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Apuntes de la llegada del Pepo K (2)


La habitación
A Rocío dos enfermemos la acababan de depositar en la cama del cuarto 236. El Pepo dormía enfundado en una manta blanca inmaculada, dentro de un práctico y simpático moisés de plástico transparente, y en cuya cabecera figuraba su nombre. Se trata del tercer Abrevaya Dios de todo el planeta, señores y señoras. Golpearon son suavidad la puerta. Al abrir, una cuñada se mordía las uñas en el pasillo. Torció el cuello, afinó la vista, y en la penumbra almibarada de la habitación adivinó la figura del Pepo. Se agarró la cara con las manos. Las lágrimas le rodaron por las mejillas. Pasó y estuvo con nosotros menos de dos minutos. No hicieron falta las palabras. Solo lágrimas y gestos emocionados. Fue la primera visita. Luego, a lo largo de las tres jornadas, serían unas cuantas más. Las previsibles y otras también. La familia y los amigos. Hubo bombones y regalos para el chiquito. Hubo mucho cariño, más lágrimas, susurros y las fotos de rigor. Las horas allí adentro transcurrían entre algodones. Nuestros cuerpos cansados hicieron lo que pudieron. Uno responde con fuerzas que no sabía ni que tenía. Todas las mamis -las jóvenes pero también las que ya son abuelas- le contaban a la nueva mami sus propias experiencias en esos delicadísimos momentos y también durante los días y meses que vendrán. Los primeros llantos de Pedro fueron recibidos con asombro y alegría. Pero un día después, por supuesto, nos convirtieron en una pelota de nervios grande como la que usan en los gimnasios para estirar los músculos de la espalda. Había que dar la teta, que salga el calostro, luego un líquido que se parecería más a la leche. El dolor del corte de la operación emergió del fondo de la historia de la humanidad con la fuerza de un volcán. Hubo un momento de la noche en el que la madre gritó, desbordada. El desfile de profesionales -enfermeras, neonatólogos, las puericultoras, más la obsetetra, que volvió a lucir sus vestidos estridentes, collares, anillos y lentes para el sol, y ya no el ambo y la cofia que le cubría el pelo teñido de rubio dorado- fueron vitales para transitar los días y las noches de una experiencia familiar que por momentos parece una película vivida por otros. La cuñada que primero nos visitó nos bordó una gran P, con goma espuma por dentro y una suave tela de color blanco y verde agua por fuera, que nos acompañó en la puerta mientras estuvimos allí. Solo prendimos la tele para ver el partido de ida entre River y Lanús, por la semifinal de la Copa Libertadores. Al otro día, un rato del partido del Gremio de Porto Alegre. Ni una sola vez pusimos “las noticias”. Sabíamos muy bien lo que sucedía afuera.

La farmacia
En algún momento de la travesía salí a comprar unos remedios que la obstetra le recetó a Rocío. Ya en la salida de la clínica tuve un adelanto de lo que me esperaba: en una pequeña sala de espera, la señal TN transmitía en directo desde el Congreso, donde el oficialismo impulsaba el desafuero del diputado nacional Julio De Vido. El aparato tenía volumen alto. Unos desubicados, ¿no? Como sucede en otras tantas salas de espera, donde te sientan frente aun televisor a ver y escuchar cualquier disparate. Hice las tres cuadras por la vereda del sol. Mucha gente caminaba por la zona. El tránsito fluía pesado, ruidoso. Los colectivos parecían tanques de guerra. Nadie sabía que yo acababa de ser padre -a lo sumo alguno lo sospechó por mis ojeras, los pasos pesados- ni tampoco que me sentía desolado ante el desinterés -o peor aún: la complicidad-, que flotaba en la calle con respecto a la cacería que impulsaba el gobierno contra los ex funcionarios de nuestro gobierno, por cuestiones ideológicas, y no por la posible comisión de delitos. El desenlace de la pesadilla me golpeó en en un kiosco: habían desaforado al ex hombre fuerte de la obra pública kirchnerista (la más importante de la historia nacional). Qué tristeza. Qué bronca. Tuve ganas de trompearme con alguno. Estaba dispuesto a fajarme con el primero que me dijese algo. Necesitaba pegar un grito que llegase hasta los oídos de los pasajeros del subte que atravesaba la tierra debajo de nuestros pies. Pero enseguida descarté el deseo. Tenía que volver a mi micro clima personal, a mi luna de miel de a tres. Pero en la farmacia todo volvió a ponerse oscuro. Tuve ganas de vomitar, de volver a gritar, pero esta vez frente al rostro impoluto del empleado. TN transmitía en directo desde la puerta de calle del departamento de De Vido. En cualquier momento llegaba la fuerza pública para lleváselo con esposas, chaleco y casco, como le gusta a Patricia Bullrich y al periodismo cloaca. Un grupo de personas sacaba fotos, filmaba. Le daba rienda suelta a su odio. No tenían idea por qué causa judicial se lo estaban por llevar al ex funcionario. No importaba. Tampoco que el ex diputado no tuviese condena judicial. Era un chorro. Ya estaba condenado por Canal 13 y todos nosotros. Cuando pasé frente al televisor de la clínica, hice fuerza con la cabeza, cerré los ojos y logré abstraerme del veneno.

El Chino
Darle un hermano a mi hijo es probablemente una de las más grandes satisfacciones que me di en la vida. El primer cimbronazo lo sentí el día que junto a Rocío lagrimeamos por la noticia de nuestro incipiente embarazo. En seguida pensé en él. Ella también, porque la generosidad es uno de sus rasgos mas genuinos. Y el otro gran sacudón se dio al día siguiente del parto, cuando Santino abrió la puerta de nuestra habitación, en el “Ota, como le dice la enorme planta de trabajadores que pasan la mayor parte de su día allí adentro, a las nueve y cuarto de la mañana, con sus pantalones cortos de River, su tierna mirada de ojos claros y la mochila roja con varias capas de mugre en la espalda. Fue un momento precioso, íntimo, para los cuatro. “Me da impresión” fue lo primero que dijo cuando lo llevamos al sofá-cama en el que se había dejado caer -el mismo en el que dormí las tres noches-. No era para menos. Pedro pesó tres kilos y midió cuarenta y cinco centímetros. Cuando se lo pusimos encima, le sacamos la foto. Él sonrió. Luego se puso a jugar con su celular. Comimos algo. Volvimos a hablar de Pepo, volvimos a mirarlo. Un rato después acompañé a mi hijo mayor hasta la esquina del Carlos Pellegrini, donde está haciendo su primer año del secundario. Caminamos por Córdoba, atravesamos la plaza Houssay, donde alguna vez lo acompañé para que hiciese algunos malabares con su patineta. El gusto aquel no llegó a solidificar, y pasó a ser un recuerdo, como el que acabábamos de recuperar. Pasamos frente al exquisito edificio de Aysa, también frente al Normal 1. La mañana estaba cálida, primaveral. Me despidió a dos cuadras del colegio. Nos dimos un abrazo precioso. Nos dijimos que nos queríamos, como casi siempre lo hacemos, pero con los ojos humedecidos por la emoción -por lo menos yo-. Antes de regresar, me compré unos seiscientos gramos de verdura fresca en el mismo Chino en el que Santino almuerza algunos días de la semana junto a sus compañeros. Antes de volver a entrar al sanatorio, almorcé la bandeja de verduras en las escalinatas de la parte de atrás del Hospital de Clínicas. Con la cara al sol. Fue ahí que pensé en agregarle la K al apodo Pepo. La madre estuvo de acuerdo.

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Apuntes sobre la llegada del Pepo K (1)


Comida rápida
Las tres noches que pasamos en el Otamendi fui a cenar al Burguer King de la avenida Córdoba. No suelo entrarle a la comida rápida, pero durante aquellas horas la prioridad pasaba contar con más tiempo para disfrutar y atender las nuevas demandas. Cené siempre por unos 150 pesos. El precio, la grasa, las calorías, el gusto azucarado de la gaseosa, más algunas de las imágenes con las que me choqué en el local, a dos años de gobierno de la Alianza Cambiemos, me remontaron al 2001. Jubilados con pasos y gestos tristes, y otras almas solitarias, algunas con mejores de edad y su infaltable caja feliz. Un pibe con cortos y botines, tatuajes en los antebrazos, gorra, en otro canal. Los jóvenes empleados de la firma te atendían con una ancha sonrisa, claro, con la misma falsa luminosidad que la cartelería. El empleado de seguridad, joven y de condición social humilde, escrutaba el salón con una mirada por lo menos celosa. Aproveché para hacer un par de llamados. Había sido padre. Encontrar las palabras para describir las sensaciones que me hacían crujir el estómago no fue fácil. Tampoco ahora, que escribo. Pero uno siempre algo escupe. Aunque sea por los ojos, cuando te acorrala la emoción. Por costumbre, y también en solidaridad con los pibes que laburan en el local, antes de retirarme siempre vacié mi bandeja en el cesto. La última noche invadió un recuerdo. Yo tenía diez años. En la esquina de casa había un local de Pumper Nic. Ahí también vaciábamos nuestras bandejas en los cestos, presentados como si fuesen la bocota del simpático hipopótamo que identificaba la marca. Ese chico había vuelto a ser padre, catorce años después de la primera vez. Al cruzar Córdoba, en dirección al sanatorio, había que lidiar con las sombras de un hospital de clínicas ya cerrado. El estado del edificio era lastimoso. Unas pálidas luces iluminaban, en la altura, algunas ventanas. Pobres diablos los que estarían internados allí, pensé. En la esquina, los hombres y mujeres de una cooperativa de reciclaje cargaban sus últimos carros en un camión. Tomaban gaseosa del pico de la botella. Fumaban. A mitad de cuadra, un bulto tapado por una frazada yacía sobre la vereda. El tráfico que circulaba por Azcuénaga era ínfimo. El empleado de seguridad del sanatorio, sentado en un espacio minúsculo, me deseaba las buenas noches antes de que me pierda en la penumbra de un pasillo que me depositaria en los ascensores.

Estacionamiento
Hacía calor en el estacionamiento de la clínica. Y un manto de humedad entibiaba el aire. Desde Azcuénaga llegaba la luz y el ruido del mediodía. En ambas manos los flamantes padres traíamos bultos y bolsos, aparte del huevito con nuestro hijo, que dormía doblando en una cavidad que excedía con holgura su tamaño. Cuando ya habíamos cargado todo en el baúl, y Rocío ya se había acomodado en el asiento trasero junto al bebé, me convencí: “Le voy a llevar los bombones a las enfermeras; son dos minutos”. Ella devolvió una mueca de asombro. “Es por Pepo pero también por Santi”, le dije, antes de darle un beso. Desandé los pasos, volví a saludar al empleado de seguridad que velaba por la puerta que te depositaba en el estacionamiento, atravesé un par de pasillos y luego de subir la escalera llegué al segundo piso. En la oficina de las enfermeras, de cara al pasillo, reconocí a una de las señoras. Viviría en algún barrio, y en el medio de la noche, muy resolutiva, a la mamá le daba indicaciones y la llamaba Madre, y a mi Padre, mientras maniobraba el cuerpo de nuestro hijito como si fuese de trapo. Siempre nos dio herramientas y serenidad para pasar el mal rato. Le chisté y cuando cruzamos la mirada, me acerqué y le di la caja de garotos. En ella estaban sintetizadas todas sus compañeras. Se trató de un gesto que disfruté mucho. Ahí se condenó el agradecimiento por las horas que acabábamos de vivir, y también las otras, las de hacía catorce años atrás.

Quirófano
Después de hacer los trámites de rigor en Admisión, fui hasta el quinto piso, donde teníamos asignado nuestro cuarto para realizar el temido trabajo de parto. Se trataba de una muy pequeña habitación. La cama de hospital, un flaco placard adosado a la pared y el aparato para escuchar los latidos de Pepo. Una enfermera tomaba notas y otra, del equipo de la obstetra que nos iba a asistir en el parto, la contenía Rocío, que ya tenía puesto un suero en la muñeca y cuyo semblante denotaba el pavor por las horas que nos esperaban. Al rato nos comunicaron que íbamos a cesárea. Era una posibilidad. Nos lo habían anunciado en la última semana. El nene no bajaba. Entonces a la mamá se la llevaron en una camilla. Le deseé toda la fuerza del planeta. Quedé solo en el cuartito. Me puse el ambo y filmé un video frente al espejo, para la familia. En la sala de espera no sabía qué hacer con mis manos. Tampoco con mi cabeza, que se mareó en pensamientos vulgares. No estaba nervioso, sino ansioso. Intercambié un puñado de palabras con dos enfermeras que se acercaron al lugar para tirar la cofia y los cobertores de su calzado a un cesto de basura amurado a la pared. “¿Primer hijo?”, quisieron saber. “¿Cesárea?”, arriesgaron. “No pasa nada. Están en buenas manos”, prometieron. Me pesaron los pies cuando me dirigí hacia el quirófano. Me sentaron en un taburete. La cabeza de Rocío quedó a la altura de mi falda. La acaricié. Desde ahí abajo me clavó esos enormes y dulces ojos oscuros, siempre custodiados por esas pestañas tan elegantes como un toldo de negocio de ropa fina. Nos aferramos en una mano. Sonaba una FM. “Ella está dormida de la cintura para abajo, no siente nada”, me contó el anestecista, un tipo joven, que lucía tan relajado como si estuviese en la cocina de su casa, a punto de tomarse un café. Del otro lado de un biombo de tela azul, la obstetra trabajaba en el estómago de Rocío, con el aporte de una ayudante de su equipo y dos enfermeras. Hablaban entre ellas. El cuerpo de la madre se movía hacia los costados. Se escuchaban ruidos gelatinosos. “Todo tranquilo”, le preguntaba el anestecista a Rocío, mientras le tocaba el hombro. La habitación de mosaicos blancos en el piso y las paredes estaba fresca y esterilizada. Los monitores emitían sonidos nonocordes y regulares. “Vos no hacés mucho ejercicio”, le adivinaba la obstetra a Rocío. “No, jaja”, balbuceaba ella. Cuando las náuseas y la ansiedad estaban llegando a límites intolerables, alguien bajó el biombo, y su imagen se nos vino encima para siempre: la cabeza de Pepo en la mano de la obstetra, que a medida que lo elevaba en dirección a las lámparas, nos decía “ven, le dije, estaba trabado, por eso no podía bajar”. Dos largos chinchulines de color verde musgo le rodeaban el cuello. El cuerpo ya estaba fuera del estómago. Era rosado y largo. Tenía los ojos cerrados. Los rasgos de la cara marcados, armoniosos. De repente, berreó, mientras estiraba los brazos y fruncia la cara. La médica le cortó los cordones y sin dejar de mencionar que había dado en la tecla, le pasó el bebé a su ayudanta, que a su vez lo puso sobre el hombro y la parte superior del brazo de la madre. Quedaron frente a frente, a un milímetro de distancia. Me sumé a ese encuentro único con los ojos cerrados.

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Cómo no voy a ser kirchnerista


La tercera presentación de la biografía fue la menos concurrida. Diez personas, aparte del biografiado y el autor. Fue también, hasta ahora, la más lejana de casa. Se realizó en la Universidad Nacional de Moreno, uno de los distritos más poblados de la provincia y en el que Cristina más votos sacó en las últimas PASO. Fue también escenario de una inesperada y emotiva casualidad.

Con Ale nos encontramos en la estación Plaza de los Virreyes, en el Bajo Flores. Llegó unos minutos tarde porque al salir de su barrio lo paró la policía en un control. Débora me cedió el asiento del acompañante y se pasó para atrás, junto a una compañera del barrio que nos acompañaría a la actividad. Luego de algunos minutos, y con la ayuda de un GPS enganchamos la autopista 25 de Mayo, con la que desembocaríamos en el Acceso Oeste. 


Eran las cuatro y media de la tarde de un martes. Estábamos en una parte de la zona sur de la Ciudad en la que había bastante más tránsito de lo que uno hubiese esperado un año y medio después de la gestión de gobierno de Cambiemos. “El error quizá fue pensar que eran muchos más los que están hechos pelota”, coincidimos.

Ale maneja autos -y motos, probablemente- desde que es un adolescente. Las veces que me había subido a un coche con él, en general le metió pata. Esta vez, no. Estaba muy tranquilo. Conducía por la autopista a ochenta, con un brazo apoyado en ventanilla abierta, la mirada puesta en el frente, cada tanto en el celular. A nuestra derecha, el sol comenzaba a declinar en dirección al horizonte. 

 “Para mí la carta para los votantes de Randazzo tendría que haberse difundido ni bien se conocieron los resultados”, dijo en un momento, mientras hablábamos de las PASO. O: “El giro comunicacional está muy bien siempre y cuando ganemos”, arriesgó. Y contó que en su barrio se retiró el Estado presente, y todas sus políticas públicas, pero hay más obra pública -y trabajo y plata a través de las cooperativas- de parte de la Ciudad y la Nación.

Llegamos al peaje. Había una larga fila de autos para cada cabina. Una sinfonía de bocinas obliga a los empleados a subir las barreras. Pasamos sin prisa, sin haber tocado la bocina ni una sola vez. Hay en esa actitud un gesto solidario con los trabajadores de las cabinas, pero también percibo que Ale anda con un estado de ánimo muy relajado. Se lo ve tranquilo. Unos minutos después descendemos de la camioneta en el ingreso central de la universidad morenense.

María, una joven madre de menos de veinticinco años, delgada y de piel morena, nos recibió en la mesa de informes de la casa de estudios. En los días previos nos habíamos enviado textos, escuchado las voces, pero no nos conocíamos. En su rostro se dibujaba una enorme sonrisa pudorosa. Nos dijo que como estudiante de trabajo social estaba muy emocionada de poder recibirnos. En especial a Ale, del que conocían su historia. También nos contó que ella y sus compañeros de la agrupación estudiantil no habían contado con ningún apoyo oficial para realizar la actividad. Al contrario.

Era temprano. En el aula en la se realizaría la charla había un solo estudiante. María se ofreció a mostrarnos la universidad. En el primer piso comprobamos lo que nos había adelantado un rato antes. En ese lugar había funcionado un instituto de menores. Era evidente. Ante nosotros se extendía un pasillo angosto y de casi cien metros de largo. De un lado teníamos los ventanales que daban al parque, y del otro, las puertas de acero de lo que alguna vez habían sido las habitaciones, y que ahora, luego de las refacciones, fueron recicladas como aulas u oficinas administrativas. Cada tanto se aparecía un estudiante con la mochila al hombro y los auriculares en los oídos. Sus pasos resonaban contra las paredes. Salimos a una terraza. Desde allí se apreciaba la parte nueva de la universidad. El sol estaba más bajo y en un parquecito comenzaban a juntarse los estudiantes del turno vespertino.

Cuando era evidente que el aula no rebasaría de estudiantes, le dijimos a María y a sus compañeros que en un rato nos teníamos que ir, que se acercasen, que hiciésemos una ronda, con un mate de por medio, y que hablásemos de política, de las elecciones, del asunto villero, de Ale, de la comunicación, del libro, de la universidad de Moreno. Eso hicimos, y con éxito, ya que la modesta platea tuvo la posibilidad de escuchar a un Ale que estuvo tan inspirado y comprometido como siempre. No se guardó nada. Fue tan así, que un profesor de la casa, en el cierre, cuando quiso hacerle una devolución por todo lo que había escuchado, se quebró por la emoción. Lloró como un nene hasta que el propio Salvatierra lo contuvo con un abrazo, ante la tierna mirada de Débora, que como siempre, hace todo lo que hay que hacer para pasar desaparcibida.

Hacía unos minutos, Ale había cerrado su intervención con el punteo de hechos que durante los últimos años le habían cambiado la vida a él y a su familia. También a su barrio. "Cómo no voy a ser kirchnerista si fue la primera vez que le dieron la pensión por madre de siete hijos a mi vieja. Cómo no voy a ser kirchnerista si fue durante ese gobierno que conseguí mi primer trabajo en blanco, que los pobres fuimos escuchados, tenidos en cuenta, contenidos. Cómo no voy a ser kirchnerista si como nunca antes en nuestros barrios hubo presencia del Estado y en general logramos un ascenso social". 


Cuando salimos del aula ya era de noche. Las aulas estaban llenas de estudiantes. Algunos jóvenes fumaban debajo de un árbol, en el patio a cielo abierto. Solo en aquel sector, en el que también había un pequeño bar, había señales de política partidaria. Cartulinas, láminas, volantes, diarios impresos, algunas banderas. María nos explicó las autoridades no permitían hacer proselitismo en otro lugar que ése. Atravesamos el ex instituto de menores y también el parque arbolado que nos dejó en el ingreso. María estaba emocionada. Atrás había quedado la tensión por la falta de convocatoria. Ahora tenía entre sus retinas la música de la experiencia de Ale. Se sacó una foto con él. Luego la pondría en su Facebook.

Volvimos por donde habíamos venido. Con Débora, la compañera del barrio y Ale, coincidimos en que había sido una gran actividad. Habíamos podido conversar sobre los temas que queremos hablar en las presentaciones. Mencionamos la emoción del profesor. Del otro lado de las ventanas de la camioneta, la noche envolvía los suburbios de la zona oeste del conurbano. Unos minutos después yo me había puesto furioso. De repente se me había venido encima la cruda realidad política y económica del país. El disparador que conformó la bola de nieve fue el caso Maldonado. Mis tres compañeros de viaje, me escucharon en silencio. De fondo, sonaba el disco Gulp, de Los Redondos.

Una semana después, la noticia ocupó un espacio en Página 12. La Red Federal de Sitios de Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos, el municipio local y las autoridades de la casa de estudio, habían encabezado un acto oficial para señalizar como 
Sitio de Memoria el edificio en el que había funcionado el instituto de menores. En la foto había muchos estudiantes. Ninguno de nosotros lo sabía cuando estuvimos allí. Potente casualidad. Cómo no voy a ser kirchnerista, como dijo Ale, si hasta el secretario de derechos humanos de Macri, Claudio Avruj, tiene que darle continuidad a esa política de Estado de memoria, verdad y justicia.

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El Criadero es también Santiago Maldonado


Mi padre adoptivo y del corazón, Gustavo Abrevaya, presentó a finales de agosto la reedición de su novela policial más afilada y ganadora: El Criadero. Lo hizo como debe ser: hecho un nudo de nervios en los días previos y bastante distendido en el panel, durante la presentación, junto a sus colegas Hugo Correa Luna, Elsa Drucaroff y Ana María Shua, que a lo largo de más de una hora le dieron a la velada una densidad literaria digna de ser enmarcada. La familia y los amigos ocuparon todas las mesas del cálido bar palermitano “El Benny”, en el que la mayoría optó por el café pero también hubo algunos que aprovecharon para tomar cerveza.

La novela negra de Gustavo ganó el Primer Premio Concurso de Narrativa “José Boris Spivacow”, organizado por la entonces Secretaría de Cultura de la Nación, un par de meses antes de la rebelión popular del 20 de diciembre de 2001. El jurado estuvo compuesto por tres consagrados: Pablo De Santis, Liliana Heker y Héctor Tizón, y fue publicada por la Cámara Argentina del Libro en abril de 2003, solo unos días antes del comienzo del gobierno de Néstor Kirchner. La nueva edición del texto, a cargo del sello Revolver, y que solo incluye un puñado de alteraciones menores, fue publicada en julio de 2017. Cuando se imprimió la primera edición, la impunidad sobre los crímenes del terrorismo de Estado regía de modo pleno en la Argentina. Ahora el horror de la desaparición forzada vuelve a emerger de la mano de la prepotencia de la Alianza Cambiemos, con el caso de Santiago Maldonado. Esa dolorosa e indignante coincidencia atravesó por completo el espíritu colectivo de la presentación.

Mi padre fue explícito desde el arranque de la actividad, al poner sobre la mesa una imagen del rostro barbudo del artesano, y la exigencia -hecha consigna- de que aparezca con vida. Tanto él como sus colegas abordaron el tema, durante sus intervenciones, porque viven con consternación el franco retroceso que estamos sufriendo en el país, y aparte porque el elemento central que atraviesa la trama de El Criadero es la desesperada búsqueda que sufre una chica al perder el rastro de su pareja, un director de cine, en un pueblo fantasmagórico y gobernado y habitado por fuerzas oscuras, cínicas y brutales, luego de caer allí para pedir ayuda por el desperfecto mecánico del auto en el que viajaban.

Correa Luna ya había presentado la novela en 2003. Fue el tutor del texto. Gustavo lo considera su maestro. Explicó que la lectura que había hecho por estos días difería de la que había realizado hace catorce años atrás. Dijo que hay dos tipos de ficción. La que entretiene y "la que que nos transforma y actúa sobre el mundo". La que te interpela en lo político, en lo social, en lo moral. “La novela de Abrevaya mantiene viva la memoria y la actualiza, porque hoy el gobierno protege una desaparición forzada y se defiende con cola de paja, y El Criadero asiste puntualmente a la cita para señalar una desaparición”, subrayó. “La novela de Abrevaya hoy es más que una metáfora, una acusación, un dedo que señala el mal de estos tiempos”.

Drucaroff afirmó que “el libro apuesta muy fuerte al suspenso y consigue algo que lo vi en muy pocas novelas, que es que hasta la última línea de la novela no sabemos cómo va a terminar”. Habló de la “estructura del lugar cerrado”, muy típica en la narrativa, a la que “en este caso llegan dos forasteros que rompen con un orden y de ese modo desencadenan el relato”. El recurso es muy utilizado en el género del terror, un paño con el que Gustavo goza desde que que era un estudiante de medicina y hacía sus primeras autopsias. Otro de los elementos que ponderó la escritora fue “la potencia en la construcción de lugar”, que en el caso de la novela tiene que ver con el misterioso pueblo ‘Los Hemules’, “consistente, con carnadura, ya que tiene historia, gentilicio, gobernador, cura y hasta sus mitos”.

Shua, por su parte, con un tono y una gestualidad aparentemente fríos, pero colmados de generosidad y sabiduría, alagó la prosa de Gustavo, como así también el manejo del suspenso y la densidad de sus personajes. Como buena presentadora, llamó a los presentes a comprar el libro.

Por entre las mesas del bar correteban los dos nietos más chicos de Gustavo. Fidel y Ela. Tres años cada uno. Para los adultos fue imposible amortiguar sus risas, voces y gritos, que contrastaban de modo incisivo con el clima de parsimonia y reflexión de de la presentación de una novela. Es más: los nenes acentuaban su actitud al ver que los grandes posaban su atención sobre ellos. Sus padres estaban ocupados. Una filmaba y el otro sacaba fotos. Entonces fue la abuela la que intentó contenerlos, aunque sea un rato, mientras se secaba las lágrimas de las mejillas, producto de la emoción que le generaba las palabras de su compañero de toda la vida, arriba del pequeño escenario.

El policial de Gustavo es una novela negra clásica porque trabaja con arquetipos literarios universales como la condición humana, el amor, la crueldad y el poder, pero tiene la particularidad de trabajar con una de las figuras que constituyen la identidad del pueblo argentino: los desaparecidos. De eso no podría hablar Stephen King, por citar a alguien. “Cuando terminé el texto y se lo envié a mi editor, me puse a llorar”, contó con la voz entrecortada. “Me emociono con las cosas que escribo y me angustia el destino que a veces le doy a mis personajes”, compartió.

Nos fuimos a casa cargados con el peso de un presente sombrío. Pero también, por lo menos en mi caso, con ganas de escribir. De seguir escribiendo. Fue muy motivador escuchar a cuatro grandes de la literatura. También confirmé una idea que empezó a macerar desde el momento que comencé a leer los cuentos y novelas de mi padre: su fuente inagotable de inspiración son las obsesiones, deseos y miedos relacionados con el fervor, los sueños y la grandeza de la juventud de los setenta, y el posterior horror del terrorismo de Estado. Por eso la dolorosa vigencia de la reedición de El Criadero. Por eso Santiago Maldonado.

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Nuestra baldosa


Garuaba sobre la avenida Díaz Vélez, el sábado 26 de agosto por la tarde, cuando junto a mi compañera Rocío ingresamos al local “Juana Azurduy” de Nuevo Encuentro (NE). Había unas veinte personas. Nos recibieron con abrazos y cálidas palabras de bienvenida. A algunos ya los conocíamos de la militancia. En el suelo y sobre unos tablones estaban los elementos para preparar la baldosa. El balde, el cemento, el bastidor, la malla de alambre, las letras que conformarían las oraciones, las venecitas. Las paredes estaban decoradas con pósters y fotos de Néstor y Cristina Kirchher, Hugo Chávez, Lula Da Silva. Militantes en distintas movilizaciones. Por lo menos dos compañeros ya estaban capturando fotos y filmando video.

“Hoy estamos acá para trabajar en la preparación de una baldosa, junto a la familia, los amigos, los compañeros, con mucho amor y compromiso con la memoria, la verdad y la justicia”, inauguró la actividad una de las referentes del local, luego de que cambiemos bullicio por silencio. Judith Said, la madre de mi hermano Ricardo y última pareja de mi padre, también llamado Ricardo Dios, que a lo largo de los años ejerció una férrea defensa de los derechos humanos a través de cargos públicos y una militancia inagotable, siempre en el peronismo, celebró la iniciativa, “más aún hoy con Macri en el gobierno y Santiago Maldonado desaparecido muy probablemente a manos de la Gendarmería”, subrayó. Luego de los aplausos, comenzamos a preparar la baldosa. Un rato más tarde llegaría María Bordesio, la hija mayor de Judith, y "media hermana" mía, junto a su intrépida hija menor, Indaia, que por esas horas cumplía sus seis años.

La iniciativa fue de los compañeros de NE. Al frente de una mesa de derechos humanos al interior de la organización, consiguieron información acerca de los desaparecidos del barrio, y ahí fue que se toparon con El operativo Riglos, ocurrido el 15 de noviembre de 1976, en el taller de confección de ropa Ser, de parte de la familia Said. Ese día el Ejército y la Armada asesinaron a nuestro padre. Lo mismo sucedió con un allegado de los Said. Y aparte secuestraron y desaparecieron a un hermano de Judith y a otro militante. También saquearon el taller.

Sobre el operativo Riglos se puede leer acá un trabajo de Natalia Bordesio, la nieta mayor de Judith, e hija mayor de María: http://cargocollective.com/operativoriglos

Con esa historia,  Caballito por la Memoria, compuesta por NE y otras fuerzas políticas del barrio, aparte de militantes de derechos humanos y vecinos sueltos, decidió realizar su primer homenaje. Para armar la baldosa, invitaron al “Cuervo”, un compañero de fierro y padre de dos mellizas, miembro fundador de la Comisión por la Memoria de La Paternal, que hace mucho tiempo patea los barrios para mantener viva la memoria y la lucha de nuestros padres. Acá nos cuenta cómo se arma una baldosa.


Aparte de los militantes y familiares de los homenajeados (nuestro padre, Alberto, el hermano de Judith, el compañero de apellido Ocampo y un allegado de la familia que había ido a hacer un recado al taller), de la actividad participaban dos hombres que nos presentaron ni bien entramos al local. Gerardo y Santiago, de unos cincuenta años cada uno. Ambos inquilinos del inmueble en el que funcionaba el taller de la familia Said. Fue el primero el que hace algunos año atrás la encaró a María, la dueña, de ochenta y cinco años de edad, para preguntarle si allí había pasado algo alguna vez. “Fue pura intuición”, nos contó. Ella le contó los hechos, elaborados a su vez por los vecinos de la cuadra de aquel sangriento 1976.

Santiago tenía un gorro de lana en la cabeza. Lentes. Estaba emocionado. Nosotros lo escuchábamos azorados. Lo más llamativo, la más bella de las casualidades -porque nosotros no creemos en Dios, a pensar de nuestro apellido- es que ambos inquilinos son simpatizantes y adherentes del modelo de país que se construyó entre el 2003 y el 2015. Gerardo alquiló el inmueble entre el 2000 y el 2005. Ahora vive en Para Ti, el único paraíso que Judith conoce de todo Brasil por haber ido ahí junto a sus hijos para celebrar sus cincuenta años. Fue imposible encontrar palabras para sintetizar tanta fraternidad y casualidad. Solo lágrimas y muestras de afecto y asombro. Ambos inquilinos fumaban. Yo hubiese hecho lo mismo. “Lo más loco de todo es que yo allá tengo un taller de ropa”, comentó Santiago, antes de darnos una tarjeta con el nombre de la firma.

Las letras las pusimos entre todos y todas. Un par cada uno. Con la delicadeza y el cuidado de un artesano. Una venecita allá, la otra acá. En círculo, en un clima de fervor contenido, colectivo e íntimo a la vez. De a poco se fue conformando el texto. El cemento todavía fresco. Los compañeros que conocían el paño de las baldosas, guiaban al resto. Nos prestaron una pincita de aluminio. Circulaba un mate y en una mesa de un costado alguien había colocado medio kilo de bizcochos dulces y otros salados. Más fotos y más video.

De repente, sobre el cemento colorado se habían alineado los nombres de las víctimas, el victimario, la fecha, el horror que despiden las palabras asesinato y desaparecido, y debajo de todo, la firma, tajante, tan incuestionable como innegociable: “Fue genocidio. Son 30 mil”. Lo que siguió fue un nuevo aplauso, cerrado, sentido. Un rato antes nos habíamos sacado una foto, todos juntos, con el rostro de Santiago Maldonado.

Cuando nos retirmos con mi compañera -embarazada -, y Manu, el hijo mayor de mi hermano Ricardo, garuaba con más intensidad que hacía un rato. Hacía más frío. Al ingresar al coche, y sentir en el pecho el golpe de un silencio que duró algunos segundos, uno de los tres abrió la boca: “Qué fuerte la actividad. Estuvo mil puntos. Al 9 vamos con todo”.

Así será. En Riglos 744. El sábado 9 de septiembre, a las tres de la tarde, junto a la familia, los vecinos y los compañeros de militancia. Por los caídos, por los que estamos, por los que vendrán, por la justicia social y la felicidad del pueblo.

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Esta vez en el Patria


Hacía casi un año que me había hecho cargo de la coordinación del ciclo de presentaciones editoriales del Instituto Patria. Sin experiencia en el tema pero confiado de que estaría a la altura de la exigencia. Mal no me fue. Siempre los martes, entre las 18 y las 20 horas, en el auditorio central de la casa, bautizado Néstor Kirchner. Lloviese, hiciese calor, frío, hubiese o no movilizaciones en la zona del Congreso, partidos de fútbol importantes en la televisión, imprevistos de cualquier tipo, por allí pasaron los editores y lectores de las revistas Kamchatka, Quiero Vale 4, La Negra del Sur, Harmartia y la Agencia Paco Urondo, aparte de autores de todo pelaje como Patricio Brodsky, Roberto Caballero, Fernando Cibeira, Sebastián Premici, Roberto Baschetti, Juan Fraschina, la cubana Nuria Barbosa León, el obrero naval del astillero Río Santiago, Raúl Corzo, y el hijo del fundador del Partido Comunista Congreso Extraordinario, Julio Pereyra. Con más o menos público, con nombres de mayor o menor peso en el panel, y siempre con la apertura a cargo de Oscar Parrilli, Teresa Parodi, Jorge Ferraresi o Tristán Bauer, logramos darle continuidad al ciclo casi de manera ininterrumpida, para consolidar el objetivo de que el Patria se instalase en la agenda de la política y la cultura, y mejor aún, para que en ese marco uno, diez, cien hombres o mujeres que pasasen por allí para escuchar la palabra de un autor, se volviesen a acercar a nuestro proyecto político, que en materia electoral ahora se llama Unidad Ciudadana, más aún teniendo en cuenta el daño que estaba -y sigue- haciendo el macrismo. Durante el transcurso de todas aquellas presentaciones, en casi todo momento saboreé en mi mente y corazón mi propia actividad, junto a algún dirigente, un periodista, alguna personalidad, muchos compañeros y mi familia, con el protagonista de la biografía a la que le faltaba poco para ser editada, impresa y publicada. Un texto de largo aliento sobre la vida y obra del Pitu Salvatierra. Y el futuro llegó. 

El acontecimiento se produjo el martes 18 de julio. La atención estuvo puesta en Alejandro, por supuesto. Mi trabajo está en el libro. Eso sí: conté que nuestras vidas están emparentadas por al menos tres coincidencias. Una trágica, otra dramática y la tercera, emotiva y estimulante. Ambos perdimos a nuestros padres de sangre por las balas de la fuerzas de seguridad. En mi caso, en 1976. En el de él, en el 2000, a manos de la Policía Bonaerense. Los dos fuimos adictos al consumo de drogas, más o menos en la misma época: la década del noventa. La última coincidencia, llena de luminosidad, tiene que ver con las convicciones y la militancia política. Fue en ese ámbito en el que cruzamos nuestros caminos. Fue de ese modo que pude primero desear y luego materializar el proyecto de escribir sobre su vida, su carrera como dirigente villero y los proyectos políticos que signaron los últimos treinta años de nuestro país.

Alejandro le habló sobre ese tema a los casi cien vecinos de la Ciudad Oculta que lo fueron a escuchar al Patria. “Todo bien con la iglesia evangélica”, les dijo. “Yo también abrazo esa fe, y fue vital para sostenerme en pie cuando estuve preso”, agregó. “Pero sepan que la realidad no la cambiar Dios sino la política, y que hoy la única que defiende nuestros intereses es Cristina Fernández de Kirchner”. Ahí se desató una de las cortinas de aplausos de la noche. Otra fue cuando asumió que está vivo gracias al amor de su madre, su esposa, sus hijos, sus compañeros de militancia y el kirchnerismo, “el único proyecto político que nos tuvo en cuenta”.

Nos acompañaron la periodista Julia Mengolini y el rector de la Universidad Nacional de Avellaneda, Jorge Calzoni. Ella, muy suelta y cálida, ponderó algunos pasajes del libro y se llenó la boca de elogios para el biografiado, del que se consideró su amiga y por el que juró sentir admiración desde el día que lo vio en la sala de prensa de la Casa Rosada, a finales de 2010, en el cierre del conflicto por la toma del tierras del Parque Indoamericano, con la camiseta azul de la selección argentina, la gorra, el puño apretado y una convicción estremecedora en el fondo de sus ojos negros. Él, en nombre de la casa de estudios del pueblo bonaerense, se mostró enaltecido por haber tenido la chance de publicar la historia de Alejandro y aseguró, como emoción, que su caso representa al de otros tantos millones que pudieron haber quedado en el camino y que fueron incluidos por el proyecto político de Néstor y Cristina, para de ese modo, construir sus propios proyectos de vida. El cuarto invitado era el "Cuervo" Larroque, pero no pudo asistir porque tenía una actividad de campaña. Envió una carta, escrita con esa prosa dura y sentida que lo caracteriza. Me hice cargo de su lectura. Más de una vez tuve que detenerme porque se me hacía un nudo en la garganta. La actividad fue abierta por una tierna militante de la casa: Teresa Parodi.

Sobre el cierre, fue muy divertido firmar libros junto a Alejandro. Las fotos son de mis hermanos Celeste y Ramiro Abrevaya.











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Más no puedo pedir


La jornada transcurrió tan rápido como todos los acontecimientos que sabemos únicos, irrepetibles. Alguna vez un escritor con el que estudié utilizó la expresión "momento epifánico". O un sueño. Junto a los tuyos, los incondicionales. Junto a los compañeros. Junto a hombres y mujeres que admirás. Y con la excusa de presentar un libro, yo, que hace no tantos años atrás era un barrilete que no tenía nada de cósmico; para colmo, un libro especial, intensamente deseado, como los otros dos que publiqué, más los que intentaré seguir publicando, pero con el valor extra de estar cocido con otro de los grandes condimentos de mi vida: las convicciones políticas. 

El futuro llegó y durante toda la mañana, el mediodía y la tarde no pude bajar a un papel ni dos ordenadores de la intervención que ofrecería frente a una platea probablemente llena. No hubo forma. En mi cabeza las ideas y escenarios posibles transcurrían como una película, pero de repente estábamos en el salón Juan Domingo Perón de la legislatura porteña, junto a Paula Penacca y Javier Andrade, compañeros y legisladores, y también Carlos Tomada, compañero, legislador y prócer de la Patria por la inmensa tarea que realizó en la cartera nacional de Trabajo. Y a mi izquierda, el biografiado, claro: Ale Salvatierra.

Aproveché una imagen que me dejó picando mi antecesora en el uso de la palabra, Paula, para hilar una serie de definiciones sobre la biografía. El resultado, pienso ahora, fue decoroso. Junto al resto de los oradores, coincidimos en el eje central del libro: hablar de la vida de Salvatierra es hablar de un hecho político y colectivo que nos atravesó a todos para siempre.

Luego habló el Pitu, y como cada vez que lo hace, logró conmover a los cien hombres y mujeres que estuvimos en la presentación. Incluidos los mozos y la locutora de la casa. Tiene el don de un encantador de serpientes, como me dijo una compañera. Por más que ya lo hayas escuchado hablar una, dos, varias veces, el tipo te sacude con una definición que ni Laclau pudo macerar, producto de una experiencia de vida signada por la exclusión y el roce con situaciones de vida extremas, y una mente lúcida que durante la larga noche neoliberal estuvo a merced de los estupefacientes y la adrenalina del delito, y algunos años más tarde, por medio del brazo protector del Estado inclusivo de la década ganada, se puso a disposición de los suyos, la práctica política y los intereses nacionales.

Más no puedo pedir. Encima, me di el gusto de mirar a los ojos a mi compañera, enternecerme con su mirada y sus ojos húmedos, y frente a mi hijo de 13, mis hermanos y mis padres, los compañeros, Carlos Tomada y los editores del libro, comentarle a todos los presentes, con el micrófono y el corazón en la boca, que en octubre vamos a ser padres de un varón.

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El más lindo recuerdo de Avelleneda

El centro de la ciudad de Avellaneda lucía animado, en especial por la cantidad de gente que caminaba por la calle, pero también por el paso de los colectivos, los coches. Celebré que algunas calles estuviesen resignificadas por la gestión de Jorge Ferraresi, un kirchnerista hasta el hueso, como yo, como tantos, con nombres de luchadores sociales o emblemas de la cultura popular. Harían unos quince grados y el sol entibiaba una mañana agradable. Hice dos cuadras por la avenida Mitre. Una cantidad notable de vendedores ambulantes ofrecía globos, chupetines, películas y series, chipá, pañuelitos de papel, paltas y limones, ropa de gimnasia, juguetes chinos. Los locales comerciales, por su parte, lucían desiertos. Doblé en una esquina, pasé por el Teatro Roma, crucé una mirada con el cuida coches y en sus ojos oscuros intuí todo tipo de urgencias. Llegué a la calle Florencio Ameghino. Un rayo de sol me obligó a entrecerrar los ojos. Me faltaba solo media cuadra para llegar al anexo de la Universidad Nacional de Avellaneda, en el que funciona su editorial.

En el tercer y último piso del modesto edificio, mientras esperaba que Carlos me atendiese, me distraje con las fotos de la inauguración de la universidad, en 2011. Junto al rector y algunos asistentes, estaban Ferraresi y Cristina, entre otros funcionarios y dirigentes. Pensé con nostalgia que se trataban de imágenes de una época que a cada minuto se torna más lejana, producto no solamente del paso del tiempo sino también, y en especial, por el brutal avance del macrismo y los radicales en contra de los intereses del país y el bienestar del pueblo. Fui al baño. Estaba ansioso, inquieto.

Yo ya sabía que la universidad publicaría la biografía del Pitu Salvatierra. Llegué con esa certeza, por momentos ingobernable. Me lo había confirmado Carlos con un mensaje de WhatsApp. Pero ahora nos veríamos las caras. Conversaríamos sobre las 300 páginas del texto, su edición. Cerraríamos detalles. Se trataba de la concreción formal de la última y obligada etapa de un proyecto en el que había puesto tripa y corazón durante más de cuatro años, en el que conviven deseos personales y aspiraciones colectivas. Por fin se confirmaba que el proyecto sería libro.

"A pesar del ajuste y ahogo que estamos sufriendo en la universidad, decidimos publicar el libro, Mariano, porque nos parece un gran trabajo y porque el año pasado, aún con todos los problemas que tuvimos, avanzamos con la edición de una docena de libros", me dijo Carlos en la sala de reuniones. "Yo mismo me voy a ocupar de la corrección", anunció. "Algo de gramática, algo de estilo. Pero el texto ya lo tenemos. Felicitaciones", me dijo, y me dio un cálido abrazo.

Carlos tiene unos cincuenta años. Usa el pelo largo. Viste pantalón y camisa. Vive en la provincia de Buenos Aires. Debe tener una compañera, hijos adolescentes. Lo suyo son las ediciones universitarias, la investigación, los ensayos, pero también la literatura. Lo suyo es la militancia política, la universidad al servicio del pueblo y de un proyecto de país inclusivo, que los contenga y le ofrezca posibilidades a todos. Se trata de hombre sensible, comprometido con su tiempo y sus ideas. Un compañero. Cuando le pasé el libro, hace unos meses, lo leyó de un tirón en un fin de semana. Ya sabía quién era el Pitu.

"La historia me agarró de las pestañas y fui hasta el final casi sin respiro", me dijo. La emoción y la gratitud me sacudían el cuerpo. No sé cuánto lo habrá notado él, pero por dentro vibraba como una hoja de papel. "Te acordás que te dije que necesitábamos encontrar una editorial que pusiese la plata para imprimir y distribuir los ejemplares", me dijo. "Los colegas de Punto de Encuentro leyeron la biografía y dijeron que sí", retomó antes de que yo abrirse la boca. "El Pitu Salvatierra va a tener su biografía en las librerías en unas tres semanas", anunció.

Un rato antes, cuando bajé del 22 y comencé a caminar por la angosta vereda de la avenida Belgrano en busca de la calle Ameghino, por mi cabeza revolotearon algunos recuerdos sobre la Ciudad de Avellaneda, en la que había estado un puñado de veces.

Una fría noche de invierno, en la Plaza Alsina, por ejemplo, cuando despedí en la puerta de una remisería a una conocida, con la que había coincidido un par de horas antes en una fiesta en San Telmo. Ella abordó un auto que la llevaría a su casa, en Villa Domínico, y se perdió en la oscuridad de una calle lateral. O por esa misma zona, sobre la avenida Mitre, una tarde de hace muchos años que acompañé a un amigo a ver a Independiente, y en el portón de un banco, acorralados como animales, tres hinchas del Rojo recibieron golpes de puño de parte de unos desquiciados que vestían remeras y gorros con los colores de Boca. Cómo olvidar la tarde-noche -también de aquella época de adolescencia en la que reinaba una importante dosis de inconsciencia- que fuimos con un amigo a ver a River a la cancha del Rojo. No se veía nada de lo que sucedía en el campo de juego ya que los escalones de la tribuna eran chatos como el ancho de una regla. El pampeano Gilberto Funes clavó un golazo y nos enteramos por la avalancha que nos arrastró hasta el alambrado. Y la salida, mamita. La infantería nos mandó por un descampado que parecía la boca de un lobo. Otro de los recuerdos era más fresco, cuando estuve en la sede social y deportiva de Racing, también sobre la céntrica avenida Mitre, una mañana luminosa, para acompañar a mi hijo, que jugaba un partido de su liga de fútbol infantil. Nos volvimos con la canasta llena de goles. Y un último recuerdo, también de cuando era bastante joven, un mediodía que fui en coche por Belgrano hasta el puente de Sarandí. Por esa zona tenía una óptica de barrio el padre de Gustavo Cordera, al que había conocido en un recital de la Bersuit. Habíamos coordinado que le llevaba un disco de la banda en la que tocaba con mi hermano y otros amigotes: Brote. El hombre de delantal blanco -y lentes, claro- me estrechó su manota y me dio su palabra de que le pasaría el material a su hijo. Los de la Bersuit nunca nos contactaron, pero no importa.

Caminé hasta la parada del 22 que me devolvería al centro de la Ciudad de Buenos Aires, como si levitase, a varios centímetros del pavimento bonaerense. Nadie de mis seres queridos sabía todavía que aquel proyecto tan conversado y deseado, ahora era un hecho consumado. Contenía en mi pecho una noticia estupenda para compartir. Qué se hace en un momento de semejante satisfacción. Nada en especial. Por lo menos yo. No me puse a saltar ni a abrazar a los vendedores ambulantes o canillitas. Simplemente pasé una vez más por el corazón la certeza de saberme realizado. En la parada del colectivo pensé en el escritor Pablo Ramos, ya que gran parte de sus preciosos personajes ríen y lloran en esa parte del mundo. Un bar de la avenida Mitre, un aguantadero en los alrededores del puente Alsina. Ramos y Salvatierra tienen puntos de contacto. El barrio, el reviente, el talento, la sensibilidad, la ideología política. Pensé en la posibilidad de invitarlo a compartir alguna de las presentaciones que haremos de la biografía, ahora que está en la imprenta, y que dentro de unas semanas será libro.

Llegó el 22. Dos minutos después cruzó el puente Puyerredón, que aquel mediodía de otoño, solo ese día, de tiempos macristas, no estaba poblado de manifestantes.

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La cabeza de los dirigentes

Tiene razón el peronista de perón Julio Piumato. En las imágenes de la televisión se ve con claridad que efectivamente es el salvaje del Cuervo Larroque el que está montado sobre el atril del escenario, mientras agita los brazos y entona con su musculosa uno de los temas más encendidos del cancionero de La Cámpora. El líder del gremio de la sanidad y parte del frente renovador, Héctor Daer, también dice la posta: el que sostiene la mano de Larroque desde el escenario, con la típica postura altanera del barrabrava en el pie del paraavalanchas, es el nieto recuperado Horacio Pietragalla. Y su lado, lo vemos todos, está Mariano Recalde, mientras agita los brazos junto a su padre Héctor. Más allá, Agustín Rossi y en el fondo el gordo D'Elia, por supuesto. Son certeras y honestas las declaraciones de otros dirigentes de la central obrera que cuentan con los portales y micrófonos de la prensa dominante: los cien hombres y mujeres que coparon el escenario al grito de “poné la fecha, la puta que te parió” son de las “intendencias ultra k” que llegaron desde el sur de la provincia de Buenos Aires con la intención de generar disturbios y de ese modo ser funcionales al macrismo saqueador.

El descontento social inundó el centro porteño. Lo plantearon con efusividad los trabajadores a sus conducciones sindicales. No va más, amigo. Vamos al paro, al plan de lucha. Los que nos gobiernan nos odian. Son el antipueblo. Así fue que los Daer, los Juan Carlos Schmid y los Carlos Acuña -aparte de los Piumato, claro- se tuvieron que escapar del acto rodeados de custodios. Ahora usufructúan los espacios que tienen comprados en los medios de comunicación, pero no alcanza. Fueron desbordados por las bases y el “hombre a pie” del que habla el periodista Mario Wainfeld. Tendrán que dar explicaciones para adentro y para afuera de sus organizaciones sindicales.

La Cámpora y el resto de las organizaciones políticas kirchneristas, mientras tanto, coparon y marcharon por la avenida de Mayo, con su color, su fiesta, su alto nivel organizativo, su cancionero, y sus militantes de la capital y la provincia de Buenos Aires de todas las edades. Adhirieron a la movilización que la central obrera lanzó para defender la industria y el trabajo y se manifestaron junto a miles de argentinos, a pocos metros del acto que, por otro lado, fue realizado en una zona tan poco estratégica como la idea de estirar hasta el hartazgo la decisión de defender los intereses de los trabajadores, y -no te pedimos tanto- los intereses de la patria.

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Momentos eternos (I)

Fidel chapotea entre las olas que le llegan hasta las rodillas con una frescura poco habitual para un nene de menos de tres años. Aferra la mano de su padre -mi cuñado-, pero los movimientos de su cuerpo reflejan una libertad imprudente. Más allá de la rompiente, estruendosa, se dibuja un horizonte tormentoso. El viento sopla, nos sacude el pelo. A Rocío se le eriza la piel de los brazos. La acaricio. Apoya su cara en su hombro derecho y me sonríe. Sus ojos son enormes, y transmiten una calma contagiosa debajo de unas pestañas preciosas. Mi madre también está dentro del agua, pero más lejos de la costa. Siempre fue una gran nadadora. Recuerdo sus armoniosos movimientos de sirena dentro de una pileta de agua cristalina de alguna quinta bonaerense. Pero nunca –por lo menos desde que soy un adulto-, en el mar, en una playa. Junto a ella enfrenta las olas con su cuerpo otra valiente. La madre de mi cuñado. Es un puñado de años más joven que mi madre. Docente porteña e incansable luchadora. No sabemos acerca de qué conversan. Muy probablemente sobre los presentes de sus hijos. Nosotros somos tres –el hermano del medio está junto a su esposa e hijita en Río de Janeiro-. Ellos, cuatro. O quizá conversen sobre la trágica situación política del país. ¡Uy! Justo miran para acá y levantan sus brazos para conformar en el aire cada una V. Nosotros las imitamos. La ideología y las convicciones unen a las dos familias como las gaviotas al cielo nublado y la arena limpia por efecto del viento. Mi padre, a un costado, se infla de orgullo al ponderar el valor de mi madre, mientras la vemos clavar su humanidad en el corazón de una ola espumosa. Él viste camisa floreada y boina. Algún turista diría que tiene pinta de escritor. Justamente eso es él, le diría yo. Uno de los mejores. Estuvo leyendo un policial hasta hace un rato dentro de la carpa que alquilamos por el día entre todos. Fóbico al agua –por lo menos del Mar Argentino- y levemente tostado por la resolana, en un rato propondrá, con algo de pudor por ser acusado de poco amante de la naturaleza, de ir yendo a casa para almorzar. Mi hermana es la más joven de los tres hijos de los Abrevaya. Está feliz por estar allí, junto al resto, aunque el sol no se muestre. Es madre de un bebote tan tierno como locuaz y compañera de un joven dirigente que lleva en sus entrañas la épica y potencia transformadora kirchnerista. Mi hijo, que ya tiene trece años, hace jueguitos con la pelota, a unos metros de distancia, sobre una asombrosamente extensa zona de arena seca, apta, antes que ninguna otra actividad, para jugar al fútbol. De repente, la postal se rompe porque Fidel decide pegar media vuelta y encarar desbocado hacia nosotros con la cabecita ladeada hacia un costado como cada vez que la alegría le conmueve el cuerpo. Su padre lo sigue de cerca y saborea el contacto que harán su hijo y su enamorada, que ahora se agacha, estira los brazos y no le alcanza la sonrisa para contener tanto amor. El abuelo inmortaliza el momento con unas fotos de su celular. Ahora sí es hora de volver a casa, ahí nomás. La casa de los Dios, en Villa Gesell, que desde hace unas horas, está ocupada por los Abrevaya.

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Centenares de Néstores y Cristinas sembraron amor en las calles de La Emilia

Para tipos como el periodista pago Eduardo Feinmann se torna incomprensible que quinientos jóvenes y no tanto viajen doscientos cincuenta kilómetros para hacer un aporte en la reconstrucción de un pueblo azotado por una inundación. Que cambien el plan de ir a una quinta a comer un asado y tirarse a una pileta para meterse cavar una zanja o cargar muebles podridos por el agua hasta el acoplado de un camión. No pueden tolerar que todos esos pibes formen parte de una organización política que entiende que hay que estar siempre junto al pueblo, en especial en las malas. No soportan tanta entrega, tanta convicción, tanto amor. Tienen miedo y por eso escupen veneno durante las veinticuatro horas. 

Publicamos en Diario Registrado una crónica con algunas escenas y datos de la jornada militante que La Cámpora y otras organizaciones del campo nacional realizaron en la pequeña localidad de La Emilia, en el partido de San Nicolás, en el límite con Santa Fe.

Nota: http://bit.ly/2iSvxpN








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Surcar el aire hace tres generaciones

La luz de escenario se abalanzó sobre su pequeña figura ni bien acarició la lona con sus pies descalzos. Ella apuntó sus ojos atigrados hacia la platea. En su mirada no había nervios sino curiosidad. Vestía calzas coloradas y llevaba el pelo suelto. La madre, desde un rincón de la estructura metálica, le bajó el trapecio a través de una soga. El único sonido que se escuchaba en el circo eran las cuerdas de la guitarra española que rasgaba con delicadeza un joven de pelo rubio. La nena abordó la hamaca con un movimiento elástico, e inmediatamente después, con un gesto de mano, le indicó a la madre que le diese más altura. Fue ahí que la pequeña gimnasta hizo su primera pirueta: aferrarse a uno de los lados del trapecio y estirar el cuerpo, a lo largo y en el aire, hacia uno de los costados. Se transformó en la flecha de un arco ilusorio. Hubo suspiros, susurros y una cerrada cortina de aplausos. El trapecio se elevó un metro más. Ahora sí estaba alto. Peligrosamente alto. No había red ni colchoneta. Una mujer abrazó a sus hijos. Otra se llevó la mano a la boca. El guitarrista ahora punteaba una melodía tensa. De cara al cielo estrellado de Villa Gesell, la acróbata se sentó sobre la base del trapecio y luego de hamacarse un par de veces dejó caer hacia atrás medio cuerpo hacia el vacío, luego de enganchar sus piernas a la base del trapecio. A los aplausos se sumaron chiflidos aprobatorios. En el rostro de la madre, mientras hacía descender a la artista, se adivinó una mueca de felicidad. De triunfo. Le nena puso los pies descalzos sobre la lona y caminó dos pasos en dirección a la platea con la vista clavada en un punto fijo. Hacía lo que podía para contener una sonrisa que se le desbocaba. El guitarrista estiraba los acordes para acompañar el cierre del número. Fue en ese momento que Indaia, con sus cinco años, hizo el movimiento que todo artista realiza para cerrar su presentación: inclinar el cuerpo hacia adelante y hacia abajo, para luego erguirse con los brazos abiertos y de cara al público. El aplauso de los doscientos turistas y el resto de los artistas, músicos y colaboradores fue tan intenso que una bandada de palomas sacudió las copas de los pinos del predio para perderse en dirección al mar argentino. Ella fue hasta un costado para abrazar a sus primitas, sentadas en la primera fila. Así finalizaba el primer número de la primera función de la edición 2017 del Circo del Aire.

La madre es María y la hija, Indaia. La parió a los treinta y ocho años. El Circo del Aire ya funcionaba hacía cuatro, gracias al amor que le ponía, entre otros, la primera hija de María, Natalia, que hoy tiene veintinueve y que nació cuando su madre tenía quince. En aquel 1987, María probablemente todavía no sabía que su vocación sería el arte callejero. O sí. Es una buena pregunta para hacerle. Pero así fue, a pesar -o como consecuencia- de haber crecido en un hogar atravesado por el compromiso político en épocas en las que las consecuencias eran el exilio, la muerte y la desaparición, entre otros castigos. La madre de María fue la última pareja de mi padre, que con anterioridad ya me había tenido con mi madre. Ambos padres militaban en el peronismo revolucionario. Uno en Rosario y el otro en Buenos Aires. Ambos fueron asesinados por el Ejército Argentino, en distintas circunstancias. En las bibliotecas de nuestras familias están las fotos de un encuentro que tuvimos en la costa atlántica, antes de que María, su madre y su reciente hermano- mi hermano- se escapasen del país. Plena primavera de 1976. Estamos en blanco y negro. Se nos ve tan ingenuos, lúdicos y sonrientes, a pesar del derrumbe y la desesperación que azotaba a los nuestros. Los recuerdos más frescos los tengo de nuestra adolescencia, una época en la que yo tocaba el bajo y ella ya andaba por el aire. Fui a muchos de sus eventos, encuentros, fiestas, en el que un universo variopinto de artistas no solo lucían un talento deslumbrante a través de sus acrobacias, danzas aéreas o malabares, sino que también nos emocionaban y hacían reír. Pero había más: yo veía en ellos un modo de resistir el neoliberalismo de la década del noventa, que por aquellos años era salvaje y dejaba marcas, mientras que otros nos refugiábamos en el consumo de drogas con los pibes del barrio. Ellos vivían todos juntos en una casona tomada del Tigre, viajaban por latinoamerica y vivían de la gorra que ponían en las plazas de los pueblos, se instalaban medio año en un circo mexicano con la intención de formarse, se enamoraban libremente. Desafiaban al sistema por los márgenes. No era gratis, claro. María hizo y deshizo cientos de veces. Ganó y perdió. Amó y sufrió. Quizá hasta enloqueció. Como casi todos nosotros. Pero nunca dejó de hacer lo que más le gustaba. Llevó a todas partes el trapecio, la danza aérea y el deseo de surcar el aire. Debe tener una obsesión con el aire. O mejor dicho: con el vuelo. Con el desafío de encontrar o elaborar una belleza allí arriba, en el aire, en la altura, sobre un trapecio, una tela, una cinta. Sola, o junto a un colega. Un día comenzó a dar clases. Su hija, que ya había heredado la técnica y el amor por la disciplina, fue su mejor alumna. Natalia, con el paso de los años, tomaría rumbos diferentes a los de la madre, pero nunca se desprendería del circo. Una mañana de la década ganada llegó la hora de abrir una escuela. Tener a cargo docentes para cada disciplina. Formar a los jóvenes y a los niños, en un momento en el que hacer circo se había puesto de moda. Natalia era una pieza clave para sostener el proyecto. Alma y corazón para la nueva y ansiada pyme familiar. Estaban haciendo escuela, marcando un camino, con la espalda de la experiencia cirquense gesellina, en boca de todo el mundillo artístico, por ser una propuesta profesional de calidad, por significar una oportunidad de trabajo para todo el verano, por presentarse como una rica experiencia de vida. Por allí, a lo largo de los años, pasaron decenas de artistas nacionales y del continente. Incluso, algún fin de semana, alguno acróbata europeo que andaba por la costa atlántica.

Por eso María, seguramente, hace unos días, cuando tuvo que ponerle palabras al cierre del estreno de la temporada 2017 del Circo del Aire, no dudó en confesarlo. Le agradeció a sus dioses internos y a sus seres queridos haber decidido a último momento ir a Gesell a armar el circo -que ahora lucía espléndido, con su carpa, su marquesina decorada con lámparas blancas, su cielo estrellado, las gradas colmadas de turistas, el pinar, las sonrisas de artistas con sus maquillajes y vestuarios-, pese a lo pésimo que había sido para todos el 2016, ya que de ese modo, en ese instante, no solo podía volver a hacer una vez más lo que más le gusta en la vida -surcar el aire, perderse en su vuelo, y suspirar muy hondo, cerrar los ojos y levantar los brazos bien alto cuando el público te aplaude-, sino también, disfrutar durante un puñado de minutos interminables, de la libertad con la que Indaia realizó su juego, frente a la platea, su madre, su hermana (a la distancia), su abuela Lala, sus primas y el mundo entero.

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Manu y Santino Dios

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