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El juicio de los carniceros

Carlos Pisoni es un referente de la agrupación H.I.J.O.S y un fanático del asado, aunque no tiene ninguna relación con el relato que aquí se desarrolla.
Cuando pasé frente a la carnicería de la avenida vi que no había más de cinco personas. La fiebre de consumo de la víspera de las fiestas me ponen de mal humor. Y más aún en estas fiestas, en las que no hay nada que festejar, más bien lo contrario. Pensé en darme un gusto para la cena y enseguida entré a comprar un kilo de milanesas. Ni bien hice dos pasos sobre los azulejos claros del negocio, el tono jocoso de un cliente me tensó hasta los músculos del cuello. “Como Cristóbal López, ¿no? Jajaja...”. El hombre que había soltado la frase estaba justo delante mío. El carnicero le sonrió y enseguida levantó un soberano corte de más de dos kilos de vacío. “¿Así está bien?”, quiso saber. El hombre asintió con la cabeza. Estaba solo, o eso parecía. Vestía una camisa de mangas cortas y de color turquesa, a cuadros, bermudas también claras, y zapatos náuticos. “Vos sos de los que festejan que metan presa a la gente, ¿no?”, le dije, sin darme un segundo para pensar si era conveniente o no lo que acababa de hacer. Aparte de hablarle en la nuca, le golpeé el hombro con el dedo índice. Era alto, de espaldas anchas. Se dio vuelta. “¿Por qué lo decís?”, me dijo, con el ceño fruncido. Tenía bigotes y cejas negras, frondosas. La piel muy tostada. “Porque te escuchamos todos”, alardeé en voz alta. Aparte de los tres carniceros, detrás del mostrador estaba la encargada, o dueña, atendiendo a una clienta. En la caja, su hija -eran idénticas: la misma nariz y color de ojos, aparte del color rubio del pelo y una falsa sonrisa en la comisura de los labios-. “Estoy contento, sí, un ladri menos”, se plantó el hombre. Las diez personas que estaban en el negocio habían hecho silencio y nos observaban. Yo tenía ojos solo para el señor. “Por eso digo: sos un vigilante que te alegrás con la desgracia ajena”, apunté. “Y vos un defensor de los chorros”, me devolvió, para luego dar media vuelta y dirigirse al carnicero: “Así está bien, querido. Agregame un kilo de achuras y pasame la cuenta, por favor”. “Ni sabés por qué lo encanaron”, retomé. “Por corrupto”, dijo, ahora frente a mi nariz. Olía a perfume seco, caro. “Por evasor”, corregí. “El mismo delito que cometieron toda la vida todos los ministros de tu gobierno y ni hablar tu presidente”, agregué, en puntas de pie, para igualarlo en altura. Ya había cerrado los puños y estaba listo para pegar o recibir: El universo entero se había reducido a esa mirada altiva y el color aceitunado de su piel. Un hombre de remera negra se interpuso entre nosotros. “Aflojen, muchachos, no es para tanto”, dijo, y nos invitó con sus antebrazos a tomar distancia. Yo me dejé llevar. El otro quedó caliente como una pava. Pasó de celebrar el clima de época delante de todos nosotros, como si fuese el anfitrión de un asado entre ex compañeros del colegio Newman, a tener que tolerar la mirada no inquisidora, pero sí incómoda, de un grupo de personas. Se le había acelerado la respiración. “Por favor, acá estamos trabajando”, intervino la dueña, una cincuentona con la vida ya hecha a la que le tenías que pedir el ticket de compra, luego de pagarle. “Sabés lo que pasa”, le dije a ella y al resto, “yo no quiero vivir en un país en el que haya presos políticos”. “Ah bueno”, dijo el otro, con gestos ampulosos. “Háganse cargo, muchachos. Ustedes se robaron hasta el agua de los floreros”. El veneno se me subió a la cabeza en un milisegundo y me lancé hacia el hombre como si fuese un pitbull enfurecido. 

** 

Cuando volví a abrir los ojos, los tres carniceros estaban sentados a mi lado, detrás de una mesa de fórmica blanca, y frente a nosotros, desparramado sobre una silla de color plateada, el hombre de camisa a cuadros y piel aceitunada. Detrás de él, y de pie, se extendía una tribuna colmada por unas quinientas personas, de todas las edades y alturas, y pesos, que flameaban banderas también blancas, que su centro tenían un dibujo de un bife ancho, y adentro, centradas, las iniciales MCN. Estábamos en el interior de una carpa de circo, o domo, iluminados por faroles de tipo sol de noche, ubicados en los pasillos (uno que nacía en el medio de la tribuna, y los otros dos, que nacían a los costados).  
- Cómo es su nombre y su profesión -pregunté yo.
- Me llamo Juan Carlos y soy comerciante.
- ¿Casado o soltero? ¿Hijos? -seguí.
- Divorciado. Tres hijos.
- ¿Tiene militancia política? -quise saber.
- No me interesa la política.
- Sin embargo hoy se lo vio muy contento con una decisión oficial que nosotros enmarcamos en la oscura realidad política que vive el país – dijo el más joven de los carniceros. No se había sacado el delantal, que en la zona del pecho tenía restos de de sangre seca, ni la gorra blanca.
- ¿Tiene algún vinculo con funcionarios o militantes del Gobierno? -consulté.
- Nada. Solo una prima lejana que consiguió un carguito en la legislatura porteña, cuando ganaron en 2015.
- ¿Tiene algún familiar que esté al frente de una sociedad protectora de animales o de una agrupación de vegetarianos? -dije.
- No.
- Soy un laburante. Todo lo que tengo me lo gané solo. No cobro planes. Nadie me regaló nada - aseguró -. Y luego dijo: - ¿Ustedes quiénes son?
- Tres trabajadores y un ciudadano a pie, que junto al resto de los mortales que nos acompañan ahí enfrente -hice un movimiento ascendente con la cabeza en dirección a la tribuna– conformamos el Movimiento de Conciencia Nacional (MCN).
- Usted está equivocado en relación al caso Cristóbal Paleta, y para colmo va por la vida celebrando su detención, y que un gobierno despiadado encarcele personas por faenar animales en una ruta– dijo el carnicero del medio, de unos treinta años, pelo negro, mirada vizca. Como el más joven, había dejado su cuchilla personal sobre la mesa. También llevaba puesto el delantal lleno de sangre seca.
- Nuestro anhelo es que usted hoy se vaya de aquí con otro tipo de certezas - dijo el joven.
- ¿Ustedes me están enjuiciando? -el hombre arrugó la cara.
- Somos un tribunal, sí.
- Todos los que asaltan un camión cargado de vacas deben ir presos, no me jodan, hablamos de propiedad privada - bramó, y se revolvió en la silla. Se había desabrochado dos botones de la camisa. Estaba acalorado. Se le notaba en los pómulos, que ahora tenían un color rosado intenso.
“¡Manipulable! ¡Colonizado! ¡Medio pelo”, le gritaron de la tribuna, en la que se producía un efecto visual sinuoso, como un oleaje, producto del constante movimiento de las banderas de mano.
- Se trata de una detención ilegal, señor Juan Carlos -le dije.
- Para la tele -agregó el carnicero más chico.
- Para pobres tipos como vos -sumó el del medio, un misionero de mediana estatura y pelo rubio, nacido probablemente de la mezcla de europeos y nativos de la tierra colorada.
Por un instante en el domo se escuchó solamente el aleteo de las banderas.
- ¿Juan Carlos es un pobre boludo que se come el verso de los medios de comunicación, o un cómplice del oficialismo? - subí la voz en dirección a la tribuna.
Las respuestas estuvieron divididas. Hubo algunos gritos y hasta voló algún cachetazo.
Cuando el menor de los trabajadores de la carne se puso de pie y golpeó la fórmica con el mango de su cuchillo, el domo recuperó su clima marcial.
- Pase por favor -dijo con un movimiento de brazo, y por el pasillo derecho apareció el hombre de la remera negra que nos había separado en el negocio. Se paró frente a nosotros. Le pidieron que cuente los hechos. Luego, una opinión:
"Yo creo que se trata de un típico clase media que se cree más que su culo puede cagar más alto que el del resto, y que ahora compra al relato oficial de que hay que condenar a unos pobre diablo por faenar a unos animales en un ruta provincial. Para colmo, es de los que multiplican con su discurso la intención oficial de que nuestro pueblo deje atrás su hábito de juntarse en comunidad para comer asado y pasar a una dieta compuesta solo por verduras. Me parece condenable a inadmisible".
La tribuna celebró la intervención con ruidosos aplausos.
- La faena de animales en la banquina de una ruta es un delito excarcelable y al empresario de la carne le están cobrando haberse plantado contra la intención del Gobierno de cambiar la dieta de la ciudadanía – disparó el carnicero más chico.
- Y del resto de los detenidos, ¿me va a decir que ninguno es culpable? -interrogó el hombre de camisa.
- A todos ellos les dieron prisión preventiva, sin haberlos condenado en un juicio Juan Carlos. Son perseguidos políticos - apunté.
De la tribuna bajó un aplauso cerrado. Luego, solo uno habló desde el fondo, con el pecho inflado: “Y las medidas antipopulares del gobierno tienen consenso en ciertos sectores porque hacen mella en tipos como vos, pelotudo”. Bajó otro aplauso cerrado. En seguida llegó la respuesta desde la otra punta de la tribuna: “Este no es ningún nabo. Cuando en la carnicería hace esos comentarios, lo que quiere conseguir es más adeptos para el relato del Gobierno de que el consumo de carne es nocivo, que no hay que juntarse con el otro a asar carne o tomar vino; o sea: este tipo es parte del engranaje con el que intentan inyectar veneno en la subjetividad colectiva del pueblo”. Más aplausos y vivas.
El testigo se sentó a un costado, contra una columna, debajo de un sol de noche. La mueca que le ganó el rostro denotaba curiosidad y entusiasmo. 

- ¿Usted sabe qué es el debido proceso? -fue la primera vez habló el carnicero más grande. Tendría unos cincuenta años. Ya se había sacado el delantal. Usaba lentes. Vestía de jeans y una remera gastada, con marcas de lavandina en uno de los hombros.
- No.
- ¿La presunción de inocencia?
- Tampoco.
- ¿El Estado de derecho?
- Menos.
- Entonces me encargaré de impulsar que una de las obligaciones que le imponga este tribunal sea sentar el culo en una silla, ¡y estudiar! - gritó el carnicero más experimentado. Se había puesto de pie. Con el brazo derecho agitaba un gancho de carnicería. En la tribuna sus palabras fueron festejadas como un gol en la última jugada del partido.
- ¿Tienen alguna idea acerca de dónde se saca el corte denominado “asado” en el cuerpo de un animal?
- No.
- ¿La nalga, que por otro lado fue el corte que nuestro amigo fue a comprar la carnicería en la que tuvo el infortunio de cruzarse con usted?
- Tampoco.
- Menos idea tendrá, entonces, de dónde se saca el osobuco para las sopas que se cocinan en los barrios.
El hombre negó con un movimiento de cabeza.
- O sea que podemos dar por hecho que usted suele hablar de un tema sin conocer el paño, digamos.
- ...
- Hasta el 2015 estaba mejor o peor que ahora con la ingesta de asado, vacío y achuras -pregunté.
-…
- Juan Carlos, por favor.
- Luego de rascarse la cabeza, dijo:
- Mejor.
- ¿Sus conocidos, sus vecinos?
- Lo mismo.
- Y sin embargo es una publicidad andante de la intención oficial bajar el consumo de carne en la Argentina -puso de relieve el mayor de los carniceros del tribunal.


“Una condena ejemplar
Queremos para hoy
Una condena ejemplar
Del tribunal superior y popular”, bramaba la tribuna. Las flameadoras revoloteaban con tanto entusiasmo que rozaban la lona blanca del techo del domo. Era conmovedora la imagen de más de quinientos bifes anchos revoloteando en el aire.
Fue en ese momento que desde el techo, a la altura de nuestras espaldas, comenzó a descender una cadena de acero, que en la punta tenía enganchada la pata de una fabulosa media res, no solo por su color fresco, rozagante, sino por su tamaño y y textura. Un bicho espectacular. La tribuna volvió a explotar de algarabía.


- Sabe qué, Juan Carlos -comenzó el mayor de los profesionales del corte de carne, siempre de pie: - usted como mínimo es un irresponsable, y aparte, un cínico, por que disfruta, goza, al propagar una mentira oficial, y también es una mala persona, por fomentar entre sus compatriotas, que desde el fondo de la historia nacional se juntar a comer un asado, que ahora debemos deglutir verduras, y apostar al empredurismo de las huertas orgánicas y otras ideas del estilo. Lo que necesitamos es trabajo, para que todos tengan el mango que hace falta para comer un asado con la familia y los amigos.
Juan Carlos ya no oponía resistencia. Tenía la mirada torva, los hombros caídos, las manos sobre los muslos de su bermudas de color caqui.
- Nosotros creemos en la división de poderes, señor. Si un tribunal encuentra culpables a los Cristóbal Paleta, aceptaremos la decisión, pero no podemos tolerar ni mucho menos ir por la vida celebrando que se encarcele gente por sufrir hambre -agregó el carnicero más joven. 

- ¿Usted se da cuenta que mañana le puede pasar algo similar a usted? -le advertí.
Dijo que sí con la cabeza.
- ¿A sus tres hijos les inculcó sus mismas miserias?
- Solo a dos.
- ¿Y el otro?
- Come asados todas las semanas junto a los amigos y vecinos de su barrio, y cuando llega a casa cuenta que aparte de comer bien, los encuentros sirven para fomentar la organización y la lucha contra la opresión y el hambre oficial.
- Un caso perdido, indudablemente -ironicé.
En la tribuna festejaron con risas y chiflidos.
Entonces llegó la hora de deliberar el fallo. Estábamos de espaldas a la tribuna. Sentí en la nuca el aire viciado por la tensión. En un momento levanté la cabeza por encima de los hombros de mis compañeros, y puse la vista en la media res, que se balanceaba de modo casi imperceptible, como si ahí pudiese encontrar las respuestas a la complejidad y miserias de la especie humana. Luego de estrecharnos las manos y felicitarnos por “tan importante trabajo a favor de la verdad”, me dieron a mí la oportunidad de comunicar el veredicto:
- A partir de mañana, Juan Carlos, usted será un férreo converso que tanto en su vida familiar como laboral y social, deberá divulgar las virtudes que juntarse con el prójimo a comer asado, y organizar a la comunidad, para de ese modo poder contrarrestar cualquier operación oficial o mediática con las ideas y argumentos que acabamos de discutir acá. Aparte, como se dijo, deberá estudiar a nuestros grandes pensadores como Raúl Scalabrini Morcilla, Arturo Riñón, y Juan Domingo Entraña, para entender que el que roba para comer, tiene mil años de perdón. Lo mismo para aquellos que se animan a enfrentar a un gobierno mentiroso y opresor.
Los soles de noche comenzaron a desvanecerse de modo sincronizado, como si alguien los estuviese manejando desde algún tablero electrónico. La media res comenzó a ascender por donde había bajado. A pesar de la ternura de la carne, en su carrera hacia el techo del domo, no perdió ni una gota de sangre. Las banderas flameaban pero con menos énfasis, y sin hacer ruido. Nos convertimos, lentamente, en el paisaje de una película muda. Juan Carlos arrastraba sus pies, con la espalda encorvada, en dirección al costado derecho de la carpa, por el que ingresaba una potente haz de luz blanca. El testigo, al verlo pasa por su lado, le dio un golpe amistoso en el muslo de la pierna derecha.

**

Uno de los carniceros, atrás mío, me rodeaba el cuello con su brazo derecho. Otro me contenía con sus manos abiertas sobre mi pecho. Estábamos contra una de las paredes de azulejos laterales de la carnicería. El tercer carnicero generaba olas de viento con su delantal, en dirección al hombre de camisa a cuadros, que estaba tirado en el piso, de cara al techo. Parecía desmayado y tenía sangre en la boca. También me pareció ver que una compota oscura comenzaba a ganarle la zona del ojo derecho. El resto de los clientes hacían un circulo y hablaban entre ellos. En la vereda se habían juntado algunos vecinos. Yo estaba agitado. Me dolía la nariz. La palpé con la mano. Estaba hinchada y perdía sangre desde una fosa nasal. Me terminé de despabilar con los gritos de la madre y su hija. Estaban desencajadas. No quedaba nada de su falsa cordialidad. “No nos importa a quién voten ni qué pase en el país, si uno va preso y reprimieron en el Congreso. Resuelvan las diferencias afuera del local”. Afuera alguien gritó que no era todo lo mismo, que había que discutir la realidad del país. Una clienta apoyó a la dueña. El carnicero más joven aflojó la llave y me dijo que ya había pasado todo, que me vaya a casa. "Le rompiste la boca por forro", me concedió en voz baja. Me dirigí hacia la salida. Al del suelo ni lo miré. Tampoco al resto. Ya se había abierto el grupo de la gente de la vereda, para que pase, cuando escuché el grito de la hija de la dueña: “¡No vuelven más, kukas!”.

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Los cinco mitos del PRO en materia de política exterior




El jueves pasado el Instituto Patria organizó su charla número doce, a salón lleno, como todos los encuentros anteriores, para debatir acerca del rumbo que está dándole la Alianza Cambiemos a su política exterior. Ninguna sorpresa, en realidad, aunque sí vale la pena puntear algunos detalles de la intervención de Juan Manuel Karg, politólogo de la UBA y analista internacional, que habló de “los cinco mitos del PRO con respecto a la política exterior”. Yo hubiese titulado “las cinco mentiras del PRO”, porque eso hacen sus funcionarios y dirigentes de modo sistemático: mentir. Pero estaba sentado entre el público y no en el panel. Repasemos.

Lo primero que citó el joven Karg fue aquello que el PRO y los radicales sostuvieron hasta el hartazgo frente a las cámaras y micrófonos de los grandes medios de comunicación amigos: la Argentina debía volver al mundo y retomar sus vínculos tradicionales con los Estados Unidos y la Unión Europea. El panelista punteó los siguientes hechos: todavía en campaña y recién asumido, Macri se metió en la interna de la política venezolana y acudió al miserable latiguillo del respeto a los derechos humanos; su primera visita internacional fue al Foro Económico Mundial de Davos, luego de catorce años de ausencia oficial, y allí se juntó con el primer ministro inglés, David Cameron; se le pagó a los Fondos Buitres y se recibió una pomposa felicitación de parte de Paul Singer; recibimos a Obama con una cena de gala en Centro Cultural Kirchner; hace unos días el primer mandatario visitó a Juan Manuel Santos, en Colombia, en el marco del acercamiento a la Alianza del Pacífico, y aparte se juntó con Álvaro Uribe Vélez, el ex presidente de estrechos vínculos con los paramilitares que está acusado por delitos de lesa humanidad; Macri recibió en Casa de Gobierno a Sebastián Piñera y y al golpista venezolano Henrique Capriles; por último, Macri envió su apoyo a Mariano Rajoy para las elecciones españoles de días pasados. Ahí tenemos un fresco de la vuelta al mundo de la Argentina para el Gobierno nacional.

El segundo mito mencionado fue “desideologizar la política exterior”. En el Patria hubo risas y lamentos. No se conoce la opinión de Macri acerca de la Unasur ya que nunca dijo una palabra al respecto; tampoco hubo un pronunciamiento acerca del pedido que hiciese la Argentina para ingresar a los Bricks, “los países emergentes que mueven al mundo”, según Karg, y citó los siguientes hechos para graficar el mito: el hundimiento de un pesquero chino, la salida del canal de televisión rusa que inauguró Cristina y el inmediato reconocimiento oficial de parte de la canciller Susana Malcorra para el gobierno de Michelle Temer, en Brasil, mientras atravesaba un escándalo institucional de escalas planetarias. Otro fresco. Otra mentira.

El tercer mito dice que “las economías de los países del pacífico son el ejemplo a seguir”. Juan Manuel se hizo una fiesta, pero los que llenábamos el cálido auditorio del Patria sentimos cómo nos crecía un nudo en la boca del estómago. El economista dijo que el crecimiento del PBI de México, Colombia, Perú y Chile son muy parecidos a los de los países que conforman el otro bloque de la región, el Mercosur. Pero que no sucede lo mismo con la distribución del ingreso. La desigualdad, por supuesto, se acrecienta de modo notable en el primer grupo de países. Allí no tienen el nivel de organización política ni sindical que tienen nuestros países de la región, “no hay asignación universal por hijo como en la Argentina, no hay plan Bolsa Familia como en Brasil, no hay misiones sociales como en Venezuela, no hay bonos Juancito Pinto y Juana Azurduy como en Bolivia ni Escuelas milenio como en Ecuador”, detalló. Encima, hablamos de países con una enorme inestabilidad política. Mencionó, entre otros ejemplos, los 27 mil desaparecidos de México, desde el 2007 a la fecha, a causa de la guerra por el manejo del narcotráfico.

El cuarto mito es que el PRO y los radicales dicen que la Argentina ingresó a la Alianza del Pacífico. En realidad se trata de una alianza que tiene cuatro miembros pleno y cincuenta observadores. Para ser miembro permanente, la Argentina debe firmar dos tratados de libre comercio. Eso todavía no sucedió.

La última mentira que propagan los voceros del Gobierno nacional es que “los Estados Unidos y la Unión Europea van hacia su recuperación económica”. Karg la desarmó en menos de dos minutos. Luego compartió algunas conclusiones y le pasó la palabra a sus compañeros de panel, Paula Español y Arnaldo Bocco. Miente, miente que algo quedará. Esa es una de las consignas más relevantes del manual que el PRO utilizó para ganar el poder público de nuestro país, con el apoyo del blindaje mediático de los medios de comunicación destituyentes, por supuesto.

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Presente

El presente continuo

Hay una diferencia esencial entre el kirchnerismo y el macrismo: la forma de abordar el presente cuando gobierna.


El kirchnerismo anunciaba de forma permanente medidas que -en general- favorecían a la gente. Las concretaba, le ponía nombre, ponía funcionarios y se abría la atención al público: jubilaciones, asignaciones, empleo joven, subsidios, vacunas, vuelos, trenes, Tecnopolis, Centros Culturales y la lista sigue hasta agotar.
El macrismo en cambio está todo el tiempo diciendo lo que va a venir, lo que alguna vez nos va a tocar si nos portamos bien: habrá producción, habrá empleo, habrá pobreza cero, habrá seguridad, habrá transparencia, habrá modernización. Como dijo hoy Axel K, van corriendo la zanahoria: sacan el cepo (no alcanza), hay que arreglar con los buitres (no va a alcanzar), después tocará el FMI. Y así. Mientras tanto decenas de miles de personas son echadas de sus trabajos, los derechos se van ahogando en un mar de incertidumbres y los hechos de violencia se reproducen.
Estás muy politizado
Cosas obvias y trilladas: la política es un mundo de símbolos y los medios de comunicación tienen más poder que miles de políticos con poder.

Ahora bien: ¿Dónde está el límite social? ¿Cuándo aparece el límite social? ¿Cuándo aparece la realidad?
Estos delincuentes, empobrecedores y violentos no pueden salirse con la suya. A tres meses de gobierno es más que claro que si les va bien a ellos nos va mal a todos.

Por eso tampoco se entiende el rol de ciertos políticos que supieron acompañar otras políticas. La sensación que tengo es que, otra vez, se alejan de la sociedad, como en los 90. Pero tiene sus razones.


El triunfo del macrismo fue también el triunfo de la despolitización. Ganaron los que batallan para que nadie se involucre. Con el verso de la modernización, y una gran política de marketin, nada se discute ni se debate. La política está al servicio de la gente, dicen, mientras en la agenda política solo se habla de pagar bonos que pocos argentinos tienen y que fueron adquiridos por buitres que se aprovechan de lo peor del sistema capitalista.
Ese marco genera que ciertos políticos vuelven a sentir que lo suyo es un oficio, no una responsabilidad, un trabajo específico y no un compromiso. En una Argentina que promueve que el pueblo no se politice, la política -piensan algunos- queda para los políticos y aparece lo peor de ellos. Esos "políticos" se empiezan a entender con "los políticos" y no con el pueblo, apoyándose en falsas encuestas donde vale lo mismo la ropa de Awada que el trabajo de los argentinos. Ojala paguen socialmente el daño que están haciendo. El tiempo es sabio y la paciencia sabia.

Bancamos al bloque del FPV que tiene una posición ideológica, consecuente, una decisión política, no de "políticos", sino de militantes políticos, una decisión sostenida en un programa de ideas, valores y principios y pensando en las consecuencias para el pueblo y no en las consecuencias para sus carreras políticas.








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obscena sos

obsceno fue verte hoy en la televisión
tan descontracturada
tan inmaculada
tan falsamente republicana
tan asquerosamente cínica
tan revolución de la alegría
te reías con mesura y gestos operados
almorzabas con muecas impostadas
mientras los monitos del circo del mediodía de telefé
te tiraban los centros de rigor
y justo a esa hora, qué fastidio
la gendarmería reprimía trabajadores
y uy, uno de ellos, humilde, de piel color río matanza,
en otro canal de la televisión
juraba que su heladera estaba vacía
que comían fideos precios cuidados gracias a los vecinos
pero claro
ustedes hacen política en televisión
terreno predilecto de la frivolidad
de la entrega de los noventa
del diálogo y el consenso
del cinismo repugnante
de la falta de vocación
de servicio
hacia lo público
de la falta de sensibilidad
hacia los humildes.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios