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Fiebre argenta en Porto Alegre



Al bostero que le puso letra al himno de 
 “Brasil decime qué se siente…”, 
 una noche de jolgorio 
junto a los amigos 
en Copacabana 

Ahora que estamos en los cuartos de final de la Copa del Mundo, que todavía nos emocionamos con las repeticiones del grito de gol más sentido de los últimos veinticinco años, y que faltan un par de días para la próxima batalla, es un buen momento para compartir algunas imágenes y sensaciones sobre la experiencia que vivimos en Porto Alegre, la semana pasada, cuando viajamos hasta allá para abrazar una patriada futbolera que atesoraremos para siempre en nuestro corazón. 

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El día anterior al partido nos dimos una vuelta por la placida costanera del río Guaíba, en la zona sur de la ciudad, donde la FIFA montó el llamado Fun Fest, a unas veinte cuadras del estadio Beira Rio. Cargábamos toda la expectativa del viaje, y al mediodía, en el centro de la ciudad, nos habíamos cruzado a los primeros argentinos. Lo primero que individualizamos, ni bien caminamos, ansiosos, un par de cuadras, fue un campamento de autos, camionetas y casas rodantes argentinas, que se recortaba por encima del tráfico que poblaba la avenida. Primero asomó una remera de River, un buzo con el globito de Huracán, y luego varias banderas celestes y blancas atadas entre media docena de carpas y las ventanas de los vehículos.

Apretamos el paso, y entre los árboles vimos un trapo de veinte metros de largo con los colores negro y rojo de Colón de Santa Fe, que tenía pintada, con enormes letras blancas, la consigna “Con la Argentina a todas partes. El Dique”, y a su derecha, otro igual, pero de Unión. Sobre un pedazo de césped, un grupo de hinchas, en círculo, arengaba la canción que ahora entonamos todos. Estaban en cueros. Agitaban los brazos en dirección al río, y la avenida. Saltaban. Sobre la tierra había varias botellas de cerveza, y una pelota número cinco. 


Los que nos íbamos juntando sobre la vereda sacamos fotos, y por primera vez desde que estábamos en el país hermano, nos empezamos a sentir parte de la fiebre argenta. Unos pocos metros más adelante, siempre sobre la costanera, se había armado un picado entre argentinos y brasileros. Los nuestros estaban vestidos con jeans y la remera de Messi. Ellos, fibrosos cadetes de una escuela militar de la zona, con zapatillas y pantalones cortos. Éramos minoría, pero los locales, tal como sucedería en todo el viaje, se comportarían de manera respetuosa, y amigable. Estaban haciendo unos veinte grados, la humedad casi llegaba al cien por ciento, y por eso teníamos la chance de disfrutar de una jornada primaveral, como si estuviésemos en Río de Janeiro.

En la entrada del enorme predio del Fun Fest había unos doscientos compatriotas. La imagen era tan nuestra como la del ingreso a cualquier cancha, o estadio cerrado, para escuchar a una banda de rock, o reggae, o alentar a tu equipo, o a Cristina. Éramos nosotros, pero en Brasil. Era el Luna Park, o la costanera del río Paraná, antes de un show de Los Gardelitos. Era la primera concentración numerosa de hinchas. La que estábamos buscando. Con la que queríamos abrazarnos. Como nenes, entonces, corrimos y nos fundimos con la banda.

Un grupo de pibes con la remera de Chacarita ganaba el corazón del tumulto, en el medio de la calle. Tenían dos bombos y un redoblante. Había camisetas de varios clubes, tanto de primera como del ascenso, y estábamos en shorts, y zapatillas sin medias, en cueros, y llevábamos en las manos botellas de gaseosas cortadas por la mitad, con Fernet, Coca Cola y hielo, o celulares y cámaras de fotos. Durante un buen rato nos llenamos la boca de tribuna, y se nos cansaron las piernas, y nos cayeron gotas de transpiración por las mejillas. Algunos hinchas vestían la flamante y costosa ropa deportiva oficial de la selección, zapatillas vistosas, lentes, relojes, pero nadie se fijaba en esos detalles. Saltamos, abrazados, debajo de un trapo argentino de más de diez metros de largo, y le dimos vueltas una y otra vez a la canción que quedará por siempre asociada al mundial brasileño.

Ese mismo día, pero a la seis de la tarde, cuando ya había caído el sol y estábamos recorriendo a pie las treinta y cinco cuadras que nos separaban del estacionamiento en el que habíamos dejado el coche por la mañana, nos metimos en una feria callejera para comprar algunas frutas. Los trabajadores, bajo los toldos, la cabeza rozando las lamparitas, con gestos de manos, y algunos gritos, nos invitaban a comprar sus productos. Se está jugando el Mundial, allí, en su propio país, y son tan futboleros como nosotros, está claro, pero mientras tanto hay que ganarse el real, por supuesto. Nosotros les sonreíamos, y compramos algunos mangos y pepinos en lata. También nos saludamos con otros argentinos que se paseaban entre los puestos con una caipiriña en la mano. Los brasileños nos miraban con una mezcla de sorpresa, y por momentos, fascinación, o rechazo, depende el lente con el que se observe.

De repente, de atrás de los puestos, emergió hacia el cielo una lluvia de fuegos artificiales que iluminó las terrazas de unos modestos edificios de la zona. Paso seguido, sonó el inconfundible sonido de los “Tres tiros”, una pirotecnia tan nacional como la arrogancia, o los gorritos de nuestro fútbol que van adheridos a la cabeza como si fuesen parte del pelo. Eran argentinos, todos varones de alrededor de treinta años, y bebían Fernet de unos vasos de aluminio que reponían de un par de heladeritas. Cantaban contra Brasil, alrededor de otro campamento, armado con algunos coches, y un par de carpas de tipo Iglú que estaban revestidos con los colores de la selección y los clubes de fútbol argentinos.

Luego de entrar a una de las enormes y luminosas estaciones de servicio que había cada tres cuadras, cruzamos un parque, y llegamos al estacionamiento. Nos despedimos con un apretón de manos del encargado y un empleado, y en el camino hacia la morada de nuestros queridos primos, tuvimos la chance de reflexionar acerca de la fiebre argenta. Hinchas que celebramos con pasión el amor por los colores, por el fútbol, por nuestros jugadores, por nuestras convicciones y sueños. Que nos regodeamos con nuestra propia identidad, y excentricidad. Que nos potenciamos a nosotros mismos cuando nos cruzamos con nuestros pares, allá, a mil trescientos kilómetros, por más que seamos kirchneristas hasta la médula, y alguno de ellos, quizá, o varios, sean más gorilas que el canalla de Nelson Castro. Allá nos sabemos observados, muchas veces admirados, por la entrega que ofrecemos de manera natural cada vez que entonamos una canción, cada vez que saltamos agarrados a los hombros del de al lado, que elevamos los brazos, que extraviamos la mirada, que llenamos nuestras bocas de la cultura popular que compone nuestro fútbol. Y nos encanta.

El argentino que está en Brasil sabe que lo suyo es exclusivo, y allá, nada menos, y más que nunca, potencia sus pintorescas cualidades, muchas veces ante la fascinada mirada del otro. Una canción de cancha, con ritmo, con énfasis en alguna estrofa, siempre en el calor del tumulto, el salto, los brazos en alto, y el color, no solo celeste y blanco, sino también de todos nuestros clubes, edifica una escena imposible de soslayar. Hasta los propios brasileños sacaban fotos y filmaban con sus celulares. Por lo menos los que viven en Porto Alegre, o en el estado de Río Grande del Sur, donde nos consideran “hermanos”. Dicen que en San Pablo, Río, y otras grandes ciudades del medio y el norte del país, no nos quieren tanto. Algo pudimos ver a través de los partidos. Pero creo que no pasa de la rivalidad rioplatense ligada al fútbol.

Al otro día la Argentina jugaba contra Nigeria. Nos fuimos a dormir sabiendo que algunas horas después viviríamos el momento más preciado de nuestro viaje de tres mil kilómetros. Nos levantamos temprano, pusimos la bandera en el techo del auto, y volvimos a cruzar la ciudad. En más de un semáforo, automovilistas locales, al vernos con la cabeza en dirección al mapa, y una mueca de angustia en la cara, nos preguntaban si necesitábamos algo. Su hospitalidad, hay que decirlo, es admirable. Uno de ellos nos llevó hasta la avenida que nos dejaría en la zona caliente del partido.

Al Fun Fest entramos temprano. Toda la zona estaba celosamente vigilada por personal civil, y también militar, con cascos, escudos y caballos. Para ellos no había mundial en casa junto a la familia y los amigos, con cerveza, y "churrascos". Ahí estaban, trabajando. Tanta basura desparramada por los medios de comunicación, tanta paranoia globalizada, habían despertado en la ciudad un temor a la invasión argentina. Un poco porque somos algo salvajes, o muy expresivos, otro poco porque seríamos miles, y en tercer lugar, por la figura de los barras bravas – que allí también existen, aunque creo que no tienen tanta incidencia en la vida pública como tienen acá-. Pero no hubo ningún inconveniente. Veinte mil almas enfundadas en el celeste y blanco primero nos emocionamos hasta las lágrimas con el himno nacional versionado con el acompañamiento popular, y luego, gritamos los goles de la selección. Aparte, dejamos una importante montaña de dinero en cerveza, feijoada, frango, y camas de hotel, le rogamos amor eterno a muchas de sus mujeres y hombres, y montamos una fiesta inolvidable a veinte cuadras de la cancha, donde se vivió otra historia fascinante, que los propios brasileños registraron, a los gritos, en sus dispositivos electrónicos.


Un capítulo aparte se merece la canción que ahora recorre el mundo. Fíjese la inventiva, la genialidad de cada uno de sus versos, la retórica del folclore futbolero nacional, y la fijación en eso de poner el goce en la cargada hacia el otro.

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Misa India en Brasil


Los trámites son varios, e insoslayables. Uno se pone ansioso porque no puede faltar ningún documento, y las horas pasan, y el deseo, se agiganta. Los permisos para que los chicos salgan del país, los seguros médicos, los papeles del coche, las tarjetas de crédito, y las vacunas.

Para prevenir el contagio de la fiebre amarilla hubo que acercarse hasta la avenida Huergo, en el bajo del centro porteño, una zona colmada de camiones y acoplados. Fue ahí adentro, en el Área de Sanidad de Fronteras del Ministerio de Salud de la Nación, que por primera vez, a una semana del viaje a Brasil, el sueño empezó a hacerse notar en la boca del estómago.

En el sala, no muy grande, había unos quince pibes, todos futboleros. Estaban ahí por las mismas razones que nosotros: la Copa del Mundo. Ninguno entonó una canción, pero no hubiese desentonado que nos pusiésemos a saltar sobre los asientos de la oficina pública. Hasta los administrativos que asentaban nuestra presencia en su sistema, tenían puestas remeras y buzos de la selección. Un microclima muy nuestro. Muy argento.

De repente, como si estuviese saliendo de la boca de un túnel, de la sala vacunatoria emergió el Cuervo, un viejo compañero de militancia en HIJOS, que a finales de los noventa, cuando resistíamos los embates de un proyecto político que nos excluía, y odiaba, se destacaba por su fiereza para enfrentar a la Infantería de la Policía Federal. Luego, tendría dos mellizas junto a su compañera de toda la vida, y ahora, como tantos otros, trabaja en el Estado Nacional. Fanático de San Lorenzo, fernetero, ricotero, en una de sus manos traía el casco de su moto. Vestía pantalón de gimnasia Adidas, y campera de la selección cubana de Voleibol.

Esperé a que me viese, en el rincón, pero no. Entonces le chisté. Hizo un sondeo con sus ojos claros, estiró el cuello, expectante, convencido de que el llamado era para él. Cuando nos miramos, y la sonrisa fue nuestra, me levanté, y nos dimos un caluroso abrazo en el medio de la sala. El resto de los pibes debió disfrutar de la escena, porque qué más lindo que encontrarse con un par en la previa del viaje a la Copa del Mundo, en Brasil.

Contó que en unas horas partía junto a otros tres amigos –a los que también conozco, y que son tan argentos, futboleros y militantes de las causas justas como nosotros-, en coche, hacia Río de Janeiro, donde dormirán tres noches. El lunes, al otro día del debut de la selección de Sabella, partirán hacia Belo Horizonte. Y de ahí, bajarán hasta Porto Alegre. No tienen entradas para ninguno de los tres partidos de la primera serie, pero eso no tiene importancia.

Nos vemos ahí, entonces - le dije cuando me llamaron para darme la vacuna.
- ¿En Porto Alegre?
- Sí. Nos vamos una semana, en coche. Allá tenemos familia.
Sus ojos claros parecían dos bolas de fuego. Nos palmeamos las mejillas, entonados.
- Qué locura, ¿no? -suspiré -. Es como una misa india pero en Brasil.
- A morir, Papá. Hace tres años que estamos esperando este momento.

Entramos a darnos la vacuna. El pinchazo no dolió. La enfermera era una señora de tonada tucumana, muy amable, y didáctica, que nos deseó suerte, a nosotros, y a la Selección. Salimos, con los documentos en la mano, y el líquido en las venas. Cruzamos Huergo, y ni bien pisamos el cordón de la vereda, nos dimos el primer beso mundialista.

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Profanar la Cultura III (crónica acerca de Tecnópolis)


Crédito foto: Área de Fotografía de la Unidad Bicentenario

Norberto cuenta que la mega muestra tiene tres entradas. “Por la autovía General Paz, la avenida de los Constituyentes, y la calle Juan Zufriátegui”. Por las dos primeras ingresan los visitantes, a pié, o en auto, y por la tercera pasan los trabajadores, los proveedores, los artistas, y los micros escolares que durante la semana llegan con los chicos de las primaras y secundarias de todo el país.

El sistema que utilizan para contabilizar el público que está dentro del predio es sencillo, y efectivo. A las doce del mediodía, cuando se abren los portones, sacan una cuenta inicial cuya base es la cantidad de personas por metro cuadrado. Y luego, cada media hora, en los tres ingresos, durante diez minutos, cuentan la cantidad de gente que ingresa. También se contabiliza la cantidad de autos, y se los multiplica por tres. Así es que cada treinta minutos la Dirección Operativa cuenta con una estadística aproximada de la cantidad de gente que pasea dentro del predio.

Mientas Norberto atiende un nuevo llamado, y aprovecha para ir cambiar la yerba del mate, detengo mi mirada en las banderas de la plaza que están del otro lado del vidrio, y recuerdo la primavera de 2013, cuando vine al predio con ocho adolescentes de la Ciudad Oculta, o villa 15, de Villa Lugano, en el marco de un taller que veníamos sosteniendo junto a unos compañeros de militancia. En un momento paramos a almorzar a unos metros del galpón azul del ministerio del Interior y Transporte, donde se podía tramitar el DNI. Comimos sándwiches de miga, y empanadas, en silencio. Luego uno propuso que rodásemos por una pendiente que había a un costado. Lo hicieron, a las carcajadas, sin ruborizarse. Yo me quedé de pie junto a uno de los pibes, del barrio Piedrabuena, muy flaco, que tenía una serie de graves problemas familiares que no lograba socializar. Me pedía un cigarrillo detrás de otro. Más tarde, con el sol sobre las cabezas, bailamos rock y cumbia sobre el escenario “Hacete escuchar: 30 años de Democracia”, en el que cualquiera podía cantar, y bailar. El flaquito no se sumó, pero yo sí.


Promotores
En las entradas de muchos de los stands, carpas, edificios, y distintas atracciones del predio, uno se topa con chicos y chicas que visten zapatillas de lona, bermudas, y una remera del Ministerio de Ciencia y Tecnología, Educación, Desarrollo Social, o Planificación Federal. Son estudiantes universitarios que perciben un salario por algunas horas de trabajo por semana. Dependen de la Unidad Operativa que coordina Norberto. “Son una pieza clave”, subraya él, mientras le pega un vistazo al monitor de las cámaras de seguridad.

Le cuento una experiencia personal, durante la última edición, en el edificio del Ministerio de Educación. Un grupo de promotores daban las primeras instrucciones a los visitantes:

- A medida que vayan pasando las postas, tienen que completar la grilla –nos dijo uno de ellos, y nos dio, a mi hijo y a mí, unos cartoncitos de colores-. Nuestros compañeros les irán dando las obleas para completarla.

Las postas, dentro del stand, eran varias. Juegos de ingenio con piezas de madera, o goma espuma, juegos interactivos a través de pantallas táctiles, juegos de memoria con cubos, o dados gigantes. En algunas de las propuestas había que asociar hechos recientes de nuestra historia nacional y latinoamericana con rostros, o frases. Evita, Hugo Chávez, Evo Morales, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner, José de San Martín, Manuel Belgrano, la batalla de la Vuelta de Obligado, las leyes de Punto Final y Obediencia Debidas, las Islas Malvinas.

Al preguntarle, el pibe me contó que la propuesta le parecía muy valiosa, y que en general, el público se retiraba del juego con un apretón de manos, y un agradecimiento. Tenía veintitrés años, estaba en la mitad de la carrera de Ciencias de la Educación, y si bien no militaba en ninguna organización política, concordaba con la mayoría de las políticas inclusivas del kirchnerismo. Se lo veía comprometido con su rol de promotor, atento a las dudas de las cientos de familias que durante quince minutos se entretenían en el juego que ahora a estaba a su cargo.

“No es lo mismo una promotora que sonríe y te entrega un folleto que un estudiante de paleontología que te explica cuándo y dónde vivió uno de los dinosaurios del paseo ‘Tierra de dinos’”, señala Norberto, y me pasa un mate. No promueven productos comerciales, ni se destacan por una calza ajustada, el color de su pelo, u ojos, sino que son chicos y chicas que le acercan a la población, por medio de la palabra, y distintos soportes, las razones y los beneficios de las políticas públicas instrumentadas durante los últimos. “El mensaje es político, aunque no partidario”, remarca.

Los guías
También dependen de la Unidad Operativa que dirige Norberto, y son los que tienen a su cargo los recorridos guiados por el predio. En su mayoría son estudiantes de las nueve universidades nacionales que se inauguraron durante la última década. Muchos de ellos la primera generación universitaria de sus familias, y son contratados gracias a la firma de una serie de convenios entre el Ministerio de Ciencia y Tecnología y los rectores de las distintas casas de estudios.

La Dirección Operativa tiene a su cargo la capacitación de los estudiantes. “Aparte de las cuestiones técnicas, y pedagógicas, una de las cuestiones que les transmitimos es aquello que inmortalizó Jauretche, de que nada grande se logra sin alegría”, aclara Norberto. “Que lo que hacemos es proponer una festividad constante. Un lugar de reunión, de comunión”.

El 30 por ciento de los chicos que visitaron la mega muestra son de escuelas y colegios privados. El resto, de los establecimientos de los barrios populares de la ciudad, la provincia de Buenos Aires, y el interior del país. Si uno va en la semana, son los que pueblan el parque. En grupos, junto a sus maestros, con uniforme, o guardapolvos blancos. Gritan, corren, se sacan fotos con los celulares. Se roban besos detrás de una gigantografía.

Vuelve a sonar el teléfono de Norberto. Es hora de irse, ya que tengo que cruzar la ciudad para ir a mi oficina. Como él, trabajo en la gestión pública. Ya tengo más de una hora de testimonio de primera mano, y la vital experiencia de haber visitado el predio en varias oportunidades. Con mi hijo, con los pibes de los barrios, y por qué no, con mi viejo, y sus sueños, en gran parte, luego de una década de trasformaciones, hechos realidad. Norberto camina a mí alrededor como un león enjaulado. Son las presiones y la vorágine de nuestra época. Ni bien corte, me levanto, lo felicito con un abrazo, y me retiro.

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Profanar la Cultura II (crónica acerca de Tecnópolis)

Crédito foto: Área de Fotografía de la Unidad Bicentenario

Lo primero que hizo Norberto fue despacharse en relación a la preocupante coyuntura política de aquellos días de febrero. La devaluación nos había dejado el culo lleno de preguntas. Estaba enojado. Elevaba las manos hasta la altura de sus hombros, pero no como Perón, que lo hacía con parsimonia, para seducir, sino con vehemencia. Sus cejas tupidas se cerraban sobre sus ojos negros. La entrada de un llamado cortó su monólogo. Pidió que lo llamasen en cuarenta minutos, y retomó su análisis. Nos la pusieron, dijo, en relación a la salida de Guillermo Moreno. La derecha, ni bien tuvo la oportunidad, avanzó, y logró hacernos daño, subrayó. También me contó que se acababa de separar, y que estaba viviendo hacía unos días en una pieza, en San Fernando, al norte del conurbano bonaerense. Estoy bien, eh, aclaró. Sus hijos ya tienen veinte y veinticuatro años, y mencionó el síndrome del “nido vacío”. Me preguntó por Santino, con quién me vio por lo menos dos veces en el predio, y le conté que bien, que estaba hermoso, que ya tenía diez años. Volvió a sonar su celular. Mientras le daba unas indicaciones a su interlocutor, yo pensé que no me faltaba tanto para aquello del nido vacío.

Del otro lado de las varillas de la persiana, el cielo seguía muy cargado. La tormenta seguía latente.

Un rato antes de que llegase Norberto, un veterano compañero de su equipo, llamado Juan, me había ofrecido dar una vuelta por el predio, arriba de un carrito de golf. En el parque no había Pueblo. Ni trabajadores de limpieza, ni promotores, ni guías. Un gigante dormido.

Bordeamos “La tierra de Dinos”, en el que ahora estaban congelados, entre la espesura del pequeño bosque, los más de treinta dinosaurios robotizados que tantas muecas de asombro les roban a los chicos. Pasamos por el mini parque temático educativo de Zamba, lleno de color, magia e historia resignificada. Escuchamos el aleteo de un pájaro por arriba de nuestras cabezas. A lo lejos se recortaban los enormes pabellones de la calle principal –que ellos identifican como la “calle 1”-. El Domo blanco de la “Nave de la ciencia”. El arco de acero de la entrada. El “Coloso de energía”, que parece un robot. Al fondo se veía la autovía General Paz, el pesado tráfico de los coches, y la aeronave de Aerolíneas Argentinas. Pasamos por el galpón del Ministerio de Desarrollo Social, donde cumplen funciones cientos de beneficiarios del Plan Argentina Trabaja.

Juan me contó que era un motoquero que llevaba envíos a la Casa Rosada, y que terminó contratado por la Unidad Bicentenario. Ahora, con orgullo, contestaba mis preguntas, y hacía sus propios aportes. A pesar del sinuoso movimiento del carro, yo tomaba algunas notas en el cuaderno. Cuando pasamos frente a una gigantesca olla de agua, me contó que se trataba del aliviador para el arroyo Medrano, que corre por debajo del parque Saavedra, donde vivo, el mismo que había colapsado en abril de 2013 y que había dejado destrozos y cadáveres a su paso. A lo lejos, en un estacionamiento, un obrero, con caso amarillo sobre la cabeza, se dirigía hacia la avenida Constituyentes. Bordeamos la gigantesca torre con cajones de Coca Cola, una vieja locomotora a vapor de los Ferrocarriles Argentinos, y el “Acuario argentino”, uno de los puntos más convocantes de la última edición del parque.

Sonó la radio. Era Norberto.

Cómo llegaron acá, le pregunté a Juan, cuando estacionamos. Al parecer, cuando Mauricio Macri prohibió que la muestra se montase sobre la avenida Figueroa Alcorta, Javier Grossman –a cargo de la Unidad, y Oscar Parrilli –secretario General de la Presidencia-, sobrevolaron el predio, y no lo dudaron. Esto era un baldío, y con las obras cambiamos el ecosistema de la zona, agregó. Una vez encontramos un búho así, dijo, y con las manos graficó el tamaño del bicho. Estaba perdido, contó.

“Acá se puede profanar la cultura”, señala ahora Norberto, en su oficina, luego de chupar la bombilla. “Uno puede meterse por cualquiera de las miles de ventanas que ofrece Tecnópolis. Hay propuestas para todo el mundo”. Dice que con la materialización de la mega muestra de ciencia, tecnología, arte e industria, queda demostrado que a los sectores populares se le puede ofrecer lo mejor; que “es una inversión y no un gasto”. Todo lo contrario a aquella peyorativa frase de ‘pan y circo’. “La propuesta tiene una categoría única, en términos de producción, estéticos, y culturales”, subraya, y se refiere a la oferta técnica, y artística que los visitantes encuentran al pasear por el predio. Y no sólo los pobres. Todos los sectores sociales visitaron el predio. Más de doce millones de visitantes, sumando las tres ediciones.

La Unidad Ejecutora del Bicentenario es la que tiene a su cargo la administración del parque. Son los mismos trabajadores que organizaron los festejos por los doscientos años de la Patria, en todo el país, y dependen de manera directa de Presidencia de la Nación, a través de la Secretaría General que conduce Parrilli. Su director ejecutivo es Javier Grosman. Norberto lo nombra. Lo florea. Me promete una entrevista con él. Y cuenta que estaban en pleno preparativo de un evento que significaría un nuevo hecho cultural de enormes dimensiones: el Encuentro Federal de la Palabra.

El proyecto original de la Unidad estipulaba que la muestra de ciencia y tecnología cerrase los festejos por el Bicentenario, con una apuesta futurista, y se realizaría en los bosques porteños de la zona de la avenida Figueroa Alcorta. Pero unas horas antes de la inauguración el Jefe de Gobierno, Mauricio Macri, se los prohibió, porque se “colapsaría el tránsito”.

El parque abre de julio a noviembre. Durante el 2011 fue visitado por más de cuatro millones y medio de personas. En el 2012, debido a las lluvias, el número descendió en doscientos mil visitantes. El año pasado, de nuevo elevaron las visitas a cifras siderales. Según las estadísticas de la compañía Google, “Tecnópolis” es la palabra más buscada en Internet, y comparte el podio de las más requeridas, junto a “Facebook”, “Twitter”, y “Mercado Libre”, entre otras. Tienen más de medio millón de seguidores en los distintos canales de las redes sociales, y ni siquiera los detractores más recalcitrantes del gobierno niegan el impacto político, social y comunicacional del parque.

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Profanar la Cultura I (crónica acerca de Tecnópolis)

Crédito foto: Área de Fotografía de la Unidad Bicentenario

Dos jóvenes gendarmes custodian la entrada del arco de piedra del ex Batallón de Arsenales del Ejército Argentino, en Villa Martelli, emblema del levantamiento carapintada que encabezó durante los primeros días de diciembre de 1988 el aquel entonces Coronel Mohamed Alí Seineldín. Él fuma un cigarrillo rubio, y es ella la que se acerca hasta el coche.

“Vengo a ver a Norberto Castañeda”, le digo. Me pide el documento, y en cuanto se lo doy, enciende un handy, transmite mis datos, y el motivo de mi visita.

Recuerdo las imágenes de la televisión de aquellos días. El verde oliva. Los fusiles. La enardecida manifestación civil en el lugar, las corridas, los disparos, los muertos. Recuerdo el pánico de mis diecisiete años. No el cielo, que debe haber cambiado durante aquella semana de tensión, pero que ahora, después de haber caído agua durante toda la noche, sigue encapotado. Por debajo, una hilera de nubes negras se mueve con la ayuda de una brisa bastante fresca.

La gendarme se inclina frente a la puerta del coche, me devuelve el documento y me indica cómo llegar al edificio “Más Escuelas”. Luego camina unos pasos, y eleva la barrera. Pongo primera, hago contacto visual con el fumador, luego con ella, le agradezco a ambos, y paso. 


Me siento especial porque es un privilegio pisar una Tecnópolis desierta. Inhalo el aire húmedo de la mañana, con orgullo. A mi izquierda adivino el espacio a cielo abierto en el que montaba sus propuestas la secretaría de Deportes, y enseguida recuerdo una preciosa canchita de fútbol, con arcos, y redes. Con mi hijo siempre terminábamos el día de paseo allí, cuando ya empezaba a bajar el sol. Todas las veces que fuimos lo hicimos con una pelota debajo del brazo.

En el 2012 nos tuvieron que invitar que a nos fuésemos, minutos antes de las diez de la noche. Entre los chicos que se sumaron a jugar había uno con la camiseta de Quilmes, espigado, de movimientos lentos, que a pesar de tener una pierna más corta que la otra, tiró dos caños exquisitos. Santino lo nombró durante varios días. Por sus virtudes como futbolista, pero también porque tenía las zapatillas destrozadas, y andaba solo, sin sus padres.

Ahora, detrás de una hilera de arbolitos, a mi izquierda, emerge una de las paredes blancas del colosal Pabellón Bicentenario, un espacio montado en el 2013, en el que se organizan espectáculos para más de quince mil almas, como el musical de Zamba, o la entrega, de parte de Cristina Fernández, de la computadora número tres millones del Plan Conectar Igualdad.

Unos metros más adelante bordeo el Skate Park, en el que ahora no suenan pistas electrónicas, ni hay intrépidos saltarines dibujando piruetas en el aire. Cruzo la vía del tren, y dejo atrás la extensa playa de estacionamiento en el que se acomodan los micros escolares. Frente a la trompa del coche –en el que ya entró el aroma húmedo de la tierra-, más allá de la Plaza de las Banderas, asoma el cuello de un dinosaurio.

Luego de estacionar, me meto en el edificio de una planta “Más escuelas”. El pasillo está oscuro, y húmedo, pero luego de unos segundos distingo los rostros de los muñecos de dos metros de altura que se recortan entre las sombras. Son Roberto Fontanarrosa y Arturo Jauretche. Dos marionetas que nunca pudieron ser usadas en el gran corso porteño que la Unidad Ejecutora del Bicentenario había organizado para el carnaval de febrero de 2012, en la Avenida de Mayo, ya que unas horas antes una formación del ferrocarril Sarmiento se estrellaba contra la contención de acero del andén, en Once, y provocaba la muerte de cincuenta y un compatriotas.

Norberto no está, pero un compañero suyo me hace pasar a su oficina, en el primer piso. Una tibia penumbra baña todo el ambiente. Contra la pared del fondo hay un plasma de cuarenta y ocho pulgadas, y a un metro de distancia, una mesa ratona de vidrio, y dos sillones de cuerina blanca, enfrentados. Intuyo que ahí debe haber resuelto o negociado unas cuantas urgencias. Del otro lado está su escritorio, con tres monitores. Uno, marca Apple, para la computadora, y los otros dos para transmitir las imágenes de las sesenta cámaras de seguridad que hay instaladas en los puntos estratégicos de las más de cincuenta hectáreas del predio.

Luego de algunos minutos, llega mi anfitrión. Me saluda, exultante, y su vozarrón rebota contra las blancas paredes de la oficina. Mide más de un metro ochenta, y calza por lo menos cuarenta y cuatro. Tiene una sombra de barba, y el pelo desordenado.

El hombre que ahora tengo enfrente y cuya figura se recorta contra la luz que se filtra por la ventan, fue maestro mío en un establecimiento educativo que dependía de la Asociación Filantrópica Argentina. Un muy buen tipo, que nos dio las primeras herramientas para que empezásemos a crecer. Siempre lo respeté, y le tuve mucho aprecio, porque junto a los directores, y un puñado de colegas, acompañaron mi dolor, silencio, y desorientación, en noviembre del 76, cuando el Ejército Argentino asesinó a mi padre. Yo tenía cinco años.

Luego lo dejaría de ver, pero muchos años más tarde lo encontraría en las calles levantando las banderas del kirchnerismo. Yo ya sabía que era peronista y que había dedicado su vida a la educación. Él, en cambio, creo que no se asombró al verme defendiendo a los que venían enfrentando a los grupos de poder de nuestro bendito país.

Nos damos un abrazo, y palmadas en la espalda. Él está al frente de la Unidad Operativa de Tecnópolis, y yo vengo en calidad de cronista. Antes de sentarnos, le pide a uno de sus colaboradores que por favor le prepare un termo y un mate.

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Festeja Panini


La esquina de Monroe y Ciudad de la Paz, en el barrio de Belgrano, está colmada de gente. Hay adultos, pero la mayoría son chicos, que están vestidos con camisetas y pantalones de fútbol. También hay muchos adolescentes. Algo intercambian, en grupos de tres, cuatro personas. Tapan por completo la fachada de una inmobiliaria, una joyería, un Cromy Club, y una librería. También el umbral de dos departamentos, en el que uno de los encargados charla, animado, con una señora. Los automovilistas estiran el cuello, curiosos. Hacen tronar las bocinas. Si uno se acerca, y recuerda que faltan menos de cuarenta días para que comience la Copa del Mundo, se descifra el enigma: todos y todas están cambiando las figuritas del álbum de Brasil 2014.

El Cromy Club original del barrio está sobre Ciudad de la Paz, a pocos metros donde ahora se amontonan los coleccionistas. Pero ahora se dedica sólo a la venta mayorista. El nuevo, abierto para al público, está sobre Monroe, en el ojo de la tormenta. En la puerta, desde hace muchos sábados atrás, chicos y grandes se juntan a cambiar figuritas del álbum del momento. En general, de fútbol. Pero hay otros, menos populares. Cada tanto explota un fenómeno de ventas como Violeta –a la que el oportunista de Mauricio Macri le organizó un multitudinario show en el Monumento de los Españoles, y lo pescaron, en una foto, con una mueca poco feliz-, que hace emerger de debajo de las baldosas a decenas de nenas, que invaden la zona con sus colitas y sus zapatillas con luces de colores.

La Copa del Mundo, se sabe, se juega cada cuatro años. Y la compañía multinacional Panini, dueña de la licencia que le permite comercializar la imagen de cada uno de los dieciocho jugadores, de las treinta y dos selecciones clasificadas, dos meses antes del comienzo de la competencia, lanzó el nuevo producto, no sólo en nuestro país, sino también en varios, de más de un continente.

El diario La Nación, por medio de un acuerdo comercial, desde hace unas semanas regala el álbum junto a sus ediciones impresas. Algunas escuelas lo reparten gratis entre los alumnos. Lo venden por dos pesos en las cajas de los supermercados. Todos lo tienen, y por eso, varones y nenas por igual se devoran los paquetes de los kioscos. La demanda es altísima. Una fiebre. Y el negocio, redondo. Alcanza con hacer un sondeo entre los amigos o compañeros de un hijo, sobrino, nieto, para comprobar que casi nadie se queda afuera. Por futbolero, o porque no se quiere quedar afuera de una moda pasajera.

Los paquetes de Panini valen cinco pesos. Cincuenta por ciento más caras que lo que costaban las del último torneo de fútbol local, en el segundo semestre del año pasado. O sea, un peso cada figurita, que no mide más de cinco centímetros por lado, y cuyo peso es tan liviano que una brisa te la escupe por la ventana. Nada que ver con la calidad de las figuritas de la década del ochenta, por ejemplo.

“Es un tema de costos”, justifica uno de los encargados del Cromy Club mayorista, mientras se toma un respiro, y fuma un cigarrillo negro. Relativiza el aluvión de padres y chicos que invaden la zona, como si le diese lo mismo que seamos diez, o cien. “Somos un punto de reunión hace mucho tiempo, y sí, algunos comerciantes nos putean”, admite. En especial, los de la joyería, que son “gente grande”, y que fabulan que les van a entrar a robar, o que les rayen de manera intencional la vidriera.

Las figuritas que juntábamos cuando éramos chicos eran de cartón, se pegaban con plasticola, y en muchos casos, eran ilustraciones de los jugadores, sus muecas, sus movimientos, y no fotos montadas, o mejoradas con un software. También había figuritas redondas, de metal, que brillaban con una fuerza mágica si uno las ponía debajo del rayo del sol, en el patio de la escuela. Aparte de coleccionarlas, y cambiarlas con los amigos, las poníamos en juego en el recreo, por medio de varias competencias. Hoy casi ningún chico juega a ver quién deja la figurita más cerca de la pared, o al “Chupi”, con la que había que dar vuelta dos figuritas, por medio de la succión que produce la palma de la mano, como si fuese una sopapa.

El encargado del Cromy Club, que está en pantalones cortos, como los chicos, cuenta que comprar la licencia para imprimir las figuritas del Mundial sale doscientos mil dólares, y que “el arreglo lo tenés que cerrar con la FIFA”, ya que “no alcanza con Julio Grondona”.

Le mencioné un álbum que había salido hacía dos años atrás, que no era de Panini, un poco más precario, pero mucho más barato, “que en la contratapa tenía una ilustración de Néstor Kirchner, al que los jugadores contrarios –Carrió, De Narvaez, Ricardo Alfonsín, Macri-, no podían parar, ni agarrándole la camiseta, ni tirándole patadas a los tobillos”. “Ése fue uno que se mandó por las suyas. Lo deben haber denunciado por fraude”, explicó. La experiencia fue corta, pero esperanzadora.

Mientras, Panini festeja. Levanta la plata con palas. Ojalá que el monopolio de la comercialización de las figuritas se democratice pronto. Y que los pibes vuelvan a jugar a darlas vuelta, con un precioso movimiento de muñeca, en un rincón del patio, sin que les importe que el guardapolvo recién lavado se les esté llenando de mugre.

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Ernesto Laclau habló con Kranear


No estuve en la entrevista, pero sí mis compañeros de la revista Kranear, que lo esperaron durante más de dos horas para hacerle un puñado de preguntas en la planta baja de un hotel céntrico, y sacarle algunas fotos. Ahora, que ya no está, las definiciones que nos dejó forman parte del acervo político-cultural de nuestro país, y nuestro continente. 

Logramos, así, realizar un aporte, desde nuestro pequeño proyecto comunicacional, a la disputa por el sentido. De a poco, por medio de ideas legitimadas como las de él, le seguimos damos pelea al coloniaje cultural que todavía hoy, luego de diez años de construcción sostenida, seguimos masticando.

Acá está la nota: http://kranear.com.ar/images/grafica/textos/Kranear7_Laclau.pdf

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El canto de la Iuna

Para llegar al Morro de Deus hay que abordar una pequeña embarcación en el puerto de Natal, y viajar durante casi tres horas con jugo de frutas al alcance de la mano, un trío de samba que toca en vivo y delfines que saltan desde las profundidades del océano.

El pueblito tiene un puñado de casas de madera, una placita, una iglesia, una panadería, un almacén de rubros generales y una cooperativa de pesca. Las callecitas son de arcilla colorada y nacen al pie de un morro color verde plátano. La selva despide humedad y calor durante todo el día. De la vegetación brotan frutos de todos los colores, pájaros, monos y un universo de sonidos. La playa es una postal y tanto el muelle como los botes amarrados a la orilla están construidos con la misma madera color miel que las precarias construcciones en las que viven los habitantes de la isla.

Mi viaje había empezado hacía dos meses antes en Río de Janeiro. Andaba soltero desde hacía un año y por primera vez en mucho tiempo estaba disfrutando de la soledad.

El negro de veinticinco años que administraba las únicas dos posadas del morro se llamaba Ginga. Era alto, espigado y fibroso. Hablaba sin parar y era muy afectuoso. Estaba casado con una mujer de color y rasgos duros que aparte de cocinar la mejor feijoada de la isla se la pasaba cantando contagiosas melodías de candomblé. Tenían dos mellizas con motitas en la cabeza que se pasaban la mayor parte del día hamacándose sobre un neumático que colgaba de la rama de un árbol. Con el poco dinero que les pagaba el patrón les alcanzaba para rozar el límite de lo digno. Me llamaban señor y cuando me dirigían la palabra escondían las manos detrás de la cintura.
A Ginga le fascinaba contar historias. Cuando el tiempo y la bebida aflojaron la barrera de la formalidad, me contó algunas: un viejo pescador homosexual que había naufragado y que se les aparecía como santo las noches de tormenta; la única nena con deficiencias mentales de la isla a la que una tarde de casi cuarenta y cinco grados habían devorado los cangrejos; un animal desconocido que bajaba de la selva durante las pascuas y se comía todas las gallinas de los fondos de las casas.

Pero Ginga tenía guardado un relato más. La última noche que pasé en la posada me invitó a tomar un trago a un costado de su casa, debajo de un alero de paja. Yo había pasado el día en la playa, estaba totalmente morado por el sol, roto de cansancio. Pero acepté. Era domingo, el día de descanso en todo Brasil. Ginga lo aprovechaba para pegarse a la botella de casasha.

Los dos estábamos descalzos. En cuero. El calor era sofocante. Le dijo a la mujer que nos trajese dos vasos y una botella. Sentados cada uno sobre un tronco, sin ningún preludio, se largó a narrar.

El chico se llamaba Macaco Branco, un rubiecito de diecisiete años que hacía capoeira desde los diez, en su pueblo, cerca de Natal. Era flaquito, muy ágil, y de rasgos sensuales. Las palabras textuales de Ginga, y que yo anoté en una liberta de viaje fueron: “a los quince ya se hablaba de él, se decía que era una pepita de oro por las que son capaces de destriparte los garampeiros del Amazonas, que había que cuidarlo, formarlo y cuidarlo como a un hijo; pero los que lo conocían de cerca sabían que llevaba sangre mala en sus venas”. El apodo se lo había puesto su mestre Boa Gente, un bahíano que se había instalado en una favela muy pobre de Natal hacía algunos años atrás. Este buen hombre había sido su instructor y guía espiritual, dijo Ginga. Branco, porque el chico era uno de lo pocos de tez blanca entre los miles de raza negra de la zona. Macaco, porque tenía la elasticidad de un primate.

En la isla funcionaba una cooperativa de pesca. Los hombres del pueblo se metían al mar con sus botes por la madrugada, al mediodía estaban de vuelta, descargaban, almorzaban, al rato dormían una siesta debajo de una palmera, y a la tarde hacían trabajos de mantenimiento: botes, redes, herramientas.

Ginga hablaba con entusiasmo. Movía los brazos. Arrugaba la cara. Y con los dedos de uno de sus pies dibujaba garabatos sobre la tierra.

El chico no se llevaba bien con el padre. Nunca le perdonó que se lo llevase al morro, lejos de la academia y sus amigos, contó Ginga, mientras servía dos nuevos vasos de casasha y me alcanzaba el mío. Cada trago que yo le pegaba a la bebida me quemaba la garganta primero, y el pecho después.

En el continente Macaco se juntaba con la gente del mercado central, en el puerto: rateros, pendencieros, fumadores de droga, dijo Ginga. El Mono Blanco era uno de los mandingueros más conocidos de la roda del puerto. ¿Conoces la capoeira?, preguntó Ginga. Sí, le contesté. Rodas callejeras, remarcó. Le dije que sí pero no estaba seguro si alguna vez había visto algo por el estilo. Un día, el Mestre Boa Gente le pidió que se tomase unas vacaciones de la academia ya que los malos rumores sobre él eran cada vez más frecuentes: cuando estés más tranquilo, volvé. Y a Macaco no le gustó nada, me confió Ginga.

La mujer de Ginga, silenciosa, apareció debajo del alero. Tenía el pelo negro, enrulado y hasta la cintura. Llevaba puesto un liviano vestido de tela, largo hasta los tobillos, que le contorneaba la cadera. Dejó dos cubeteras.

Ni siquiera ella conoce esta historia, hermano, me confesó Ginga, acercando su cara a la mía. Se puso de pie, largó un escupitajo hacia las sombras, volvió a sentarse, se sirvió más casasha y me ofreció su vaso para que los hagamos chocar en el aire.

Sigo, anunció.

Una noche de mucha jerga en la ciudad alguien le dio a Macaco una pistola calibre 22 para que la guardase en la isla. El chico embarcó para el morro, borracho. Todavía no había salido el sol. A las cinco y media de la mañana pisó la isla y zigzagueó directo hacia la cooperativa, donde debía trabajar. Limpió los primeros lotes de pescados que fueron llegando, los separó por tamaño y los cargó en los cajones. Fue y vino varias veces al almacén. Entre viaje y viaje tomaba de una casasha que llevaba, ya caliente, y junto a la pistola, en su morral.

Ginga seguía dibujando con los pies. Mis ojos, el piso y su vaso: ahí relajaba la vista mientras contaba su historia. De la oscuridad del morro que teníamos a nuestras espaldas bajaban distintos sonidos.

Cuando Macaco llegó a su casa se desplomó sobre la cama. Estaba rendido pero la cabeza le iba a mil revoluciones por segundo. Y fue ahí, alzó la voz Ginga, que tuvo la idea de robarlo a Cari, el panadero del morro. ¿Al panadero?, dije. Sí, afirmó Ginga moviendo pesadamente la cabeza. Nunca se supo porque se la agarró con él, dijo, aunque hay algunas sospechas. ¿Cuales?, quise saber, y vacié mi vaso de un trago. Cari era un hombre muy religioso, que nunca se había metido con nadie, y al parecer unos días antes le había dado un sermón sobre el bien, el mal y las buenas costumbres, detalló Ginga, que sin consultar llenó el vaso. Los rumores de la mala vida que llevaba el chico habían llegado desde Natal, y el hombre no dejó pasar la oportunidad para retarlo. También se corría la voz de que el día anterior el panadero le había susurrado unas palabras a la madre.

Ginga vació el vaso de casasha de un trago y dijo unas palabras que también anoté de manera textual: “el chico tenía fuego dentro del pecho y un arma en el morral”. Después se limpió la boca con el brazo fibroso, negro azulado, curtido por la mata y el sol, se levantó, fue hacia su casa, asegurándose, me pareció, que su esposa no anduviese cerca. A los pocos segundos apareció con una jarra de limonada. Me llenó el vaso y me dijo que me vendría bien “para cortar el gusto y refrescarme un poco”.

Le di un sorbo. Me sonrió, y retomó la historia.

Macaco se levantó de la cama, agarró la 22 y salió de su casa. Caminó tres cuadras hasta la casa del panadero, se paró frente a la puerta, y la abrió con una patada. Cari era grandote y atendía la panadería de sol a sol con el mismo delantal celeste de toda la vida. Los separaba un mostrador. Antes de que Cari pudiese abrir la boca Macaco lo agarró de la remera y le ordenó que le diese la plata. Cari le tiró un golpe pero Macaco, mono blanco pendenciero, rápido y mucho más joven, esquivó la trompada, lo agarró de la nuca con los dos brazos y le hizo rebotar la cara mota contra el mostrador. El panadero pegó un grito y cayó del lado de adentro. Macaco se trepó de un salto al mostrador y se le tiró encima. El viejo levantó en el aire las piernas y Macaco cayó sobre él. Se trenzaron en el suelo de tierra, rodaron y rompieron todo lo que tenían en el camino: frascos, latas, sacos de harina, herramientas de trabajo.

A Ginga le brillaban los ojos negros y por la cara le caían pesadas gotas de transpiración.

De repente, un plomo agujereó el pecho de Cari. El panadero se tapó la herida con las dos manos y gritó lleno de espanto. Macaco se corrió para atrás, tirando cosas a sus costados, con el arma en la mano, todavía humeando. A los dos minutos, dijo Ginga acercando su rostro hacia mí, Cari se moría, “temblando como un animal”.

Una de las mellizas apareció por la espalda del padre con cara de dormida. Yo sonreí y Ginga se dio vuelta. Ella le pidió que le contase una historia para dormirse y él la mandó al catre de mala manera. Le pegó un grito a la mujer, que vino a buscarla con cara de fastidio.

Le pasé mi vaso a Ginga para que me lo llenara.

Macaco Branco tomó el poco dinero que había en la caja y salió corriendo. En la puerta había dos pobladores. Macaco les apuntó con el arma. Los hombres se corrieron hacia un costado, sin perderlo de vista. Les pasó por el costado, sin dejar de apuntar, y se perdió por una de las calles de tierra. Dicen que tenía los ojos desorbitados y las venas del cuello infladas, contó Ginga, quien ya no dibujaba sobre la tierra pero igual perdía la mirada en los garabatos que había hecho en el suelo.

Macaco tiró el arma en un matorral que había camino a su rancho. Su padre no estaba en casa. Puso una silla contra la puerta y se tiró en un catre. El pecho se le inflaba con cada respiración. A los pocos minutos, desde la calle llegó el sordo sonido de los pasos que daba un grupo de hombres. También algunas voces. Macaco se levantó disparado como un rayo. Intentó salir por la puerta de atrás pero había cinco hombres esperándolo con palos y piedras en las manos. Dio media vuelta y corrió hacia una de las ventanas de la casa. Tenía un pie afuera cuando lo agarraron de los hombros. Lo tiraron para afuera y le rompieron la mandíbula con un cascote. No tuvo chances de defenderse. Lo arrastraron a la calle de los pelos.

Ginga se puso de pie y yo también. Se me había formado una pelota en el estómago. Me ardía la boca y tenía ganas de ir al baño. Por el aire circulaba una brisa caliente que traía el sonido del mar.

- ¿Cuando pasó todo esto, amigo? –pregunté.
- Hace cuatro meses – contestó él, secándose la transpiración de la cara con el brazo. Ahora tomaba la casasha de la botella.

En la puerta de la casa del padre de Macaco estaba casi todo el pueblo. Quietos. En silencio. En sus manos cargaban piedras y palos. Lo único que se escuchó fue el canto de una iuna, desorbitada por la presencia de tantos pobladores juntos, contó Ginga, con un tono de voz más cercano a lo místico que a lo terrenal.

- ¿Iuna?
- Iuna, si. Un pájaro parecido al carpintero que canta para atraer a la hembra. Hay un toque de capoeira que se hace cuando muere un integrante de la academia. Es una copia del canto de la iuna.

Me volví a sentar. No podía dejar de repiquetear los pies contra el suelo. Me serví un poco de limonada.

Sin poder levantarse, con la cara destrozada, comiendo polvo, Macaco Branco levantó la cabeza y buscó piedad entre los pobladores, en su mayoría conocidos. El sol le pegaba de lleno en los ojos claros. Balbuceó que no había querido matar, que había sido un accidente.

Primero uno, después otro, y en pocos minutos todos, se acercaron y lo castigaron con todo lo que tenían a mano: palas, rastrillos, pinches, cascotes, pedazos de vidrio. En pocos minutos el chico quedó desfigurado. Sus rasgos afeminados habían desparecido debajo de las heridas. Quedó bañado de sangre. Tenía las costillas y las piernas rotas. Convulsiones.

El presidente de la cooperativa dio el grito de alto y la muchedumbre se detuvo. Otra vez el silencio absoluto y el canto de la iuna.

En pocos minutos se habían ido todos.

Ginga dejó la botella en el suelo. Puso los brazos detrás de la nuca e infló el pecho. Se sentó en su tronquito. Estaba agitado pero sus ojos denotaban alivio. Dejó pasar unos segundos y prendió un tabaco. Le dio dos pitadas y me lo pasó. Le dije que no fumaba. Me dijo con determinación que lo hiciese. Pité. Tosí. Después de un interminable silencio, lo miré a los ojos:

- Esta historia, a diferencia de las demás, ¿es cierta?
Los dos ya estábamos borrachos.
- Todas las historias son reales, gringo –me contestó.

Me fui a acostar. Sentía que dentro del estómago una bola de fuego me comías las tripas. La cabeza me daba vueltas y los troncos amurados al techo de paja se movían en el aire con la liviandad de un escarbadientes.

Calculo que pasaron unos cincuenta minutos hasta que logré dormirme. Mi conciencia flotó como una bolla oxidada en aguas oscuras y las pesadillas me torturaron durante las cinco horas que estuve ovillado como un bebe sobre las pegajosas sábanas de la cabaña.

Una de las dos mellizas de Ginga, rapada, sin cejas ni pestañas, trepaba con la audacia de un mono al árbol más alto del morro. El cielo parecía un pesado y enorme telón negro. De fondo, la voz de la mujer de Ginga tarareaba una canción religiosa. Abrazada a la corteza de vidrio molido de botellas blancas de casasha que despuntaban del tronco, la nena ganaba altura. La parte interna de sus brazos y piernas, el estómago y el pecho, se fileteaban como si fuesen de manteca, y cada dos o tres enviones que hacía en dirección al punto más alto del tronco, torcía la cabeza hacia abajo, desde donde yo la miraba impotente. Me clavaba sus ojos negros. Reía. Los espesos gotones de sangre que emanaban de su cuerpo caían sobre mi cabeza con el peso y la textura de la savia. Sus dos hileras de dientes tan blancos como la espuma, sostenían, como un animal rabioso, un cordel negro. Espantosos aullidos provenían de la selva y sobre mis pies desnudos sentía que un ejército de insectos avanzaban desde los dedos, empeine y tobillos, hacia las piernas. Cinco metros más arriba de la melliza divisé a su hermana. Estaba de pie sobre una rama cuyas ramificaciones se perdían en la oscuridad de la noche. Cuando la hermana trepadora llegó hasta su gemela, se puso de pie a su lado, y me mostró, orgullosa, su cuerpito negro destrozado por el filo del vidrio que nacía de la corteza. En un armonioso movimiento hizo que el cordel quedara colgando de la rama, hacia abajo, con un círculo en la punta. ¡No!, grité, con tanta fuerza que las copas de los árboles revolotearon como si una tormenta los estuviese sacudiendo. La melliza que la esperaba arriba le susurró unas palabras al oído, y la lampiña trepadora desangrada, sin más, se lanzó en caída libre, como si a sus pies tuviese un espejo de agua cristalina. Antes de que yo pudiese pegar un nuevo alarido terminó colgada del cordel, con el cuello apretado hasta la parte de debajo de la mandíbula, tambaleándose de izquierda a derecha como una gallina muerta. En la boca mantenía una siniestra sonrisa y mientras yo sentía que la selva me quitaba todo el oxígeno, una cortina de sangre me bañó desde los pies hasta la cabeza.

Me senté en la cama y me limpié la transpiración con la sábana. Afuera estaba clareando. Deseé con todas mis fuerzas tener a mi lado una enamorada. Salí de la choza y fui hasta debajo del alero de paja donde Ginga me había contado su historia. El espacio estaba intacto. Pero recién en ese momento tomé dimensión del dibujo que había hecho el dueño de casa hacía sólo unas horas atrás: el gran árbol, puntiagudo en su corteza, espeso en su copa, con una soga colgando de una de las ramas.

Al otro decidí irme. No solo del Morro de Deus sino también de Brasil. Ginga me acompañó a tomarme la lancha. La despedida fue fría, distante. Le dije que se saludase de mi parte a su mujer y a sus hijas.

- Se la había buscado - me dijo, seco, cuando estrechó mi mano, para decirme adiós.

Esa mañana el mar estaba picado. Se avecinaba una tormenta de nubes negras y el muelle se movía como si fuese de juguete.

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Kranear 7


 

Con el placer, el esfuerzo, y los inconvenientes de siempre, estamos a punto de salir con una nueva edición de la revista Kranear. Nadie nos dijo que sería fácil sostener una publicación impresa, pero sí que deberíamos ser pacientes, perseverantes, y contar hasta mil cuando pareciera que nos quedamos sin aliento. Uno de los momentos más esperados por cualquier editor, director, redactor, o fotógrado de una revista, es cuando se mete en imprenta el archivo digital del nuevo número. Eso acabamos de hacer, y estamos contentos.

A más de tres años del debut, hoy podemos afirmar que encontramos nuestra identidad gráfica, estética; que el diseño, innovador, moderno, profundamente latinaomericano, creció, se dio unos cuantos golpes, pero maceró, como el brote de un jazmín, y desde hace un tiempo se convirtió en un estilo definitivo.

Con respecto a los contenidos, seguimos aportando al debate, el recorrido histórico, y la formación.


Le hicimos una entrevista muy rica al politólogo Ernesto Laclau. Nos entregó una pila reflexiones acerca de la coyuntura política de nuestro continente, el rol de los medios masivos de comunicación, el terrorismo mediático y algunos vaticinios con respecto al futuro. Le sacamos algunas fotos.

También fuimos a ver a Yésica Boop, doble campeona mundial de boxeo en categoría minimosca, divina, sociable, comprometida con su tiempo. Nos recibió en un gimnaso de Wilde, al sur de la provincia de Buenos Aires, donde entrena, y vive.

Un amigo y compañero escribió sobre las distintas reformas constitucionales que se realizaron en nuestro país, y a propósito de la necesidad, según vemos nosotros, y muchos otros, de institucionalizar, a través de una nueva actualización de la carta magna, de los logros producidos durante los últimos diez años.

Federico Bernal, capo total en la materia, escribió sobre la soberanía energética de nuestro país, los números de YPF luego de su renacionalización, y el potencial del yacimiento Vaca Muerta, en Neuquén.

Claudia Acuña, directora del diario MU, describe el recorrido de Arecia, la Asociación de las Revistas Culturales Independientes, y puntea los desafíos del sector.

Aparte, las secciones de Gastronomía Latinoamericana (dulce de leche), Discos Recomendados (Israel "Cacho" López, Sebastiao Rodríguez Maia y Raymond Barreto Pagán) y Fotosíntesis (desde Europa).

Las ilustraciones son del gran dibujante y amigo Gustavo Cimadoro, y el dibujo de la tapa, del gran artista argentino, radicado en Brasil, Juan Maresca.

Vamos que salimos.

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Un buen hombre


Nos volvió locos durante dos semanas. Siempre a las tres de la tarde, cuando la oficina era sacudida por un aluvión de urgencias, el viejo asomaba su cabeza desde el otro lado de la puerta, pedía permiso, y avanzaba, parsimonioso, hasta el escritorio. Saludaba, sacaba sus papeles de una roída carpeta de cartón plastificado, y nos pedía un nuevo cambio en el diseño de un diploma que daba lástima.

El hombre tenía a su cargo, en nombre de la Parroquia “Cristo Obrero y San Blas”, el armado de la celebración por los 105 años de Villa Soldati, y se le adivinaba, en la mirada, y un pequeño temblor en su mano derecha, su propia urgencia, y ansiedad. Con respeto, y sin pudor, pedía un cambio de tipografía, de color, en la distribución de los cuadros de texto y las imágenes. Se notaba que a lo largo de la vida se había tomado sus obligaciones con responsabilidad, y ahora, ante semejante exigencia, no iba a tirarse a menos.


Así fue que a pesar de los malabares que nos demandaba la gestión de la oficina, le imprimimos cien copias del diploma, en tamaño A4, y en un papel mate de trescientos gramos. El fin de semana siguiente, durante los festejos, se los debía entregar a los representantes de “las fuerzas vivas del barrio”. El archivo original lo había preparado su sobrina, que también trabajaba en el Ministerio, pero que “de ésas cosas mucho no sabe”.

“Peco” era el ascensorista del turno tarde de la sede central de la cartera. Se llamaba Alfredo Pecorino. Te recibía en la puerta corrediza del ascensor con una sonrisa, te daba un beso con los labios, y no con el cachete, y te palmeaba los dos hombros, al unísono. Transmitía una vitalidad que contrastaba con el deterioro de su cuerpo. Perfumado, y enfundado en un sobrio traje a medida, siempre llevaba encima una radio portátil, que funcionaba a pilas, y que escupía sólo tango o milonga.

Estaba al tanto de las novedades de la vertiginosa coyuntura política nacional, y también de las internas del Ministerio. En la planta baja, mientras esperaba que lo llamasen de algún piso, le gustaba susurrarnos al oído, con tono celebratorio, maldiciones contra el macrismo. Tenía una risa contagiosa.

A mitad del 2013 lo habíamos entrevistado, en el ascensor, para la revista de circulación interna del Ministerio. Estaba encantado. La noche anterior no debió haber dormido. Nos trajo una foto con Bergoglio, un diploma que la legislatura de la ciudad de Buenos Aires le había entregado en el 2008 por los cien años de Villa Soldati (con la firma de la presidenta de aquel momento, Gabriela Michetti). También nos ofreció documentos, recortes de diarios, medallas. Logramos un primer plano de su rostro arrugado, que transmitía ternura, y jovialidad. No se puso lentes, y las pupilas celestes estaban expandidas como las de un nene a punto de subirse a un cohete espacial. Tenía el tubo del teléfono del ascensor en la oreja, y el cable, extendido, cruzaba el margen izquierdo de la foto. Por medio de su relato, atolondrado, supimos que había enviudado pero que tenía cuatro hijos, siete nietos, y seis bisnietos; que había puesto las patas en la fuente de la plaza del 17 de octubre del 45; y que cuando era chico en Soldati le decían el “Recitador Criollo” porque en el cine del barrio, en el intervalo que había entre película y película, recitaba poemas de Héctor Gagliardi.

Durante la campaña electoral para las primarias y obligatorias de agosto de 2013 Peco se llevó centenares de ejemplares del número de la revista del ministerio en la que había aparecido. Las dejó en cada uno de los centros culturales, parroquias y unidades básicas de su barrio, en el que tenía ejercía una fuerte influencia, ya que "me conoce todo el mundo". Su comuna 8 fue el único distrito de la ciudad en la que el Frente para la Victoria le ganó al PRO, y al UNEN. Luego perdería, por muy poco, en las elecciones de octubre.

Nunca se lo vi, porque siempre vestía pulcras camisas abotonadas hasta el cuello, pero debía llevar un rosario pegado al pecho. Era un hombre muy creyente, aunque no lo publicitaba. Repartía su pasión entre su familia, Villa Soldati, y la militancia cristiana en la Parroquia. Al otro día del nombramiento de Jorge Bergoglio como máxima autoridad de la iglesia católica, el viejo se paseó por todos los pisos, y repartió, en mano, una fotocopia a color de una foto en la que se lo veía montado sobre una formidable mueca de entusiasmo, al lado del Papa peronista.

Cuando llegaron las fiestas, llegamos a darle un abrazo, a desearle un buen año. Luego, no lo volvimos a ver. La vorágine siguió, sin descanso. Como las lluvias de febrero, o la debacle del periodismo. Por eso, hace unos días, la noticia nos dejó helados. La muerte siempre paraliza. Forja un nudo en la garganta, y durante unos instantes, volvemos a pasar por el corazón al ser que se acaba de ir. Desde la oficina cumplimos con el deber de sacar un correo interno con la siempre ingrata novedad, y las debidas condolencias para su familia. También subimos a la intranet unas líneas, ilustradas con la foto que habíamos logrado para la nota de la revista.


No pude ir, pero imagino que en su velatorio se congregaron sus hijos, nietos y bisnietos, más los vecinos, amigos y compañeros. No podía ser de otra manera. Así se despide a un buen hombre.

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Manu y Santino Dios