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Pases en tiempos de desempleo

Luego de trotar sin ningún apuro durante unos veinte minutos, Carlos se puso a hacer ejercicios aeróbicos en un claro del borde oeste del Parque Saavedra, a pocos metros de la garita de la Policía Metropolitana. Siempre realiza la misma rutina. Mientras tenía trabajo, salía a mover las piernas y cambiar el aire cuando ya el sol se había escondido detrás de la avenida General Paz. Ahora que está desempleado, aprovecha la luminosidad de las mañanas. Al muchacho de la pelota nunca antes lo había visto. Tenía puestos botines, pantalones cortos de la selección nacional y una campera. También una bufanda agarrada al cuello. Carlos se tentó. Hacía por lo menos dos años que había dejado de ir a jugar a la canchita de fútbol 5 con amigos, luego de que el médico le recomendase evitar cambios de ritmo bruscos. “Disculpame, ¿da para hacer unos pases?”, le dijo al muchacho. “Sí, claro”, dijo el otro, con algo de sorpresa. “¿Estás esperando a alguien?”. “No”. Entonces tomaron una prudente distancia y a lo largo de unos quince minutos se dedicaron a pasarse la pelota de un lado al otro. Con la pierna derecha, con la izquierda, a ras del césped, a media altura. Con el revés del pié y de puntín. También intercambiaron algunos pases de arquero, luego de enviar la pelota hacia arriba con el brazo. Recién volvieron a cruzar unas palabras cuando Carlos decidió que era hora de ir a casa.

- Gracias por dejarme patear un poco la pelota, che – le dice Carlos al muchacho, y le estrecha la mano (que notó llena de durezas, rasposa).
- De nada. Soy Marcelo.
- Linda mañana para quemar un poco de grasa.
- Linda, sí. Yo no venía hacía un montón.
- Yo tampoco. Vine mucho en otro momento, con mi hijo, a jugar a la pelota, justamente – dice Carlos, mientras sonríe y eleva las cejas.
- ¿Juega en algún lado?
- Sí, en All Boys de Saavedra.
Silencio.
- ¿Vos tenés hijos?
- No.
- Hoy vine a la mañana porque ando con tiempo. Me echaron del laburo – larga Carlos.
- No me digas. A mí también –dice Marcelo, con los ojos abiertos como platos.
- Cambiamos –ironiza Carlos, con algo de alivio en el pecho, ya que tenía la imperiosa necesidad de compartir y contagiar su veneno.
- Yo laburaba en una fábrica de sodas, acá en Adelina – dice el muchacho, y señala con su brazo izquierdo hacia la gran torre de cristal que se erige a metros del centro comercial DOT.
- Somos dos, entonces.
- ¿Vos dónde estabas?
- En el Estado –cuenta Carlos.
- ¿Es cierto que los otros se la choreaban toda?
- Para mí no. Los medios los odian porque tuvieron los huevos de enfrentarlos.
- Ahora con todo lo que está pasando tienen el culo cerrado.
Otro silencio.
- Yo no voy a volver a vivir lo del 2001 –advierte Marcelo. Un gesto duro y frío le gana la cara.
- ¿Qué te pasó?
- Me echaron del laburo y estuve más de un año como el orto. Tuve que venir al parque a vender ropa y una vajilla de mi vieja.
- Fue tremendo. Me acuerdo.
- En el último mes fui a dos entrevistas de laburo y los dos me dijeron que había que esperar que se reactive la cosa.
- Yo creo que esto va de mal en peor. Eso es lo más preocupante.
- Me llegaron las facturas de gas y electricidad. No las puedo pagar.
- No se pagarán.
- Que me chupen la pija –dispara Marcelo-. - Si tuviera hijos, y no tengo para darles para morfar, salgo a chorear. Te lo juro –dice. En el cuello le asoma una vena.
- ¿Vivís con alguien?
- Estoy solo.
- Habrá que aguantar los trapos.
- Ya me junté con un par de compañeros para pensar qué hacemos.
- Una buena es ir a ver a agrupación política del barrio. Hay unas cuantas.
- No creo. Lo nuestro va por otro lado.
- También hay organizaciones vecinales. Ayer cortaron Balbín para protestar por la construcción de un túnel que quiere hacer Larreta.
- Estamos pensando en otras opciones.
Un nuevo silencio gana la conversación. Ya es hora de irse.
- No voy a volver a pasar hambre – repite Marcelo, que ahora se pone a hacer jueguitos con la pelota.
- Estoy de acuerdo, pero no es recomendable morfársela solo.
- En eso estamos- dice, y le pega una sablazo a la pelota con la pierna derecha. La redonda -algo desinflada, de marca dudosa- se eleva unos quince metros, con tanta mala suerte que queda enganchada en una rama de un pino.
- No te la puedo creer -dice Marcelo.
Luego de levantar un par de piedras de un montículo de tierra que hay al pie de otro árbol, ambos se ponen a tirarle al blanco. Uno, dos, diez intentos. No se destacan por la puntería. Marcelo bufa. Putea en voz baja. Por primera vez se saca la campera. Lleva puesta una camiseta blanca gastada, sucia.
Pasan más de cinco minutos.
- Me tengo que ir, Capo. Disculpame -dice Carlos, que ya tiene helado el cuerpo.
- Andá tranquilo -dice Marcelo, con la cara transpirada y la respiración agitada.
Se estrechan las manos.
- Cuidate –le dice Carlos.
- Vos también.
Luego de caminar unos cincuenta metros, Carlos se da vuelta. Marcelo sigue tirando cascostes hacia la copa del árbol. A su lado hay dos hombres, que aparentemente se sumaron a la cruzada.

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"Pitu, estás hasta las manos, tu causa la tiene Bonadío"


La noche del 20 de junio último pasado, el Pitu ascendió a la terraza de su casa de la villa 15. Solo. Roto. Para consumir pasta base. Como tantas otras veces que la frustración lo acorrala. Dos hechos lo estaban ahogando. La Alianza Cambiemos está desmantelando las políticas sociales que el gobierno anterior había diseminado en los barrios en los que milita junto a sus compañeros, con las previsibles consecuencias que eso detona sobre los villeros. Y por esas horas se celebraba el Día del Padre. Un día horrendo que le remueve los fantasmas de un pasado doloroso ya que el suyo estuvo preso tres cuartas partes de su vida. El demonio que lo aterroriza desde que se convirtió en un adulto a sus quince años es que sus hijos sufran la ausencia de su padre como le sucedió a él. Los dos más grandes sí tuvieron que pasar por la misma experiencia, mientras él estuvo privado de su libertad. Pero no la más chiquita, que ahora tiene seis años. Kiara. Ella no, por Dios.

Su esposa lo enganchó ahí arriba. A sus pies se expandía gran parte de los techos de material y chapa en los que viven hacinados más de treinta mil personas. Hacía frío y el esqueleto del Elefante Blanco lucía tan espantoso como siempre. Le pidió que se fuese, que esa recaída era imperdonable luego del esfuerzo que todos allí habían hecho para acompañarlo contra su adicción, cuando Alejandro un año atrás se había puesto en manos de los profesionales del Cenareso y más tarde de una psicóloga. Se metió en el coche y se fue. A las pocas cuadras lo detuvo un patrullero. Le encontraron la droga. Se preocupó, se molestó, el pozo ganaba profundidad. Pero faltaba caer mucho más hondo. En la comisaría, apenas lo vio entrar, un oficial le dijo: “Pitu, estás hasta las manos, tu causa la tiene Bonadío”.

Alejandro Salvatierra está detenido hace más de veinte días en una unidad penitenciaria federal de la localidad bonaerense de Ezeiza. Ni él, ni sus familiares, amigos y compañeros lo dudan: se trata de un denso problema de consumo personal que el Ministerio de Seguridad de la Nación, en alianza con sectores del poder judicial y el poder mediático, aprovecharon para profundizar su campaña de criminalización y persecución de dirigentes y militantes kirchneristas. Bonadío le imputó la figura de “Tenencia simple”, uno de los tres tipos que prevé la ley de Drogas número 23.737. Ahora es la Sala 2 de la Cámara del Fuero Criminal y Correccional Federal la que debe decidir Salvatierra recupera si libertad, un derecho que sin duda no hubiese sido cercenado si en su documento tuviese una dirección del barrio de Palermo. Para algunos sectores del poder público y fáctico la figura de Salvatierra representa el hecho maldito del peronismo y su incansable promoción de la movilidad ascendente y la justicia social. Una de las facetas más recalcitrantes, justamente, del kirchnerismo.

Salvatierra saltó a la fama durante la dramática toma de tierras del parque Indoamericano, en el barrio de Villa Soldati, en la comuna 8 del sur de la Ciudad de Buenos Aires, luego de hacerse cargo frente a las cámaras de televisión, con gorra y ropa deportiva, de gran parte de las demandas que los ocupantes le tiraban por la cabeza al Estado porteño y al nacional, en aquel momento a cargo de Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner. El primero les echaría la culpa a los inmigrantes. La segunda se haría cargo del problema y pensaría e instrumentaría una solución.

El Pitu habló en nombre de los ocupantes, en el cierre del conflicto, en la sala de prensa de la Casa Rosada, en directo y para todo el país. Los medios de comunicación masiva lo estigmatizaron por su pasado delictivo y por ser villero y kirchnerista. Los foristas de La Nación, Perfil e Infobae se hicieron una fiesta bacanal con su figura. Unos días después, CFK dispuso la creación del Ministerio de Seguridad. Con el paso del tiempo, en varias notas y entrevistas periodísticas, él haría pública su historia familiar, las adicciones, la delincuencia, la cárcel y la posibilidad que tuvo de redimirse al recuperar la libertad en 2008 y encontrarse con un país gobernado por un proyecto político que lo por primera vez en la vida de toda su familia, los incluía.

Alejandro accedió a su primer trabajo registrado por medio de las Madres de Plaza de Mayo, en la Ciudad Oculta, que estaban construyendo viviendas junto a los vecinos por medio de la más tarde denunciada Fundación Sueños Compartidos. Venía de cumplir una condena de más de siete años en un penal bonaerense, en la que se abrazó a la causa evangelista, que allí adentro ejercía una notable influencia entre los presos y el Servicio Penitenciario Bonaerense. Fue allí “en la sombra” que se casó con su compañera y madre de tres hijos, que terminó sus estudios secundarios y que leyó literatura política junto a dos profesores que lo apadrinaron ni bien le pescaron sus condiciones.

Antes, durante su adolescencia, había sufrido junto a su familia las consecuencias del modelo económico neoliberal que derivo en la crisis del 2001, en su barrio. Pasaron hambre, frío y la desesperación de no contar con un lugar para vivir. Fue por esos días que empezó a consumir y a delinquir. Más de una vez dijo que no se justificaba, pero sí que se auto entendía. Años más tarde, luego de acomodarse por la oportunidad que le dieron las Madres, comenzó a legitimar una referencia en el territorio por medio del trabajo social que realizaba junto a su esposa y algunos compañeros. Después del episodio del Indoamericano se enarboló en la causa villera. Nunca más paró. Militó en varias agrupaciones kirchneristas hasta llegar a conducir el frente de villas del agrupamiento político Unidos y Organizados. Su referencia más importante es la del Padre Carlos Mugica, y no por haber nacido en el mismo hospital Salaberry del barrio de Mataderos en el que había dejado de latir el corazón del padre villero, sino, seguramente, por la tenacidad, la fortaleza de levantarse una y otra vez contra sus adicciones y también contra la desigualdad, que ahora con Mauricio Macri y sus socios en la Rosada vuelve a sus niveles históricos.

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Los cinco mitos del PRO en materia de política exterior




El jueves pasado el Instituto Patria organizó su charla número doce, a salón lleno, como todos los encuentros anteriores, para debatir acerca del rumbo que está dándole la Alianza Cambiemos a su política exterior. Ninguna sorpresa, en realidad, aunque sí vale la pena puntear algunos detalles de la intervención de Juan Manuel Karg, politólogo de la UBA y analista internacional, que habló de “los cinco mitos del PRO con respecto a la política exterior”. Yo hubiese titulado “las cinco mentiras del PRO”, porque eso hacen sus funcionarios y dirigentes de modo sistemático: mentir. Pero estaba sentado entre el público y no en el panel. Repasemos.

Lo primero que citó el joven Karg fue aquello que el PRO y los radicales sostuvieron hasta el hartazgo frente a las cámaras y micrófonos de los grandes medios de comunicación amigos: la Argentina debía volver al mundo y retomar sus vínculos tradicionales con los Estados Unidos y la Unión Europea. El panelista punteó los siguientes hechos: todavía en campaña y recién asumido, Macri se metió en la interna de la política venezolana y acudió al miserable latiguillo del respeto a los derechos humanos; su primera visita internacional fue al Foro Económico Mundial de Davos, luego de catorce años de ausencia oficial, y allí se juntó con el primer ministro inglés, David Cameron; se le pagó a los Fondos Buitres y se recibió una pomposa felicitación de parte de Paul Singer; recibimos a Obama con una cena de gala en Centro Cultural Kirchner; hace unos días el primer mandatario visitó a Juan Manuel Santos, en Colombia, en el marco del acercamiento a la Alianza del Pacífico, y aparte se juntó con Álvaro Uribe Vélez, el ex presidente de estrechos vínculos con los paramilitares que está acusado por delitos de lesa humanidad; Macri recibió en Casa de Gobierno a Sebastián Piñera y y al golpista venezolano Henrique Capriles; por último, Macri envió su apoyo a Mariano Rajoy para las elecciones españoles de días pasados. Ahí tenemos un fresco de la vuelta al mundo de la Argentina para el Gobierno nacional.

El segundo mito mencionado fue “desideologizar la política exterior”. En el Patria hubo risas y lamentos. No se conoce la opinión de Macri acerca de la Unasur ya que nunca dijo una palabra al respecto; tampoco hubo un pronunciamiento acerca del pedido que hiciese la Argentina para ingresar a los Bricks, “los países emergentes que mueven al mundo”, según Karg, y citó los siguientes hechos para graficar el mito: el hundimiento de un pesquero chino, la salida del canal de televisión rusa que inauguró Cristina y el inmediato reconocimiento oficial de parte de la canciller Susana Malcorra para el gobierno de Michelle Temer, en Brasil, mientras atravesaba un escándalo institucional de escalas planetarias. Otro fresco. Otra mentira.

El tercer mito dice que “las economías de los países del pacífico son el ejemplo a seguir”. Juan Manuel se hizo una fiesta, pero los que llenábamos el cálido auditorio del Patria sentimos cómo nos crecía un nudo en la boca del estómago. El economista dijo que el crecimiento del PBI de México, Colombia, Perú y Chile son muy parecidos a los de los países que conforman el otro bloque de la región, el Mercosur. Pero que no sucede lo mismo con la distribución del ingreso. La desigualdad, por supuesto, se acrecienta de modo notable en el primer grupo de países. Allí no tienen el nivel de organización política ni sindical que tienen nuestros países de la región, “no hay asignación universal por hijo como en la Argentina, no hay plan Bolsa Familia como en Brasil, no hay misiones sociales como en Venezuela, no hay bonos Juancito Pinto y Juana Azurduy como en Bolivia ni Escuelas milenio como en Ecuador”, detalló. Encima, hablamos de países con una enorme inestabilidad política. Mencionó, entre otros ejemplos, los 27 mil desaparecidos de México, desde el 2007 a la fecha, a causa de la guerra por el manejo del narcotráfico.

El cuarto mito es que el PRO y los radicales dicen que la Argentina ingresó a la Alianza del Pacífico. En realidad se trata de una alianza que tiene cuatro miembros pleno y cincuenta observadores. Para ser miembro permanente, la Argentina debe firmar dos tratados de libre comercio. Eso todavía no sucedió.

La última mentira que propagan los voceros del Gobierno nacional es que “los Estados Unidos y la Unión Europea van hacia su recuperación económica”. Karg la desarmó en menos de dos minutos. Luego compartió algunas conclusiones y le pasó la palabra a sus compañeros de panel, Paula Español y Arnaldo Bocco. Miente, miente que algo quedará. Esa es una de las consignas más relevantes del manual que el PRO utilizó para ganar el poder público de nuestro país, con el apoyo del blindaje mediático de los medios de comunicación destituyentes, por supuesto.

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Los cien años del Pitu Salvatierra


Las empresas periodísticas que blindan el ajuste radical y macrista insinúan que Alejandro está preso por vender droga. Pero las razones de su detención son políticas y deben ser enmarcados en la campaña de persecución oficial contra dirigentes y militantes kirchneristas. En el siguiente texto de Diario Registrado se cuenta parte de la vertiginosa vida y militancia del Pitu Salvatierra, un dirigente villero de la Ciudad Oculta preso por luchar. 

http://bit.ly/299OAI9

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El relato del siglo

Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por las lágrimas, suspira Víctor Hugo sobre el final del relato del siglo, ya exhausto, luego de dejar el alma sobre el pupitre del palco de prensa del estadio Azteca. Unos pocos minutos después, mientras los ingleses intentaban descontar el dos a cero en contra y peloteaban a Nery Pumpido, y luego de una acalorada intervención del comentarista Julio Ricardo, el relator uruguayo pediría disculpas al aire por haberse corrido del tono profesional, por haber desnudado su pasión por el juego más lindo que haya inventado el hombre y por haberse convertido por unos instantes en el más descarnado hincha del fútbol rioplatense, y sus potreros, y sus pueblos, enviados hacía no tanto tiempo atrás a una guerra fatídica y canalla.

Uno escucha el relato de aquella gesta deportiva y debe limpiarse las lágrimas que ruedan por las mejillas. Genio del fútbol mundial, quiero llorar, la mejor jugada de todos los tiempos, barrilete cósmico. Yo tenía quince años y promediaba mi paso por mi colegio secundario. No tuve noción, pienso ahora, de la épica que se estaba tallando por esas horas en la historia del futbol y el periodismo.

Exactamente treinta años después, con un pedazo de vida encima, vuelvo a escuchar el relato y una vez más debo secarme los lagrimones. Pienso que aparte de la belleza inagotable del gol, en un mundial en el que el Diego estaba imparable, lo contagioso es la entrega con la que Víctor Hugo desnuda su amor y su pasión por el deporte, el arte, la condición humana y la vida. La misma que tenemos nosotros por el fútbol, nuestros seres queridos y un modelo país. El mismo que defiende el hombre que inmortalizó el relato del mejor gol de todos los tiempos.

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Soy otro despedido

Al viejo empleado de Recursos Humanos le temblaba el labio inferior cuando me estrechó la mano y me pidió que lo acompañe a su escritorio. Mientras atravesamos un corto pasillo sentí una piadosa mirada de algunos trabajadores del sector. Por favor andá leyendo el escrito, me indicó el señor ni bien nos sentamos. Están prescindiendo de tus servicios, soltó, en un susurro. “Por razones de reorganización administrativa y reestructuración de personal”, justificaba una subsecretaria en la notificación, compuesta por tres hojas escritas en un lenguaje administrativo que a lo largo de los cinco años que trabajé en la administración pública nacional nunca terminé de decodificar.

La planta transitoria a la que había logrado acceder hacía unos dos años, significaba entre otras ventajas, una garantía de estabilidad laboral. Siempre y cuando el Estado estuviese a cargo de un proyecto político que defendiese a los trabajadores, claro. Ahora que nos gobierna una alianza de mentirosos, estafadores y perversos, el tipo de contrato se convirtió en un arma de doble filo. Al vencerse, me soltaron la mano. Me despidieron. Sin tener claro qué tareas estaba realizando en el organismo en el que trabajaba, si era útil o hasta imprescindible. Hay que echar. Ajustar. Hablar de ñoquis, grasa militante, sinceramiento y modernización. Perseguir, si se trata de hombres y mujeres identificados con el kirchnerismo. Mientras, ocupan los cargos con amigos y familiares, que cobran el triple de dinero de los que percibíamos la mayoría de nosotros.

Entramos a trabajar al Estado de la mano de un proyecto político atrevido, transformador, excepcional, con la intención de aportar a la construcción de un país más justo, y serio. La gran mayoría de nosotros venía de trabajar en el sector privado y desconocía los laberintos y complejidades de la organización que más trabajadores emplea en nuestro país. Nos chocamos de frente con su burocracia, pero también con su gente, empleados públicos que en muchos de los casos mostraron indiferencia, desconfianza y también hostilidad. Pusimos nuestro tiempo, cuerpo y corazón. Cometimos errores, algunos groseros. Por inexperiencia, por limitaciones o deficiencias personales y colectivas. Pero en general nos dedicamos a trabajar por la construcción de un Estado al servicio del pueblo. Tanto a través de la modernización de algunos instrumentos como en el diseño de nuevas políticas públicas. Como generación, dejamos nuestra huella. Algunos nos recordarán con una orgullosa melancolía. Otros, con un envenenado resentimiento.

Me sobraban las razones colectivas para detestar a los hombres y mujeres que hoy gobiernan nuestro país. Ahora sumo motivos personales. Muy delicados. Para echar gente de su trabajo tenés que ser un miserable. Ni hablar si se trata de miles, que por otro lado, al quedar afuera de la rueda productiva, ponen en riesgo escenarios mayores. Son eso: miserables. Hoy está más claro que nunca, con el desastre que están generando por medio de sus decisiones. Solo por medio de la mentira y la estafa montada por las grandes empresas de medios de comunicación se explica que la mitad más uno de nuestro pueblo haya visto en ellos la posibilidad de prosperar.

Así es que me sumo al espeso y doloroso cuerpo de despedidos. No sé si volveremos (en el corto plazo). Pero vamos a defender nuestros derechos con la convicción de siempre.

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la puta que me parió

A mis espaldas escucho que alguien susurra: Hoy a la noche hiela. Miro por sobre mis hombros y veo al hombre: ¿Perdón? Hoy a la noche hiela, vuelve a decir. Tiene unos cincuenta años, el pelo mojado y recién peinado, y camina sin apuro. En la mano derecha lleva un botinero. Lo vuelvo a mirar: ¿Por qué va a helar? Se nubló y se retiró el viento, explica, y eleva el mentón hacia el cielo. Tiene razón. Está taponado de nubes. El otoño, aparte de castigarnos con pésimas noticias, trajo frío y muy poco sol. Pero ahora ya no hace el frío criminal de la mañana. Son las cinco de la tarde y la temperatura subió un par de grados. ¿Terminó la jornada de trabajo?, le tiro. Sí, tengo un largo viaje hasta hasta José C. Paz, en el San Martín. Vas a la estación, supongo, digo. Sí, confirma. Estamos caminando por la avenida Corrientes, a la altura de la calle Serrano. Vengo desde el Abasto, agrega. Como los precios del transporte se fueron a las nubes camino para ahorrarme un colectivo. Mirá, digo. Debe haber nacido en el norte del país, pienso, por el color de la piel, la tonada, la humildad. Viste una campera gastada, jeans y un par de zapatos de cuero viejo pero noble. Lo más duro es que sabíamos que estos tipos iban a hacer lo que están haciendo, digo yo, que vengo juntando bronca e indignación. Así es, dice él. Nos para un semáforo. En diagonal veo la cola de por lo menos veinte pobres infelices en la puerta de un comercio que cobra facturas a través del servicio Pago Fácil. Somos mamíferos que desfilamos mansamente hacia el matadero, pienso. Los otros nos cuidaban, digo, cuando volvemos a retomar el paso. Luego de una pausa, dice: Es verdad. Pero robaron, agrega. Eso dicen los de la tele, mando yo, pero hay que ver. Todos roban, lanza él, luego de lanzar un escupitajo al suelo, y mirar hacia el cielo, que asoma entre las ramas de un plátano. A nuestros pies, las hojas secas ensucian los umbrales de los comercios vacíos. De qué trabajás, pregunto. Soy gastronómico. ¿Y cómo están en el rubro?, sigo. A nosotros nos bajó mucho el trabajo, cuenta. Para colmo echaron a un mozo compañero nuestro. ¿Y Barrionuevo?, tiro. Ese es un delincuente, escupe, justo cuando volvemos a frenar por otro semáforo. Ahora nos miramos por primera vez. Se le nota la rabia. En la mirada, el gesto duro en los pómulos, la rigidez de las bolsas que tiene debajo de los ojos oscuros. Es un farsante el hombre ese, agrega. Un millonario que vive a costa nuestra, agrega. Los otros nos defendían, vuelvo a decir. Ahora estamos desprotegidos. Tenés razón, reconoce, y luego de darme un toque en el brazo, aprovecha que está baja la barrera para lanzarme un saludo y cruzar la avenida al trotecito. Lo sigo con la mirada, mientras camino, pero enseguida me distraigo con un bulto al que le falta una pierna, que está doblado contra una persiana baja, abatido por el vino barato que yace sobre el suelo, a un costado. A un metro de distancia, dos perros husmean entre la basura que los vecinos tiraron al pie de un contenedor rebasado. Escucho la bocina de la formación del San Martín. Aparece veloz, potente, ruidoso. Se mueve el piso. Una docena de trabajadores con ropa deportiva y un tabaco entre los labios corren hacia la estación. Lo veo al mozo, entre los que se trepan por arriba de los molinetes para llegar al andén. Cruzo las vías, camino a Chacarita. Escucho el silbato del guarda. Un hombre de saco gastado y pelo blanco ofrece dos paquetes de pañuelos por diez pesos. El tren se va. Luego de hacer treinta metros, llego a la otra esquina. Enfrente, del otro lado de la avenida, y por encima de las copas de los árboles del Parque los Andes, el cielo se abre agresivo, sucio, pesado. Pienso en la helada de la noche. La puta que me parió.

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Que se mueran todos

Primero toleré estoico que la periodoncista me limpiase a puro ganchazo el sarro que se me junta entre los dientes. Luego, cuando ya me había desprendido el babero y puesto de pie, tuve que soportar que ante un comentario de mi parte sobre la agobiante realidad económica, ella despotricase contra Alicia Kirchner porque la solía ver desde un ventanal de su departamento de Barrio Norte con varias valijas sospechosas, en la vereda, antes de meterse en un Audi. Salí del consultorio con los dientes apretados, sin decirle adiós.

En el mostrador del centro odontológico me devolvieron la credencial de mi obra social y me dijeron que pase por la caja de planta baja.

Tenés una deuda de cien pesos de noviembre de 2014 por otra limpieza, me dice la empleada al ingresar mis datos en el sistema. Tiene más de cincuenta años, delantal blanco, el pelo teñido de color chocolate, una nariz llamativamente puntiaguda y las pestañas larguísimas, recién maquilladas. Un ave de la película animada Río. Me abrochó, pienso. Cobrame entonces, le digo. Ella no abre el pico pero afirma con la cabeza, mientras le mete pezuña al teclado. Un metro y medio hacia arriba y hacia la derecha de mi cerebro está sintonizada la señal Todo Noticias, que no es más Todo Negativo sino más bien lo contrario. Fede Bal habla de su separación. Son trescientos cincuenta y seis pesos, me dice el ave. ¡Cómo!, reacciono. Ella repite la cifra con un tono que insinúa cierto fastidio. ¡Vos decís que me están cobrando más de doscientos cincuenta pesos la limpieza que me acabo de hacer!, alzo la voz. Eso mismo, dice ella, a una pizca de sobrarme. La compañera que está a su lado, más joven, está absorbida por la pantalla de su celular. Con la cabeza completamente en blanco, navega los posteos de su Facebook. Suena un teléfono que nadie atiende. Rompo todo, pienso, mientras me sube una ola de calor desde la planta de los pies. ¿Ciento cincuenta por ciento de aumento?, reclamo, mientras me inclino sobre el mostrador. Siento el vaho que llega desde mis axilas pero también el aliento a maní tostado de mi interlocutora. Todo aumentó, razona ella, acentuando la primera o. Ni hablar si calculamos desde el 2014, suma. La ilustrada periodista de TN le sigue ofreciendo micrófono a Bal, que gesticula desde atrás de unos lentes para el sol que seguro compró en Miami. El calor ya me ganó los pectorales, los hombros, el rostro. Miro hacia la calle. Un peatón está insultando a un colectivero. Le dice que baje. Lo invita a pelear. El chofer lo ignora. Hagamos una cosa, digo yo: por lo de hoy te pago ciento setenta pesos, un aumento del ochenta por ciento con respecto al 2014, ponele. Treinta por ciento del año pasado y cincuenta por la devaluación del último verano. Son doscientos cincuenta y seis pesos, dice la cotorra maltrecha. No te los voy a pagar, me planto. De ningún modo voy a permitir que me estafen. Nosotros somos empleadas, salta la otra, sin correr la vista de la pantalla. Me importa una chota. No voy a pagar. Que venga tu jefe, tu gerente o la concha de tu abuela. No pienso pagar. En la calle suenan una, diez, mil bocinas de autos, motos, colectivos. Un camión, a lo lejos. El colectivero no puede avanzar porque el dueño del auto que le impide el paso le sigue gritando barbaridades. Varios peatones filman la escena. Esperan un gran desenlace para enviárselo a fiscales morales de la nación como Santiago Del Moro o Alejandro Fantino. Tiene que pagar, señor, me dice el ave, muy seria, mirándome fijo a los ojos. Algo se desencajó en su espantoso rostro pintado. El rimmel, o los nervios, que le ponen de relieve las arrugas. Hubo mucha inflación, acota su compañera con cara de monito tití. Bal, sobre mis orejas, dice que siempre estuvo en contra de la violencia de género. El colectivero baja de su unidad, recorre un par de pasos, toma impulso y le tira una patada voladora al peatón. Algunos curiosos se tapan la boca con la mano y agrandan los ojos. Ya no están dentro de mi ángulo de visión. Les pago ciento setenta pesos, o nada, mamertas. Es lo que corresponde. No voy a dejar que me estafen. Basta. Me tienen harto. Ustedes, que se ponen la camiseta del patrón estafador, los de afuera, que van dóciles por la vida mientras les meten la mano en el bolsillo, y los de arriba, que no paran de cogernos de parado y sin vaselina. ¡A nosotros no te vas a dirigir de esa manera!, salta el ave como si un resorte la hubiese expulsado de la jaulita. Ahora la tengo a cinco centímetros de mi jeta sofocada. Se mezclan los olores de nuestra transpiración. ¡Me chupan todos la pija!, le grito con tanta rabia que le impregno algunos salivazos en los cachetes maquillados. Vos, la mono tití, tu empresa y Fede Bal, le digo, con el índice en punta, y los ojos inyectados de sangre. Luego por fin salgo del chiquero.

La furia me ciega y siento que no logro contenerla dentro de mi cuerpo, que se me escapa por los poros de la piel como si fuese veneno líquido. El colectivero y el peatón ya fueron separados. Los retienen de los hombros. Tienen los ojos desorbitados, el pelo desordenado, la ropa fuera de lugar. Al peatón le sangra la boca. Se lo merece, por omnipotente. Los bobos de siempre siguen filmando. Las bocinas ya son un escándalo. Llegan al trote dos federales y un metropolitano. Todos morochos. Serviles. Que se mueran todos, pienso, y cruzo la avenida sin mirar atrás.

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Estado, organización y lucha


Somos parte de una generación que durante los últimos seis, siete, ocho años (la falta que hacen, cuánto los extrañamos, carajo) valoró, defendió y puso la cabeza y el corazón para trabajar en la gestión del Estado nacional, y ponerlo al servicio de las necesidades del pueblo y los intereses de la Nación. Así, en esos términos. Quién hubiera pensado que nosotros, que en la adolescencia puteamos a esa entelequia llamada Estado hasta quedarnos afónicos, le tiramos cascotes y hasta alguna molotov mientras sus guardianes nos reprimían en los recitales, en la cancha, en el barrio y en las marchas, mientras el país se incendiaba y los genocidas caminaban sueltos por la calle, algunos años después citaríamos a un ministro de Economía -parecido a nosotros en muchos sentidos- en una red social, una pared, o en una revista impresa, al exclamar que el Estado nacional es la herramienta más poderosa con la que contamos para transformar la realidad. Ese mismo Estado que nos hambreaba y reprimía ahora sabíamos que podía jugar a nuestro favor y del país. Qué pasó en el medio. Nos gobernaron hombres y mujeres que no solo irrumpieron en la vida política del país flameando las mismas banderas que nosotros y nuestros padres, sino que las llevaron a la victoria, desde la mismísima Casa Rosada, que pasó a ser nuestra, de todos y todas.

Pero de repente, sin que estuviésemos preparados, el desasosiego volvió a apoderarse de nosotros. Los impresentables se apropiaron del Estado, echaron a miles de trabajadores y desmantelaron políticas públicas vitales. Estamos golpeados pero también llenos de resentimiento, porque el nuevo gobierno no solo está avanzando de modo brutal contra el pueblo, sino que a nosotros, como generación política, nos persiguen por haber engrosado y por habernos enfiestado en el proyecto político que pateó el tablero a favor de las mayorías y en detrimento de los sectores que siempre ejercieron en nuestro país una hegemonía económica, política y cultural. Somos millones los que defendemos un ideario que entre sus prioridades explicita que apostamos a un Estado presente, inclusivo y regulador de las inequidades implícitas del mercado.

Por eso en el nuevo número de la revista Kranear, junto a Rocío Bilbao y Celeste Abrevaya decidimos poner blanco sobre negro en relación al rol del Estado. Cuando está a cargo de un proyecto político popular o en manos de un grupo de gerentes crueles, omnipotentes e inescrupulosos. Nos ocupamos del tema en las ochenta páginas de la nueva edición, que en su tapa tiene una ilustración de Andy Riva, y en el que opinan y escriben, entre otros, Axel Kicillof, Alfredo Zaiat, Juan Carlos Junio, Roberto Baschetti y Daniel Catalano, de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). 






Justamente, fue junto al joven y combativo secretario general de los estatales y el comunero por el Frente para la Victoria, Osvaldo Balossi, que presentamos la revista frente a un gran número de compañeros, amigos, familia y vecinos del barrio de Caballito. Organización y lucha fueron los ejes más importantes de las intervenciones y el posterior intercambio de palabras con algunos de los invitados, por medio del micrófono. Siempre atravesados por un desagradable sentimiento colectivo de angustia y resentimiento del que hablábamos más arriba. 






Por suerte, los que hacemos la revista, también pensamos en una faceta artística para la presentación. Sucedió de un plumazo en el sorprendente sótano de la unidad básica. Allí habíamos montado una muestra de fotos de las llamadas Plazas del Pueblo, en las que decenas de miles de compatriotas se vienen manifestando desde el 10 de diciembre de 2015. Fue allí que Ramiro Abrevaya tocó un par de canciones, a voz de cuello, y Sol Giles, en nombre de los Poetas Peronistas, leyó unos versos. Éramos veinticinco personas. En ronda. En silencio. Afiebrados a las palabras y a los sonidos. Con el estómago abierto a nuestros miedos y esperanzas, mientras los más chicos, vivos como una correntada de fresco, jugaban en el piso, ajenos a la insoportable nueva realidad.

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Nuevo número de la Revista Kranear


La nueva edición de la revista Kranear está dedicada a un único tema: El rol del Estado. Un Estado que la generación de los que tenemos entre treinta y cuarenta años pudimos disfrutar y luego defender porque no solo fue utilizado para garantizar el cumplimiento de los derechos de las mayorías sino también para promoverlos y expandirlos. Un Estado que funcionó a todo vapor a favor de la inclusión social y los intereses nacionales, y que fortaleció las instituciones de la democracia. Ahora que el Estado está en manos de hombres y mujeres que tienen empresas fantasmas en paraísos fiscales y que nos hablan de pobreza cero, nos pareció atinado completar las ochenta páginas del número con un informe especial y varias notas colectoras, de la mano de dirigentes, periodistas y pensadores como Axel Kicillof, Alfredo Zaiat, Roberto Baschetti, Juan Carlos Junio, entre otros, para poner blanco sobre negro el perfil que toma un Estado en manos de un proyecto político popular, de otro antipueblo. También, como siempre, contamos con el aporte de redactores, ilustradores, fotógrafos y diseñadores.

La presentamos el jueves 5/5, en Caballito, junto a amigos y compañeros. 


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Manu y Santino Dios