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Soy otro despedido

Al viejo empleado de Recursos Humanos le temblaba el labio inferior cuando me estrechó la mano y me pidió que lo acompañe a su escritorio. Mientras atravesamos un corto pasillo sentí una piadosa mirada de algunos trabajadores del sector. Por favor andá leyendo el escrito, me indicó el señor ni bien nos sentamos. Están prescindiendo de tus servicios, soltó, en un susurro. “Por razones de reorganización administrativa y reestructuración de personal”, justificaba una subsecretaria en la notificación, compuesta por tres hojas escritas en un lenguaje administrativo que a lo largo de los cinco años que trabajé en la administración pública nacional nunca terminé de decodificar.

La planta transitoria a la que había logrado acceder hacía unos dos años, significaba entre otras ventajas, una garantía de estabilidad laboral. Siempre y cuando el Estado estuviese a cargo de un proyecto político que defendiese a los trabajadores, claro. Ahora que nos gobierna una alianza de mentirosos, estafadores y perversos, el tipo de contrato se convirtió en un arma de doble filo. Al vencerse, me soltaron la mano. Me despidieron. Sin tener claro qué tareas estaba realizando en el organismo en el que trabajaba, si era útil o hasta imprescindible. Hay que echar. Ajustar. Hablar de ñoquis, grasa militante, sinceramiento y modernización. Perseguir, si se trata de hombres y mujeres identificados con el kirchnerismo. Mientras, ocupan los cargos con amigos y familiares, que cobran el triple de dinero de los que percibíamos la mayoría de nosotros.

Entramos a trabajar al Estado de la mano de un proyecto político atrevido, transformador, excepcional, con la intención de aportar a la construcción de un país más justo, y serio. La gran mayoría de nosotros venía de trabajar en el sector privado y desconocía los laberintos y complejidades de la organización que más trabajadores emplea en nuestro país. Nos chocamos de frente con su burocracia, pero también con su gente, empleados públicos que en muchos de los casos mostraron indiferencia, desconfianza y también hostilidad. Pusimos nuestro tiempo, cuerpo y corazón. Cometimos errores, algunos groseros. Por inexperiencia, por limitaciones o deficiencias personales y colectivas. Pero en general nos dedicamos a trabajar por la construcción de un Estado al servicio del pueblo. Tanto a través de la modernización de algunos instrumentos como en el diseño de nuevas políticas públicas. Como generación, dejamos nuestra huella. Algunos nos recordarán con una orgullosa melancolía. Otros, con un envenenado resentimiento.

Me sobraban las razones colectivas para detestar a los hombres y mujeres que hoy gobiernan nuestro país. Ahora sumo motivos personales. Muy delicados. Para echar gente de su trabajo tenés que ser un miserable. Ni hablar si se trata de miles, que por otro lado, al quedar afuera de la rueda productiva, ponen en riesgo escenarios mayores. Son eso: miserables. Hoy está más claro que nunca, con el desastre que están generando por medio de sus decisiones. Solo por medio de la mentira y la estafa montada por las grandes empresas de medios de comunicación se explica que la mitad más uno de nuestro pueblo haya visto en ellos la posibilidad de prosperar.

Así es que me sumo al espeso y doloroso cuerpo de despedidos. No sé si volveremos (en el corto plazo). Pero vamos a defender nuestros derechos con la convicción de siempre.

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Estado, organización y lucha


Somos parte de una generación que durante los últimos seis, siete, ocho años (la falta que hacen, cuánto los extrañamos, carajo) valoró, defendió y puso la cabeza y el corazón para trabajar en la gestión del Estado nacional, y ponerlo al servicio de las necesidades del pueblo y los intereses de la Nación. Así, en esos términos. Quién hubiera pensado que nosotros, que en la adolescencia puteamos a esa entelequia llamada Estado hasta quedarnos afónicos, le tiramos cascotes y hasta alguna molotov mientras sus guardianes nos reprimían en los recitales, en la cancha, en el barrio y en las marchas, mientras el país se incendiaba y los genocidas caminaban sueltos por la calle, algunos años después citaríamos a un ministro de Economía -parecido a nosotros en muchos sentidos- en una red social, una pared, o en una revista impresa, al exclamar que el Estado nacional es la herramienta más poderosa con la que contamos para transformar la realidad. Ese mismo Estado que nos hambreaba y reprimía ahora sabíamos que podía jugar a nuestro favor y del país. Qué pasó en el medio. Nos gobernaron hombres y mujeres que no solo irrumpieron en la vida política del país flameando las mismas banderas que nosotros y nuestros padres, sino que las llevaron a la victoria, desde la mismísima Casa Rosada, que pasó a ser nuestra, de todos y todas.

Pero de repente, sin que estuviésemos preparados, el desasosiego volvió a apoderarse de nosotros. Los impresentables se apropiaron del Estado, echaron a miles de trabajadores y desmantelaron políticas públicas vitales. Estamos golpeados pero también llenos de resentimiento, porque el nuevo gobierno no solo está avanzando de modo brutal contra el pueblo, sino que a nosotros, como generación política, nos persiguen por haber engrosado y por habernos enfiestado en el proyecto político que pateó el tablero a favor de las mayorías y en detrimento de los sectores que siempre ejercieron en nuestro país una hegemonía económica, política y cultural. Somos millones los que defendemos un ideario que entre sus prioridades explicita que apostamos a un Estado presente, inclusivo y regulador de las inequidades implícitas del mercado.

Por eso en el nuevo número de la revista Kranear, junto a Rocío Bilbao y Celeste Abrevaya decidimos poner blanco sobre negro en relación al rol del Estado. Cuando está a cargo de un proyecto político popular o en manos de un grupo de gerentes crueles, omnipotentes e inescrupulosos. Nos ocupamos del tema en las ochenta páginas de la nueva edición, que en su tapa tiene una ilustración de Andy Riva, y en el que opinan y escriben, entre otros, Axel Kicillof, Alfredo Zaiat, Juan Carlos Junio, Roberto Baschetti y Daniel Catalano, de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). 






Justamente, fue junto al joven y combativo secretario general de los estatales y el comunero por el Frente para la Victoria, Osvaldo Balossi, que presentamos la revista frente a un gran número de compañeros, amigos, familia y vecinos del barrio de Caballito. Organización y lucha fueron los ejes más importantes de las intervenciones y el posterior intercambio de palabras con algunos de los invitados, por medio del micrófono. Siempre atravesados por un desagradable sentimiento colectivo de angustia y resentimiento del que hablábamos más arriba. 






Por suerte, los que hacemos la revista, también pensamos en una faceta artística para la presentación. Sucedió de un plumazo en el sorprendente sótano de la unidad básica. Allí habíamos montado una muestra de fotos de las llamadas Plazas del Pueblo, en las que decenas de miles de compatriotas se vienen manifestando desde el 10 de diciembre de 2015. Fue allí que Ramiro Abrevaya tocó un par de canciones, a voz de cuello, y Sol Giles, en nombre de los Poetas Peronistas, leyó unos versos. Éramos veinticinco personas. En ronda. En silencio. Afiebrados a las palabras y a los sonidos. Con el estómago abierto a nuestros miedos y esperanzas, mientras los más chicos, vivos como una correntada de fresco, jugaban en el piso, ajenos a la insoportable nueva realidad.

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Nuevo número de la Revista Kranear


La nueva edición de la revista Kranear está dedicada a un único tema: El rol del Estado. Un Estado que la generación de los que tenemos entre treinta y cuarenta años pudimos disfrutar y luego defender porque no solo fue utilizado para garantizar el cumplimiento de los derechos de las mayorías sino también para promoverlos y expandirlos. Un Estado que funcionó a todo vapor a favor de la inclusión social y los intereses nacionales, y que fortaleció las instituciones de la democracia. Ahora que el Estado está en manos de hombres y mujeres que tienen empresas fantasmas en paraísos fiscales y que nos hablan de pobreza cero, nos pareció atinado completar las ochenta páginas del número con un informe especial y varias notas colectoras, de la mano de dirigentes, periodistas y pensadores como Axel Kicillof, Alfredo Zaiat, Roberto Baschetti, Juan Carlos Junio, entre otros, para poner blanco sobre negro el perfil que toma un Estado en manos de un proyecto político popular, de otro antipueblo. También, como siempre, contamos con el aporte de redactores, ilustradores, fotógrafos y diseñadores.

La presentamos el jueves 5/5, en Caballito, junto a amigos y compañeros. 


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Se hizo Justicia (gracias a la injerencia del Estado nacional)


Tuve la chance de comprobar en primera persona los alcances de la nueva Justicia del Consumidor que el Gobierno nacional implementó en marzo de 2015. Había sufrido un abuso de parte de una empresa -de esos que todos tenemos que tolerar casi a diario- , y decidí hacer el reclamo en el portal web de Consumo Protegido. El trámite derivó en una conciliación, en un lugar un día determinado. No sabía con qué me iba a encontrar, pero fui. Y contra todos los pronósticos de la historia, ahora sí, con nuevas reglas de juego, le gané la disputa comercial a un gigante.

En el mismo instante que la empresa me daba la razón, tuve una conmovedora sensación, que dejó hace bastante tiempo de ser una novedad. El brazo igualador del Estado llega hasta allí donde ningún otro lo hace. Nadie se ocupará de los más vulnerables, si no es el Estado, que somos todos, y que algunos sectores de la sociedad no están dispuestos no a aplaudir, sino a tolerar, y por eso operan con tanta virulencia para dinamitar iniciativas oficiales que tengan que ver con un país más justo y equitativo.


Acá está la historia: http://bit.ly/1TZapai

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Manu y Santino Dios

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