos originarios que no descuidan sus raíces y que encuentran, en la peña, su cotidianeidad perdida.

Pasadas las doce, dentro del quincho, un potente sexteto llamado Los Duendes de Salamanca, regalaba bailecitos, cuecas y sayas (música andina tradicional). Afuera, por fin, se desataba la tormenta. Y hubo que apretarse. El cantante agitaba para que se festeje el carnaval norteño como es debido. Y la respuesta fue inmediata: se apilaron mesas y sillas y, en diez minutos, el quincho ardió. Una chica con un gorro de lana que le tapaba parte de la cara, peregrinaba por la pista haciendo que los bailarines le besen la cola a un diablo rojo (símbolo tradicional del carnaval). Otro sacaba harina y papel picado de un morral que le colgaba del hombro y espolvoreaba la cara a hombres y mujeres (también a las copleras). Un flaco muy alto, excelente bailarín, repartía chicha (maíz o maní fermentado) en vasitos de plástico.

El clima era de absoluta espontaneidad. No se veían poses y poco importaba la ropa que uno pudiese tener puesta. Se bailaba en parejas, y mirándose a los ojos. Se sonreía, cantaba, y guiaba al de al lado si hacía falta. El promedio de edad de la fiesta, a la una de la mañana: veinticinco años.

Marisa Cabrera, una bailarina de formación folclórica, responsable de la peña La callejera del Parque, en un respiro, acodada en la barra, afirmó que al auge de las peñas en nuestra ciudad, salvo excepciones, había que ubicarlo después de diciembre del 2001: “de aquel momento a la fecha, y como consecuencia de la apuesta política de revalorizar lo nuestro, el fenómeno ha crecido de manera notoria”.

A las tres de la mañana, y después de la energía que entregaron un grupo de Sikuris y un dúo de folclore tradicional (chacarera y zamba), el aire quedó enviciado por un perfume de sonidos, colores y texturas de una Argentina que no todos conocemos. Y fuera del quincho, una imagen difícil de olvidar: los pibes bailando bajo una cortina de agua, sintiendo el carnaval andino con la misma libertad que el Caporal, el jujeño, pero acá, tierra adentro, en Buenos Aires.

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Anecdotario del viaje a Cuba IV

Éramos muchos los argentinos que estuvimos en Santiago de Cuba la noche del 31/12/2008. Se sabía que el primero de enero se cumplían cincuenta años de la revolución del 59, y el hecho político sería histórico.
Con mi hermano, por ejemplo, unos pocos años atrás habíamos dicho: "el 01/01/2009 tenemos que estar en Cuba". Los cincuenta años de la revolución que conmovió, e influyó, a gran parte del planeta tierra, fue la premisa.

En los alrededores del parque Céspedes, en Santiago de Cuba -ciudad del norte de la ísla donde Fidel dio su primer discurso como comandante del Ejercito Rebelde que acababa de destituir al dictador Fulgencio Batista para tomar el poder-, cuando el reloj marcaba el cambio de año, había unos doscientos argentinos -también brasileños, venezolanos, mexicanos, uruguayos y puerto riqueños, entre otros-, todos, y cada uno de nosotros, presentes en la isla por una única e ineludible razón: estar perdidamente enamorados de la revolución y de la lucha que viene dando el pueblo cubano desde hace más de cincuenta años.

Varios de los argentinos que estuvimos esa noche allí, cantando, saltando, haciendo mucho ruido, con remeras de la selección y banderas argentinas flameando en el aire como si fuese una tribuna de fútbol, ante la atónita mirada de los cubanos, haciendo carne una noche por siempre memorable, simpatizan, o militan, en fuerzas políticas de la izquierda tradicional, de orientación marxista, de nuestro país. Nosotros, en cambio, junto a otros tantos, somos kirchneristas, y estamos muy entusiasmados con el proyecto de país que se comienza a construir a partir del año 2003 de la mano de Nestor Kirchner.

Participamos en política y apostamos a los profundos cambios que se están llevando adelante, en su mayoría, a favor de los más desprotegidos.

Por eso, nos hace feliz saber que las reuniones bilaterales entre ambos países, a partir del viaje que hizo Cristina junto a su comitiva de dirigentes y empresarios, fueran exitosas. Nos emociona y llena de confianza saber que Cuba no está sola, que los máximos dirigentes de nuestra querida América Latina tienen, hoy, más concordancias que diferencias, y que están dispuestos a gobernar en bloque, cuidando las espaldas de los vecinos.

Festejamos, también, que Fidel esté sano, y que haya elegido a Cristina, como compañera de una fotogrtafía que recorrió el mundo entero.

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A lo seguro, a Cuba - Parte II


En Cuba formalmente no hay economía de mercado. Entonces no hay publicidad. Cuba es la otra parte del mundo, la otra cara del sol. No hay promotoras ni promotores que te quieren vender la felicidad a poco precio, no hay tiempos compartidos. No se compite por el bolsillo de las personas. Es cierto que es un país pobre. Y es cierto, además, que las marcas yankies son conocidas y atractivas para la juventud igual que en cualquier lugar: Nike y compañía por ejemplo. Pero la pipa de Nike no está atravesando La Habana con marquesinas repletas de luz y Tevez guiñandote el ojo. En Cuba vas por la ruta y casi no hay carteles, los pocos que se ven son en contra del bloqueo, a favor de la revolución o, excepcionalmente, de una empresa del estado. Nadie tiene que mostrar que la tiene más grande. Porque, a pesar de las restricciones económicas, del atraso tecnológico y del descreimiento de una gran parte de la juventud, lo que persiste es lo esencial, no lo superficial. Decía en el otro post que en Cuba no hay inseguridad. Otra de las razones de este fenómeno es justamente que en Cuba no hay mercado, no hay intereses económicos alrededor de la inseguridad. En mi trabajo, cuando converso con mi jefa sobre la seguridad, ella me repite: la inseguridad es un negocio: seguridad privada, alarmas, seguros contra robos, etc. Es un círculo: hay inseguridad y hay reclamos, entonces se venden más alarmas, más seguros, policía adicional, mejores armas, más garitas; la inseguridad continúa y el negocio crece, un negocio a expensas de los derechos de la población. En Cuba están garantizados los derechos básicos de un ser humano, los derechos que otorgan dignidad. No hay mercado, no hay publicidad, no hay terrorismo mediático. Luego, no hay inseguridad.

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Anecdotario del viaje a Cuba II

A las tres de la mañana del dos de enero debía salir nuestro tren, desde Santiago de Cuba hasta Santa Clara (Villa Clara, para ellos, la doble L pronunciada como "ia"). Pero recién partió a las siete, con el sol ya despuntado en el horizonte, y la claridad de una mañana soberanamente despejada picándonos en los ojos.
Parte de aquellas cuatro horas muertas las usamos para leer, y el resto, para dormitar en el piso de la terminal. Los cubanos esperaron la salida del tren con una paciencia a la que parecían estar acostumbrados, doblados sobre los asientos, la cabeza sobre el hombro del de al lado, parados frente a los ventanales, o hipnotizados frente a dos televisores de veinte pulgadas que perdían la imágen y el audio cada dos minutos.
Cuando se escuchó, a la distancia, el pitazo de la locomotora que hacía su entrada en la vieja estación, nos pusimos todos de pie, nos cargamos las mochilas y bolsos, y después de hacer una fila, salimos al andén en manada.
Nuestro vagón tenía un pasillo que iba de punta a punta (dos personas charlando en el pasillo eran multitud y había que correrse para que pasase el pasajero), y divididos por una puerta corrediza cada uno, unos diez o doce compartimentos donde cabían seis pasajeros con sus bultos: tres de un lado, tres del otro, enfrentados. Los asientos eran de cuerina roja y sobre las cabezas estaba el portaequipajes.
Aunque uno no estuviese en Cuba, charlar con el esporádico compañero de viaje se convertía en una obviedad, porque uno los tenía ahí, al alcande de la mano, y porque el viaje duraría unas doce horas.

-¿Españoles? -nos pregunta un hombre de buena contextura física, de unos cuarenta años, con la gorra dada vuelta, como los beisbolistas, remera, jean.
- Argentinos -devolvemos, una vez más (no era la primera vez que nos confundían con Españoles).
El hombre sonrie. Está sentado junto a nosotros (Sofía y yo), y en el asiento de enfrente está su mujer, de su misma edad, y el nene de ámbos, un flaquito muy simpático que nos acababa de convidar unas galletas dulces.
- ¿Hacia dónde van? -pregunta el hombre. La mujer, y el nene, también prestan atención.
- A Santa Clara.
- La ciudad del Che.
- Exactamente.
- ¿Les gusta Cuba? - ahora es ella la que pregunta. Tiene el pelo recogido, delineador en los ojos, una remera y pollera de jean. En la falda, un bolsito de mano.
- Nosotros, los argentinos, estamos enamorados de la revolución, y de la lucha del pueblo cubano a lo largo de estos cincuenta años -digo, y sé que estoy tomando un riesgo del que puedo salir golpeado-. Venimos a escucharlos a ustedes, a aprender. Nos gustan sus playas, claro, pero las razones que nos traen hasta acá son pasan por otro lado.
Al lado de la mujer, hay una parejita joven. Ella está recostada sobre el cuerpo de él. Los dos nos miran con interes.
La charla se interrumpe porque una mujer, también de color (como la familia): la guarda del vagón (cada vagón tiene su propio guarda). A pesar del calor, lleva un atuendo sencillo y prolijo. Su única herramienta de trabajo: una birome y unas planillas. La vimos trabajar sin descanso, y con mucha paciencia, para acomodar a las cientos de personas que buscaban su lugar, entre bolsos, paquetes y mucha desorganización. Existía una pequeña sobreventa de pasajes, y algunos se quejaron a los gritos. La señora, con una vocación de servicio envidiable, se bancó todos los reclamos, y resolvió cada uno de los problemas. Desde la puerta corrediza nos recorre con la mirada a los siete, y nos pide el boleto. Revisa, agradece, y se retira.
- No está facil la cosa, amigo -vuelve a tomar el hilo el padre-, pero estamos acostumbrados. Trabajo hay, pero lo que falta es el dinero.
- El cubano se las arregla de la manera que sea -interviene el chico que está con su novia (ella, la novia, asiente con la cabeza) -. Yo era muy chico, pero dicen que el período especial (cuando cae el muro de Berlín, y la Unión Soviética, a fines de los años ochenta), fue realmente muy duro.
- ¡Ay, compay! -exclama el padre, riendo (para no llorar)-, si la habrá sido duro aquello... no, ¿mujercita?- le dice a su esposa. Ella asiente con la cabeza pero pierde la vista en la vegetación verde espeso que va quedando atrás del otro lado del vidrio sucio del vagón.
- Pero ahora estamos mejor -dice la flaca que que no debe tener más de veinte años.
- En nuestro país hay mucha gente sin trabajo -digo yo.
- Y sin vivienda, educación y salud -agrega Sofi.
- Pero pueden viajar, venir a Cuba, u otro país -retruca el padre.
- Nosotros sí -y me marco el pecho con el dedo índice -, pero hay muchísima gente que no tiene la posibilidad de viajar, ni de formarse, ni de acceder a un hogar, o a un plato de comida.
- Menem -tira él, de la nada, y nos saca una sonrisa. Inmediatamente percibe que nos acaba de sorprender y el brillo de sus ojos negros brilla aún más que hasta hace un rato. Se da vuelta la viscera y la pone para adelante.
- La dictadura de los años setenta, el neoliberalismo salvaje de los años noventa, la corrupción, la negligencia y traición de nuestra clase política: treinta años de devastación política, social y económica que nos dejaron en la ruina -resumo, arbitrariamente-, y esa es la historia de toda américa latina, y central, salvo la de ustedes, claro.
- Los desaparecidos, el plan condor -vuelve a agregar el padre de la familia, entonado.
- ¿Cómo sabes tanto de la Argentina? -pregunta Sofi, entre risas.

La charla se había puesto sabrosa. Los cubanos nos sorprendían a cada momento, y era muy frecuente encontrarte en medio de una charla sobre política, economía, ciencia o historia, con cualquier hijo de vecino.

El hombre abraza a su hijo, le acaricia la cabeza con su manota negra. Cruzamos la mirada. Sonrío.
- ¿Tenés? -me dice, en tono confidente, apuntando su mirada al nene.
- Sí, uno. Santino.
- Yo tengo tres -y continua con los mimos en la cabeza del nene que, insistía, ajeno al micro clima flotaba dentro del tren destartalado que atraviesa a la isla de punta a punta, con la pregunta de cuando llegan.
- Miren -dice la mujer la madre del nene, y se acomoda en el asiento-, yo soy directora de una Escuela en Camaguey -una pequeña ciudad a que llegaríamos en un par de horas, y donde nos despediríamos de ellos-, y estoy orgullosa de serlo. Todos los chicos, en Cuba, reciben su formación obligatoria hasta noveno grado. Ese es mi legado, mi aporte a la causa. Y la verdad es que tenemos muchas necesidades, ahora, por ejemplo, faltan docentes, porque muchos prefieren salir a hacer un dinero por otro lado, y el gobierno tuvo que convocar a aquellos que ya se jubilaron para cubrir el déficit, pero ahí estamos, trabajando todos los días con la misma convicción.
- Allá, en nuestro país, los chicos van a la Escuela no solo a estudiar, sino también a comer, a ser contenidos socialmente porque muchos de ellos tienen a las familias desarraigadas, sin trabajo, gente que está totalmente afuera del sistema productivo.
Tanto ellos, como nosotros, cuando escuchamos al interlocutor de turno, afirmamos con la cabeza.
- Los padres de nuestros chicos participan del proceso de formación de sus hijos -ahora es ella quien le pasa la mano por la cabeza al hijo, ni bien él se desparrama sobre su falda-, y en cuanto notamos que alguno de ellos tiene una alguna deficiencia, los convocamos. Y tienen que responder.
- Yo estudio medicina y él física -es la chica que viaja con el novio quien pone su grano de arena-, y estamos agracedidos de tener esa posibilidad. Sabemos que en otro lugares no todos tienen las mismas oportunidades, como dicen ustedes, y a pesar de que tenemos mucho por mejorar, porque es verdad, los problemas existen, estamos contentos con nuestro país -afirmamos una vez más con la cabeza, presos de una excitación feroz que nos tiene clavados a los asientos. La pareja de padres los miran complacidos.

Al rato, la parejita también convidaría con galletas. Nosotros, que no teníamos casi nada encima, le pedimos el mate a Riki y Juli, que íban en el compartimento de al lado, junto a un grupo de venezolanos, chavistas, y tirámos el as de espadas: una vuelta de mate para cada uno. "Cumple una función social", les aclaramos. Uno a uno, y con el temor propio de lo desconocido, fueron chupando de la bombilla, a pesar del calor, y las risas de todo el resto (especialmente del nene que nos contó que él íba a estudiar para ser profesor de educación física).

Cuando llegó la hora de despedirse, les dediqué el libro "Gracias por el fuego", de Mario Benedetti, que llevaba encima: "Para la familia cubana, de parte de un grupo de argentinos que pisamos su tierra con el único objetivo de aprender de un pueblo que ha dado enormes muestras de dignidad y valor".

No los depedimos con el brazo por afuera de la ventanilla porque se había llenado de gente que le compraba cositas para comer y tomar a los vendedores que ofrecían sus productos a los gritos desde el andén, pero el saludo, en la puerta del compartimento, fue muy fraternal, sincero, y emotivo.

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A lo seguro, a Cuba

La definición más contundente y más fiel que me traje de Cuba es la siguiente: La sociedad cubana es muy sana. Digo que es mi frase fiel porque no me genera contradicciones decirlo. Otras cosas que uno piensa de Cuba, las dice y después se queda pensando si es tan así. Aparecen las contradicciones. De esta estoy seguro. Y de eso voy a hablar, de la seguridad. En Cuba no hay alarmas ni seguridad privada, no hay pedidos de mano dura ni correos electrónicos explicando cómo hacer para caminar de noche por el centro sin que te roben, no hay secuestros ni mentiras de secuestros. No hay inseguridad ni mucho menos sensación de inseguridad. No hay violencia.


Cuando desde ciertos sectores decimos que lo primero que tenemos que garantizar es la seguridad de los derechos no estamos tirando palabras al viento desde una tarima de los derechos humanos, estamos diciendo, primero, que la inseguridad se resuelve integrando y fundamentalmente resolviendo otras cuestiones diferentes al delito.

Es cierto que la cuestión en Argentina es mucho más compleja. Y todo es urgente. Hay inseguridad y sobre todo hay medios masivos de desinformación que aumentan diariamente la sensación de seguridad. En Cuba, en cambio, todos comen, cuando decimos todos es todos, no es una general, no es una mayoría, no es un decir, es todos, todos tienen la libreta de Control de Ventas para Productos Alimenticios.
Los hospitales funcionan para todos y están cerca de todos: donde hay población hay centro de salud. En Cuba todos van al colegio, todos terminan el secundario y muchos la universidad.

En Cuba, entonces, no hay inseguridad.

O si la hay, es baja, no es un problema social, no está en la agenda. Los turistas como nosotros vamos a Cuba porque nos gusta la experiencia socialista, el Che, Fidel y la Sierra Maestra. Los otros turistas van a Cuba porque, además de tener playas hermosas, es un lugar seguro, que el resto del mundo debería envidiar. En Cuba tienen seguros los derechos. ¿Se entiende? Para usted, Blumberg, ¿me entiende?

Otra cosa, algo de color. La Policía, aunque siempre es policía y entonces siempre estará del otro lado, es la Policía Nacional Revolucionaria. Suena lindo.¿Se imaginan un cabeza de tortuga de la bonaerense con la palabra revolución en el pecho? Se autotortura.

Cuba nos dice cuáles son las cosas importantes. El resto del mundo decora la torta y muchas veces la decora sin tener nada adentro. ¿Seguro? Si, seguro. A seguro no se lo llevaron preso. Está en Cuba.

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Escribir Cuba

Estuvimos 15 noches en Cuba pero un viaje de estas características dura por lo menos un año. Como un casamiento, se planea con tiempo y la acción de planificar ya es disfrutar. Los pasajes, el pasaporte al día, las búsquedas en internet, las conversaciones con gente que ya anduvo por ahí, el itinerario, la ilusión, la ansiedad, la alegría, el sueño. Y sobre todo la compañía. Un viaje es un lugar de encuentro con el compañero de viaje. En nuestro caso, con Juli decidimos hacer este viaje juntos y sin duda fue una decisión tan grandiosa como la dignidad de los cubanos.


Después transcurren los días del viaje, donde el tiempo se detiene, la rutina se apaga, el estomago se acomoda y las piernas van más rápido que los planes.

Todo se vive intensamente pero, en mi caso, el resultado de eso no está ahí, esta ahora, acá. Se cerró la canilla y la bañadera está llena: Hay que bañarse antes que se enfríe el agua. Hay que escribir.

Como un casamiento, los efectos persisten. En el matrimonio, no tengo aquí que explicarlo. En un viaje, con preguntas y respuestas, con recuerdos, emociones y con escritura, que es la síntesis de todo eso. No pude en Cuba escribir un diario. Tampoco lo intenté demasiado. Mi mano derecha estaba paralizada para la birome. Ahora que llegué a Buenos Aires no quiero hacer otra cosa que escribir sobre Cuba, y todo lo que ello contuvo, contiene y contendrá.

Espero poder invadir este blog de eso, como ya empezó mi hermano, escribir de esta experiencia, histórica como cualquier casamiento.

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Anecdotario del viaje a Cuba

Volviendo de las playas del Este, en las afueras de la Habana, arriba de una guagua de origen chino, apretujados unos contra otros, y ya de noche -siete y media de la tarde-, sin querer, mi cuerpo roza la cabeza de uno de los dos mellizos -ambos vestidos de amarrillo patito-, que están sentados con las piernitas colgando y los brazos pegados al cuerpo, sin pestañar, en el asiento doble que tengo a la altura de la cintura. El padre, una mole cubana de músculos, el cuello ancho como un plato, y el pelo corto, me da entender que tenga cuidado.
- ¿Gemelos? - arriesgo, a los pocos segundos.
El tipo me sonrie, y afirma con la cabeza. La señora que viaja a su lado, de grandes proporciones, me mira intrigada. Casi no hay turistas en el colectivo, solo cubanos que vuelven de lo de un familiar, o del trabajo, o, los menos, de una playa, como nosotros (es invierno, aunque hagan entre veinte y veinticinco grados).
- Yo fui campeón de lucha libre en los panamericanos de 1991 - comparte, para mi sorpresa, el grandote. El hombre va con las dos manos agarradas al asiento de adelante (donde están sentados los gemelos), y sobre las piernas lleva un bolso de marca Puma despintado, y viejo, con el cierre roto.
- ¿Acá en Cuba?
- No - dice, y acompaña la negativa con el dedo índice -, en Canadá -ahora lo apunta hacia adelante-.
- ¿Seguis compitiendo? -quiero saber (una de las priodidades del viaje es generar un ida y vuelta con los cubanos: hombres, mujeres, mulatos y mestizos, viejos, jóvenes, fidelistas y críticos con el sistema. Y este hombre no es la excepción). La esposa del atleta me observa sin gracia.
- Ya me pasó la hora -confiesa, y me mira, y sonrie-, ahora me dedico a formar a los más jovenes.
Ahora soy yo quien sonrie. La guagua está colmada de gente, y el chofer, un negro espigado que lleva la camisa celeste gastada arremangada, con unos lentes para el sol agarrados a la cabeza de la que brotan pequeñas rastas, se levanta del asiento y, mirando hacia el fondo del omnibus, le pide la gente que se haga lugar, y que avance hacia el fondo.
Vuelvo a mirar el campeón de lucha. Pienso en los deportistas, artistas, o diferentes personalidades del quehacer nacional que tuvieron la posibilidad de viajar por el mundo y que una vez allá, fuese donde fuese, decidieron que a la isla no volverían más. Este hombre no, pienso. Acá está. Fines del 2008, con todas las complicaciones que tienen los cubanos, y que están a la vista, muy a pesar del mítico triunfo de la revolución más digna y poética de la historia moderna, allá, hace cincuenta largos años, el hombre vuelve a casa con su familia, con los bultos, con lo puesto, y en silencio.
- ¿A qué grado van? -esta vez le quiero sacar unas palabras a la madre.
- Tercer grado.
- ¿Les va bien?
Uno de los dos nenes tuerce el cuello y me pispea desde su lugar. Le gana la timidez pero antes de que vuelva a poner la vista en el frente, le pesco una mueca parecida a una sonrisa.
- Muy bien. Son muy estudiosos.
- Salieron al padre -se auto vende el padre, orgulloso, y sonriendo una vez más.
En el medio del colchon de cabezas que se desparraman en el pasillo de la guagua, individualizo a Roberto, el papá de Wen, un amigo que también viajó a la isla. Padre, hermano y hermana, quedaron en encontrarse en la Habana para viajar juntos a Santiago de Cuba el primero de enero, día en el que se cumplirán cincuenta años de la entrada de Fidel, y el ejercito rebelde, justamente, a esa ciudad del norte de la isla. Wen, mi amigo, vive en Buenos Aires, y su padre, y hermana, en el DF, México -hacía ocho años que no se encontraban los tres en un mismo lugar físico-. Le levanto la mano, y pongo los dedos índice y anular en V. Roberto me sonríe desde la penumbra del pasillo, entre los brazos negros y mestizos que se tuercen en el aire para aferrarse de lo que sea, las gorras nike, los bolsitos, las bolsas, y me devuelve el gesto.

Cuando llegamos a nuestra parada, Alamar, uno los primeros barrios de corte socialista de toda la Habana -una pequeña ciudad de monoblocks de cuatro pisos de altura, idénticos entre sí, hoy despintados y con la ropa colgando de los balcones, con estación de policía propia, una feria de verduras y varios perros muy flacos dando vueltas-, nos sacamos una foto con el campeón de lucha, su robusta señora, y los dos mellizitos de amarillo. Nos deseamos buen año unos a otros, estrechamos las manos, y hasta nos regalamos una palmada en el hombro.
Como no puedo con mi genio, a los pocos metros de habernos distanciado, me doy vuelta y le chisto:
- ¡Amigo!
- ¡Sí! -él también se da vuelta, al igual que la mujer.
- ¡Viva la revolución cubana!
El grandote se ríe, saluda con el brazo en alto, y antes de darse vuelta, con un nene en cada mano, devuelve:
- ¡Adios, compay!

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Manu y Santino Dios

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