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Ese amigo Leo



Verano de 2003. Estoy de vacaciones en el Norte argentino. Paramos en la casa de una conocida de mi mamá, en Maimará. Ana, sus pelos largos flotan con libertad y sus conversaciones son muy amenas. De ella me quedó que transpirar mucho y cagar seguido es muy sano. En esas charlas me recomienda un libro que se llama “Los que llegamos más lejos”, de Leopoldo Brizuela. No conocía al autor y menos el libro, que se había publicado a finales de 2002. La volvimos a ver a Ana en marzo, en Buenos Aires, un asado en casa (la famosa sinagoga del rock). Me trajo el libro de regalo. Yo la convencí de que vote a Néstor Kirchner, en quien no confiaba mucho.

Septiembre de 2003. Estoy en Canadá invitado por un amigo que vive ahí, para ver a los Stones. Durante la semana mi amigo trabaja y yo agarro la bici y recorro Toronto. Paro en diferentes lugares a leer “Los que llegamos más lejos”. Me pasa algo tan lindo con ese libro que me dan ganas de escribirle al autor, de agradecerle por haberme generado sentimientos así de intensos y por haberme hecho conocer en detalles a Ceferino Namuncura, a la historia argentina que no enseñan en el colegio ni tampoco en la literatura política de la línea San Martín, Rosas, Perón. Durante muchos meses pensé en buscar un correo electrónico y escribirle.


Julio o Agosto de 2008. Lo conozco a Leo, porque es nuestro profesor en una materia en la carrera de narrativa de Casa de Letras. Cuando a principios de ese año comenzamos a cursar sabía que en algún momento me lo iba a cruzar a Brizuela. Le quería decir lo que me pasó en 2003. Y se lo dije: que hace unos años había leído ese libro y que me habían agarrado ganas de escribirle, que nunca lo hice pero que ahí lo tenía y se lo estaba diciendo. Sonrió con esa sonrisa medio infantil que al principio parece falsa pero cuando lo conoces es toda su verdad. Sebastián Basualdo en el suplemento Radar de Página 12 escribe: “sonreía como un niño luego de haber hecho una travesura incomprensible para un adulto”.

Junio de 2012. Se publica Una misma noche, libro de Leopoldo donde soy uno de los personajes. El libro gana el premio Alfaguara ese año.

Hace unos días murió Leopoldo Brizuela, tenía solo 55 años.

A Casa de Letras fuimos con mi hermano en una época donde tenía encendida mi vocación narrativa. Habíamos hecho anteriormente un taller de escritura con Sandra Russo y Casa de Letras era parte de esa formación. Terminamos “la carrera” pero lamentablemente después de eso prácticamente no escribí más nada de ficción.

Mi glorioso hermano sí y anda caminando una notable carrera de escritor. Leopoldo admiraba la escritura de Matu, su vocación y su esfuerzo y cómo él lo cuenta en este mismo blog, lo ayudó mucho a ser el gran escritor que es hoy. Así como le pasaba a Mariano, yo también me juntaba con Leo a comer o a tomar algo y hablábamos mucho. También charlábamos bastante por teléfono. Creo que no existía todavía el WhatsApp.

Pero esos encuentros tenían, además, un objetivo literario para él. No se en qué momento me lo dijo, pero es lo que menos importa. Soy Miki en “Una misma noche” y en la página 35 escribe: “… y lo invité a almorzar. No concebía mejor confidente”.

“Miki fue mi alumno, es abogado, judío. Su padre, guerrillero, fue asesinado en el ´76, cuando faltaban apenas días para que Miki naciera: la edad de mi recuerdo. Sus tíos maternos… fueron secuestrados y, como se dice, aún hoy permanecen desaparecidos. La incertidumbre sobre su destino final ha marcado la vida de Miki. Y la de su madre. Que dirige el Instituto “Rodolfo Walsh” de la Memoria, en las antiguas instalaciones del campo de concentración de la ESMA, donde casi con seguridad sus tíos fueron torturados”.

En nuestras charlas Leo me había dicho que quería hacer una visita a la Ex Esma, que nunca había ido. Fuimos el 30 de octubre de 2010. Yo había programado una visita con unos alumnos míos y lo invité a Leo. Muchos de los que allí estábamos todavía teníamos los ojos pegados de tanto llorar la muerte de Néstor Kirchner.

Esa visita también está en el libro. No me gustó cómo retrató algunas cosas de ese día. Leo sabía mucho y le molestaba la gente que sabía poco. A veces se obsesionaba con lo que alguno decía o pensaba. A mi esa obsesión no me interesaba. Hay mucho en el libro de esa visita. Rescato algo que -releyéndolo ahora- me causó mucha simpatía: “Desde un ómnibus gritan: ´Viva Menem, carajo´. Y Miki responde agarrándose el bulto. Pero Dios, me digo, ¿cómo es posible que responda con ese gesto, alguien que debe todo a las mujeres, a su madre, a su abuela?” (página 221).

Leo era exigente en la vida y exigente con la escritura. Me parece -ahora me doy cuenta- que en parte es culpable de que yo haya dejado de escribir. Porque una cosa es ser “buena persona” (eso me lo decía mucho Leo y lo dice en el libro con hermosas palabras) pero otra muy diferente es escribir. Porque para escribir en serio hay que ocuparse en serio, hay que atravesarse. Priorizarlo. Y eso es lo que no hice hasta el día de hoy. Si algún día lo hago Leo estará conmigo deslizando los dedos en el teclado.

“Le agradezco a Miki con una casi broma: -Todo esto estará en mi próxima novela. Él me mira sonriendo, creo, infinitamente dolido. O quizá no. Quizá son delirios tejidos por la culpa. Pero de algo estoy seguro: esta es la despedida” (página 246)

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Separá



Leo fue uno de mis maestros literarios. Hizo mucho por mi crecimiento profesional, tanto como docente, como amigo y compañero. Lo conocí en Casa de Letras, la primera escuela de narrativa de la Ciudad de Buenos Aires, que tenía su sede en un viejo edificio de Belgrano y Perú, en el centro porteño. Fue en sus clases que leí por primera vez a las estadounidenses Flannery O’Connor y Carson McCullers, dos autoras de comienzos del siglo pasado, que escribían relatos tan bellos como macabros. También me acercó a una autora argentina, radicada desde que era muy chica en Francia, con la que accedí, creo que por primera vez, al punto de vista de una nena, que en su novela La casa de los conejos narra los detalles de un mega operativo del Ejército Argentino, en La Plata, en 1977, que termina con la vida de sus padres, ambos militantes de Montoneros.

Creo que los derechos humanos fueron el puente que naturalmente se tendió entre nosotros. También lo incluyo a mi hermano Ricardo, que también estudiaba en Casa de Letras. Nosotros habíamos militado en la agrupación H.I.J.O.S. Él era un estrecho colaborador de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, y tenía una profunda admiración por Hebe. Aparte de apostar a la escritura, con mi hermano ya estábamos militando en el Kirchnerismo, abrazados a la idea de un proyecto nacional que no solo contuviese las reivindicaciones del movimiento de derechos humanos. Corría el 2008 y el picaresco mundo imaginario de autoras como Hebe Uhart se nos mezclaba con la tensísima disputa entre el gobierno popular y las patronales del agro.

De a poco, en las clases, el hombrecito de la ciudad de La Plata se ocupó de que yo me desprendiese de algunos vicios gramaticales y sintácticos que traía de la calle, y de la vida, y que había que pulir para poder escribir algo respetable ante un lector más o menos convencional. Nos hacía pensar y trabajar, como corresponde. Ejercicios, tareas, lecturas. Era tímido y tenía un gran sentido del humor.

En el invierno de 2010 publiqué mi primer libro de cuentos, con El pánico el pánico, y una de las dos personas que invité para subirle el precio al acontecimiento, fue él. El otro, un ácido compañero hincha de Almagro y amante de la música pesada, con el que estaba estudiando: Diego Vecino. Leo viajó desde La Plata hasta la vieja y original sede de Matienzo, sobre la calle homónima, y su intervención, frente a los editores, su colega y compañero de mesa, mi familia, mi entonces hijo de ocho años, y amigos, me ruborizó tanto que alguien me acercó una botellita de agua. Se excedió con la ponderación que realizó sobre mis textos, como suele suceder en las presentaciones de libros, pero no importó. Esa noche me sentí muy halagado por su presencia, y lo más importante, con todas las ganas del mundo de seguir escribiendo.

Ya no compartíamos Casa de Letras, pero sí un vínculo que se mantenía vivo por correo electrónico, mensajes de texto, algún llamado. Fue por eso que en 2011 y 2012, con un amigo, Nicolás Castro, y mi hermano, lo invitamos a participar del ciclo de lecturas de poesía Más Poesía Menos Policía (MPMP). Leo, súper obsesivo, nos aclaró lo que ya sabíamos: era un narrador. La edición del ciclo se realizó en la legislatura porteña, a última hora de la tarde. Al mediodía Alfaguara había difundido el nombre de su Premio Novela 2012: Leopoldo Brizuela, por su texto Una misma noche. El tipo vino igual a nuestro evento. Y por supuesto, leyó fragmentos de la novela ganadora.

Cristina ejercía la gestión de su segundo gobierno. Ya no contaba con su compañero de vida y militancia, pero aún así avanzaba con la ampliación de derechos de las mayorías y la recuperación de emblemas nacionales como Aerolíneas e YPF; aparte, ya teníamos el Fútbol para Todos, la Asignación Universal por Hijo, el plan Conectar Igualdad y la Ley de Medios de la Democracia, y justamente por todo eso, entre otras razones, recibía el hostigamiento de distintos sectores del poder real, entre ellos, los grandes medios de comunicación. Una de las históricas dificultades que tuve y sigo teniendo para escribir ficción, y que en aquellos años muy notoria, era el cruce de cables entre el Mariano militante político y el Mariano que intenta producir buena narrativa. Leo me lo señalaba cada vez que podía. Separá, me decía, separá.

Junto a mis socios de MPMP, una noche de lluvia y frio fuimos al centro cultural Islas Malvinas, en La Plata, de la mano de la editorial Mil Botellas, y Leo se sentó en la platea, a escuchar nuestras lecturas, junto al puñado de almas sensibles que se acercó al mitin literario a pesar del mal clima. Luego fuimos a comer pizza a un bar de la zona e hicimos el tercer tiempo. Él estaba con su novio.

Un caluroso día del verano de 2016, con Macri en la Casa Rosada y el estado de ánimo por el piso, recibí un llamado que me alegró el día y los meses siguientes: la editorial Alto Pogo me invitaba a sumar un cuento a una antología que se caracterizaba por estar conformada por autores y autoras emergentes, auspiciados por autores ya consagrados. En mi caso, me había recomendado Leo. El año anterior había publicado mi segundo libro de cuentos y en 2017 publicaría una biografía de un compañero dirigente y villero.

Fue por esa época que tuve el último contacto con Leo. Él tenía a su cargo una nueva sección de la revista Eñe, en la que entrevistaba, en formato video, a un escritor o escritora. En la primera edición estuvo Juan Incardona. Para el segundo, pensó en mí. Le pedí el fin de semana para pensarlo. ¿Pensar qué?, dijo. Si estoy dispuesto a verme en una pantalla con la marca de Clarín sobre la cabeza. Luego de debatir el asunto con mis seres queridos, le dijo que no. Se trató de una decisión difícil, que él no me perdonó, quizá por entender que yo era incapaz de separar la carrera del que escribe con las convicciones políticas, o por ahí se trató de un desplante que le hirió su orgullo. Como sea, fue la última vez que hablé con él.

El año pasado publiqué mi primera novela. La tarea más importante que realicé en las tres correcciones que le hice al texto, también inducido por mi padre, Gustavo Abrevaya, que es otro de mis maestros literarios, fue exprimir al narrador de toda la carga ideológica que llevo en mi cabeza. Creo que el producto final está bastante bien. Tanto durante el proceso creativo, como en el período de corrección, Leo sobrevoló mi conciencia y mis recuerdos. Con sus observaciones meticulosas, el obsesivo cuidado del lenguaje, el punto de vista del narrador, la profundidad de los personajes, la economía en las descripciones, y en especial, la idea de que en la ficción –y por qué no en la vida- me anime a romper con cualquier tipo de cadena. En eso estoy.

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Acerca de las vacaciones y una transmisión

Rocío y Santino se ríen del nombre que le puse al parque acuático que un vivo o amigo del poder construyó en el ingreso al embalse Los Reyunos, departamento de San Rafael, Mendoza. Se divierten porque saben que tengo razón, aunque no lo reconocen. Es parte de un juego con el que matamos el tiempo a lo bobo durante nuestras vacaciones. Al predio lo bauticé Jurasik Park porque me hace acordar al parque en el que transcurre la última mega producción de la saga de los dinosaurios domesticados -o no tanto-: instalaciones impecables, empleados sonrientes, el logo de la firma hasta en los vasos de los licuados, sonido ambiente y ni un solo papel en el piso. Ellos querían ingresar, y fue lo que hicimos. Yo con el bebé en brazos. 

Desde la terraza de piedra de Jurasik Park la vista es imponente. Cien metros abajo, el lago de color verde esmeralda -es un espejo de agua artificial, contenido por un dique, que sirve para el riego de la zona y otros usos-, y enfrente, a lo lejos, las enormes y coloridas sierras de piedra. La empresa ofrece diversión para toda la familia: arrojarse al vacío por una extensa tirolesa, un paseo en catamarán, bañarse en el lago por medio de una pileta artificial, navegar en kayak, y para los que les tiene fobia a la altura, o al agua, un cuatriciclo para recorrer el monte, del otro lado del camino. La oferta veraniega se complementa por medio de un bar, en el que podés para gastar unos cuantos pesos más en tostados, gaseosas, licuados o un café con leche y medialunas, siempre con vista al lago.

Como era de prever, de un momento a otro, el bebé dejó de lado la contemplación para arquear su cuerpito en dirección al suelo, con la clara intención de bajarse. Le pongo las dos patas en el suelo. Con la madre estamos en plena etapa de seguirlo a todos lados, y en ese lugar, como en ningún otro, no podemos perderle el rastro ni un segundo. No duramos más de tres minutos. Nos fuimos, entre sonrisas cómplices –en esos momentos nuestro juego ingresaba en un paréntesis-, cuando un joven con voz de locutor que vende publicidades anunció por el sistema de sonido la salida de un catamarán.

Dentro del coche, luego de acomodar al bebé en su silla, decidimos recorrer dos kilómetros de ripio, para ver qué tal estaba la bahía con playa que anunciaban en la entrada. Aclaro: Ellos dos no querían, probablemente para llevarme la contra. Eran las cinco de la tarde y no daba volver a la cabaña. Durante la mayor parte del día había llovido y el cielo no terminaba de mostrar su color azul. El bebé se pone a berrear. Un quejido lastimoso que luego de unos minutos pone a prueba tu sistema nervioso. Un par de días después nos daríamos cuenta que en varias de las ocasiones, Pedro nos estaba tomando el tiempo, pero aquella tarde, mientras los neumáticos del coche comían piedra en una pendiente bastante peligrosa, estábamos convencidos de que estaba fastidiado, acalorado, harto de ir de acá para allá enjaulado en su silla. Del quejido pasó al llanto. La madre y yo enseguida nos pusimos de mal humor. Cruzamos algún dardo. Qué lindas las vacaciones. Los cuatro estábamos por entrar de cabeza en una crisis nerviosa cuando a nuestra izquierda se abrió, como un telón luminoso, el sendero que nos llevaría a nuestro paraíso.

Se tornó muy peliagudo contener tanta belleza con solo dos ojos. El espejo de agua verde, una playita de unos treinta metros, una zona de parillas cubiertas por un techo de chapa acanalada, una proveeduría y dos baños. Ningún cartel, ni anuncios pomposos, ni marquesinas de colores, ni nada que remita a la pomposidad capitalista. Solo la naturaleza y una discreta intromisión humana. Nos recibió un joven con campera deportiva, gorra y el rostro castigado por el sol.

“De quién es todo esto, che”, preguntamos, luego de saludar. “De un alemán”, dijo, con un gesto de resignación. “Lo tenemos concesionado”, agregó. Santino, quizá intuyendo que en cualquier momento al pibe le decíamos “qué barbaridad, y ahora con Macri olvidate que el Estado se ocupe de regular estas animaladas”, se dispuso a bajar la última pendiente en dirección a la playa. El joven nos cobró cien pesos por el ingreso de los tres (costaba cien por persona).

Descendimos con el bebé, el termo, el mate y las mochilas. En las parrillas no había un alma. En la orilla, solo dos familias. Nos acomodamos en la playa, que no era de arena, sino de piedras. Todo allí era de piedra. Dentro y fuera del agua. Soplaba un viento frío que puso en duda el chapuzón que había que darse en el agua, a la vista helada, y muy parecida de los lagos naturales de nuestra Patagonia. Pero las dudas no nos iban a doblegar. ¡Cómo no zambullirse! ¡¡Estábamos de vacaciones!!

El agua, al final, no solo era cristalina, sino también reconfortante para nuestro cuerpo acalorado y lleno de polvo del ripio y las rocas de la sierra. Con Santino nadamos una y otra vez a lo largo del agua delimitada entre la orilla y unas bollas, diez metros adentro. Nuestras brazadas y patadas generaban un efecto de eco que rebotaba a nuestro alrededor como un tambor gigante. Todo era piedra y pero ahora también cielo azul. Por arriba de la cadena montañosa de enfrente, el sol nos trasmitía un mensaje: la tarde es toda de ustedes. El bebé, junto a su madre, nos miraba perplejo. Sacudía los brazos, pegaba gritos, daba unos saltitos desparejos sobre las piedras.

Unos minutos después, los cuatro nos sentamos sobre una toalla, con los pies adentro del agua y el sol tibio sobre la piel de la cara. Rocío cebaba el mejor mate del planeta. Teníamos un paquete de galletas dulces. Fueron diez, quince minutos. Yo acariciaba la cintura de Rocío por detrás de su espalda, mientras ella a su vez deslizaba sus dedos sobre los incipientes rulos de la cabeza de Pedro. El silencio del lugar se hacía añicos solamente con el graznido de un pájaro que cruzaba de lado a lado del lago. Hasta que Santino se puso de pie y arrojó la primera piedra al agua.

En invierno habíamos andado por un embalse similar, pero en lo alto, en la ruta, sobre un puente, y habíamos jugado a “hacer patito”, un viejo y ¿criollo? pasatiempo, que si creciste en una ciudad, y tuviste un amigo, padre o maestro de colonia, en algún viaje o escapada a un río, tuviste que conocer y disfrutar. Ahora teníamos a nuestra disposición un lago de película, tan manso que parecía de hielo, y cincuenta millones de piedras. Al bebé, en los días previos, ya le habíamos inculcado el gusto por arrojar piedras en las acequias mendocinas y arroyos puntanos, y en especial, admirar el “plop” que ahora sonaba con una profundidad única.

Tiramos una, dos, diez, cien, diez mil piedras. Rocío también se sumó. El desafío era lograr que la piedra se mantuviese en el aire limpio de la tarde, mientras picaba rasante una y otra vez sobre el agua de color verde. Había piedras chatas por todos lados, pero en especial debajo del agua, que las erosiona con la fuerza del irreversible paso del tiempo. El bebé quiso tirar. Y eso hizo, con una fuerza notable. Fueron treinta, cuarenta, cincuenta minutos de juego, que también incluyó competencia de fuerza -quién las tiraba más lejos- y puntería -había que darle a una boya-.

En un momento, con Rocío nos miramos y nos dimos un beso. El joven a cargo de la concesión es probable que haya visto la imagen desde su oficina de chapa, cubierto del sol que no le daba respiro ni un minuto del día. Un turista que estaba a veinte metros, con una remera estampada con el logo de los equipos de música Marshall, también nos pudo haber visto. Santino no nos vio, pero intuyó el acto por el sonido que produjo el contacto de nuestros labios. El bebé se nos pegó a las piernas, atento a todo.

El sol había descendido detrás del pico montañoso de la sierra del otro lado del lago. El cielo se había puesto rojizo. Era hora de comenzar a recoger nuestras cosas. Con Santi nos dimos otro chapuzón, en el lado trasero de la playa, donde se armaba una olla de agua muy profunda y oscura. Luego sí, nos retiramos, con las mallas mojadas. Saludamos al pibe del lugar y le deseamos una buena temporada, “a pesar de todo”. “Gracias, hermano”, nos dijo, y se golpeó el pecho. En ese momento una camioneta apareció por la pendiente de ripio. Eran dos amigos que se cocinarían un asado, bajo el telón estrellado de la noche. El lugar cerraba a las doce.

Dentro del coche, y camino hacia la cabaña en la que estábamos parando, ni Rocío ni Santino dijeron una palabra sobre la elección del lugar. Mucho menos de Jurasik Park. Para qué. Los tres se quedaron dormidos ni bien agarramos la ruta que nos llevaría a la cabaña.

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Con el nene en brazos

¿Qué haría el muchacho de camisa a rayas, que se hace el dormido cuando la ve venir, si un solo día de su vida tuviese que pedir una mano en el tren? ¿Y la venezolana que dice por teléfono que se va a encontrar con no sé quién en Miami, mientras la piba le ofrece el papelito escrito a mano? Una vergüenza. En la fila de enfrente, un hombre mayor la ignora por completo. Ella le ofrece la fotocopia del tamaño de un carné, y el otro sigue mirando al frente como si no la tuviese a treinta centímetros de su cuerpo, interpelándolo a través de un claro gesto corporal, como es estirar el brazo. Qué rata. Y como ese hay varios más. La invisibilizan. Deben ser los mismos que se quejaban de no poder comprar dólares durante el gobierno de la La Yegua, pero que ahora hacen pata ancha en los trenes con aire acondicionado. La mayoría de los pasajeros y pasajeras, de todos modos, por lo menos le dicen que no con la mano, o le sueltan un “No, gracias”. Y solo algunos le aceptan el papelito. Alguno incluso le pega una leída al texto escrito en lápiz negro, con un trazo inseguro y más de un error de ortografía, mas por aburrimiento que por intriga. Solo dos o tres personas le dan un billete o un par de monedas. Uno de ellos tiene el pañuelo verde a favor del aborto legal y gratuito colgado de la mochila. Solo en ese momento le escuchás la voz. Un “Muchas gracias” respetuoso y con un tono de voz grave que no coincide con la estatura y peso de la joven. Hasta ahí no había abierto la boca. No realiza una presentación en el medio del vagón, ni va hablando a medida que recorre los asientos. No pide, ruega, ni promete. Viste zapatillas, calzas y una remera. El pelo negro y largo lo lleva suelto. Solo camina, con paso apretado, y uno por uno pasa por los asientos dobles, estira el brazo con el papelito en la mano y te busca la mirada. Es un segundo, dos como máximo. Si no reaccionás, pasa al siguiente. A los que están de pie en las puertas de la formación también los encara, pero no pierde ni un segundo. Si lo agarras, bien. Si ni la mirás, también. Cuando llega hasta el final del vagón, pega la vuelta, y recorre una vez más las filas de asientos. El procedimiento siempre es el mismo y lo realiza a gran velocidad. Nunca está sola. Lleva en brazos a su hijo, un pibito que debe tener unos tres años. Quizá tenga algún problema físico, aunque no parece. Hoy le vi la cara, por primera vez, una vez que retiraron mi propia fotocopia y ella se alejaba de espaldas. Imposible no pensar en tus propios hijos, o sobrinos, nietos, de esa edad, tan vulnerable, tan dulce, tan desprevenido a las miserias del mundo. Sonreía por encima de los hombros de su madre. Observaba un punto indefinido del vagón, o del anterior, o incluso del otro, ya que ahora los trenes son muy largos, y limpios, y aparte a esa hora no iba lleno. Los pasajeros y pasajeras ganamos en calidad de servicio. Lo sé porque soy usuario de la línea hace mucho tiempo. Los y las trabajadoras ferroviarias también mejoraron sus salarios y condiciones de trabajo. Pero ahora las formaciones se llenaron de desagraciados como la joven madre que dos o tres veces por semana realiza su rutina silenciosa para llevarse unos pesos a casa. Quizá sea una atorranta que no quiere trabajar, como insinúan muchos y muchas de los que compraron globos amarillos. No creo, por que hay que estar ahí, eh. Cómo hace la flaca para tolerar la indiferencia, el desprecio, el ninguneo de quienes tenemos un buen pasar, a pesar de todo. Y cómo hace para sobrevivir con el dinero que le damos tres o cuatro sensibles. Otra vez: cualquiera de los que estamos volviendo a casa luego del trabajo, no toleramos ni unas horas calzar esas zapatillas y ese nene en brazos. Vuelvo al nene: Quizá no miraba hacia el fondo del vagón, sino deambulaba por los laberintos de algún bonito recuerdo, porque eso sí que tenemos todos y todas, y ningún vago con aires de patrón nos lo puede arrebatar. Cuando el tren arribó a la estación Belgrano R, la joven madre realizó un movimiento de cabeza, como si buscase a alguien en el andén de enfrente. Luego se bajó, junto a unos cuantos bien pasajeros y pasajeras de la zona vestidas con ropa de shopping. El tren arrancó. Yo pensaba en la importancia que tiene el Estado para igualar oportunidades. Qué sabrán los miserables que defenestran el rol del Estado acerca de las necesidades que pasan tantos y tantas. La vi del otro lado del vidrio, mientras el tren ya se había puesto en movimiento. Afuera hacía calor. Adentro estaba muy agradable. Ella, con un veloz y certero movimiento, se pasó al nene del brazo a los hombros, para que quede sentado a caballito. Luego levantó la vista y aún sin verlos, sé que se miraron, porque ella sonrió.

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Un gran remedio para un gran mal


Cuando bajé del tren, Rocío y Pedro me estaban esperando en la esquina de Famacity, como otras veces. Ella me sonrió ni bien cruzamos la mirada. Él, al verme con la ayuda del brazo en punta de la madre, contorsionó el cuerpo, arriba del cochecito, preso de una emoción conmovedora. En seguida nos cruzamos a una vecina, que iba al Ruidazo. Nosotros no teníamos planeado ir. Ya eran las 20.20, hacía calor, pero no podíamos faltar.


Ni bien salimos del túnel escuchamos el insistente y duro sonido de los martillos contra el hierro de los carteles de señalización del tránsito, los semáforos, alguna persiana. También el de los cucharones contra las ollas y sartenes. Las palmas, los silbatos. Luego de caminar unos metros más, llegamos al punto de la convocatoria: Balbín y Goyeneche, a tres cuadras de la subida a la Panamericana y a escasos metros de una de las dos bocas del costoso túnel construido por Larreta. Unos doscientos vecinos y vecinas colmaban la esquina. Con Rocío nos miramos. No estaba nada mal. Al bebé lo cargamos en brazos. Tenía el cuerpo tenso, los ojos abiertos como un animalito en estado de alerta. El ruido, a nuestro alrededor, por momentos era ensordecedor.

El esquema de la protesta era sencillo y estratégico: cuando el semáforo cortaba el paso del tránsito que venía por Goyeneche, una buena parte de los manifestantes copaba la calle y de cara a los coches y colectivos levantaba bien alto las cartulinas y carteles hechos a mano, entonaba las consignas, le pegaba al bombo leguero, al cencerro, aplaudía, flameba banderas argentinas. Luego todo el mundo volvía a subir a la acera, que en ese punto del barrio es un espacio verde, una plazoleta, para dejarle paso al tráfico, que en muchos casos mostraba su apoyo con bocinas y brazos levantados, y en otro, un fastidio que se expresaba con el chirrido de gomas o la marcada aceleración del motor.

Fui para allá. En seguida cortó el semáforo. Dos vecinos arengaban al resto para que copemos el asfalto. En esa especie de pogo vecinal, en el que se armaba un rectángulo en movimiento, la temperatura ascendía varios grados. Encontrarse en los ojos de los vecinos y vecinas mientras nos llenábamos la boca de insultos contra el presidente, fue muy grato. Una descarga que necesitábamos como un mendigo un poco de pan, como dice Ciro Martínez en una bella canción. Hace tres años que rumiamos rabia e indignación entre los nuestros, los pares, las relaciones sociales y con suerte laborales, pero cuando nos juntamos con el otro, la otra, a quien no conocemos, y entablamos un vínculo aunque sea ocasional por el rechazo visceral por el Gobierno, la ecuación cambia. Y el estado de ánimo, también. Pasás de la impotencia a la euforia. Luego vendrá la organización, vital para pensar en cualquier plan para el futuro, pero estar ahí, alrededor del primitivo fuego de la protesta, junto al de al lado, con los puños cerrados, la voz ronca y los ojos humedecidos por la bronca, resultó ser un gran remedio para un gran mal, como reza una frase célebre del enorme Indio Solari.

En la plazoleta, Rocío hablaba con la vecina que nos habíamos cruzado hace un rato, atenta a los movimientos del bebé, que ahora deambulaba por arriba del césped, entre las piernas de los vecinos y vecinas que le pegaban con ganas a un sartén o pizzera, o aplaudían. Las sirenas de la policía, que había cortado la calle, bañaban de azul la zona. Sonaban bocinas por todos lados. Muchas para apoyar la protesta, y la gran mayoría porque querían avanzar, llegar a casa. Desde los colectivos, algunos pasajeros saludaban, aplaudían. El resto observaba un espectáculo que se multiplicaba en varios puntos de la Ciudad: una parte de los sectores medios manifiestan su rechazo a un gobierno cínico y despiadado.

Es hora de irse. Hay que bañar al bebé, darle de comer. Pero él sigue dando vueltas, con con sus paso cada vez más firmes. La tensión que hace un rato le endurecía el cuerpo, se convirtió en algarabía. Va y viene. Grita. Se ríe. Nosotros vamos atrás, como corresponde para dos padres de un nene de un año y dos meses. Frena ante una parada de colectivo que nadie usará por un rato, ya que Goyeneche está cortada. A sus pies hay algunos escombros. Inclina su torso, sin torcer las piernitas, como si fuese de goma, y agarra un pedazo de ladrillo más grande que la palma de su mano. Y le pega al caño. Una, dos, tres veces. Y nos mira. Busca nuestra aprobación. Nosotros le sonreímos, por supuesto, y con una complicidad que él no capta, nos miramos entre nosotros, tragamos saliva y nos secamos las lágrimas con los dedos.

Unos minutos después, regresamos a casa por Goyeneche. El calor es agobiante. Son las 21.05 de la noche. Valió la pena darse una vuelta. Tenemos el ánimo colectivo bastante más fuerte que hace un rato. Y un hijito que entendió todo.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios