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La cabeza de los dirigentes

Tiene razón el peronista de perón Julio Piumato. En las imágenes de la televisión se ve con claridad que efectivamente es el salvaje del Cuervo Larroque el que está montado sobre el atril del escenario, mientras agita los brazos y entona con su musculosa uno de los temas más encendidos del cancionero de La Cámpora. El líder del gremio de la sanidad y parte del frente renovador, Héctor Daer, también dice la posta: el que sostiene la mano de Larroque desde el escenario, con la típica postura altanera del barrabrava en el pie del paraavalanchas, es el nieto recuperado Horacio Pietragalla. Y su lado, lo vemos todos, está Mariano Recalde, mientras agita los brazos junto a su padre Héctor. Más allá, Agustín Rossi y en el fondo el gordo D'Elia, por supuesto. Son certeras y honestas las declaraciones de otros dirigentes de la central obrera que cuentan con los portales y micrófonos de la prensa dominante: los cien hombres y mujeres que coparon el escenario al grito de “poné la fecha, la puta que te parió” son de las “intendencias ultra k” que llegaron desde el sur de la provincia de Buenos Aires con la intención de generar disturbios y de ese modo ser funcionales al macrismo saqueador.

El descontento social inundó el centro porteño. Lo plantearon con efusividad los trabajadores a sus conducciones sindicales. No va más, amigo. Vamos al paro, al plan de lucha. Los que nos gobiernan nos odian. Son el antipueblo. Así fue que los Daer, los Juan Carlos Schmid y los Carlos Acuña -aparte de los Piumato, claro- se tuvieron que escapar del acto rodeados de custodios. Ahora usufructúan los espacios que tienen comprados en los medios de comunicación, pero no alcanza. Fueron desbordados por las bases y el “hombre a pie” del que habla el periodista Mario Wainfeld. Tendrán que dar explicaciones para adentro y para afuera de sus organizaciones sindicales.

La Cámpora y el resto de las organizaciones políticas kirchneristas, mientras tanto, coparon y marcharon por la avenida de Mayo, con su color, su fiesta, su alto nivel organizativo, su cancionero, y sus militantes de la capital y la provincia de Buenos Aires de todas las edades. Adhirieron a la movilización que la central obrera lanzó para defender la industria y el trabajo y se manifestaron junto a miles de argentinos, a pocos metros del acto que, por otro lado, fue realizado en una zona tan poco estratégica como la idea de estirar hasta el hartazgo la decisión de defender los intereses de los trabajadores, y -no te pedimos tanto- los intereses de la patria.

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Momentos eternos (I)

Fidel chapotea entre las olas que le llegan hasta las rodillas con una frescura poco habitual para un nene de menos de tres años. Aferra la mano de su padre -mi cuñado-, pero los movimientos de su cuerpo reflejan una libertad imprudente. Más allá de la rompiente, estruendosa, se dibuja un horizonte tormentoso. El viento sopla, nos sacude el pelo. A Rocío se le eriza la piel de los brazos. La acaricio. Apoya su cara en su hombro derecho y me sonríe. Sus ojos son enormes, y transmiten una calma contagiosa debajo de unas pestañas preciosas. Mi madre también está dentro del agua, pero más lejos de la costa. Siempre fue una gran nadadora. Recuerdo sus armoniosos movimientos de sirena dentro de una pileta de agua cristalina de alguna quinta bonaerense. Pero nunca –por lo menos desde que soy un adulto-, en el mar, en una playa. Junto a ella enfrenta las olas con su cuerpo otra valiente. La madre de mi cuñado. Es un puñado de años más joven que mi madre. Docente porteña e incansable luchadora. No sabemos acerca de qué conversan. Muy probablemente sobre los presentes de sus hijos. Nosotros somos tres –el hermano del medio está junto a su esposa e hijita en Río de Janeiro-. Ellos, cuatro. O quizá conversen sobre la trágica situación política del país. ¡Uy! Justo miran para acá y levantan sus brazos para conformar en el aire cada una V. Nosotros las imitamos. La ideología y las convicciones unen a las dos familias como las gaviotas al cielo nublado y la arena limpia por efecto del viento. Mi padre, a un costado, se infla de orgullo al ponderar el valor de mi madre, mientras la vemos clavar su humanidad en el corazón de una ola espumosa. Él viste camisa floreada y boina. Algún turista diría que tiene pinta de escritor. Justamente eso es él, le diría yo. Uno de los mejores. Estuvo leyendo un policial hasta hace un rato dentro de la carpa que alquilamos por el día entre todos. Fóbico al agua –por lo menos del Mar Argentino- y levemente tostado por la resolana, en un rato propondrá, con algo de pudor por ser acusado de poco amante de la naturaleza, de ir yendo a casa para almorzar. Mi hermana es la más joven de los tres hijos de los Abrevaya. Está feliz por estar allí, junto al resto, aunque el sol no se muestre. Es madre de un bebote tan tierno como locuaz y compañera de un joven dirigente que lleva en sus entrañas la épica y potencia transformadora kirchnerista. Mi hijo, que ya tiene trece años, hace jueguitos con la pelota, a unos metros de distancia, sobre una asombrosamente extensa zona de arena seca, apta, antes que ninguna otra actividad, para jugar al fútbol. De repente, la postal se rompe porque Fidel decide pegar media vuelta y encarar desbocado hacia nosotros con la cabecita ladeada hacia un costado como cada vez que la alegría le conmueve el cuerpo. Su padre lo sigue de cerca y saborea el contacto que harán su hijo y su enamorada, que ahora se agacha, estira los brazos y no le alcanza la sonrisa para contener tanto amor. El abuelo inmortaliza el momento con unas fotos de su celular. Ahora sí es hora de volver a casa, ahí nomás. La casa de los Dios, en Villa Gesell, que desde hace unas horas, está ocupada por los Abrevaya.

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Centenares de Néstores y Cristinas sembraron amor en las calles de La Emilia

Para tipos como el periodista pago Eduardo Feinmann se torna incomprensible que quinientos jóvenes y no tanto viajen doscientos cincuenta kilómetros para hacer un aporte en la reconstrucción de un pueblo azotado por una inundación. Que cambien el plan de ir a una quinta a comer un asado y tirarse a una pileta para meterse cavar una zanja o cargar muebles podridos por el agua hasta el acoplado de un camión. No pueden tolerar que todos esos pibes formen parte de una organización política que entiende que hay que estar siempre junto al pueblo, en especial en las malas. No soportan tanta entrega, tanta convicción, tanto amor. Tienen miedo y por eso escupen veneno durante las veinticuatro horas. 

Publicamos en Diario Registrado una crónica con algunas escenas y datos de la jornada militante que La Cámpora y otras organizaciones del campo nacional realizaron en la pequeña localidad de La Emilia, en el partido de San Nicolás, en el límite con Santa Fe.

Nota: http://bit.ly/2iSvxpN








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Surcar el aire hace tres generaciones

La luz de escenario se abalanzó sobre su pequeña figura ni bien acarició la lona con sus pies descalzos. Ella apuntó sus ojos atigrados hacia la platea. En su mirada no había nervios sino curiosidad. Vestía calzas coloradas y llevaba el pelo suelto. La madre, desde un rincón de la estructura metálica, le bajó el trapecio a través de una soga. El único sonido que se escuchaba en el circo eran las cuerdas de la guitarra española que rasgaba con delicadeza un joven de pelo rubio. La nena abordó la hamaca con un movimiento elástico, e inmediatamente después, con un gesto de mano, le indicó a la madre que le diese más altura. Fue ahí que la pequeña gimnasta hizo su primera pirueta: aferrarse a uno de los lados del trapecio y estirar el cuerpo, a lo largo y en el aire, hacia uno de los costados. Se transformó en la flecha de un arco ilusorio. Hubo suspiros, susurros y una cerrada cortina de aplausos. El trapecio se elevó un metro más. Ahora sí estaba alto. Peligrosamente alto. No había red ni colchoneta. Una mujer abrazó a sus hijos. Otra se llevó la mano a la boca. El guitarrista ahora punteaba una melodía tensa. De cara al cielo estrellado de Villa Gesell, la acróbata se sentó sobre la base del trapecio y luego de hamacarse un par de veces dejó caer hacia atrás medio cuerpo hacia el vacío, luego de enganchar sus piernas a la base del trapecio. A los aplausos se sumaron chiflidos aprobatorios. En el rostro de la madre, mientras hacía descender a la artista, se adivinó una mueca de felicidad. De triunfo. Le nena puso los pies descalzos sobre la lona y caminó dos pasos en dirección a la platea con la vista clavada en un punto fijo. Hacía lo que podía para contener una sonrisa que se le desbocaba. El guitarrista estiraba los acordes para acompañar el cierre del número. Fue en ese momento que Indaia, con sus cinco años, hizo el movimiento que todo artista realiza para cerrar su presentación: inclinar el cuerpo hacia adelante y hacia abajo, para luego erguirse con los brazos abiertos y de cara al público. El aplauso de los doscientos turistas y el resto de los artistas, músicos y colaboradores fue tan intenso que una bandada de palomas sacudió las copas de los pinos del predio para perderse en dirección al mar argentino. Ella fue hasta un costado para abrazar a sus primitas, sentadas en la primera fila. Así finalizaba el primer número de la primera función de la edición 2017 del Circo del Aire.

La madre es María y la hija, Indaia. La parió a los treinta y ocho años. El Circo del Aire ya funcionaba hacía cuatro, gracias al amor que le ponía, entre otros, la primera hija de María, Natalia, que hoy tiene veintinueve y que nació cuando su madre tenía quince. En aquel 1987, María probablemente todavía no sabía que su vocación sería el arte callejero. O sí. Es una buena pregunta para hacerle. Pero así fue, a pesar -o como consecuencia- de haber crecido en un hogar atravesado por el compromiso político en épocas en las que las consecuencias eran el exilio, la muerte y la desaparición, entre otros castigos. La madre de María fue la última pareja de mi padre, que con anterioridad ya me había tenido con mi madre. Ambos padres militaban en el peronismo revolucionario. Uno en Rosario y el otro en Buenos Aires. Ambos fueron asesinados por el Ejército Argentino, en distintas circunstancias. En las bibliotecas de nuestras familias están las fotos de un encuentro que tuvimos en la costa atlántica, antes de que María, su madre y su reciente hermano- mi hermano- se escapasen del país. Plena primavera de 1976. Estamos en blanco y negro. Se nos ve tan ingenuos, lúdicos y sonrientes, a pesar del derrumbe y la desesperación que azotaba a los nuestros. Los recuerdos más frescos los tengo de nuestra adolescencia, una época en la que yo tocaba el bajo y ella ya andaba por el aire. Fui a muchos de sus eventos, encuentros, fiestas, en el que un universo variopinto de artistas no solo lucían un talento deslumbrante a través de sus acrobacias, danzas aéreas o malabares, sino que también nos emocionaban y hacían reír. Pero había más: yo veía en ellos un modo de resistir el neoliberalismo de la década del noventa, que por aquellos años era salvaje y dejaba marcas, mientras que otros nos refugiábamos en el consumo de drogas con los pibes del barrio. Ellos vivían todos juntos en una casona tomada del Tigre, viajaban por latinoamerica y vivían de la gorra que ponían en las plazas de los pueblos, se instalaban medio año en un circo mexicano con la intención de formarse, se enamoraban libremente. Desafiaban al sistema por los márgenes. No era gratis, claro. María hizo y deshizo cientos de veces. Ganó y perdió. Amó y sufrió. Quizá hasta enloqueció. Como casi todos nosotros. Pero nunca dejó de hacer lo que más le gustaba. Llevó a todas partes el trapecio, la danza aérea y el deseo de surcar el aire. Debe tener una obsesión con el aire. O mejor dicho: con el vuelo. Con el desafío de encontrar o elaborar una belleza allí arriba, en el aire, en la altura, sobre un trapecio, una tela, una cinta. Sola, o junto a un colega. Un día comenzó a dar clases. Su hija, que ya había heredado la técnica y el amor por la disciplina, fue su mejor alumna. Natalia, con el paso de los años, tomaría rumbos diferentes a los de la madre, pero nunca se desprendería del circo. Una mañana de la década ganada llegó la hora de abrir una escuela. Tener a cargo docentes para cada disciplina. Formar a los jóvenes y a los niños, en un momento en el que hacer circo se había puesto de moda. Natalia era una pieza clave para sostener el proyecto. Alma y corazón para la nueva y ansiada pyme familiar. Estaban haciendo escuela, marcando un camino, con la espalda de la experiencia cirquense gesellina, en boca de todo el mundillo artístico, por ser una propuesta profesional de calidad, por significar una oportunidad de trabajo para todo el verano, por presentarse como una rica experiencia de vida. Por allí, a lo largo de los años, pasaron decenas de artistas nacionales y del continente. Incluso, algún fin de semana, alguno acróbata europeo que andaba por la costa atlántica.

Por eso María, seguramente, hace unos días, cuando tuvo que ponerle palabras al cierre del estreno de la temporada 2017 del Circo del Aire, no dudó en confesarlo. Le agradeció a sus dioses internos y a sus seres queridos haber decidido a último momento ir a Gesell a armar el circo -que ahora lucía espléndido, con su carpa, su marquesina decorada con lámparas blancas, su cielo estrellado, las gradas colmadas de turistas, el pinar, las sonrisas de artistas con sus maquillajes y vestuarios-, pese a lo pésimo que había sido para todos el 2016, ya que de ese modo, en ese instante, no solo podía volver a hacer una vez más lo que más le gusta en la vida -surcar el aire, perderse en su vuelo, y suspirar muy hondo, cerrar los ojos y levantar los brazos bien alto cuando el público te aplaude-, sino también, disfrutar durante un puñado de minutos interminables, de la libertad con la que Indaia realizó su juego, frente a la platea, su madre, su hermana (a la distancia), su abuela Lala, sus primas y el mundo entero.

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Manu y Santino Dios

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