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cuando un periodista llena una plaza



Foto: Pablo Piovano

cuántos periodistas convocan multitudes
cuántos despiertan fervor
cuántos contagian cariño
cuántos informan con honestidad
cuántos ofrecen información útil
cuántos son tan democráticos
cuántos comunican siempre al calor de sus convicciones
cuántos honran su profesión con el corazón en la boca
cuántos están dispuestos a horadar hasta sus propios intereses
cuántos susurran o escupen la más bella de las poesías
cuántos escriben libros que tenemos en la biblioteca
cuántos relataron goles inverosímiles de nuestro acervo nacional
cuántos pueden caminar una villa
cuántos firman autógrafos en las calles
cuántos se pueden fotografiar junto a militantes, dirigentes, estudiantes, comerciantes, científicos y jubilados
cuántos son respetados y abrazos por las madres y las abuelas
cuántos reciben llamados presidenciales para ofrecerle explicaciones
cuántos son mencionados por jefas de estado en actos populares multitudinarios
cuántos son acompañados de modo masivo a una mediación con el diablo
cuántos motivan el más sentido y emotivo de los aplausos
cuántos soportan el feroz hostigamiento mafioso
cuántos reciben insultos de la cobarde intolerancia
cuántos a pesar de todo siguen combatiendo con la palabra al bestial enemigo
cuántos periodistas llenan plazas

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Empezó floja la temporada

La opinión de los trabajadores es unánime: la temporada es floja. En algunos casos, muy floja. Hablamos de la costa atlántica. De villa Gesell, Mar del Plata y Santa Clara del Mar, por ejemplo, balnearios en los que estamos parando o por los que hemos pasado por distintas razones durante los últimos días. Las expresiones de resignación, y en algunos casos de fastidio, provienen de hombres y mujeres que se ganan el mango en la playa y en los rubros de la gastronomía u hotelería. Carperos, churreros, chocleros, pancheros, ciudacoches, guardavidas, agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense con chomba y pantalón corto que realizan tareas de prevención en la playa, mozos, y empleados y encargados de casas de ropa, hosterías y hasta balnearios. 

Todos nos contaron que las últimas temporadas habían sido muy buenas, y que durante la primera quincena de enero el turista había colapsado hasta la última mesa de una pizzería de la periferia del centro. Hacía varios años que todos estaban acostumbrados a llegar con grandes expectativas al verano. Pero ahora algo cambió. Muchos de los veraneantes que no están acá se fueron a otros destinos más económicos, o convenientes, como las playas del sur de Brasil. Claro, no sufren el azote sistemático del viento, vuelven a suspirar ante la belleza de los morros y les sale más o menos lo mismo que acá, donde te cobran precios exorbitantes para alquilar un sucucho de dos ambientes o alquilar una sombrilla. Otros se quedaron en casa, preocupados, desorientados, angustiados, ya que las perspectivas no son nada prometedoras. Y también están los nuevos desocupados, que ya rozan los quince mil, y que quizá en gran parte hoy estarían alquilando algo en el sur de Gesell y gastando su aguinaldo en un panqueque de Carlitos. 


Cambiemos, nos dijeron. Muchos compraron. Duele en el alma porque habíamos logrado edificar un modelo de país que, con sus deficiencias, incluía a la gran mayoría. Por eso explotaba de turistas Villa Gesell, y desde el propietario de las canchas de fútbol cinco más chetas de la villa hasta el churrero más escéptico del tradicional El Topo, estaban conformes. Con alguna queja circunstancial, claro. Hasta justificada. Pero ahora las imágenes que capturamos con nuestros ojos durante las vacaciones remiten a otros momentos de nuestra historia. Los de siempre, desde que tenemos memoria. Menos esperanzadores. Ojalá nos equivocásemos.

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El pueblo en la playa



Los empoderados con los derechos que sembró el Proyecto Nacional que gobernó la Argentina durante los últimos doce años siguen ganando el espacio público. Primero fue en el parque Centenario, luego en Saavedra, y ahora fue el turno de una playa geselina, en la costa atlántica bonaerense. 

Los oradores –Héctor Recalde y Martín Sabbatella- se pararon de cara al mar, sobre los médanos, y los empoderados sobre la arena. Más de dos mil hombres, mujeres y chicos que se hicieron un rato de sus vacaciones para juntarse a escuchar a los dirigentes kirchneristas, aplaudir, cantar, emocionarse y volver a confirmar que el único modo de resistir el avasallamiento institucional de Cambiemos es ése: espalda con espalda junto al compañero de al lado, levantando banderas, promoviendo la organización política.

Recalde, titular del bloque de diputados del Frente para la Victoria, vecino de la villa, ponderó que en todas las plazas del país los vecinos se estén juntando para gritar bien fuerte que ningún trasnochado va a quitarle los derechos que conquistaron durante los últimos años, y afirmó que Cambiemos está avasallando la constitución con una impunidad nunca vista. “Tenemos que estar muy atentos y organizados”, avisó.

El viento había sacudido durante todo el día la arena de la playa. Los pocos valientes y tercos turistas que decidieron quedarse en la arena se protegieron con sombrillas, carpas de nylon y hasta kayaks dados vuelta. Pero un rato antes de que comience el acto, no solo paró el viento sino que el cielo comenzó a limpiarse de nubes. 







Sabbatella, orador principal del encuentro, arrancó su intervención con una fuerte defensa de la identidad colectiva de millones de empoderados. Recordó que “nos une el proyecto nacional que fundó Néstor Kirchner en el 2003, cuando nació un nuevo momento histórico”, subrayó que el kirchnerismo “es el representante de los intereses de las mayorías” y que “nació para quedarse”. Afirmó que “no hay nada más transformador que un kirchnerista” y avisó que “estamos más vivos que nunca”.

Luego de celebrar los encuentros que miles de vecinos están realizando en espacios públicos de todo el país, realizó una férrea defensa de la ley de medios de la democracia que lo tuvo siempre como artífice principal de su implementación, en especial, desde la gestión del AFSCA. Con respecto a la intervención del organismo que ordenase el Poder Ejecutivo, aseguró que “lo que están haciendo es pagarle favores a los grupos exportadores y a Clarín”, y que “lo que buscan con sus decretos de necesidad y urgencia, de espaldas al pueblo, es que Magnetto vuelva a tener la hegemonía de la palabra”.

También recordó que “hay una parte del Partido Judicial que opera contra la democracia junto a los grupos concentrados”. 






Entre los médanos había banderas y remeras de agrupaciones como Nuevo Encuentro y La Cámpora. También de la Confederación de Trabajadores de la Argentina (CTA). Y en especial, la que se recortaba contra el mar argentino era la celeste y blanca. Los turistas, en la playa, que durante las últimas horas llegaron al balneario de a decenas de miles, caminaban de la mano por la orilla, le pegaban a una pelota, barrenaban una ola.

“Lo que nos une son los doce años de gobierno de kirchnerismo porque no entendemos la felicidad sino la compartimos con el otro”, dijo Sabbatella, ya para cerrar, porque como “como dijo Cristina, la Patria es el Otro”. Los empoderados se rompían las manos. La cortina de aplausos ya estaba tapando el precario pero fiel sonido que había montado la organización del acto. “No vamos a permitir que nos quiten la esperanza ni el futuro”, avisó, ya a los gritos. “Nos comprometemos desde Villa Gesell a no bajar los brazos”.

Luego de que desde el escenario mencionase la presencia de la diputada nacional Nilda Garré, el abogado y periodista Pablo Llonto, y se agradeciese el aporte del intendente electo de la villa, Gustavo Barreda (del FPV), llegó el turno de la entonación del himno nacional.

Se trató de un momento de profunda emotividad colectiva. En la playa. Con lágrimas en los ojos. Abrazados a los hijos. Con la nostalgia por los años felices en el nudo de la garganta, pero también con la férrea decisión de defender lo conquistado en las lágrimas que caían de los ojos, en una tarde ya definitivamente limpia y soleada.

El grito colectivo emergió solo y se desparramó por la playa para el que quisiese oir, mientras un churrero de la villa se tocaba el corazón con la mano derecha y la izquierda se elevaba hacia el cielo con los dedos en V. “Oh, vamos a volver”.


Las fotos son de Natalia Bordesio.

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No tienen perdón



La tapa del diariobasura MUY de hoy simboliza el sudor que le corrió por la espalda a los dueños del país durante la batalla cultural que el kirchnerismo dio durante sus doce años de gobierno. Son unos cobardes. Pero ya perdimos la capacidad de espantarnos. Sangran por la herida. Como nunca antes había sucedido en las últimas cinco décadas, un gobierno de raíz peronista, en base a una enorme batería de decisiones soberanas, puso sobre la mesa una serie de discusiones que más allá de los resultados les afecta sus intereses.

Hablamos de un gobierno que avanzó primero con la reconstrucción de los cimientos productivos y la autoestima colectiva de un país que había estallado por los aires en diciembre de 2001, y que en una segunda etapa se dedicó a edificar un país más justo en base a un notable crecimiento y desarrollo económico que en paralelo invirtió en inclusión social, en especial de aquellos sectores por siempre olvidados.

La gesta sedujo a millones de compatriotas, por supuesto. En especial a los jóvenes, que se volcaron a la militancia y que de inmediato fueron blanco de una campaña de estigmatización de parte de los mismos medios de comunicación que hoy defenestran colegas en la tapa de un pasquín. Hablamos de comunicadores que durante los últimos años hicieron su trabajo desde el sistema de medios públicos y cuyo aporte fue vital porque ofrecieron información clara, honesta y desintoxicada de los intereses de las corporaciones que no quieren una Casa Rosada que fortalezca las instituciones y gobierne para el pueblo que los votó.

Los gerentes y comunicadores de los medios hegemónicos no pueden ver ni en figuritas a esos periodistas que durante los últimos años se embanderaron de kirchnerismo. Una verdadera pesadillas son los programas e informes que emergieron como hongos ya que todo el tiempo les arrebata de un manotazo la máscara con la que hablan de libertad de expresión y las instituciones de la República. Los sicarios de las corporaciones no les perdonan a los periodistas militantes que se hayan entregado con tanta efusividad a un ideario que gana elecciones y transforma realidades, sino también, y acá está el hueso, porque afecta sus intereses y los de sus jefes. 


A estos señores se los puso en evidencia, una y mil veces, frente a miles de televidentes u oyentes, en relación a su militancia a favor de los sectores del poder real que operan desde las sombras, cuando mienten, difaman, trasgiversan hechos, fomentan corridas bancarias y cortes de ruta, inyectan veneno y odio, promueven la violencia física y verbal contra todo aquello que tenga aroma a lo nacional y popular, estigmatizan la militancia y montan una descomunal cadena del desánimo, o defenestran periodistas como hoy en la tapa de MUY, simplemente por hacer su trabajo.

En definitiva, cualquier lector que tenga dos dedos de frente, se podría preguntar: ¿cuál es el delito de cobrar cincuenta mil pesos por mes por encabezar un programa en Radio Nacional? ¿Cuánto habrán cobrado los Lanata, Leuco, Castro, Van Der Kooy, Bonelli, Santillán y tantos otros perversos por estar las veinticuatro horas horadando el sistema democrático argentino? ¿Eh?

Y una más: ¿qué hacemos con los catorce millones que el Gobierno porteño le bajó por contratación directa al periodista independiente Luis Majul, justamente, uno de los más fervientes detractores de 678?

Una, diez, miles de usinas informativas vamos a necesitar de ahora en más.

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obscena sos

obsceno fue verte hoy en la televisión
tan descontracturada
tan inmaculada
tan falsamente republicana
tan asquerosamente cínica
tan revolución de la alegría
te reías con mesura y gestos operados
almorzabas con muecas impostadas
mientras los monitos del circo del mediodía de telefé
te tiraban los centros de rigor
y justo a esa hora, qué fastidio
la gendarmería reprimía trabajadores
y uy, uno de ellos, humilde, de piel color río matanza,
en otro canal de la televisión
juraba que su heladera estaba vacía
que comían fideos precios cuidados gracias a los vecinos
pero claro
ustedes hacen política en televisión
terreno predilecto de la frivolidad
de la entrega de los noventa
del diálogo y el consenso
del cinismo repugnante
de la falta de vocación
de servicio
hacia lo público
de la falta de sensibilidad
hacia los humildes.

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Convencimos



Durante las últimas dos semanas decenas de compañeros salimos a buscar los votos a la calle, a persuadir y ganar voluntades, a dar la discusión “de cara a la sociedad”. Fueron quince largos días, difíciles y desgastantes, en las tres terminales de las líneas San Martín, Belgrano Norte y Mitre de los nuevos ferrocarriles argentinos, en Retiro, por la que transitan decenas de miles de trabajadores. 

En su mayoría, los trabajadores pasaron frente a nuestras narices con el paso apretado, conectados a los auriculares, con la vista fija hacia delante, aparentemente ajenos a la gran final que nos jugamos el domingo; pero muchos otros, cuando nos paramos a su lado, o se frenaron cuando le pusimos el volante en la mano y les dijimos que estamos preocupados por el destino de nuestro país y que queríamos custodiar lo logrado, nos dijeron que nos quedásemos tranquilos, que votarían a Scioli, que Macri no quiere a los pobres, a los humildes, que privatizaría hasta el aire. Otros nos vomitaron sus enojos y urgencias, nos puntearon sus diferencias, y también estuvieron los que no pudimos convencer absolutamente de nada. 





Hablamos con empleados de seguridad privada y limpieza, profesionales, estudiantes de la universidad de buenos aires y otros casas de estudios bonaerenses, obreros de la construcción, agricultores, lavacopas, mozos, ferroviarios, amas de casa, comerciantes y madres con hijos escolares, entre otros. También con muchos jubilados.
El intercambio de palabras siempre fue positivo, ya que conversar con el otro, tal cuál preveíamos, suma. De uno u otro modo, suma. Contagia. Por lo menos despierta interrogantes. Nosotros pudimos empaparnos de realidades –en su mayoría partidos como Pilar, José C. Paz, San Miguel, Escobar, entre otros- que desconocíamos, y ellos tuvieron la chance de escuchar argumentos y cifras que no les llega por ninguna otra vía que la militancia.

Ayer miércoles los científicos con guardapolvo blanco coparon el hall central de la línea Mitre. Eran casi cien, muchos de esos muy jóvenes, y montaron carpas y muestras para que los pasajeros se informasen acerca de los avances y logros que abrazaron durante la última década. Nosotros éramos tres o cuatro veces más que de costumbre. Retiro fue pura fiebre militante. Toda la tarde. Cada pasajero que bajaba del tren y se metía en la boca del subte era abordado por tres o cuatro militantes del llamado proyecto nacional. La energía desbordaba por los cuatro costados.

La elección se gana –si se gana- con la pulsión militante de los sectores de nuestro pueblo que, tal como lo pedía Cristina, se empoderó con los logros que conquistamos todos juntos a lo largo de los últimos años. Somos millones los que queremos seguir construyendo una Argentina grande. Ahí está la victoria. Quizá seamos la mitad más uno. Quizá no. Pero ése músculo que reaccionó con pavor ante la foto que tenemos del otro lado es la garantía de futuro. Es la década ganada. Como le dijimos a tantos durante los últimos días: “Esa película ya la vimos, amigo. No nos suicidemos. Vamos para adelante con Daniel Scioli”. 


El ida y vuelta con ese recorte de pueblo fue intenso, necesario y profundamente emotivo. Aún cuando no nos hayamos entendido. Aún cuando nos hayan disparado con diferencias insalvables o lugares comunes y estigmatizaciones que formatean a gusto las grandes empresas de comunicación. Ya está. La calle siempre será de los que luchamos por la justicia social y una país justo y soberano. Eso somos. No nos disfrazamos.

En las renovadas terminales de trenes tuvimos también la oportunidad de conocer verdaderos tesoros humanos. Compañeros. Hombres y mujeres a pie. Laburantes. Compatriotas con los que compartimos una sensibilidad y una serie de valores.

El Bocha, por ejemplo, un trabajador de Lomas de Zamora, padre de siete hijos, peronista desde la cuna, que está híper consciente de lo que nos jugamos el domingo porque en los noventa tuvo que ponerse a vender choripanes en la esquina de su casa y hoy atiende una parrilla con cuarenta mesas. Ya quedamos que en diciembre, más allá del resultado, iremos a probar las tiras de asado con fritas que con un par de sus hijos sirven a unos metros del Camino Negro.



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Convencer

Convencer es vencer. Torcer la voluntad del otro. Persuadir, seducir. Hoy muchos estamos hablando de eso. Despabilar a los distraídos. Hacerlos entrar en razón, si es que el otro se asume equivocado, o desinformado. Sea del modo que fuese, ahora se torna urgente romper el cerco e ir a conquistar voluntades. Las de los que no nos acompañaron. La de los insatisfechos o fastidiados. La de los que nosotros creemos confundidos. La de los que sufren la sistemática inyección de veneno mediático. La de los que están enojados, con razón, o no, la de los decepcionados, la de los que se cansaron, y cualquier otra explicación, pero que creen que las soluciones llegarán con los chicos blancos que se disfrazan de cambio y felicidad. Los cínicos y perversos.

Convencer es vencer en la discusión que tengamos de acá al 22 con familiares, con los compañeros de estudio y de trabajo, con cualquier conocido. Pero no en las redes sociales, sino cuerpo a cuerpo. Lo mismo con los desconocidos, en la calle. Porque es inconmensurable lo que está en juego. Todas los avances de los últimos años. El país. El futuro, pero también la historia de este bendito país. Pero claro, cómo se tuerce o gana una voluntad, nos preguntamos. Yendo a interpelar al de al lado. No importa que ahora hayan vomitado aquello de la campaña del miedo. Mentira. Les duele la reacción generalizada. Les da miedo.

Convenceremos, en principio, si miramos a los ojos del otro, y lo escuchamos. Cualquiera de nosotros lo puede hacer. No requiere de ninguna virtud. O sí: abrir grandes las orejas y cerrar la boca. Ahí nos enfrentaremos al relato de sus experiencias personales, sus realidades, sus verdades, sus fastidios, o quizá también sus caprichos, sus miserias, su cinismo e hipocresía, su suicidio de clase y hasta su más sentido gorilismo. Al último lo dejaremos ir, pero el resto, nos está diciendo algo.

Solo así, habiendo dado paso a las palabras del interlocutor, podremos luego ofrecer una respuesta, un argumento, una idea, una experiencia personal o colectiva, un dato, una estadística, o contraatacar con toda nuestra virulencia y pasión para exponer nuestra propia verdad. Una verdad que, sabemos, estamos convencidos, es la bandera de las mayorías, porque el modelo de país que venimos sosteniendo desde hace doce años, no hizo más que ampliar derechos y conquistar soberanías. El miedo no es al cambio, sino al retroceso.


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Literatura y política en el Centro Cultural Kirchner


Literatura y política, esas dos inagotables búsquedas y elecciones de vida de los Hermanos Dios, se fusionaron el fin de semana pasado en la Feria del Libro Popular (FLIPA) que organizamos junto a unos compañeros en el imponente Centro Cultural Kirchner (CCK), Corazón de la Cultura.

Se trató de uno de esos cimbronazos que le inyectan combustible al deseo, a los sueños, a las posibles realizaciones, que te motivan como el himno coreado en las tribunas de la final de la copa del mundo. Hablamos de proyectos personales, que en mi caso tienen que ver con el oficio de escribir (periodismo, literatura), y del colectivo, que pasa por militar en una fuerza política para seguir transformando la realidad de un país que se desangró sin parar.

Me di el gusto de organizar y producir, junto a la magistral compañera Leticia Martín, la programación de treinta escritores y moderadores de las seis mesas (de un total de ocho) que la FLIPA ofreció, durante dos jornadas, en la Plaza Seca del CCK, debajo de la Ballena Azul. 


Se trató de universo de autores hoy están produciendo y discutiendo literatura en nuestro país. Escritores que en su mayoría no tiene más de treinta y cinco años, y cuyos nombres circulan en charlas, lecturas en vivo, ferias y festivales del ambiente literario.

Pero en este caso la organización del evento -la FLIPA- la puso la política. La militancia. Y estuvimos a la altura de las exigencias que impone un evento que duró dos días y que convocó a por lo menos treinta editoriales, y que contó con mesas temáticas –en la terraza de la Ballena Azul y en una sala anexa- de las que participaron referentes de la política, los medios de comunicación, el cine, el teatro y el deporte.



Crédito fotos: Bruno Sz


La otra gran diferencia con otros festivales de literatura fue el espacio físico en el que se realizó la feria. Cuando entrás al CCK te tiemblan las rodillas. Se torna imposible no asombrarse, emocionarse, o conmoverse (en nuestro caso, por lo menos). La idea de un Estado presente e inclusivo se hace carne con la fuerza de lo insoslayable. Está ahí, se impone y abre frente a los ojos, en la majestuosidad que ocupa todo el tiempo y el espacio, debajo de los pies, en las alturas, en el bombeo del corazón.

Literatura intangible, fantástica, el cuerpo y la ficción, escritores imaginarios y los lugares comunes en la narrativa fueron algunas de las propuestas de las que charlaron los colegas. Esos disparadores sirvieron, también, para que luego de romper la coraza del pudor, pudiesen surfear las distintas olas de espontaneidad que fue emergiendo en las mesas. Así fue que disfrutamos de lo impredecible. Lo que no se trajo preparado desde la casa. Lo que surgió allí mismo, en tiempo real.

A algunos de los colegas los conocía y a otros los vi por primera en la feria. A todos tuve el gusto de estrecharles las manos o darles un beso en la planta baja del CCK, rodeados de arte, cultura y pueblo. Nos pusimos a su disposición, los acompañamos a los camarines, intercambiamos libros y reflexiones literarias y políticas, y tuvimos la oportunidad de acceder, con cierta fascinación, algunas de sus fobias y genialidades.

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Desde los balcones del Congreso


Mariano, cómo te va, me saludó Carlos hace unos días desde su celular. Detrás de su ronca voz se escuchaba un agitado murmullo. Te molesto para contarte que la cámara de diputados acaba de votar una cobertura previsional a nuestro favor. Se produjo breve silencio. El sonido ambiente, del otro lado de la comunicación, era pura algarabía. Genial, Carlos, un alegrón, atiné a decir yo. Qué te parece, dijo, con tono de voz que que estaba a punto de quebrarse. Gracias por hacerme parte de la noticia, Carlos. Por favor, Mariano. Es una victoria de todos, dijo, y cortó.

Las Malvinas para mí siempre fueron un sufrimiento ajeno. Ni en mi familia, ni en círculos sociales cercanos, hubo alguien que hubiese tenido que vivir aquel infierno doméstico. Atesoro algunos vivos recuerdos del circo mediático que se montó durante el conflicto bélico. Durante aquel abril yo asistía al quinto grado de una escuela pública y las noticias que se filtraban desde la calle militarizada nos excitaban como si fuesen goles de Diego Armando Maradona. Luego exilié hacia Israel con mi familia, un par de años después pegamos la vuelta a casa, y mis padres lograron rearmar nuestro presente una vez más. Durante la adolescencia las consecuencias de la guerra se hicieron carne por medio de los lastimosos soldados que pedían limosnas en los trenes privatizados. Habían sido arrojados al olvido y al abandono, pero eso lo entendería después. En aquel momento, aquellos pobres corazones condecorados eran sinónimo de piedad.

Yo tenía mi propio resentimiento contra el Estado ya que el Ejército había asesinado a mi padre y por aquellos años noventa me acerqué a la agrupación Hijos para encontrar algo de alivio. Así fue. Llegó en forma de Escrache a los Genocidas. Pero todavía no estaba en condiciones de asociar mi propio dolor a un quiebre y desbande colectivo.

Hace algunos años atrás entré a trabajar al mismo Estado nacional que tanto daño había hecho. Solo que ahora estaba gestionado por hombres y mujeres más con historias, padecimientos y tradiciones políticas mas parecidos a las de muchos de nosotros. Fue a partir del mundo que se abrió en la función pública que lo conocí a Carlos, por medio de una entrevista que le hicimos para una revista de circulación interna de un Ministerio. El hombre había estado en las islas y había sufrido las consecuencias de la guerra. Un ex combatiente de carne y hueso.

Una de las aclaraciones que compartió con mayor énfasis fue que tanto a él como a los suyos les había dolido más el abandono oficial posterior a la guerra que el horror sufrido en las heladas islas del fin del mundo. Fue en ese pasaje de la conversación que se le quebró la voz, y se le piantó un lagrimón que le surcó la piel morena del pómulo derecho. Su postura corporal, sus gestos duros, sus pocas palabras, conforman una foto inolvidable.

En el 2003 cambió la historia, recordó, aliviado. También la de ellos, los ex soldados, subrayó. El Estado, por fin, se ocuparía de ellos, como también se estaba haciendo con otros sectores de la población que hasta ese momento habían sido vomitados al tacho de la historia. Se los dignificó con los respectivos reconocimientos que había que hacerles por haber peleado por la Patria, pero también, y en especial, con una reparación económica para toda la vida. Una doble pensión que los puso de pie, que les permitió dejar atrás los trenes privatizados y los almanaques de cartón, el llanto, el dolor y el resentimiento por los compañeros suicidados, y volver a proyectar un porvenir propio y colectivo.

También se les ofreció la posibilidad de juntarse, organizarse y participar del diseño de nuevas políticas públicas para sus pares, y sus familias, a través de la Comisión Nacional de Ex Combatientes que depende del Ministerio del Interior. Desde allí, por ejemplo, se impulsa el juzgamiento de los militares que los estaquearon en la helada tierra malvinense, entre otros delitos.

Carlos me llamó desde los balcones del Congreso porque me tiene asociado a la generación política que desde hace algunos años entró a trabajar a la función pública con una profunda vocación de servicio y una sensibilidad social a prueba de medios de comunicación destituyentes, entre otros males de la época, que no solo se sumó a la reconstrucción del rol de garante de derechos de un Estado de nuevo presente, sino también, a la ola de reparaciones históricas a favor de distintos sectores de la sociedad. Los ex combatientes, entre ellos.

Carlos llamó, agradecido, entre vivas de emoción, para hacernos parte de una nueva victoria. Gracias, compañero.

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Momento Viva Perón


El jueves pasado cuatro escritores y un editor nos juntamos en el célebre bar La Academia, en Callao y Corrientes, reducto de artistas, soñadores, almas en pena y otros asuntos. El motivo: vernos las caras ya que presentaremos, juntos, nuestros respectivos libros. La propuesta de la editorial Outsider es sencilla, y nada presumida. La banco. Nos sentaremos alrededor de una mesa ratona, las luces estarán bajas, y nos haremos un par de preguntas cruzadas, que sirvan de disparadores para que podamos charlar del modo más descontracturado posible frente a nuestros amigos, familiares y colegas, acerca de algunas de nuestras obsesiones o deseos como escritores, los temas que nos develan, las limitaciones que nos frustran, algo de nuestros cuentos y protagonistas, o qué métodos usamos para no tirar la toalla cuando nos bloqueamos y la página en blanco se adueña de nuestra existencia.

Mis colegas, que como yo han publicado uno o dos libros más, se llaman María, Yamila y Bruno. El es brasileño, de los morenos. Su portugués es fascinante, sus lentes le acrecientan el aspecto intelectual, y vino a Buenos Aires a estudiar en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. No hablamos de fútbol, pero sí de César Aira, por ejemplo. Ellas mucho no se parecen. Una es morocha, de rasgos andinos, viste tonos oscuros, y la otra es rubia, y de rasgos europeos. La primera un día largó todo y se puso a pasear perros para desprenderse de obligaciones odiosas, y contar con más tiempo para dibujar y escribir. La otra estudió Letras en la UBA. Contó que allí aprendió a leer, y que de ningún modo se bloqueó para escribir. Ejerce el periodismo.

Yo conté que tenía un hijo de once años, que trabajo en prensa y comunicación en una cartera del poder ejecutivo, y que milito en La Cámpora. El editor, Francisco, usa el pelo largo, y es un apasionado escritor de cuentos que un día se decidió a armar una editorial, que publica en formato digital. Uno más en la mesa. Hablaba con pausa, y sus palabras llegaban con la calma de un susurro. La hora va a pasar sin que se den cuenta, nos contuvo. Así, charlando como ahora, ya dimos dos presentaciones, reforzó.

Cuando nos sacamos la foto, María hizo la V y dijo Viva Perón. Fue un momento revelador. Un momento Viva Perón. En el fondo del local unos pibes jugaban al pool, y en un plasma que estaba silenciado, Cristina ofrecía números de su gestión a través de una cadena nacional.

Sólo resta que llegue el jueves, entonces. Mi libro se llama El enseyado, y contiene diez cuentos. El punto de encuentro es un espacio exquisito, dicen, llamado Brandon, en Villa Crespo, CABA.

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Manu y Santino Dios