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La cabeza de los dirigentes

Tiene razón el peronista de perón Julio Piumato. En las imágenes de la televisión se ve con claridad que efectivamente es el salvaje del Cuervo Larroque el que está montado sobre el atril del escenario, mientras agita los brazos y entona con su musculosa uno de los temas más encendidos del cancionero de La Cámpora. El líder del gremio de la sanidad y parte del frente renovador, Héctor Daer, también dice la posta: el que sostiene la mano de Larroque desde el escenario, con la típica postura altanera del barrabrava en el pie del paraavalanchas, es el nieto recuperado Horacio Pietragalla. Y su lado, lo vemos todos, está Mariano Recalde, mientras agita los brazos junto a su padre Héctor. Más allá, Agustín Rossi y en el fondo el gordo D'Elia, por supuesto. Son certeras y honestas las declaraciones de otros dirigentes de la central obrera que cuentan con los portales y micrófonos de la prensa dominante: los cien hombres y mujeres que coparon el escenario al grito de “poné la fecha, la puta que te parió” son de las “intendencias ultra k” que llegaron desde el sur de la provincia de Buenos Aires con la intención de generar disturbios y de ese modo ser funcionales al macrismo saqueador.

El descontento social inundó el centro porteño. Lo plantearon con efusividad los trabajadores a sus conducciones sindicales. No va más, amigo. Vamos al paro, al plan de lucha. Los que nos gobiernan nos odian. Son el antipueblo. Así fue que los Daer, los Juan Carlos Schmid y los Carlos Acuña -aparte de los Piumato, claro- se tuvieron que escapar del acto rodeados de custodios. Ahora usufructúan los espacios que tienen comprados en los medios de comunicación, pero no alcanza. Fueron desbordados por las bases y el “hombre a pie” del que habla el periodista Mario Wainfeld. Tendrán que dar explicaciones para adentro y para afuera de sus organizaciones sindicales.

La Cámpora y el resto de las organizaciones políticas kirchneristas, mientras tanto, coparon y marcharon por la avenida de Mayo, con su color, su fiesta, su alto nivel organizativo, su cancionero, y sus militantes de la capital y la provincia de Buenos Aires de todas las edades. Adhirieron a la movilización que la central obrera lanzó para defender la industria y el trabajo y se manifestaron junto a miles de argentinos, a pocos metros del acto que, por otro lado, fue realizado en una zona tan poco estratégica como la idea de estirar hasta el hartazgo la decisión de defender los intereses de los trabajadores, y -no te pedimos tanto- los intereses de la patria.

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Momentos eternos (I)

Fidel chapotea entre las olas que le llegan hasta las rodillas con una frescura poco habitual para un nene de menos de tres años. Aferra la mano de su padre -mi cuñado-, pero los movimientos de su cuerpo reflejan una libertad imprudente. Más allá de la rompiente, estruendosa, se dibuja un horizonte tormentoso. El viento sopla, nos sacude el pelo. A Rocío se le eriza la piel de los brazos. La acaricio. Apoya su cara en su hombro derecho y me sonríe. Sus ojos son enormes, y transmiten una calma contagiosa debajo de unas pestañas preciosas. Mi madre también está dentro del agua, pero más lejos de la costa. Siempre fue una gran nadadora. Recuerdo sus armoniosos movimientos de sirena dentro de una pileta de agua cristalina de alguna quinta bonaerense. Pero nunca –por lo menos desde que soy un adulto-, en el mar, en una playa. Junto a ella enfrenta las olas con su cuerpo otra valiente. La madre de mi cuñado. Es un puñado de años más joven que mi madre. Docente porteña e incansable luchadora. No sabemos acerca de qué conversan. Muy probablemente sobre los presentes de sus hijos. Nosotros somos tres –el hermano del medio está junto a su esposa e hijita en Río de Janeiro-. Ellos, cuatro. O quizá conversen sobre la trágica situación política del país. ¡Uy! Justo miran para acá y levantan sus brazos para conformar en el aire cada una V. Nosotros las imitamos. La ideología y las convicciones unen a las dos familias como las gaviotas al cielo nublado y la arena limpia por efecto del viento. Mi padre, a un costado, se infla de orgullo al ponderar el valor de mi madre, mientras la vemos clavar su humanidad en el corazón de una ola espumosa. Él viste camisa floreada y boina. Algún turista diría que tiene pinta de escritor. Justamente eso es él, le diría yo. Uno de los mejores. Estuvo leyendo un policial hasta hace un rato dentro de la carpa que alquilamos por el día entre todos. Fóbico al agua –por lo menos del Mar Argentino- y levemente tostado por la resolana, en un rato propondrá, con algo de pudor por ser acusado de poco amante de la naturaleza, de ir yendo a casa para almorzar. Mi hermana es la más joven de los tres hijos de los Abrevaya. Está feliz por estar allí, junto al resto, aunque el sol no se muestre. Es madre de un bebote tan tierno como locuaz y compañera de un joven dirigente que lleva en sus entrañas la épica y potencia transformadora kirchnerista. Mi hijo, que ya tiene trece años, hace jueguitos con la pelota, a unos metros de distancia, sobre una asombrosamente extensa zona de arena seca, apta, antes que ninguna otra actividad, para jugar al fútbol. De repente, la postal se rompe porque Fidel decide pegar media vuelta y encarar desbocado hacia nosotros con la cabecita ladeada hacia un costado como cada vez que la alegría le conmueve el cuerpo. Su padre lo sigue de cerca y saborea el contacto que harán su hijo y su enamorada, que ahora se agacha, estira los brazos y no le alcanza la sonrisa para contener tanto amor. El abuelo inmortaliza el momento con unas fotos de su celular. Ahora sí es hora de volver a casa, ahí nomás. La casa de los Dios, en Villa Gesell, que desde hace unas horas, está ocupada por los Abrevaya.

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Centenares de Néstores y Cristinas sembraron amor en las calles de La Emilia

Para tipos como el periodista pago Eduardo Feinmann se torna incomprensible que quinientos jóvenes y no tanto viajen doscientos cincuenta kilómetros para hacer un aporte en la reconstrucción de un pueblo azotado por una inundación. Que cambien el plan de ir a una quinta a comer un asado y tirarse a una pileta para meterse cavar una zanja o cargar muebles podridos por el agua hasta el acoplado de un camión. No pueden tolerar que todos esos pibes formen parte de una organización política que entiende que hay que estar siempre junto al pueblo, en especial en las malas. No soportan tanta entrega, tanta convicción, tanto amor. Tienen miedo y por eso escupen veneno durante las veinticuatro horas. 

Publicamos en Diario Registrado una crónica con algunas escenas y datos de la jornada militante que La Cámpora y otras organizaciones del campo nacional realizaron en la pequeña localidad de La Emilia, en el partido de San Nicolás, en el límite con Santa Fe.

Nota: http://bit.ly/2iSvxpN








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Surcar el aire hace tres generaciones

La luz de escenario se abalanzó sobre su pequeña figura ni bien acarició la lona con sus pies descalzos. Ella apuntó sus ojos atigrados hacia la platea. En su mirada no había nervios sino curiosidad. Vestía calzas coloradas y llevaba el pelo suelto. La madre, desde un rincón de la estructura metálica, le bajó el trapecio a través de una soga. El único sonido que se escuchaba en el circo eran las cuerdas de la guitarra española que rasgaba con delicadeza un joven de pelo rubio. La nena abordó la hamaca con un movimiento elástico, e inmediatamente después, con un gesto de mano, le indicó a la madre que le diese más altura. Fue ahí que la pequeña gimnasta hizo su primera pirueta: aferrarse a uno de los lados del trapecio y estirar el cuerpo, a lo largo y en el aire, hacia uno de los costados. Se transformó en la flecha de un arco ilusorio. Hubo suspiros, susurros y una cerrada cortina de aplausos. El trapecio se elevó un metro más. Ahora sí estaba alto. Peligrosamente alto. No había red ni colchoneta. Una mujer abrazó a sus hijos. Otra se llevó la mano a la boca. El guitarrista ahora punteaba una melodía tensa. De cara al cielo estrellado de Villa Gesell, la acróbata se sentó sobre la base del trapecio y luego de hamacarse un par de veces dejó caer hacia atrás medio cuerpo hacia el vacío, luego de enganchar sus piernas a la base del trapecio. A los aplausos se sumaron chiflidos aprobatorios. En el rostro de la madre, mientras hacía descender a la artista, se adivinó una mueca de felicidad. De triunfo. Le nena puso los pies descalzos sobre la lona y caminó dos pasos en dirección a la platea con la vista clavada en un punto fijo. Hacía lo que podía para contener una sonrisa que se le desbocaba. El guitarrista estiraba los acordes para acompañar el cierre del número. Fue en ese momento que Indaia, con sus cinco años, hizo el movimiento que todo artista realiza para cerrar su presentación: inclinar el cuerpo hacia adelante y hacia abajo, para luego erguirse con los brazos abiertos y de cara al público. El aplauso de los doscientos turistas y el resto de los artistas, músicos y colaboradores fue tan intenso que una bandada de palomas sacudió las copas de los pinos del predio para perderse en dirección al mar argentino. Ella fue hasta un costado para abrazar a sus primitas, sentadas en la primera fila. Así finalizaba el primer número de la primera función de la edición 2017 del Circo del Aire.

La madre es María y la hija, Indaia. La parió a los treinta y ocho años. El Circo del Aire ya funcionaba hacía cuatro, gracias al amor que le ponía, entre otros, la primera hija de María, Natalia, que hoy tiene veintinueve y que nació cuando su madre tenía quince. En aquel 1987, María probablemente todavía no sabía que su vocación sería el arte callejero. O sí. Es una buena pregunta para hacerle. Pero así fue, a pesar -o como consecuencia- de haber crecido en un hogar atravesado por el compromiso político en épocas en las que las consecuencias eran el exilio, la muerte y la desaparición, entre otros castigos. La madre de María fue la última pareja de mi padre, que con anterioridad ya me había tenido con mi madre. Ambos padres militaban en el peronismo revolucionario. Uno en Rosario y el otro en Buenos Aires. Ambos fueron asesinados por el Ejército Argentino, en distintas circunstancias. En las bibliotecas de nuestras familias están las fotos de un encuentro que tuvimos en la costa atlántica, antes de que María, su madre y su reciente hermano- mi hermano- se escapasen del país. Plena primavera de 1976. Estamos en blanco y negro. Se nos ve tan ingenuos, lúdicos y sonrientes, a pesar del derrumbe y la desesperación que azotaba a los nuestros. Los recuerdos más frescos los tengo de nuestra adolescencia, una época en la que yo tocaba el bajo y ella ya andaba por el aire. Fui a muchos de sus eventos, encuentros, fiestas, en el que un universo variopinto de artistas no solo lucían un talento deslumbrante a través de sus acrobacias, danzas aéreas o malabares, sino que también nos emocionaban y hacían reír. Pero había más: yo veía en ellos un modo de resistir el neoliberalismo de la década del noventa, que por aquellos años era salvaje y dejaba marcas, mientras que otros nos refugiábamos en el consumo de drogas con los pibes del barrio. Ellos vivían todos juntos en una casona tomada del Tigre, viajaban por latinoamerica y vivían de la gorra que ponían en las plazas de los pueblos, se instalaban medio año en un circo mexicano con la intención de formarse, se enamoraban libremente. Desafiaban al sistema por los márgenes. No era gratis, claro. María hizo y deshizo cientos de veces. Ganó y perdió. Amó y sufrió. Quizá hasta enloqueció. Como casi todos nosotros. Pero nunca dejó de hacer lo que más le gustaba. Llevó a todas partes el trapecio, la danza aérea y el deseo de surcar el aire. Debe tener una obsesión con el aire. O mejor dicho: con el vuelo. Con el desafío de encontrar o elaborar una belleza allí arriba, en el aire, en la altura, sobre un trapecio, una tela, una cinta. Sola, o junto a un colega. Un día comenzó a dar clases. Su hija, que ya había heredado la técnica y el amor por la disciplina, fue su mejor alumna. Natalia, con el paso de los años, tomaría rumbos diferentes a los de la madre, pero nunca se desprendería del circo. Una mañana de la década ganada llegó la hora de abrir una escuela. Tener a cargo docentes para cada disciplina. Formar a los jóvenes y a los niños, en un momento en el que hacer circo se había puesto de moda. Natalia era una pieza clave para sostener el proyecto. Alma y corazón para la nueva y ansiada pyme familiar. Estaban haciendo escuela, marcando un camino, con la espalda de la experiencia cirquense gesellina, en boca de todo el mundillo artístico, por ser una propuesta profesional de calidad, por significar una oportunidad de trabajo para todo el verano, por presentarse como una rica experiencia de vida. Por allí, a lo largo de los años, pasaron decenas de artistas nacionales y del continente. Incluso, algún fin de semana, alguno acróbata europeo que andaba por la costa atlántica.

Por eso María, seguramente, hace unos días, cuando tuvo que ponerle palabras al cierre del estreno de la temporada 2017 del Circo del Aire, no dudó en confesarlo. Le agradeció a sus dioses internos y a sus seres queridos haber decidido a último momento ir a Gesell a armar el circo -que ahora lucía espléndido, con su carpa, su marquesina decorada con lámparas blancas, su cielo estrellado, las gradas colmadas de turistas, el pinar, las sonrisas de artistas con sus maquillajes y vestuarios-, pese a lo pésimo que había sido para todos el 2016, ya que de ese modo, en ese instante, no solo podía volver a hacer una vez más lo que más le gusta en la vida -surcar el aire, perderse en su vuelo, y suspirar muy hondo, cerrar los ojos y levantar los brazos bien alto cuando el público te aplaude-, sino también, disfrutar durante un puñado de minutos interminables, de la libertad con la que Indaia realizó su juego, frente a la platea, su madre, su hermana (a la distancia), su abuela Lala, sus primas y el mundo entero.

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fanático de la lengua

por estas horas
no valen las felicidades
para mi
ni los felices fiestas
ni el feliz año nuevo
u otras frases de ocasión

las palabras son sagradas
le dan forma y sentido
a nuestra vida
desde hace algunos años
las elijo con pinzas
las cuido
como a lo nuestro

en la batalla por el sentido
se apropiaron de términos
como cambio, consenso
diálogo, sinceramiento
hablan de crecimiento, inversiones
revolución de la alegría
siempre por el bien de los más vulnerables
y ¡la república!
pero yo, un irritante fanático de la lengua
leo y escucho
hasta en los sueños
enormes titulares
con palabras como demagogia, farsa y fraude
mentira, cinismo y perversión
endeudamiento, recesión
achicamiento, efe eme i y falta de oportunidades
desocupación, tristeza, hambre
y presos políticos

no soy yo
lo sé
un maleducado
alguna vez y para siempre
los individualistas, resentidos y estafados
serán menos que los idealistas y
comprometidos con su tiempo
ese día sí te devolveré, comerciante
o vecino, o madre de compañerito de mi hijo
el felices fiestas;

hoy no puedo
soy fanático de la lengua

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Pases en tiempo de desempleo IV (parte final B)

Marcelo se sentó en el borde de la fuente de agua que está frente a la entrada del Parque Sarmiento, y miró la hora en la pantalla de su celular. Las seis en punto de la tarde. De Uriel y Gastón -el joven de gorrita- no había señales. El corazón le galopaba a una velocidad inédita. Nunca le había corrido tan rápido la sangre. Respiró hondo por lo menos cinco veces, hasta tranquilizarse, como hacía de chico, cuando sufría brutales ataques de asma.
El dueño y empleado de la pinturería llegaron 18.04 arriba de una camioneta Fiorino de color gris topo. Le hicieron señas para que se subiese a la caja cerrada del vehículo, y arrancaron.
- ¿Estamos bien? - le preguntó Uriel a través del espejo retrovisor.
- Bien, sí.
- Me alegro.
Dieron una vuelta en U y pasaron a provincia de Buenos Aires por encima de la General Paz, que a esa hora estaba colapsada por el tráfico. Cuatro cuadras más adelanteenfilaron hacia la izquierda por una calle lateral. Hicieron cincuenta metros y frenaron frente al portón oxidado de una fábrica cerrada.
- Venite al volante, Marcelo.
Los tres hombres, en simultáneo, cambiaron de lugar. Uriel se acomodó en el asiento del acompañante y Gastón, en la caja. El jefe abrió la guantera y sacó un morral y una cartera de mano, de la que sacó dos pistolas nueve milímetros. Le pasó una a Gastón, que la maniobró para corroborar que funcionase correctamente. Uriel guardó la suya detrás de su cintura.
- Esta es para vos pero no es imprescindible que la uses. ¿La querés? - le ofreció una pistola calibre 38 a Marcelo.
- No, gracias. Ni siquiera la sé usar.

Viajaron en silencio, por la avenida Mitre, unas veinte cuadras. Durante todo el trayecto Marcelo estuvo tenso como una viga. Uriel lo debe haber notado, pero no dijo nada. Esta vez no perdía el tiempo con las fotos, videos y mensajes del celular. Ahora iba serio como perro en bote, con la vista clavada en la película que transcurría del otro lado del parabrisas. Se había sacado el aro de oro de la oreja izquierda. El horizonte tenía un color anaranjado. Luego de algunas indicaciones, llegaron a la cuadra de la farmacia.
- No apagues el motor y cualquier movimiento sospechoso que veas me pegás un llamado. ¿Estamos? -ordenó Uriel.
- Estamos.
- Nos vemos en un toque -lo despidió Gastón, que en ningún momento del viaje había perdido su semblanza de pibe despreocupado.
La Fiorino estaba estacada, con el motor en marcha, sobre Bernardino Rivadavia, la cuarta calle paralela a la avenida Mitre, en dirección a la Panamericana.. En la cuadra no se veían mas de diez personas que iban o venían. La tarde ya comenzaba a caer y la temperatura rozaría los veinticinco grados. La luces de neón verdes y blancas de la marquesina de la farmacia ya estaban encendidas. Marcelo vio cuando sus compinches ingresaron al local y, un segundo después, Gastón cerraba la puerta de vidrio luego de mirar hacia los costados.

Pasaron exactamente 2.56 segundos hasta que Gastón volvió a abrir la puerta de la farmacia. Para Marcelo transcurrió una vida. Durante todo ese lapso de tiempo no movió un músculo de su cuerpo. El celular siempre lo tuvo sobre su pierna derecha. No sacó los ojos de la puerta de la farmacia, salvo para mirar hacia uno u otro lado de la calle. Deseó tener la treinta y ocho a mano. Transpiró como un chancho y le faltó el aire, pero en un momento logró apaciguarse a partir de la aparición que realizó su nona Violeta por medio de imágenes y recuerdos. Había crecido con ella en su humilde vivienda de material del barrio Mitre, en Saavedra. Era tucumana, había llegado a Buenos Aires con un primo, cuando era muy chica, y luego de trabajar sin descanso en casas ajenas, fregando pisos y baños ajenos, planchando ropa ajena, cuidando hijos ajenos, se había podido jubilar, sin haber aportado nunca un solo peso, en 2012. Pero al año siguiente nomás, el diablo metió la cola y permitió que se la llevase una inundación. La vecina que la cuidaba había cerrado con llave desde afuera, y la vieja no pudo salir de su propia casa, a la que le entró el agua de la lluvia y el centro comercial Dot hasta lo más alto de la puerta. Violeta tenía la piel oscura como la tierra húmeda, y surcada por cientos de arrugas. Era dura como el roble. Sólo había tenido un puñado de gestos cariñosos para Marcelo a lo largo de toda su infancia. Pero a pesar de llevar una vida modesta, siempre se ocupó de que al nene no le faltase nada.

- Más fácil que robarle a un nene un chupetín, Chofer – largó Uriel ni bien se metió en la camioneta. Tenía los cachetes rojos y húmedos, y la mirada todavía helada -. Salí bien pancho. Como si fuésemos tres amigos que se van a pescar a Chascomús.
No podían bajar las ventanillas por una cuestión de seguridad. El hedor a la transpiración y adrenalina de Uriel y Gastón invadía la cabina y la caja del vehículo. Ninguno abrió la boca hasta que cruzaron la General Paz, ya no por Mitre, sino por encima de la Panamericana. Una vez que dejaron atrás el control policial de la avenida Goyeneche, y la moderna comisaría de la Metropolitana, ya del lado de Capital, bajaron los vidrios, guardaron los fierros en la cartera de mano y prendieron un par de cigarros.
- ¿Cuántas vamos ya? - le preguntó Uriel al de la gorra, que se había arrodillado en el fondo y no podía quedarse quieto.
- Media docena.
- Un buen número.
Chocaron las palmas de las manos. Fuerte. Con ganas. Luego Uriel le dio unas palmadas en el hombro a Marcelo.
- Muy bien, Capo. Ni una falla.
Estacionaron en la esquina de “Tu color”. Bajaron del vehículo y caminaron con el paso apretado. El morral de cuero gastado que colgaba del hombro derecho de Uriel bailoteaba al son de las cosquillas que le sacudían el cuerpo. El local todavía estaba abierto, a cargo del segundo empleado. Uriel lo despachó en seguida. Cerraron y se dirigieron a la oficina del fondo.
- Tomás cerveza, ¿Marcelo?
- Sí.
Uriel puso sobre la mesa playera tres vasos y una cerveza helada que sacó de una heladerita. Brindaron.
- Así que ya vamos media docena.
- Sí, pá. Y por ahora tenemos la suerte de nuestro lado.
- Exacto – dijo Uriel.
- Aunque todos sabemos que esa racha se corta en el momento menos esperado.
- También es cierto -coincidió el jefe, mientas se ponía de pie e iba hacia el mueble en el que había dejado el morral.
- ¿A vos se te hizo muy largo? - le tiró el pibe a Marcelo.
- Interminable. Es la primera vez que lo hago.
- Ya sé. Pero te vi tranquilo, eh. Hay que tener sangre fría para hacer esto.
Uriel se puso frente a los muchachos con varios fajos de billetes de cien en la mano.
- Negro, para vos tengo diez lucas. Tomá. Te las ganaste – y le pasó el dinero a Marcelo.
- Para vos, esto -le entregó el dinero a Gastón. La pila de billetes era más alta que la anterior.
- Yo ya me guardé lo mio -aclaró, y volvió a llenar los vasos para luego pedir otro brindis.
Cuando Gastón puso un reggeatón en su celular y se prendió otro cigarrillo, Marcelo se estaba poniendo de pie para irse a casa. Uriel lo miró con una mueca de asombro. Estuvo a punto de invitarlo a que se quede un rato más. Pero en cambio le hizo un comentario del viaje:
- La vuelta que tuvimos que pegar para llegar de nuevo al barrio, ¿no?
- Sí, antes de ayer arrancaron con la obra del túnel. El tránsito ahora es un quilombo.
- Ey, yo estuve en la protesta que hicieron los vecinos ese día a la noche.
- ¿Posta? -dijo Uriel, mientras leía mensajes en su enorme teléfono.
- Sí, me crucé a una ex que iba para allá y la acompañé. Alto bardo había en la zona. Fuego. Un par de giles tiraban abajo las chapas. Había polis y bomberos.
- Mirá vos.
- ¿Lograron algo?
- Al contrario.
- ¿Qué pasó? - Uriel ahora miraba hacia los ojos de su compañero.
- Echaron a uno que estaba hablando por el megáfono por hacerse y comerse la poronga.
- Ah bueno. Pero así no vamos a hacer ninguna revolución.
- Qué se yo. A mi la verdad es que me chupa un huevo -dijo el pibe, mientras se pasaba los billetes de cien con la cara de Evita por los dedos -. De echo fui uno de los que lo putearon.
-...
- Nos vemos en cualquier momento, muchachos -cortó Marcelo con la mano en alto, y yendo hacia el frente del negocio.
- Nos vemos, capo -lo despidió Gastón.
Uriel abrió la cortina para que pudiese salir Marcelo. Antes de que sacase el cuerpo, le dijo:
- Esta es guita fácil pero entiendo que vos no te la vas a quemar.
- No. La necesito.
- Nos cruzamos en el parque o te llamo, ¿sí?
- Dale. Gracias por darme una oportunidad.

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Pases en tiempos de desempleo IV (parte final A)

Carlos y su novio -Luciano- se acostaron en el sommier del dormitorio, luego de mirar en el living un par de capítulos de la segunda temporada de la serie Narcos. Las luces de los veladores ya están apagados y sus cuerpos están enlazados en forma de cucharita. En silencio, miran en dirección a la puerta del patio, por la que se filtra la luz pálida de un farol del fondo de la casa de un vecino.
El cielo, en lo alto, está limpio y estrellado, sin luna.
- ¿No es precioso el trato que Escobar tiene con su mujer? - dice Luciano.
- La Tata.
- La compañera de toda su vida, una chica de pueblo, sencillita. Él nunca le levanta la voz, le habla de usted, le jura, aún en las peores circunstancias, que ni a ella ni a sus hijos les faltará seguridad ni mucho menos, amor -sigue Luciano.
- Pero guarda, gordo, que si bien ella la juega de sumisa, en cuanto las cosas se empiezan a complicar, como ahora que Don Pablo y su imperio se hacen trizas, ella muestra las uñas. No es ninguna zonza. Sabe que su marido amasó una montaña de plata con el tráfico de cocaína.
- También sabe que su hombre, por lo menos en los inicios de su carrera, cumplió una notable función social -agrega Luciano, mientras acaricia el hombro de su pareja.
- Ah bueno -dice Carlos. ¿Y eso?
- Qué – devuelve Luciano, a la defensiva.
- A Escobar nunca le importó la gente de su Medellín natal ni de ningún otro lado. Siempre fue una mierda.
- No estoy de acuerdo para nada -devuelve Luciano, mientras se despega del cuerpo de Carlos-. El tipo ocupó el rol que hacía décadas había abandonado el Estado, por conveniencia si querés, pero desde ese lugar encabezó una obra social importante durante algunos años.
- Esa es una de las boludeces más grandes que escuché en el último tiempo, Lu. Estoy francamente sorprendido - se excusa Carlos, luego de erguirse y sentarse sobre la cama.
Luciano también se sienta. Ahora están de frente. Están en cueros. El aire está espeso y despide un leve olor a transpiración. A pesar de la escasa luz se miran a los ojos. La tensión perdura un largo medio minuto. Asumen en silencio que se agotaron las palabras. Es hora de acostarse, de espaldas al otro.

Al otro día, Carlos se levantó temprano y salió de casa sin despedirse de su novio. Dos cuadras antes de la estación notó que en la avenida Balbín algo rompía la cotidianidad. La obra del túnel había comenzado. Varias máquinas perforadoras removían el pavimento y otras depositaban los escombros con una pala mecánica en unos grandes contenedores de acero. Decenas de obreros de la UOCRA, mientras tanto, iban y venían con sus herramientas al hombro y realizaban distintas tareas. Estaba claro. El gobierno porteño había logrado destrabar la orden judicial que tenía frenada la obra. Ahora agarrate. Te paso por encima. Ya habían levantado un extenso perímetro de chapas de un metro y medio de altura, y salvo un par de curiosos, allí no había ninguna señal de protesta. En una misma imagen se fusionaban la derrota y la prepotencia.

Carlos pasó todo el día en su oficina, en el antiguo edificio de la cartera de Agricultura, casi sin tareas. Aprovechó el tiempo muerto para leer en internet sobre Pablo Escobar. Un personaje fascinante, pensó, que la literatura recién ahora estaba abordando con interés. A Luciano no le envió ni una sola señal. Se ahogó en su propia frustración y resentimiento. Supuso que al otro le estaría pasando lo mismo. No era la primera vez que ante una diferencia, o encontronazo, a ambos se los devoraba el silencio.

Se dio cuenta que había lío cuando el tren cruzó la avenida, metros antes de frenar en la estación. Eran casi las ocho de la noche, y Carlos estaba con la mirada perdida en las casas, calles y árboles del barrio, cuando un reflejo en la ventana de la puerta del vagón le llamó la atención. Parecía fuego. Ni bien dejó atrás el andén comprobó que no estaba equivocado. El corredor que la obra habían montado para ir de un lado a otro de la avenida estaba ocupado por vecinos y curiosos que miraban hacia la otra punta con los brazos enganchados a las rejas, como si fuese una tribuna del fútbol de ascenso. En la esquina había un grupo de policías metropolitanos en estado de alerta. Los vecinos en lucha, el ruido y tres fogatas de dos metros de altura venían de la calle Tronador. Hacia allá se dirigió. Todas las chapas que formaban el perímetro de contención de la obra de esa zona, estaban desparramadas sobre el pavimento.

El orador estaba de pie arriba de un banco de cemento, en el centro de la plazoleta. Era alto y su barba blanca desalineada le llegaba hasta el pecho. Estaba nervioso. No era clara su intervención, y se le trabaron las palabras cunado llamó a los gritos a armar un acampe para resistir el avance de la obra. Algunos de los cincuenta vecinos que participaban de la reunión comenzaron primero a quejarse, a interrumpir al orador, a discutir entre ellos, con los otros que quisieron poner orden. En menos de un minuto unos y otros se tiraban acusaciones inconexas y fuera de contexto. Carlos pensó en la denominación “espacios silvestres” que los jóvenes militantes con los que hacía política usaban para describir de modo peyorativo a ese tipo de agrupamientos. Tenían razón. La reunión era un caos. Al asunto le faltaba, justamente, política. No había allí ni un solo dirigente o militante.

Los que estaban muy bien organizados eran los jóvenes que estaban finalizando su misión de derribar todos y cada uno de los paneles de acero que cercaban la obra. Desde la zona de la estación llegaban los ruidos de las patadas que los revoltosos le daban a los paneles, hasta hacerlos caer. Tomaban carrera y paaaammmm. Los policías no intervenían. Los vecinos y algunos comerciantes -notablemente perjudicados por la obra-, tampoco. Por Tronador, en contramano, irrumpió un camión de los bomberos. Tenía los celulares encendidos pero no la sirena. Los uniformados se quedaron arriba del vehículo.

Fue en ese instante que Carlos levantó el brazo y pidió la palabra. El de barba blanca lo identificó, le hizo señas para que se acercase al banquito improvisado, y luego de pedir silencio, le cedió el megáfono. Se habían calmado los ánimos, pero a Carlos ya le temblaba la mano. - Vecinos y vecinas, soy Carlos, vivo en Estomba 3540 y quiero solidarizarme con vuestra lucha, ya que como ustedes considero que la construcción de este túnel es absolutamente innecesario. Lo digo por el problema de las inundaciones, por cómo afecta a los comerciantes, el tránsito en el barrio durante casi un año, pero también porque el PRO solo hace márketing barato y le importamos tres carajos.
Del grupo de vecinos emergió un tibio aplauso.
- De todos modos, vecinos y vecinas, creo que ahora es momento para organizarse, ya que noto mucho desorden entre ustedes, y eso beneficia de modo directo a Larreta y a Macri.
- ¿Y éste de dónde salió? – murmuró uno a un costado.
Carlos giró la cabeza de modo involuntario para identificar al responsable del comentario. Era joven, estaba bien vestido, tenía ojos claros y tenía cubierta la cabeza con una gorra naranja de marca Adidas.
- Trabajo en el Estado nacional y les aseguro que a pesar de la persecución que el gobierno está realizando contra los trabajadores, cuando uno se organiza logra grandes resultados…
- Te estás yendo por las ramas, flaco… - comentó una señora.
- O por lo menos esa articulación amortigua la lluvia de golpes...
- Cortala capo, no queremos política… - alzó la voz un tercero.
- La organización vence al tiempo, dijo un gran estadista que…
- No necesitamos tus consejos, trolo… - le escupió un cuarto, ya sin filtro.
- Si no se organizan los van a pasar por arriba …
- Andate, culo roto -los gritos provenían de los labios desbocados de unas tres personas más. Carlos vio que el joven de la gorra incitaba a los más intolerantes. Se reía. Disfrutaba de aquel avance que ya rozaba la humillación.
Tuvo que tirar para atrás la cabeza cuando un jubilado con la camisa gastada le quiso arrebatar el megáfono.
- Tranquilos, vecinos. Dejemos hablar. Seamos respetuosos -intervino el de la barba blanca.
- Que se vaya. Seguro es de La Cámpora. Una corrupto, un ladrón – gritó una señora de lentes y pelo negro.
- ¡No digan más pelotudeces que así no vamos a ningún lado! -intervino un flaco que en su mano derecha aferraba la correa de un labrador.
- ¡Vos sos otro sorete que apoya a la cretina! -le gritó un señor con lentes oscuros y pantalones cortos al flaco del perro.
Más gritos. De nuevo el caos.
El alboroto fue interrumpido por un grito desesperado:
- ¡Se quieren llevar preso a Alvarito! -gritó uno, a un costado de las fogatas. Estaba transpirado, con el pelo desalineado, y llevaba una cámara de fotos en la mano. Señalaba hacia la estación.
La gran mayoría de los vecinos salieron disparados hacia allá. El de la barba blanca, entonces, le pidió a Carlos el megáfono. Luego lo miró de modo comprensivo, y antes de irse le dijo:
- Disculpá las faltas de respeto, pero acá no quieren discursos ni posiciones políticas.

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Pases en tiempos de desempleo III

- Para mí hay que reventar la peluquería – lanzó el joven de veinticinco años. Tenía puesta una gorra Nike y las patas estiradas sobre una banqueta.
- Es arriesgado, Pá. No conocemos todos sus movimientos- devolvió el que mandaba allí adentro, Uriel, que lo doblaba en edad y que no sacaba la vista de la pantalla de su celular.
- Pero estamos a tiempo, ¿o no?
- No. Ya fue.
- ¿Vos qué pensás? – le dijo el joven a Marcelo, que hasta ese momento no había abierto la boca más que para comer el almuerzo. 

- Yo prefiero ir a la farmacia.
- Claro, pibe. Este recién se suma y ya la tiene más clara que vos –dijo Uriel-. El viernes justo cae día cinco del mes, llega la guita para los sueldos de los seis empleados y aparte tenemos la mosca de la recaudación de ese día y el anterior. Aparte sabemos que nos podemos irnos a la mierda en un solo auto y sin problemas. Creo que podemos rozar las ochenta lucas.

Los tres estaban sentados alrededor de una mesa de plástico, de tipo playera, en una pequeña oficina de paredes blancas y luz artificial que estaba ubicada en la parte de atrás de la pinturería “Tu Color”. Acababan de almorzar unas bandejas de comida china. Eran las dos y media de la tarde y faltaba una hora para volver a abrir al público. El negocio era de Uriel y lo sostenía con dos empleados: el de la gorra y otro de unos treinta y cinco años que había aprovechado la pausa laboral del mediodía para ir a resolver un problema familiar. Marcelo no estaba cómodo pero sí decidido. Era la tercera vez que compartía un rato con esa gente, y la primera en un mano a mano. Los había conocido quince días atrás, después de haber jugado un picado en el Parque Saavedra. Era domingo y gracias al frío y a una fina llovizna, el potrero había sido todo para ellos. Eran como trece jugadores por equipo, pero salió lindo. Pudo correr, distraerse un rato del agobio mental que lo estaba atormentando, y hasta se dio el gusto de tirarle un caño a uno en una jugada que se armó por la derecha, en una zona de tierra dura y despareja. Fue en el cierre del partido que un conocido lo invitó a tomar unas cervezas en la puerta del Chino de García del Río. Ahí conoció a los muchachos. No abrió la boca, pero a los otros no les costó nada sacarle una radiografía. Al otro fin de semana, y de nuevo después del picado, cuando ya había caído la noche, su conocido le presentó a Uriel, que no jugaba a la pelota pero que se mostraba a un costado, sobre un tronco caído, junto a otros compinches. Fue él el que le dijo, luego de estrecharle la mano, que podía darle una mano para saltear las urgencias económicas. Era un corcho quemado que no valía un peso, pero mostraba una seguridad en sí mismo que despertaba respeto. Tenía un aro en la oreja y un celular muy caro en la mano. Él entendido todo enseguida. No lo pensó dos veces. De algún modo ya se había preparado para ese escenario. Lo preveía. Dijo que sí cuando lo citaron a la pinturería, a mitad de la semana.

- No pinta ningún laburo, entonces, ¿Negro? – le tiró de la lengua Uriel, de nuevo embobado con su teléfono de última generación, grande como un libro de bolsillo.
- Sí, ya no tengo más aire.
- Yo acá no puedo tirarte ni una migaja. En cualquier momento tengo que echar a la mierda a alguno de estos dos –advirtió Uriel, con una sonrisa insinuada en los labios.
- Ya me quemé los ahorros y eso que no pagué ni la luz ni el gas.
- Hay un quilombo bárbaro con eso. Están frenados los aumentos –dijo el de la gorra, que no solo navegaba el Youtube para ponerse al día con la música electrónica, sino que también a veces leía algún portal de noticias.
- Sí, pero en cualquier momento les liberan las facturas. Están todos entongados. Estos vinieron a llevarse todo –dijo Uriel.
- ¿Y los otros? También se la afanaron toda –contestó el chico.
- No sé, Pá. Pero había más guita en la calle. Mirá la miseria que hay ahora. Nosotros bajamos un cuarenta por ciento la facturación. 

- Sí –asumió el otro -. Macri gato.
- No hay un cobre en la calle –sumó Marcelo, que se había vestido con jeans y una chomba gastada para la reunión. Los nervios lo traicionaban. Le bailoteaba el labio inferior cada vez que hablaba.
- Por eso hay que ir a buscarlo –dijo Uriel ni bien se puso de pie, y estiró los brazos y exhaló aire de sus pulmones. Tenía buen estado físico. No fumaba ni tomaba alcohol.
- Listo, ¿entonces? –dijo el joven, que también se puso de pie.
- Nos vemos el viernes a las seis de la tarde frente a la entrada del Parque Sarmiento –dijo Uriel, después de guardar su teléfono en el bolsillo de la campera de nylon. Se acercó a Marcelo y luego de apoyarle una mano en el hombro, y mirarlo a los ojos, le dijo: - ¿Vos estás seguro de que querés avanzar con esto?
- Muy seguro.

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Pases en tiempos de desempleo II

Carlos se convenció al ver los volantes adheridos en las vidrieras del noventa y cinco por ciento de los comercios de Balbín. “NO al túnel. Por nuestro trabajo. Por las inundaciones. Por la inseguridad. Nos juntamos el viernes 18/08, a las 19.00 horas, en la plazoleta Goyeneche”. Listo. Se sumaría a la protesta. Necesitaba juntarse con otros para escupir aunque sea parte del veneno que lo estaba ahogando.

Carlos se había sumado a las actividades de una unidad básica pocos días después de la muerte de Néstor Kirchher, sacudido en algún punto de su sensibilidad por las imágenes del velorio y la plaza llena de jóvenes. No venía de una familia peronista, pero trabajaba en el ministerio de Agricultura y a lo largo de los últimos años pudo constatar con sus propios ojos cuál era la diferencia entre un Estado presente y otro bobo y retirado. También le resultó evidente el contraste que se produjo entre los pibes que habían entrado a trabajar en el último tiempo, con respecto a los vejestorios estatales que estaban atornillados a una comodidad que no le servía a nadie, y que en el último tiempo azuzaban la idea de ñoquis que había lanzado Macri. Él no era ningún pescado. Los medios de comunicación atacaban al gobierno anterior porque se había animado a dar algunas discusiones muy pesadas.

Pero la experiencia militante en el barrio terminó en frustración. Si bien disfrutó las jornadas de trabajo conjunto por causas justas, las movilizaciones, actos e inauguraciones muy coloridas y entusiastas, algo se fue deteriorando en su interior, de modo paulatino y hasta dolorosa, hasta que dejó de ir. Había en el ambiente de la política una sistemática rencilla por nimiedades. La voz cantante en un acto barrial, la coordinación de los fiscales en una escuela, una responsabilidad en la estructura de la agrupación. Él no tenía nada que ver con eso. La energía la ponía en el trabajo, y en casa, en la que vivía junto a su compañero. Por introvertido, o cobarde, se fue sin hacer ningún planteo, o “dar la discusión”, como decían los más chicos.

Carlos caminó las seis cuadras que separan su casa de la estación Saavedra. Estaba de buen ánimo, aunque algo nervioso. La plazoleta había sido desbordada y parte de los doscientos vecinos cortaban uno de los carriles de la avenida Balbín, con el apoyo y la custodia de un patrullero de la Policía Federal. Ya había caído la noche y la primera fila de manifestantes portaba cartulinas con las distintas consignas de la convocatoria. El tráfico se movía lento y pesado hacia las vías y los automovilistas, con el brazo en la ventanilla, miraban con caras de fastidio. Carlos pensó que muchos de los que estaban ahí, por su ropa, su cara, sus poses y gestos, debían haber votado al gobierno que ahora los asfixiaba con su política económica. Dio unas vueltas entre la gente. Algunos hacían sonar silbatos. Otros le pegaban a una cacerola y el resto aplaudía. Allí no se hacía más que eso: un ruido parejo, a través de un ritmo acompasado. Empezó a aplaudir él también.

“¿Tenés idea en qué anda el tema del amparo?”, le preguntó un muchacho alto y flaco, vestido con ropa deportiva. “Ni idea. Recién me sumo”, contestó él. “Ah. Escuché al de la casa de fotografía que contaba que dos abogados estaban por hacer una presentación judicial para frenar la obra”, dijo el flaco. Una señora de unos cincuenta años, con rulos hasta los hombros y lentes con armazón de aluminio sobre la cabeza, contó que sí, que lo habían presentado por la mañana. “El juez de turno del fuero contencioso tiene tiempo hasta el miércoles para darle o no lugar”, dijo la señora. “Genial”, devolvió el muchacho. “Ojalá que avance”. “No creo”, retomó la señora, “estos tipos son muy listos para estas cosas”. “¿La gente de Larreta?”, sumó Carlos. “Sí”, contestó ella. “Para esto y mucho más”, dijo él. La señora y el de la ropa deportiva afirmaron con la cabeza, sin decir una palabra. El gesto fue pura resignación.

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El enviado


Una de las más importantes fuentes de inspiración para un escritor de ficción es la experiencia de su propia vida. Ahí me animo a encajar a mi padre, Gustavo Abrevaya, que acaba de publicar su tercera novela. Le sobra recorrido personal para inspirarse. Por ejemplo, haberse enamorado a sus veintiún años de mi madre, militante revolucionaria que le llevaba cinco años y que tenía un hijo de cuatro. O haber estudiado la carrera de Medicina con Videla en la Casa Rosada. O haberse exiliado –ya con nosotros y mi primer hermano, Ramiro- a Israel, poco tiempo después de que Galtieri enviase a asaltar las Islas Malvinas. O haber empezado de cero acá, a partir de 1984. En su obra literaria asoma con claridad la influencia que aquellos años ejercieron sobre el alma de Gustavo. El tema que atraviesa sus tramas y perturba a sus personajes tiene que ver con la experiencia política personal y colectiva que sería arrasada en las salas de tortura del Estado argentino. Primero fue en la novela premiada El criadero, en el que se narra la historia de un joven cineasta, que luego de parar en un pueblo perdido en una ruta provincial, sufre la desaparición de su novia, compañera de viaje. Luego llegó el turno de Los infernautas, un ambiciosa texto de largo aliento en el que un gemelo busca a su hermano también desaparecido, luego de haberse sumado a las milicias de uno de los dos bandos que disputan una guerra celestial. Ahora, con El enviado –escrito a dos manos, junto a Leonardo Killian- en la historia se unen dos puntos de una misma línea: el mítico 25 de mayo de 1973 y un presente histórico cuyo epicentro es el hospital neuropsiquiátrico Borda. Mi padre es psiquiatra y los manicomios son parte de su bagaje laboral y personal. Conoce bien los vicios y debilidades de los enfermeros y los médicos. La locura y sensibilidad de los pacientes. Yo mismo tengo algún recuerdo de sus pasillos y parques, de la mirada extraviada de hombres y mujeres solitarios. Gustavo también sabe mucho de cine y de literatura policial. Todo ese cóctel, junto al talento de Killian, más la corrección que aportó la maestra Elsa Drucaroff, se funden en un policial negro que sin dudas merece un lugar en la vitrina de la mejor tradición argentina del género. Yo lo leo con un placer incontenible. Soy su hijo, sí, pero también un escritor que hace tiempo aprendió dos cosas: 1) para escribir hay que leer, 2) leer buena literatura nos estimula la vida; y El enviado es justamente eso: buena literatura.



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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios