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Surcar el aire hace tres generaciones

La luz de escenario se abalanzó sobre su pequeña figura ni bien acarició la lona con sus pies descalzos. Ella apuntó sus ojos atigrados hacia la platea. En su mirada no había nervios sino curiosidad. Vestía calzas coloradas y llevaba el pelo suelto. La madre, desde un rincón de la estructura metálica, le bajó el trapecio a través de una soga. El único sonido que se escuchaba en el circo eran las cuerdas de la guitarra española que rasgaba con delicadeza un joven de pelo rubio. La nena abordó la hamaca con un movimiento elástico, e inmediatamente después, con un gesto de mano, le indicó a la madre que le diese más altura. Fue ahí que la pequeña gimnasta hizo su primera pirueta: aferrarse a uno de los lados del trapecio y estirar el cuerpo, a lo largo y en el aire, hacia uno de los costados. Se transformó en la flecha de un arco ilusorio. Hubo suspiros, susurros y una cerrada cortina de aplausos. El trapecio se elevó un metro más. Ahora sí estaba alto. Peligrosamente alto. No había red ni colchoneta. Una mujer abrazó a sus hijos. Otra se llevó la mano a la boca. El guitarrista ahora punteaba una melodía tensa. De cara al cielo estrellado de Villa Gesell, la acróbata se sentó sobre la base del trapecio y luego de hamacarse un par de veces dejó caer hacia atrás medio cuerpo hacia el vacío, luego de enganchar sus piernas a la base del trapecio. A los aplausos se sumaron chiflidos aprobatorios. En el rostro de la madre, mientras hacía descender a la artista, se adivinó una mueca de felicidad. De triunfo. Le nena puso los pies descalzos sobre la lona y caminó dos pasos en dirección a la platea con la vista clavada en un punto fijo. Hacía lo que podía para contener una sonrisa que se le desbocaba. El guitarrista estiraba los acordes para acompañar el cierre del número. Fue en ese momento que Indaia, con sus cinco años, hizo el movimiento que todo artista realiza para cerrar su presentación: inclinar el cuerpo hacia adelante y hacia abajo, para luego erguirse con los brazos abiertos y de cara al público. El aplauso de los doscientos turistas y el resto de los artistas, músicos y colaboradores fue tan intenso que una bandada de palomas sacudió las copas de los pinos del predio para perderse en dirección al mar argentino. Ella fue hasta un costado para abrazar a sus primitas, sentadas en la primera fila. Así finalizaba el primer número de la primera función de la edición 2017 del Circo del Aire.

La madre es María y la hija, Indaia. La parió a los treinta y ocho años. El Circo del Aire ya funcionaba hacía cuatro, gracias al amor que le ponía, entre otros, la primera hija de María, Natalia, que hoy tiene veintinueve y que nació cuando su madre tenía quince. En aquel 1987, María probablemente todavía no sabía que su vocación sería el arte callejero. O sí. Es una buena pregunta para hacerle. Pero así fue, a pesar -o como consecuencia- de haber crecido en un hogar atravesado por el compromiso político en épocas en las que las consecuencias eran el exilio, la muerte y la desaparición, entre otros castigos. La madre de María fue la última pareja de mi padre, que con anterioridad ya me había tenido con mi madre. Ambos padres militaban en el peronismo revolucionario. Uno en Rosario y el otro en Buenos Aires. Ambos fueron asesinados por el Ejército Argentino, en distintas circunstancias. En las bibliotecas de nuestras familias están las fotos de un encuentro que tuvimos en la costa atlántica, antes de que María, su madre y su reciente hermano- mi hermano- se escapasen del país. Plena primavera de 1976. Estamos en blanco y negro. Se nos ve tan ingenuos, lúdicos y sonrientes, a pesar del derrumbe y la desesperación que azotaba a los nuestros. Los recuerdos más frescos los tengo de nuestra adolescencia, una época en la que yo tocaba el bajo y ella ya andaba por el aire. Fui a muchos de sus eventos, encuentros, fiestas, en el que un universo variopinto de artistas no solo lucían un talento deslumbrante a través de sus acrobacias, danzas aéreas o malabares, sino que también nos emocionaban y hacían reír. Pero había más: yo veía en ellos un modo de resistir el neoliberalismo de la década del noventa, que por aquellos años era salvaje y dejaba marcas, mientras que otros nos refugiábamos en el consumo de drogas con los pibes del barrio. Ellos vivían todos juntos en una casona tomada del Tigre, viajaban por latinoamerica y vivían de la gorra que ponían en las plazas de los pueblos, se instalaban medio año en un circo mexicano con la intención de formarse, se enamoraban libremente. Desafiaban al sistema por los márgenes. No era gratis, claro. María hizo y deshizo cientos de veces. Ganó y perdió. Amó y sufrió. Quizá hasta enloqueció. Como casi todos nosotros. Pero nunca dejó de hacer lo que más le gustaba. Llevó a todas partes el trapecio, la danza aérea y el deseo de surcar el aire. Debe tener una obsesión con el aire. O mejor dicho: con el vuelo. Con el desafío de encontrar o elaborar una belleza allí arriba, en el aire, en la altura, sobre un trapecio, una tela, una cinta. Sola, o junto a un colega. Un día comenzó a dar clases. Su hija, que ya había heredado la técnica y el amor por la disciplina, fue su mejor alumna. Natalia, con el paso de los años, tomaría rumbos diferentes a los de la madre, pero nunca se desprendería del circo. Una mañana de la década ganada llegó la hora de abrir una escuela. Tener a cargo docentes para cada disciplina. Formar a los jóvenes y a los niños, en un momento en el que hacer circo se había puesto de moda. Natalia era una pieza clave para sostener el proyecto. Alma y corazón para la nueva y ansiada pyme familiar. Estaban haciendo escuela, marcando un camino, con la espalda de la experiencia cirquense gesellina, en boca de todo el mundillo artístico, por ser una propuesta profesional de calidad, por significar una oportunidad de trabajo para todo el verano, por presentarse como una rica experiencia de vida. Por allí, a lo largo de los años, pasaron decenas de artistas nacionales y del continente. Incluso, algún fin de semana, alguno acróbata europeo que andaba por la costa atlántica.

Por eso María, seguramente, hace unos días, cuando tuvo que ponerle palabras al cierre del estreno de la temporada 2017 del Circo del Aire, no dudó en confesarlo. Le agradeció a sus dioses internos y a sus seres queridos haber decidido a último momento ir a Gesell a armar el circo -que ahora lucía espléndido, con su carpa, su marquesina decorada con lámparas blancas, su cielo estrellado, las gradas colmadas de turistas, el pinar, las sonrisas de artistas con sus maquillajes y vestuarios-, pese a lo pésimo que había sido para todos el 2016, ya que de ese modo, en ese instante, no solo podía volver a hacer una vez más lo que más le gusta en la vida -surcar el aire, perderse en su vuelo, y suspirar muy hondo, cerrar los ojos y levantar los brazos bien alto cuando el público te aplaude-, sino también, disfrutar durante un puñado de minutos interminables, de la libertad con la que Indaia realizó su juego, frente a la platea, su madre, su hermana (a la distancia), su abuela Lala, sus primas y el mundo entero.

Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios