Néstor lee el poema de Joaquín Areta y dice: "Quisiera que me recuerden sin llorar ni lamentarme". Néstor lee un texto de un poeta desaparecido y aparece con él, aparecen todos en la calle, en la puerta de un tribunal. Néstor también está en Comodoro Py y nos abraza. Y nos dice: "no lloren, son días de fiesta popular, de sueños realizados, de conquistas esforzadas". Nos hace una broma, quiere que nos riamos. Y nos tapamos la cara pero estamos llorando. Néstor, nosotros te recordamos llorando porque somos libres y vos nos ayudaste a ser más libres. Tenemos que llorar porque nuestros desaparecidos están en nuestras almas y para encontrarnos con ellos después de tamaña justicia (que vos impulsaste) tenemos que llorar. No elegimos llorar, no lo podemos contener, Néstor. Te juro que voy a intentar no llorar y voy a reírme mucho, como vos lo hacías siempre. Te morfaste a varios pesados y siempre nos ofrecías una sonrisa. Nosotros vamos a seguir por ahí, cada uno su parte. Nosotros sabemos, con vos, que cada uno en su lugar aporta a la construcción política que tanto soñaste. Somos hijos de los 30.000 desparecidos pero también somos hijos de ustedes, Néstor. Y el aniversario de tu muerte y el triunfazo de Cristina y las condenas a los genocidas de
Buscar dentro de HermanosDios
Llorar a Néstor
El amor de los convencidos

mi hermano iluminó, acá, con precisión histórica
una ya no tan reciente noche destituyente argentina
cuando los depredadores golpearon cacerolas
embobados con la ofensiva
de los dueños de la tierra y los medios de comunicación
que arremetían contra una visagra distributiva
de un gobierno popular que ya enjuiciaba genocidas
abrazaba a madres y abuelas
fraternizaba con los mandatarios latinoamericanos
dejaba de lamer las botas del fondo monetario
invertía en educación, salud y obra pública
apostaba a la industria nacional
y recuperaba las paritarias.
esa noche, entonces, volvimos a atrincherarnos
en la plaza de la resistencia
pero esta vez, ya lo habíamos asumido
para defender a un gobierno nacional.
gran parte de la generación de nuestros padres
también había intentado edificar con sueños y hechos
a su manera, en su tiempo, y con sus propios líderes
una patria libre, justa y soberana
como lo estamos haciendo nosotros, ahora
haciéndole frente al desgarro y al desamparo
del genocidio argentino del setenta y seis, primero
y al hambre, desocupación, entrega y represión de los noventa, después
cuando vamos a los barrios o a las universidades
en la gestión o en la mesa familiar de los domingos
a seducir a los ignorantes y a los desconfiados
con la seguridad de sabernos justos
ya que nuestra más genuina ilusión
es comprometer el futuro de una argentina grande
inclusiva, por medio de los puentes
de un estado peronista que restituye derechos
dignificando a su pueblo
diseminando como los brazos de un rio
la monumental obra y legado
de los patriotas de nuestro tiempo
néstor y cristina.
parte de la legitimidad del cincuenta y cuatro por ciento
que a partir del veintitres de octubre
pasó a engrosar la fascinante y dramática historia política nacional
nos corresponde a nosotros
la juventud del bicentenario
porque sin otra pretensión que derrotar el odio
de los miserables con el amor de los convencidos
empujamos el carro de la política
único e irremplazable instrumento para transformar
de la realidad de la gente que
por fín
reventó las urnas de agradecimiento
confianza, sueños y esperanza
a pesar de los pronósticos de los usureros
que hace doscientos años
destruyen a favor de la patria injusta.
De la resistencia a la victoria

Era martes, me acuerdo bien. El día fijo del fútbol con los pibes. Mi hermano me pasaba a buscar, en general, por Blanco Encalada y Cramer. De ahí encarábamos para Caballito. Parado en esa esquina empecé a escuchar las cacerolas, una, otra y otra, eran cada vez más. Qué barrio de mierda. Que pedazos de hijos de puta. Que angustia. Llegó, al fin, mi hermano. Subí. Nos miramos incrédulos, llenos de preguntas. Encaramos por Cramer y las cacerolas seguían sonando. Paramos en un semáforo, una cacerola retumbaba en un balcón de un primer piso. Me asomé por la ventanilla y le grité: “¿Qué golpeas, por qué golpeas esa cacerola?”. El pibe, de unos treinta años, me miraba con una sonrisa maldita. Seguí gritándole: “¿La querés toda para vos, no? ¿La querés toda para vos, no? La querés toda!” El flaco asintió con la cabeza y dijo en voz alta para que se escuche bien: “Sí, la quiero toda para mi”.
Más tarde, en cortos y zapatillas de fútbol, llegamos a Perú y Avenida de Mayo y la situación era insólita: la plaza estaba ocupada por los angurrientos, por los accionistas de la desigualdad. Aguantamos los trapos ahí y fuimos avanzando de a poco para el lado de a Casa Rosada. Llegó D´ Elia con una decisión. Y se recuperó la plaza. Se sabía que si se perdía la Plaza de Mayo el costo sería muy alto. El gorilismo había mostrado los dientes y jugaba una carta audaz. Todavía no se entendía bien qué estaba pasando pero instintivamente sabíamos que la calle era nuestra. Comenzaba la resistencia.
Al poco tiempo y a base de kirchnerismo se recuperó terreno y se avanzó mucho más. La legitimidad se construye con tiempo y con política, no con la televisión. Ahora, a más de tres años y medio de esa noche de marzo de 2008 los votos van a reconfirmar a Cristina en el gobierno de manera contundente y con ella un proceso político transformador e igualador. Vamos a ir a la plaza, otra vez, a festejar.
Y no vamos a parar hasta terminar lo que Néstor y Cristina empezaron: alcanzar una patria solidaria, justa y soberana, sin privilegios, sin angurrientos. Aquel joven cacerolero deberá entender que tiene que repartir su riqueza, que si él gana dinero de manera desproporcional entonces hay muchos otros que están perdiendo en la misma proporción. Va a tener que entender que la democracia plena significa poner límites, que la libertad de mercado tiene sus límites en la igualdad del pueblo. Va a tener que entender y apuntar sus golpes para otro lado o será un infeliz toda su vida.
No vamos a parar porque lo sentimos intensamente, porque nos sale de las entrañas, porque ahora vamos a dormir un par de horas y nos vamos a levantar a fiscalizar y somos muchos: son pocas las mesas para esta militancia, porque los fiscales de otros partidos nos miran con envidia y al oído nos dicen que votan a Cristina pero que le ofrecieron buena guita para estar ahí. Vamos a bancar a Cristina en todas las resistencias que haya que resistir y vamos a profundizar en todas las profundidades.
Hoy será un día de fiesta popular porque aunque nos falta mucho (y por eso, repito, no vamos a parar) estamos caminando el sueño de nuestros patriotas y, fundamentalmente, el sueño de nuestros 30. 000 desaparecidos.
Leer más...
Un 17 de octubre dentro de la Ex ESMA

Mi 17 de octubre fue definitivamente intenso.
Arrancó, temprano, con el arribo a la Ex ESMA. No para hacer una nueva visita al Centro Clandestino de Detención y Exterminio que allí funcionó. No. Para trabajar, de ahora en más, en el edificio del Archivo Nacional de la Memoria, junto a otros diez compañeros, en un refaccionado y luminoso salón llamado “Rodolfo Walsh”.
La mudanza implica, en lo personal y en lo colectivo, asumir el mandato político de ocupar un predio en el que a través de la función pública se mantiene viva la memoria.
Al mediodía salí a dar una vuelta. Debajo del brazo me llevé “En cinco minutos levántate María”, de Pablo Ramos. Busqué un lugar para sentarme a leer las últimas veinte páginas de una historia narrada por una mujer que recorre su vida desde la oscuridad de su cama, antes de que amanezca. Recorrí un costado del predio, comí unas moras en el camino, me encontré con dos compañeros de otras épocas de militancia que trabajan en otro edificio, y después de algunos minutos, encontré el lugar que estaba buscando: una explanada de cemento de la parte de atrás del Conti. En medio del absoluto silencio que reinaba en ese rincón, me acordé de una foto de la previa del acto oficial que se hizo en el centro cultural para su inauguración: Néstor y Cristina ingresando junto a la primera plana del gobierno nacional, frescos, y enormes, haciendo historia. Rodeado de las hojas y ramas que habían caído de los frondosos árboles del lugar, ahora sí, la profundidad con la que escribe Ramos, acrecentada de manera angustiante por la pendiente narrativa del final ya no del libro sino de su trilogía –los primeros dos son “El origen de la tristeza” y “La ley de la ferocidad”-, me conectó con uno de los tópicos más transitados por la literatura: la muerte.
Fumé un cigarrillo, mientras intentaba coronar la preciosura del texto con algún pensamiento. Di la última pitada, y me levanté. Próximo destino: el Ecunhi, espacio en el que se había abierto un pequeño comedor.
En el camino, una mujer, a la distancia, frunció los ojos, se agachó levemente, e intentó descifrar si yo era yo. Me miraba con gestos dubitativos, hasta que pronunció mi nombre. Era yo, sí, pero yo no sabía quién era ella. De todas maneras fui a su encuentro, e incluso nos dimos un abrazo. Con honestidad le comenté que no la reconocía. Cuando me dijo su nombre, y el de su hija, entendí todo. Adiviné los rasgos de su hija en su propio rostro. Nos volvimos a abrazar, re afirmando que sí, que nos habíamos tenido cariño. Intercambiamos unas palabras obligadas, y no mucho más. El encuentro duró dos minutos, pero fueron tan intensas las miradas y tan drástica la aceleración del pulso sanguíneo, que cuando cada uno siguió su camino intuí que a ambos se nos empastó la boca con el nostálgico gusto de un pasado irrecuperable.
Más tarde fui testigo privilegiado del frenético trabajo de unas treinta personas de la Unidad del Bicentenario para el acto que unas horas más tarde encabezaría la Presidenta de la Nación, en el edificio Educ.ar (las señales Encuentro, Paka Paka y Tecnópolis TV), al fondo del predio, por los sesenta años de la televisión Pública. “Son los productores más importantes de la Argentina”, me confió un compañero del Ministerio de Educación. Un hormiguero a cielo abierto.
Más tarde, y desde una ventana del primer edificio del Archivo Nacional de la Memoria, con el sol de octubre sobre la frente, disfruté cada una de las entradas de de las organizaciones que enfilaban hacia el acto con flameadoras, bombos y trompetas. Los seguí con la mirada hasta que se perdían por las callecitas del predio, con la naturalidad de cualquier manifestación popular, y volví a enorgullecerme con la obra de Néstor, sus pelotas y su amor por la Patria.
Más tarde, ya dentro del salón principal del edificio de Educ.ar, entre decenas de compañeros, personalidades de la política, los medios y la cultura, la vi, sentada, junto a las suyas, todas en silencio, y ella, intimidante, con un gesto durísimo en la cara arrugada y bordeada por el pañuelo blanco. Me acerqué, y le dije si la podía abrazar. Y así fue: varios segundos sentí el corazón incansable de Hebe de Bonafini sobre mi pecho.
Más tarde, la Presidenta, vestida de negro como la noche que nos envolvía, condujo con la semblanza de los diferentes, un acto que arrancó con la primera imagen que emitió nuestra televisión hace sesenta años: un discurso de Evita, tan vital como su lucha por los derechos de los descamisados.
Volví a casa con los pies inflamados, y la sensación de haber vivido un 17 tan intenso como las horas que viviremos el próximo domingo, cuando hagamos historia, o dentro de 96 horas, cuando volvamos a llorar por él, nuestro padre, como leí por ahí hace un rato, en una red social.
Un año de Criminal Mambo

Hace un año se inauguraba este blog. Se eligió el día de la lealtad. Se decidió nacer el día del cumpleaños del pueblo argentino. Se propuso discutir un tema crítico. Criminal Mambo es una mirada nacional y popular de la seguridad. Feliz cumpeaños.
Termómetro social XIII (padre e hijo recorriendo Tecnópolis)

por pedido suyo
mi hijo y yo
recorrimos tecnópolis;
desde el mediodía
y hasta que bajó el sol
bajo un cielo cargado de agua que nunca cayó
la tarde entera
de la mano
disfrutando de la suavidad y fragilidad de sus dedos
hicimos las colas de los domos blancos y dorados
junto al otro, el que no sale en televisión,
pero sí conforma el océano de almas asombradas y alegres
que una vez más gana el espacio público
y aplaudimos en la oscuridad cuando terminó la clase dentro de la carpa
le sacamos fotos a los fuerza bruta bailoteando en el aire sobre siam di tella
industria nacional
y pateamos los cantos rodado de las callecitas
de un pueblo bicentenario
que escribía
delante de nuestros ojos
con trazos fosforescentes
los continentes aire, fuego, tierra e imaginación
condensando, para él, el presente en el futuro
y para mi, su padre,
un pasado sombrío y cruel
que a cada minuto se convierte en conquistas invaluables;
tecnolopolis no está bueno, papá: está genial, me confió
saltando en el lugar,
con las rodillas mugrientas
rebotando de alegría
cuando nos subimos a un montículo de tierra
desde la que se apreciaba
a la distancia
como en un cuento
la polis conurbana y multicolor
en la que nos habíamos perdido
hacía un rato nomás
de la mano
padre e hijo
argentinos
latinoamericanos
y parte del sesenta por ciento que celebra con emoción
el modelo productivo con inclusión social.
KRANEAR: el número TRES ya ganó la calle
Después de haberla presentado con bombos y platillos en el IV Congreso Iberoamericano de Cultura que se hizo en Mar del Plata (*), ahora sí, el número 3 de KRANEAR está en algunos puntos de venta de la ciudad.
En esta edición entregamos el último tercio del álbum-poster con los luchadores latinoamericanos de todos los tiempos. Un verdadero lujo para grandes y chicos, a todo color, y de más de un metro de largo que, tal cual pusimos en la bajada de la contratapa del primer número, se puede colgar en la puerta del placard o en la pared del local que tenemos junto a los compañeros y compañeras, hinchados de orgullo, porque de a poco se va poblando con las ilustraciones de los grandísimos patriotas que tuvo nuestro continente (con las cuatro de éste número ya son doce las figuritas). Ahora, posa para nosotros, con los brazos cruzados y un gesto implacable en la cara, Francisco Solano López Carrillo, presidente del Paraguay durante 1862 y 1870, que puso a su patria entre las más prósperas de la época, y que estuvo al frente de las fuerzas armadas paraguayas para enfrentar a la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay) que le declaraba la guerra.
El sumario no tiene desperdicio y tiene un grosor quizás algo excesivo: 120 páginas. Un texto de los amigos de la revista THC en el que nos cuentan la génesis y el recorrido del movimiento cannabico en la Argentina; un texto que ofrece un revisionismo histórico con todos los nombres que componen el pensamiento nacional y popular; otro que ensaya sobre la des-extranjerización de la economía; un relato sobre el trabajo que realiza el equipo de profesionales que está al frente del Programa Nacional Mapa Educativo del Ministerio de Educación de la Nación; un repaso sobre la experiencia revolucionaria, en términos políticos y comunicaciones del diario Noticias de la organización Montoneros; la sección sobre Gastronomía Latinoamericana; un relato inédito del escritor Pablo Ramos para la sección Literatura Nacional, y otros textos.
A disfrutar, entonces, del número que hasta ahora mejor sintetiza el espíritu de una revista que de a poco, y a puro corazón militante, va conquistando seguidores.
(*) Con el kirchnerismo todo llega, dice mi hermano. Alcanza con levantar la vista unos centímetros del suelo para ver que las mejoras están ahí, al alcance de la mano, como un panadero que flota en el aire. Es tan intensa y vertiginosa la transformación que estamos viviendo en la Argentina que entre los que militamos en política, cada tanto, nos recordamos que hay que hacer una pausa, sentarse bajo la sombra de un árbol, y disfrutar y celebrar las conquistas, porque son únicas, irrepetibles, y tienen serias chances de trascender nuestra época para impactar, positivamente, en la vida de nuestros hijos.
Y un día llegó el primer reconocimiento institucional para KRANEAR, de la mano de la Secretaría de Cultura de la Nación. La propuesta nos la hizo una conocida en un cumpleaños, una noche cualquiera. Dijimos que sí, claro. Apuramos los últimos detalles de diseño, junto a nuestra diseñadora, Silvina, negociamos los siempre tensos tiempos de la imprenta, y con las revistas todavía calientes dentro del baúl, un día de semana, nos perdimos en la autovía 2 junto a una parejita de venezolanos que estudian una maestría en la Universidad Nacional de Lanus, bancados por el gobierno bolivariano de Chavez.
Durante tres días y noches paramos en Hotel Provincial, un edificio monumental, restaurado estos años, en el corazón del balneario más popular de las playas argentinas. Con todo pago, y con la tarjeta a color del evento colgada de nuestros cuellos, participamos de un Congreso al que asistieron a exponer sobre “Cultura, Política y Participación Popular” figuras públicas y funcionarios de todo el continente. Aprovechamos, por supuesto, y como lo hicieron las doscientas personas que operaron durante todo el fin de semana a favor de sus intereses, para instalar nuestra criatura, tejer relaciones, hacer migas con muchos colegas argentinos y latinoamericanos que también tuvieron la suerte de dormir en una habitación con vista al mar, desayunar licuados y frutas secas, y escuchar en los distintos paneles a los hombres y a las mujeres de nuestra Patria Grande que tenían algo para contar. En el plano íntimo, compartir larguísimas charlas con mi compañero de ruta, el director de la revista, Lalo Recanatini, tan apasionado por la política y la comunicación, como por los colores de Gimnasia y Esgrima de la Plata y la radio portátil que mete en el bolso cada vez que viaja, no tuvo ni una pisca de desperdicio. Leer más...
Termómetro Social XII (de las palabras a los hechos)
la calurosa tarde del 24 de marzo del 2004
minutos después de que kirchner le sacase oficialmente la esma a la marina genocida para devolvérsela al pueblo
los hijos traspasamos la puerta de hierro de libertador
agarrados de los brazos
vociferando gritos colectivos
anchos por el orgullo
acusando el impacto del acto
en nuestras caras
hinchadas por el odio
la tristeza
la incredulidad
y la esperanza.
cuando llegamos al portón de madera del emblemático edificio
de las cuatro columnas blancas
que sintetizan
aún hoy
la imagen del exterminio argentino
tiramos flores
y vomitamos lagrimas
que pesaban toneladas de muerte.
antes y después del acto del gobierno argentino
sobre la avenida rivadavia
en el que kirhcner pediría perdón en nombre del estado
deambulamos como fantasmas por el interior del predio
junto a miles de compatriotas
preguntándonos
quizás
cómo haríamos para llenar de vida
tan inabarcable escenario castrense.
volví varias veces durante los últimos años
y la foto siempre cambió de color
densidad
y textura;
hubo y sigue habiendo dificultades, por supuesto,
también internas
pero hoy tenemos el conti
el ecunhi
el archivo nacional de la memoria
la casa de los hijos
la casa de las abuelas
el canal encuentro,
y varios más;
tenemos moladoras
cementeras
martillos
serruchos
los cascos y mameluchos de los obreros
sus voces
sus radios portátiles
los autos estacionados debajo de los palos borrachos espinosos,
las decenas de empleados públicos que trabajamos
dentro de los edificios reciclados
y funcionarios que ejecutan políticas públicas;
conscientes del paso histórico que se ha dado
una tarde de sol cualquiera
miramos por una ventana
atónitos
cómo los grupos de secundarios
cintíficos
o personal del servicio penitenciario federal
escucha a las guías de menos de treinta años
que ofrecen la charla introductoria de la visita
al pie de las cuatro columnas
que hace casi ocho años atrás
llenamos de lágrimas
y pedidos
esperanzandos
como nunca antes
de justicia.
gracias nestor.
KRANEAR: asoma la número 3

Sumario:
1) Políticas públicas en Salud, punteos, reflexiones y materias pendientes.
2) Un plan para des-extranjerizar nuestra economía.
3) Revisionismo histórico.
4) Los O'Odham, el pueblo indígena mexicano que tuvo que migrar desde el desierto a la ciudad.
5) Sección FotoSíntesis ("El sargento Kirk y el Córdobazo").
6) ¡Noticias de ayer, Extra, Extra!, un repaso de la experiencia revolucionaria del diario Noticias de la organización Montoneros.
7) La Patria Mapera, un relato sobre el trabajo del Programa Nacional Mapa Educativo, del Ministerio de Educación de la Nación.
8) La tribuna cannabica, un repaso sobre el movimiento cannabico argentino, a través de la pluma de los responsables editoriales de la revista THC.
9) Sección LiteraNacional ("La historia de la música"), por Pablo Ramos.
10) Sección Gastronomía Latinoamericana (El chile)
11) Sección Discos recomendados.
Y la última parte del póster y cuatro nuevas figuritas de los luchadores latinoamericanos de todos los tiempos.
Termómetro Social XI (un ladrillo menos en la pared)

El martes de la semana pasada Luciano M. fue a la Dirección Nacional del Derecho de Autor, sobre la calle Moreno, en Monserrat, para averiguar cuáles eran los requisitos para registrar una revista. Entró con los auriculares puestos, escuchando el disco “Donde brilla el sol”, de Riddim, y aunque al principio no escuchó nada de lo que provenía del interior de la oficina pública, percibió con claridad que acababa de traspasar un umbral: decenas de personas, de uno y otro lado del mostrador, intercambiaban palabras y gestos. Apagó el aparato y como si hubiese abierto la ventana de una cabaña, el murmullo sordo que flotaba en el salón lo envolvió por los cuatro costados. Se desenchufó y le preguntó al muchacho que oficiaba de portero por su trámite. Le indicó una oficina del fondo. Atravesando el pasillo le llamó la atención la cantidad de chicos y chicas de no más de treinta años que atendían con ganas al público. La chica que lo atendió, resuelta y didáctica, también lo trató muy bien. A la media hora, salió del edificio, y lo primero que hizo fue enchufarse los auriculares.
“Vamos donde… donde brilla el sol…”.
Estaba contento. En las puertas de su cumpleaños número treinta y cinco, y después de varios años en los que para esa fecha sólo había dudas, reproches e inconformismo, ahora sí, por fin, se sentía más amigado consigo mismo. No era el ficticio paraíso de la vida resuelta. Nunca sería así. Pero sí sentía un extraño regocijo por haberle puesto ganas al deseo que creía haber perdido para siempre, como una pelota que se acaba de caer a un rio, y se aleja con la corriente.
“Al futuro hay que armarlo con amor…”.
Encaró por Moreno, hacia el bajo. Cruzó la 9 de Julio, atestada de tráfico y manadas de hombres y mujeres que serpenteaban por las franjas blancas del pavimento cada vez que cortaban los semáforos. El obelisco, en una punta, la subida a la autopista 25 de Mayo, en la otra, y sobre su cabeza, el colosal edificio del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, con el flamante trabajo en hierro del rostro de Evita, recortando el cielo azul de un día definitivamente peronista.
El sonido del disco, limpio, nítido, vital, le endulzaba el cuerpo entero. Esquivaba, casi bailoteando, con los brazos abiertos y un elástico transparente maniobrándole la cintura, a las personas que se cruzaba en las estrechas veredas de Monserrat. A través de la película que proyectaban sus ojos veía las colas en los kioscos, librerías y farmacias, o los bares, bodegones o casas de comidas rápidas con todas las mesas y mostradores llenos, pero su atención mental reposaba sobre la sección de vientos de la banda, prolija y eléctrica, sintiendo que debajo de los pies tenía un castillo inflable con los colores del arco iris.
“Acortare la distancia, que hace latir mi corazón…”. “Puedo sentir.... la vibración más hermosa…”.
Transitar el camino de la escritura, aunque sea a los saltos, con días en los que no podía armar una sola frase digna de ser leída, era una de las razones que le alumbraban el alma por esos días. Pensaba en eso, mientras flotaba en el aire con la cadencia pegajosa de los teclados y el bajo del disco. Un mes antes lo habían invitado a una escuela secundaria para que compartiese la cocina de los cinco cuentos de su primer libro, y eso valía millones, porque la frescura e ingenuidad de los pibes iluminaban su cabeza con la fuerza de cien relatos juntos. Miró para su derecha, y le pareció que dos de las chicas producidas como secretarias que fumaban tabaco en la puerta de un antiguo edificio reciclado, mientras tiraban humo hacia el cielo, se reían, y hablaban por teléfono, lo miraban.
Luciano M. no podía creer la vibración que había en la calle. El movimiento general se asemejaba, y mucho, al cosquilleo que sentía en los pies, en la espalda y en el cuello. Del otro lado de los cristales de una sucursal del Banco Galicia, una exclusiva Casa de Seguros, y la recepción de la Obra Social del Sindicato de Comercio, la gente se agolpaba para hacer su trámite. Un par de cadetes y verduleros con ropa deportiva charlaban con dos policías federales de chaleco naranja en una esquina, mientras esperaban que cambie el semáforo. Oyó, como si estuviese a cien metros, como uno de ellos, el de buzo de Boca, con una sonrisa pintada entre las dos orejas, gastaba a otro que con seguridad caminaría hacia el otro lado, a sus espaldas. Las bicicletas pasaban bordeando el cordón de la vereda. Un taxis con la puerta abiertas esperaba un pasajero, y de otro, que frenó a unos metros, se bajaron dos mujeres que vestían pollera y saco. Mucha gente hablaba por celular, y el tráfico de las calles laterales era muy intenso.
“Vuelve a avanzar, sin mirar hacia atrás… no importa lo que hagan no importa lo que dirán…”.
Cuando llegó a Paseo Colón, se desenchufó. El ruido de la calle lo envolvió con fuerza. En especial, los motores de los colectivos, que pasaban uno detrás de otro, interminables. Tenía que cruzar para tomarse el 152, pero decidió caminar hasta la otra parada, en dirección a la Boca, porque el día estaba hermoso. Y ahí tomó nota mental de un dato hasta aquel momento borroso pero presente por su persistencia: Cristina estaba por todos lados, con sus mil caras y consignas.
A mitad de cuadra apareció una cola que, según pudo constatar cuando llegó a la esquina, daba la vuelta entera por Venezuela y se perdía por Balcarce. A Luciano M. le parecía una cola para comprar entradas para un recital, o algo parecido, por la edad de los pibes y las pibas, la ropa de colores oscuros, las mochilas, los auriculares en la cabeza. Pero no estaba seguro. Justo antes de cruzar, ahora sí, la avenida Colón, escuchó la tonada de una mujer del norte de nuestro país, preguntándole a uno de la fila, si la cola era para conseguir trabajo. “No doña, es para Roger Waters”. “¿Para qué?”. “Para un recital de rock, Olga”, le aclaró el marido, vestido con un pantalón marron claro y una camperita de naylon, cara de bonachón, algo incomodada por la desinformación de su mujer de pueblo.
Luciano M., le buscó la mirada al matrimonio, y cuando se las encontró, les dijo: “cómo cambió la Argentina, ¿no?”. “Sí, m’hijo, la verdad que sí”.
Recién cuando pudo sentarse en el 152, a la altura de Retiro, pudo hojear los formularios que le había pasado la empleada de Derecho de Autor. El proyecto de la revista lo tenía loco, y más todavía, sabiendo que lo compartiría con una compañera de militancia que prometía. Perdiendo la vista en una avenida Libertador regada de coches y colectivos, a pleno, volvió a enchufarse los auriculares.
Manu y Santino Dios

