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Profanar la Cultura I (crónica acerca de Tecnópolis)

Crédito foto: Área de Fotografía de la Unidad Bicentenario

Dos jóvenes gendarmes custodian la entrada del arco de piedra del ex Batallón de Arsenales del Ejército Argentino, en Villa Martelli, emblema del levantamiento carapintada que encabezó durante los primeros días de diciembre de 1988 el aquel entonces Coronel Mohamed Alí Seineldín. Él fuma un cigarrillo rubio, y es ella la que se acerca hasta el coche.

“Vengo a ver a Norberto Castañeda”, le digo. Me pide el documento, y en cuanto se lo doy, enciende un handy, transmite mis datos, y el motivo de mi visita.

Recuerdo las imágenes de la televisión de aquellos días. El verde oliva. Los fusiles. La enardecida manifestación civil en el lugar, las corridas, los disparos, los muertos. Recuerdo el pánico de mis diecisiete años. No el cielo, que debe haber cambiado durante aquella semana de tensión, pero que ahora, después de haber caído agua durante toda la noche, sigue encapotado. Por debajo, una hilera de nubes negras se mueve con la ayuda de una brisa bastante fresca.

La gendarme se inclina frente a la puerta del coche, me devuelve el documento y me indica cómo llegar al edificio “Más Escuelas”. Luego camina unos pasos, y eleva la barrera. Pongo primera, hago contacto visual con el fumador, luego con ella, le agradezco a ambos, y paso. 


Me siento especial porque es un privilegio pisar una Tecnópolis desierta. Inhalo el aire húmedo de la mañana, con orgullo. A mi izquierda adivino el espacio a cielo abierto en el que montaba sus propuestas la secretaría de Deportes, y enseguida recuerdo una preciosa canchita de fútbol, con arcos, y redes. Con mi hijo siempre terminábamos el día de paseo allí, cuando ya empezaba a bajar el sol. Todas las veces que fuimos lo hicimos con una pelota debajo del brazo.

En el 2012 nos tuvieron que invitar que a nos fuésemos, minutos antes de las diez de la noche. Entre los chicos que se sumaron a jugar había uno con la camiseta de Quilmes, espigado, de movimientos lentos, que a pesar de tener una pierna más corta que la otra, tiró dos caños exquisitos. Santino lo nombró durante varios días. Por sus virtudes como futbolista, pero también porque tenía las zapatillas destrozadas, y andaba solo, sin sus padres.

Ahora, detrás de una hilera de arbolitos, a mi izquierda, emerge una de las paredes blancas del colosal Pabellón Bicentenario, un espacio montado en el 2013, en el que se organizan espectáculos para más de quince mil almas, como el musical de Zamba, o la entrega, de parte de Cristina Fernández, de la computadora número tres millones del Plan Conectar Igualdad.

Unos metros más adelante bordeo el Skate Park, en el que ahora no suenan pistas electrónicas, ni hay intrépidos saltarines dibujando piruetas en el aire. Cruzo la vía del tren, y dejo atrás la extensa playa de estacionamiento en el que se acomodan los micros escolares. Frente a la trompa del coche –en el que ya entró el aroma húmedo de la tierra-, más allá de la Plaza de las Banderas, asoma el cuello de un dinosaurio.

Luego de estacionar, me meto en el edificio de una planta “Más escuelas”. El pasillo está oscuro, y húmedo, pero luego de unos segundos distingo los rostros de los muñecos de dos metros de altura que se recortan entre las sombras. Son Roberto Fontanarrosa y Arturo Jauretche. Dos marionetas que nunca pudieron ser usadas en el gran corso porteño que la Unidad Ejecutora del Bicentenario había organizado para el carnaval de febrero de 2012, en la Avenida de Mayo, ya que unas horas antes una formación del ferrocarril Sarmiento se estrellaba contra la contención de acero del andén, en Once, y provocaba la muerte de cincuenta y un compatriotas.

Norberto no está, pero un compañero suyo me hace pasar a su oficina, en el primer piso. Una tibia penumbra baña todo el ambiente. Contra la pared del fondo hay un plasma de cuarenta y ocho pulgadas, y a un metro de distancia, una mesa ratona de vidrio, y dos sillones de cuerina blanca, enfrentados. Intuyo que ahí debe haber resuelto o negociado unas cuantas urgencias. Del otro lado está su escritorio, con tres monitores. Uno, marca Apple, para la computadora, y los otros dos para transmitir las imágenes de las sesenta cámaras de seguridad que hay instaladas en los puntos estratégicos de las más de cincuenta hectáreas del predio.

Luego de algunos minutos, llega mi anfitrión. Me saluda, exultante, y su vozarrón rebota contra las blancas paredes de la oficina. Mide más de un metro ochenta, y calza por lo menos cuarenta y cuatro. Tiene una sombra de barba, y el pelo desordenado.

El hombre que ahora tengo enfrente y cuya figura se recorta contra la luz que se filtra por la ventan, fue maestro mío en un establecimiento educativo que dependía de la Asociación Filantrópica Argentina. Un muy buen tipo, que nos dio las primeras herramientas para que empezásemos a crecer. Siempre lo respeté, y le tuve mucho aprecio, porque junto a los directores, y un puñado de colegas, acompañaron mi dolor, silencio, y desorientación, en noviembre del 76, cuando el Ejército Argentino asesinó a mi padre. Yo tenía cinco años.

Luego lo dejaría de ver, pero muchos años más tarde lo encontraría en las calles levantando las banderas del kirchnerismo. Yo ya sabía que era peronista y que había dedicado su vida a la educación. Él, en cambio, creo que no se asombró al verme defendiendo a los que venían enfrentando a los grupos de poder de nuestro bendito país.

Nos damos un abrazo, y palmadas en la espalda. Él está al frente de la Unidad Operativa de Tecnópolis, y yo vengo en calidad de cronista. Antes de sentarnos, le pide a uno de sus colaboradores que por favor le prepare un termo y un mate.

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Festeja Panini


La esquina de Monroe y Ciudad de la Paz, en el barrio de Belgrano, está colmada de gente. Hay adultos, pero la mayoría son chicos, que están vestidos con camisetas y pantalones de fútbol. También hay muchos adolescentes. Algo intercambian, en grupos de tres, cuatro personas. Tapan por completo la fachada de una inmobiliaria, una joyería, un Cromy Club, y una librería. También el umbral de dos departamentos, en el que uno de los encargados charla, animado, con una señora. Los automovilistas estiran el cuello, curiosos. Hacen tronar las bocinas. Si uno se acerca, y recuerda que faltan menos de cuarenta días para que comience la Copa del Mundo, se descifra el enigma: todos y todas están cambiando las figuritas del álbum de Brasil 2014.

El Cromy Club original del barrio está sobre Ciudad de la Paz, a pocos metros donde ahora se amontonan los coleccionistas. Pero ahora se dedica sólo a la venta mayorista. El nuevo, abierto para al público, está sobre Monroe, en el ojo de la tormenta. En la puerta, desde hace muchos sábados atrás, chicos y grandes se juntan a cambiar figuritas del álbum del momento. En general, de fútbol. Pero hay otros, menos populares. Cada tanto explota un fenómeno de ventas como Violeta –a la que el oportunista de Mauricio Macri le organizó un multitudinario show en el Monumento de los Españoles, y lo pescaron, en una foto, con una mueca poco feliz-, que hace emerger de debajo de las baldosas a decenas de nenas, que invaden la zona con sus colitas y sus zapatillas con luces de colores.

La Copa del Mundo, se sabe, se juega cada cuatro años. Y la compañía multinacional Panini, dueña de la licencia que le permite comercializar la imagen de cada uno de los dieciocho jugadores, de las treinta y dos selecciones clasificadas, dos meses antes del comienzo de la competencia, lanzó el nuevo producto, no sólo en nuestro país, sino también en varios, de más de un continente.

El diario La Nación, por medio de un acuerdo comercial, desde hace unas semanas regala el álbum junto a sus ediciones impresas. Algunas escuelas lo reparten gratis entre los alumnos. Lo venden por dos pesos en las cajas de los supermercados. Todos lo tienen, y por eso, varones y nenas por igual se devoran los paquetes de los kioscos. La demanda es altísima. Una fiebre. Y el negocio, redondo. Alcanza con hacer un sondeo entre los amigos o compañeros de un hijo, sobrino, nieto, para comprobar que casi nadie se queda afuera. Por futbolero, o porque no se quiere quedar afuera de una moda pasajera.

Los paquetes de Panini valen cinco pesos. Cincuenta por ciento más caras que lo que costaban las del último torneo de fútbol local, en el segundo semestre del año pasado. O sea, un peso cada figurita, que no mide más de cinco centímetros por lado, y cuyo peso es tan liviano que una brisa te la escupe por la ventana. Nada que ver con la calidad de las figuritas de la década del ochenta, por ejemplo.

“Es un tema de costos”, justifica uno de los encargados del Cromy Club mayorista, mientras se toma un respiro, y fuma un cigarrillo negro. Relativiza el aluvión de padres y chicos que invaden la zona, como si le diese lo mismo que seamos diez, o cien. “Somos un punto de reunión hace mucho tiempo, y sí, algunos comerciantes nos putean”, admite. En especial, los de la joyería, que son “gente grande”, y que fabulan que les van a entrar a robar, o que les rayen de manera intencional la vidriera.

Las figuritas que juntábamos cuando éramos chicos eran de cartón, se pegaban con plasticola, y en muchos casos, eran ilustraciones de los jugadores, sus muecas, sus movimientos, y no fotos montadas, o mejoradas con un software. También había figuritas redondas, de metal, que brillaban con una fuerza mágica si uno las ponía debajo del rayo del sol, en el patio de la escuela. Aparte de coleccionarlas, y cambiarlas con los amigos, las poníamos en juego en el recreo, por medio de varias competencias. Hoy casi ningún chico juega a ver quién deja la figurita más cerca de la pared, o al “Chupi”, con la que había que dar vuelta dos figuritas, por medio de la succión que produce la palma de la mano, como si fuese una sopapa.

El encargado del Cromy Club, que está en pantalones cortos, como los chicos, cuenta que comprar la licencia para imprimir las figuritas del Mundial sale doscientos mil dólares, y que “el arreglo lo tenés que cerrar con la FIFA”, ya que “no alcanza con Julio Grondona”.

Le mencioné un álbum que había salido hacía dos años atrás, que no era de Panini, un poco más precario, pero mucho más barato, “que en la contratapa tenía una ilustración de Néstor Kirchner, al que los jugadores contrarios –Carrió, De Narvaez, Ricardo Alfonsín, Macri-, no podían parar, ni agarrándole la camiseta, ni tirándole patadas a los tobillos”. “Ése fue uno que se mandó por las suyas. Lo deben haber denunciado por fraude”, explicó. La experiencia fue corta, pero esperanzadora.

Mientras, Panini festeja. Levanta la plata con palas. Ojalá que el monopolio de la comercialización de las figuritas se democratice pronto. Y que los pibes vuelvan a jugar a darlas vuelta, con un precioso movimiento de muñeca, en un rincón del patio, sin que les importe que el guardapolvo recién lavado se les esté llenando de mugre.

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Ernesto Laclau habló con Kranear


No estuve en la entrevista, pero sí mis compañeros de la revista Kranear, que lo esperaron durante más de dos horas para hacerle un puñado de preguntas en la planta baja de un hotel céntrico, y sacarle algunas fotos. Ahora, que ya no está, las definiciones que nos dejó forman parte del acervo político-cultural de nuestro país, y nuestro continente. 

Logramos, así, realizar un aporte, desde nuestro pequeño proyecto comunicacional, a la disputa por el sentido. De a poco, por medio de ideas legitimadas como las de él, le seguimos damos pelea al coloniaje cultural que todavía hoy, luego de diez años de construcción sostenida, seguimos masticando.

Acá está la nota: http://kranear.com.ar/images/grafica/textos/Kranear7_Laclau.pdf

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El canto de la Iuna

Para llegar al Morro de Deus hay que abordar una pequeña embarcación en el puerto de Natal, y viajar durante casi tres horas con jugo de frutas al alcance de la mano, un trío de samba que toca en vivo y delfines que saltan desde las profundidades del océano.

El pueblito tiene un puñado de casas de madera, una placita, una iglesia, una panadería, un almacén de rubros generales y una cooperativa de pesca. Las callecitas son de arcilla colorada y nacen al pie de un morro color verde plátano. La selva despide humedad y calor durante todo el día. De la vegetación brotan frutos de todos los colores, pájaros, monos y un universo de sonidos. La playa es una postal y tanto el muelle como los botes amarrados a la orilla están construidos con la misma madera color miel que las precarias construcciones en las que viven los habitantes de la isla.

Mi viaje había empezado hacía dos meses antes en Río de Janeiro. Andaba soltero desde hacía un año y por primera vez en mucho tiempo estaba disfrutando de la soledad.

El negro de veinticinco años que administraba las únicas dos posadas del morro se llamaba Ginga. Era alto, espigado y fibroso. Hablaba sin parar y era muy afectuoso. Estaba casado con una mujer de color y rasgos duros que aparte de cocinar la mejor feijoada de la isla se la pasaba cantando contagiosas melodías de candomblé. Tenían dos mellizas con motitas en la cabeza que se pasaban la mayor parte del día hamacándose sobre un neumático que colgaba de la rama de un árbol. Con el poco dinero que les pagaba el patrón les alcanzaba para rozar el límite de lo digno. Me llamaban señor y cuando me dirigían la palabra escondían las manos detrás de la cintura.
A Ginga le fascinaba contar historias. Cuando el tiempo y la bebida aflojaron la barrera de la formalidad, me contó algunas: un viejo pescador homosexual que había naufragado y que se les aparecía como santo las noches de tormenta; la única nena con deficiencias mentales de la isla a la que una tarde de casi cuarenta y cinco grados habían devorado los cangrejos; un animal desconocido que bajaba de la selva durante las pascuas y se comía todas las gallinas de los fondos de las casas.

Pero Ginga tenía guardado un relato más. La última noche que pasé en la posada me invitó a tomar un trago a un costado de su casa, debajo de un alero de paja. Yo había pasado el día en la playa, estaba totalmente morado por el sol, roto de cansancio. Pero acepté. Era domingo, el día de descanso en todo Brasil. Ginga lo aprovechaba para pegarse a la botella de casasha.

Los dos estábamos descalzos. En cuero. El calor era sofocante. Le dijo a la mujer que nos trajese dos vasos y una botella. Sentados cada uno sobre un tronco, sin ningún preludio, se largó a narrar.

El chico se llamaba Macaco Branco, un rubiecito de diecisiete años que hacía capoeira desde los diez, en su pueblo, cerca de Natal. Era flaquito, muy ágil, y de rasgos sensuales. Las palabras textuales de Ginga, y que yo anoté en una liberta de viaje fueron: “a los quince ya se hablaba de él, se decía que era una pepita de oro por las que son capaces de destriparte los garampeiros del Amazonas, que había que cuidarlo, formarlo y cuidarlo como a un hijo; pero los que lo conocían de cerca sabían que llevaba sangre mala en sus venas”. El apodo se lo había puesto su mestre Boa Gente, un bahíano que se había instalado en una favela muy pobre de Natal hacía algunos años atrás. Este buen hombre había sido su instructor y guía espiritual, dijo Ginga. Branco, porque el chico era uno de lo pocos de tez blanca entre los miles de raza negra de la zona. Macaco, porque tenía la elasticidad de un primate.

En la isla funcionaba una cooperativa de pesca. Los hombres del pueblo se metían al mar con sus botes por la madrugada, al mediodía estaban de vuelta, descargaban, almorzaban, al rato dormían una siesta debajo de una palmera, y a la tarde hacían trabajos de mantenimiento: botes, redes, herramientas.

Ginga hablaba con entusiasmo. Movía los brazos. Arrugaba la cara. Y con los dedos de uno de sus pies dibujaba garabatos sobre la tierra.

El chico no se llevaba bien con el padre. Nunca le perdonó que se lo llevase al morro, lejos de la academia y sus amigos, contó Ginga, mientras servía dos nuevos vasos de casasha y me alcanzaba el mío. Cada trago que yo le pegaba a la bebida me quemaba la garganta primero, y el pecho después.

En el continente Macaco se juntaba con la gente del mercado central, en el puerto: rateros, pendencieros, fumadores de droga, dijo Ginga. El Mono Blanco era uno de los mandingueros más conocidos de la roda del puerto. ¿Conoces la capoeira?, preguntó Ginga. Sí, le contesté. Rodas callejeras, remarcó. Le dije que sí pero no estaba seguro si alguna vez había visto algo por el estilo. Un día, el Mestre Boa Gente le pidió que se tomase unas vacaciones de la academia ya que los malos rumores sobre él eran cada vez más frecuentes: cuando estés más tranquilo, volvé. Y a Macaco no le gustó nada, me confió Ginga.

La mujer de Ginga, silenciosa, apareció debajo del alero. Tenía el pelo negro, enrulado y hasta la cintura. Llevaba puesto un liviano vestido de tela, largo hasta los tobillos, que le contorneaba la cadera. Dejó dos cubeteras.

Ni siquiera ella conoce esta historia, hermano, me confesó Ginga, acercando su cara a la mía. Se puso de pie, largó un escupitajo hacia las sombras, volvió a sentarse, se sirvió más casasha y me ofreció su vaso para que los hagamos chocar en el aire.

Sigo, anunció.

Una noche de mucha jerga en la ciudad alguien le dio a Macaco una pistola calibre 22 para que la guardase en la isla. El chico embarcó para el morro, borracho. Todavía no había salido el sol. A las cinco y media de la mañana pisó la isla y zigzagueó directo hacia la cooperativa, donde debía trabajar. Limpió los primeros lotes de pescados que fueron llegando, los separó por tamaño y los cargó en los cajones. Fue y vino varias veces al almacén. Entre viaje y viaje tomaba de una casasha que llevaba, ya caliente, y junto a la pistola, en su morral.

Ginga seguía dibujando con los pies. Mis ojos, el piso y su vaso: ahí relajaba la vista mientras contaba su historia. De la oscuridad del morro que teníamos a nuestras espaldas bajaban distintos sonidos.

Cuando Macaco llegó a su casa se desplomó sobre la cama. Estaba rendido pero la cabeza le iba a mil revoluciones por segundo. Y fue ahí, alzó la voz Ginga, que tuvo la idea de robarlo a Cari, el panadero del morro. ¿Al panadero?, dije. Sí, afirmó Ginga moviendo pesadamente la cabeza. Nunca se supo porque se la agarró con él, dijo, aunque hay algunas sospechas. ¿Cuales?, quise saber, y vacié mi vaso de un trago. Cari era un hombre muy religioso, que nunca se había metido con nadie, y al parecer unos días antes le había dado un sermón sobre el bien, el mal y las buenas costumbres, detalló Ginga, que sin consultar llenó el vaso. Los rumores de la mala vida que llevaba el chico habían llegado desde Natal, y el hombre no dejó pasar la oportunidad para retarlo. También se corría la voz de que el día anterior el panadero le había susurrado unas palabras a la madre.

Ginga vació el vaso de casasha de un trago y dijo unas palabras que también anoté de manera textual: “el chico tenía fuego dentro del pecho y un arma en el morral”. Después se limpió la boca con el brazo fibroso, negro azulado, curtido por la mata y el sol, se levantó, fue hacia su casa, asegurándose, me pareció, que su esposa no anduviese cerca. A los pocos segundos apareció con una jarra de limonada. Me llenó el vaso y me dijo que me vendría bien “para cortar el gusto y refrescarme un poco”.

Le di un sorbo. Me sonrió, y retomó la historia.

Macaco se levantó de la cama, agarró la 22 y salió de su casa. Caminó tres cuadras hasta la casa del panadero, se paró frente a la puerta, y la abrió con una patada. Cari era grandote y atendía la panadería de sol a sol con el mismo delantal celeste de toda la vida. Los separaba un mostrador. Antes de que Cari pudiese abrir la boca Macaco lo agarró de la remera y le ordenó que le diese la plata. Cari le tiró un golpe pero Macaco, mono blanco pendenciero, rápido y mucho más joven, esquivó la trompada, lo agarró de la nuca con los dos brazos y le hizo rebotar la cara mota contra el mostrador. El panadero pegó un grito y cayó del lado de adentro. Macaco se trepó de un salto al mostrador y se le tiró encima. El viejo levantó en el aire las piernas y Macaco cayó sobre él. Se trenzaron en el suelo de tierra, rodaron y rompieron todo lo que tenían en el camino: frascos, latas, sacos de harina, herramientas de trabajo.

A Ginga le brillaban los ojos negros y por la cara le caían pesadas gotas de transpiración.

De repente, un plomo agujereó el pecho de Cari. El panadero se tapó la herida con las dos manos y gritó lleno de espanto. Macaco se corrió para atrás, tirando cosas a sus costados, con el arma en la mano, todavía humeando. A los dos minutos, dijo Ginga acercando su rostro hacia mí, Cari se moría, “temblando como un animal”.

Una de las mellizas apareció por la espalda del padre con cara de dormida. Yo sonreí y Ginga se dio vuelta. Ella le pidió que le contase una historia para dormirse y él la mandó al catre de mala manera. Le pegó un grito a la mujer, que vino a buscarla con cara de fastidio.

Le pasé mi vaso a Ginga para que me lo llenara.

Macaco Branco tomó el poco dinero que había en la caja y salió corriendo. En la puerta había dos pobladores. Macaco les apuntó con el arma. Los hombres se corrieron hacia un costado, sin perderlo de vista. Les pasó por el costado, sin dejar de apuntar, y se perdió por una de las calles de tierra. Dicen que tenía los ojos desorbitados y las venas del cuello infladas, contó Ginga, quien ya no dibujaba sobre la tierra pero igual perdía la mirada en los garabatos que había hecho en el suelo.

Macaco tiró el arma en un matorral que había camino a su rancho. Su padre no estaba en casa. Puso una silla contra la puerta y se tiró en un catre. El pecho se le inflaba con cada respiración. A los pocos minutos, desde la calle llegó el sordo sonido de los pasos que daba un grupo de hombres. También algunas voces. Macaco se levantó disparado como un rayo. Intentó salir por la puerta de atrás pero había cinco hombres esperándolo con palos y piedras en las manos. Dio media vuelta y corrió hacia una de las ventanas de la casa. Tenía un pie afuera cuando lo agarraron de los hombros. Lo tiraron para afuera y le rompieron la mandíbula con un cascote. No tuvo chances de defenderse. Lo arrastraron a la calle de los pelos.

Ginga se puso de pie y yo también. Se me había formado una pelota en el estómago. Me ardía la boca y tenía ganas de ir al baño. Por el aire circulaba una brisa caliente que traía el sonido del mar.

- ¿Cuando pasó todo esto, amigo? –pregunté.
- Hace cuatro meses – contestó él, secándose la transpiración de la cara con el brazo. Ahora tomaba la casasha de la botella.

En la puerta de la casa del padre de Macaco estaba casi todo el pueblo. Quietos. En silencio. En sus manos cargaban piedras y palos. Lo único que se escuchó fue el canto de una iuna, desorbitada por la presencia de tantos pobladores juntos, contó Ginga, con un tono de voz más cercano a lo místico que a lo terrenal.

- ¿Iuna?
- Iuna, si. Un pájaro parecido al carpintero que canta para atraer a la hembra. Hay un toque de capoeira que se hace cuando muere un integrante de la academia. Es una copia del canto de la iuna.

Me volví a sentar. No podía dejar de repiquetear los pies contra el suelo. Me serví un poco de limonada.

Sin poder levantarse, con la cara destrozada, comiendo polvo, Macaco Branco levantó la cabeza y buscó piedad entre los pobladores, en su mayoría conocidos. El sol le pegaba de lleno en los ojos claros. Balbuceó que no había querido matar, que había sido un accidente.

Primero uno, después otro, y en pocos minutos todos, se acercaron y lo castigaron con todo lo que tenían a mano: palas, rastrillos, pinches, cascotes, pedazos de vidrio. En pocos minutos el chico quedó desfigurado. Sus rasgos afeminados habían desparecido debajo de las heridas. Quedó bañado de sangre. Tenía las costillas y las piernas rotas. Convulsiones.

El presidente de la cooperativa dio el grito de alto y la muchedumbre se detuvo. Otra vez el silencio absoluto y el canto de la iuna.

En pocos minutos se habían ido todos.

Ginga dejó la botella en el suelo. Puso los brazos detrás de la nuca e infló el pecho. Se sentó en su tronquito. Estaba agitado pero sus ojos denotaban alivio. Dejó pasar unos segundos y prendió un tabaco. Le dio dos pitadas y me lo pasó. Le dije que no fumaba. Me dijo con determinación que lo hiciese. Pité. Tosí. Después de un interminable silencio, lo miré a los ojos:

- Esta historia, a diferencia de las demás, ¿es cierta?
Los dos ya estábamos borrachos.
- Todas las historias son reales, gringo –me contestó.

Me fui a acostar. Sentía que dentro del estómago una bola de fuego me comías las tripas. La cabeza me daba vueltas y los troncos amurados al techo de paja se movían en el aire con la liviandad de un escarbadientes.

Calculo que pasaron unos cincuenta minutos hasta que logré dormirme. Mi conciencia flotó como una bolla oxidada en aguas oscuras y las pesadillas me torturaron durante las cinco horas que estuve ovillado como un bebe sobre las pegajosas sábanas de la cabaña.

Una de las dos mellizas de Ginga, rapada, sin cejas ni pestañas, trepaba con la audacia de un mono al árbol más alto del morro. El cielo parecía un pesado y enorme telón negro. De fondo, la voz de la mujer de Ginga tarareaba una canción religiosa. Abrazada a la corteza de vidrio molido de botellas blancas de casasha que despuntaban del tronco, la nena ganaba altura. La parte interna de sus brazos y piernas, el estómago y el pecho, se fileteaban como si fuesen de manteca, y cada dos o tres enviones que hacía en dirección al punto más alto del tronco, torcía la cabeza hacia abajo, desde donde yo la miraba impotente. Me clavaba sus ojos negros. Reía. Los espesos gotones de sangre que emanaban de su cuerpo caían sobre mi cabeza con el peso y la textura de la savia. Sus dos hileras de dientes tan blancos como la espuma, sostenían, como un animal rabioso, un cordel negro. Espantosos aullidos provenían de la selva y sobre mis pies desnudos sentía que un ejército de insectos avanzaban desde los dedos, empeine y tobillos, hacia las piernas. Cinco metros más arriba de la melliza divisé a su hermana. Estaba de pie sobre una rama cuyas ramificaciones se perdían en la oscuridad de la noche. Cuando la hermana trepadora llegó hasta su gemela, se puso de pie a su lado, y me mostró, orgullosa, su cuerpito negro destrozado por el filo del vidrio que nacía de la corteza. En un armonioso movimiento hizo que el cordel quedara colgando de la rama, hacia abajo, con un círculo en la punta. ¡No!, grité, con tanta fuerza que las copas de los árboles revolotearon como si una tormenta los estuviese sacudiendo. La melliza que la esperaba arriba le susurró unas palabras al oído, y la lampiña trepadora desangrada, sin más, se lanzó en caída libre, como si a sus pies tuviese un espejo de agua cristalina. Antes de que yo pudiese pegar un nuevo alarido terminó colgada del cordel, con el cuello apretado hasta la parte de debajo de la mandíbula, tambaleándose de izquierda a derecha como una gallina muerta. En la boca mantenía una siniestra sonrisa y mientras yo sentía que la selva me quitaba todo el oxígeno, una cortina de sangre me bañó desde los pies hasta la cabeza.

Me senté en la cama y me limpié la transpiración con la sábana. Afuera estaba clareando. Deseé con todas mis fuerzas tener a mi lado una enamorada. Salí de la choza y fui hasta debajo del alero de paja donde Ginga me había contado su historia. El espacio estaba intacto. Pero recién en ese momento tomé dimensión del dibujo que había hecho el dueño de casa hacía sólo unas horas atrás: el gran árbol, puntiagudo en su corteza, espeso en su copa, con una soga colgando de una de las ramas.

Al otro decidí irme. No solo del Morro de Deus sino también de Brasil. Ginga me acompañó a tomarme la lancha. La despedida fue fría, distante. Le dije que se saludase de mi parte a su mujer y a sus hijas.

- Se la había buscado - me dijo, seco, cuando estrechó mi mano, para decirme adiós.

Esa mañana el mar estaba picado. Se avecinaba una tormenta de nubes negras y el muelle se movía como si fuese de juguete.

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Kranear 7


 

Con el placer, el esfuerzo, y los inconvenientes de siempre, estamos a punto de salir con una nueva edición de la revista Kranear. Nadie nos dijo que sería fácil sostener una publicación impresa, pero sí que deberíamos ser pacientes, perseverantes, y contar hasta mil cuando pareciera que nos quedamos sin aliento. Uno de los momentos más esperados por cualquier editor, director, redactor, o fotógrado de una revista, es cuando se mete en imprenta el archivo digital del nuevo número. Eso acabamos de hacer, y estamos contentos.

A más de tres años del debut, hoy podemos afirmar que encontramos nuestra identidad gráfica, estética; que el diseño, innovador, moderno, profundamente latinaomericano, creció, se dio unos cuantos golpes, pero maceró, como el brote de un jazmín, y desde hace un tiempo se convirtió en un estilo definitivo.

Con respecto a los contenidos, seguimos aportando al debate, el recorrido histórico, y la formación.


Le hicimos una entrevista muy rica al politólogo Ernesto Laclau. Nos entregó una pila reflexiones acerca de la coyuntura política de nuestro continente, el rol de los medios masivos de comunicación, el terrorismo mediático y algunos vaticinios con respecto al futuro. Le sacamos algunas fotos.

También fuimos a ver a Yésica Boop, doble campeona mundial de boxeo en categoría minimosca, divina, sociable, comprometida con su tiempo. Nos recibió en un gimnaso de Wilde, al sur de la provincia de Buenos Aires, donde entrena, y vive.

Un amigo y compañero escribió sobre las distintas reformas constitucionales que se realizaron en nuestro país, y a propósito de la necesidad, según vemos nosotros, y muchos otros, de institucionalizar, a través de una nueva actualización de la carta magna, de los logros producidos durante los últimos diez años.

Federico Bernal, capo total en la materia, escribió sobre la soberanía energética de nuestro país, los números de YPF luego de su renacionalización, y el potencial del yacimiento Vaca Muerta, en Neuquén.

Claudia Acuña, directora del diario MU, describe el recorrido de Arecia, la Asociación de las Revistas Culturales Independientes, y puntea los desafíos del sector.

Aparte, las secciones de Gastronomía Latinoamericana (dulce de leche), Discos Recomendados (Israel "Cacho" López, Sebastiao Rodríguez Maia y Raymond Barreto Pagán) y Fotosíntesis (desde Europa).

Las ilustraciones son del gran dibujante y amigo Gustavo Cimadoro, y el dibujo de la tapa, del gran artista argentino, radicado en Brasil, Juan Maresca.

Vamos que salimos.

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Un buen hombre


Nos volvió locos durante dos semanas. Siempre a las tres de la tarde, cuando la oficina era sacudida por un aluvión de urgencias, el viejo asomaba su cabeza desde el otro lado de la puerta, pedía permiso, y avanzaba, parsimonioso, hasta el escritorio. Saludaba, sacaba sus papeles de una roída carpeta de cartón plastificado, y nos pedía un nuevo cambio en el diseño de un diploma que daba lástima.

El hombre tenía a su cargo, en nombre de la Parroquia “Cristo Obrero y San Blas”, el armado de la celebración por los 105 años de Villa Soldati, y se le adivinaba, en la mirada, y un pequeño temblor en su mano derecha, su propia urgencia, y ansiedad. Con respeto, y sin pudor, pedía un cambio de tipografía, de color, en la distribución de los cuadros de texto y las imágenes. Se notaba que a lo largo de la vida se había tomado sus obligaciones con responsabilidad, y ahora, ante semejante exigencia, no iba a tirarse a menos.


Así fue que a pesar de los malabares que nos demandaba la gestión de la oficina, le imprimimos cien copias del diploma, en tamaño A4, y en un papel mate de trescientos gramos. El fin de semana siguiente, durante los festejos, se los debía entregar a los representantes de “las fuerzas vivas del barrio”. El archivo original lo había preparado su sobrina, que también trabajaba en el Ministerio, pero que “de ésas cosas mucho no sabe”.

“Peco” era el ascensorista del turno tarde de la sede central de la cartera. Se llamaba Alfredo Pecorino. Te recibía en la puerta corrediza del ascensor con una sonrisa, te daba un beso con los labios, y no con el cachete, y te palmeaba los dos hombros, al unísono. Transmitía una vitalidad que contrastaba con el deterioro de su cuerpo. Perfumado, y enfundado en un sobrio traje a medida, siempre llevaba encima una radio portátil, que funcionaba a pilas, y que escupía sólo tango o milonga.

Estaba al tanto de las novedades de la vertiginosa coyuntura política nacional, y también de las internas del Ministerio. En la planta baja, mientras esperaba que lo llamasen de algún piso, le gustaba susurrarnos al oído, con tono celebratorio, maldiciones contra el macrismo. Tenía una risa contagiosa.

A mitad del 2013 lo habíamos entrevistado, en el ascensor, para la revista de circulación interna del Ministerio. Estaba encantado. La noche anterior no debió haber dormido. Nos trajo una foto con Bergoglio, un diploma que la legislatura de la ciudad de Buenos Aires le había entregado en el 2008 por los cien años de Villa Soldati (con la firma de la presidenta de aquel momento, Gabriela Michetti). También nos ofreció documentos, recortes de diarios, medallas. Logramos un primer plano de su rostro arrugado, que transmitía ternura, y jovialidad. No se puso lentes, y las pupilas celestes estaban expandidas como las de un nene a punto de subirse a un cohete espacial. Tenía el tubo del teléfono del ascensor en la oreja, y el cable, extendido, cruzaba el margen izquierdo de la foto. Por medio de su relato, atolondrado, supimos que había enviudado pero que tenía cuatro hijos, siete nietos, y seis bisnietos; que había puesto las patas en la fuente de la plaza del 17 de octubre del 45; y que cuando era chico en Soldati le decían el “Recitador Criollo” porque en el cine del barrio, en el intervalo que había entre película y película, recitaba poemas de Héctor Gagliardi.

Durante la campaña electoral para las primarias y obligatorias de agosto de 2013 Peco se llevó centenares de ejemplares del número de la revista del ministerio en la que había aparecido. Las dejó en cada uno de los centros culturales, parroquias y unidades básicas de su barrio, en el que tenía ejercía una fuerte influencia, ya que "me conoce todo el mundo". Su comuna 8 fue el único distrito de la ciudad en la que el Frente para la Victoria le ganó al PRO, y al UNEN. Luego perdería, por muy poco, en las elecciones de octubre.

Nunca se lo vi, porque siempre vestía pulcras camisas abotonadas hasta el cuello, pero debía llevar un rosario pegado al pecho. Era un hombre muy creyente, aunque no lo publicitaba. Repartía su pasión entre su familia, Villa Soldati, y la militancia cristiana en la Parroquia. Al otro día del nombramiento de Jorge Bergoglio como máxima autoridad de la iglesia católica, el viejo se paseó por todos los pisos, y repartió, en mano, una fotocopia a color de una foto en la que se lo veía montado sobre una formidable mueca de entusiasmo, al lado del Papa peronista.

Cuando llegaron las fiestas, llegamos a darle un abrazo, a desearle un buen año. Luego, no lo volvimos a ver. La vorágine siguió, sin descanso. Como las lluvias de febrero, o la debacle del periodismo. Por eso, hace unos días, la noticia nos dejó helados. La muerte siempre paraliza. Forja un nudo en la garganta, y durante unos instantes, volvemos a pasar por el corazón al ser que se acaba de ir. Desde la oficina cumplimos con el deber de sacar un correo interno con la siempre ingrata novedad, y las debidas condolencias para su familia. También subimos a la intranet unas líneas, ilustradas con la foto que habíamos logrado para la nota de la revista.


No pude ir, pero imagino que en su velatorio se congregaron sus hijos, nietos y bisnietos, más los vecinos, amigos y compañeros. No podía ser de otra manera. Así se despide a un buen hombre.

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Crispasión


En uno de los patios de la Casa de Gobierno, la imagen es elocuente. Sintetiza, con la potencia de un latigazo de electricidad, uno de los tantos momentos de la etapa política más intensa de nuestras vidas. Ella está de pie, de blanco -y ya no de negro-, en el medio del pasillo de un balcón de quince metros de largo. Está sola -y ya no acompañada-, con un enorme paredón de color ladrillo a su espalda, que más arriba tiene un corpóreo de metal que reproduce las Islas Malvinas. Observa, en silencio, el canto desaforado de la militancia que está rendida a sus pies, diez metros más abajo. Revoleamos los brazos, las banderas, y cantamos una aguerrida consigna del 2008, cuando se empezó a disputar el destino de la Nación. Acaba de dirigirse a todo el país por Cadena Nacional. En un contexto político de máxima tensión, con los grupos económicos y el sistema de medios opositor operando con todas sus herramientas para incendiarle el país, y hacerla caer de rodillas, ella realizó nuevos anuncios sociales, para los jubilados, y para los hijos de edad escolar de los sectores que cobran asignaciones familiares. A pocos centímetros de su atril, la escucharon, sin pestañar, todos los funcionarios del gobierno nacional, y otros referentes de la vida institucional argentina. Ahora, que mira hacia abajo, aferrada a la baranda de madera del balcón, sus declaraciones ya corrieron como pólvora por las redacciones de todos los portales digitales. Sus intervenciones ya están siendo replicadas, recortadas, o ninguneadas. Reporteros gráficos de decenas de medios la están fotografiando desde los dos balcones laterales. Los referentes de la juventud, también la acompañan, a un costado, y cantan. Ella debe tener todos los poros de la piel abiertos como una amapola, absorbiendo hasta la última partícula de sensaciones. No habla. Tampoco saluda. Sólo observa la entrega, la lealtad, el amor, y la alegría de la militancia. El tiempo se debe haber detenido. Sabe que su figura es única, excepcional. Pero también sabe que su as de espadas está expresada en su obra política. Nuestro Pueblo tiene una larga tradición de lucha, sangre, y dolor. Ellos edificaron una nueva esperanza. Por eso tiene los ojos hinchados, y no hace ningún esfuerzo por esconder su emoción. Su más preciado legado está ahí abajo, en ese remolino de firmeza y convicciones que ahora le ofrecen sus pulmones, sonrisas, muecas de agradecimiento, y más lágrimas.

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Malabares

En la superficie llovía con fuerza, e insistencia, y la mayoría de los pasajeros, dentro del subte, a media mañana, estábamos mojados. El calzado, la ropa, el pelo. La humedad, y el calor, espesaban el aire. Como cada vez que puedo, me había acomodado en la cola del coche, donde hay un pequeño claro entre los asientos y la manga que separa los vagones. Ahí se viaja de pie, circula el aire, y casi siempre se evita el apiñamiento. Me estaba entreteniendo con una chica de unos treinta y largos años, ¡en ojotas!, que con mucha delicadeza se esforzaba para que un muchacho que estaba a su lado –atlético, con expresión recia-, le sacase conversación. Yo miraba la situación, con cierta inquietud, pero pensaba en el Programa “Precios Cuidados”. En la importancia de que las cajeras y los repositores de las grandes cadenas de supermercados también se pusiesen al hombro la tarea de velar por los precios de los alimentos. Pensaba en lo beneficioso que sería el bolsillo de todos nosotros. Pero un hombre de pelo blanco como la ceniza y la piel morena como el río Paraná, que se paró a mi lado, me distrajo de mis anhelos. Los pequeños lentes con armazón de metal le daban un toque de bondad. Parecía un buen hombre. El hombre que, quizás, si te tocase, aceptarías con alegría como suegro. Vestía un piloto oscuro, y del hombro derecho le colgaba un maletín de cuero. En cuanto apoyó la espalda contra el vidrio, sacó de debajo del sobaco el diario Clarín, lo abrió, y se frenó en la primera carilla, del otro lado de la tapa. Fijó su atención en el editorial escrito por Ricardo Kirchsbaum, uno de los alfiles ideológicos del diario, y del Grupo. Un chico de unos ocho años, con la camiseta de Leonel Messi, y unas sandalias de goma, se había puesto a hacer malabares con tres maltrechas pelotas de plástico, del tamaño de una naranja, que adentro contenían arena. Las hacía ir de una mano a la otra, pero en el camino las hacía rebotar con fuerza en el techo del vagón. Era imposible no prestarle atención, ya que el ruido ambiente no lograba amortiguar los sacudones de las pelotas contra la chapa. El hombre de pelo blanco no había levantado la vista del editorial. De la irracionalidad. Del atentado contra sus propios intereses. Estuve tentado de ofrecerle una discusión, un pequeño debate bajo tierra. Pero no. Preferí observar los torpes, aunque porfiados movimientos del nene, que tenía las mejillas y la frente húmeda, no por la lluvia, sí por la transpiración, y que ahora, aparte de pasarse las pelotas entre mano y mano, cada vez que bajaban desde el techo las deslizaba por debajo de la pierna derecha. luego de arquearse como un escorpión. Primero pensé que era un chirrido que emitían las ruedas de acero del coche al raspar las vías, pero no. Era él, que para acompañar su número de malabares, tarareaba una canción de Nueva Luna. A pesar del calor, la humedad, la lluvia, la indiferencia, y la ignorancia.

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las hermanas dios

la nariz y los pómulos de la grande
también la mirada y su pelo negro azabache
parecen calcados de la madre;
los rasgos de la chiquita, del padre.

cármen cumplirá tres años en enero
y por momentos pareciera
que tampoco a los diez logrará contener
las correntadas de emoción
que le sacuden el cuerpo de muñeca
como si sus músculos
fuesen de algodón, o seda.

sus palabras son destellos de luz
y su gestualidad atolondrada
resucitan la capacidad de asombro
de los adultos con hijos grandes.

lupe, su hermana, acaba de cumplir cuatro meses
con cada inocente mirada
baba sobre el antebrazo
sonrisa eléctrica
berreo y llanto
o los desesperados agarres a la teta de la madre
nos vuelve primitivos
conscientes de que no tenemos nada más puro que el amor.

ellas son las nenas de mi hermano y su compañera julieta
las que engrosaron el número de hijos
que él dice que tiene cuando le preguntan: tres.

es que el mayor, manuel, mientras tanto,
debe acomodar sus prontos quince años
a su cuerpo, a su cabeza
a su tercer año del secundario en un nacional
a las exigencias de la nueva familia;
por eso, entre los pedidos de colaboración de su padre
y las demostraciones de cariño con sus hermanas
juega a la pelota con mi hijo, que tiene diez
y que hoy, primero de enero del dos mil catorce
en la zona norte de villa gesell,
compartió una confidencia que ya todos sabemos:
todos ellos pasarán muchos veranos juntos.

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Escribir el prólogo de una novela de tu viejo


 

Un dato que no puede pasarse por alto: por lo menos tres conocidos de Gustavo que asistieron a la prensentación de "Los infernautas" nunca antes se habían animado a entrar a la Ex ESMA. Intuyo que caminaron los cien metros que separan el portón de la entrada del Espacio para la Memoria, del Centro Cultural de la Memoria "Haroldo Conti", con las piernas pesadas como macetas, y un filoso nudo en la garganta.

No fue casual la elección del lugar. Para nada. Presentar allí un libro es un orgullo. Un nuevo aporte a la resignificación del Espacio.


En la puerta de la sala se expusó el trabajo de Hugo Goldgel, que dibujó más de media docena de ilustraciones, en blanco y negro, bien sombrías, y realistas, muy fieles a los personajes y escenarios del texto.

Tuve el placer de escribir el prólogo del libro. Un desafío, en principio. Una sorpresa, al final, ya que me encontré escribiendo sobre una parte sustancial de la historia de los Abrevaya y, en particular, sobre el vínculo con mi padre.


Acá está el prólogo: http://revistapaco.com.ar/2013/12/17/un-dia-llovieron-monstruos/

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios