Éramos muchos los argentinos que estuvimos en Santiago de Cuba la noche del 31/12/2008. Se sabía que el primero de enero se cumplían cincuenta años de la revolución del 59, y el hecho político sería histórico.
Con mi hermano, por ejemplo, unos pocos años atrás habíamos dicho: "el 01/01/2009 tenemos que estar en Cuba". Los cincuenta años de la revolución que conmovió, e influyó, a gran parte del planeta tierra, fue la premisa.
En los alrededores del parque Céspedes, en Santiago de Cuba -ciudad del norte de la ísla donde Fidel dio su primer discurso como comandante del Ejercito Rebelde que acababa de destituir al dictador Fulgencio Batista para tomar el poder-, cuando el reloj marcaba el cambio de año, había unos doscientos argentinos -también brasileños, venezolanos, mexicanos, uruguayos y puerto riqueños, entre otros-, todos, y cada uno de nosotros, presentes en la isla por una única e ineludible razón: estar perdidamente enamorados de la revolución y de la lucha que viene dando el pueblo cubano desde hace más de cincuenta años.
Varios de los argentinos que estuvimos esa noche allí, cantando, saltando, haciendo mucho ruido, con remeras de la selección y banderas argentinas flameando en el aire como si fuese una tribuna de fútbol, ante la atónita mirada de los cubanos, haciendo carne una noche por siempre memorable, simpatizan, o militan, en fuerzas políticas de la izquierda tradicional, de orientación marxista, de nuestro país. Nosotros, en cambio, junto a otros tantos, somos kirchneristas, y estamos muy entusiasmados con el proyecto de país que se comienza a construir a partir del año 2003 de la mano de Nestor Kirchner.
Participamos en política y apostamos a los profundos cambios que se están llevando adelante, en su mayoría, a favor de los más desprotegidos.
Por eso, nos hace feliz saber que las reuniones bilaterales entre ambos países, a partir del viaje que hizo Cristina junto a su comitiva de dirigentes y empresarios, fueran exitosas. Nos emociona y llena de confianza saber que Cuba no está sola, que los máximos dirigentes de nuestra querida América Latina tienen, hoy, más concordancias que diferencias, y que están dispuestos a gobernar en bloque, cuidando las espaldas de los vecinos.
Festejamos, también, que Fidel esté sano, y que haya elegido a Cristina, como compañera de una fotogrtafía que recorrió el mundo entero.
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Anecdotario del viaje a Cuba IV
A lo seguro, a Cuba - Parte II
Anecdotario del viaje a Cuba II
A las tres de la mañana del dos de enero debía salir nuestro tren, desde Santiago de Cuba hasta Santa Clara (Villa Clara, para ellos, la doble L pronunciada como "ia"). Pero recién partió a las siete, con el sol ya despuntado en el horizonte, y la claridad de una mañana soberanamente despejada picándonos en los ojos.
Parte de aquellas cuatro horas muertas las usamos para leer, y el resto, para dormitar en el piso de la terminal. Los cubanos esperaron la salida del tren con una paciencia a la que parecían estar acostumbrados, doblados sobre los asientos, la cabeza sobre el hombro del de al lado, parados frente a los ventanales, o hipnotizados frente a dos televisores de veinte pulgadas que perdían la imágen y el audio cada dos minutos.
Cuando se escuchó, a la distancia, el pitazo de la locomotora que hacía su entrada en la vieja estación, nos pusimos todos de pie, nos cargamos las mochilas y bolsos, y después de hacer una fila, salimos al andén en manada.
Nuestro vagón tenía un pasillo que iba de punta a punta (dos personas charlando en el pasillo eran multitud y había que correrse para que pasase el pasajero), y divididos por una puerta corrediza cada uno, unos diez o doce compartimentos donde cabían seis pasajeros con sus bultos: tres de un lado, tres del otro, enfrentados. Los asientos eran de cuerina roja y sobre las cabezas estaba el portaequipajes.
Aunque uno no estuviese en Cuba, charlar con el esporádico compañero de viaje se convertía en una obviedad, porque uno los tenía ahí, al alcande de la mano, y porque el viaje duraría unas doce horas.
-¿Españoles? -nos pregunta un hombre de buena contextura física, de unos cuarenta años, con la gorra dada vuelta, como los beisbolistas, remera, jean.
- Argentinos -devolvemos, una vez más (no era la primera vez que nos confundían con Españoles).
El hombre sonrie. Está sentado junto a nosotros (Sofía y yo), y en el asiento de enfrente está su mujer, de su misma edad, y el nene de ámbos, un flaquito muy simpático que nos acababa de convidar unas galletas dulces.
- ¿Hacia dónde van? -pregunta el hombre. La mujer, y el nene, también prestan atención.
- A Santa Clara.
- La ciudad del Che.
- Exactamente.
- ¿Les gusta Cuba? - ahora es ella la que pregunta. Tiene el pelo recogido, delineador en los ojos, una remera y pollera de jean. En la falda, un bolsito de mano.
- Nosotros, los argentinos, estamos enamorados de la revolución, y de la lucha del pueblo cubano a lo largo de estos cincuenta años -digo, y sé que estoy tomando un riesgo del que puedo salir golpeado-. Venimos a escucharlos a ustedes, a aprender. Nos gustan sus playas, claro, pero las razones que nos traen hasta acá son pasan por otro lado.
Al lado de la mujer, hay una parejita joven. Ella está recostada sobre el cuerpo de él. Los dos nos miran con interes.
La charla se interrumpe porque una mujer, también de color (como la familia): la guarda del vagón (cada vagón tiene su propio guarda). A pesar del calor, lleva un atuendo sencillo y prolijo. Su única herramienta de trabajo: una birome y unas planillas. La vimos trabajar sin descanso, y con mucha paciencia, para acomodar a las cientos de personas que buscaban su lugar, entre bolsos, paquetes y mucha desorganización. Existía una pequeña sobreventa de pasajes, y algunos se quejaron a los gritos. La señora, con una vocación de servicio envidiable, se bancó todos los reclamos, y resolvió cada uno de los problemas. Desde la puerta corrediza nos recorre con la mirada a los siete, y nos pide el boleto. Revisa, agradece, y se retira.
- No está facil la cosa, amigo -vuelve a tomar el hilo el padre-, pero estamos acostumbrados. Trabajo hay, pero lo que falta es el dinero.
- El cubano se las arregla de la manera que sea -interviene el chico que está con su novia (ella, la novia, asiente con la cabeza) -. Yo era muy chico, pero dicen que el período especial (cuando cae el muro de Berlín, y la Unión Soviética, a fines de los años ochenta), fue realmente muy duro.
- ¡Ay, compay! -exclama el padre, riendo (para no llorar)-, si la habrá sido duro aquello... no, ¿mujercita?- le dice a su esposa. Ella asiente con la cabeza pero pierde la vista en la vegetación verde espeso que va quedando atrás del otro lado del vidrio sucio del vagón.
- Pero ahora estamos mejor -dice la flaca que que no debe tener más de veinte años.
- En nuestro país hay mucha gente sin trabajo -digo yo.
- Y sin vivienda, educación y salud -agrega Sofi.
- Pero pueden viajar, venir a Cuba, u otro país -retruca el padre.
- Nosotros sí -y me marco el pecho con el dedo índice -, pero hay muchísima gente que no tiene la posibilidad de viajar, ni de formarse, ni de acceder a un hogar, o a un plato de comida.
- Menem -tira él, de la nada, y nos saca una sonrisa. Inmediatamente percibe que nos acaba de sorprender y el brillo de sus ojos negros brilla aún más que hasta hace un rato. Se da vuelta la viscera y la pone para adelante.
- La dictadura de los años setenta, el neoliberalismo salvaje de los años noventa, la corrupción, la negligencia y traición de nuestra clase política: treinta años de devastación política, social y económica que nos dejaron en la ruina -resumo, arbitrariamente-, y esa es la historia de toda américa latina, y central, salvo la de ustedes, claro.
- Los desaparecidos, el plan condor -vuelve a agregar el padre de la familia, entonado.
- ¿Cómo sabes tanto de la Argentina? -pregunta Sofi, entre risas.
La charla se había puesto sabrosa. Los cubanos nos sorprendían a cada momento, y era muy frecuente encontrarte en medio de una charla sobre política, economía, ciencia o historia, con cualquier hijo de vecino.
El hombre abraza a su hijo, le acaricia la cabeza con su manota negra. Cruzamos la mirada. Sonrío.
- ¿Tenés? -me dice, en tono confidente, apuntando su mirada al nene.
- Sí, uno. Santino.
- Yo tengo tres -y continua con los mimos en la cabeza del nene que, insistía, ajeno al micro clima flotaba dentro del tren destartalado que atraviesa a la isla de punta a punta, con la pregunta de cuando llegan.
- Miren -dice la mujer la madre del nene, y se acomoda en el asiento-, yo soy directora de una Escuela en Camaguey -una pequeña ciudad a que llegaríamos en un par de horas, y donde nos despediríamos de ellos-, y estoy orgullosa de serlo. Todos los chicos, en Cuba, reciben su formación obligatoria hasta noveno grado. Ese es mi legado, mi aporte a la causa. Y la verdad es que tenemos muchas necesidades, ahora, por ejemplo, faltan docentes, porque muchos prefieren salir a hacer un dinero por otro lado, y el gobierno tuvo que convocar a aquellos que ya se jubilaron para cubrir el déficit, pero ahí estamos, trabajando todos los días con la misma convicción.
- Allá, en nuestro país, los chicos van a la Escuela no solo a estudiar, sino también a comer, a ser contenidos socialmente porque muchos de ellos tienen a las familias desarraigadas, sin trabajo, gente que está totalmente afuera del sistema productivo.
Tanto ellos, como nosotros, cuando escuchamos al interlocutor de turno, afirmamos con la cabeza.
- Los padres de nuestros chicos participan del proceso de formación de sus hijos -ahora es ella quien le pasa la mano por la cabeza al hijo, ni bien él se desparrama sobre su falda-, y en cuanto notamos que alguno de ellos tiene una alguna deficiencia, los convocamos. Y tienen que responder.
- Yo estudio medicina y él física -es la chica que viaja con el novio quien pone su grano de arena-, y estamos agracedidos de tener esa posibilidad. Sabemos que en otro lugares no todos tienen las mismas oportunidades, como dicen ustedes, y a pesar de que tenemos mucho por mejorar, porque es verdad, los problemas existen, estamos contentos con nuestro país -afirmamos una vez más con la cabeza, presos de una excitación feroz que nos tiene clavados a los asientos. La pareja de padres los miran complacidos.
Al rato, la parejita también convidaría con galletas. Nosotros, que no teníamos casi nada encima, le pedimos el mate a Riki y Juli, que íban en el compartimento de al lado, junto a un grupo de venezolanos, chavistas, y tirámos el as de espadas: una vuelta de mate para cada uno. "Cumple una función social", les aclaramos. Uno a uno, y con el temor propio de lo desconocido, fueron chupando de la bombilla, a pesar del calor, y las risas de todo el resto (especialmente del nene que nos contó que él íba a estudiar para ser profesor de educación física).
Cuando llegó la hora de despedirse, les dediqué el libro "Gracias por el fuego", de Mario Benedetti, que llevaba encima: "Para la familia cubana, de parte de un grupo de argentinos que pisamos su tierra con el único objetivo de aprender de un pueblo que ha dado enormes muestras de dignidad y valor".
No los depedimos con el brazo por afuera de la ventanilla porque se había llenado de gente que le compraba cositas para comer y tomar a los vendedores que ofrecían sus productos a los gritos desde el andén, pero el saludo, en la puerta del compartimento, fue muy fraternal, sincero, y emotivo.
A lo seguro, a Cuba
La definición más contundente y más fiel que me traje de Cuba es la siguiente: La sociedad cubana es muy sana. Digo que es mi frase fiel porque no me genera contradicciones decirlo. Otras cosas que uno piensa de Cuba, las dice y después se queda pensando si es tan así. Aparecen las contradicciones. De esta estoy seguro. Y de eso voy a hablar, de la seguridad. En Cuba no hay alarmas ni seguridad privada, no hay pedidos de mano dura ni correos electrónicos explicando cómo hacer para caminar de noche por el centro sin que te roben, no hay secuestros ni mentiras de secuestros. No hay inseguridad ni mucho menos sensación de inseguridad. No hay violencia.
Cuando desde ciertos sectores decimos que lo primero que tenemos que garantizar es la seguridad de los derechos no estamos tirando palabras al viento desde una tarima de los derechos humanos, estamos diciendo, primero, que la inseguridad se resuelve integrando y fundamentalmente resolviendo otras cuestiones diferentes al delito.
Es cierto que la cuestión en Argentina es mucho más compleja. Y todo es urgente. Hay inseguridad y sobre todo hay medios masivos de desinformación que aumentan diariamente la sensación de seguridad. En Cuba, en cambio, todos comen, cuando decimos todos es todos, no es una general, no es una mayoría, no es un decir, es todos, todos tienen la libreta de Control de Ventas para Productos Alimenticios.
Los hospitales funcionan para todos y están cerca de todos: donde hay población hay centro de salud. En Cuba todos van al colegio, todos terminan el secundario y muchos la universidad.
Otra cosa, algo de color. La Policía, aunque siempre es policía y entonces siempre estará del otro lado, es la Policía Nacional Revolucionaria. Suena lindo.¿Se imaginan un cabeza de tortuga de la bonaerense con la palabra revolución en el pecho? Se autotortura.
Cuba nos dice cuáles son las cosas importantes. El resto del mundo decora la torta y muchas veces la decora sin tener nada adentro. ¿Seguro? Si, seguro. A seguro no se lo llevaron preso. Está en Cuba.
Escribir Cuba
Estuvimos 15 noches en Cuba pero un viaje de estas características dura por lo menos un año. Como un casamiento, se planea con tiempo y la acción de planificar ya es disfrutar. Los pasajes, el pasaporte al día, las búsquedas en internet, las conversaciones con gente que ya anduvo por ahí, el itinerario, la ilusión, la ansiedad, la alegría, el sueño. Y sobre todo la compañía. Un viaje es un lugar de encuentro con el compañero de viaje. En nuestro caso, con Juli decidimos hacer este viaje juntos y sin duda fue una decisión tan grandiosa como la dignidad de los cubanos.
Después transcurren los días del viaje, donde el tiempo se detiene, la rutina se apaga, el estomago se acomoda y las piernas van más rápido que los planes.
Todo se vive intensamente pero, en mi caso, el resultado de eso no está ahí, esta ahora, acá. Se cerró la canilla y la bañadera está llena: Hay que bañarse antes que se enfríe el agua. Hay que escribir.
Como un casamiento, los efectos persisten. En el matrimonio, no tengo aquí que explicarlo. En un viaje, con preguntas y respuestas, con recuerdos, emociones y con escritura, que es la síntesis de todo eso. No pude en Cuba escribir un diario. Tampoco lo intenté demasiado. Mi mano derecha estaba paralizada para la birome. Ahora que llegué a Buenos Aires no quiero hacer otra cosa que escribir sobre Cuba, y todo lo que ello contuvo, contiene y contendrá.
Espero poder invadir este blog de eso, como ya empezó mi hermano, escribir de esta experiencia, histórica como cualquier casamiento.
Anecdotario del viaje a Cuba
Volviendo de las playas del Este, en las afueras de la Habana, arriba de una guagua de origen chino, apretujados unos contra otros, y ya de noche -siete y media de la tarde-, sin querer, mi cuerpo roza la cabeza de uno de los dos mellizos -ambos vestidos de amarrillo patito-, que están sentados con las piernitas colgando y los brazos pegados al cuerpo, sin pestañar, en el asiento doble que tengo a la altura de la cintura. El padre, una mole cubana de músculos, el cuello ancho como un plato, y el pelo corto, me da entender que tenga cuidado.
- ¿Gemelos? - arriesgo, a los pocos segundos.
El tipo me sonrie, y afirma con la cabeza. La señora que viaja a su lado, de grandes proporciones, me mira intrigada. Casi no hay turistas en el colectivo, solo cubanos que vuelven de lo de un familiar, o del trabajo, o, los menos, de una playa, como nosotros (es invierno, aunque hagan entre veinte y veinticinco grados).
- Yo fui campeón de lucha libre en los panamericanos de 1991 - comparte, para mi sorpresa, el grandote. El hombre va con las dos manos agarradas al asiento de adelante (donde están sentados los gemelos), y sobre las piernas lleva un bolso de marca Puma despintado, y viejo, con el cierre roto.
- ¿Acá en Cuba?
- No - dice, y acompaña la negativa con el dedo índice -, en Canadá -ahora lo apunta hacia adelante-.
- ¿Seguis compitiendo? -quiero saber (una de las priodidades del viaje es generar un ida y vuelta con los cubanos: hombres, mujeres, mulatos y mestizos, viejos, jóvenes, fidelistas y críticos con el sistema. Y este hombre no es la excepción). La esposa del atleta me observa sin gracia.
- Ya me pasó la hora -confiesa, y me mira, y sonrie-, ahora me dedico a formar a los más jovenes.
Ahora soy yo quien sonrie. La guagua está colmada de gente, y el chofer, un negro espigado que lleva la camisa celeste gastada arremangada, con unos lentes para el sol agarrados a la cabeza de la que brotan pequeñas rastas, se levanta del asiento y, mirando hacia el fondo del omnibus, le pide la gente que se haga lugar, y que avance hacia el fondo.
Vuelvo a mirar el campeón de lucha. Pienso en los deportistas, artistas, o diferentes personalidades del quehacer nacional que tuvieron la posibilidad de viajar por el mundo y que una vez allá, fuese donde fuese, decidieron que a la isla no volverían más. Este hombre no, pienso. Acá está. Fines del 2008, con todas las complicaciones que tienen los cubanos, y que están a la vista, muy a pesar del mítico triunfo de la revolución más digna y poética de la historia moderna, allá, hace cincuenta largos años, el hombre vuelve a casa con su familia, con los bultos, con lo puesto, y en silencio.
- ¿A qué grado van? -esta vez le quiero sacar unas palabras a la madre.
- Tercer grado.
- ¿Les va bien?
Uno de los dos nenes tuerce el cuello y me pispea desde su lugar. Le gana la timidez pero antes de que vuelva a poner la vista en el frente, le pesco una mueca parecida a una sonrisa.
- Muy bien. Son muy estudiosos.
- Salieron al padre -se auto vende el padre, orgulloso, y sonriendo una vez más.
En el medio del colchon de cabezas que se desparraman en el pasillo de la guagua, individualizo a Roberto, el papá de Wen, un amigo que también viajó a la isla. Padre, hermano y hermana, quedaron en encontrarse en la Habana para viajar juntos a Santiago de Cuba el primero de enero, día en el que se cumplirán cincuenta años de la entrada de Fidel, y el ejercito rebelde, justamente, a esa ciudad del norte de la isla. Wen, mi amigo, vive en Buenos Aires, y su padre, y hermana, en el DF, México -hacía ocho años que no se encontraban los tres en un mismo lugar físico-. Le levanto la mano, y pongo los dedos índice y anular en V. Roberto me sonríe desde la penumbra del pasillo, entre los brazos negros y mestizos que se tuercen en el aire para aferrarse de lo que sea, las gorras nike, los bolsitos, las bolsas, y me devuelve el gesto.
Cuando llegamos a nuestra parada, Alamar, uno los primeros barrios de corte socialista de toda la Habana -una pequeña ciudad de monoblocks de cuatro pisos de altura, idénticos entre sí, hoy despintados y con la ropa colgando de los balcones, con estación de policía propia, una feria de verduras y varios perros muy flacos dando vueltas-, nos sacamos una foto con el campeón de lucha, su robusta señora, y los dos mellizitos de amarillo. Nos deseamos buen año unos a otros, estrechamos las manos, y hasta nos regalamos una palmada en el hombro.
Como no puedo con mi genio, a los pocos metros de habernos distanciado, me doy vuelta y le chisto:
- ¡Amigo!
- ¡Sí! -él también se da vuelta, al igual que la mujer.
- ¡Viva la revolución cubana!
El grandote se ríe, saluda con el brazo en alto, y antes de darse vuelta, con un nene en cada mano, devuelve:
- ¡Adios, compay!
Hora pico

En este momento no se está hablando del tema, pero cuando salte algún fusible que pueda salir a venderse como reflejo del humor social generalizado, la problemática será parte de la agenda mediática una vez más.
El transporte público está colapsado. Es cierto. Cualquiera de nosotros puede comprobarlo. Entre las seis y la siete de la tarde de cualquier día de la semana, uno encara, por ejemplo, hacia una estación de la línea C de subterráneos, desciende unos cuarenta escalones, compra boleto, sigue denscendiendo algunos metros más, y se quiere subir a una formación que va hacia Constitución, y ya. Ahí está todo.
Diagonal Norte, la estación que está debajo del obelisco, es, sin dudas, de toda la red de subterráneos de la ciudad, por la que mayor cantidad de pasajeros transita todos los días. Se llena de punta a punta si el subte tarda más de tres minutos en aparecer. Cuando los focos del primer vagón de la formación aparece en la curva del fondo, y aminora la velocidad, mete la trompa, llega, y abre las puertas, una maza compacta de laburantes, de los dos sexos, de entre veinte y cuarenta años, en su mayoría de la zona sur de la provincia de Buenos Aires, se mete dentro del vagón llevándose todo por delante, y ocupa cada centímetro que pueda llegar a existir dentro del vagón.
La gran mayoría de estos trabajadores que vuelven a sus casas después de cumplir turnos de ocho, nueve, diez horas, son los que hacen las tareas de limpieza, mantenimiento, o seguridad, en los tantos edificios públicos y empresas privadas que pueblan el centro y micro centro porteño, los que laburan en las tantas casas de comida, bares, restaurantes, o estacionamientos, los vendedores ambulantes, los hombres-carteles, los que reparten volantes; en definitiva, la mano de obra especializada que necesitan aquellos que brindan los diferentes servicios que se dan en la ciudad. Son muchos los que vienen desde sus pagos, bien temprano, y se vuelven a sus casas cuando la actividad de las oficinas afloja. Muchos de verdad. Una vez adentro de la formación, uno queda pegado al de al lado, las mochilas en la espalda, la transpiración en la frente, y la mirada fija en algún punto del vagón. No te podes mover. Son tres o cuatro estaciones que no se puede estar. Después afloja un poquito porque algunos se van bajando. Y el grueso termina su viaje en Constitución. Molinetes, escalera, hall central de la línea Roca, otro andén, pero al aire libre, tren, de nuevo apretados, y después de un rato más de viaje, finalmente, casita (aunque algunos se tienen que tomar un bondi para que, ahora sí, lleguen a su casa).
Hace unos días, un tachero de la zona de Gerli, sur de la provincia, me contaba, mientras me llevaba de un lugar a otro en el centro, y mirándome por el espejito retrovisor, que su hija, en los noventa, tomaba el colectivo sobre la avenida Mitre y viajaba sentada hasta su trabajo. "Ahora", marcó con el dedo en dirección al suelo, "desde las ocho, y hasta las diez de la mañana, los colectivos no paran porque no entra más nadie".
Viajamos mal, sí. Es cierto. Pero no perdamos de vista algunas cuestiones, más que nada, o sobre todo, cuando son de peso, e incuestionables.
La mayoría de gente que revienta los colectivos, subtes y trenes, en especial los que vienen de la provincia, son, en definitiva, los cuatro millones de personas que ingresaron al mercado laboral durante los últimos dos, tres años. No hay vuelta. Es producto de una serie de medidas del gobierno anterior, y también de éste, y por más que las voces de la eterna discordia digan que las condiciones internacionales favorecieron aquella coyuntura, la decisión política fue apostar a la producción y al consumo. Y por eso se agotan todos los pasajes a los principales puntos turísticos del país ni bien hay un fin de semana largo.
Pero cuando quieran ver a los miles de pibes que hasta hacía unos años estaban al margen, por fuera del sistema, y ahora sí, están dentro, con sus botineras, los lentes para el sol sobre la cabeza, ropa de fútbol, gorra con viscera, los brazos tatuados, los ojos cansados, y algún que otro celular del que suena cumbia villera, toménse un bondi, un subte, un tren, que vaya o venga del conurbano, y ya está. Los números, desde hace un tiempo, y a pesar del Indec, no mienten.
Paul Auster: Un hombre en la oscuridad
Leo a Paul Auster hace muchos años. Creo que es un autor para leer desde los 20 a los 30 aunque ya tengo casi 32 y sigo leyendo sus libros y cuando los termino se los paso a mi mamá, que también le interesan. Auster es un narrador extraordinario, de eso no me cabe duda. Pero hasta ahí llego en los elogios. Me interesaría criticarlo. Es decir, escribo este post porque quiero poder describir sus defectos y no sus aciertos. Leí varias novelas de él y en general me gustaron, algunas más que otras, tiene una brutal capacidad para inventar historias y eso es la rueda de cualquier escritor. Siempre pensé que era un groso. Acá en Argentina sus libros se exponen en la primera fila de las librerías. Y se hacen notas sobre sus lanzamientos. Se levantan entrevistas de diarios extranjeros donde Paul opina sobre la actualidad norteamericana. Pero me pasó algo curioso. En el transcurso del último año conocí dos mujeres neoyorquinas de mi edad, por separado y en distintos momentos, y abierta la charla sobre el tema literatura, tiré el nombre de Paul Auster. Las dos veces pasó lo mismo: ante la cara de desconocimiento que ponían, pensé que lo estaba pronunciando mal y lo dije de mil maneras. Pero no, no lo conocían. Auster escribe sobre Nueva York todo el tiempo, les dije. Pero no. Y estas jóvenes de las que estoy hablando sabían mucho sobre literatura. Incluso una de ellas había estudiado literatura inglesa en la universidad. Pero bueno, eso que dije nada dice sobre los libros de Paul. Quizás nos diga algo sobre el mercado, sobre el mercado editorial iberoamericano. En general a Auster lo edita Anagrama y las traducciones son al español de España. Con “ostías”, “os habeis dado cuenta” y “chorrerias”. No es bueno vivir en Buenos Aires con Macri y tampoco es bueno leer literatura traducida al español de España. Pero bueno, sigo sin hablar de la literatura de Paul. Quiero decir que su último libro me pareció, en español, una chorrada (¿grasada? ¿ berreta? ¿pobre?). Hay una explicación extraordinaria sobre las imágenes de algunas películas. Pero si le sacamos eso y algunas estrellas más sueltas por ahí, las doscientas páginas del último libro me decepcionaron. Auster se cae en lugares comunes (y eso, en principio, es mala palabra en literatura) y en descripciones triviales, como si escribiera un adolescente: cuando el personaje principal describe como conoció a su mujer Auster se me cayó al suelo: no deja grasada por mencionar y su relato es tan poco original y tan inverosímil que uno puede pensar que este tipo tenía una historia y para llegar a las 200 páginas tuvo que agregarle alguna otra y recurrió a sus borradores de cuando tenia 17 años. El libro cuenta dos historias, la del protagonista narrador en primera persona con su familia y una historia que este personaje narrador se inventa a la noche cuando no puede dormir (un hombre en la oscuridad: el título es bueno, acertado). Andan diciendo por ahí que esta segunda historia es una metáfora o una anticipación del futuro de EEUU. Creo que después de 1984 y Un Mundo Feliz hay que tener mucho cuidado para meterse en algo así sin quedar a mitad de camino o rozar un papelón. ¿Algo más? Sí, seguro que hay más, pero esto se está haciendo demasiado largo. Y es tarde.
Despenalización
Una parejita de no más de veinte años se mima bajo el sol, acostados boca arriba sobre el pasto de una de las plazas que están frente a la terminal de ómnibus de Retiro. Mientras la zona colapsa por el tráfico y la gente que camina una encima de la otra, ellos, entre risas y besos, se fuman uno.
Un agente de la policía federal, también joven, ancho de espaldas, encara, a paso rápido, en dirección a los chicos. Un pibe con la remera de Huracán, desde una parada de colectivo, se aviva, y le pega un chiflido al chico que se revuelca sobre los muslos de la novia con el porro en la boca. El novio, al tercer silbido, levanta el cogote, individualiza al loco que le hace señas, se da vuelta, ve venir al policía de uniforme y, de un solo movimiento, se pone de pié, y tira del brazo de su novia para que ella también se levante. La abraza y, detrás de su espalda, apaga el faso con un salivazo que pone entre el dedo gordo y el pulgar. Con el policía a unos diez metros de distancia, el chico descarta el porro sobre un arbusto.
- Quedate quieto, flaco. Abrí las piernas y poné las manos detrás de la cabeza.
- ¿Qué pasa, oficial?
- Te dije que te quedes quieto –le pone una mano en el pecho-, las manos detrás de la cabeza, dale –y le da un par de patadas en las piernas para que las abra-.
El flaco abre las piernas y se lleva las manos a la cabeza. Ella se queda dura, con los brazos pegados al cuerpo.
- Estaban fumando. ¿Dónde está? –el agente, sin sacarle la vista de encima, se agacha y le revisa los tobillos, las piernas, la cintura, las axilas y el pelo de la cabeza -, ¿vos también fumas porrito? –le dice a ella.
- No estábamos haciendo nada, oficial –dice él.
- Callate la boca y dame tus documentos.
El chico le pasa los documentos. Ella también, sin que se lo pida. El agente mira las fotos y después los observa a ellos. Ella le baja la mirada enseguida. El novio tarda un poquito más.
- Vaciá los bolsillos ahí -le marca una zona de pasto que tienen al lado-, y sacate las zapatillas.
- Pero oficial...
- Callate la boca.
El novio saca monedas, llaves, un paquete de cigarrillos, algunos papeles y se los pasa. El agente le marca el césped con el mano –sigue hojeando los documentos-, y el chico deja sus cosas en el pasto junto a la billetera de lona que acaba de sacar del bolsillo de atrás de su pantalón.
- No tengo nada, oficial. Ya nos íbamos.
- Las zapatillas.
El flaco se sienta, se saca las zapatillas, las da vuelta en el aire. El policía se las saca de la mano, les saca las plantillas, y tira todo sobre el pasto.
- ¿Vos tampoco tenes nada? -le pregunta a la flaca. Ella niega con la cabeza.
- Segura, ¿no? –el agente es tosco y su tono de voz es de cuartel-, después que no me entere que la tenías en tu ropa.
- No tengo nada, oficial.
El chico se pone de pié. El agente le dice que levante las manos y sin perdelo de vista se acerca hasta el arbusto, mete la mano, agarra el tucón, y lo mete en el paquete de cigarrillos del chico (Philip Morris diez).
- ¿Qué están haciendo acá? – ahora revisa los papelitos, los mira, los da vuelta, lee.
- Nada, oficial, paramos un ratito a tomar sol.
- A drogarse –corrige el agente, y les clava los ojos: - ustedes son dos faloperos.
- Disculpe, oficial, pero nos tenemos que ir a la facultad –dice ella, trabándose.
- ¿Qué estudian?
- Sociología -contesta él, mientras le acaricia la mano a la novia por lo bajo.
El agente hace un bollo con los papelitos y los tira al pasto. Se agacha y revisa entre las monedas, olfatea las llaves.
A unos veinte metros, en las paradas, algunas personas se entretienen con la escena. El hincha de Huracan sigue ahí, firme, camuflado por el gorro Nike con visera.
- ¿Saben lo que vamos a hacer?
Dicen que no con la cabeza. Él sigue con las manos en la nuca y las piernas abiertas.
- Voy a llamar al comando y los voy a llevar presos.
- Por favor, oficial -dice él-, ella es chica, se le va a armar quilombo en la casa.
- Es problema de ustedes, lo hubieran pensado antes –ahora el tono del joven oficial de la Policía Federal, rapado, con el uniforme ajustado al pecho, es sobrador.
- No somos delincuentes, señor, ¿por qué nos va a llevar presos?
- Porque están cometiendo un delito. Si choreas un auto, o te fumas un porro, para mi es lo mismo.
El chico se toma el permiso de tocarle el brazo al agente, pero el otro se lo saca de encima con un brusco movimiento del brazo:
- Quedate quieto, guacho. No me toques.
El agente saca la radio del cinto, se pone la radio en la oreja, aprieta un botón colorado, y entabla contacto con el comando. Le preguntan cual es la situación. Cuenta que enganchó a dos personas con droga. Masculino o femenino. Uno y uno. Qué sustancia. Marihunana. Cuanto. Medio cigarrillo. La comunicación se silencia (queda una fritura flotando en el aire), hasta que a los pocos segundos, el que está del otro lado le dice: "Maidana, sos un gil. No nos rompas las pelotas con huevadas". Risas. Fin de la comunicación (con las risas de fondo).
El color de la cara del agente cambia en pocos segundos. Los cachetes se le ponen colorados y una fina capa de gotitas de transpiración le moja la frente. Aprieta con fuerza la radio, y su respiración se agita y acelara. Los chicos no mueven un sólo músculo de la cara. Guarda la radio, se saca la gorra de la cabeza y se pasa la palma de la mano por el pelo. Respira hondo. Vuelve a mirar hacia los costados.
- Que miras, puto -le dice al novio cuando le engancha la mirada. Se lo dice a muy corta distancia y con la boca casi cerrada, los dientes apretados. Con muchísimo cuidado, es ella quien ahora toma los dedos de la mano de su novio.
- ¿De qué te reís, putito? -el chico no hace ni dice nada, le esquiva la mirada-, ¿te pareció divertido que me deliren?
- No.
El agente Maidana mira de nuevo hacia los costados, por encima de la cabeza de los dos chicos:
- Aparte de puto y drogon, ¿también sos rocho?
- No.
- Tenés cara de rocho. Andan choreando en esta plaza –marca con el índice la zona -, no seras vos con algunos amigos, ¿no? –le pasa el índice por la cara, hace presión sobre la frente.
El chico, la pera pegada al pecho, niega con la cabeza. Se le infla y desinfla el pecho, abre y cierra las manos que tiene sobre su propia cabeza.
- ¿Qué pasa? ¿Me querés boxear? - el agente tiene la mano sobre la culata de la pistola. Vuelve a mirar hacia sus costados. Algunas de las personas, cuando se ven observadas por el agente, miran para otro lado. Otros directamente se van.
- Sos un cagón -le dice -, puto y cagón. Los pendejos como vos son una lacra. Te rompería todo –al agente le tiembla la mandíbula y se le escapa saliva cuando habla.
- Bajá los brazos –le ordena.
Nada.
- Bajá los brazos, te dije –y con su propio brazo hace fuerza hasta que el otro los baja y deja pegados al cuerpo.
- Dejános ir, por favor -irrumpe ella con un hilo de voz.
- Calláte la boca -el oficial le clava los ojos y ella retrocede unos centímetros para atrás.
Del grupo de gente que se juntó a unos pocos metros, se desprende otro agente de la policía federal, que avanza hacia ellos.
Maidana lo ve venir. Duda uno, dos segundos, y retrocede medio metro. Se acomoda la ropa, la gorra, se limpia la transpiración de la frente.
Los chicos lo miran. También al agente que se acerca.
El agente retoma la compostura de un policía Federal hecho y derecho, mira de nuevo hacia la gente que observa con una mezcla de morbo y curiosidad, se pone la gorra, se acerca al novio y, al oído, casi sin abrir la boca, le dice:
- Tómenselas.
El chico levanta la cabeza y lo mira con desconfianza. Ella le tira de la mano y lo arrastra hasta el pasto. Él agarra sus pertenencias, las
guarda en el bolsillo, todas juntas. Levanta las plantillas, el calzado, y arrancan en dirección a Libertador.
- Algún problema, oficial –dice el recién llegado, con la gorra en la mano.
- No, los chicos ya se iban. No creo que los volvamos a ver por acá.
El chico, a unos quince metros, se pone las zapatillas mientras camina, con la mano apoyada en el brazo de ella. No se dan vuelta ni una sola vez. Al rato se los pierde de vista entre la gente que atraviesa la plaza llena de sol.
Testimonio

Los tribunales de Comodoro Py son frios, sombríos y ajenos a cualquiera que no venga del mundo judicial (ya sea por cuestiones de laburo, o por tener problemas con la ley).
Las escalinatas de la entrada, los largos pasillos, las escaleras de mármol, las puertas de los juzgados, los crucifijos, las flacas y rubias secretarias provenientes de la UCA, los hombres engominados con lentes para el sol, trajes de seda y zapatos de cuatro cientos pesos, los agentes de la Policia Federal y del Servicio Penitenciario Federal, todo ese combo de imágenes y sensaciones, convergen en una sola idea, física y racional: los hombres y mujeres que conforman la corporación judicial, tienen la facultad de cambiarte la vida. Y entre ellos se cuidan el culo. Viven en su propio mundo y no se dejan atropellar ni siquiera por cuestiones de Estado.
Para entrar a la sala de audiencias donde se lleva a cabo del juicio de Mansión Seré, hay que anotarse en la mesa de entradas del TOF 5 (Tribunal Oral y Federal Nro. 5), en el sexto piso. Documento, aclaración para saber si venís de parte de la querella o de la defensa (ya que los primeros van a la planta baja de la sala y los segundos a la planta alta), un chico de traje, peinado y afeitado, seguramente su primer trabajo en un tribunal, te da la autorización, volves a la planta baja, y te dirigis a la sala, al fondo de un pasillo y un piso para abajo por escalera. Antes de entrar, hay que pasar por un control policial que, según el humor de los uniformados, puede significar un trámite, o convertirse en un momento dominado por la incomodidad.
Guillermo Fernandez es un sobreviviente del centro clandestino de detención Mansión Seré, uno de los cuatro secuestrados que se escaparon la noche del 24 de marzo de 1978 de la casa donde estaban detenidos hacía varios meses. Fuimos a escuchar su relato, una historia única que fue llevada al cine por Israel Caetano (Crónica de una fuga), a acompañarlo, a estar cerca cuando terminase de dar su testimonio.
El tipo entró, cruzó la sala y tomó asiento. Uno de los tres jueces del tribunal, impecable, la espalda derecha, la voz clara y severa, le recordó que falsear un testimonio está penado por la ley. Guillermo, pantalón, camisa, saco, el pelo atado con una colita y los lentes sobre la cabeza, dijo que sí, que juraba decir la verdad y nada más que la verdad.
Del lado de la querella, separados de la sala por un ventanal de acrílico, acompañando a Guillermo, y a otros que declararían por la tarde, somos unas treinta personas las que estamos sentadas en las cuatro o cinco hileras de sillas azules de tipo oficina. Junto a nosotros, uno por lado, dos policías de la Federal, las manos detrás de la cintura, la vista perdida en la pared alfombrada de enfrente. Dentro de la sala, a la izquierda, la fiscalía, la querella, y Guillermo. En el medio, del otro lado de una tarima de mas de un metro de altura, los jueces que imparten la ley (el TOF 5 no permite el ingreso de la televisión ni los pañuelos y fotos de los desaparecidos que las Madres de Plaza de Mayo, y otros organismos, llevan consigo desde hace más de treinta años). A la derecha, la defensa. El piso y las paredes estan cubiertas por una alfombra rosada, el mismo color de las pesadas cortinas que caen por detrás de los jueces del tribunal. Hay dos plasmas de tv, una de cada lado, un circuito de audio, y mucha solemnidad.
Durante más de una hora y media Guillermo hace un minucioso relato de su secuestro, cautiverio y fuga de Mansión Seré, una casa de dos plantas, camino de tierra y jardín, de la zona oeste del conurbano bonaerense, perteneciente a la Fuerza Aérea Argentina. Una y otra vez, mientras da nombres, fechas, hechos, insiste con la idea de que una vez adentro de la casa, el que no se adaptaba a la lógica interna de la patota y las guardias, perdía. La mayoría perdió igual, hiciese o no el esfuerzo de sobrevivir, pero Guillermo tuvo una suerte aparte. "Estábamos en manos de una banda de locos desquiciados. Ahí adentro no importaba la política, ni de dónde venías ni cuan grande la tenías", le cuenta al tribunal, los tres echados sobre sus sillones de cuerina negra, con las laptops abiertas sobre el escritorio.
Guillermo es actor. Y se le nota. Mueve sus manos y gesticula con la cara. Por momentos ironiza y nunca pierde la calma. A medida que avanza su relato, las observaciones y descripciones que comparte, confluyen, inevitablemente, en el descelance al que todos queremos llegar: la fuga. Uno se retuerce en el asiento de felpa azul. Ya sabemos cómo operaban los grupos de tarea, su sadismo, el grado de locura y morbo que tenían, pero escuchar, y ver, a un tipo, que estuvo ahí, y que ahora, en este momento, se conecta con aquellos hechos que le dejaron marcas de por vida, es muy diferente. "Cuando vas a los juicios, no salís igual que como entraste", dijo uno una vez. Algunos de los que estan al lado nuestro, por nervios, o por la razón que sea, rien cuando Guillermo tira algún bocado con cierto atisbo de humor. Se tapan la boca por pudor, o se codean. Yo quiero explotar en mil pedazos. Tanta mierda acumulada en años, haciendo presión, desde las uñas de los pies hasta los pelos de la cabeza. Cuanta locura. Cuanta gente esperó estos juicios por tantos años. Ahora son una realidad. Acá está Guillermo, a pocos metros, contando una historia de película.
Por suerte, la historia de Guillermo es épica. De las tres o cuatro que hay dando vueltas. Esa fuga de Mansión Sere, una en Campo de Mayo, otra en la ex Esma.
La fuga que él mismo planea, junto a otro detenido, Claudio Tamburrini, ex arquero de la primera de Almagro, es histórica, y de película. Con dos o tres elementos (es fundamental un tornillo que cae del camastro donde lo tenían encadenado día y noche), una fuerza que nace en las tripas, producto de una situación extrema de vida y muerte, pelotas de acero, y mucha pero mucha suerte, los cuatro pibes (tenían todos veinte años), hechos mierda, desnudos, y en manos del destino, atan unos trapos a una ventana que habían podido abrir, se cuelgan, y se deslizan hasta la puerta de entrada de la casa. En la película llueve como la última vez. Guillermo no hace referencia a ese detalle. Pero salen, se escapan, en pelotas, piden ayuda en algunas casas, y, increiblemente, zafan.
Guillermo se va del país al otro día.
Despues de las preguntas que le hace la Fiscalía, el juez da por terminado el testimonio y pasa a cuarto intermedio. Nosotros, los treinta que estamos sentados del otro lado del vidrio, nos paramos y escupimos un aplauso generalizado que rompe con el silencio tortuoso que flotaba en el aire desde hacía dos horas. Una explosión natural, un reconocimiento para uno de los tantos testigos que, a pesar del costo personal que debe implicar remover la pesadilla más profunda de su vida, decide declarar, y poner sobre la mesa las pruebas que hacen falta para meter presos a los genocidas (Barda/Mariani0Comes, los tres de mas de ochenta años). Nos rompemos las manos y también gritamos. El juez, un dinosaurio que vive enfrascado en un inframundo de privilegios e impunidad, corporativo, amenaza con hacernos hechar si seguimos con esa actitud. Aplaudimos más fuerte que antes (Tomá, la concha de tu madre). Guillermo, mientras tanto, abre la puerta que separa la pecera de la sala y se abraza con los que tiene más cerca. "Silencio, por favor", llega del otro lado, cada vez más tenue, más lejano. "Bien, loco, bien, que groso tu testimonio: felicitaciones".
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Manu y Santino Dios
