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Más poesía Menos Policía Volumen XI


La primera edición de MPMP del 2011. En el ECuNHI, a finales del mes de junio.

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Termómetro social VIII (el ataque de un Pitbull)


Imprevistamente, y con la brevedad de un pestañeo, te cambia la vida. Las balas pican cerca, uno escucha por ahí, y por acá. Hasta que mañana, de tarde o de noche, un acontecimiento, arbitrario, arremete con la fuerza del odio, y desmantela el precario orden de la cotidianeidad.

Caminabas hacia el supermercado “Día” de la avenida Monroe, en el barrio, calidamente sosegado por el sol de media mañana de estos días. Pensabas, seguramente, y con cierta satisfacción, en alguna de las tantas responsabilidades que te cargaste desde que empezó el año. Cruzaste Blanco Encalada -venías por Holmberg-, y cuando pisaste el pasto descuidado de la plaza de enfrente, sentiste algo así como un golpe, un súbito y violento zarandeo en el brazo, a tus espaldas. Cuando te diste vuelta, no tuviste tiempo para racionalizar la escena: un pitbull marrón claro, petacón y endiablado, gruñía y tiraba tarascones a la altura de tus pies, dispuesto a destrozarte. Le pusiste por lo menos dos patadas en el hocico, lo recontra cagaste a puteadas, pero claro, el animal, no aflojaba. Con la pulsación a mil revoluciones, retrocediendo de espaldas, trastabillaste, y caíste al suelo. Te pusiste de pie casi de inmediato, volviste a disparar patadas impulsado por el terror que te sacaba el aire, y al fin, la bestia, retrocedió. Recién ahí miraste tu antebrazo derecho: un agujero profundo, de tres centímetros de ancho, del que irrumpía el rojo pastoso de la carne macerada. La sangre te había ganado el brazo, y caía, pesada, sobre la tierra reseca del descampado. No había nadie para auxiliarte, o solidarizarse.


Luciano M. huyó despavorido del lugar, confundido, en trance. Cuando llegó a la avenida ya sabía que su destino era el hospital Pirovano, y no algún sanatorio de su obra social y estatal, Unión Personal. Entró en un barcito y pidió una servilleta para frenar la hemorragia del brazo. La chica lo miró espantada. Sus ojos transmitían desconfianza, pero enseguida trajo dos o tres hojas de un rollo de cocina. Gracias, me mordió un perro, informó Luciano M. Como la avenida está cortada hace un par de meses –y así seguirá durante diez más, porque Macri está construyendo un fastuoso túnel a la altura de las barreras del tren-, tuvo que dar la vuelta, y trotar unas ocho cuadras hasta el hospital. En el camino percibió la mirada suspicaz de los vecinos: podía ser un rocho que acababa de tirotearse con la policía, así, con el brazo lleno de sangre, la frente transpirada y la piel de la cara todavía pálida del susto.

Recién te atendieron a los veinte minutos. Ya no te sangraba, pero te dolía. En la sala de espera, mirando Crónica TV –caso Belsunce-, te miraste la herida más de una vez –¡morboso!, pensaste-, y no podías creer que ese agujero espantoso estuviese calado en tu brazo. Te llamaron, por fin. Le contaste la historia a la médica -hija de japoneses, joven, pura vocación de servicio-, esperando algún tipo de consentimiento, pero a cambio, en silencio, la flaca te limpió, cosió, y recetó antibióticos, analgésicos y la antitetánica. Quiero hacer la denuncia, le dijiste, ese animal es un peligro, capaz que ahora mismo se está comiendo a uno. Andá a la 37, dijo ella, que ya estaba en la puerta interna de la sala, hablando con un colega sobre un caso médico, frente a un pasillo de la guardia lleno de desgraciados.

Hacía quince años que no entrabas a la comisaría. Te abrazaron los recuerdos, ¿no? Lo primero que te llamó la atención fue el enorme afiche, vertical, en el medio de la recepción, del Ministerio de Seguridad. Se anunciaba el servicio de un 0800 para hacer denuncias contra la policía que todavía no entendió que los tiempos están cambiando, o que son funcionarios del Estado y que como tales deben respetar las instituciones y cuidar a la ciudadanía. Contento por estar corroborando con tus propios ojos hechos que ya te habían comentado, ves que en un pequeño plasma, en uno de los vértices de la sala, pasan un corto institucional del Ministerio, en el que aparece Garré transmitiéndoles a los cincuenta y tres nuevos comisarios de la Federal conceptos democráticos de seguridad. Muy bien, vamos muy bien, pensaste. Te atendió un ayudante, por fin. Rivas. Le contaste la historia. Qué bicho hijo de puta, confió él, mientras redactaba la denuncia con un prolijo registro de tono jurídico-policial, con puntos y comas pero sin acentos –interesante para la ávida mirada de un periodista de policiales, calculaste-. Rivas te pidió con tono neutro los datos del dueño, la casa, los testigos y el color del cielo, elementos que, te diste cuenta en ese momento –salvo el cielo- no conocías o no habías registrado. Vos, justo vos, un ser excesivamente racional, tomaste conciencia, ahí, sentado en la 37, que ante el ataque del animal te comportaste a puro instinto, y que si hubiese aparecido el dueño, le hubieras destrozado el cráneo con un cascote. Podía haberle pasado a un nene, o a una vieja, o a cualquier otro desprevenido, y directamente lo mataba, le dijiste, angustiado, a Rivas. Y el ayudante hizo un movimiento aprobatorio con la pera. Firmaste la declaración, en la que quedaba asentada una denuncia penal, y leyéndola, te agarró un poco de cagazo, porque los dueños del pitbull, te había comentado la farmacéutica de la cuadra, eran unos uruguayos con fama de jodidos.

Luciano M. entró al Durand a media tarde. No había mesa de entradas, ni carteles que informaran nada. Preguntó, y le dijeron “por allá, en el otro pabellón”. Caminó por un pasillo, salió a un patio, y ahí fue que cruzó miradas con dos hombres de gestos duros, que tenían las muñecas esposadas; estaban sentados sobre un escalón, esperando que los atendiese un médico, supuso, custodiados, a dos o tres metros de distancia, por tres hombres del Servicio Penitenciario Federal. Uno de ellos tenía en la mano un celular del que sonaba una cumbia. A pesar del aparente clima distendido –había uno que tarareaba la canción-, Luciano M. sintió que atravesaba no un pasillo sino una pared. En el pabellón preguntó de nuevo, y le indicaron una puerta. La abrió, y se encontró con una fila de diez personas, en su mayoría mujeres con un nene en brazos y el otro tirándole de la campera, y hombres solos o jubilados. Ninguno hablaba, y sus caras tenían la misma resignación que el color crema pálido de las paredes del pasillo. No era ahí, sino unos metros más adelante: vacuna antirrabica. Esperó, y al rato lo atendió un doctor de unos sesenta años, que tenía lentes, el pelo corto, y un tic sorprendente: torce un milímetro la cara, hacia la izquierda. Luciano M. volvió a contar su historia. Te lo aseguro: los dueños del perro son delincuentes, y lo usan para ir a robar, dijo el hombre, éste es un país de salvajes, remató. No me parece, devolvió el paciente. El hombre, entonces, frunció el entrecejo: vos estás en política, ¿no? Me gusta, sí. ¿Sos de algún partido?, se atajó el doctor. Soy oficialista, me parece que son lo mejor que nos pasó en décadas. ¿Ocupás algún cargo? No. Tenés razón, dijo el hombre, y se sacó los lentes, y apoyó el cuerpo en el respaldo de la silla, para decir: yo también creo que son lo mejor que hay. Charlaron varios minutos de la recuperación económica, los juicios a los milicos, la iglesia católica, la muerte de Néstor Kirchner –él la manejaba a ella, ¿no?, insinuó en un momento-, las elecciones de octubre, y en todo momento, Luciano M. sintió que el hombre que había delante suyo tenía más de una cara, y que la que le estaba mostrando ahora, era sólo para la ocasión. El doctor, de todas maneras, estaba exultante. Le gustaba charlar de la Argentina, y de la pasión política recuperada por los Kirchner, que incluso, ahora, hasta había ganado el rincón opaco de su consultorio antirrabico. Cuando se despidieron, Luciano M. le pidió su nombre, por caballerosidad, y el otro, perseguido con alguna idea alucinada y montonera –en algún momento de la charla confesó que era ex policía- asestó, rígido, sólo su nombre de pila: Jesús -el hombre de delantal blanco que varias veces repitió una frase célebre: mi único Dios fue mi padre-. Luciano M. fue a una sala contigua, donde la enfermera primero se quejó por lo largo que hacía las consultas el doctor, y después, lo vacunó. Ya dirigiéndose a la salida, en el pasillo se volvió a cruzar con los presos y los agentes de SPF, y de nuevo la profundidad de unas miradas que hablaban de otro mundo.

Cerraste una jornada, decididamente diferente, al borde del lago del nuevo y renovado parque Centenario macrista –que no está nada mal, hay que decirlo, a pesar de las rejas-. Leíste, bajo el cálido sol del atardecer, varias páginas del fenomenal guión que escribió Quentin Tarantino, después llevada al cine por él mismo: Bastardos sin gloria.


El pitbull, la violencia, la fugacidad con la que un acontecimiento te sacude la modorra, los servicios públicos, las necesidades de la gente, la deuda social, tu condición ineludible de burgues, los cambios en la policía, y la literatura como vía de expresión de tus deseos y miserias. Todo eso junto, Luciano M., zapateándote la cabeza, como si fueses la hormiga que a tu lado, cargaba alimento, laboriosamente, hacia su cueva.

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Termómetro social VII (Álbum del Clausura Néstor Kirchner)


A la media hora de la cadena nacional en la que nuestra Presidenta anunciase la puesta en marcha de la ley de medicinas prepagas, y un par de horas después del fallo chaqueño que condenó a perpetua a los responsables de la masacre de Margarita Belén, con mi hijo volvíamos a casa por la calle Freire, en Colegiales. La noche de otoño ya había ganado la calle, y yo, al volante, intentaba sacarle algunas palabras acerca de su lunes. Pasábamos frente al kiosco donde hacía unos días habíamos comprado los primeros paquetes del Clausura Néstor Kirchner, a 1 peso cada uno, y los dos al mismo tiempo, al torcer el cuello, pegamos el grito: ¡el álbum!

Bajamos, y le dijimos a la dueña que queríamos uno. Lo tenía adherido a la vidriera, bien a la vista. Sale como loco, ¿no?, dije, con seguridad. Me lo sacan de las manos. ¿Y las figuritas? Lo mismo: vuelan. El tema es el precio, me parece, dije, mientras agarraba el álbum que ella me pasaba por una ventanita circular. Y qué te parece, suspiró, todas las figuritas deberían valer esa plata. Un precio popular, subrayé, y aparte, con Santino, y lo miré –ya estaba hojeando el álbum, a la altura de mi cintura-, nos gusta Néstor Kirchner. Me parece muy bien, devolvió ella, mientras agarraba los diez pesos que le daba por el álbum y cinco paquetes, a mí también me gusta.

Nos despedimos, entre sonrisas, y deseos de buena semana, llenos, contentos, con la certeza compartida, implícita pero no dicha, de que estamos bien, y que vamos a estar aún mejor.

El álbum, hay que decirlo, es barato. No sólo en precio: también en calidad. Viene con otro sub álbum adentro, sí, el de la Copa América, pero no se esforzaron mucho los ¿compañeros? en la presentación del producto. Colores opacos, poco y nada de diseño, diagramación básica.

Mi nene nota la diferencia con el resto de los álbumes. No es salame. Tranquilamente podría decirme algo así como “esto es una garcha, pá, prefiero mil veces los otros”, pero no. Todavía no dijo nada, y es más: pegamos las figuritas -sentados en la alfombra de casa, descalzos, habiendo tirado la ropa hacía dos segundos en cualquier parte-, del Patito Rodriguez, el Pelado Silva, la formación de Tigre y Argentinos, el Burrito Ortega con la camiseta de All Boys, el Bichi Fuertes, el Pochi Chávez y Leandro Somoza, entre otros, con la cálida familiaridad que te ofrece el hecho de verlos jugar todos los fines de semana en el Fútbol para Todos.

Para miles de pibes, imagino –entre ellos mi hijo, que se da el gusto de coleccionar los tres álbumes de fútbol que hay en la calle en este momento-, éste álbum quedará en la historia, como tantos otros, con la particularidad, no sólo de ofrecer precios populares, sino también, por la ilustración de Néstor -en el retiro de la tapa-, picando en punta, con toda la mediocridad junta de la oposición –a través de sus referentes-, intentando alcanzar sus tobillos, situación, por cierto, que nunca, pero nunca jamás, lograrán.

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La revista No-Retornable hizo una critica literaria del libro de cuentos "Fogonazos"


La primera vez que me puse en contacto con la gente de la revista digital No-Retornable fue para enviarles un relato. Lo publicaron al poco tiempo. Dos meses atrás les acerqué un ejemplar de Fogonazos, mi primer libro de ficción, para que lo reseñaran en su sección "Qué hay de nuevo". Hace unos días volvieron a responder, esta vez con una reseña, la más profunda que se haya hecho hasta el momento, junto a otros libros, por ejemplo de Luciano Lamberti, Ignacio Molina, Alfredo Jaramillo, Martín Rodriguez, y otros. Un placer.

La adjuntamos, entonces, acá, y muchas gracias, No-Retornable, por haberme leído, y criticado.

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Nilda Garré en el teatro Verdi de la Boca (un relato de época)

Foto: Juan Ulrich

Un relato de época, acá, en la Maquiladora.

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KRANEAR: el número dos está en la calle

Alguna vez le escuchamos decir a Horacio Verbitsky que el número dos de cualquier revista era el más complicado de sacar a la calle. Algo de cierto tiene esa afirmación, damos fe. Y acá estamos.

Sumario:
* Veinte años de Mercosur
* Pensamiento y obra de Getúlio Vargas
* Inmigración -hijos de América-
* Cooperativismo -la tercera posición económica-
* Entrevista a Conan Doyle -las alas de Perón-
* Los cambios económicos en Cuba
* Ecuador -crónica de viaje-
* Santos paganos -la Difunta Correa-
* Fotonota de la comunidad boliviana desfilando en la fiesta del Bicentenario
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También cuatro nuevas figuritas y el segundo tercio del póster de los luchadores latinoamericanos de todos los tiempos.

Puntos de venta:
* Feria del Libro. Pabellón Amarillo, Stand de Revistas Culturales (Nro. 2544)
* Gráfica B612, Ciudad de la Paz 2370 (Belgrano)
* Puesto de diarios de la estación Colegiales (Colegiales)
* Puesto de diarios de Corrientes y Dorrego (Villa Crespo)
* Bar "Perón Perón", Carranza 2200 (Palermo)
* "MU Punto de Encuentro", Hipólito Yrigoyen 1440 (Congreso)
* Puesto de diarios de Viamonte y Esmeralda (Centro)
* Puesto de diarios del hall central de la línea Mitre de Ferrocarriles -debajo del cartel de los horarios- (Retiro)


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Recordando a Kiki

Por medio de una compañera, hoy leimos esto. Un texto muy lindo, muy triste, muy crudo, sobre Kiki, a quien un integrante de la Policía Federal mató a sangre fría hace casi dos años. Es un caso paradigmático de la violencia policial y complicidad judicial. Lo relatamos en capítulos acá, acá y acá. Después se conoció un video con imágenes de Kiki agonizando. Lo mataron y lo filmaron muriendo. La perversidad policial, la impunidad, el desprecio por la humanidad.

Estamos viviendo otros tiempos, el aire corre y está todo más fresco. No quiere decir que no haya otros Kikis humillados por la PFA, pero es otro el viento que corre. Finalmente hay control político, hay decisiones políticas sobre la PFA. Y ese aroma saben olerlo los jueces, cómplices históricos y tradicionales de la brutalidad y corrupción policial.

Hoy se supo que en la causa por el asesinato de de Mariano Fereryra llamaron a indagatoria a siete oficiales de la PFA. Hace una semana tomamos conocimiento que un Juez de Instrucción de la Capital procesó por torturas y le dictó la prisión preventiva a tres policías de la Comisaría 23 que habían torturado en julio del año pasado a tres menores. El procesamiento es ejemplar porque rompe con tradiciones de la jurisprudencia argentina y les imputa el delito de tortura y no de apremios ilegales (la pena es sustancialmente diferente, básicamente es la cárcel o la libertad).

En Criminal Mambo escribimos más de este tema. Va a haber resistencias y marchas y contra marchas en este proceso histórico que inició Garré. El poder judicial tiene mucho para hacer. El caso de Kiki, a pesar de las nuevas pruebas como la del video, todavía está impune esperando una resolución de la Cámara de Casación hace más de un año.

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Termómetro social VI (Patti condenado a perpetua)


El jueves pasado estuvimos en José León Suárez para formar parte de otro de los días históricos que está viviendo nuestro país. La Justicia Argentina condenó al genocida Luis Abelardo Patti a morir en el Complejo Penitenciario de Marcos Paz. Acá está la crónica (La Maquiladora, un blog amigo).

Quedaron varias cositas afuera del texto, por supuesto. Por ejemplo: una empleada del Juzgado, al tomarnos los datos para entrar a la audiencia, nos recordó que había que apagar el teléfono, y que no se podía gritar ni hacer gestos indecorosos. Y otra perlita más: un chico de menos de treinta años, empleado de la Municipalidad abocado a mantener los baños en condiciones, cuando le dijimos qué le parecía la movida, nos dijo: "nunca vino tanta gente a este lugar".

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La síntesis

Hay necesidad de hacer síntesis porque es mucho lo que está pasando. Así como nunca tenemos que naturalizar lo que consideramos malo tampoco tenemos que naturalizar lo bueno. Hay necesidad de resumir, de mostrar, de comparar. Aunque sea para verlo en otro momento con palabras de búsqueda: señalización, sentencia, Patti, escuelas de policía, estado de derecho, división de poderes, DNU, derecho a huelga, SAME, villa 31. Hay necesidad de ordenar sólo algunos, sólo algunos de los tantos temas de coyuntura política que pasan en nuestro país y en la Ciudad.

Hace 10 años los H.I.J.O.S hacían fiestas para juntar plata para hacer los escarches populares (si no hay justicia, hay escrache). Hoy hacen fiestas para festejar las sentencias. Cuando hay sentencia, hay fiesta popular. La condena a perpetua a Luis Patti es la máxima expresión del camino que está haciendo nuestra democracia. Desde que asesinó y torturo, Patti pudo vivir en la sociedad como si nada hubiera pasado; aun más, tuvo derechos electorales para votar y ser votado, fue impulsado por partidos políticos, fue funcionario y fue intendente. Y casi diputado. A pesar de esa escalada de impunidad, la lucha constante de militantes y abogados comprometidos dieron vuelta la historia. Y ese zarpazo sólo pudo ser posible con el cambio de paradigma político que instaló Neétor y continúa Cristina.

Luis Patti era policía, de esa escuela de policía al servicio de la represión, que antes perseguían comunistas o subversivos y que en democracia pusieron esa furia contra los pobres. Ese es el tipo de policía que, al menos desde el ámbito federal, hoy se intenta cambiar a paso firme y con la idea de no perder más tiempo (que fue mucho). Esa es la policía que hace 20 años mató a Walter Bulacio. La gestión de Garré y la condena a Patti van de la mano. Ahora sí la política de derechos humanos que se hizo hacía las fuerzas armadas está llegando a las fuerzas policiales. De la misma forma, porque la forma, como dice Enrique Vázquez, en estos casos, se confunde e integra con el fondo de la cuestión.

El cambio de nombres de las escuelas de policía y la señalización de Coordinación Federal con una placa enorme que nos dice que ahí funcionó un centro clandestino de detención y exterminio, son los símbolos, absolutamente necesarios, que tienen que marcar la gestión. La política es un mundo de símbolos y la gestión su concreción. No hay una sin otra. Eso es política integral.

Al mismo tiempo, en la Ciudad de Buenos Aires, el Jefe de Gobierno nos convoca a un acuerdo democrático, para revalorizar el Estado de Derecho y recuperar la división de poderes, principio republicano esencial. Pero cuando se apagan las cámaras, vuelve a su despacho y firma un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que viola todo lo que él dice que quiere defender. Un decreto inconstitucional, que se arroga facultades legislativas, creando un tipo contravencional. Para hacerlo visible: es como que Cristina dicte un decreto creando un tipo penal, por ejemplo así: “Las empresas de radiodifusión que no incorporen a sus grillas las señales que financia el Estado Nacional, serán sancionadas con una multa de $50.000 pesos y con prisión de 1 a 5 días”. Sólo imaginen la catástrofe mediática de esto. No estaríamos para nada de acuerdo. Como no lo está Cristina, que limitó considerablemente el dictado de DNU en su gestión. Y nunca lo hizo sobre materias prohibidas constitucionalmente. Macri sí lo hace (la Constitución de la Ciudad dice expresamene que no puede regular por Decreto normas de carácter contravencional) y Sabsay no dijo nada. Deberían sacarle la matrícula de abogado. Macri, por orden de Magnetto, estableció un tipo contravencional para sancionar a quienes obstruyan las salidas de los diarios, estableciendo como todo fundamento la sentada que se hizo a fines de marzo en la puerta de la imprenta de Clarín.

Antes, Macri se encargó de establecer que el SAME no entre a las villas de la Ciudad y consiguió con eso que muera una persona por no recibir asistencia médica. En lugar de solucionar, tira nafta al fuego y no pone seguridad en los hospitales y centros de salud, alentando un paro de la corporación médica.

En Brasil hay un cuerpo de policías (UPP) que con apenas 3000 integrantes se metió en 57 favelas y bajó considerablemente el nivel de violencia y delito, con un paradigma de inserción y no de combate. Empezó, como la Metropolitana, en 2008. Ya pueden mostrar índices concretos y su jefe, Robson Rodrigues, es un antropólogo que dio, fundamentalmente, una lucha símbolica hacía adentro de la fuerza. La Metrpolitana tiene 2000 integrantes y no puede ni siquiera cuidar los hospitales públicos, que son 33.

A Clarín todo, a los pobres nada.

En el camino Macri vacía las políticas sociales hacia niñas, niños y adolescentes y les recomienda a los chicos comer fresas y jugar al béisbol.

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Enfrente de sus narices (señalización de CCD's)


El jueves y viernes pasado se señalizaron dos Centros Clandestinos de Detención y Exterminio. Ambos predios pertenecen a la Policía. El primero a la Federal, un edificio que respira picana ubicado a cien metros del Departamento Central de la calle Moreno, y que funcionó, aún antes del golpe del '76, para perseguir y torturar a la militancia. El otro es de la Bonaerense: la Comisaría 1era. de Tigre, en la zona norte del conurbano, por donde pasaron, entre otros, los delegados gremiales de la Ford.


Los dos actos corrieron por cuenta del Estado Nacional, a través de el Archivo Nacional de la Memoria (Ministerio de Justicia y Derechos Humanos), y del Ministerio de Seguridad. Si se dan una vuelta por la Ex ESMA, en la esquina con Defensores de Belgrano, van a ver los tres pilares típicas de la señalización: Memoria, Verdad y Justicia. Lo mismo en Campo de Mayo, o la Perla, en Córdoba, entre otros.

Con cada una de estas placas, la reparación histórica gana espesura. Y el modelo de Néstor y Cristina, más legitimidad y más reconocimiento.

Publicamos ésta nota en la edición de Miradas al Sur del domingo, con la que repasamos parte de la macabra historia de Coordinación Federal. Deberían haber visto las caras impávidas de los azules, mientras Nilda Garré convidaba Kirchnerismo en el mismísimo comedor de su cuartel.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios