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El familiar biólogo y el lanzamiento del Arsat-1


Ayer lanzamos un satélite al espacio y sumamos una Copa del Mundo a la historia grande de la Patria. Casi todos estuvimos atentos al tema, y vimos o leímos la noticia en alguna pantalla, o portal de noticias. En la oficina observamos todos juntos el despegue del cohete como si se tratase de un partido decisivo de la selección. La soberanía satelital, el desarrollo espacial, la ciencia, y la tecnología, me conectan con Esteban, el biólogo de la familia. Un apasionado de los insectos, que con mucho esmero y pasión dedicó su vida a tratar de descifrar los misterios de la naturaleza, que se casó, tuvo hijos, enterró a sus padres y también tuvo nietos, que desde hace unos años tiene una cátedra en la carrera de Biología en la UBA, y que en algún momento de la última década sumó una nueva razón para sentirse vivo: defender con un profundo convencimiento al gobierno que le dio rango ministerial a la materia, que puso en valor su profesión, que posibilitó que sus colegas dejasen de lavar platos en el exterior y volviesen al país, y que hoy seamos una de las ocho naciones con capacidad para construir un satélite, y ponerlo en órbita. Entre tanta emoción, y orgullo recordé algunas instantáneas de mi infancia en las que están él, una plaza, una pelota, y la pasión compartida por River. Mis reminiscencias familiares del hito histórico de ayer tienen nombre, rostro y pasión por la ciencia. Ahora está en Italia, junto su compañera, y son altísimas las probabilidades de que se le haya piantado un lagrimón cuando vio al satélite desplegar las alas.

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Kranear 8



Luego de largo suspiro volvemos a salir a la cancha con un número especial. Fuimos a ver a Javier Grosman a las oficinas que la Unidad Bicentenario tiene en Tecnópolis, y si bien hablamos de todo, publicamos el relato que nos hizo de la cocina de los festejos del Bicentenario, un hecho histórico que entre otras derivaciones tuvo aquella expresión de Néstor, para su hijo Máximo, cuando la anti patria tuvo que asumir que el pueblo había ganado la calle: "los quebramos". También tenemos una nota la gestión pública del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), el aporte político y social que algunos autores realizan desde la literatura, un recorrido histórico de las causas y los nombres del endeudamiento argentino, y la actual la disputa sin tregua contra los Buitres de afuera y de adentro, una serie de fotos del exquisito Leo Vaca, y cuatro nuevas figuritas para el álbum de los grandes luchadores latinoamericanos de todos los tiempos, entre otros temas. Tardó, pero la rompe.


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Perseguimos sueños (crónica del acto de La Cámpora en Argentinos Juniors)


El sábado estuvimos todos en Argentinos Juniors. La vivimos con intensidad, y alegría. Tomamos algunas notas, y en Diario Registrado nos publicaron una crónica de la jornada.

http://www.diarioregistrado.com/opinion/102071-perseguimos-suenos.html

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leer para él

ya había leído en un living
con piso flotante
arte moderno enmarcado en las paredes
y la tenue luz de una lámpara de pie
como única compañía;
también en un bar
con olor a cigarrillo
y un ancho vaso de ferné argentino
en la palma de mi mano;
lo mismo hice en un deshumanizado escenario
de un festival de la nada
o en un cumpleaños
en la terraza de una propiedad horizontal
atiborrada de afectos
y estrellas en el cielo;
frente al espejo, en casa
o en un pulgoso sillón de dos cuerpos
frente a la belleza de una mujer;
pero nunca antes, como hoy
en la escuela de mi hijo
frente a él, sus compañeros
otras decenas de chicos
que van a primero y también a séptimo
que por un instante mágico
se entregaron al relato oral
de un hombre común
que encuentra belleza en las palabras
a las ocho de la mañana
de un día cualquiera
de nuestra vida.

la mirada serena de mi hijo
la complicidad de los maestros
la apacible presencia de un puñado de padres
el tobogán, el árbol de copa frondosa
recortados en el fondo
edificaron un marco
que muy probablemente nunca olvidaré.

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Firme y bajo tierra

Es tan alto que la gorra de lana que le envuelve la cabeza roza el techo del vagón. Tiene la espalda apoyada contra la puerta, pero hay algo en su postura corporal que no cierra. Que desencaja. A pesar del fuerte ruido que produce el tren bajo tierra mientras atraviesa la ciudad por debajo de la avenida Corrientes, llega el sonido sucio de una batería, unos sintetizadores, una melodía. El flaco ahora sí gana el centro del vagón, y mete movimientos cortos, espasmódicos, como si fuese un epiléptico. Mira hacia el frente. No lo intimidan los ojos de los pasajeros, que si bien están acostumbrados a todo tipo de vendedores, artistas y desgraciados, nunca habían tenido a un bailarín con jeans y zapatillas a tan pocos centímetros de distancia. El tren frena en una estación y nos damos cuenta que lo que suena es Hip-Hop. El flaco se las arregla para esquivar a los oficinitas que bajan, y a las señoras que suben. Realiza movimientos más pronunciados, desliza los pies, y hasta pega un salto para comenzar otro movimiento. Logró que casi todos dejasen de mirar sus celulares. No entendemos qué dice el cantante negro pero intuimos que está escupiendo una denuncia. El que baila no está solo. Su compañero, menudo, con aros de madera que le deforman los lóbulos de los oídos, una gorra con visera, y una musculosa con el rostro de Bob Dylan, sale despegado hacia el centro de la escena, y contorsiona su cuerpo como si no tuviese huesos. Tiene las manos apoyadas en el suelo, la cabeza sobre los antebrazos, el cuerpo estirado como una tabla de planchar, las piernas lanzadas hacia el frente. Unos chicos enfundados en grises uniformes de colegio privado lo miran fascinados. Un señor que espía desde atrás de las enormes páginas de La Nación, en cambio, monta una mueca de desagrado, y vuelve a lo suyo. El bailarín se levanta de un salto y vuelve a contornear su cuerpo en el medio del vagón. Su actuación es notable. Varios ya metieron las manos en los bolsillos para sacar el billete de dos pesos. El alto de gorra, mientras tanto, manipula el dispositivo Mp3 del que sale la música. La pista, entonces, comienza a declinar. Lo mismo sucede con el bailarín. Se va quedando sin nafta. Se agacha, se tira en en suelo, se ovilla como si fuese un recién parido. Fin de la función, y cortina de aplausos. A algunos pasajeros se les dibuja una sonrisa en la boca, y cierta cuota de emoción.

Recién cuando me miró de frente para agradecerme el aporte que estaba dejando en su gorra, lo reconocí: era uno de los bailarines que habíamos visto junto a mi hijo en el Espacio Joven de Tecnópolis, el fin de semana anterior. Joven, sencillo, humilde. Allí les dieron un lugar para expresarse, y difundir su actividad. Uno de aquellos chicos, que estaba con su novia y el bebé de ambos en un cochecito, por talento, gracia, y nivel de expresividad, me conmovió hasta las lágrimas. Mi nene me miró azorado mientras me pasaba el revés de la mano debajo de los ojos. ¿Puede que te haya visto en Tecnópolis?, le dije al del subte. Sí, dijo, gratamente sorprendido. Estuve allá hace unos días. Genial, dijo, con un brillo intenso en sus ojos oscuros. Luego, sonrió, y se fue. La parte de atrás de su musculosa lucía una aureola de transpiración del tamaño de las bandejas que utilizan los DJ's.

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Macho campeón

De espaldas a la puerta del medio del vagón la pareja de jóvenes primero interpretó la chacarera El olvidao, y luego de una breve e incómoda pausa, la zamba Balderama. Él rasgueaba una maltrecha pero noble guitarra española, y ella cantaba, en varios pasajes con los ojos cerrados, con una voz dulce y afinada. Sobre el final del número, él se acopló al canto con su registro de voz grave, y de ese modo lograron que la canción ganase en intensidad, y entrega. La actuación del dúo fue más que correcta. Por eso, a modo de recompensa, la mayoría de los pasajeros les regaló una cortina de aplausos, y algo de dinero.

Ninguno de los dos le prestó atención al vendedor ambulante que estaba contra la primera puerta del vagón. El tren ya estaba haciendo su inexorable ingreso al hall de Retiro. No había tiempo para otra venta. El hombre los dejó hacer. Sabía muy bien que no le convenía ponerse en contra a los pasajeros. Mientras, los chicos recorrían el vagón. Él llevaba una gorra de lana en la mano. Era rubio, alto y espigado, y tenía el pelo desalineado. La guitarra le cruzaba el pecho como si fuese un fusil, y tenía la vista perdida en el frente del vagón. Parecía ensimismado en sus pensamientos. Ella, en cambio, era dócil como una hoja caída de un árbol en otoño; rubia como su pareja, no debía tener más de veintitrés años, y saludaba a los pasajeros, uno por uno, sin importar que les diesen plata, o no.

El Rulo es un vendedor ambulante de la línea Mitre que ya pasó los sesenta años y que tiene la voz rota de tanto vociferar sus ofertas, y tomar alcohol. Al igual que cualquiera de sus socios, no tolera que le copen la parada. No hace nada para ocultar su odio. Sus ojos oscuros escupen fuego en dirección a los músicos. Es un hombre honrado, con códigos, pero por prejuicioso, o resentido, no lo sabemos, a los pibes bien que se suben al tren para poner a prueba su temple, y demostrarle al mundo que son capaces de expresar sus sentimientos, y cosechar aplausos, y dinero, le llenaría la cara de dedos. Por que él, en cambio, tiene que alimentar a una familia, y bancar los vicios.

“Escuchame una cosa, Pancho”, le dijo al guitarrista, y lo pecheó. El rubio se quedó helado. Le sacaba una cabeza y media, tenía el fusil en el pecho, pero la mueca tensa que ganaba la cara del morocho canoso no habilitaba ni media duda. Ya habían bajado del tren, y estaban caminando por el andén, hacia el hall central. “No te quiero ver más por acá, me entendés”. Los pasajeros apretaban el paso. Algunos ya habían encendido sus cigarrillos, y otros se estaban conectando a los auriculares. Con cada suspiro de pánico que acumulaba el rubio, el Rulo inflamaba su discurso. “A la judía tampoco la quiero ver más en los trenes”, escupió, y ahora sí miró para adelante, en línea recta al carrito de panchos. Allí, a su alrededor, había cuatro compañeros. Tomaban café. Llegó a ver el espiral de vapor que emanaba uno de los vasos de telgopor. Todavía no era hora de jugar a las cartas. La chica aferró el brazo a su novio, y lo obligó a frenar. El hombre de campera negra siguió caminando hacia el hall. Ella no había escuchado sus palabras, pero no era sonsa. El Rulo, macho campeón, dio vuelta la cabeza y la observó por encima del hombro. Un segundo después, ella tuvo que posar la mirada en una enorme publicidad de Coca Cola, en la salida de la estación.

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te quiero

cuando me preguntan
les cuento que escribo
pero en casa
cuando me siento
a escupir unas palabras
me cuesta espantos hallarlas;
quizá me falte inspiración
ideas, sustancia
experiencias, sueños
no lo sé;
de todos modos, quiero creer
que no bajaré los brazos
ni fumaré montañas de tabaco
ni me arrastrará como un río picado
la melancolía, la opacidad;
prefiero llenar empuñar la pala
y que cada tanto
como si fuese un milagro
un sol brillante a la mañana
encuentre las palabras
para decirte te quiero.

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Fiebre argenta en Porto Alegre



Al bostero que le puso letra al himno de 
 “Brasil decime qué se siente…”, 
 una noche de jolgorio 
junto a los amigos 
en Copacabana 

Ahora que estamos en los cuartos de final de la Copa del Mundo, que todavía nos emocionamos con las repeticiones del grito de gol más sentido de los últimos veinticinco años, y que faltan un par de días para la próxima batalla, es un buen momento para compartir algunas imágenes y sensaciones sobre la experiencia que vivimos en Porto Alegre, la semana pasada, cuando viajamos hasta allá para abrazar una patriada futbolera que atesoraremos para siempre en nuestro corazón. 

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El día anterior al partido nos dimos una vuelta por la placida costanera del río Guaíba, en la zona sur de la ciudad, donde la FIFA montó el llamado Fun Fest, a unas veinte cuadras del estadio Beira Rio. Cargábamos toda la expectativa del viaje, y al mediodía, en el centro de la ciudad, nos habíamos cruzado a los primeros argentinos. Lo primero que individualizamos, ni bien caminamos, ansiosos, un par de cuadras, fue un campamento de autos, camionetas y casas rodantes argentinas, que se recortaba por encima del tráfico que poblaba la avenida. Primero asomó una remera de River, un buzo con el globito de Huracán, y luego varias banderas celestes y blancas atadas entre media docena de carpas y las ventanas de los vehículos.

Apretamos el paso, y entre los árboles vimos un trapo de veinte metros de largo con los colores negro y rojo de Colón de Santa Fe, que tenía pintada, con enormes letras blancas, la consigna “Con la Argentina a todas partes. El Dique”, y a su derecha, otro igual, pero de Unión. Sobre un pedazo de césped, un grupo de hinchas, en círculo, arengaba la canción que ahora entonamos todos. Estaban en cueros. Agitaban los brazos en dirección al río, y la avenida. Saltaban. Sobre la tierra había varias botellas de cerveza, y una pelota número cinco. 


Los que nos íbamos juntando sobre la vereda sacamos fotos, y por primera vez desde que estábamos en el país hermano, nos empezamos a sentir parte de la fiebre argenta. Unos pocos metros más adelante, siempre sobre la costanera, se había armado un picado entre argentinos y brasileros. Los nuestros estaban vestidos con jeans y la remera de Messi. Ellos, fibrosos cadetes de una escuela militar de la zona, con zapatillas y pantalones cortos. Éramos minoría, pero los locales, tal como sucedería en todo el viaje, se comportarían de manera respetuosa, y amigable. Estaban haciendo unos veinte grados, la humedad casi llegaba al cien por ciento, y por eso teníamos la chance de disfrutar de una jornada primaveral, como si estuviésemos en Río de Janeiro.

En la entrada del enorme predio del Fun Fest había unos doscientos compatriotas. La imagen era tan nuestra como la del ingreso a cualquier cancha, o estadio cerrado, para escuchar a una banda de rock, o reggae, o alentar a tu equipo, o a Cristina. Éramos nosotros, pero en Brasil. Era el Luna Park, o la costanera del río Paraná, antes de un show de Los Gardelitos. Era la primera concentración numerosa de hinchas. La que estábamos buscando. Con la que queríamos abrazarnos. Como nenes, entonces, corrimos y nos fundimos con la banda.

Un grupo de pibes con la remera de Chacarita ganaba el corazón del tumulto, en el medio de la calle. Tenían dos bombos y un redoblante. Había camisetas de varios clubes, tanto de primera como del ascenso, y estábamos en shorts, y zapatillas sin medias, en cueros, y llevábamos en las manos botellas de gaseosas cortadas por la mitad, con Fernet, Coca Cola y hielo, o celulares y cámaras de fotos. Durante un buen rato nos llenamos la boca de tribuna, y se nos cansaron las piernas, y nos cayeron gotas de transpiración por las mejillas. Algunos hinchas vestían la flamante y costosa ropa deportiva oficial de la selección, zapatillas vistosas, lentes, relojes, pero nadie se fijaba en esos detalles. Saltamos, abrazados, debajo de un trapo argentino de más de diez metros de largo, y le dimos vueltas una y otra vez a la canción que quedará por siempre asociada al mundial brasileño.

Ese mismo día, pero a la seis de la tarde, cuando ya había caído el sol y estábamos recorriendo a pie las treinta y cinco cuadras que nos separaban del estacionamiento en el que habíamos dejado el coche por la mañana, nos metimos en una feria callejera para comprar algunas frutas. Los trabajadores, bajo los toldos, la cabeza rozando las lamparitas, con gestos de manos, y algunos gritos, nos invitaban a comprar sus productos. Se está jugando el Mundial, allí, en su propio país, y son tan futboleros como nosotros, está claro, pero mientras tanto hay que ganarse el real, por supuesto. Nosotros les sonreíamos, y compramos algunos mangos y pepinos en lata. También nos saludamos con otros argentinos que se paseaban entre los puestos con una caipiriña en la mano. Los brasileños nos miraban con una mezcla de sorpresa, y por momentos, fascinación, o rechazo, depende el lente con el que se observe.

De repente, de atrás de los puestos, emergió hacia el cielo una lluvia de fuegos artificiales que iluminó las terrazas de unos modestos edificios de la zona. Paso seguido, sonó el inconfundible sonido de los “Tres tiros”, una pirotecnia tan nacional como la arrogancia, o los gorritos de nuestro fútbol que van adheridos a la cabeza como si fuesen parte del pelo. Eran argentinos, todos varones de alrededor de treinta años, y bebían Fernet de unos vasos de aluminio que reponían de un par de heladeritas. Cantaban contra Brasil, alrededor de otro campamento, armado con algunos coches, y un par de carpas de tipo Iglú que estaban revestidos con los colores de la selección y los clubes de fútbol argentinos.

Luego de entrar a una de las enormes y luminosas estaciones de servicio que había cada tres cuadras, cruzamos un parque, y llegamos al estacionamiento. Nos despedimos con un apretón de manos del encargado y un empleado, y en el camino hacia la morada de nuestros queridos primos, tuvimos la chance de reflexionar acerca de la fiebre argenta. Hinchas que celebramos con pasión el amor por los colores, por el fútbol, por nuestros jugadores, por nuestras convicciones y sueños. Que nos regodeamos con nuestra propia identidad, y excentricidad. Que nos potenciamos a nosotros mismos cuando nos cruzamos con nuestros pares, allá, a mil trescientos kilómetros, por más que seamos kirchneristas hasta la médula, y alguno de ellos, quizá, o varios, sean más gorilas que el canalla de Nelson Castro. Allá nos sabemos observados, muchas veces admirados, por la entrega que ofrecemos de manera natural cada vez que entonamos una canción, cada vez que saltamos agarrados a los hombros del de al lado, que elevamos los brazos, que extraviamos la mirada, que llenamos nuestras bocas de la cultura popular que compone nuestro fútbol. Y nos encanta.

El argentino que está en Brasil sabe que lo suyo es exclusivo, y allá, nada menos, y más que nunca, potencia sus pintorescas cualidades, muchas veces ante la fascinada mirada del otro. Una canción de cancha, con ritmo, con énfasis en alguna estrofa, siempre en el calor del tumulto, el salto, los brazos en alto, y el color, no solo celeste y blanco, sino también de todos nuestros clubes, edifica una escena imposible de soslayar. Hasta los propios brasileños sacaban fotos y filmaban con sus celulares. Por lo menos los que viven en Porto Alegre, o en el estado de Río Grande del Sur, donde nos consideran “hermanos”. Dicen que en San Pablo, Río, y otras grandes ciudades del medio y el norte del país, no nos quieren tanto. Algo pudimos ver a través de los partidos. Pero creo que no pasa de la rivalidad rioplatense ligada al fútbol.

Al otro día la Argentina jugaba contra Nigeria. Nos fuimos a dormir sabiendo que algunas horas después viviríamos el momento más preciado de nuestro viaje de tres mil kilómetros. Nos levantamos temprano, pusimos la bandera en el techo del auto, y volvimos a cruzar la ciudad. En más de un semáforo, automovilistas locales, al vernos con la cabeza en dirección al mapa, y una mueca de angustia en la cara, nos preguntaban si necesitábamos algo. Su hospitalidad, hay que decirlo, es admirable. Uno de ellos nos llevó hasta la avenida que nos dejaría en la zona caliente del partido.

Al Fun Fest entramos temprano. Toda la zona estaba celosamente vigilada por personal civil, y también militar, con cascos, escudos y caballos. Para ellos no había mundial en casa junto a la familia y los amigos, con cerveza, y "churrascos". Ahí estaban, trabajando. Tanta basura desparramada por los medios de comunicación, tanta paranoia globalizada, habían despertado en la ciudad un temor a la invasión argentina. Un poco porque somos algo salvajes, o muy expresivos, otro poco porque seríamos miles, y en tercer lugar, por la figura de los barras bravas – que allí también existen, aunque creo que no tienen tanta incidencia en la vida pública como tienen acá-. Pero no hubo ningún inconveniente. Veinte mil almas enfundadas en el celeste y blanco primero nos emocionamos hasta las lágrimas con el himno nacional versionado con el acompañamiento popular, y luego, gritamos los goles de la selección. Aparte, dejamos una importante montaña de dinero en cerveza, feijoada, frango, y camas de hotel, le rogamos amor eterno a muchas de sus mujeres y hombres, y montamos una fiesta inolvidable a veinte cuadras de la cancha, donde se vivió otra historia fascinante, que los propios brasileños registraron, a los gritos, en sus dispositivos electrónicos.


Un capítulo aparte se merece la canción que ahora recorre el mundo. Fíjese la inventiva, la genialidad de cada uno de sus versos, la retórica del folclore futbolero nacional, y la fijación en eso de poner el goce en la cargada hacia el otro.

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Misa India en Brasil


Los trámites son varios, e insoslayables. Uno se pone ansioso porque no puede faltar ningún documento, y las horas pasan, y el deseo, se agiganta. Los permisos para que los chicos salgan del país, los seguros médicos, los papeles del coche, las tarjetas de crédito, y las vacunas.

Para prevenir el contagio de la fiebre amarilla hubo que acercarse hasta la avenida Huergo, en el bajo del centro porteño, una zona colmada de camiones y acoplados. Fue ahí adentro, en el Área de Sanidad de Fronteras del Ministerio de Salud de la Nación, que por primera vez, a una semana del viaje a Brasil, el sueño empezó a hacerse notar en la boca del estómago.

En el sala, no muy grande, había unos quince pibes, todos futboleros. Estaban ahí por las mismas razones que nosotros: la Copa del Mundo. Ninguno entonó una canción, pero no hubiese desentonado que nos pusiésemos a saltar sobre los asientos de la oficina pública. Hasta los administrativos que asentaban nuestra presencia en su sistema, tenían puestas remeras y buzos de la selección. Un microclima muy nuestro. Muy argento.

De repente, como si estuviese saliendo de la boca de un túnel, de la sala vacunatoria emergió el Cuervo, un viejo compañero de militancia en HIJOS, que a finales de los noventa, cuando resistíamos los embates de un proyecto político que nos excluía, y odiaba, se destacaba por su fiereza para enfrentar a la Infantería de la Policía Federal. Luego, tendría dos mellizas junto a su compañera de toda la vida, y ahora, como tantos otros, trabaja en el Estado Nacional. Fanático de San Lorenzo, fernetero, ricotero, en una de sus manos traía el casco de su moto. Vestía pantalón de gimnasia Adidas, y campera de la selección cubana de Voleibol.

Esperé a que me viese, en el rincón, pero no. Entonces le chisté. Hizo un sondeo con sus ojos claros, estiró el cuello, expectante, convencido de que el llamado era para él. Cuando nos miramos, y la sonrisa fue nuestra, me levanté, y nos dimos un caluroso abrazo en el medio de la sala. El resto de los pibes debió disfrutar de la escena, porque qué más lindo que encontrarse con un par en la previa del viaje a la Copa del Mundo, en Brasil.

Contó que en unas horas partía junto a otros tres amigos –a los que también conozco, y que son tan argentos, futboleros y militantes de las causas justas como nosotros-, en coche, hacia Río de Janeiro, donde dormirán tres noches. El lunes, al otro día del debut de la selección de Sabella, partirán hacia Belo Horizonte. Y de ahí, bajarán hasta Porto Alegre. No tienen entradas para ninguno de los tres partidos de la primera serie, pero eso no tiene importancia.

Nos vemos ahí, entonces - le dije cuando me llamaron para darme la vacuna.
- ¿En Porto Alegre?
- Sí. Nos vamos una semana, en coche. Allá tenemos familia.
Sus ojos claros parecían dos bolas de fuego. Nos palmeamos las mejillas, entonados.
- Qué locura, ¿no? -suspiré -. Es como una misa india pero en Brasil.
- A morir, Papá. Hace tres años que estamos esperando este momento.

Entramos a darnos la vacuna. El pinchazo no dolió. La enfermera era una señora de tonada tucumana, muy amable, y didáctica, que nos deseó suerte, a nosotros, y a la Selección. Salimos, con los documentos en la mano, y el líquido en las venas. Cruzamos Huergo, y ni bien pisamos el cordón de la vereda, nos dimos el primer beso mundialista.

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Profanar la Cultura III (crónica acerca de Tecnópolis)


Crédito foto: Área de Fotografía de la Unidad Bicentenario

Norberto cuenta que la mega muestra tiene tres entradas. “Por la autovía General Paz, la avenida de los Constituyentes, y la calle Juan Zufriátegui”. Por las dos primeras ingresan los visitantes, a pié, o en auto, y por la tercera pasan los trabajadores, los proveedores, los artistas, y los micros escolares que durante la semana llegan con los chicos de las primaras y secundarias de todo el país.

El sistema que utilizan para contabilizar el público que está dentro del predio es sencillo, y efectivo. A las doce del mediodía, cuando se abren los portones, sacan una cuenta inicial cuya base es la cantidad de personas por metro cuadrado. Y luego, cada media hora, en los tres ingresos, durante diez minutos, cuentan la cantidad de gente que ingresa. También se contabiliza la cantidad de autos, y se los multiplica por tres. Así es que cada treinta minutos la Dirección Operativa cuenta con una estadística aproximada de la cantidad de gente que pasea dentro del predio.

Mientas Norberto atiende un nuevo llamado, y aprovecha para ir cambiar la yerba del mate, detengo mi mirada en las banderas de la plaza que están del otro lado del vidrio, y recuerdo la primavera de 2013, cuando vine al predio con ocho adolescentes de la Ciudad Oculta, o villa 15, de Villa Lugano, en el marco de un taller que veníamos sosteniendo junto a unos compañeros de militancia. En un momento paramos a almorzar a unos metros del galpón azul del ministerio del Interior y Transporte, donde se podía tramitar el DNI. Comimos sándwiches de miga, y empanadas, en silencio. Luego uno propuso que rodásemos por una pendiente que había a un costado. Lo hicieron, a las carcajadas, sin ruborizarse. Yo me quedé de pie junto a uno de los pibes, del barrio Piedrabuena, muy flaco, que tenía una serie de graves problemas familiares que no lograba socializar. Me pedía un cigarrillo detrás de otro. Más tarde, con el sol sobre las cabezas, bailamos rock y cumbia sobre el escenario “Hacete escuchar: 30 años de Democracia”, en el que cualquiera podía cantar, y bailar. El flaquito no se sumó, pero yo sí.


Promotores
En las entradas de muchos de los stands, carpas, edificios, y distintas atracciones del predio, uno se topa con chicos y chicas que visten zapatillas de lona, bermudas, y una remera del Ministerio de Ciencia y Tecnología, Educación, Desarrollo Social, o Planificación Federal. Son estudiantes universitarios que perciben un salario por algunas horas de trabajo por semana. Dependen de la Unidad Operativa que coordina Norberto. “Son una pieza clave”, subraya él, mientras le pega un vistazo al monitor de las cámaras de seguridad.

Le cuento una experiencia personal, durante la última edición, en el edificio del Ministerio de Educación. Un grupo de promotores daban las primeras instrucciones a los visitantes:

- A medida que vayan pasando las postas, tienen que completar la grilla –nos dijo uno de ellos, y nos dio, a mi hijo y a mí, unos cartoncitos de colores-. Nuestros compañeros les irán dando las obleas para completarla.

Las postas, dentro del stand, eran varias. Juegos de ingenio con piezas de madera, o goma espuma, juegos interactivos a través de pantallas táctiles, juegos de memoria con cubos, o dados gigantes. En algunas de las propuestas había que asociar hechos recientes de nuestra historia nacional y latinoamericana con rostros, o frases. Evita, Hugo Chávez, Evo Morales, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner, José de San Martín, Manuel Belgrano, la batalla de la Vuelta de Obligado, las leyes de Punto Final y Obediencia Debidas, las Islas Malvinas.

Al preguntarle, el pibe me contó que la propuesta le parecía muy valiosa, y que en general, el público se retiraba del juego con un apretón de manos, y un agradecimiento. Tenía veintitrés años, estaba en la mitad de la carrera de Ciencias de la Educación, y si bien no militaba en ninguna organización política, concordaba con la mayoría de las políticas inclusivas del kirchnerismo. Se lo veía comprometido con su rol de promotor, atento a las dudas de las cientos de familias que durante quince minutos se entretenían en el juego que ahora a estaba a su cargo.

“No es lo mismo una promotora que sonríe y te entrega un folleto que un estudiante de paleontología que te explica cuándo y dónde vivió uno de los dinosaurios del paseo ‘Tierra de dinos’”, señala Norberto, y me pasa un mate. No promueven productos comerciales, ni se destacan por una calza ajustada, el color de su pelo, u ojos, sino que son chicos y chicas que le acercan a la población, por medio de la palabra, y distintos soportes, las razones y los beneficios de las políticas públicas instrumentadas durante los últimos. “El mensaje es político, aunque no partidario”, remarca.

Los guías
También dependen de la Unidad Operativa que dirige Norberto, y son los que tienen a su cargo los recorridos guiados por el predio. En su mayoría son estudiantes de las nueve universidades nacionales que se inauguraron durante la última década. Muchos de ellos la primera generación universitaria de sus familias, y son contratados gracias a la firma de una serie de convenios entre el Ministerio de Ciencia y Tecnología y los rectores de las distintas casas de estudios.

La Dirección Operativa tiene a su cargo la capacitación de los estudiantes. “Aparte de las cuestiones técnicas, y pedagógicas, una de las cuestiones que les transmitimos es aquello que inmortalizó Jauretche, de que nada grande se logra sin alegría”, aclara Norberto. “Que lo que hacemos es proponer una festividad constante. Un lugar de reunión, de comunión”.

El 30 por ciento de los chicos que visitaron la mega muestra son de escuelas y colegios privados. El resto, de los establecimientos de los barrios populares de la ciudad, la provincia de Buenos Aires, y el interior del país. Si uno va en la semana, son los que pueblan el parque. En grupos, junto a sus maestros, con uniforme, o guardapolvos blancos. Gritan, corren, se sacan fotos con los celulares. Se roban besos detrás de una gigantografía.

Vuelve a sonar el teléfono de Norberto. Es hora de irse, ya que tengo que cruzar la ciudad para ir a mi oficina. Como él, trabajo en la gestión pública. Ya tengo más de una hora de testimonio de primera mano, y la vital experiencia de haber visitado el predio en varias oportunidades. Con mi hijo, con los pibes de los barrios, y por qué no, con mi viejo, y sus sueños, en gran parte, luego de una década de trasformaciones, hechos realidad. Norberto camina a mí alrededor como un león enjaulado. Son las presiones y la vorágine de nuestra época. Ni bien corte, me levanto, lo felicito con un abrazo, y me retiro.

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Manu y Santino Dios