Buscar dentro de HermanosDios

Mostrando entradas con la etiqueta Unidad Bicentenario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Unidad Bicentenario. Mostrar todas las entradas

Entrevista a Javier Grosman (2)

Lectura política
Algunos días después de las elecciones legislativas de octubre del año pasado fui al parque con mi hijo. Era una tarde de sol hermosa. El predio reventaba de Pueblo. Había que hacer cola para entrar a cualquier pabellón, o carpa. De repente, mientras caminaba por la arteria principal del parque sentí una profunda rabia. Muchos de los que me pasaban por los costados, junto a sus familias, novios, sacándose fotos, con las heladeras de picnic colgados de un brazo, habían decidido no acompañar las políticas de desarrollo con inclusión social de Cristina. Alzaba la vista, contemplaba la monumental política pública que ofrecía el Estado Nacional en ese mismo momento, para miles de compatriotas, y se me estrujaba el corazón.

Por qué, les pregunto a ellos. Hablan de los “derechos adquiridos”. Javier recordó que luego de las legislativas del 2009, cuando Néstor Kirchner perdió con un candidato de cotillón como De Narvaéz, llegó el cincuenta y cuatro por ciento de la actual Presidenta. “Una cosa es que te elijan para controlar, y otra muy distinta es para gobernar”, señala. Ambos están convencidos de que en el 2015 el Pueblo va a saber elegir, y que no van a tirar por la borda las conquistas de los últimos años, y la posibilidad de seguir ampliando derechos.

Abelardo dice que el desafío, si es que el proyecto nacional y popular pierde el poder, es hasta qué punto el Pueblo estaría dispuesto a regalar los avances de la Década Ganada. “Vas a poder eliminar la Asignación por Hijo”, pregunta. “¿Vas a volver a privatizar las jubilaciones, o Aerolíneas Argentinas, o el Fútbol?”. “¿Vas a poder cerrar Tecnópolis, o decir, señores, a partir de ahora para entrar al predio hay que pagar cien pesos?”. 


Insisten, con vehemencia, en el musical de Zamba. Artistas que vuelan, pantallas de video en alta definición, una cortina de nieve que cae del techo cuando San Martín cruza los Andes. “Una producción del carajo”, subrayan. Vuelven a señalar que ellos, desde la Unidad, a la gente quieren darle lo mejor.

“Es falsa esa ecuación de que Estado Nacional más gratuidad es igual a berreta”, dice Javier. Que salga lo que tenga que salir. “¿Por qué lo gratis tiene que ser mediocre, o malo?”. En el 2013 hicieron 54 funciones del musical, para unas 5 mil personas. 250 mil disfrutaron del espectáculo en la tercera temporada del parque. No importa que sea gratis, o no. La pregunta que hacen Javier y Abelardo es qué espectáculo junta esa cantidad de espectadores hoy en la Argentina.

“Este es un gobierno que asume riesgos”, dice Javier. “Nosotros lo que hacemos, en sintonía, es asumir riesgos estéticos”. Por ejemplo, en la fiesta por la Década Ganada, en la Plaza de Mayo, el último 25 de mayo, cuando montaron a al DJ Zucker, Poncho y a Pablo Lescano, entre otros, en un contenedor transparente, y lo elevaron a treinta metros de altura por sobre las cabezas y las banderas de la multitud, mientras la fachada de la Casa Rosada era bombardeada por luces de todos los colores por medio de la técnica del Mapping.

La secretaria vuelve a irrumpir en la oficina. Otro llamado para Javier. Luego de un intercambio de palabras, el jefe corta. Lo acaban de poner al tanto de que el acto que organizaron en la villa 21.24 de Barracas, para la Presidenta, había salido muy bien. Se trataba de un homenaje, junto al cura villero del barrio, para Hugo Chávez, a un año de su pase a la inmortalidad.

¿El sello estético de la Unidad está presente en cada uno de los actos oficiales?, pregunto. Sí, en casi todos. Para el acto que acaba de finalizar, en la villa, montaron la técnica de audio y video, las pantallas, y diseñaron el fondo del escenario. Cuentan que para armar el dispositivo general de un evento oficial, se adaptan al lugar. En este caso, no iban a tirar fuegos artificiales, ni mostrar ningún tipo de derroche. De hecho, luego, a la noche, cuando lo vimos por televisión, se vio que el acto fue muy austero. Memorable por su significado, y el territorio en el que se realizó, y no por lo grandilocuente del acto.

Ponen un ejemplo con respecto a la idoneidad con la que trabajan. Por qué gastar un dineral en una lona brillante que luego te impedirá lograr una buena foto del acto, ya que la luz rebotará con una fuerza incontenible, si por el contrario, se puede poner una lona de tipo mate, que no brilla. No se trata de diseños rimbombantes, de tipo menemista, sino más bien sobrios, que expresen elegancia.

Un punto y aparte para la relación con el área de Ceremonial de los distintos ministerios del Ejecutivo, o el equipo de Presidencia. Aclaran que se llevan muy bien, que “desde el momento que los muchachos de Presidencia entendieron que la Unidad no quería competir con ellos, la relación anda como un violín”.

Leer más...

Entrevista a Javier Grosman (1)

Crédito foto: Unidad Bicentenario

Habernos sentado en una mesa de reuniones junto a Javier Grosman -el Hombre Bicentenario- y sus colaboradores fue uno de los gustos más importantes que nos dio la profesión. Se trata de un hombre que con su formidable trabajo logra una síntesis muy potente del legado cultural que fue construyendo el kirchnerismo a lo largo de sus tres gobiernos. Se trata del hombre que montó ese espacio mágico y conmovedor que tantas veces nos puso los pelos de punta llamado Tecnópolis. Ahí, justamente, tomamos café, comimos unas galletitas dulces, y charlamos de nuestro querido país.

La experiencia de haber organizado los festejos del Bicentenario la publicamos en la última edición de la revista Kranear. Hay que comprar el impreso, o leerla acá. Pero la charla de aquella fría y nublada tarde, en las oficinas que la Unidad Bicentenario tiene en la mega muestra de ciencia, arte y tecnología más grande del mundo versó sobre varios otros temas.

Va la primera entrega (de tres).

Diálogo y consenso
La secretaria trae más café, y también unas galletitas saladas. Son más de las siete de la tarde y el hambre empieza a apretar. Javier recuerda la tensión que se generó con el gobierno de la Ciudad sólo unos días antes de que se montase la mega muestra de Ciencia, Arte y Tecnología Tecnópolis, con la que la Unidad coronaría los festejos del Bicentenario, entre el 2 y el 14 de noviembre del 2010. Luego llegarían las celebraciones del 10 de diciembre, por el Día Internacional de los Derechos Humanos y, por fin, cerrarían un año extenuante.
Por medio de viejos amigos de la subsecretaría de Cultura, en la que había trabajado durante la gestión Aníbal Ibarra, Javier se enteró de que el gobierno de Macri estaba por negarles el permiso para montar la muestra en la avenida Figueroa Alcorta, en los bosques de Palermo, al norte de la ciudad. Pero algo no cerraba, ya que el mismo gobierno porteño ya había empezado a montar las obras.

Javier lo llamó a Diego Santilli, en aquel momento titular del área de Espacio Público. Lo consultó. El otro le dijo que no, que era una locura. “Mirá que me comentan que para las cinco de la tarde convocaron a una conferencia de prensa”, le avisó Javier. El otro le dijo que se quedase tranquilo, que debía ser por otro tema. Pero a las cinco en punto, como los ingleses, el Jefe de Gobierno les prohibió montar la muestra.

El PRO había quedado muy mal parado luego de su negativa a participar de los festejos del Bicentenario, y una de las hipótesis era que habrán hecho la lectura de que no debían permitir que el kirchnerismo volviese a capitalizar un logro político, y peor aún, en su propio distrito.

Dos días después Javier publicó en Página 12 un artículo llamado “Colapsar o no colapsar”, con el que les pegó durísimo a los funcionarios del gobierno porteño por su miserabilidad política, su cinismo y perversidad. Va un párrafo de muestra.

“En la Argentina vapuleada por el neoliberalismo degradante de la dictadura y los noventa, es imprescindible seguir inoculando dosis periódicas de la vacuna que refuerza nuestra autoestima. Desde hace casi ocho años, el gobierno nacional viene administrando ese plan de vacunación con políticas que ayudan a fortalecer nuestra imagen en el espejo. Porque después de haber recuperado lo valioso, lo querible, lo épico y lo trágico de nuestra historia, nos proponemos mirar para adelante, mirar al país que queremos y necesitamos, mirar al país que investiga, que piensa y que desarrolla, que no le teme al colapso que hace falta para la innovación, para romper con el vacío. En definitiva, mirar a la Argentina de los ideales elevados, que piensa en las grandes cosas, como decía Houssay”.

Para mediados de octubre de 2010, entonces, la Unidad Bicentenario se quedó sin lugar para hacer el cierre formal de los festejos por el cumpleaños 200 de la Patria.

Insoportablemente vivo
Diez días después, el 27, fallecería Néstor Kirchner. Una bomba atómica para todos. Qué hubiese sucedido con una Tecnópolis abierta. Quizá lo hubiesen cerrado por duelo, u otra alternativa. No hay manera de saberlo. Lo concreto es que luego de la masiva movilización popular que el Pueblo realizó para despedir al ex Presidente, el entierro en Santa Cruz, y aquella media semana de Duelo Nacional, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, le dijo a Javier que había que redoblar la apuesta.

De ese modo, se revalidaba y profundizaba un modo de entender la política, y de hacerse cargo del impulso de la vida, estrechamente ligado al ADN kirchnerista. Javier lo pone en palabras, ahora, en la oficina: “Este gobierno nunca va a menos, siempre va a más”.

Tecnópolis
Les llovieron ofertas para armar la muestra en varias regiones del país. Ellos prepararon una carpeta con los posibles lugares, y la presentaron en Presidencia de la Nación. En el puerto, en un cuartel del ejército, en terrenos de una industria, en un parque para el que no debían pedir permiso. La idea era que la muestra ocupase unos quinientos metros cuadrados.

Pero una persona de su confianza -piden reserva acerca del nombre, o parentesco- le acercó a Javier la idea de hacer el evento del otro lado de la General Paz, lo más cerca posible del distrito más rico del país que les había clavado un cuchillo por la espalda. Así fue que Grosman y Parrilli se subieron a un helicóptero, sobrevolaron la extensa geografía bonaerense, y se toparon con el predio en el que ahora estamos sentados, comiendo galletas dulces, repasando la historia de gestión pública de la Unidad Bicentenario.

“Esto era un monte y la rata más chica escribía a máquina”, grafican. Ante semejante espacio, Javier le comentó a Parrilli que poner en valor el espacio para una única vez, o para siempre, salía lo mismo. El otro, prudente, le dijo que había armar una edición, y luego ver qué pasaba. “Paso a paso”, citan ahora a ‘Mostaza’ Merlo. En enero de 2011 empezaron a dibujar los planos, y en febrero, a trabajar. Más de dos mil personas se deslomaron de sol a sol para abrir el predio, en julio.

A lo largo de las cuatro ediciones, Javier, Abelardo y el resto del equipo de trabajo fueron robusteciendo la infraestructura del predio, incorporaron nuevos servicios, propuestas, atracciones, que crecieron en cantidad, calidad, y heterogeneidad. Ambos hombres marcan con los dedos el mapa desplegado en la mesa de reuniones. “Dinos”, “Zamba”, “La nave de la ciencia”. En el ala izquierda del papel emergen dos enormes pabellones. El Predio Ferial, y el Pabellón Bicentenario. “Edificamos uno por año”, cuentan.

En el más grande caben quince mil personas sentadas. Es imponente. Allí, durante el 2013, el grupo “Choque Urbano” y la Fanfarria Granaderos ofrecieron un espectáculo de vanguardia que combinaba percusión, danza y teatro, con cincuenta artistas en escena. También ahí se ofrece el Musical de Zamba, otro espectáculo espléndido, de altísima calidad artística, que si fuese una iniciativa privada y se ofreciese por ejemplo en el mítico Luna Park, costaría por lo menos trescientos pesos la butaca. En el Pabellón Bicentenario se montan ferias, muestras, talleres, charlas, y otras propuestas.

El parque no tiene aportes del sector privado. En la zona norte del predio uno se cruza con amplios stands de las automotrices más importantes del país, o de la industria de la maquinaria agrícola, pero ninguno de ellos vende sus mercancías. Sólo las exhiben. Coca Cola, Google, La Serenísima, Aluar, Fate, Garbarino, Fate, Pampers, Fiat, Ford, entre otros.

“Lo único que les pedimos es que se hagan cargo de la inversión que requiere montar el stand, y que no vengan a vender sino a mostrar sus desarrollos tecnológicos”, cuentan. “Renault, por ejemplo, el año pasado”, aporta Abelardo, “el año pasado mostró acá un auto híbrido eléctrico que no llevó al Salón del Automóvil”. Hablan de la “presencia de marca”, pensando en el libreto de marketing de cualquier empresa. “Por acá pasan cuatro millones de personas por año, de todas las clases sociales”, recuerdan.

El parque abre tres meses por año. Durante el 2011 por allí pasaron más de 4 millones y medio de personas. En el 2012, cuatro millones trescientos mil. El año pasado, de nuevo 4 y medio. En el 2014 rozaron los 5 millones. Según las estadísticas de la compañía Google “Tecnópolis” es la palabra más buscada en Internet. “Está entre las diez palabras más buscadas, junto a Facebook, Twitter, Mercado Libre”, cuentan, “y en el año 2011, año de elecciones, compitió contra la búsqueda del Padrón Electoral”. Casi un millón de seguidores en los canales que tienen abiertos en las redes sociales.

Hablan de una dimensión horizontal, que es la propuesta fija, que está siempre, y otra vertical, que son los eventos que van ganando la agenda. “Comicópolis”, por ejemplo, que fue presentado como el Primer Festival Internacional de Historieta, y que se repitió hace unos meses, o “Innovar para Incluir”, una iniciativa del Ministerio de Ciencia y Tecnología con la que se le propuso a la ciudadanía realizar un recorrido conceptual y sensorial por la innovación social, o “Raíz”, un Festival Federal de Gastronomía que ahora producirá su segunda edición, el Encuentro Federal de la Palabra, y el más reciente Toque, el Primer Festival Internacional de Percusión.

Cada uno de los festivales, o encuentros, duran tres, cuatro o cinco días, y de este modo el equipo de la Unidad logra penetrar ciertos “nichos”, o audiencias, que muy probablemente si no fuesen invitados a armar sus actividades en el predio del Estado Nacional no conocerían el parque –ni tendrían la oportunidad de ser visitados por miles de personas-. En el 2014 también lograron convocar a los protagonistas y seguidores de disciplinas como el Stand Up, el Hip Hop y el diseño textil.

“Las ideas están en el terreno”, dice Javier. “Lo que hay que hacer es encontrarlas”. Cita, en realidad, a un arquitecto neoyorquino. También a Miguel Ángel, el escultor italiano: “la escultura está dentro del bloque de mármol, lo que hago yo es sacar la sobra”. Son decenas las ideas que Javier, Abelardo, y el resto del equipo, ponen a funcionar en el predio, todo el tiempo, en todos lados. De dónde salen, pregunto.

“No somos una manga de iluminados”, aclaran. “Estamos siempre con los sentidos en estado de alerta, hablamos con mucha gente, registramos sus percepciones y experiencias en video”. Cuentan con el registro de miles de testimonios de los visitantes. Por otro lado, cuentan que “de cada idea que se materializa en el camino quedan otras veinte”. Otras veces, avanzan con una propuesta, a la que le dan forma, pero luego, por diferentes razones, deben descartarla.

Leer más...

Kranear 8



Luego de largo suspiro volvemos a salir a la cancha con un número especial. Fuimos a ver a Javier Grosman a las oficinas que la Unidad Bicentenario tiene en Tecnópolis, y si bien hablamos de todo, publicamos el relato que nos hizo de la cocina de los festejos del Bicentenario, un hecho histórico que entre otras derivaciones tuvo aquella expresión de Néstor, para su hijo Máximo, cuando la anti patria tuvo que asumir que el pueblo había ganado la calle: "los quebramos". También tenemos una nota la gestión pública del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), el aporte político y social que algunos autores realizan desde la literatura, un recorrido histórico de las causas y los nombres del endeudamiento argentino, y la actual la disputa sin tregua contra los Buitres de afuera y de adentro, una serie de fotos del exquisito Leo Vaca, y cuatro nuevas figuritas para el álbum de los grandes luchadores latinoamericanos de todos los tiempos, entre otros temas. Tardó, pero la rompe.


Leer más...

Profanar la Cultura III (crónica acerca de Tecnópolis)


Crédito foto: Área de Fotografía de la Unidad Bicentenario

Norberto cuenta que la mega muestra tiene tres entradas. “Por la autovía General Paz, la avenida de los Constituyentes, y la calle Juan Zufriátegui”. Por las dos primeras ingresan los visitantes, a pié, o en auto, y por la tercera pasan los trabajadores, los proveedores, los artistas, y los micros escolares que durante la semana llegan con los chicos de las primaras y secundarias de todo el país.

El sistema que utilizan para contabilizar el público que está dentro del predio es sencillo, y efectivo. A las doce del mediodía, cuando se abren los portones, sacan una cuenta inicial cuya base es la cantidad de personas por metro cuadrado. Y luego, cada media hora, en los tres ingresos, durante diez minutos, cuentan la cantidad de gente que ingresa. También se contabiliza la cantidad de autos, y se los multiplica por tres. Así es que cada treinta minutos la Dirección Operativa cuenta con una estadística aproximada de la cantidad de gente que pasea dentro del predio.

Mientas Norberto atiende un nuevo llamado, y aprovecha para ir cambiar la yerba del mate, detengo mi mirada en las banderas de la plaza que están del otro lado del vidrio, y recuerdo la primavera de 2013, cuando vine al predio con ocho adolescentes de la Ciudad Oculta, o villa 15, de Villa Lugano, en el marco de un taller que veníamos sosteniendo junto a unos compañeros de militancia. En un momento paramos a almorzar a unos metros del galpón azul del ministerio del Interior y Transporte, donde se podía tramitar el DNI. Comimos sándwiches de miga, y empanadas, en silencio. Luego uno propuso que rodásemos por una pendiente que había a un costado. Lo hicieron, a las carcajadas, sin ruborizarse. Yo me quedé de pie junto a uno de los pibes, del barrio Piedrabuena, muy flaco, que tenía una serie de graves problemas familiares que no lograba socializar. Me pedía un cigarrillo detrás de otro. Más tarde, con el sol sobre las cabezas, bailamos rock y cumbia sobre el escenario “Hacete escuchar: 30 años de Democracia”, en el que cualquiera podía cantar, y bailar. El flaquito no se sumó, pero yo sí.


Promotores
En las entradas de muchos de los stands, carpas, edificios, y distintas atracciones del predio, uno se topa con chicos y chicas que visten zapatillas de lona, bermudas, y una remera del Ministerio de Ciencia y Tecnología, Educación, Desarrollo Social, o Planificación Federal. Son estudiantes universitarios que perciben un salario por algunas horas de trabajo por semana. Dependen de la Unidad Operativa que coordina Norberto. “Son una pieza clave”, subraya él, mientras le pega un vistazo al monitor de las cámaras de seguridad.

Le cuento una experiencia personal, durante la última edición, en el edificio del Ministerio de Educación. Un grupo de promotores daban las primeras instrucciones a los visitantes:

- A medida que vayan pasando las postas, tienen que completar la grilla –nos dijo uno de ellos, y nos dio, a mi hijo y a mí, unos cartoncitos de colores-. Nuestros compañeros les irán dando las obleas para completarla.

Las postas, dentro del stand, eran varias. Juegos de ingenio con piezas de madera, o goma espuma, juegos interactivos a través de pantallas táctiles, juegos de memoria con cubos, o dados gigantes. En algunas de las propuestas había que asociar hechos recientes de nuestra historia nacional y latinoamericana con rostros, o frases. Evita, Hugo Chávez, Evo Morales, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner, José de San Martín, Manuel Belgrano, la batalla de la Vuelta de Obligado, las leyes de Punto Final y Obediencia Debidas, las Islas Malvinas.

Al preguntarle, el pibe me contó que la propuesta le parecía muy valiosa, y que en general, el público se retiraba del juego con un apretón de manos, y un agradecimiento. Tenía veintitrés años, estaba en la mitad de la carrera de Ciencias de la Educación, y si bien no militaba en ninguna organización política, concordaba con la mayoría de las políticas inclusivas del kirchnerismo. Se lo veía comprometido con su rol de promotor, atento a las dudas de las cientos de familias que durante quince minutos se entretenían en el juego que ahora a estaba a su cargo.

“No es lo mismo una promotora que sonríe y te entrega un folleto que un estudiante de paleontología que te explica cuándo y dónde vivió uno de los dinosaurios del paseo ‘Tierra de dinos’”, señala Norberto, y me pasa un mate. No promueven productos comerciales, ni se destacan por una calza ajustada, el color de su pelo, u ojos, sino que son chicos y chicas que le acercan a la población, por medio de la palabra, y distintos soportes, las razones y los beneficios de las políticas públicas instrumentadas durante los últimos. “El mensaje es político, aunque no partidario”, remarca.

Los guías
También dependen de la Unidad Operativa que dirige Norberto, y son los que tienen a su cargo los recorridos guiados por el predio. En su mayoría son estudiantes de las nueve universidades nacionales que se inauguraron durante la última década. Muchos de ellos la primera generación universitaria de sus familias, y son contratados gracias a la firma de una serie de convenios entre el Ministerio de Ciencia y Tecnología y los rectores de las distintas casas de estudios.

La Dirección Operativa tiene a su cargo la capacitación de los estudiantes. “Aparte de las cuestiones técnicas, y pedagógicas, una de las cuestiones que les transmitimos es aquello que inmortalizó Jauretche, de que nada grande se logra sin alegría”, aclara Norberto. “Que lo que hacemos es proponer una festividad constante. Un lugar de reunión, de comunión”.

El 30 por ciento de los chicos que visitaron la mega muestra son de escuelas y colegios privados. El resto, de los establecimientos de los barrios populares de la ciudad, la provincia de Buenos Aires, y el interior del país. Si uno va en la semana, son los que pueblan el parque. En grupos, junto a sus maestros, con uniforme, o guardapolvos blancos. Gritan, corren, se sacan fotos con los celulares. Se roban besos detrás de una gigantografía.

Vuelve a sonar el teléfono de Norberto. Es hora de irse, ya que tengo que cruzar la ciudad para ir a mi oficina. Como él, trabajo en la gestión pública. Ya tengo más de una hora de testimonio de primera mano, y la vital experiencia de haber visitado el predio en varias oportunidades. Con mi hijo, con los pibes de los barrios, y por qué no, con mi viejo, y sus sueños, en gran parte, luego de una década de trasformaciones, hechos realidad. Norberto camina a mí alrededor como un león enjaulado. Son las presiones y la vorágine de nuestra época. Ni bien corte, me levanto, lo felicito con un abrazo, y me retiro.

Leer más...

Profanar la Cultura II (crónica acerca de Tecnópolis)

Crédito foto: Área de Fotografía de la Unidad Bicentenario

Lo primero que hizo Norberto fue despacharse en relación a la preocupante coyuntura política de aquellos días de febrero. La devaluación nos había dejado el culo lleno de preguntas. Estaba enojado. Elevaba las manos hasta la altura de sus hombros, pero no como Perón, que lo hacía con parsimonia, para seducir, sino con vehemencia. Sus cejas tupidas se cerraban sobre sus ojos negros. La entrada de un llamado cortó su monólogo. Pidió que lo llamasen en cuarenta minutos, y retomó su análisis. Nos la pusieron, dijo, en relación a la salida de Guillermo Moreno. La derecha, ni bien tuvo la oportunidad, avanzó, y logró hacernos daño, subrayó. También me contó que se acababa de separar, y que estaba viviendo hacía unos días en una pieza, en San Fernando, al norte del conurbano bonaerense. Estoy bien, eh, aclaró. Sus hijos ya tienen veinte y veinticuatro años, y mencionó el síndrome del “nido vacío”. Me preguntó por Santino, con quién me vio por lo menos dos veces en el predio, y le conté que bien, que estaba hermoso, que ya tenía diez años. Volvió a sonar su celular. Mientras le daba unas indicaciones a su interlocutor, yo pensé que no me faltaba tanto para aquello del nido vacío.

Del otro lado de las varillas de la persiana, el cielo seguía muy cargado. La tormenta seguía latente.

Un rato antes de que llegase Norberto, un veterano compañero de su equipo, llamado Juan, me había ofrecido dar una vuelta por el predio, arriba de un carrito de golf. En el parque no había Pueblo. Ni trabajadores de limpieza, ni promotores, ni guías. Un gigante dormido.

Bordeamos “La tierra de Dinos”, en el que ahora estaban congelados, entre la espesura del pequeño bosque, los más de treinta dinosaurios robotizados que tantas muecas de asombro les roban a los chicos. Pasamos por el mini parque temático educativo de Zamba, lleno de color, magia e historia resignificada. Escuchamos el aleteo de un pájaro por arriba de nuestras cabezas. A lo lejos se recortaban los enormes pabellones de la calle principal –que ellos identifican como la “calle 1”-. El Domo blanco de la “Nave de la ciencia”. El arco de acero de la entrada. El “Coloso de energía”, que parece un robot. Al fondo se veía la autovía General Paz, el pesado tráfico de los coches, y la aeronave de Aerolíneas Argentinas. Pasamos por el galpón del Ministerio de Desarrollo Social, donde cumplen funciones cientos de beneficiarios del Plan Argentina Trabaja.

Juan me contó que era un motoquero que llevaba envíos a la Casa Rosada, y que terminó contratado por la Unidad Bicentenario. Ahora, con orgullo, contestaba mis preguntas, y hacía sus propios aportes. A pesar del sinuoso movimiento del carro, yo tomaba algunas notas en el cuaderno. Cuando pasamos frente a una gigantesca olla de agua, me contó que se trataba del aliviador para el arroyo Medrano, que corre por debajo del parque Saavedra, donde vivo, el mismo que había colapsado en abril de 2013 y que había dejado destrozos y cadáveres a su paso. A lo lejos, en un estacionamiento, un obrero, con caso amarillo sobre la cabeza, se dirigía hacia la avenida Constituyentes. Bordeamos la gigantesca torre con cajones de Coca Cola, una vieja locomotora a vapor de los Ferrocarriles Argentinos, y el “Acuario argentino”, uno de los puntos más convocantes de la última edición del parque.

Sonó la radio. Era Norberto.

Cómo llegaron acá, le pregunté a Juan, cuando estacionamos. Al parecer, cuando Mauricio Macri prohibió que la muestra se montase sobre la avenida Figueroa Alcorta, Javier Grossman –a cargo de la Unidad, y Oscar Parrilli –secretario General de la Presidencia-, sobrevolaron el predio, y no lo dudaron. Esto era un baldío, y con las obras cambiamos el ecosistema de la zona, agregó. Una vez encontramos un búho así, dijo, y con las manos graficó el tamaño del bicho. Estaba perdido, contó.

“Acá se puede profanar la cultura”, señala ahora Norberto, en su oficina, luego de chupar la bombilla. “Uno puede meterse por cualquiera de las miles de ventanas que ofrece Tecnópolis. Hay propuestas para todo el mundo”. Dice que con la materialización de la mega muestra de ciencia, tecnología, arte e industria, queda demostrado que a los sectores populares se le puede ofrecer lo mejor; que “es una inversión y no un gasto”. Todo lo contrario a aquella peyorativa frase de ‘pan y circo’. “La propuesta tiene una categoría única, en términos de producción, estéticos, y culturales”, subraya, y se refiere a la oferta técnica, y artística que los visitantes encuentran al pasear por el predio. Y no sólo los pobres. Todos los sectores sociales visitaron el predio. Más de doce millones de visitantes, sumando las tres ediciones.

La Unidad Ejecutora del Bicentenario es la que tiene a su cargo la administración del parque. Son los mismos trabajadores que organizaron los festejos por los doscientos años de la Patria, en todo el país, y dependen de manera directa de Presidencia de la Nación, a través de la Secretaría General que conduce Parrilli. Su director ejecutivo es Javier Grosman. Norberto lo nombra. Lo florea. Me promete una entrevista con él. Y cuenta que estaban en pleno preparativo de un evento que significaría un nuevo hecho cultural de enormes dimensiones: el Encuentro Federal de la Palabra.

El proyecto original de la Unidad estipulaba que la muestra de ciencia y tecnología cerrase los festejos por el Bicentenario, con una apuesta futurista, y se realizaría en los bosques porteños de la zona de la avenida Figueroa Alcorta. Pero unas horas antes de la inauguración el Jefe de Gobierno, Mauricio Macri, se los prohibió, porque se “colapsaría el tránsito”.

El parque abre de julio a noviembre. Durante el 2011 fue visitado por más de cuatro millones y medio de personas. En el 2012, debido a las lluvias, el número descendió en doscientos mil visitantes. El año pasado, de nuevo elevaron las visitas a cifras siderales. Según las estadísticas de la compañía Google, “Tecnópolis” es la palabra más buscada en Internet, y comparte el podio de las más requeridas, junto a “Facebook”, “Twitter”, y “Mercado Libre”, entre otras. Tienen más de medio millón de seguidores en los distintos canales de las redes sociales, y ni siquiera los detractores más recalcitrantes del gobierno niegan el impacto político, social y comunicacional del parque.

Leer más...

Profanar la Cultura I (crónica acerca de Tecnópolis)

Crédito foto: Área de Fotografía de la Unidad Bicentenario

Dos jóvenes gendarmes custodian la entrada del arco de piedra del ex Batallón de Arsenales del Ejército Argentino, en Villa Martelli, emblema del levantamiento carapintada que encabezó durante los primeros días de diciembre de 1988 el aquel entonces Coronel Mohamed Alí Seineldín. Él fuma un cigarrillo rubio, y es ella la que se acerca hasta el coche.

“Vengo a ver a Norberto Castañeda”, le digo. Me pide el documento, y en cuanto se lo doy, enciende un handy, transmite mis datos, y el motivo de mi visita.

Recuerdo las imágenes de la televisión de aquellos días. El verde oliva. Los fusiles. La enardecida manifestación civil en el lugar, las corridas, los disparos, los muertos. Recuerdo el pánico de mis diecisiete años. No el cielo, que debe haber cambiado durante aquella semana de tensión, pero que ahora, después de haber caído agua durante toda la noche, sigue encapotado. Por debajo, una hilera de nubes negras se mueve con la ayuda de una brisa bastante fresca.

La gendarme se inclina frente a la puerta del coche, me devuelve el documento y me indica cómo llegar al edificio “Más Escuelas”. Luego camina unos pasos, y eleva la barrera. Pongo primera, hago contacto visual con el fumador, luego con ella, le agradezco a ambos, y paso. 


Me siento especial porque es un privilegio pisar una Tecnópolis desierta. Inhalo el aire húmedo de la mañana, con orgullo. A mi izquierda adivino el espacio a cielo abierto en el que montaba sus propuestas la secretaría de Deportes, y enseguida recuerdo una preciosa canchita de fútbol, con arcos, y redes. Con mi hijo siempre terminábamos el día de paseo allí, cuando ya empezaba a bajar el sol. Todas las veces que fuimos lo hicimos con una pelota debajo del brazo.

En el 2012 nos tuvieron que invitar que a nos fuésemos, minutos antes de las diez de la noche. Entre los chicos que se sumaron a jugar había uno con la camiseta de Quilmes, espigado, de movimientos lentos, que a pesar de tener una pierna más corta que la otra, tiró dos caños exquisitos. Santino lo nombró durante varios días. Por sus virtudes como futbolista, pero también porque tenía las zapatillas destrozadas, y andaba solo, sin sus padres.

Ahora, detrás de una hilera de arbolitos, a mi izquierda, emerge una de las paredes blancas del colosal Pabellón Bicentenario, un espacio montado en el 2013, en el que se organizan espectáculos para más de quince mil almas, como el musical de Zamba, o la entrega, de parte de Cristina Fernández, de la computadora número tres millones del Plan Conectar Igualdad.

Unos metros más adelante bordeo el Skate Park, en el que ahora no suenan pistas electrónicas, ni hay intrépidos saltarines dibujando piruetas en el aire. Cruzo la vía del tren, y dejo atrás la extensa playa de estacionamiento en el que se acomodan los micros escolares. Frente a la trompa del coche –en el que ya entró el aroma húmedo de la tierra-, más allá de la Plaza de las Banderas, asoma el cuello de un dinosaurio.

Luego de estacionar, me meto en el edificio de una planta “Más escuelas”. El pasillo está oscuro, y húmedo, pero luego de unos segundos distingo los rostros de los muñecos de dos metros de altura que se recortan entre las sombras. Son Roberto Fontanarrosa y Arturo Jauretche. Dos marionetas que nunca pudieron ser usadas en el gran corso porteño que la Unidad Ejecutora del Bicentenario había organizado para el carnaval de febrero de 2012, en la Avenida de Mayo, ya que unas horas antes una formación del ferrocarril Sarmiento se estrellaba contra la contención de acero del andén, en Once, y provocaba la muerte de cincuenta y un compatriotas.

Norberto no está, pero un compañero suyo me hace pasar a su oficina, en el primer piso. Una tibia penumbra baña todo el ambiente. Contra la pared del fondo hay un plasma de cuarenta y ocho pulgadas, y a un metro de distancia, una mesa ratona de vidrio, y dos sillones de cuerina blanca, enfrentados. Intuyo que ahí debe haber resuelto o negociado unas cuantas urgencias. Del otro lado está su escritorio, con tres monitores. Uno, marca Apple, para la computadora, y los otros dos para transmitir las imágenes de las sesenta cámaras de seguridad que hay instaladas en los puntos estratégicos de las más de cincuenta hectáreas del predio.

Luego de algunos minutos, llega mi anfitrión. Me saluda, exultante, y su vozarrón rebota contra las blancas paredes de la oficina. Mide más de un metro ochenta, y calza por lo menos cuarenta y cuatro. Tiene una sombra de barba, y el pelo desordenado.

El hombre que ahora tengo enfrente y cuya figura se recorta contra la luz que se filtra por la ventan, fue maestro mío en un establecimiento educativo que dependía de la Asociación Filantrópica Argentina. Un muy buen tipo, que nos dio las primeras herramientas para que empezásemos a crecer. Siempre lo respeté, y le tuve mucho aprecio, porque junto a los directores, y un puñado de colegas, acompañaron mi dolor, silencio, y desorientación, en noviembre del 76, cuando el Ejército Argentino asesinó a mi padre. Yo tenía cinco años.

Luego lo dejaría de ver, pero muchos años más tarde lo encontraría en las calles levantando las banderas del kirchnerismo. Yo ya sabía que era peronista y que había dedicado su vida a la educación. Él, en cambio, creo que no se asombró al verme defendiendo a los que venían enfrentando a los grupos de poder de nuestro bendito país.

Nos damos un abrazo, y palmadas en la espalda. Él está al frente de la Unidad Operativa de Tecnópolis, y yo vengo en calidad de cronista. Antes de sentarnos, le pide a uno de sus colaboradores que por favor le prepare un termo y un mate.

Leer más...

Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios