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Más Poesía Menos Policía Volumen XVII
MPMP vuelve al EcuNhi, en el Espacio para la Memoria

Gacetilla de prensa
El ciclo de lecturas "Más Poesía Menos Policía" se presentará, el sábado 01/09/2012, en el Espacio Cultural Nuestros Hijos, dentro la Ex ESMA, en el barrio de Núnez.
Será la edición número XVII del ciclo, y contará con la presencia de los poetas y narradores Hernán Vanoli, Esteban Castromán, Gael Policano Rossi, Julieta Mortati y Clara Muschieti. Para el cierre, cantará Juan Regidor.
MPMP nació en el año 2008, y desde aquel momento se ha presentado en una docena de oportunidades en distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires, la ciudad de La Plata, las provincias de Santa Fe y Santiago del Estero, y también en el Uruguay, entre otros lugares.
A finales de septiembre MPMP participará, por primera vez, del prestigioso "Festival Internacional de Poesía de Rosario 2012".
Sus creadores definen al ciclo MPMP como "la búsqueda de un espacio para que poetas y narradores lean fragmentos de su obra", y afirman que el nombre lo eligieron "para generar un contraste con las voces desmesuradas". "Aspiramos", dicen, "a que los versos y los relatos expresen sentidos", y a "construir una propuesta social y colectiva", ya que entienden "que el hombre trasciende en comunidad, nunca solo".
01/09/2012
19.00 horas
Espacio Cultural Nuestros Hijos (EcuNhi), de la Asociación Madres de Plaza de Mayo
Espacio para la Memoria
Av. del Libertador 8151
CABA
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Miscelánea del ascenso de River para el Ni a Palos
Tuve el privilegio de escribir un relato en el Ni a Palos que el fin de semana salió a la calle dentro del Miradas al Sur.
Y el tema que me pidieron tiene una profunda huella en mi vida. La consigna fue la siguiente: "una miscelánea del ascenso de River".
Acá está la nota.
Gracias Martín Rodriguez.
Patria Stone
En aquel texto relatábamos algunas circunstancias del segundo recital que dieron los Rolling Stones en River, el 23 de febrero de 2006, y en el marco de la gira mundial que desplegaron para presentar el disco “A bigger band”. Esa noche hacía mucho calor. Llovió todo el show. Y ese capricho climático potenció aún más la arenga futbolera que tenemos los argentinos cuando nos juntamos de manera masiva en las canchas de fútbol, en las manifestaciones políticas, o en los recitales.
En la mitad del show los stones caminaron por un pasillo hasta la mitad del campo de juego, donde tenían armado un escenario de diez metros cuadrados. Fue ahí, durante ese recorrido, que percibimos que Jagger, Richards y el resto, estaban sobrepasados. No estaban preparados para tanta entrega. Miles de pibes revoleábamos las remeras por encima de la cabeza, bajo la cortina de agua, entonando una consigna futbolera, y ellos, entre atónitos y maravillados, se golpeaban el corazón, miraban hacia el cielo, imitaban nuestros movimientos de brazos tercermundistas. Lo mismo sucedió durante la media hora que tocaron espalda contra espalda en el corazón del campo de juego. Las remeras les caían sobre las cabezas como si fuesen pesados gotones de lluvia, y a los asistentes no les alcanzaban las manos para recogerlas a todas.
Tres días después, el sesionista Darryl Jones, afroamericano y bajista de la banda, educado en las más prestigiosas academias de jazz de los Estados Unidos, pidió, en su blog, que algún seguidor que supiese algo de antropología o sociología le explicase qué pasaba en la Argentina, por qué tanta celebración y efusividad.
Puede que Jones no haya estado al tanto de las corrientes migratorias europeas que aterrizaron en nuestra patria stone a comienzos del siglo pasado, y las ideas anarquistas que escondían en las valijas; las huelgas de los obreros, la represión, la cárcel, los muertos. Jones tampoco se debe haber enterado de las migraciones internas de algunos años más tarde, o quienes eran los cabecitas negras, Perón, las patas en la fuente del 17 de octubre del 45, la abanderada de los humildes, la armada que tiraba bombas sobre la población civil, la iglesia católica, la proscripción del movimiento político más importante de todo el continente durante 18 años, la posterior irrupción política de los jóvenes, las armas, la revolución socialista, el golpe de Estado del 76 y la complicidad de la patria ganadera y financiera, los desaparecidos, los vuelos de la muerte, el robo sistemático de bbebés, las Madres que empezaban a darle vueltas a la pirámide de una plaza que para nuestro pueblo es neurálgica en relación a las reivindicaciones sociales, políticas y económicas. Jones tampoco debe saber de recuperaciones democráticas, hiperinflaciones, obediencia debida, indultos, y miembros de las fuerzas armadas genocidas caminando por las calles, el escrache, las relaciones carnales con el imperio, la desocupación, la miseria, la exclusión o la indigencia. Tampoco fue a ver a los Redondos, ni habrá sabido, qué culpa tiene, que las fuerzas de seguridad se cansaron de matar gente, o qué significa gatillo fácil, o movimiento piquetero, o por qué un presidente se tuvo que escapar de la casa de gobierno en helicóptero mientras la población pedía a los gritos la cabeza de toda la dirigencia política nacional. No sabemos si se enteró de que en nuestro país sucedió tragedia de Cromagñon, en la que se incineró la vida de 194 chicos, o que el presidente que gobernaba la Argentina cuando él tocó en River era un hombre distinto, que rompía los protocolos, que era casi una figura del rock, por su rebeldía, o que ese mismo hombre falleció el 27 de octubre del 2010 y que el pueblo lo despidió, incrédulo, maldiciendo a la historia, con una congoja incomensurable para nuestra era.
Tampoco sabemos si Jones está al tanto que la refundación de la patria Stone ahora la encabeza una mujer llamada Cristina, o qué significa desarrollo con inclusión social, o proyecto nacional y popular, o Asignación por Hijo, o Fútbol para Todos.
Si los Stones vienen en el 2013, me comprometo ahora, y ante ustedes, que le haré llegar al talentoso bajista nacido en Ilinois, Chicago, algunos pasajes de nuestra historia. Y la interpretación personal de aquellas circunstancias (aunque no sea sociólogo). Quizá, así, podamos ofrecerle una hipótesis -que a su vez podría llegar a ser retransmitida al Lord Mick Jagger, o a Richards, y el resto-, acerca de la potencial incidencia que tuvieron todos estos elementos históricos, más algunos otros, en el inhóspito parto de la primera Patria Stone del planeta.
Dialéctica de la emoción violenta (Miradas al Sur)
El caso es estremecedor. Empezó y terminó en una barriada de General Pico, La Pampa. Una tragedia anunciada, dijeron algunos medios amarrillistas. Pero Miradas al Sur no es cualquier semanario. No se reconstruye la crónica policial, y ya. Las historias que se publican en la sección Delitos y Pesquisas siempre tienen una connotación política. Un fin. Un objetivo. Sirven para darle voz a los indefensos que todavía sufren los atropellos de las fuerzas de seguridad como la Bonaerense, o también, para desenmascarar la impunidad de una corporación que todavía no sintió el avance del kirchnerismo: el judicial. Como dijo alguna vez Eduardo Galeano, "la justicia es como las serpientes: sólo muerde a los descalzos".
En este caso, la nota se arma alrededor de dos figuras jurídicas profundamente cuestionadas: el avenimiento y la emoción violenta. Y el caso del femicida pampeano, claro.
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River, mi buen amigo (II)
Pasó un año de aquel día desgarrador. Y en todo el territorio nacional, los bosteros, y el resto de los hinchas de nuestro fútbol, dejaron pasar por lo menos una semana para cargarnos. Porque la situación era densa, y se vivía con una profunda tristeza, e ira.
Pero el mal sueño terminó hace tres días, cuando volvimos a primera división. Durante todo el año seguimos construyendo nuestras vidas, por supuesto. Cumplió ocho años mi hijo. Cristina arrasó con un 54 por ciento, re asumió la presidencia a fin de año y formamos parte de una fiesta popular histórica. Varios compañeros y compañeras asumieron importantes cargos en la gestión pública. Pero los sábados jugaba River. Eso era la B: jugar los sábados. En la cancha o a través del Fútbol para Todos. Siempre juntos. Con la familia y los amigos. El equipo ganaba pero no convencía. Lideraba la punta. Llenaba todas las canchas y conmocionaba la vida social de cada localidad y provincia por la que pasaba. Ganaba por el desequilibro que imprimían el Chori Domíguez y Fernando Cavenaghi, junto a la solidez de jugadores como el uruguayo Carlos Sánchez o el experimentado Leonardo Ponzio, pero cuando el rival nos jugaba de igual a igual, aparecían los errores y las falencias que nos habían depositado en la B Nacional. Llegó la primavera y después el verano. Me mudé. En enero, y en Gesell, festejamos el año de Cármen, la hija de mi hermano y Julieta. Fuimos al mar. Hicimos asados. Fuimos a Carlitos y al Circo del Aire. Jugamos al fútbol en la arena. Volvimos con la piel tostada y la energía renovada.
Cuando empezó el 2012 cambié de laburo. Para bien, en el área de prensa de un ministerio nacional. Mi hijo empezó tercer grado, y Manuel, el hijo mayor de mi hermano, la secundaria. De a poco se diluyó el calor, se cayeron las hojas de los árboles del Parque Saavedra, y tuvimos que desempolvar abrigo y frazadas. Retomé mis clases de escritura, y volví a producir algunos textos. Redoblé mi esfuerzo para conseguir una editorial que se interesase por mi primera novela. Seguí buscando novia, sin suerte –algunos dicen que yo soy el primer y único extorsionador de mi destino-. Y los sábados, jugaba River. David Trezeguet empezó a meter goles. Y con su lucidez, dentro y fuera del campo de juego, el equipo ganó confianza. El francés festejaba los goles con una sonrisa, golpeándose el corazón, a pesar de los rumores de la platea. Pero la descomunal presión que ejercíamos los hinchas, más las dudas de Matías Almeyda para armar el equipo, más la nafta que durante toda la semana arrojaba la prensa amarillista, más la corrupción de la dirigencia encabezada por Pasarella que se traducía con la impunidad que hacían sus negocios la barra dentro y fuera de la cancha, los partidos de River se transformaron en una caldera siempre a punto de volar en mil pedazos.
Nos jugaban de igual a igual equipos como Merlo, Defensa y Justicia, Aldosivi o Guillermo Brown. Resentidos y miserables referentes del club, como el Beto Alonso, tiraban mierda ante la primera cámara que le pusieran enfrente. Algunos hablaban de no festejar el deseado ascenso.
Faltando tres fechas para el final, le ganamos a Boca Unidos con un gol a los cuarenta y tres minutos del segundo tiempo, y el hincha, en la tribuna, para descargar su frustración, rompía las plateas a las patadas o se pegaba trompadas en la cabeza. En la anteúltima fecha, perdimos contra Patronato en la cancha de Colón, llegando al límite de lo tolerable. Y faltaba algo que enturbiara más aún el clima: el asesinato de un pibe en la tribuna local. Esa misma tarde, Manuel lloró desconsolado contra una de las paredes del comedor de la casa de su padre. Pero tuvimos una chance más, porque “el fútbol siempre da revanchas”, y trescientos sesenta y tres días después de la debacle que nos lastimó el hincha que llevamos dentro, construido por medio de las raíces que nos dejó nuestro padre, hincha de River y militante político, volvimos a llorar. Cuando David clavó su segundo gol, y las cámaras de la tevé capturaron el llanto desconsolado de Cavenaghi primero, y la emoción convertido en lágrimas de Almeyda, después, quebramos nosotros, los hermanos, junto a nuestros hijos, descomprimiendo meses y meses de tensión, y materializando, siempre un poco más, nuestro vínculo.
Hace unos días, en un asado, otro de nuestros hermanos descubrió, con la lucidez de los observadores, que Manuel, a través de su fanatismo por River, se convirtió en un enorme comentarista de fútbol, un preciso estadista. “Señores”, advirtió nuestro hermano, “Manu va a ser periodista deportivo”. Él no lo negó, como suele hacer cuando le preguntás, por ejemplo, por las chicas.
La vida por los colores no, como dijo mi hermano. Por suerte tenemos un puñado de cimientos por los que nos desvivimos. La vida sigue, en familia, pero con nuestro querido club en la máxima categoría del Fútbol más dramático del mundo. Leer más...
Contra la violencia institucional en la provincia de Buenos Aires (Volvimos a Miradas al Sur)
Paré un taxi. A la Recoleta, le pedí. No le pregunté si estaba trabajando bien, ni ninguna otra cosa que nos permitiese ponernos a hablar de actualidad. Estamos bien, pensé. Con problemas, claro, pero de pie. Jugando fuerte. Transformado. Cristina estaba anunciando el plan para construir 100.000 viviendas, pero yo no lo sabía. Bajé a dos cuadras de los cines. Hacía frío. Cuando entré al local de Cúspide del “Recoleta Mall”, tuve que sacarme la campera. Leopoldo Brizuela estaba presentando “Una misma noche”, la novela que le premió Alfaguara. Exultante, suelto, honesto, compartía con sus lectores parte de la cocina del texto. La dictadura, otra vez, abordada desde la ficción, y como siempre, para que funcione, desde la particularidad de un personaje, que en este caso es un escritor que vuelve a la Argentina y que ante un caso de inseguridad revive un operativo que el ejército argentino realizó frente a su casa, en 1976. Esperé mi turno, lo abracé, y le pedí que dedicara el ejemplar que acababa de comprar en el mostrador. Leer más...
La argentinidad al palo
1) En el invierno del año 2000 fui a ver a la Bersuit Vergarabat al estadio de Obras. Esa noche presentaban los temas de su último disco: Hijos del Culo. Fui con mi ex mujer a la platea. Teníamos una vista ideal del escenario, de las tribunas de los costados y, en especial, del piso, o campo, donde estaba la monada. Éramos unas seis mil personas. Creo que todavía no se usaban las bengalas, pero sí los trapos, que se colgaban por todos lados, tal cual hacemos en las canchas o desde hace un tiempo para acá, en los actos políticos ¡oficialistas! Hacía mucho calor y los abrigos los teníamos sobre las piernas. Un par de minutos antes de que empezase el show, me llamó la atención un hombre mayor, corpulento, que estaba tres asientos a mi izquierda. Tenía la cara de Gustavo Cordera. Me acerqué. Era el padre. Charlamos unos minutos. La carrera que estaba haciendo su hijo le inflaba el pecho de orgullo. “Pero yo sigo al frente de la óptica familiar, en Wilde”, avisó. Le conté que era el bajista de Brote, la banda en la que tocaba junto a Ramiro, uno de mis hermanos. Le pregunté si le podía acercar un disco. “Sí, pibe. Yo se lo doy a Gustavo”, prometió. Cuando volví a mi asiento, mi ex estaba de mal humor. Por celos, u otra cosa. Recién a la media hora del show me permitió agarrarle la mano. “Se viene el estallido”, anunciaba un Pelado inflamado de pasón, desde el escenario, en la recta final del recital. Obras era una caldera. Teníamos menos de treinta años y terminaba la década del 90. El hombre de canas que unos minutos antes me anotaba en un boleto la dirección de su negocio, ahora aplaudía, emocionado, la legitimidad de una banda que expresaba el cuerpo y la voz de una época marcada por la indignación y la desesperanza.
2) Hace una semana fui a ver a la Bersuit Vergarabat al Luna Park. Tocaban los temas de su primer disco sin el Pelado Cordera, que decidió armar su proyecto solista. La banda celebraba, también, sus veinticinco años de carrera. Los mismos músicos, la misma entrega, la misma familia, la misma amplitud artística. Fui con mi hijo, mi hermano Ricardo, mi sobrino, y una pareja amiga. Pasamos los molinetes y un acomodador nos llevó hasta las plateas que habíamos comprado en internet. Cuando la banda tiró el primer acorde mi hijo se sobresaltó. El sonido llegaba fuerte y sucio. Conocíamos casi todas las canciones de la discografía por haberla escuchado en el auto, pero no los temas nuevos. El asombro y la excitación de mi hijo se diluyeron a la hora de recital. Le dije que se durmiese. Quería irse. Estaba cansado. No negocié, y al rato se durmió sobre mis piernas. Me emocioné tres veces hasta las lágrimas. En silencio, y con un nudo en la garganta. No tuve claro por qué. Las canciones y los ritmos de la Bersuit me acompañaron durante los últimos quince años, y ahora estaba ahí, con mi hijo, que dormía, abatido por la energía de los ocho años, mientras yo le acariciaba la cabeza. Al rato me desabrigué, aplaudí, chiflé y salté junto a mi familia, en especial, cuando ya terminaba el recital, y los cantantes de la banda emularon al canillita de la formidable chacarera “La argentinidad al palo”, que enumera, uno a uno, los momentos más tristes y vergonzosos de nuestra historia, con una última actualización que refleja las conquistas de la nueva era (aplaudida por todo el estadio): la mención para Néstor, cuando ordena bajar el cuadro de Videla.
Capoeira Angola
Al ver la velocidad con la que jugaban los dos brasileños y la excitación que tenían los otros cuarenta que aplaudían y cantaban a su alrededor, dejé de dudar: no iba a entrar. Aliviado con la decisión, subí a la glorieta. De ahí veía los puestos anaranjados de la feria, los árboles, el azul del cielo, una avenida a lo lejos, y abajo tenía, a dos metros de distancia, la roda. Los mestres que habían llegado de San Pablo, Bahía y Río, tocaban los berimbaus, atabaques y pandeiros, y un joven graduado de cordel marrón, negro y calvo, que la tarde anterior nos había dado una clase dentro de un gimnasio de básquet, cantaba meu, meu berimbau, vai tocando dimdim, pedindo paz. Todo el resto, bailaba, aplaudía y saltaba, contestando los coros: pedindo paz. La mayoría tenía ropa blanca, pero muchos vestían remeras de sus grupos en las que resaltaban los verdes, rojos y amarillos. Hacía calor. De los doce que habíamos viajado en representación de Capoeira Baires, sólo Macaco Branco tenía condiciones para entrar a jugar. Ahora estaba arrodillado al pie de los berimbaus. Cuando le llegó el turno, se metió. Tenía la agilidad de un gato, entendía el juego del amague a la perfección, y era rubio. Su contrincante era un mestizo de pectorales de gimnasio que se hamacaba con destreza, pero que le prestaba demasiada atención a la tribuna. Macaco amagó que lo acorralaba por la izquierda, el otro quiso salir con una medialuna por su flanco derecho, y nuestro compañero le marcó una de sus orejas con el empeine de su pie derecho. Cuando Macaco volvió al centro de la roda, lo esperaba el hijo mayor de Elias, el Mestre que dirigía la escuela de capoeira anfitriona, llamada Senzala. Nuestro Mestre se llamaba Cari, y ahora estaba a un costado de uno de los panderistas, murmurando los coros, pero atento a los movimientos de su alumno estrella. De repente, Elias frenó la roda con un grito. Lo último que se escuchó fue un golpe seco sobre el parche del atabaque. En el aire quedó flotando el murmullo carioca de la feria y el aleteo de una bandada de loros que remontó vuelo. Michel se despegó de Macaco, y se puso de pie. Lo había hecho caer y le estaba aplicando en el brazo una llave de otro arte marcial: el Jiu Jitsu.
Durante aquel año 1999 todavía no me había acercado a la capoeira Angola, que es más lenta y espiritual, sin tanto firulete ni contacto. Sí lo hice algunos años después, de la mano de un amigo que me había hecho en Capoeira Baires, que hoy vive en el monte catamarqueño. A nuestro Mestre Cari se lo había devorado el 2001, y yo, que ya era padre, me acercaba a la escritura, sin saber, a su vez, que algunos años más adelante profundizaría otro costado de mi vida hasta aquel momento aparentemente adormecido: la política.
Como dijo Maradona, que la chupen los gorilas
Para los que somos futboleros el acto de Vélez pagó por dos, porque no sólo la tribuna de nuestra organización, enfiestada de trapos, trompetas, bombos y flameadoras, celebró, masivamente, y una vez más, que formamos parte de la generación del bicentenario que parieron Néstor y Cristina, sino también, porque colgamos trapos a lo largo y ancho de la tribuna, desplegamos las sábanas gigantescas de YPF, y nos quedamos, una hora después de finalizado el acto, arriba de los paraavalanchas, entonando, una y otra vez, el cancionero nacional y popular que retrata, con suspicacia y sello propio, las características de una nueva era.
Manu y Santino Dios





