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testarudo

supimos que era hincha de temperley
porque nunca ocultó la alegría
de haber ascendido a primera

pelito largo desalineado, blondo
en el barrio le deben decir polaco, o alemán
aunque se coma una s
o tenga los dientes desparejos;
bailoteaba por las oficinas
a cargo de un contenedor con ruedas
con la gracia de un zurdo en el potrero
desabrigado, desalineado,
inmune al ojo ajeno
prejuicioso, indiferente o altanero

debe tener varios hermanos
quizá viva en una calle de tierra
iría a la tribuna del celeste con amigos
le haría regalos a la novia
le compraría remedios a la abuela;
pero ayer nomás tendía los brazos
vociferaba un grito sordo

para ofrecer café caliente
en la puerta del ministerio
le apuntaba con la uña larga
a la boca de una precaria alcancía compañera
vital para los desempleados de limpieza
para no caer otra vez al vacío

la garúa era tan persuasiva
que por un instante creímos perdido
hasta el azul del cielo
pero la sonrisa del polaco estaba intacta
el pelito hasta los hombros
las perlas de transpiración en la frente
las venas hinchadas en los brazos
la mirada cansada
la sangre caliente
del testarudo que se resiste al olvido

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Autores que germinan autores


Una de las definiciones que ofrece el diccionario María Moliner para la palabra “Germen” es: “Circunstancia o suceso que, al desenvolverse, se transforma en cierta cosa”. Otra más académica dice que se trata de un “Conjunto de células reproductoras que dan origen a un animal o a una planta”. Una tercera posible aproximación la podemos representar con una experiencia personal que sucedió en el invierno de 2014, en un bar de San Telmo acondicionado con oscura madera, en el que me reuní con un editor que me había llamado por teléfono para decirme que estaba interesado en un cuento de mi autoría.

Hernán Brignardello, el puntilloso y apasionado editor, me contó cuál era la idea de Germen, el libro que junto a Marcos Almada ya tenían elaborado en sus cabezas. Yo no tenía pistas de cómo habían llegado a mí. Eduardo Muslip, me dijo. Un escritor que yo había tenido de docente en Casa de Letras, una escuela de narrativa. Me explicó que éramos unos doce escritores y que entre los nombres de los autores consagrados que figurarían en la antología estaban Liliana Hecker, Alberto Laiseca, Leopoldo Brizuela –también docente de Casa de Letras-, Ana María Shua y Marcelo Cohen. También me anunció que en los próximos días me enviarían algunas correcciones a modo de sugerencia para mi cuento.

Para un autor novel, desconocido, que se paseó por varias editoriales para ofrecer sus textos, sin suerte, que se presentó en más de un concurso y no logró ni una mención, que un día cualquiera un editor le proponga sumar un cuento suyo a una antología, significa vivir un momento de plena satisfacción. Porque seamos sinceros, uno no escribe sólo para aventurarse en los laberintos de sus obsesiones y deseos, sino también para lograr el reconocimiento de un tercero que no sea familia, o amigos. En especial, de los que se dedican a leer y publicar literatura.

Alto Pogo es una editorial independiente, que está impulsada por el fervor de sus socios. Al poco tiempo me enviaron las observaciones. Las acepté con gusto, consciente de que de ese modo el texto ganaba espesor. 


Luego pasaron varios meses hasta que nos volvimos a encontrar en el bar de FM La Tribu, en Almagro. Ya no en un mano a mano sino junto a la mayoría de los trece escritores emergentes. Nos presentamos, al principio con una predecible timidez. Sonreímos, nerviosos. Hombres y mujeres de entre 25 y 40 años que se ganan la vida con distintos oficios –desde una comentarista de la disciplina Vale Todo hasta un abogado penalista-, y que cuentan con distintas experiencias en relación a la escritura. Luego, con algunas cervezas sobre la mesa, nos aflojamos un poco más. Pasamos a las anécdotas de un taller literario, citamos a algún escritor respetado, y hasta hablamos de fútbol y política. Ahora sí alguno largó una carcajada. Hernán y Marcos, locales y anfitriones, nos contaron los pasos que la editorial iría dando a partir de esa noche, hasta llegar a la impresión del libro. La germinación. Faltaba menos.

Luego los emergentes se volverían a ver en un viejo caserón, con el objetivo de preparar un video para promocionar el proyecto. Se sentaron alrededor de una mesa, en la que comieron, bebieron y retomaron las conversaciones sobre las miradas y experiencias personales con respecto a la narrativa y también la poesía. El vino y la confianza invitaron a nuevas confesiones y carcajadas. Fue en ese clima de distensión que algunos pasaron se plantaron frente a la cámara para compartir precisiones sobre el proyecto.

Y el futuro llegó. Ya se puede comprar por anticipado el libro por medio de Panal de Ideas, un portal web que promueve el financiamiento colectivo. Así de autogestivo y sacrificado es el trabajo de los pequeños editores en la Argentina. Aman lo que hacen, pero aparte tienen que ser híper creativos. Y más ahora, con las políticas de apertura económica que está implementando el gobierno de Cambiemos. Con la preventa que se realice de los trece textos, Alto Pogo podrá costear la impresión del libro “Germen - Antología de cuentos - Autores germinan autores”.

Creo que los editores de Alto Pogo encontraron una síntesis perfecta al elegir el nombre del libro, ya que Germen se adapta de modo quirúrgico al sentimiento que todo artista atraviesa en el momento en el que la criatura comienza a andar sola. Ya la habíamos engendrado, en la soledad del cuarto, o donde sea, pero ahora estará en manos del lector, que al atravesarla con su propia subjetividad, de algún modo promueve una nueva transformación. Los que saben muy bien de lo que hablo, aparte de los lectores, son los colegas consagrados, que aparte de ser grandes creadores tienen una enorme generosidad. Gracias a todos ellos.

La lista completa de autores y la información sobre cómo aportar al financiamiento del proyecto, se puede leer acá: http://panaldeideas.com/proyectos/germen-antologia-de-cuentos-autores-germinan-autor/

Alto Pogo va a presentar el libro junto a algunos de los autores, el próximo 4 de mayo a las seis y media de la tarde en el Espacio Zona Futuro de la Feria del Libro de Buenos Aires (Pabellón Amarillo).

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planeta de fuego

yace el diario sobre el piso de la peluquería
parece inofensivo, allí, inerte como un despojo
el sol de la primera mañana
invade la vereda, atraviesa la puerta de vidrio
tiñe la portada con inoportuna belleza
pero ya no nos distrae
el estridente revuelo de cualquier clarinete;
tenemos certezas: el fusil automático está cargado
de inconfesables pero conocidas intenciones
las balas de pus con verosímiles difamaciones
revientan contra el papel obra torturado
los juglares del odio ya están afónicos
de tanta propagación de veneno
apoyados en el estratégico y extraordinario
enjambre de repetidoras,
enloquecen el corazón del peluquero
atrofian la subjetividad de la manicura
alimentan a nafta el miedo de la empleada
que enjuaga y barre el pelo
la psicosis de las clientas
la xenofobia del cadete que trae la ensalada.


mienten, destituyen
pero varios millones ya tenemos certezas;
ahí se engendra hoy
nuestro sagrado planeta de fuego
que asomará desde el río
siempre
pese a todo.

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Mi 24 de Marzo

En una unidad básica de Villa Lugano, un grupo de compañeros prepara una intervención callejera. Están sentados alrededor de una vieja mesa de madera y trabajan con tijeras, folios, tanza, cinta adhesiva, y los retratos de quince desaparecidos de su barrio. En cualquier otro momento estarían hablando unos con otros, de modo atropellado, incluso a los gritos. Pero hoy predomina el silencio. En parte porque acaban de almorzar unos sándwiches, y la digestión es lenta y pesada, pero más aún -creo yo- pesan las ausencias. Aunque ya hayan pasado cuarenta años. Los militantes populares de las fotos son jóvenes. Sus datos personales son estremecedores. Aparte de militar en distintas agrupaciones políticas, o tener militancia gremial en una fábrica, estudiaban, trabajaban, tenían parejas, hijos. Cientos de veces vimos sus bigotes y sus hebillas en las fotos en blanco y negro. Es la generación que se jugó hasta la propia vida por sus convicciones. Allá lejos, en los setenta.

Los militantes de la básica también son muy jóvenes. En su mayoría tienen entre veinte y treinta años. Algunos estudian en la facultad de ciencias sociales. Otros trabajaban en el Estado nacional hasta hace unos días. Algunos dan una mano en los comercios de sus padres. Otros van al gimnasio. La mayoría sufrió las consecuencias de la crisis del 2001 y se sumó a la militancia cuando perdimos a Néstor Kirchner. A Cristina también la llevan en el corazón, y hoy la extrañan con desesperación. Pero ahora terminan de anudar y depositar con delicadeza, dentro de un par de cajas, la hilera de fotos de los militantes que se chupó el terrorismo de Estado. Luego levantan una mesa, una sombrilla azul marino del Frente para la Victoria, un par de sillas de plástico, cierran la persiana de la básica y se dirigen casi sin hablar hacia el corazón comercial del barrio.


En el boulevard todavía se respira la quietud de la tarde. Falta un rato para que los vecinos salgan a darle una vuelta al perro. Los jóvenes aprovechan para cruzar la tanza, a la altura de la cabeza, entre una estatua que nadie mira y un árbol. Luego enganchan las fotos. Trabajan de modo creativo e incesante. Ya no hay modorra y están efusivos, como siempre. Los saluda un hombre de pelo negro que maneja un taxi. Otro que pasa caminando con el teléfono a la altura de la boca. Una jubilada frena unos minutos para hablar con una de las chicas. La instalación se puede apreciar desde cualquiera de las cuatro esquinas. Los jóvenes de aquellas viejas fotos en blanco y negro están desaparecidos. Cualquiera lo sabe. O lo intuye. Por ley, se aborda el tema en todas las escuelas del país. La imagen se completa con el grupo de jóvenes que están debajo de la sombrilla. Conversan, ríen, miran sus celulares. Son los militantes del barrio que, cuarenta años después, homenajean a los de las fotos con una actividad de las tantas que hacen todas las semanas. Son los mismos pibes que viven y militan en el barrio, que no aflojan, con las mismas armas que los de las fotos: las convicciones y el corazón.

**

Durante la semana, un par de docentes de la escuela pública de la ciudad, desde la Radio Gráfica, me entrevistaron al aire por ser hijo de desaparecidos. Lo primero que hice fue hacer la obligada distinción: Soy hijo de un asesinado y lo puedo ir a llorar al cementerio de Olivos. También conté que la vida me puso por delante un nuevo padre, que todavía conservo, y que tuve la fortuna de que junto a mi madre siempre me hayan dicho la verdad. Incluso la noche del 15 de noviembre de 1976, cuando ella se arrodilló frente a mí y me confesó la más dolorosa de las verdades. Luego relaté las peripecias de una infancia nada ordinaria y mi paso, ya de joven, por la agrupación H.I.J.O.S., en la que no solo me reconocí en mis pares, sino que aprendí a valorar la importancia que tiene la organización como un modo de entender y enfrentar la vida, por lo menos en la Argentina. Como lo hacen los entusiastas compañeros de la unidad básica, que tienen la noble aspiración de promover, hasta donde les de la fuerza, la grandeza de la Patria y la felicidad del pueblo.

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Presente

El presente continuo

Hay una diferencia esencial entre el kirchnerismo y el macrismo: la forma de abordar el presente cuando gobierna.


El kirchnerismo anunciaba de forma permanente medidas que -en general- favorecían a la gente. Las concretaba, le ponía nombre, ponía funcionarios y se abría la atención al público: jubilaciones, asignaciones, empleo joven, subsidios, vacunas, vuelos, trenes, Tecnopolis, Centros Culturales y la lista sigue hasta agotar.
El macrismo en cambio está todo el tiempo diciendo lo que va a venir, lo que alguna vez nos va a tocar si nos portamos bien: habrá producción, habrá empleo, habrá pobreza cero, habrá seguridad, habrá transparencia, habrá modernización. Como dijo hoy Axel K, van corriendo la zanahoria: sacan el cepo (no alcanza), hay que arreglar con los buitres (no va a alcanzar), después tocará el FMI. Y así. Mientras tanto decenas de miles de personas son echadas de sus trabajos, los derechos se van ahogando en un mar de incertidumbres y los hechos de violencia se reproducen.
Estás muy politizado
Cosas obvias y trilladas: la política es un mundo de símbolos y los medios de comunicación tienen más poder que miles de políticos con poder.

Ahora bien: ¿Dónde está el límite social? ¿Cuándo aparece el límite social? ¿Cuándo aparece la realidad?
Estos delincuentes, empobrecedores y violentos no pueden salirse con la suya. A tres meses de gobierno es más que claro que si les va bien a ellos nos va mal a todos.

Por eso tampoco se entiende el rol de ciertos políticos que supieron acompañar otras políticas. La sensación que tengo es que, otra vez, se alejan de la sociedad, como en los 90. Pero tiene sus razones.


El triunfo del macrismo fue también el triunfo de la despolitización. Ganaron los que batallan para que nadie se involucre. Con el verso de la modernización, y una gran política de marketin, nada se discute ni se debate. La política está al servicio de la gente, dicen, mientras en la agenda política solo se habla de pagar bonos que pocos argentinos tienen y que fueron adquiridos por buitres que se aprovechan de lo peor del sistema capitalista.
Ese marco genera que ciertos políticos vuelven a sentir que lo suyo es un oficio, no una responsabilidad, un trabajo específico y no un compromiso. En una Argentina que promueve que el pueblo no se politice, la política -piensan algunos- queda para los políticos y aparece lo peor de ellos. Esos "políticos" se empiezan a entender con "los políticos" y no con el pueblo, apoyándose en falsas encuestas donde vale lo mismo la ropa de Awada que el trabajo de los argentinos. Ojala paguen socialmente el daño que están haciendo. El tiempo es sabio y la paciencia sabia.

Bancamos al bloque del FPV que tiene una posición ideológica, consecuente, una decisión política, no de "políticos", sino de militantes políticos, una decisión sostenida en un programa de ideas, valores y principios y pensando en las consecuencias para el pueblo y no en las consecuencias para sus carreras políticas.








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Inyecciones de encanto (2)


Tuvimos que refugiarnos del sol bajo la sombra de uno de los árboles del parque de una de las exclusivas casas cuyos fondos desembocaban en la playa. En el jardín de al lado, los adultos de por lo menos dos familias de argentinos se aprestaban a prender el fuego de lo que presumimos sería un asado. Un rato más tarde, un poco por hambre, otro poco porque el calor nos estaba aniquilando, caminamos hasta la zona del centro y nos acomodamos en un pequeño restaurant con vista al mar y a la iglesia incrustada en el morro, en el que comimos una porción de rabas, papas fritas y una cerveza helada por trescientos pesos argentinos. En un plasma que estaba en el interior del comercio, pasaban un especial de capoeira bahiana que me conectó con otro viaje que realicé a Río de Janeiro en 2001. Cuando a eso de las cuatro de la tarde regresamos a la playa, decidimos dejarnos caer sobre unas sillas de plástico, y bajo la sombra de una sombrilla, pertenecientes a un bar de despacho de cervezas y licuados que funcionaba sobre una casa rodante, a pocos metros de la arena, en dirección a la costanera. Se pueden quedar, no hay problema, nos dijo uno de los camareros, en malla y con lentes para el sol, cuando vio en nuestras caras gringas las muecas de incertidumbre. Si quieren consumir algo, nos avisan. Tudo bom. Genial. Eso hicimos, un rato después. Entonces leímos algunas páginas de nuestros libros. Rocío, La revolución en bicicleta, de Mempo Giardinelli. Yo, Jefazo, la biografía de Martín Sivak sobre el compañero Evo Morales.

El doctor Eric Sabatini Regueira no debía tener más de treinta años. Era alto, flaco y en el bolsillo superior de su delantal blanco llevaba colgada una lapicera. El consultorio era pequeño y solo contaba con un escritorio, un par de sillas de plástico, una computadora, un mueblecito con puerta de vidrio y una camilla. Hablaba un perfecto portuñol. Nos pidió que le contemos por qué estábamos ahí. Eso hice, con un portuñol defectuoso. Sobre el final le pedí que me inyecten. Tomó algunas notas con el teclado y luego me pidió que me acostase en la camilla. Me hizo hacer algunos movimientos con las piernas y me realizó nuevas preguntas. Su tono cordial y su perfecta pronunciación delataban que el joven era hijo de una clase media que, hay que decirlo, el Peté de Lula y Dilma viene ensanchando de modo notable desde el 2002. Nos recetó tres medicamentos inyectables y nos envió a esperar a otra sala. Estaba tan aliviado que lo hubiese abrazado, pero me contuve y a cambio volvimos a darnos un apretón de manos. Lo mismo hizo con Rocío, en cuyo rostro tostado comenzaba a reestablecerse, por fin, su dulce semblante.

Contra las paredes –ahora sí algo descascaradas- de la sala de extracciones de sangre había acomodadas dos hileras de cuatro sillones reclinables de cuerina negra, con grandes apoya brazos y un perchero de metal para colgar suero o cualquier otra medicación. Me desparramé en uno y la invité a Rocío a que hiciese lo mismo, enfrente. Ella es tan respetuosa y ubicada. No quería. Insistí. Entonces se sentó. Nos miramos, sonreímos. A punto de por fin ser inyectado, supimos que a pesar de los inconvenientes, lejos de casa, estábamos en la antesala de la vuelta a la normalidad. Lo mismo con el auto, suponíamos. Aparte, no estaba nada mal que nuestras primeras vacaciones juntos tuviesen un capítulo alarmante para narrarle a los amigos y a la familia mientras mirásemos fotos en un living. De repente una enfermera ingresó a la sala. Tenía unos cincuenta años, delantal verde, una cofia del mismo color sobre el pelo y cara de pueblerina. En la mano traía una bandejita de plata. Me saludó y preguntó si yo era el del dolor en la cintura. Me ató una goma en el bíceps derecho y después de buscarme la vena la pinchó con una pequeña agujita. Sería por ahí, que a lo largo de unos cinco minutos, me introduciría tres remedios inyectables, uno detrás del otro. No sería un pinchazo en la nalga, entonces, sino a través de un sistema tipo transfusión de sangre. ¿No viene el garapobense al hospital del pueblo?, dije. Está trabajando, contestó ella. Pero cada tanto se enferma, como cualquier cristiano, agregué. No, acá se trabaja toda la temporada y luego se viene al hospital, dijo ella. Me puso un algodón sobre el punto rojo en que había entrado la aguja, luego una cinta, y me dijo que descansase otros cinco minutos antes de partir. Le conté que estábamos muy agradecidos con ella y con todo el sistema de salud pública brasileña. Sonrió. Alguna fibra del orgullo nacional le había tocado. Luego nos saludó y se retiró de la sala.

El taller ya estaba cerrado pero nuestro Gol estaba estacionado, en marcha, en la entrada de la casa de la parte delantera del terreno. Le preguntamos por Carlos a un hombre que vestía pantalones cortos y un par de viejas Havaianas y que estaba apoyado contra la pared de una casa. Nos señaló la vivienda del fondo del terreno. Cuando pasé a su lado, el hombre me miró con ojos extraviados, como si mirase sin ver. Aplaudí en la base de la escalera que ascendía a la casa del mecánico. Se asomó su hijo de doce años, de simpáticos rulos ensortijados, vivaracho, pícarón, que el día anterior mientras me mostraba con orgullo y junto a dos amigos el fondo del taller del padre, contó de modo atropellado que la semana anterior, una noche de mucho calor, había surfeado unas olas a eso de las doce de la noche. Mi papá está hablando por teléfono, me avisó. El motor del auto, a mis espaldas, ronroneaba con suavidad, sin chirridos. Ya eran más de la una de la tarde y teníamos que manejar setecientos kilómetros hasta Sao Gabriel, a mitad de camino hacia casa. Carlos bajó con el teléfono en la mano. No debía tener más de cuarenta y cinco años. Hacía quince años que estaba en Brasil, y ocho en Garopaba. Su mujer estaba embarazada. El día anterior había ponderado la calidad de vida de aquellos parajes de gente tranquila y un mar precioso. No nos quiso cobrar un peso. Le volvimos a agradecer tanta humanidad. Nos deseó buen viaje y nos saludó desde el la puerta de su hogar con la palma de la mano engrasada.

Aquel caluroso mediodía del 31 de enero, cuando finalmente emprendimos la larga vuelta a casa, Rocío manejó los cuatrocientos kilómetros de la imponente autopista BR 101 que nos llevó hasta Porto Alegre. Maniobró bajo la lluvia por sinuosas subidas y bajadas, por arriba y por dentro de los morros. Cebé mate, preparé sándwiches y puse canciones tal cual había hecho ella durante la ida. A nuestros costados, la imponente industria brasileña se expresaba en la vastedad de cementeras, automotrices, fabricas, centros comerciales y un sin fin de estaciones de servicios.

A la noche cenamos en la plaza del pueblo agropecuario de Sao Gabriel, en diagonal a la esquina en la decenas de vecinos ensayaban las sambas que cantarían y bailarían durante casi una semana, unos días después, en el mundialmente conocido carnaval brasileño. Luego, dormimos en una casa de familia encabezada por una vieja mujer negra que vivía de la crianza de abejas y que escuchaba reggae en un celular. Al otro día, ya en la frontera, compramos un juego de cubiertos Tramontina, y un rato después, por fin, agarramos la renovada ruta nacional número 14, y emprendimos, ahora sí, la recta final hacia casa. Sabíamos que nos esperaba una durísima y nueva realidad. Pero nos teníamos a nosotros, y los recuerdos todavía nítidos de nuestras primeras vacaciones.

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Inyecciones de encanto (1)


Eran las once de la mañana del domingo 31 de enero y el cielo de Garopaba estaba cubierto por una irregular capa de nubes. El aire estaba húmedo, espeso, y la calle lucía casi desierta porque los pescadores, empleados públicos, bancarios y algunos comerciantes estaban descansando en sus hogares, o en la playa, junto a los cientos de turistas brasileños y argentinos que por aquellas horas colmaban la oferta de posadas, casas, departamentos y hasta el camping municipal.

Nosotros veníamos de dejarle el Gol a un mecánico argentino y ahora nos dirigíamos hacia el pequeño centro de la ciudad, por una calle sin vereda, con la intención de encontrar una clínica en la que me diesen una inyección. Pero doscientos metros más adelante tuvimos que detener el paso. No podía caminar más. Era un puntazo detrás de otro. Para colmo un constante cosquilleo me bajaba de la cintura a las piernas. Rocío, mi gran heroína, dijo: Allá hay una farmacia. Les voy a preguntar si te pueden inyectar ahí. Sino, llamamos al teléfono del seguro médico o buscamos un hospital. ¿Te parece?, le dije. Sí.¿Te vas a arreglar con el portugués?, le tiré un poco en serio y un poco en chiste, para bajar el nivel de angustia que sufríamos por aquellas horas. Ella se acercó hasta la base de cemento en el que me había apoyado, me dio un beso, y partió. Tenía el pelo tan largo que al bailotearle sobre la espalda casi le rozaba el pantaloncito de jeans.

Un rato antes habíamos estacionado en la puerta del taller de Carlos, el mecánico. La persiana estaba cerrada pero desde adentro llegaba el sonido de una moladora, o herramienta similar. Le golpeamos la persiana. Enfrente, la vista era inmejorable: amplios y poco poblados terrenos coronados por una cadena de morros abarrotados de selva. Cuando apareció, y nos vio, el argentino sólo atinó a hacer un movimiento ascendente con las pestañas. Volvió a aparecer el ruido, le conté. Ayer a la noche, en medio de la tormenta y camino a Ferrugem, expliqué. Me pidió que abra el capó. Se inclinó sobre el motor. El chirrido se escuchaba con desesperante claridad. Era la correa. No la de distribución, sino la que está a la vista, y que por alguna razón seguía raspando sus dientes contra el borde de una pieza. No la que él mismo había cambiado el día anterior –del tamaño y la forma de un viejo tubo de teléfono, trabajo por el que nos había cobrado 2.500 pesos argentinos-, sino otra. La que ahora trataba de identificar, serio como perro en bote, con el seño fruncido y las manos apoyadas en la carrocería. Luego de un larguísimo minuto y medio en silencio, señaló la pieza defectuosa con su dedo índice -lleno de cortes y de grasa-, y dijo: Es ésa. Hay que reacomodarla, quizá limarla un poco. Se podrá arreglar ahora, pregunté. Y le conté que nuestra idea era emprender la vuelta a la Argentina esa misma mañana del domingo. No lo demostró con palabras pero el malestar se le manifestó con un perceptible gesto que le endureció la boca. Por favor, rogué por dentro. El día anterior Carlos había mostrado un enorme gesto de grandeza. Le teníamos toda la fe. Volvé en dos horas, dijo.

El puesto de salud municipal estaba frente a la plaza del pueblo. Era de una sola planta, modesto. Ingresamos ya casi rengueando por un pasillo que nos depositó en una sala de espera silenciosa, recién pintada de blanco, en la que había un par hileras de asientos de plástico azul frente a una pared que tenía empotrado un plasma apagado. No había ni un solo papel en el piso y el ambiente olía a limpio. Luego de unos instantes de estar pie, desandé el camino de ingreso y me topé con una oficinita en la que una administrativa me pidió con desgano algunos datos personales. Luego me dijo que esperase en la sala, que me llamarían por mi nombre. Recién cuando nos sentamos frente al plasma apagado volvió a amainar un poco el dolor de la cintura. No así el temor de sentir, ante el mínimo movimiento, el aguijonazo que me dejaría en el piso, a los gritos, como una animal herido de muerte, como me había pasado una vez en 2015 y otra en 2014. Perturbaciones que solo se calmarían cuando me inyectaron un potente relajante muscular. Un traumatólogo de la cartilla de mi obra social estatal, luego de hacerme estudios, me diagnosticó una pequeña hernia en un disco inferior de la columna vertebral y me recetó una docena de sesiones de kinesología. Pero ahora estaba en manos del sistema de salud pública de un colorido pueblo del Estado de Santa Catarina, al sur de nuestro gigante hermano mayor. Rocío habrá detectado en mi mirada el vuelo de los buitres, y me agarró la mano. Ahora nada malo me podía ocurrir.

El día anterior habíamos estado en la playa de Garopaba entre las doce del mediodía y las seis y media de la tarde, mientras Carlos arreglaba el problema del chirrido que al final no solucionó. Pero mágicamente la impotencia y frustración comenzaron a diluirse con el encanto de la playa. El día estaba espléndido. A treinta metros de la costa, en cuclillas y con el agua hasta el cuello, Rocío y yo gozábamos de un mar manso, sin grandes olas ni agitadas alfombras de espuma. Es por la marcada forma de herradura que tiene la bahía, dijo ella. Claro, por eso habrá sido que acá se instalaron los primeros pobladores de toda la zona, dije yo. El cielo estaba limpio y el sol, radiante. Apreciábamos nuestras rodillas debajo del agua clara. Primero los indios y más tarde los conquistadores, no, pregunté yo, ya con claro tono jocoso. Muy probablemente, sí, contestó ella, con una leve pero ya evidente sonrisa entre los labios. Hablamos de antes o después de que la familia real portuguesa se instale en Río de Janeiro, chicaneé. No te puedo dar esa información, cerró, antes de desatar una sonrisa por completo y acercarse hacia mi cuerpo con los ojos bien abiertos para fundirnos en un sensual abrazo que terminó en besos. Luego torcimos nuestra posición hacia la derecha, siempre debajo del agua, para apreciar la antigua iglesia que emergía del mato, a unos mil metros de distancia. Un triste e indiscutido símbolo del despojo europeo, pensamos en simultáneo. A sus pies se desparramaba la parte histórica del pueblo, colorida, pintoresca, apíñada, en la que vivían los pescadores, en su mayoría humildes, muchos de ellos negros y mulatos. Nos pusimos de pie y con el agua hasta la cintura volvimos a girar, ahora en dirección a la playa, en la que habían quedado nuestra mochila, termo y libros. Las familias estaban amontonadas en un espacio mucho menos reducido que las otras playas de la zona, pero no importaba. Rocío estaba encantada porque el agua por fin era mansa. La fiesta ya no era solo de los surfistas.

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cuando un periodista llena una plaza



Foto: Pablo Piovano

cuántos periodistas convocan multitudes
cuántos despiertan fervor
cuántos contagian cariño
cuántos informan con honestidad
cuántos ofrecen información útil
cuántos son tan democráticos
cuántos comunican siempre al calor de sus convicciones
cuántos honran su profesión con el corazón en la boca
cuántos están dispuestos a horadar hasta sus propios intereses
cuántos susurran o escupen la más bella de las poesías
cuántos escriben libros que tenemos en la biblioteca
cuántos relataron goles inverosímiles de nuestro acervo nacional
cuántos pueden caminar una villa
cuántos firman autógrafos en las calles
cuántos se pueden fotografiar junto a militantes, dirigentes, estudiantes, comerciantes, científicos y jubilados
cuántos son respetados y abrazos por las madres y las abuelas
cuántos reciben llamados presidenciales para ofrecerle explicaciones
cuántos son mencionados por jefas de estado en actos populares multitudinarios
cuántos son acompañados de modo masivo a una mediación con el diablo
cuántos motivan el más sentido y emotivo de los aplausos
cuántos soportan el feroz hostigamiento mafioso
cuántos reciben insultos de la cobarde intolerancia
cuántos a pesar de todo siguen combatiendo con la palabra al bestial enemigo
cuántos periodistas llenan plazas

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Empezó floja la temporada

La opinión de los trabajadores es unánime: la temporada es floja. En algunos casos, muy floja. Hablamos de la costa atlántica. De villa Gesell, Mar del Plata y Santa Clara del Mar, por ejemplo, balnearios en los que estamos parando o por los que hemos pasado por distintas razones durante los últimos días. Las expresiones de resignación, y en algunos casos de fastidio, provienen de hombres y mujeres que se ganan el mango en la playa y en los rubros de la gastronomía u hotelería. Carperos, churreros, chocleros, pancheros, ciudacoches, guardavidas, agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense con chomba y pantalón corto que realizan tareas de prevención en la playa, mozos, y empleados y encargados de casas de ropa, hosterías y hasta balnearios. 

Todos nos contaron que las últimas temporadas habían sido muy buenas, y que durante la primera quincena de enero el turista había colapsado hasta la última mesa de una pizzería de la periferia del centro. Hacía varios años que todos estaban acostumbrados a llegar con grandes expectativas al verano. Pero ahora algo cambió. Muchos de los veraneantes que no están acá se fueron a otros destinos más económicos, o convenientes, como las playas del sur de Brasil. Claro, no sufren el azote sistemático del viento, vuelven a suspirar ante la belleza de los morros y les sale más o menos lo mismo que acá, donde te cobran precios exorbitantes para alquilar un sucucho de dos ambientes o alquilar una sombrilla. Otros se quedaron en casa, preocupados, desorientados, angustiados, ya que las perspectivas no son nada prometedoras. Y también están los nuevos desocupados, que ya rozan los quince mil, y que quizá en gran parte hoy estarían alquilando algo en el sur de Gesell y gastando su aguinaldo en un panqueque de Carlitos. 


Cambiemos, nos dijeron. Muchos compraron. Duele en el alma porque habíamos logrado edificar un modelo de país que, con sus deficiencias, incluía a la gran mayoría. Por eso explotaba de turistas Villa Gesell, y desde el propietario de las canchas de fútbol cinco más chetas de la villa hasta el churrero más escéptico del tradicional El Topo, estaban conformes. Con alguna queja circunstancial, claro. Hasta justificada. Pero ahora las imágenes que capturamos con nuestros ojos durante las vacaciones remiten a otros momentos de nuestra historia. Los de siempre, desde que tenemos memoria. Menos esperanzadores. Ojalá nos equivocásemos.

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El pueblo en la playa



Los empoderados con los derechos que sembró el Proyecto Nacional que gobernó la Argentina durante los últimos doce años siguen ganando el espacio público. Primero fue en el parque Centenario, luego en Saavedra, y ahora fue el turno de una playa geselina, en la costa atlántica bonaerense. 

Los oradores –Héctor Recalde y Martín Sabbatella- se pararon de cara al mar, sobre los médanos, y los empoderados sobre la arena. Más de dos mil hombres, mujeres y chicos que se hicieron un rato de sus vacaciones para juntarse a escuchar a los dirigentes kirchneristas, aplaudir, cantar, emocionarse y volver a confirmar que el único modo de resistir el avasallamiento institucional de Cambiemos es ése: espalda con espalda junto al compañero de al lado, levantando banderas, promoviendo la organización política.

Recalde, titular del bloque de diputados del Frente para la Victoria, vecino de la villa, ponderó que en todas las plazas del país los vecinos se estén juntando para gritar bien fuerte que ningún trasnochado va a quitarle los derechos que conquistaron durante los últimos años, y afirmó que Cambiemos está avasallando la constitución con una impunidad nunca vista. “Tenemos que estar muy atentos y organizados”, avisó.

El viento había sacudido durante todo el día la arena de la playa. Los pocos valientes y tercos turistas que decidieron quedarse en la arena se protegieron con sombrillas, carpas de nylon y hasta kayaks dados vuelta. Pero un rato antes de que comience el acto, no solo paró el viento sino que el cielo comenzó a limpiarse de nubes. 







Sabbatella, orador principal del encuentro, arrancó su intervención con una fuerte defensa de la identidad colectiva de millones de empoderados. Recordó que “nos une el proyecto nacional que fundó Néstor Kirchner en el 2003, cuando nació un nuevo momento histórico”, subrayó que el kirchnerismo “es el representante de los intereses de las mayorías” y que “nació para quedarse”. Afirmó que “no hay nada más transformador que un kirchnerista” y avisó que “estamos más vivos que nunca”.

Luego de celebrar los encuentros que miles de vecinos están realizando en espacios públicos de todo el país, realizó una férrea defensa de la ley de medios de la democracia que lo tuvo siempre como artífice principal de su implementación, en especial, desde la gestión del AFSCA. Con respecto a la intervención del organismo que ordenase el Poder Ejecutivo, aseguró que “lo que están haciendo es pagarle favores a los grupos exportadores y a Clarín”, y que “lo que buscan con sus decretos de necesidad y urgencia, de espaldas al pueblo, es que Magnetto vuelva a tener la hegemonía de la palabra”.

También recordó que “hay una parte del Partido Judicial que opera contra la democracia junto a los grupos concentrados”. 






Entre los médanos había banderas y remeras de agrupaciones como Nuevo Encuentro y La Cámpora. También de la Confederación de Trabajadores de la Argentina (CTA). Y en especial, la que se recortaba contra el mar argentino era la celeste y blanca. Los turistas, en la playa, que durante las últimas horas llegaron al balneario de a decenas de miles, caminaban de la mano por la orilla, le pegaban a una pelota, barrenaban una ola.

“Lo que nos une son los doce años de gobierno de kirchnerismo porque no entendemos la felicidad sino la compartimos con el otro”, dijo Sabbatella, ya para cerrar, porque como “como dijo Cristina, la Patria es el Otro”. Los empoderados se rompían las manos. La cortina de aplausos ya estaba tapando el precario pero fiel sonido que había montado la organización del acto. “No vamos a permitir que nos quiten la esperanza ni el futuro”, avisó, ya a los gritos. “Nos comprometemos desde Villa Gesell a no bajar los brazos”.

Luego de que desde el escenario mencionase la presencia de la diputada nacional Nilda Garré, el abogado y periodista Pablo Llonto, y se agradeciese el aporte del intendente electo de la villa, Gustavo Barreda (del FPV), llegó el turno de la entonación del himno nacional.

Se trató de un momento de profunda emotividad colectiva. En la playa. Con lágrimas en los ojos. Abrazados a los hijos. Con la nostalgia por los años felices en el nudo de la garganta, pero también con la férrea decisión de defender lo conquistado en las lágrimas que caían de los ojos, en una tarde ya definitivamente limpia y soleada.

El grito colectivo emergió solo y se desparramó por la playa para el que quisiese oir, mientras un churrero de la villa se tocaba el corazón con la mano derecha y la izquierda se elevaba hacia el cielo con los dedos en V. “Oh, vamos a volver”.


Las fotos son de Natalia Bordesio.

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Manu y Santino Dios