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la puta que me parió

A mis espaldas escucho que alguien susurra: Hoy a la noche hiela. Miro por sobre mis hombros y veo al hombre: ¿Perdón? Hoy a la noche hiela, vuelve a decir. Tiene unos cincuenta años, el pelo mojado y recién peinado, y camina sin apuro. En la mano derecha lleva un botinero. Lo vuelvo a mirar: ¿Por qué va a helar? Se nubló y se retiró el viento, explica, y eleva el mentón hacia el cielo. Tiene razón. Está taponado de nubes. El otoño, aparte de castigarnos con pésimas noticias, trajo frío y muy poco sol. Pero ahora ya no hace el frío criminal de la mañana. Son las cinco de la tarde y la temperatura subió un par de grados. ¿Terminó la jornada de trabajo?, le tiro. Sí, tengo un largo viaje hasta hasta José C. Paz, en el San Martín. Vas a la estación, supongo, digo. Sí, confirma. Estamos caminando por la avenida Corrientes, a la altura de la calle Serrano. Vengo desde el Abasto, agrega. Como los precios del transporte se fueron a las nubes camino para ahorrarme un colectivo. Mirá, digo. Debe haber nacido en el norte del país, pienso, por el color de la piel, la tonada, la humildad. Viste una campera gastada, jeans y un par de zapatos de cuero viejo pero noble. Lo más duro es que sabíamos que estos tipos iban a hacer lo que están haciendo, digo yo, que vengo juntando bronca e indignación. Así es, dice él. Nos para un semáforo. En diagonal veo la cola de por lo menos veinte pobres infelices en la puerta de un comercio que cobra facturas a través del servicio Pago Fácil. Somos mamíferos que desfilamos mansamente hacia el matadero, pienso. Los otros nos cuidaban, digo, cuando volvemos a retomar el paso. Luego de una pausa, dice: Es verdad. Pero robaron, agrega. Eso dicen los de la tele, mando yo, pero hay que ver. Todos roban, lanza él, luego de lanzar un escupitajo al suelo, y mirar hacia el cielo, que asoma entre las ramas de un plátano. A nuestros pies, las hojas secas ensucian los umbrales de los comercios vacíos. De qué trabajás, pregunto. Soy gastronómico. ¿Y cómo están en el rubro?, sigo. A nosotros nos bajó mucho el trabajo, cuenta. Para colmo echaron a un mozo compañero nuestro. ¿Y Barrionuevo?, tiro. Ese es un delincuente, escupe, justo cuando volvemos a frenar por otro semáforo. Ahora nos miramos por primera vez. Se le nota la rabia. En la mirada, el gesto duro en los pómulos, la rigidez de las bolsas que tiene debajo de los ojos oscuros. Es un farsante el hombre ese, agrega. Un millonario que vive a costa nuestra, agrega. Los otros nos defendían, vuelvo a decir. Ahora estamos desprotegidos. Tenés razón, reconoce, y luego de darme un toque en el brazo, aprovecha que está baja la barrera para lanzarme un saludo y cruzar la avenida al trotecito. Lo sigo con la mirada, mientras camino, pero enseguida me distraigo con un bulto al que le falta una pierna, que está doblado contra una persiana baja, abatido por el vino barato que yace sobre el suelo, a un costado. A un metro de distancia, dos perros husmean entre la basura que los vecinos tiraron al pie de un contenedor rebasado. Escucho la bocina de la formación del San Martín. Aparece veloz, potente, ruidoso. Se mueve el piso. Una docena de trabajadores con ropa deportiva y un tabaco entre los labios corren hacia la estación. Lo veo al mozo, entre los que se trepan por arriba de los molinetes para llegar al andén. Cruzo las vías, camino a Chacarita. Escucho el silbato del guarda. Un hombre de saco gastado y pelo blanco ofrece dos paquetes de pañuelos por diez pesos. El tren se va. Luego de hacer treinta metros, llego a la otra esquina. Enfrente, del otro lado de la avenida, y por encima de las copas de los árboles del Parque los Andes, el cielo se abre agresivo, sucio, pesado. Pienso en la helada de la noche. La puta que me parió.

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Que se mueran todos

Primero toleré estoico que la periodoncista me limpiase a puro ganchazo el sarro que se me junta entre los dientes. Luego, cuando ya me había desprendido el babero y puesto de pie, tuve que soportar que ante un comentario de mi parte sobre la agobiante realidad económica, ella despotricase contra Alicia Kirchner porque la solía ver desde un ventanal de su departamento de Barrio Norte con varias valijas sospechosas, en la vereda, antes de meterse en un Audi. Salí del consultorio con los dientes apretados, sin decirle adiós.

En el mostrador del centro odontológico me devolvieron la credencial de mi obra social y me dijeron que pase por la caja de planta baja.

Tenés una deuda de cien pesos de noviembre de 2014 por otra limpieza, me dice la empleada al ingresar mis datos en el sistema. Tiene más de cincuenta años, delantal blanco, el pelo teñido de color chocolate, una nariz llamativamente puntiaguda y las pestañas larguísimas, recién maquilladas. Un ave de la película animada Río. Me abrochó, pienso. Cobrame entonces, le digo. Ella no abre el pico pero afirma con la cabeza, mientras le mete pezuña al teclado. Un metro y medio hacia arriba y hacia la derecha de mi cerebro está sintonizada la señal Todo Noticias, que no es más Todo Negativo sino más bien lo contrario. Fede Bal habla de su separación. Son trescientos cincuenta y seis pesos, me dice el ave. ¡Cómo!, reacciono. Ella repite la cifra con un tono que insinúa cierto fastidio. ¡Vos decís que me están cobrando más de doscientos cincuenta pesos la limpieza que me acabo de hacer!, alzo la voz. Eso mismo, dice ella, a una pizca de sobrarme. La compañera que está a su lado, más joven, está absorbida por la pantalla de su celular. Con la cabeza completamente en blanco, navega los posteos de su Facebook. Suena un teléfono que nadie atiende. Rompo todo, pienso, mientras me sube una ola de calor desde la planta de los pies. ¿Ciento cincuenta por ciento de aumento?, reclamo, mientras me inclino sobre el mostrador. Siento el vaho que llega desde mis axilas pero también el aliento a maní tostado de mi interlocutora. Todo aumentó, razona ella, acentuando la primera o. Ni hablar si calculamos desde el 2014, suma. La ilustrada periodista de TN le sigue ofreciendo micrófono a Bal, que gesticula desde atrás de unos lentes para el sol que seguro compró en Miami. El calor ya me ganó los pectorales, los hombros, el rostro. Miro hacia la calle. Un peatón está insultando a un colectivero. Le dice que baje. Lo invita a pelear. El chofer lo ignora. Hagamos una cosa, digo yo: por lo de hoy te pago ciento setenta pesos, un aumento del ochenta por ciento con respecto al 2014, ponele. Treinta por ciento del año pasado y cincuenta por la devaluación del último verano. Son doscientos cincuenta y seis pesos, dice la cotorra maltrecha. No te los voy a pagar, me planto. De ningún modo voy a permitir que me estafen. Nosotros somos empleadas, salta la otra, sin correr la vista de la pantalla. Me importa una chota. No voy a pagar. Que venga tu jefe, tu gerente o la concha de tu abuela. No pienso pagar. En la calle suenan una, diez, mil bocinas de autos, motos, colectivos. Un camión, a lo lejos. El colectivero no puede avanzar porque el dueño del auto que le impide el paso le sigue gritando barbaridades. Varios peatones filman la escena. Esperan un gran desenlace para enviárselo a fiscales morales de la nación como Santiago Del Moro o Alejandro Fantino. Tiene que pagar, señor, me dice el ave, muy seria, mirándome fijo a los ojos. Algo se desencajó en su espantoso rostro pintado. El rimmel, o los nervios, que le ponen de relieve las arrugas. Hubo mucha inflación, acota su compañera con cara de monito tití. Bal, sobre mis orejas, dice que siempre estuvo en contra de la violencia de género. El colectivero baja de su unidad, recorre un par de pasos, toma impulso y le tira una patada voladora al peatón. Algunos curiosos se tapan la boca con la mano y agrandan los ojos. Ya no están dentro de mi ángulo de visión. Les pago ciento setenta pesos, o nada, mamertas. Es lo que corresponde. No voy a dejar que me estafen. Basta. Me tienen harto. Ustedes, que se ponen la camiseta del patrón estafador, los de afuera, que van dóciles por la vida mientras les meten la mano en el bolsillo, y los de arriba, que no paran de cogernos de parado y sin vaselina. ¡A nosotros no te vas a dirigir de esa manera!, salta el ave como si un resorte la hubiese expulsado de la jaulita. Ahora la tengo a cinco centímetros de mi jeta sofocada. Se mezclan los olores de nuestra transpiración. ¡Me chupan todos la pija!, le grito con tanta rabia que le impregno algunos salivazos en los cachetes maquillados. Vos, la mono tití, tu empresa y Fede Bal, le digo, con el índice en punta, y los ojos inyectados de sangre. Luego por fin salgo del chiquero.

La furia me ciega y siento que no logro contenerla dentro de mi cuerpo, que se me escapa por los poros de la piel como si fuese veneno líquido. El colectivero y el peatón ya fueron separados. Los retienen de los hombros. Tienen los ojos desorbitados, el pelo desordenado, la ropa fuera de lugar. Al peatón le sangra la boca. Se lo merece, por omnipotente. Los bobos de siempre siguen filmando. Las bocinas ya son un escándalo. Llegan al trote dos federales y un metropolitano. Todos morochos. Serviles. Que se mueran todos, pienso, y cruzo la avenida sin mirar atrás.

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Estado, organización y lucha


Somos parte de una generación que durante los últimos seis, siete, ocho años (la falta que hacen, cuánto los extrañamos, carajo) valoró, defendió y puso la cabeza y el corazón para trabajar en la gestión del Estado nacional, y ponerlo al servicio de las necesidades del pueblo y los intereses de la Nación. Así, en esos términos. Quién hubiera pensado que nosotros, que en la adolescencia puteamos a esa entelequia llamada Estado hasta quedarnos afónicos, le tiramos cascotes y hasta alguna molotov mientras sus guardianes nos reprimían en los recitales, en la cancha, en el barrio y en las marchas, mientras el país se incendiaba y los genocidas caminaban sueltos por la calle, algunos años después citaríamos a un ministro de Economía -parecido a nosotros en muchos sentidos- en una red social, una pared, o en una revista impresa, al exclamar que el Estado nacional es la herramienta más poderosa con la que contamos para transformar la realidad. Ese mismo Estado que nos hambreaba y reprimía ahora sabíamos que podía jugar a nuestro favor y del país. Qué pasó en el medio. Nos gobernaron hombres y mujeres que no solo irrumpieron en la vida política del país flameando las mismas banderas que nosotros y nuestros padres, sino que las llevaron a la victoria, desde la mismísima Casa Rosada, que pasó a ser nuestra, de todos y todas.

Pero de repente, sin que estuviésemos preparados, el desasosiego volvió a apoderarse de nosotros. Los impresentables se apropiaron del Estado, echaron a miles de trabajadores y desmantelaron políticas públicas vitales. Estamos golpeados pero también llenos de resentimiento, porque el nuevo gobierno no solo está avanzando de modo brutal contra el pueblo, sino que a nosotros, como generación política, nos persiguen por haber engrosado y por habernos enfiestado en el proyecto político que pateó el tablero a favor de las mayorías y en detrimento de los sectores que siempre ejercieron en nuestro país una hegemonía económica, política y cultural. Somos millones los que defendemos un ideario que entre sus prioridades explicita que apostamos a un Estado presente, inclusivo y regulador de las inequidades implícitas del mercado.

Por eso en el nuevo número de la revista Kranear, junto a Rocío Bilbao y Celeste Abrevaya decidimos poner blanco sobre negro en relación al rol del Estado. Cuando está a cargo de un proyecto político popular o en manos de un grupo de gerentes crueles, omnipotentes e inescrupulosos. Nos ocupamos del tema en las ochenta páginas de la nueva edición, que en su tapa tiene una ilustración de Andy Riva, y en el que opinan y escriben, entre otros, Axel Kicillof, Alfredo Zaiat, Juan Carlos Junio, Roberto Baschetti y Daniel Catalano, de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). 






Justamente, fue junto al joven y combativo secretario general de los estatales y el comunero por el Frente para la Victoria, Osvaldo Balossi, que presentamos la revista frente a un gran número de compañeros, amigos, familia y vecinos del barrio de Caballito. Organización y lucha fueron los ejes más importantes de las intervenciones y el posterior intercambio de palabras con algunos de los invitados, por medio del micrófono. Siempre atravesados por un desagradable sentimiento colectivo de angustia y resentimiento del que hablábamos más arriba. 






Por suerte, los que hacemos la revista, también pensamos en una faceta artística para la presentación. Sucedió de un plumazo en el sorprendente sótano de la unidad básica. Allí habíamos montado una muestra de fotos de las llamadas Plazas del Pueblo, en las que decenas de miles de compatriotas se vienen manifestando desde el 10 de diciembre de 2015. Fue allí que Ramiro Abrevaya tocó un par de canciones, a voz de cuello, y Sol Giles, en nombre de los Poetas Peronistas, leyó unos versos. Éramos veinticinco personas. En ronda. En silencio. Afiebrados a las palabras y a los sonidos. Con el estómago abierto a nuestros miedos y esperanzas, mientras los más chicos, vivos como una correntada de fresco, jugaban en el piso, ajenos a la insoportable nueva realidad.

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Nuevo número de la Revista Kranear


La nueva edición de la revista Kranear está dedicada a un único tema: El rol del Estado. Un Estado que la generación de los que tenemos entre treinta y cuarenta años pudimos disfrutar y luego defender porque no solo fue utilizado para garantizar el cumplimiento de los derechos de las mayorías sino también para promoverlos y expandirlos. Un Estado que funcionó a todo vapor a favor de la inclusión social y los intereses nacionales, y que fortaleció las instituciones de la democracia. Ahora que el Estado está en manos de hombres y mujeres que tienen empresas fantasmas en paraísos fiscales y que nos hablan de pobreza cero, nos pareció atinado completar las ochenta páginas del número con un informe especial y varias notas colectoras, de la mano de dirigentes, periodistas y pensadores como Axel Kicillof, Alfredo Zaiat, Roberto Baschetti, Juan Carlos Junio, entre otros, para poner blanco sobre negro el perfil que toma un Estado en manos de un proyecto político popular, de otro antipueblo. También, como siempre, contamos con el aporte de redactores, ilustradores, fotógrafos y diseñadores.

La presentamos el jueves 5/5, en Caballito, junto a amigos y compañeros. 


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testarudo

supimos que era hincha de temperley
porque nunca ocultó la alegría
de haber ascendido a primera

pelito largo desalineado, blondo
en el barrio le deben decir polaco, o alemán
aunque se coma una s
o tenga los dientes desparejos;
bailoteaba por las oficinas
a cargo de un contenedor con ruedas
con la gracia de un zurdo en el potrero
desabrigado, desalineado,
inmune al ojo ajeno
prejuicioso, indiferente o altanero

debe tener varios hermanos
quizá viva en una calle de tierra
iría a la tribuna del celeste con amigos
le haría regalos a la novia
le compraría remedios a la abuela;
pero ayer nomás tendía los brazos
vociferaba un grito sordo

para ofrecer café caliente
en la puerta del ministerio
le apuntaba con la uña larga
a la boca de una precaria alcancía compañera
vital para los desempleados de limpieza
para no caer otra vez al vacío

la garúa era tan persuasiva
que por un instante creímos perdido
hasta el azul del cielo
pero la sonrisa del polaco estaba intacta
el pelito hasta los hombros
las perlas de transpiración en la frente
las venas hinchadas en los brazos
la mirada cansada
la sangre caliente
del testarudo que se resiste al olvido

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Autores que germinan autores


Una de las definiciones que ofrece el diccionario María Moliner para la palabra “Germen” es: “Circunstancia o suceso que, al desenvolverse, se transforma en cierta cosa”. Otra más académica dice que se trata de un “Conjunto de células reproductoras que dan origen a un animal o a una planta”. Una tercera posible aproximación la podemos representar con una experiencia personal que sucedió en el invierno de 2014, en un bar de San Telmo acondicionado con oscura madera, en el que me reuní con un editor que me había llamado por teléfono para decirme que estaba interesado en un cuento de mi autoría.

Hernán Brignardello, el puntilloso y apasionado editor, me contó cuál era la idea de Germen, el libro que junto a Marcos Almada ya tenían elaborado en sus cabezas. Yo no tenía pistas de cómo habían llegado a mí. Eduardo Muslip, me dijo. Un escritor que yo había tenido de docente en Casa de Letras, una escuela de narrativa. Me explicó que éramos unos doce escritores y que entre los nombres de los autores consagrados que figurarían en la antología estaban Liliana Hecker, Alberto Laiseca, Leopoldo Brizuela –también docente de Casa de Letras-, Ana María Shua y Marcelo Cohen. También me anunció que en los próximos días me enviarían algunas correcciones a modo de sugerencia para mi cuento.

Para un autor novel, desconocido, que se paseó por varias editoriales para ofrecer sus textos, sin suerte, que se presentó en más de un concurso y no logró ni una mención, que un día cualquiera un editor le proponga sumar un cuento suyo a una antología, significa vivir un momento de plena satisfacción. Porque seamos sinceros, uno no escribe sólo para aventurarse en los laberintos de sus obsesiones y deseos, sino también para lograr el reconocimiento de un tercero que no sea familia, o amigos. En especial, de los que se dedican a leer y publicar literatura.

Alto Pogo es una editorial independiente, que está impulsada por el fervor de sus socios. Al poco tiempo me enviaron las observaciones. Las acepté con gusto, consciente de que de ese modo el texto ganaba espesor. 


Luego pasaron varios meses hasta que nos volvimos a encontrar en el bar de FM La Tribu, en Almagro. Ya no en un mano a mano sino junto a la mayoría de los trece escritores emergentes. Nos presentamos, al principio con una predecible timidez. Sonreímos, nerviosos. Hombres y mujeres de entre 25 y 40 años que se ganan la vida con distintos oficios –desde una comentarista de la disciplina Vale Todo hasta un abogado penalista-, y que cuentan con distintas experiencias en relación a la escritura. Luego, con algunas cervezas sobre la mesa, nos aflojamos un poco más. Pasamos a las anécdotas de un taller literario, citamos a algún escritor respetado, y hasta hablamos de fútbol y política. Ahora sí alguno largó una carcajada. Hernán y Marcos, locales y anfitriones, nos contaron los pasos que la editorial iría dando a partir de esa noche, hasta llegar a la impresión del libro. La germinación. Faltaba menos.

Luego los emergentes se volverían a ver en un viejo caserón, con el objetivo de preparar un video para promocionar el proyecto. Se sentaron alrededor de una mesa, en la que comieron, bebieron y retomaron las conversaciones sobre las miradas y experiencias personales con respecto a la narrativa y también la poesía. El vino y la confianza invitaron a nuevas confesiones y carcajadas. Fue en ese clima de distensión que algunos pasaron se plantaron frente a la cámara para compartir precisiones sobre el proyecto.

Y el futuro llegó. Ya se puede comprar por anticipado el libro por medio de Panal de Ideas, un portal web que promueve el financiamiento colectivo. Así de autogestivo y sacrificado es el trabajo de los pequeños editores en la Argentina. Aman lo que hacen, pero aparte tienen que ser híper creativos. Y más ahora, con las políticas de apertura económica que está implementando el gobierno de Cambiemos. Con la preventa que se realice de los trece textos, Alto Pogo podrá costear la impresión del libro “Germen - Antología de cuentos - Autores germinan autores”.

Creo que los editores de Alto Pogo encontraron una síntesis perfecta al elegir el nombre del libro, ya que Germen se adapta de modo quirúrgico al sentimiento que todo artista atraviesa en el momento en el que la criatura comienza a andar sola. Ya la habíamos engendrado, en la soledad del cuarto, o donde sea, pero ahora estará en manos del lector, que al atravesarla con su propia subjetividad, de algún modo promueve una nueva transformación. Los que saben muy bien de lo que hablo, aparte de los lectores, son los colegas consagrados, que aparte de ser grandes creadores tienen una enorme generosidad. Gracias a todos ellos.

La lista completa de autores y la información sobre cómo aportar al financiamiento del proyecto, se puede leer acá: http://panaldeideas.com/proyectos/germen-antologia-de-cuentos-autores-germinan-autor/

Alto Pogo va a presentar el libro junto a algunos de los autores, el próximo 4 de mayo a las seis y media de la tarde en el Espacio Zona Futuro de la Feria del Libro de Buenos Aires (Pabellón Amarillo).

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planeta de fuego

yace el diario sobre el piso de la peluquería
parece inofensivo, allí, inerte como un despojo
el sol de la primera mañana
invade la vereda, atraviesa la puerta de vidrio
tiñe la portada con inoportuna belleza
pero ya no nos distrae
el estridente revuelo de cualquier clarinete;
tenemos certezas: el fusil automático está cargado
de inconfesables pero conocidas intenciones
las balas de pus con verosímiles difamaciones
revientan contra el papel obra torturado
los juglares del odio ya están afónicos
de tanta propagación de veneno
apoyados en el estratégico y extraordinario
enjambre de repetidoras,
enloquecen el corazón del peluquero
atrofian la subjetividad de la manicura
alimentan a nafta el miedo de la empleada
que enjuaga y barre el pelo
la psicosis de las clientas
la xenofobia del cadete que trae la ensalada.


mienten, destituyen
pero varios millones ya tenemos certezas;
ahí se engendra hoy
nuestro sagrado planeta de fuego
que asomará desde el río
siempre
pese a todo.

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Mi 24 de Marzo

En una unidad básica de Villa Lugano, un grupo de compañeros prepara una intervención callejera. Están sentados alrededor de una vieja mesa de madera y trabajan con tijeras, folios, tanza, cinta adhesiva, y los retratos de quince desaparecidos de su barrio. En cualquier otro momento estarían hablando unos con otros, de modo atropellado, incluso a los gritos. Pero hoy predomina el silencio. En parte porque acaban de almorzar unos sándwiches, y la digestión es lenta y pesada, pero más aún -creo yo- pesan las ausencias. Aunque ya hayan pasado cuarenta años. Los militantes populares de las fotos son jóvenes. Sus datos personales son estremecedores. Aparte de militar en distintas agrupaciones políticas, o tener militancia gremial en una fábrica, estudiaban, trabajaban, tenían parejas, hijos. Cientos de veces vimos sus bigotes y sus hebillas en las fotos en blanco y negro. Es la generación que se jugó hasta la propia vida por sus convicciones. Allá lejos, en los setenta.

Los militantes de la básica también son muy jóvenes. En su mayoría tienen entre veinte y treinta años. Algunos estudian en la facultad de ciencias sociales. Otros trabajaban en el Estado nacional hasta hace unos días. Algunos dan una mano en los comercios de sus padres. Otros van al gimnasio. La mayoría sufrió las consecuencias de la crisis del 2001 y se sumó a la militancia cuando perdimos a Néstor Kirchner. A Cristina también la llevan en el corazón, y hoy la extrañan con desesperación. Pero ahora terminan de anudar y depositar con delicadeza, dentro de un par de cajas, la hilera de fotos de los militantes que se chupó el terrorismo de Estado. Luego levantan una mesa, una sombrilla azul marino del Frente para la Victoria, un par de sillas de plástico, cierran la persiana de la básica y se dirigen casi sin hablar hacia el corazón comercial del barrio.


En el boulevard todavía se respira la quietud de la tarde. Falta un rato para que los vecinos salgan a darle una vuelta al perro. Los jóvenes aprovechan para cruzar la tanza, a la altura de la cabeza, entre una estatua que nadie mira y un árbol. Luego enganchan las fotos. Trabajan de modo creativo e incesante. Ya no hay modorra y están efusivos, como siempre. Los saluda un hombre de pelo negro que maneja un taxi. Otro que pasa caminando con el teléfono a la altura de la boca. Una jubilada frena unos minutos para hablar con una de las chicas. La instalación se puede apreciar desde cualquiera de las cuatro esquinas. Los jóvenes de aquellas viejas fotos en blanco y negro están desaparecidos. Cualquiera lo sabe. O lo intuye. Por ley, se aborda el tema en todas las escuelas del país. La imagen se completa con el grupo de jóvenes que están debajo de la sombrilla. Conversan, ríen, miran sus celulares. Son los militantes del barrio que, cuarenta años después, homenajean a los de las fotos con una actividad de las tantas que hacen todas las semanas. Son los mismos pibes que viven y militan en el barrio, que no aflojan, con las mismas armas que los de las fotos: las convicciones y el corazón.

**

Durante la semana, un par de docentes de la escuela pública de la ciudad, desde la Radio Gráfica, me entrevistaron al aire por ser hijo de desaparecidos. Lo primero que hice fue hacer la obligada distinción: Soy hijo de un asesinado y lo puedo ir a llorar al cementerio de Olivos. También conté que la vida me puso por delante un nuevo padre, que todavía conservo, y que tuve la fortuna de que junto a mi madre siempre me hayan dicho la verdad. Incluso la noche del 15 de noviembre de 1976, cuando ella se arrodilló frente a mí y me confesó la más dolorosa de las verdades. Luego relaté las peripecias de una infancia nada ordinaria y mi paso, ya de joven, por la agrupación H.I.J.O.S., en la que no solo me reconocí en mis pares, sino que aprendí a valorar la importancia que tiene la organización como un modo de entender y enfrentar la vida, por lo menos en la Argentina. Como lo hacen los entusiastas compañeros de la unidad básica, que tienen la noble aspiración de promover, hasta donde les de la fuerza, la grandeza de la Patria y la felicidad del pueblo.

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Presente

El presente continuo

Hay una diferencia esencial entre el kirchnerismo y el macrismo: la forma de abordar el presente cuando gobierna.


El kirchnerismo anunciaba de forma permanente medidas que -en general- favorecían a la gente. Las concretaba, le ponía nombre, ponía funcionarios y se abría la atención al público: jubilaciones, asignaciones, empleo joven, subsidios, vacunas, vuelos, trenes, Tecnopolis, Centros Culturales y la lista sigue hasta agotar.
El macrismo en cambio está todo el tiempo diciendo lo que va a venir, lo que alguna vez nos va a tocar si nos portamos bien: habrá producción, habrá empleo, habrá pobreza cero, habrá seguridad, habrá transparencia, habrá modernización. Como dijo hoy Axel K, van corriendo la zanahoria: sacan el cepo (no alcanza), hay que arreglar con los buitres (no va a alcanzar), después tocará el FMI. Y así. Mientras tanto decenas de miles de personas son echadas de sus trabajos, los derechos se van ahogando en un mar de incertidumbres y los hechos de violencia se reproducen.
Estás muy politizado
Cosas obvias y trilladas: la política es un mundo de símbolos y los medios de comunicación tienen más poder que miles de políticos con poder.

Ahora bien: ¿Dónde está el límite social? ¿Cuándo aparece el límite social? ¿Cuándo aparece la realidad?
Estos delincuentes, empobrecedores y violentos no pueden salirse con la suya. A tres meses de gobierno es más que claro que si les va bien a ellos nos va mal a todos.

Por eso tampoco se entiende el rol de ciertos políticos que supieron acompañar otras políticas. La sensación que tengo es que, otra vez, se alejan de la sociedad, como en los 90. Pero tiene sus razones.


El triunfo del macrismo fue también el triunfo de la despolitización. Ganaron los que batallan para que nadie se involucre. Con el verso de la modernización, y una gran política de marketin, nada se discute ni se debate. La política está al servicio de la gente, dicen, mientras en la agenda política solo se habla de pagar bonos que pocos argentinos tienen y que fueron adquiridos por buitres que se aprovechan de lo peor del sistema capitalista.
Ese marco genera que ciertos políticos vuelven a sentir que lo suyo es un oficio, no una responsabilidad, un trabajo específico y no un compromiso. En una Argentina que promueve que el pueblo no se politice, la política -piensan algunos- queda para los políticos y aparece lo peor de ellos. Esos "políticos" se empiezan a entender con "los políticos" y no con el pueblo, apoyándose en falsas encuestas donde vale lo mismo la ropa de Awada que el trabajo de los argentinos. Ojala paguen socialmente el daño que están haciendo. El tiempo es sabio y la paciencia sabia.

Bancamos al bloque del FPV que tiene una posición ideológica, consecuente, una decisión política, no de "políticos", sino de militantes políticos, una decisión sostenida en un programa de ideas, valores y principios y pensando en las consecuencias para el pueblo y no en las consecuencias para sus carreras políticas.








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Inyecciones de encanto (2)


Tuvimos que refugiarnos del sol bajo la sombra de uno de los árboles del parque de una de las exclusivas casas cuyos fondos desembocaban en la playa. En el jardín de al lado, los adultos de por lo menos dos familias de argentinos se aprestaban a prender el fuego de lo que presumimos sería un asado. Un rato más tarde, un poco por hambre, otro poco porque el calor nos estaba aniquilando, caminamos hasta la zona del centro y nos acomodamos en un pequeño restaurant con vista al mar y a la iglesia incrustada en el morro, en el que comimos una porción de rabas, papas fritas y una cerveza helada por trescientos pesos argentinos. En un plasma que estaba en el interior del comercio, pasaban un especial de capoeira bahiana que me conectó con otro viaje que realicé a Río de Janeiro en 2001. Cuando a eso de las cuatro de la tarde regresamos a la playa, decidimos dejarnos caer sobre unas sillas de plástico, y bajo la sombra de una sombrilla, pertenecientes a un bar de despacho de cervezas y licuados que funcionaba sobre una casa rodante, a pocos metros de la arena, en dirección a la costanera. Se pueden quedar, no hay problema, nos dijo uno de los camareros, en malla y con lentes para el sol, cuando vio en nuestras caras gringas las muecas de incertidumbre. Si quieren consumir algo, nos avisan. Tudo bom. Genial. Eso hicimos, un rato después. Entonces leímos algunas páginas de nuestros libros. Rocío, La revolución en bicicleta, de Mempo Giardinelli. Yo, Jefazo, la biografía de Martín Sivak sobre el compañero Evo Morales.

El doctor Eric Sabatini Regueira no debía tener más de treinta años. Era alto, flaco y en el bolsillo superior de su delantal blanco llevaba colgada una lapicera. El consultorio era pequeño y solo contaba con un escritorio, un par de sillas de plástico, una computadora, un mueblecito con puerta de vidrio y una camilla. Hablaba un perfecto portuñol. Nos pidió que le contemos por qué estábamos ahí. Eso hice, con un portuñol defectuoso. Sobre el final le pedí que me inyecten. Tomó algunas notas con el teclado y luego me pidió que me acostase en la camilla. Me hizo hacer algunos movimientos con las piernas y me realizó nuevas preguntas. Su tono cordial y su perfecta pronunciación delataban que el joven era hijo de una clase media que, hay que decirlo, el Peté de Lula y Dilma viene ensanchando de modo notable desde el 2002. Nos recetó tres medicamentos inyectables y nos envió a esperar a otra sala. Estaba tan aliviado que lo hubiese abrazado, pero me contuve y a cambio volvimos a darnos un apretón de manos. Lo mismo hizo con Rocío, en cuyo rostro tostado comenzaba a reestablecerse, por fin, su dulce semblante.

Contra las paredes –ahora sí algo descascaradas- de la sala de extracciones de sangre había acomodadas dos hileras de cuatro sillones reclinables de cuerina negra, con grandes apoya brazos y un perchero de metal para colgar suero o cualquier otra medicación. Me desparramé en uno y la invité a Rocío a que hiciese lo mismo, enfrente. Ella es tan respetuosa y ubicada. No quería. Insistí. Entonces se sentó. Nos miramos, sonreímos. A punto de por fin ser inyectado, supimos que a pesar de los inconvenientes, lejos de casa, estábamos en la antesala de la vuelta a la normalidad. Lo mismo con el auto, suponíamos. Aparte, no estaba nada mal que nuestras primeras vacaciones juntos tuviesen un capítulo alarmante para narrarle a los amigos y a la familia mientras mirásemos fotos en un living. De repente una enfermera ingresó a la sala. Tenía unos cincuenta años, delantal verde, una cofia del mismo color sobre el pelo y cara de pueblerina. En la mano traía una bandejita de plata. Me saludó y preguntó si yo era el del dolor en la cintura. Me ató una goma en el bíceps derecho y después de buscarme la vena la pinchó con una pequeña agujita. Sería por ahí, que a lo largo de unos cinco minutos, me introduciría tres remedios inyectables, uno detrás del otro. No sería un pinchazo en la nalga, entonces, sino a través de un sistema tipo transfusión de sangre. ¿No viene el garapobense al hospital del pueblo?, dije. Está trabajando, contestó ella. Pero cada tanto se enferma, como cualquier cristiano, agregué. No, acá se trabaja toda la temporada y luego se viene al hospital, dijo ella. Me puso un algodón sobre el punto rojo en que había entrado la aguja, luego una cinta, y me dijo que descansase otros cinco minutos antes de partir. Le conté que estábamos muy agradecidos con ella y con todo el sistema de salud pública brasileña. Sonrió. Alguna fibra del orgullo nacional le había tocado. Luego nos saludó y se retiró de la sala.

El taller ya estaba cerrado pero nuestro Gol estaba estacionado, en marcha, en la entrada de la casa de la parte delantera del terreno. Le preguntamos por Carlos a un hombre que vestía pantalones cortos y un par de viejas Havaianas y que estaba apoyado contra la pared de una casa. Nos señaló la vivienda del fondo del terreno. Cuando pasé a su lado, el hombre me miró con ojos extraviados, como si mirase sin ver. Aplaudí en la base de la escalera que ascendía a la casa del mecánico. Se asomó su hijo de doce años, de simpáticos rulos ensortijados, vivaracho, pícarón, que el día anterior mientras me mostraba con orgullo y junto a dos amigos el fondo del taller del padre, contó de modo atropellado que la semana anterior, una noche de mucho calor, había surfeado unas olas a eso de las doce de la noche. Mi papá está hablando por teléfono, me avisó. El motor del auto, a mis espaldas, ronroneaba con suavidad, sin chirridos. Ya eran más de la una de la tarde y teníamos que manejar setecientos kilómetros hasta Sao Gabriel, a mitad de camino hacia casa. Carlos bajó con el teléfono en la mano. No debía tener más de cuarenta y cinco años. Hacía quince años que estaba en Brasil, y ocho en Garopaba. Su mujer estaba embarazada. El día anterior había ponderado la calidad de vida de aquellos parajes de gente tranquila y un mar precioso. No nos quiso cobrar un peso. Le volvimos a agradecer tanta humanidad. Nos deseó buen viaje y nos saludó desde el la puerta de su hogar con la palma de la mano engrasada.

Aquel caluroso mediodía del 31 de enero, cuando finalmente emprendimos la larga vuelta a casa, Rocío manejó los cuatrocientos kilómetros de la imponente autopista BR 101 que nos llevó hasta Porto Alegre. Maniobró bajo la lluvia por sinuosas subidas y bajadas, por arriba y por dentro de los morros. Cebé mate, preparé sándwiches y puse canciones tal cual había hecho ella durante la ida. A nuestros costados, la imponente industria brasileña se expresaba en la vastedad de cementeras, automotrices, fabricas, centros comerciales y un sin fin de estaciones de servicios.

A la noche cenamos en la plaza del pueblo agropecuario de Sao Gabriel, en diagonal a la esquina en la decenas de vecinos ensayaban las sambas que cantarían y bailarían durante casi una semana, unos días después, en el mundialmente conocido carnaval brasileño. Luego, dormimos en una casa de familia encabezada por una vieja mujer negra que vivía de la crianza de abejas y que escuchaba reggae en un celular. Al otro día, ya en la frontera, compramos un juego de cubiertos Tramontina, y un rato después, por fin, agarramos la renovada ruta nacional número 14, y emprendimos, ahora sí, la recta final hacia casa. Sabíamos que nos esperaba una durísima y nueva realidad. Pero nos teníamos a nosotros, y los recuerdos todavía nítidos de nuestras primeras vacaciones.

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Manu y Santino Dios