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la tormenta perfecta

es cierto, mi amor
aquella fue una tormenta perfecta
la recuerdo bien
el cielo de ferrugem se oscureció
como un pantano de petróleo
luego abrió sus fauces
y vomitó toneles de agua
el viento sacudía los postes de luz
el pueblo se quedó a oscuras
y un rato después, nosotros
acodados en la baranda del balcón
apreciamos en silencio
la laguna de color grisácea
el perfil del morro
el oscuro verde de la selva


pero hoy disiento con vos, mi amor
te voy a corregir
perdoname
la rebeldía me quema
el esófago
la tormenta perfecta
es la que diseñaron ojitos de cielo
y sus amigotes
del newman
nos volvieron a endeudar hasta el cuello
fugaron cientos de miles de bolsos
redistribuyeron el ingreso
que tanto había costado distribuir
los tarifazos
la hiperinflación
el cierre de pymes y fábricas
creció al doble el desempleo
persiguen opositores
los encarcelan
pergeñaron una de las operaciones
más macabras de la historia nacional
alrededor del artesano maldonado
una vez que se les murió
o mataron
en el río chubut
mienten como nunca nadie lo hizo
jamás
bailan, dicen barbaridades en la tele
no tienen moral
ni patria
pero sí votos
y un consenso más amplio
del que esperaría
cualquiera con dos dedos de frente


esa es la tormenta perfecta, mi amor
cómo se desarma semejante atrocidad


pero es cierto
ni él ni nadie nos va a quitar
el recuerdo de aquella noche
cuando la calma
se volvió a apoderar
de la naturaleza salvaje
del pueblo
sin luz articial
y vos y yo
perdidos en una playa
con plantas que tienen forma de orejas de elefante
luego de leer cinco minutos
bajo la oscilante luz de una vela
nos desnudamos
y supimos
sin decirlo
que al volver a casa
compartiríamos el mismo techo

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Son mis maestros

Marcos y mi segundo hijo, cuarenta años después.
Dos hechos inspiran este relato. Uno: el día del maestro/a (y todo lo concerniente al ataque que están recibiendo los gremios docentes de parte de la Alianza Cambiemos y su fenomenal dispositivo de propaganda), y dos: la presencia de dos de mis maestros en la presentación de mi primera novela, hace unos días, en el Instituto Patria.

Tanto Marcos como Ricardo fueron mis maestros durante mi infancia. Ambos trabajaban en una institución de la colectividad judía, “El Hogar”, al que yo asistía por las tardes, luego de ir durante la mañana a la escuela pública República Dominicana, sobre la avenida Congreso –es uno de esos establecimientos que tienen todo el frente decorado con ladrillos naranjas-, en los límites de los barrios de Belgrano, Núñez y Saavedra.

Se trataba de un hogar, efectivamente. El edificio ocupaba una buena parte de la calle Vidal y el terreno se extendía hasta la mitad de la manzana. Dos pisos, grandes ventanales, un pesado portón de ingreso y todo el frente revestido con mármol negro. Una vez adentro, un gran hall de recepción conectaba con la oficina de la dirección, la secretaría y el aula de los más chiquitos. Luego de traspasar una puerta de vidrio esmerilado, había un pasillo que a los costados tenía unos baños y una escalera –también de mármol, que ascendía al primer piso-, que desembocaba en el comedor. Desde las ventanas de aquel enorme ambiente, que también se utilizaba como salón de actos, se podía apreciar uno de los espacios más concurridos y sonoros del edificio: el patio a cielo abierto, muy amplio, en el que convivían una pequeña granja con conejos y gallinas, una huerta, un arenero con juegos de plaza, un par de bebederos y una canchita con piso de cemento en la que jugábamos a la pelota hasta que nos pegaban el grito de que había que cortar.

En el Hogar hacíamos la tarea de la escuela y tomábamos la merienda. Aparte, durante la semana, teníamos talleres de teatro, huerta, plástica y otras actividades. Durante el año celebrábamos, de un modo nada ortodoxo, el calendario de festividades de la colectividad judía. Teníamos excursiones y en el verano, la colonia.

En el primer piso había más aulas, baños y un corredor que conectaba a las habitaciones, en las que dormían algunos de los chicos y chicas con los que compartíamos sala. Para ellos El Hogar era más que un lugar de paso y contención: era su casa. Allí vivían, ya sea porque sus familiares estaban lejos, porque no contaban con ellos, o porque no existían. Esa era la función central del Hogar, desde que fue creado por la comunidad judía, durante y luego de la segunda guerra mundial, en beneficio de las cientos de familias que llegaron al país. Allí se dejaba a los hijos, mientras se trataba de de construir una nueva vida.

Marcos y Ricardo fueron maestros míos y de mis compañeros/as en distintos momentos. El primero cuando tenía cuatro, cinco, seis años. Fueron los días en los que el Estado argentino ejercía el terrorismo sobre la militancia política y gremial. Y le tocó a mi padre, que militaba en Montoneros. En el Hogar –tanto los directores, como Marcos, que era el maestro de mi sala-, junto a mi madre y su pareja, dedicaron enormes esfuerzos para contenerme a mí y a mis emociones. Me contaron todo, sin filtros, ni mentiras. Entonces era muy riesgoso para todos que yo abriese la boca en el lugar o momento equivocado.

Recuerdo unas fotos, a color, en las que estoy con Marcos y su novia de aquel momento. En una plaza. Aferrado al pasamanos, con las patas en el aire, en un arenero. Juego con la ingenuidad de un chico, por supuesto. Sonrío. Pienso ahora en aquella sensibilidad de mi maestro. En aquella compasión, en aquel acompañamiento. No hay fibra más sensible que la que despierta un nene/a en una situación de vulnerabilidad. Lo sé hoy. Valoro de modo profundo aquella contención afectiva.

Recuerdo otras fotos, de una colonia, en Benavidez, también capturadas por Marcos, que ya en aquel momento sacaba fotos. Qué precioso acto de libertad era asistir a aquellas jornadas de vacaciones. Así los vivía. Así los rememoro. El verde intenso del césped y los árboles. La tierra. Los almuerzos en el comedor, con todos allí adentro en malla y ojotas. Los juegos, con o sin pelota. Y la pileta, ese paraíso irremplazable. Nunca olvidaré la ansiedad con la que esperaba el colectivo escolar de color naranja, en la esquina de casa, todas las mañanas, ya con la remera musculosa pegada a la piel por la intensidad del calor, y el cielo azul recortado en lo alto, entre los edificios de Belgrano.

Ricardo fue mi dos o tres años después, antes de nuestro exilio a Israel, hacia finales de la dictadura. Ya estaba un poco más grande y no hacía falta que mi familia o mis maestros intentasen persuadirme de lo poco conveniente que era abrir la boca en determinados momentos o lugares en relación a mi padre asesinado. Ya lo había entendido. Aparte, otros intereses habían comenzado a ocupar mi pensamiento: una chica del grado. Fue con él que con los compañeros y compañeras del Hogar viajamos a Bariloche. Uno de mis viajes de iniciación, sin dudas: por la naturaleza exuberante de aquella zona lejana de mi país, por las vivencias y conversaciones con los grandes y adultos al calor de una fogata, en una caminata por un bosque, por el contacto con la nieve, por las cabañas de madera, por los puentes hechos con sogas sobre los riachos de agua cristalina y helada. Todavía atesoro las fotos y los recuerdos.

Ricardo siempre supo mi historia, la militancia de mi padre asesinado y también del compromiso político de mi madre y mi segundo padre con la realidad nacional. Él, como Marcos, y los directores, eran muy conscientes de la tragedia que había sufrido el país, no solo por el genocidio de una generación, sino también por el plan económico que había instaurado la junta militar. También eran conscientes, del riesgo que implicaba darle una mano a una familia que tenía militancia política o gremial por aquellos años.

Ricardo fue uno de los hombres que abracé con más desesperación cuando falleció uno de mis dos mejores amigos, en 1986, cuando ya habíamos regresado del exilio y yo estaba en tercer año del secundario. Ese pibe, de nombre Pablo, había pasado, durante mi ausencia, por otro proyecto educativo de los ex directores del Hogar, llamado La Aldea, ya no como asilo o un espacio para talleres y otras actividades, sino como una escuela de enseñanza oficial. Funcionaba sobre la calle Cramer, a pocos metros de la avenida Monroe. Por medio de mi otro amigo, se había hecho amigo mío. Nunca olvidaré ese dolor, y ese abrazo, frente a la casa en la que vivía Pablo, en la zona del hospital Pirovano.

Casi cuarenta años después, mis dos maestros y yo coincidimos en el Instituto Patria. Podría hablarse de una coincidencia, pero no lo es. La historia de militancia que narro en mi novela, no es producto de una imaginación sin límites, sino que tiene que ver con mis elecciones de vida y con mi experiencia personal. La presencia de Marcos en la presentación tampoco es casualidad. Estuvo ahí para acompañar mi presentación, a pesar de complicaciones de todo tipo, porque me sigue queriendo como al nene de cinco o seis años. Ricardo trabaja en el Patria. Allí coincidí con él, luego de haberlo encontrado, dos años antes, en Tecnópolis, donde tenía una responsabilidad política y técnica en el funcionamiento del predio.

Nada es casual en esta historia. Son dos maestros que lucharon toda la vida por las causas justas. Por la memoria, la verdad y la justicia, allá lejos. Contra las políticas neoliberales que nos llevaron a una crisis terminal, en otro. En defensa de un gobierno popular, ante el ataque despiadado de los sectores dominantes, hace no tanto tiempo atrás. Y en contra del ajuste, el cinismo y la persecución, en estos días. Es muy probable que, como maestros, padres, o ciudadanos a secas, siempre hayan tenido gestos de grandeza con sus alumnos, o simplemente, “el otro”. Son dos maestros. Mis maestros. Iguales o parecidos a los que organizan ollas populares en los barrios humildes para que cientos de pibes puedan comer un plato de fideos, mientras los funcionarios del Estado sobreactuan una sensibilidad que nunca tendrán, en la televisión.

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Otra vez en La Imposible


El viernes 14 de septiembre, por la tarde, fui una vez más al estudio de la radio de los Hijos e Hijas, La Imposible. Esta vez, invitado por Conrado Geiger, el compañero que de lunes a viernes sostiene un programa vespertino en el que la cultura y la política se llevan todo el protagonismo. Conversamos sobre mis libros anteriores, y en especial sobre mi primera novela El predicador invisible, el proceso creativo de un texto que a diferencia de otras publicaciones, es de largo aliento, del cruce entre la realidad y la ficción, el desafío de sostener la verosimilitud, las correcciones que fui realizando para que el texto dejase de ser una oda a la militancia para convertirse en una ficción en la que los personajes fuesen de carne y hueso, y no de bronce, y también hablamos de mi pasado musical, y hasta de mis dos apellidos, en especial el de sangre, que siempre es motivo de comentarios y suspiros. También conversamos, fuera de aire -y siempre con un mate de por medio- sobre la militancia de Conrado en San Fernando, donde también milita mi prima Guadalupe Dios, y en la que gobierna el Frente Renovador.

Ir al edificio de los Hijos y las Hijas siempre me despierta una emoción. Ir al Espacio Memoria y Derechos Humanos siempre me conmueve. Trabajé allí, muchos seres queridos siguen ahí. Conozco a muchos de sus hacedores y hacedoras y varios de sus edificios, rincones e historias. Allí adentro siempre se respira un aire distinto. En mi caso, de inspiración, de ganas de vivir. Más aún cuando el gobierno era nuestro, del pueblo, de los organismos de derechos humanos, de los sobrevivientes, por supuesto, pero también ahora, cuando el hastío y la indignación nos atraviesan a todos y todas, y son tema ineludible en cualquier conversación y saludo. No hay dudas: estamos viviendo una tragedia. Pero aún así sus edificios y calles siguen luciendo la fuerza y belleza de siempre, a pesar de que el Estado nacional no está bajando los fondos que se necesitan para sostener el predio abierto. Por primera vez en su historia, desde que funciona como Espacio de Memoria, los trabajadores/as del Ente sufrieron un retraso de varios días en el cobro de sus salarios. Hay mucha preocupación y las banderas del gremio estatal ATE pintan de verde las rejas y ventanas de los edificios y calles. Los funcionarios son ahora son parte del enemigo. Los y las trabajadoras la están pasando muy mal, pero están organizados y están todos y todas de este lado de la grieta. No nos vencieron. No nos vencerán ahora tampoco.

Conrado, sobre el cierre de la entrevista, me hizo un regalo precioso. Lo apreté con el brazo, contra mis costillas, cuando bajé las escaleras, cuando le saqué una foto al mmural de Santiago Maldonado, cuando saludé a un grupo de estudiantes de la tecnicatura de periodismo -que se cursa en el edificio de los Hijos e Hijas y que el Gobierno decidió cerrar-, mientras tomaban unos mates en unas mesas que hay en la entrada del edificio. Más adelante, en dirección al Archivo Nacional de la Memoria, al que fui para saludar a un par de seres queridos, saqué una foto. En esa explanada, hace no tantos años atrás, Néstor y Cristina, con el pecho inflado de orgullo por saberse al frente de un proyecto liberador, enfilaban para el flamante Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, uno de los tantos espacios que tiene el predio para defender y promover en nuestro país, la memoria y los derechos humanos.

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Anotaciones imprescindibles sobre la producción de mi primera novela



Esperaba con ganas la llegada de los viernes, no tanto por la inminencia del fin de semana, sino porque ese día, luego del trabajo u otras obligaciones, había taller en lo de Vanoli. Una discreto chalet de dos plantas, en La Paternal, aflautado, con jardín y parrilla en el fondo, en la que nos juntábamos a aprender a escribir una docena de hombres y mujeres de entre 30 y 40 años, que en algunos casos veníamos de hacer un taller anterior, y en el que aparte de estar de unidos por un mismo deseo –de eso se trata también un taller literario: descubrir hasta dónde nos conmueve y moviliza la escritura, y si estamos dispuestos a convertir la actividad en una vocación-, también había un recorrido común en la UBA y posicionamientos políticos mas o menos parecidos. Yo ya militaba en el kirchnerismo.

En general nos acomodábamos en la mesa del comedor diario de la cocina, bajo la luz de una lámpara, con vista al césped del fondo, pero hubo una época en la que nos esparcíamos en el living, frente a la biblioteca que el dueño de casa tenía adosada a una de las paredes, al pie de la escalera. Vanoli siempre nos recibía con algo para beber y picar. Nosotros, por nuestra parte, aportábamos alguna botella de cerveza o vino, y un paquete de saladitos o queso mar del plata.
Hernán Vanoli contagiaba respeto y entusiasmo por medio de tres virtudes: prepotencia de trabajo, talento y sabiduría. Era joven. Más que yo, por lo menos. Ya tenía publicado el libro de cuentos Varadero y Habana maravillosa y la novela Pinamar, que abordaba, por medio de la relación de dos hermanos, la crisis del 2001. Fue él quién en alguna de las reuniones, tiró una definición que ahora vuelve a tomar relevancia, con la publicación de mi primera novela: “Desde la ficción se suele dejar algo de tiempo para poder abordar, a la distancia, un importante proceso político como los que cada tanto sacuden a la Argentina”.

En quince días el tipo se leía todos nuestros textos y nos devolvía una serie de observaciones que en general resultaban muy provechosos para que el trabajo gane espesura literaria. En general, los alumnos y alumnas estábamos en un mismo nivel, o parecido, y las anotaciones que el profesor devolvía en hojas impresas, le servían al conjunto. “¿No era el Tano el que se había quedado dormido dentro del túnel que habían construido los ex montoneros en La Falda, Córdoba’”, lo interrogaba a Fede, uno de los pibes del taller, estudiante universitario, meticuloso, con mucha facilidad para narrar. “Seeee, tenés razón”, asumía el otro, y se daba una palmada en la frente. Hernán tenía una capacidad notable para retener nombres, fechas, escenarios y nudos argumentales. Y mucho oficio, claro: sus sugerencias, acerca de los personajes, puntos de vista, tramas, giros narrativos y otros recursos, solían ser certeros. Tres años y monedas fui a su taller.

Fue en ese marco, allá por finales del 2011, que Vanoli -32 años, un metro noventa de altura, hincha de Boca y 9 de área dentro de una cancha de fútbol- me propuso que me anime con el desarrollo de una novela. “Un texto de largo aliento”, fueron sus palabras, con un cigarrillo rubio colgado en la comisura de los labios. Acepté el desafío. Tenía la historia. Solo había que escribirla.

Cuando alguno de nosotros cumplía años –no exactamente ese viernes, sino durante la semana que terminaba o la que vendría-, la jornada de taller podía durar hasta la madrugada. Si hacía frio, en la cocina, dividida en dos por una barra que siempre se llenaba de botellas, y junto a algunos amigos del dueño de casa que también estaban vinculados a la escritura, por medio del periodismo o la edición, la corrección y también la traducción, y que caían un rato antes de que terminarse la clase. Había uno de pelo y barba muy larga, que siempre vestía camisas leñadoras y llegaba con alguna bebida blanca debajo de cada brazo. Pesadas nubes de humo de tabaco y hierba flotaban en el ambiente. En un equipo sonaba rock ingles. Los temas de conversación que mas animaban aquellas tertulias eran el fútbol, la política, el cine y la literatura. Diego Vecino, cotallerista de Hernán en los inicios del taller, era uno de los que caían con una sonrisa de oreja a oreja y una botella abajo del brazo. Fue también, uno de los dos referente de la literatura que me acompañó, en 2010, en la presentación de mi primer libro de cuentos, en la sede original del Club Cultural Matienzo.


Entre los hombres, sobre las mujeres. Lo recordaré siempre: hasta la muerte de Néstor, en esos ámbitos, me sentía un predicador invisible, al defender las medidas del gobierno kirchnerista (no es casual el nombre que Vanoli me propuso para la novela, y que yo acepté con gusto). No me mataban, pero sí se ponían muchos peros. Luego del 27 de octubre de 2010, el acompañamiento a nuestro gobierno, fue unánime. En 20177, todos y todas votarían a Cristina.

La llave que abrió la puerta para que pudiese sostener el volumen narrativo de la novela se llamó Escaleta. Me lo propuso Vanoli para planificar la escritura del texto. Yo nunca había escuchado el término. Viene del cine, contó. Se parece a un guión, justamente, cinematográfico. En una hoja aparte, había que detallar, capítulo por capítulo, escena por escena, qué dice y hace cada personaje. De esa manera, el la estructura de la historia iría tomando forma. Al tiempo me iría dando cuenta de otra realidad: Todo lo que se puntease en ese gran ordenador, debía abastecer la trama. Si así no fuese, esa escena, ese diálogo, esa descripción, estaba de más.

En el invierno de 2010 yo había debutado con un libro de tres cuentos. Una novela corta -o cuento largo- y dos cuentos cortos. Ya era bastante para mí, que había empezado a escribir en 2006. Y durante el primer año de taller con Vanoli había producido otros textos que luego terminarían formando parte de mi segundo libro de cuentos -esta vez serian diez, y sería publicado en 2015-, pero mandarse con una novela era un asunto mayor.

En el lapso de un año, el texto tomó forma. Con la escaleta arriba de la mesa, avanzaba con la escritura de una historia de militancia bastante autobiogáfica, en la que se combinaban mundos como la política, el fútbol, el sexo, la música y el periodismo. También el policial, o la violencia, un elemento que nunca falta en mis historias -y que en impera, en general, y por distintas razones, en los barrios humildes como el que había elegido como escenario para mi novela-.

El último capítulo, lo recuerdo muy bien, lo vomité entre una clase y otra. Fueron días afiebrados, en mi departamento de soltero, con o sin mi hijo que en aquel momento tenía unos ocho años y que dormía en un futón que teníamos en living. Hernán, en la clase, al hacerme la devolución, me dijo: “caíste por la pendiente narrativa, felicitaciones”. Sabía de lo hablaba. Conocía muy bien esa fiebre, ese combustible que empuja a todo narrador a escupir durante varias horas seguidas líneas y líneas de texto.

En el taller logramos un clima de fraternidad y confianza muy especial. En algunos casos, con los que tenía mayor afinidad, en las noches de asado y alcohol, cuando se baja un poco la guardia, o del todo, nos contábamos intimidades de nuestras vidas, las relaciones afectivas, los deseos, miserias y obsesiones. Poníamos el oído y en algún caso también el hombro. Las despedida de las clases siempre se realizaban en el living. Era una ceremonia que llevaba un par de minutos y que incluía la posibilidad de llevarse un libro de la biblioteca. A veces, el expendio era a medida del alumno o alumna. Había un autor para cada uno, y en cada época. En el taller también conocí a muchos autores y autoras, y también aprendí a leer.

En algún momento Vanoli se separó, y mudó. El nuevo nido del maestro quedaba cerca de los tribunales porteños, en el centro. Para mí ya no era lo mismo. Las calles y casas bajas de La Paternal, los espacios para estacionar, el pío de los pájaros, el ida y vuelta a mi casa, serpenteando por la zona de Agronomía, no era una moneda intercambiable. Se había cumplido un ciclo. Él mismo nos venía diciendo: “alguna vez hay que cortar con el taller y animarse a poner en práctica todo lo que aprendimos, sin la necesidad de tener enfrente a uno que te avale u observe tu ficción”. Eso también lo pintaba de cuerpo entero. Y eso hice. No volví a ir a un taller, aunque a veces tengo ganas. También nos impulsaba a abrir un taller propio.

La novela, desde aquella primera versión, cerrada a comienzos de 2013, sufrió tres correcciones, siempre para mejor. La última, el verano pasado. Ya no gobierna nuestro proyecto político, y estamos en manos de una dirigencia que lleva a nuestro país hacia el desastre. Quizá por eso, entre otras razones, El predicador invisible sea ya no solo una historia de ficción que narra una experiencia de militancia política en un barrio humilde, con todas sus luces y contradicciones, sino también, uno de las primeras novelas que abordan un proceso político disruptivo y esperanzador, con las herramientas de la literatura.

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Un hechizo casi inexplicable





Para Tino 

Javier y los tres chicos bajaron por la callecita de tierra y en pocos minutos la casa quedó a sus espaldas. Frente a ellos se conformó una postal que los dejó mudos y con la boca abierta: el curso del arroyo, el potrero, más atrás la ruta y en el fondo -de punta a punta del horizonte-, el campo de rastrojos, todo estaba bañado por la luz plateada de una luna llena que partía al medio el cielo limpio y helado. 


Recién volvieron abrir la boca cuando Javier les llamó la atención con un chistido, mientras se agachaba y se tapaba la boca con el dedo índice. 

- Qué pasa, ¿Papá? – lo retó alarmado Tupak, su hijo de 15 años.
- Shhh... Paren el oído.
Los tres lo miraban, expectantes.
- ¿De dónde viene ese sonido? –preguntó el padre.
Se trataba de un tamborileo. Algo que por ahí nomás se movía de modo incesante.
- El agua del arroyo –dijo Ema, el más grande de los tres. Ya estaba en primer año de la facultad.
- Exacto –dijo Javier.


Desde el lugar en el que estaban se podía apreciar el cauce del arroyo, que se extendía hacia la derecha, entre los matorrales y los pastizales conocidos en la zona como “Colas de zorro” que asomaban a los costados. A la izquierda estaba el puente. Hacía ahí se dirigieron. 


- Esa foto es imposible de sacar, ¿no? – dijo la única chica del grupo, Valentina, de doce años, mientras apuntaba con el brazo hacia el arroyo. Ahora lo tenían cinco metros debajo de sus pies. Por ahí habían llegado en los coches, hacía dos días atrás. Era de noche, como ahora, pero no había luna llena. El movimiento y brillo del agua, ahí abajo, parecía una serpiente de color plata. 

A sus espaldas escucharon el graznido de un pájaro. Dieron vuelta los cogotes para verlo, pero ninguno lo logró.

- Hoy hay más agua que ayer – señaló Tupak.
- Es cierto –coincidió su padre -. Debe ser por la lluvia de hoy a la mañana, que ahora desciende desde las sierras.

Luego de arrojar algunas piedras al agua, se encaminaron hacia la ruta. A su izquierda y a lo lejos, se erigía silenciosa una enorme muralla de tierra, piedra y una flora seca, árida, aparte de distintos bichos y animales: las sierras. A pesar de la noche, y gracias a la luz blanca de la luna, desde allí se la podía apreciar con claridad.

- Parece el lomo de un elefante dormido – dijo Valentina.
- Es muy buena la imagen, eh – celebró Javier. Ya le habían comentado que a ella le gustaba la literatura.

Cuando pisaron el pavimento de la ruta, detuvieron el paso. El silencio era ensordecedor. No se escuchaba nada de nada. Se miraron
 entre ellos y sonrieron de modo contenido para no romper ese hechizo casi inexplicable. Los cuatro vivían en la ciudad, y si bien los chicos habían ido a varios campamentos con sus colegios, nunca antes habían estado en un paraje rural, tan alejado de las luces y los ruidos de la vida urbana. 

- Lo del puma que dice el abuelo es cualquiera – soltó Ema.
- ¿Qué cosa? –quiso saber su hermana.
- Que puede haber alguno por acá, a la noche.
- No creo, no –se sumó Javier -. Y aparte no se olviden que acá o cualquier otro lado, los animales tienen mucho más miedo de nosotros que nosotros de ellos.
- Mmm… no sé, eh –dijo Ema, que era petiso y petacón y fanático de Lanús y el Instagram.
- Yo si aparece uno corro hasta donde no me den las patas –dijo Tupak, y el resto largó una carcajada que tuvo mucho de gracia pero también de nervios.

El aire estaba helado. Los cuatro estaban enfundados en los camperones de tela de avión, tan típicos en la ciudad, tan poco frecuentes en la zona. Los varones más jóvenes tenían puesto un “cuellito”, que es como una bufanda pero más corta y menos anticuada, que se agarra al cuello. Valentina tenía guantes en las manos y polainas de lana en los pies. Javier un gorro de lana del altiplano, con orejeras y figuras rupestres. La luz plateada que bañaba la zona era tan intensa que podían distinguir una piedra entre los yuyos. O contar las ramas del árbol que estaba cincuenta metros ruta adentro, duro como un espantapájaros. O los tres hilos de alambre que separaban el campo del asfalto.

- Si soplase viento nos estaríamos congelando –supuso Javier.
- Está muy linda la noche – apuntó Valentina, que tenía el pelo largo hasta el ombligo y que hacía un rato, en la casa, había sorprendido al resto de los adultos, luego de la cena, en el momento que Javier preguntó “¿quién viene a caminar por la ruta con la luz de la luna?” y ella, sin esperar ni medio segundo, levantó la mano alzada y un convincente “Yoooo”.

Efectivamente, la noche era inmejorable. La temperatura debía morder el cero del termómetro que el abuelo tenía adosado al marco de la puerta de la cocina, pero se tornaba tolerable si uno estaba bien abrigado.

- Respiren hondo, sientan la pureza del aire – propuso Javier, antes de inhalar el aire frío, enviarlo con ganas hacia sus pulmones y luego de retenerlo con los ojos cerrados, largarlo hacia la noche, sin apuro. 


El resto lo imitó. Luego Ema se frotó las manos. Tupak se las entibió, con la boca, después de ponerlas en forma de olla. Al soplar, se armó una nube de humo azul oscuro a su alrededor.

- Creo que nunca estuve en un lugar donde el aire esté tan limpio – dijo Ema.
- Y tan frío – aportó Tupak.
- Y tan lechoso –aportó ella.
- ¿Qué es eso? –la cargó el hermano mayor.
- ¿Blanco? – la apoyó Tupak.
- Blanco, sí – confirmó ella.
- Como los colmillos de un puma – se rió Javier. Pero de inmediato se dio cuenta que el chiste no había generado gracia, sino más bien lo contrario. Entonces agregó: - Vamos, che. No está bueno que le teman a lo desconocido. No siempre tiene por qué significar una amenaza o un peligro.

Ema propuso caminar por la ruta, en dirección al vado que había mencionado el abuelo. El resto estuvo de acuerdo, a pesar de que los adultos de la casa habían pedido que no se alejen del puente. Los primeros treinta metros, hasta llegar a la curva, los hicieron en silencio. A su izquierda, en la parte más elevada del campo de rastrojos, el blanco de la lona plástica de una solitaria silobolsa brillaba como un diamante. A su derecha, y algo alejado por la curva que hacía el terreno, estaba el cauce del río. Los pastizales y las colas de zorro parecían pintados. La quietud era total. Cada tanto se levantaba una brisa casi imperceptible –y helada, eso sí- que le acariciaba los cachetes de la cara a los cuatro aventureros.

- ¿Ustedes se vendrían a vivir a un lugar como éste cuando sean abuelos? – preguntó Javier.
- Yo sí –dijo Valentina, con una sonrisa -. Me encanta San Luis.
- Yo también vendría – coincidió Javier.
- Vos ni en pedo –lo cruzó su hijo.
- ¿Por?
- Porque no quiero que estés tan lejos.
- Eh, pero vos ya vas a estar grande y vas a estar haciendo tu vida – se metió Ema.
- Claro, cuando yo me jubile vas a tener como cuarenta años, probablemente algún hijo, o hija. O dos. Incluso tres –tiró, divertido.
- No importa. No da que te vayas.
- Sos un grande, Tupa – se conmovió Ema y le acarició la espalda con la mano-. A mí me da cosa ver al abuelo una vez por año, dos como mucho, pero lo banco. Ahora lo veo bien, dejó de fumar, está menos cascarrabias. Cada vez que venimos nos da de morfar sin parar.
- Si no se iba de la ciudad, se enfermaba del todo -sentenció la nieta.
- Es verdad –coincidió su hermano.- Acá se armó el taller y hasta se colgó el banderín de Lanús. Le faltamos nosotros, pero tiene todo lo demás. 


Desde el punto en el que estaban parados se podía apreciar, cincuenta metros más adelante, la pendiente de la ruta, y el vado: el lugar exacto en el que el arroyo pasaba por encima del asfalto. A sus costados crecía una maleza más tupida que en el puente.

- ¿Vamos? – insistió Javier, con el brazo en dirección a la bajada. Por efecto de la luz plateada, se le notaban las arrugas que le ganaban la zona de los ojos. También el lunar que tenía en el pómulo derecho desde el día que había nacido, hacía ya unos 45 años.
- Vamos, dale – Ema estaba muy motivado. Era el mayor y no estaba dispuesto a mostrar ningún signo de debilidad.
- Vamos pero después nos volvemos, eh –aceptó Tupak.

El grupo volvió a ponerse en movimiento, siempre con las manos en los bolsillos y los ojos bien abiertos. La imagen que se formaba frente a sus ojos podría formar parte de un capítulo de la serie Walking Dead, en la que los zombies deambulan por los restos de las ciudades y carreteras de un mundo devastado por una epidemia. Javier pensó en mencionar la historia, pero prefirió callar. El vuelo de una bandada de cardenales les cortó la respiración. Pasaron rasantes, en dirección al sur y el sonido de sus graznidos perduró en el aire durante varios segundos.

El árbol que había más adelante, al igual que los que crecían en una elevación que había por encima del cauce del arroyo, tenían el color gris de la ceniza. Los pastizales y cardos –porque se trataba de una zona árida, y la sequía se profundizaba en invierno por la falta de lluvias- parecían vizcachas paradas en sus dos patas, en estado de alerta por la inédita presencia de los visitantes nocturnos.

- Desde acá ya no se van las luces de la casa –avisó Valentina, cuando llegaron a destino.
- Qué importa –dijo Ema.
- No importa, no. Solo hice la observación.
- Importa porque se ve mejor aún el cielo –dijo Tupak, con la cabeza tirada para atrás y los ojos perdidos en la noche.


El agua del arroyo cruzaba la ruta de derecha a izquierda. El caudal tendría unos diez centímetros de altura y recorría la zona sin prisa y sin pausa. Para pasar al otro lado, había que pegar unos saltos arriba unas bases de cemento rectangulares, que alguna vez habrían sostenido un paso peatonal. 


- ¿Quién se anima? – desafió Tupak.
- Yo – dijo su padre.
- Y yo – sumó ella.
- Vos no –la frenó el hermano-. Te vas a caer y te vas a empapar. Después los viejos me cagan a pedos a mí.

En el momento que Javier saltó por encima de los dos primeros bloques de cemento, algo se sacudió en los pastizales del lado derecho de la ruta, por donde venía el arroyo. Se trataba de una zona en la que la vegetación era más densa y más alta. Los chicos, mudos, endurecieron todos los músculos de sus cuerpos.

- Volvé, Papá.
- Deber haber sido un cuis, no se asusten -dijo Valentina.
- Qué es un cuis – dijo Ema.
- Es un tipo de roedor que anda por el campo –explicó la hermana -. En el fondo de lo del abuelo vi por lo menos dos.

Tenía razón Tupak. En ese punto del paseo los aventureros podrían haber visto y disfrutado la mayor cantidad de estrellas de sus vidas. Una constelación pinchaba con miles de agujeritos el telón azul oscuro que tenían sobre las cabezas, y conformaba una especie de red interminable de líneas, figuras y puntos de distintos tamaños. Pero estaban muy entretenidos con el cruce del vado. En especial Javier, que sin que nadie lo esperase, pegó otros cuatro saltitos consecutivos, con la gracia de un malabarista, y en seguida pisó la tierra húmeda del otro lado del arroyo.

Mientras el único adulto del grupo celebraba su proeza a los gritos y con los brazos levantados, del otro lado del arroyo, la maleza volvió a sacudirse a la derecha de los chicos. Con más fuerza que la primera vez.

- ¡Papá volvé!
- ¿Qué pasa? -dijo Javier, mientras imitaba un bailecito a lo jugador de fútbol colombiano.
- ¡Sos un tarado, papá, acá cerca nuestro se está moviendo algo! - Tupak había retrocedido sobre sus pasos.
- No pasa nada, amigo -lo quiso contener Ema.
- Qué no, andá a ver ahí cerca del arroyo.
- Yo voy -dijo Valentina, mientras se dirigía a la zona en la que se había movido la maleza.

Javier se había agachado y con las dos manos armaba un cuenco con para probar el agua helada del arroyo. Parecía una liebre. El sonido del movimiento del agua, en aquel lugar era más estridente que en la zona del puente, y producía una especie de ensoñación. Luego de atravesar el vado, el cauce del arroyo zigzagueaba hasta perderse en la negrura plateada del monte.

- ¡Venía para acá, nena! -le gritó el hermano mayor, pero Valentina ya se había metido entre los pastizales, y se abría camino con una rama que había levantado a un costado de la ruta.

La campera inflable de la nena, de color claro, ahora brillaba como una pantalla de cine en la que se proyectaba una película en blanco y negro. El pelo largo y lacio, le cubría parte de la espalda. Caminaba con prudencia pero también con convicción. Desde lo alto de la colina en la que había quedado la casa, llegó el ladrido de los dos perros del vecino del abuelo, y en seguida, con un efecto retardado, el motor de una motito, que se alejaba de la zona. Pero enseguida la quietud y el silencio volvieron a apoderarse del lugar.

Valentina llegó al lugar en el que se había sacudido la maleza. Primero revolvió los yuyos hacia los costados, siempre con el palo en la mano, y luego de dar una media vuelta, se agachó. Los pastizales volvieron a moverse, aunque en menor medida que las otras dos veces. A Ema y a Tupak les pareció escuchar, también, una especie de gemido. 


El frío, la noche limpia, el manto de luz blanca sobre el monte, todo parecía parte de una película.

- Chicos, vengan –dijo ella.
- Vos estás mal de la cabeza -le dijo el hermano.
- No seas tarado. Te lo vas a perder.
- Acompañame, dale -le dijo a Tupak y lo agarró del brazo.

Javier reapareció con un salto y un grito que sobresaltó a todos. Incluso al puma de unos cincuenta o sesenta kilos, con cabeza de gato, que se había rendido a los pies de Valentina por las caricias que le estaba haciendo detrás de las orejas. Los tres varones quedaron paralizados, bajo la luz lechosa. Hechizados.

El gato-puma se paró sobre sus patas, se arqueó como un acordeón y erizó hasta su último pelo. Había una clara desproporción entre el cuerpo y su cabeza. El animal tenía bigotes blancos, puntiagudos. Patas largas y vigorosas, asentadas sobre unas garras anchas y filosas. Un hocico oscuro, y cuyas fosas nasales se abrían y cerraban como el latido de un corazón. Sus ojos –que parecían dos diamantes de fuego- se concentraban en la esfera blanca luminosa del cielo.

De repente la criatura elevó su lomo y lo arqueó para rozar a las piernas de Valentina. Ella volvió a acariciarlo. Y él, otra vez, volvió a fijar sus ojos en el planeta blanco. Los tres varones estacados al suelo de tierra reseca, cardos y yuyos, y observaban azorados el pelaje marrón claro de la bestia, que por efecto de la luz blanca que los rodeaba, parecía dorado. Cuando volvió a moverse de modo ondular por las caricias de Valentina, ellos realizaron una mueca parecida a una sonrisa.

- Este debe ser el puma que mencionaba el abuelo -arriesgó ella.
- Pero no es un puma –dijo su hermano.
- Qué mierda es -dijo Tupak, mientras se acercaba para tocarlo.
- No sé, pero es una dulzura -dijo el padre, mientras le pasaba una mano por la cabeza de gato.

Al principio parecía el silbido de una tímida brisa, pero a los pocos segundos se tornó más claro: era el grito de un ave que, al pasar por encima de sus cabezas, vieron que era un pichón de cóndor. Fue ahí que el gato-puma levantó el cogote, como buscando una señal en el cielo estrellado y azul, y en un abrir y cerrar de ojos, luego de emitir un aullido que pareció el lamento de un bebé, salió disparado a la velocidad de la luz, en dirección al monte.

Los paseadores nocturnos se miraron aunque no dijeron una palabra. Otra vez el silencio, la noche helada, el vapor que salía despedido de sus bocas. Luego de un par de segundos, Javier rompió el hechizo al formar una visera con su mano izquierda y contemplar la sierra, a lo lejos. Tupak volvió a soplarse las manos. Ema se agachó para ver si el animal había dejado algún rastro.

- No vas a encontrar nada –dijo la hermana -. No existen los gatos-pumas.

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negocio inmobiliario

qué dirán los abuelos
que viven hace décadas en el barrio
ahora que la inversión en ladrillo
pica en punta
entre los codiciosos;
qué dirán
es una bestia insaciable
que vomita toneladas
de hormigón, acero y vidrio
que llenó el paisaje de máquinas perforadoras
que metió polvo hasta debajo de la cocina
que trajo cientos de obreros con mameluco
que chupan mate cuando todavía no aclaró;
qué dirán
ahora que el sol ya no se desparrama
sobre toda la cuadra de enfrente
por culpa de los departamentos con pileta
que construyeron al lado;
qué dirán
ahora que la manzana se llenó de desconocidos
que hay autos hasta en las ochavas
que los cortes de luz
te sorprenden en cualquier momento;
qué dirán
que en la esquina en la que vivió y murió Beatríz
¡inauguraron un restaurant!
qué dirán
ahora que los bordes de los paraísos
ya no se recortan contra el horizonte
que al canto caótico de los loros
se lo devora el ronquido del motor
de un ¡maldito colectivo!
qué dirán
que los impuestos por alumbrado y barrido
ya no se pueden pagar
y el jefe de gobierno
es amigo de los codiciosos;
qué dirán
que hasta construyeron un departamento de oficinas
a quién se le ocurre
acá en el barrio
en el que los vecinos
paseaban el perro sin correa
plantaban malvones
y ahora ni te saludan;
qué dirán
que el metro cuadrado en la cuadra
vale una fortuna

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Premio consuelo


Si hay un título que muy probablemente nadie nos pueda arrebatar a los argentinos y argentinas, a lo largo del tiempo, es el de Campeones de la Tribuna. Con respecto al fútbol tenemos mucho que revisar, sí. Y mejorar. Pero en las canchas somos los que más y mejor alentamos. Sobran las pruebas. Revisen los archivos que van por lo menos desde Alemania 2006 hasta acá. Es tan evidente nuestra ventaja por sobre el resto de las parcialidades que, hace pocos días, y por medio de las redes sociales, pudimos ver que un grupo de argentinos, conscientes de la atención -y admiración- que despierta nuestro folclore futbolero, montaron en la Plaza Roja de Moscú un número callejero para el turista tenga la posibilidad de experimentar, junto a una docena de hinchas, el éxtasis que nos inflama las venas cuando saltamos y cantamos algún tema del cancionero de cancha argentino. Para profundizar la experiencia, el turista podía subirse a los hombros de alguno de los fanáticos.

Van algunas categorías para una posible competencia. Color en las Tribunas, por ejemplo. No nos gana nadie. Muchas parcialidades pintan parte de las cabeceras y plateas de los magníficos estadios mundialistas con el color de la remera de su selección. Algún cartel hecho a mano. Un hombre-pájaro. Un disfraz de súper héroe. Un hombre-vikingo, en el caso de los países nórdicos. Hasta los japoneses pintan con su azul marino algún sector de una platea. Nosotros también tenemos esa virtud –y con los dos colores del albiceleste-, pero aparte sumamos un detalle que ninguna otra hinchada tiene: nuestras banderas –de todo tipo de tamaños-, tienen inscripciones, dibujos o gráficos. La identidad de nuestros “trapos” es inusual para el campeonato mundial que organiza la FIFA. La imagen de las tribunas copadas por nuestra parcialidad rompe con el orden visual que impulsa y propone la organización del torneo. Allí se estampan desde nombres propios de un grupo de amigos, hasta menciones de provincias, ciudades o pueblos. Qué otra hinchada cita en una bandera la frase de un grupo de rock o folclore local, el rostro de sus ídolos o los escudos de los clubes de nuestro futbol doméstico. Pocos, o ninguno. Incluso se puede apreciar más de una referencia política, acorde al tiempo que corre.

Para la categoría Cancionero tampoco tenemos rival. A diferencia de las otras parcialidades, la nuestra entona más de media docena de canciones distintas por partido, que aparte se vociferan a tono con el desarrollo y las emociones del juego y que tienen su inspiración en el cancionero popular de nuestro país. Es difícil encontrar tanta entrega y entusiasmo en otros partidos. Esto es el salto permanente sobre los asientos, aparte de movimiento de brazos –con o sin una remera en la mano- y la mirada puesta en el cielo o techo del estadio. Lo mismo corre para una posible categoría Aliento: se canta durante todo el partido. Se empuja si el resultado no acompaña y se celebra en caso de ir arriba en el tanteador. Nadie puede hacerse el distraído. El aliento es ensordecedor, e incluye escenarios y momentos del día que no tienen que ver con la instancia del partido. Se canta y salta antes del juego, en el medio de transporte que toque viajar, o en las afueras del estadio, y luego, en los bares, plazas y calles. Qué otra parcialidad despliega sus banderas entre los árboles o coches de un campamento de viajeros al costado de una ruta, como si se tratase de una misa del Indio-Solari. Quién es el Indio Solari, preguntaría un europeo.

En esta columna no vamos a discutir la composición socio-económica de las tribunas argentinas en los mundiales, porque si bien es cierto que en las ediciones como la Rusa abundan los Pico Mónaco y Pampitas, también es cierto que hay pibes que ahorraron durante dos o tres años para poder estar ahí. Son estos últimos, justamente, los que garantizan que en las tribunas el foclore futbolero argentino goce de buena salud. 


Ser los campeones de la tribuna es mucho más que un premio consuelo. Sé que muchos y muchas estarán de acuerdo.

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Acerca de unas fotos, la ficción y la realidad


Sacamos varias fotos en el mismo potrero en el que vimos jugar a los pibes, allá por el 2009, por lo menos dos tardes de verano, con todo el mundo en cueros y bajo un cielo anaranjado, mucha gente en las veredas con cervezas en las manos, cumbia y reggeatón, a una cuadra de la avenida Almirante Brown, otra de la Casa Amarilla, tres de la Bombonera. El mismo potrero en el que transcurren por lo menos dos de las escenas del texto que se convirtió en novela. Ahora el campito está rodeado por un tejido de alambre ya que hay una disputa judicial entre una asociación de vecinos y el club Boca Juniors. Por eso, seguramente, hay más césped que en aquellos años.

Estoy en el potrero con mi hermana. Son las doce de un mediodía fresco y nublado de un día hábil, y a nuestro alrededor no hay más que un taxista que lee su celular con el cuerpo apoyado en el capot de su auto y una mujer enfundada en una campera que pasea a su perro. El predio de la Casa Amarilla y la cancha de Boca pintan el horizonte de azul y oro. Entre Almirante Brown y el campito ahora hay una tira de monobloques. Ella dispara su cámara. De pie, agachada –a pesar de su embarazo-, de costado, me da algunas instrucciones para unas fotos en las que salgo de espalda. En un par de horas deberíamos contar con la foto que ilustrará la tapa de la novela. Mi primer texto de largo aliento. Ya está, casi lo tenemos. Una ficción para describir una realidad que vivimos, junto a otros y otras, en 2009. 


Encaramos hacia el interior del barrio por la calle Palos. Cien metros después nos topamos con un mural que habíamos pintado, en una jornada colectiva de trabajo, frente al conventillo en el que vivía Sonia, la uruguaya y referente barrial con la que trabajamos durante un año. Con mi hermana recordamos un festejo del día del niño, una interna entre compañeros, los días en los que jugaba Boca y que volanteamos el programa Fútbol para Todos, las goteras en los techos de chapa los días de lluvia, un amorío. Eran otros tiempos personales y políticos, pero al igual que ahora, compartimos la militancia, aparte de la familia. “Acá tenés la foto, eh. No busques más”, me dijo, con una sonrisa cómplice, y me mostró la imagen que acababa de lograr: el mural, un esténcil de Eva, un viejo buzón con los colores de Boca. Luego bordeamos la Bombonera y fue por la calle Suarez –varias veces escenario de hechos policiales levantados casi con goce por los grandes medios de comunicación- donde le tiramos algunas fotos a las fachadas de algunos conventillos, no tan pintorescos, ni tan precarios, pero sí típicos de la zona.

El recorrido finalizó con una pizza en un Banchero casi pelado de clientes. Repasamos la historia que cuento en la novela. Una ficción inspirada en una experiencia personal y colectiva de militancia política, cuando el kirchnerismo empezaba a profundizar su programa de gobierno, luego de la disputa con las patronales del agro. Las historias que cuento se nutren de la realidad y no tanto de mundos ficticios o imaginarios. Esa es mi búsqueda y mi limitación. En el texto están mis obsesiones, deseos y temores, y también emerge el intento de transmitir o encontrar un grado aceptable de belleza estética, por medio de la escritura, por supuesto, que es la herramienta a la que me aferré, ya de grande, para acceder a esa especie de paz que significa encontrar tu vocación.

Con mi hermana volvimos a repasar las fotos de la cámara. Ya representaban no solo una posible tapa de un libro, sino también, un mediodía distinto, en La Boca, casi diez años después de haberse producido algunos de los hechos que se ficcionan en la novela: fútbol, sexo, militancia política, violencia. Del otro lado de la avenida Almirante Brown, en diagonal, está el histórico local de la agrupación Los Pibes, a la que pertenecía el Oso Cisneros, el militante que fue asesinado por un narco y por el que Luis D’Elia copó una comisaría del barrio, en 2004. Un claro punto de contacto entre la realidad de barrios como La Boca y la novela.

Pagamos (una fortuna) y caminamos media cuadra hasta la parada del 152. Pasamos por la puerta de una vieja unidad básica del barrio, que también inspiró unas líneas de la ficción. Finaliza la jornada. Nos vamos llenos. Mi otro hermano Abrevaya en un rato recibirá las fotos, y no solo seleccionará las que más chances tienen de ser tapa, sino que les dará las terminaciones técnicas necesarias para presentarlas en una portada junto al resto de la gráfica (título, nombre del autor, sello editorial). Ese también es un gusto que me doy con la publicación, y más aún en tiempos políticos en el que gobierna, una vez más, una minoría antidemocrática que la quiere toda para ellos -y ellas-.

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el orador

la voz del orador
está cargada de bronca y de hastío
las ondulaciones del timbre de su voz
van de los medios a los graves
al igual que sus palabras
que también son graves
porque denuncian vejámenes
e injusticias
que duelen
como una patada en la boca
como si te desgarraran la piel;
la voz del orador
expresa un sentimiento de desesperación
porque pareciera que no hay escapatoria
a tanto desparpajo y omnilpotencia;
la voz del orador
se confunde con la turba de bombos
que sacuden el frío helado de la tarde
aunque haya termo para el mate
y unas tortas fritas;
la voz del orador
es nuestra voz
porque los vejámenes cometidos
por los mierdas
más temprano que tarde
nos desorganizan la vida
a todos;
la voz del orador
tiene arraigadas sus raíces
en las tantas luchas
que hubo acá en la plaza
por hombres y mujeres
como nosotros
por un pueblo
que nunca se arrodilló
a pesar de todo.

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Pase lo que pase


El nutrido grupo de militantes le da vueltas a la pirámide, encabezados por una bandera azul que tiene pintada la flamante consigna de este año: 41 años pariendo memoria y futuro. Algunos manifestantes portan en lo alto banderas de mano, también azules y con el pañuelo blanco. Otros agitan los brazos en el aire, se llenan la boca de consignas en contra del gobierno de Macri. La Plaza de Mayo, hacia los cuatros costados, está en obra. Cercada por paneles de metal, pintados de amarillo. Decenas -un centenar, quizá- de obreros con mamelucos naranjas, trabajan en los alrededores de la Pirámide. Todo está patas para arriba. La tierra, las baldozas, las fuentes, los canteros. No hay circulación de gente. Solo están ellas y quienes las acompañamos. Sus dos gacebos, el equipo de sonido, la camioneta, la muestra de fotos y afiches, que forma parte del frondoso y valiosísimo archivo de la Asociación. En un rato, cuando comience el acto, algunos de los obreros –muchos de ellos paraguayos- posarán sus manos resecas sobre el alambre de alguna de las vallas amarillas que inundan la Plaza, y fumarán un cigarrillo, o tomarán un mate, con la atención puesta en el acto, a las palabras que las viejas del pañuelo blanco comparten desde sus sillas, de cara a la gente que las aplaude y vitorea. Quizá un obrero le pregunte a otro si sabe hace cuántos tiempo hacen las rondas. Es probable que no tengan el número exacto. Hasta quizá uno se toque el caso amarillo, en un claro gesto de duda. 2090 rondas se cumplen hoy, les podría contar algún testigo involuntario -o no- de la escena. “Desde el 30 de abril de 1977 hasta hoy, 3 de mayo de 2018”. 

Hebe resalta frente al micrófono que no se quedaron en casa ni en los peores momentos, cuando los Astíz secuestraron a la entonces referente de la Asociación, Acuzena Villaflor. Mucho menos lo van a hacer ahora, cuando hay tanto para disputar. Contó algunas anécdotas. Siempre con los lentes de armazón colorado, puestos, la espalda rígida, el tono severo. Rememoró la vez que las Madres decidieron socializar su maternidad y asumir que todos los desparecidos, los 30 mil, eran sus hijos. Fustigó a todos los gobiernos democráticos, salvo a Néstor y Cristina, nuestros próceres. Y llamó a que nuestros diputados y senadores abandonen el Congreso para ir a los barrios, a tenderle una mano a los más necesitados, ya que Macri lo dijo bien clarito, como buen patrón de estancia: vetará las leyes que no le gusten o convengan.

Antes que ella, Carlos Polimeni leyó tres poemas, con el registro, las pausas y hasta los gestos que requería cada palabra escrita por los autores populares, comprometidos con su tierra y con su tiempo. Uno del español Gabriel Celaya, otro del chileno Pablo Neruda y el tercero de Armando Tejada Gómez. Sus palabras son nuestras palabras, dijo el hombre de la radio, por eso las citamos. El sol comenzaba a caer detrás de las casas matrices de los bancos de la zona, los mismos que por estas horas recibieron la visita de cientos de clientes, atemorizados por la última corrida bancaria. Los mismos que votaron a Macri, los señaló el estatal “Tano” Catalano, en un pasaje de su encendido discurso. Se trata de uno de los emergentes de la resistencia al modelo de saqueo de Cambiemos. Llamó a la desobediencia civil frente a los tarifazos y también a ganar las calles junto a los que no están dispuestos a arrodillarse ante la prepotencia y el cinismo de Cambiemos. Nos quedaron rojas las manos de tanto aplaudir, y los ojos humedecidos por la mezcla de emoción e indignación.

Los obreros de mameluco naranja ya no estaban con la ñata contra el alambre cuando terminó el acto. Ya estaban desparramados por la parte delantera de la plaza, frente al Cabildo. Es probable que se hayan quedado con alguna de las definiciones de Hebe. Estamos mucho peor que hace dos años. Hay que luchar. O nosotras lo hacemos hace 41 años, agarren la posta ustedes. O puede que estén hablando de sus cosas, entre puchos y sonrisas, y hasta alguna lata de cerveza entre las ropas. Pero una certeza tienen seguro: las madre de la plaza de mayo hacen su ronda y acto todos los jueves, pase lo que pase.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios