Buscar dentro de HermanosDios

Por veinte pesos descubrí a Borges

Entré al localcito para rastrear entre los estantes de la sección latinoamericana si había algún libro que valiese la pena. Precio y calidad. Agarré de una pila de libros y revistas una edición maltrecha de Emece de “El informe de Brodie”. Tapa blanda, color vino tinto, el lomo fajado por una cinta transparente para sostener con firmeza la encuadernación. De la eminencia solo había leído “El Aleph”, siendo un adolescente. Luego, aún habiendo elegido la escritura como oficio terrestre, lo desestimé por inalcanzable, y también por razones políticas. La llave estuvo en la contratapa de librito: “las once narraciones de este volumen del gran escritor argentino son directas, desnudas y sencillas”. Bien, pensé. En el vértice inferior izquierdo de la contratapa, brillaba la pequeña etiqueta blanca con el precio escrito con birome colorada. Bien, pensé. La dueña del local, y su hija, tomaban mate. La señora del lado de adentro del mostrador; la hija, del otro. Habían cambiado el tono de sus voces. Ahora susurraban, o sostenían largos silencios. La hija, una mañana del verano anterior, en un rapto de confianza, me había contado que su madre estaba gravemente enferma. Había vuelto. Bien, pensé. Ahora estaba sentada sobre la banqueta, con un saquito de lana tan anticuado como las revistas usadas que poblaban las estanterías y el piso de gran parte del negocio. Las saludé –pero no mencioné, ni celebré, la mejoría de la salud de la señora-, pagué el libro, y antes de salir tomé un caramelo de menta de una canastita de mimbre que había en el mostrador. Tuve que apretar el paso ya que había empezado a sonar la chicharra y las barreras estaban bajas. A lo lejos, se veía el punto luminoso de la trompa de la formación. Los pasajeros que esperaban en el andén de la estación Luis María Saavedra se pusieron en movimiento. Troté hasta la boletería, pedí un viaje hasta Retiro, y de dos zancadas, logré meterme en el segundo vagón. Hubiese podido sentarme, pero preferí viajar en la puerta. Todavía no sabía que los dos cuentos que leería hasta llegar al centro le darían la razón a mi padre, y a toda la humanidad. Por sólo veinte pesos, descubriría, por fin, a Borges.

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El Gran Daño Argentino

Porteño y canillita de toda la vida, futbolero, apasionado de nuestra historia política contemporánea, Horacio es un hombre menudo, de pelo blanco, “hijo de españoles e italianos”, que recibe el cariño de sus clientes con un apretón de manos, o un gritos y la mano levantada, a la distancia. Siempre está informado y sólo tenés que preguntarle la hora para iniciar una conversación que puede durar cuarenta minutos, de parados, frente a las portadas en papel ilustración brilloso de la revista Hombres, Playboy, THC o Un caño. Por el frente de su negocio circulan cientos de miles de pasajeros por día, pero no se distrae de sus tareas. Mucho menos de la distendida hojeada del Crónica, o Popular. El kiosco tiene una ubicación privilegiada: el hall central de la terminal de Retiro, de la línea Mitre de los ahora nacionalizados Ferrocarriles. Se viste bien. A la antigua. Con modestia y prolijidad. Los mocasines siempre lustrados, pantalón de vestir. Cuando hace calor, camisa de mangas cortas. Si hace frío, un saco de lana con rombos, y campera de cuerina. A veces se pone una boina marrón claro que le realza el color verde de sus ojos inquietos. ”Tu interés por la política, ¿viene de parte tus padres?”. “No. Es vocación propia, que nace allá en el 30, cuando empiezan los golpes de Estado”, rememora. Es un hombre justo. Sin grandes ambiciones personales, amante de su trabajo, se sulfura cuando discute acerca de los intereses nacionales; los propios, los de sus dos empleados, los de los chicos que sirven panchos con lluvia de papas, los boleteros, los policías federales con chaleco naranja, los pasajeros que se persignan frente al altar de la virgen que está a menos de un metro de su kiosco. Las fosas nasales de Horacio se abren y cierran como el fuelle de un bandoneón inspirado si uno le saca el tema “Clarín”. “Mirá”, dice, y se encorva para recoger una planilla. “¿Cuántos ejemplares me dejaron hoy?”, desafía. En la línea de la planilla en la que figura la entrega que hizo a la madrugada el Gran Diario Argentino, hay un 20. “¿Y cuantos tengo?”, vuelve a preguntar. No hace falta responder porque él mismo toma los lomos de los ejemplares, y los hace pasar como si fuesen las cartas de mazo de cartas. 14 ejemplares. “¿Qué hora es?”, dice, y se mira la muñeca. La doce y veinte del mediodía. Sonríe, cómplice, como si fuese un nene que acaba de cometer una maldad.

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A viva voz

La mujer promueve a viva voz las ventajas de almorzar en The City, un Café Gourmet del centro porteño. De pie, en el cruce de las calles 25 de Mayo y Perón, enfundada en un camperón negro como los que usan los directores técnicos, y con una bufanda negra adherida al cuello, repite el temario cada treinta o cuarenta segundos. Aproveche, señora, señor; 45 pesos el almuerzo, con bebida y café. La gran mayoría de los funcionarios, gerentes, oficinistas, obreros de la construcción, estudiantes, policías, o encargados de edificios, entre otros, siguen de largo; pero si uno presta atención, algunos de ellos, ante el primer gesto, o mueca, que denote cierto interés, son abordados por la despierta promotora, que en pocos segundos los termina de seducir, o espantar. Hay carnes, pastas, pescados. Cuando aparecen los clientes habituales del local, ella no sólo les abre la puerta, sino que los acompaña hasta las mesas. Luego, vuelve a salir a la calle, en la que ahora hacen tres grados, y encima sopla un viento que se arremolina en la esquina que acaba de ser reciclada por el Gobierno de la Ciudad. Pero ella no sabe de inclmencias. Retoma su canto, con la misma decisión de siempre: aproveche señora, señor; almuerce por 45 pesos. Debido a las toneladas de cemento y concreto que crecen como plantas carnívoras en la zona, sólo disfruta del sol durante cuarenta minutos: entre las 13.25 y  las 14.05. “Da resultados, sí. Desde que cumplo ésta tarea hemos aumentado el número de cubiertos. Fijate que ahora el local está lleno”, cuenta, entre sonrisas, y los ojos negros se le agrandan ante nuestro inesperado interés por su oficio. “Antes trabajaba de mesera pero el encargado me hizo la propuesta, y acepté”. Dos jóvenes que visten traje y fuman tabaco rubio frenan su paso, y posan, la mirada, durante un instante, en la pizarra donde está detallado el menú del día. “Pasen, chicos. Hay lugar”. Los muchachos dudan, pero luego ingresan al local que, efectivamente, está casi completo. Cuando la promotora vuelve a salir del salón, y retoma su puesto, agradece el deseo de buena suerte que le regalamos y, antes de levantar la mano para despedirnos, y volver a sonreír, nos da un volante de The City, que tiene todas las promociones.

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Para que nadie se queje

Hace unos diez años no le hubieses prestado ninguna atención. Era un local más. Del montón. Sobre la avenida Corrientes (entre Reconquista y San Martín), es cierto, pero nada pomposo. Se trataba de un mostrador en el que podías armarte un sándwich a gusto, que aparte tenía una heladera de la que podías servirte una gaseosa, más un kiosco, y un encargado calvo y de sonrisa fácil que te cobraba, sentado, en una banqueta de madera de pino. Pasó la crisis y también los años de recuperación y crecimiento. Hoy sí le prestás atención al local si caminás por la vereda. Es casi imposible no observar el brillo de los mosaicos del piso, los monitores, el universo de colores que puebla las heladeras, la larga fila de los clientes a la hora del almuerzo. El salón es tres más grande que en el 2002. Ya no hay una sino cinco heladeras llenas de gaseosas y jugos, ensaladas de frutas, gelatinas, postres SER, y otros productos; el kiosco ocupa un cuarto del local, y te venden hasta pipas y habanos; el mostrador de los fiambres se convirtió en una enorme sandwichería en el que te atienden cinco empleados que están disfrazados con delantal y gorro como si fuesen chefs de la alta cocina, y en la que podés comprar tartas, empanadas y ensaladas. El encargado sigue siendo el mismo. Sin pelo pero encima de la misma banqueta. Les cobra a los hombres y mujeres que trabajan en los bancos, compañías financieras, empresas de todos los rubros, comercios y edificios públicos, que pagan hasta cincuenta pesos por un árabe de crudo, queso, tomate y albahaca. El hombre sonríe con ganas, de manera generosa. No se guarda nada en cada uno de ésas muecas interesadas. Sabe que el cliente siempre tiene la razón. Por eso, quizá, tomó una decisión que está en sintonía con los turbulentos tiempos políticos que corren. De frente a la entrada del local, sobre las heladeras de los lácteos, instaló dos plasmas de alta definición de por lo menos cuarenta pulgadas cada uno. En el de la izquierda está sintonizada la señal Todo Noticias. En la otra, C5N. Para que nadie se queje.

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Estado de Bienestar




A las cuatro y media de la tarde unas cinco mil personas colmábamos parte del imponente Pabellón Bicentenario, en Tecnópolis (el mismo espacio en el que el jujeño de diez años recitó, para todo el país, el conmovedor poema “No te rías de un colla”). A pesar de la penumbra, vimos que unos treinta granaderos ganaban el centro del escenario. El metal de sus trompetas brillaba como el oro. Luego entraron los músicos y bailarines de “El Choque Urbano”. Algunos se subieron a unas torres tubulares. Otros tomaron posición detrás de un set de percusión conformado por tachos y baldes. Un minuto después, todos juntos empezaron a interpretar una moderna versión del himno nacional. Una pareja, al frente, bailaba chacarera. Cuando terminaron, el pabellón se llenó de aplausos y chiflidos celebratorios. Luego, durante casi una hora, los artistas de la compañía que crea ritmos con cualquier tipo de objeto reciclable, ofrecieron un show espléndido. De primer nivel. Con distintos niveles de intensidad, matices, y carga emotiva. Interactuaron con el público. El sonido era impecable. Los mismo con la calidad de la imagen que devolvían las cinco pantallas gigantes que había montadas detrás del escenario. Las luces, igual. En un pasaje del espectáculo, los granaderos volvieron a aparecer en escenario, junto al resto de los artistas, para articular una orquesta percusiva, con unos tubos de goma espuma. Incluso se animaron a meter algunos pases de baile, perdiéndose, junto al resto, en la fiesta de sonidos y color. Era por lo menos curioso verlos romper con tanta naturalidad el riguroso protocolo. Cientos de personas sacaban fotos se paraban en los asientos de plástico para sacar fotos con sus celulares. El show había sido impecable. En el Luna Park, debe costar unos trescientos pesos mirarlo desde una tribuna.

Cuando salimos del pabellón el clima seguía igual de primaveral que hacía un rato. Miré en dirección a la General Paz. En el arco de acero de la puerta, se anunciaba, en gigantescas letras coloradas, que se había llegado a los dos millones de visitantes. Fue ahí que, con desazón, me pregunté cuáles de las personas que ahora poblaban las calles y los stands del predio no comprendieron que Tecnópolis es una política de Estado del actual gobierno, y no de otro. ¿Los de la villa 21 que estaban sentados delante nuestro dentro del Pabellón? ¿La parejita que paseaba en la “Tierra de los Dinos” con un cochecito de bebé tan precario que parecía a punto de destartalarse? ¿La familia que estacionó frente a nosotros su Renault cero kilómetro? Algunos de ellos no entendieron que si no acompañan el proceso político actual en las urnas toda esa fantástica obra que cada año está mejor organizada, con más y mejores propuestas, forman parte de una política de Estado. Del Estado Kirchnerista.

Santino y Manuel (hijo y sobrino), ya estaban peloteando sobre la calle principal del predio. Me llamaron a los gritos. Tenían la ropa de River sucia, luego de haber potreado todo la tarde. Se reían. Tenían la piel de la cara rosada, por el sol. Ni bien me acerqué, me dijeron que les había prometido que ahora teníamos que ir a “Rockopolís”, y después al pabellón de “Pasiones Argentinas”.

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100% villera (apuntes laterales de la película Diagnóstico Esperanza)


 
1) Una destemplada tarde de otoño del 2010, en un playón de un supermercado Día de la localidad de Caseros, provincia de Buenos Aires, se realizan una serie de actividades por la inauguración de un nuevo Espacio Cultural. Es un hecho social y político y hay que celebrarlo. Camilo Blajaquis lee un puñado de poemas de su libro “La venganza del cordero atado”. Luego, un dúo de Hip Hop canta algunas canciones contra el Sistema. Más tarde, un artista callejero hace malabares con raquetas de tenis y pelotas de fútbol. Unas treinta personas, entre grandes y chicos, disfrutamos del espectáculo. De Capital, supongo, vinimos dos o tres. Blajaquis hojeaba el libro y elegía el texto en función de algún tipo de emoción, o nervio, que operaba sobre su sensibilidad en ese mismo momento. Vestía un buzo Adidas y usaba gorra con visera. Leía con decisión. Sin prisa. Enfatizaba las oraciones más rabiosas y susurraba aquellos pasajes que destellaban por su belleza poética. Su madre estaba sentada sobre el cordón de la vereda, a algunos metros de distancia. Fumaba un cigarrillo rubio. Leía los mensajes de texto de su celular. Luego de que Camilo cerrase la jornada cultural con una arenga contra la Gendarmería, varios amigos y vecinos lo rodearon para felicitarlo, o pedirle algo. Un movilero de un medio comunitario de la zona oeste le acercó un grabador digital a la boca para que le regalase una reflexión. Yo opté por el cordón de la vereda. La madre seguía atenta a la pantalla del teléfono. La miré, tímido, pero inquisitivo. Se puso de pie. No tenía más de treinta y cinco años. Parecía de buen ánimo. “Vos algo debés tener que ver con que César sea Camilo”, le solté. “No te creas”, se atajó. “No salió de un repollo”, insistí. Se prendió otro cigarrillo. No podía contener la satisfacción que esa tarde le inflaba el pecho. Supuse que era por los pasos de César, su hijo. Era por eso, sí. Pero también porque hacía poco tiempo el Estado nacional la había beneficiado con unas de las tres mil quinientas viviendas populares que se habían construido en su barrio. Ya si tanto rubor, le conté que la había encarado porque quería hacerle una entrevista para una revista político-cultural. “¿A mí?”, se sorprendió, señalándose con los dos dedos índices. Afirmé con un movimiento de cabeza. “¿Y yo qué te puedo contar?”, dijo. “Sobre vos“, dije. Pitó. Miró hacia el playón. “Bueno, dale”, aceptó. “Te invito unos mates en nuestra casa nueva, acá cerca, detrás del Hospital Posadas”. “En el barrio Carlos Gardel, ¿no?”, dije yo. “Sí. En la villa”. 

 2) La volví a ver tres años más tarde, en el renovado Cine Gaumont. Ya no como espectadora, sino en el rol de actriz, en la película ‘Diagnóstico Esperanza’. Apareció en la pantalla, sentada frente a una mesa, en la cocina de una sencilla pero digna casa que reconocí de inmediato: la que había recibido del Estado. Sobre un plato, cortaba varios gramos de cocaína con alguna sustancia barata. A su alrededor, con los codos sobre la mesa, sumisos, sus hijos –en la película-, todos menores, soportaban la catarata de insultos que ella les vomitaba por “vagos”. Ése sería su rol a lo largo de toda la historia. Un personaje despreciable. Cruel. Desalmado. Una puntera que le vende ‘falopa’ a los pibes del barrio desde la ventana de la cocina; que tiene un arreglo con los dos ‘gorras’ de la brigada de la comisaría a cambio de dos mil pesos por mes; que le ofrece mano de obra villera a esos dos mismos ‘cobanis’ cuando ‘pinta’ la posibilidad de ‘reventar un rancho’ de algún ‘gil’ en un barrio de clase media. La historia que narra César González podría ser catalogada como un policial argentino y villero. Basura, barro, chatarra, perros vagabundos con las costillas marcadas. Marginalidad. Desesperanza. Policías federales corruptos que andan en un auto sin patente, pibes chorros y ex presos dispuestos a todo, una puntera desquiciada que hace de enlace entre ambas bandas para reventar un departamento que tiene miles de dólares debajo de un colchón. César se da el gusto de interpretar a un ‘rocho’ que en una escena secuestra, al voleo, y junto a un compinche, a un tipo que podría ser cualquiera de nosotros. La escena dura varios minutos y te pone los pelos de punta. Adrenalina, tensión, ‘verdugueo’, violencia y resentimiento cargados de veracidad. El poeta y ahora cineasta villero nos grita en la cara que sí, que de ahí viene; y que a pesar de las viviendas y otras conquistas sociales de la década ganada, muchos de los pibes de las villas que venden soquetes en el tren, de un momento a otro se reviran, y deciden jugarse la libertad, o la vida, por un par de zapatillas de novecientos pesos. 

3) Me encantaría saber el nombre de la madre de César (llamémosle Karina). Se debe haber divertido durante el rodaje de la película. Estoy seguro de eso porque conocí, aunque de manera fugaz, su semblante desinteresado y transparente. Su hijo no para de producir. De crear. De militar a favor del arte en los barrios pensado como herramienta de transformación social; o de los pibes como él que no tuvieron una madre como Karina, ni su talento o hidalguía para forjarse un camino propio con la potencia de un tanque de guerra. A Karina le calzó muy bien el personaje de madre despiadada que le grita en la cara a su hijo de diez años “¡Para qué mierda querés un micrófono, pedazo de pelotudo si no servís para nada!”. Presa de la fiebre del consumo, como casi todo el resto de los personajes de la historia salvo un ‘rasta’ que vive en la villa, no soporta que su hijo priorice cantar canciones que un celular. Cuando terminó la película, y las decenas de porteños bajamos las escaleras, en la planta baja nos encontramos a los pibes de la película. Los villeros. Sonreían con naturalidad. Sin poses. Si uno quiere les puede comprar el último número de la revista “¿Todo Piola?”, que dirige César. Karina no estaba. Me hubiese gustado fumar con ella un cigarrillo en la vereda. Decirle que es una gran actriz y, ahora sí, jurarle que iría a verla a su casa a tomar esos mates.

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Que te publiquen un cuento en Eterna Cadencia







El concepto "La Patria es el otro" se comió cualquier otra síntesis.

Cristina la lanzó horas antes de la bravísima inundación que sacudiese por siempre a los habitantes de la ciudad de La Plata, y otros lugares. Miles de militantes y voluntarios pusieron el cuerpo por el otro. Por el damnificado. También los soldados del Ejército Argentino participaron de las jornadas. Los medios malditos intentaron operar en contra de la iniciativa solidaria que impulsaron las organizaciones políticas oficialistas, pero ése es otro tema.

Durante aquellas jornadas de militancia y reconstrucción se deben haber tejido -imagino yo, que intento escribir ficción-, cientos de historias. ¿Por qué no? Estoy seguro. Historias de todo tipo. Por ejemplo, El brazo armado, un cuento que publicaron en el blog de la librería/editorial "Eterna Cadencia".

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Atado a la palabra por vocación (Día del Periodista)

No suelo celebrar los días de nada, salvo el de la Madre, y el Padre (universo del que formo parte hace 9 años). También celebré la Década Ganada y otras fechas vinvuladas a la emocionante recuperación que se viene produciendo en nuestro país. Pero repito, soy muy esceptico con respecto a las fechas comerciales.

Pero hoy es el Día del Periodista. Y quiero contar que sí, que lo celebro, por que hace un puñado de años tuve la oportunidad de empezar a jugar en ese terreno. Ya había incursionado, hacía no tanto tiempo antes, en el mágico mundo de la literatura. Pero el periodismo es otra cosa. Requiere otro tipo de responsabilidades. En primer lugar, con la verdad. Con la veracidad de los hechos. Lo mismo, con la fuente que bnos aporta la información. Y también, con uno mismo. Con nuestra subjetividad. Nuestra ideología. Tuve a mis maestros, por supuesto, como todo el mundo. Los tengo todavía, porque admiro cómo escriben, la marca poética que le ponen a su narración. Dónde ponen la lupa.

Celebro el Día del Periodista porque a través de la experiencia que tuve y sigo teniendo de estar ligado a la palabra, con y sin un salario de por medio, me di cuenta que ésa sería la profesión que estudiaría si tuviese otra vez veinte años. Es fascinante contar historias. Relatar desde nuestra subjetividad política, en mi caso. Cuánta más bella sea la prosa, mejor. Pero con transmitir los hechos con la mayor rigurosidad posible, y cada tanto pellizcarle al lector alguna fibra de su cuerpo, creo que alcanza.

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Rata inmunda (escrache a Videla, el 24 de marzo del 2006)

Son las cinco de la tarde del sábado 24 de marzo. Treinta años del golpe del 76. Un número redondo. Denso. El sol refleja los bordes amarillos de las hojas secas que el otoño diseminó sobre las veredas. El tránsito está cargado. Pero no es por eso que en el barrio de Belgrano es imposible dormir la siesta. El encargado del edificio de Cabildo al 526, petacón y enfundado en un overol marrón, se pone en puntas de pie y mira hacia Federico Lacroze. "Otro escrache a Videla", le dice Pedro, el colega del edificio de al lado que tiene puesto un jean y una chomba anaranjada que le aprieta la panza. "La puta que los parió", maldice el otro. "Me llamó el Gallego para decirme que los vio venir por Luís Maria Campos y que son como diez lucas. Ya está todo vallado, mirá", y le señala hacia la otra cuadra, donde vive Jorge Rafael Videla. Atrás de un perímetro de vallas de hierro macizo de más de dos metros de altura, se forma una muralla de treinta miembros de la Infantería de la Policía Federal. Todos tienen la mirada perdida en el frente. No se mueve una mosca. "Todo bien con los pibes éstos de Hijos pero la última vez que vinieron pintaron toda la zona, metieron un quilombo bárbaro, quedó todo sucio", dice el primero. "¿Sabes lo que pasa?", dice el otro, "a estos pibes le secuestraron a los padres, se los torturaron, se los tiraron al río, ¿qué querés? ¿Que se queden en su casa jugando a la generala?". Por Teodoro García, a dos cuadras de donde están los encargados, asoma la cabeza de una columna de manifestantes que tiene cinco cuadras de largo. De ancho, la calle completa, incluyendo las dos veredas. La bandera de H.I.J.O.S. encabeza la movilización. Las siglas de la agrupación, negras con bordes rojos, bailotean por el movimiento de las cañas de dos metros de largo que sostienen con las dos manos cuatro chicos. Uno grupo de hijos e hijas que vienen debajo de la bandera, saltan, cantan, gritan, agitan los brazos como en la cancha. Un poco más adelante, a unos diez kilómetros por hora, avanza un camión con un acoplado que en su piso carga dos columnas de sonido, una adelante y otra atrás, y dos chicas que con un micrófono, le relatan los vecinos de Belgrano y Colegiales, a los gritos, cual es el prontuario de Jorge Rafael. Cada vez que la locutora de turno termina de leer un párrafo del prontuario, desde las cajas de sonido suena un separador con música de la banda Todos tus Muertos. Detrás de la bandera de Hijos marcha un puñado de Madres. Llevan en las cabezas sus pañuelos blancos, caminan con cierta dificultad, agarradas del brazo de hombres, mujeres y chicos que les hablan al oído. También se amontonan con sus banderas un grupo de nutrido grupo de militantes de la organización kirchnerista "Movimiento Evita", más un puñado de organizaciones sociales, gremiales y culturales; hay mucha gente suelta, con el Página 12 debajo del brazo, con nenes agarrados de sus manos, cochecitos, bicicletas. Un puñado de jóvenes, a medida que avanzan, se cuelgan de los postes de luz para colgar unos carteles amarillos que anuncian que en el barrio hay un genocida suelto. En el fondo de la extensa columna marchan algunas organizaciones políticas de izquierda, con camionetas tipo flete que llevan un parlante gris arriba de la cabina lanzando consignas. También hay algunos periodistas trajeados, con el camarógrafo y el que lleva los cables. Mucha gente filma con sus cámaras personales. La pirotecnia mete ruido y deja olor a pólvora en toda la cuadra. La marcha cruza Lacroze. La cola de la columna, al fondo, todavía viene por Teodoro García. El tránsito está cortado. No hay policías pero si una veintena de motoqueros que se ocupan de frenarle el paso a los autos. La gente se para en las esquinas a mirar. Algunos se asoman por los balcones. Una hilera de mujeres que hace ejercicios sobre unas bicicletas fijas de un gimnasio de un primer piso se entretiene con la insólita y colorida imagen de la avenida Cabildo. Llegan algunos chicos corriendo, se abrazan con un amigo, amiga, se suman a la marcha que ocupa toda la mano de Cabildo, en dirección al centro. Muchos vecinos, en puntitas de pie sobre el cordón de la vereda, aplauden, serios, emocionados. Otros van y vienen, como todos los días. Varios chicos y chicas reparten en mano un panfleto que tiene impresas las consignas del escrache: ante la falta o lentitud de justicia, condena social: que el carnicero no le venda, tampoco el panadero, que el taxi no le pare, que los vecinos tomen partido, se comprometan. La marcha recorre una cuadra más y pasa por la puerta del edificio de Cabildo 526. Uno de los encargados, con las manos detrás de la cintura, mira cómo avanza la gente, cómo grita, cómo ensucia. El otro, el de chomba naranja, charla en la vereda con dos vecinos. Un nene de unos cinco años le abraza la pierna derecha. El conductor del camión atraviesa el acoplado sobre Cabildo. “¿Acá está bien?”, consulta, con medio cuerpo afuera de la cabina. Uno de los chicos de los que llevan la batuta le levanta el pulgar. El conductor apaga el motor. De un lado, la avenida Cabildo vacía: sólo un par de autos que se alejan en dirección al túnel de Carranza. Del otro, el colchón de gente que se aprieta contra el acoplado que ahora hace de escenario. Sobre la izquierda está el departamento de Jorge Rafael. Muchos se acercan a las vallas de hierro macizo que desplegó la Policía Federal. Gritan, insultan a la infantería que, inconmovible, sigue mirando hacia adelante. Un chico tiene una especie de caña de pescar con una tanza de la que cuelga una caja de pizza con la frase “por una pizza matas a tu mamá”. El chico da la vuelta, la pone por encima de las vallas, se la pasa por la cara a los cabeza de tortuga. Los bombos y redoblantes suenan acompasados. El que no salta es militar. La temperatura ambiente está en su punto más alto. Suben al escenario algunas madres. Forman un semicírculo alrededor de los dos pies de micrófonos. Una de ellas, sencilla y menudita, se acomoda y luego de que se produce un profundo silencio, le dice a los hijos e hijas que cuando ellas ya no estén sean ellos, y ellas, quienes continúen con la lucha, que son ellos quienes tienen darle continuidad a una pelea que ya lleva tantos años, que no bajen los brazos, que no claudiquen, que sigan siendo rebeldes como hasta ahora. Desde abajo del acoplado llegan los flashes y el aplauso cerrado. Luego bajan por la escalerita, y sobre el pavimento de la avenida, reciben el afecto de la gente. La agrupación H.I.J.O.S. toma el micrófono. Una chica pasa al frente pero la rodean cinco más. Ante las diez mil personas que escuchan en absoluto silencio, leen un documento que hace una lectura muy lucida y llena de racionalidad de la militancia de los ’70, los últimos treinta años de historia política y económica de nuestro país, el recorrido de la agrupación y los fundamentos básicos del escrache como practica política. Verito, la chica que está al frente leyendo, tiene a los dos padres desaparecidos y un hermano apropiado. Deja el alma en cada palabra. Le tiembla el cuerpo. Acentúa los conceptos elevando la voz. No mira ni una sola hacia el frente, donde está el colchón de gente, con las banderas bajas. Le llegan, cada tanto, gritos de aliento. No toma aire para leer. No hace pausas entre un punto final y el comienzo del siguiente párrafo. Avanza como un tren bala con miles de decenas de vagones sobre sus espaldas. Se la lleva puesta la pulsión de su propia sangre. Mientras Verito vomita sus palabras, frente al edificio de Jorge Rafael, en medio de toda la gente, se abre un círculo: los hijos hacen subir hacia el cielo un ascensor de carga. Una plataforma de tres metros cuadrados con una precaria valla de contención. Mientras se eleva el ascensor, se despliega una bandera de tela negra con cientos de fotos en blanco y negro de los desaparecidos. Arriba van tres chicos, parados en el centro, con un micrófono inalámbrico en mano. Mucha gente se distrae con el original juguete que sube despacio hasta frenar a la altura del quinto piso. En el escenario una de las chicas le sostiene el documento a Verito, da vuelta la hoja cuando corresponde. Verito levanta un brazo, lo sostiene en el aire con el puño cerrado, se le escapa saliva de la boca cuando grita. Las chicas, atrás suyo, le pasan brazos por el cuello y la cintura. Tienen los ojos cargados de lágrimas. Desde abajo, siguen disparando un mar de flashes. Todo Cabildo se rompe las manos aplaudiendo durante un par de minutos cuando Verito terminar de leer el documento y se da vuelta para desplomarse en los brazos de sus compañeras y compañeros. Vuelven los bombos, las canciones de cancha, las consignas, los brazos levantados, la pirotecnia. “Rata inmunda, te vinimos a escrachar”, le grita Carlitos, elevado diez metros sobre el asfalto, a la altura de la ventana de la habitación donde se supone que duermen Videla y su señora esposa. “Rata inmunda, vinimos hace un tiempo, te dijimos lo que pensamos, lo que queremos, y hoy nos volvemos a encontrar, aunque no estés, o si, no importa – se le entrecorta la voz, no por una falla técnica, sino por la emoción-, sos una rata, la sociedad ya te juzgó, te vamos a volver a escrachar cada vez que haga falta, te vamos a perseguir hasta el día que te mueras, nadie quiere vivir al lado de un asesino, queremos que te pudras en la cárcel, y no en tu casa, beneficiado con el arresto domiciliario”. Desde abajo sube Carlitos siente cómo sube la ola que dice: “como a los nazis, le va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”. Los aplausos, los chiflidos, los insultos. Varios chicos se agolpan frente las vallas que cercan el departamento. Escupen. Le tiran botellas de plástico y paquetes de cigarrillos a la infantería. “Dá la cara, rata inmunda, te vinimos a escrachar”. De repente, como una bandada de gorriones alarmados, desde el ascensor vuelan veinte, treinta, cuarenta bombitas de tempera roja, que se estrellan con fuerza contra el frente del edificio, sobre las persianas cerradas de la habitación, el living comedor y el respirador del baño. Cada disparo, certero, o no, logra que la multitud, abajo, festeje, grite, aplauda. Cinco metros a la redonda del frente del departamento de color crema quedan teñidos por las manchas del color de la sangre. Ninguna ventana de los nueve pisos del departamento está abierta. Es un edificio sin vida. Abajo se generan algunas corridas alrededor de las vallas de hierro y la infantería. Desde el escenario bajan las consignas finales: “¡No a las cárceles vip ni a la prisión domiciliaria! ¡Cárcel común efectiva y perpetua!”. Vuelan un par de tachos de basura del gobierno de la ciudad sobre la infantería. “¡Restitución de la identidad de los quinientos jóvenes apropiados! ¡Reivindicamos la lucha de nuestros padres y sus compañeros!”. Un par de comisarios pasados de peso, trajeados, dan instrucciones desde el teléfono celular que tienen pegados al oído. Se apretujan dentro del coralito. Transpiran. Dan órdenes. De nuevo la consigna de los nazis. Las diez mil personas. Desde el acoplado piden que no nos prestemos a provocaciones; que volvamos tranquilos a casa. La gente se desconcentra. Al rato sólo quedan algunos grupos desperdigados a lo ancho de la avenida Cabildo. Charlan, en ronda. Toman mate. Se muestran las fotos de las camaritas digitales. Muchos se quedan apreciando, con la cabeza levantada, las manchas de pintura, en lo alto. O se acercan hasta el elevador para preguntarle a Carlitos y los otros tres cómo se veía de ahí arriba el acto. La gente del sonido del camión acomoda cables y columnas. Algunos periodistas levantan notas alrededor de una Madre que habla frente a un micrófono, o ponen el grabador en la boca de una Hija que está haciendo declaraciones para una radio. En la otra cuadra, Pedro, el encargado de mameluco marrón, habla en voz baja, al oído de un vecino de camisa que tiene puestas unas bermudas y zapatitos náuticos. El encargado de chomba naranja está en la vereda de enfrente, del otro lado de Cabildo, con su hijo en brazos. El nene le marca con el brazo el frente del edificio manchado de rojo. El padre le cuenta la historia. La avenida, ya un poco más despejada, es un mar de papeles, botellas y cartones. La infantería se retira, uno atrás del otro, con el bastón de madera agarrado entre las dos manos. A medida que se alejan al trote, se ve que muchos tienen los cascos, uniformes y escudos manchados de rojo, saliva y cartón mojado. Los hijos y las hijas están todos juntos a frente al acoplado. También sus amigos, familiares y allegados: todo el mundo baila de manera desenfrenada, haciendo un poco. Los varones están en cuero. Otros están descalzos. Suena la Bersuit. El escrache salió de fiesta.

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El roce de las Topper

Los #Polémicos amigos que tengo que dentro de la Revista Paco tuvieron la generosidad de publicar otro de mis cuentos.

Se trata de un relato que tiene que ver con la Policía Federal y su ¿irreformable? -y ahora castigada- costumbre de perseguir a los jóvenes.

Gracias, Diego Vecino.

http://revistapaco.com.ar/2013/05/13/el-roce-de-las-topper/

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios