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Reflexiones de verano sobre el Parque Saavedra (parte II)


Lateral Oeste
La feria funciona sólo los fines de semana y siempre y cuando no llueva. Nace en Pairossien y Melián, frente a la puerta de un barcito con nombre pomposo (“FM Cofee Resto Bar”), recorre cien metros de la calle Roque Pérez, y muere en la avenida García del Río, en la entrada de otro local, llamado “Adaggio”, que ocupa toda la esquina, y que ofrece unas diez mesas para sentarse en la vereda, al sol, para comer torta, leer La Nación y atar la correa del caniche blanco a la pata de la silla con respaldo de cuero.

En el 2001, recuerdo, muchos vecinos del parque traían sus pertenencias dentro de una sábana, o en una valija, y las tendían sobre el césped, o la tierra, sin ningún tipo de organización y a cualquier hora. Herramientas, vajilla, ropa, discos, libros y hasta objetos personales como un portarretratos. Todo lo que hubiese en casa y que pudiese tener un valor para un tercero se ofrecía en ese costado del parque, quedando al desnudo la cruda desprotección que cientos de personas –la mayoría de ellos jubilados- sufrían por aquellos días de desconsuelo. Desde hace un par de años, a través de la regulación del gobierno de la Ciudad, el feriante cuenta con la posibilidad de ofrecer su mercadería en uno de los casi cien puestos que unos muchachos arman con sus propias manos los viernes a la noche. Desde las primeras horas del sábado, entonces, y hasta el atardecer del domingo, la familia puede pasear para un lado o para el otro debajo del extenso techo de media sombra de color azul, comer un súper pancho en un carrito que siempre tiene sintonizado un partido de fútbol, comprar a bajo costo un helecho para el balcón, una remerita trucha del Manchester United para el sobrino o nieto, una artesanía para decorar el departamentito de Las Toninas, bombachas, calzones o medias, juguetes, o dejarle a un silencioso matrimonio boliviano el par de zapatillas Nike para que les peguen la suela o revistan algún agujero con un retazo de cuero. Uno puede, también, bajo la densa atmósfera que flota entre los puestos, cruzarse a un amante, a un viejo compañero de oficina, o al vecino con el que hace dos años atrás casi se arruina a trompadas por una cuestión doméstica.


Alejo y Alegría
Hace un tiempo, y por medio de la pelota (es irresistible esa insinuación cargada de inocencia y deseo que largan los chicos cuando se paran a un costado: “¿puedo jugar?”), con Santino nos hicimos amigos de un chico de diez años: Alejo. Con la piel del color del río Paraná, un corte de tipo tasa que le caía en forma de flequillo sobre los ojos negros, delgado, y no muy alto para su edad, a fuerza de tacos y una pegada que siempre terminaba inflando la red, enseguida se convirtió en referente de mi hijo, que al poco tiempo empezó a preguntar por él en la semana. Cuando lo volvíamos a encontrar Santino lo enaltecía, y hasta una vez le dio un abrazo. Una tarde le pedimos el teléfono y al otro fin de semana lo llamamos a la casa para ir a verlo jugar con la camiseta de su club, All Boys de Saavedra. Fuimos el domingo, temprano. El partido era por los puntos y se jugó con una presión que mi hijo ni siquiera pescó. Alejo la rompió, y le dedicó uno de sus goles a Santino, acercándose al trote hasta nuestro banco, y ofreciéndole un choque de palmas. Ni su madre ni sus hermanos lo habían ido a ver. Después del partido lo invitamos una coca en el buffet, y se la pasó detallando los privilegios que el profesor tenía con él, a diferencia del resto, por ser el astro del equipo (por ejemplo, ir a buscarlo en su coche cuando jugaban de visitante). El tiempo pasó, y no lo volvimos a ver. Hasta que hace unas semanas, cuando el invierno le dejaba paso a la primavera, lo cruzamos cerca de la feria. Iba con cuatro vaguitos más, todos vestidos de pies a cabeza con los colores de sus clubes. Él no me vio, pero yo pesqué cuando lo individualizó a Santino, que iba picando la pelota contra el suelo, y sin el más mínimo gesto de duda, dio vuelta la cara y siguió su camino.

Esta vez la pregunta la hice yo: “¿querés jugar?”. También tenía diez años. Se llamaba Alegría y toda su belleza se sintetizaba en las colitas de caballo que le colgaban del pelo recogido y, en especial, en la libertad y el desconcierto que irradiaban sus ojos verdes esmeralda. Tenía puesta una remerita de color claro, una pollerita de jean y zapatillas de tipo botita. En un rato anochecería pero ella no tenía ningún apuro. Pateó y atajó sin mucha idea pero sí con mucha voluntad. Santino la miraba con una expresión grave, cargada de asombro. Cuando le dije que íbamos a andar unos minutos en patineta, se quedó estacada en su lugar, sonriendo. “¿Venís?”. Caminando por unos los senderos, a espaldas de Santino, me contó que iba a quinto grado, que tenía dos hermanos, que sus padres estaban separados y que la pareja de la madre no la quería. “¿Por qué?”. “A veces me pega”. La noche ya había ganado el parque y sólo se veían algunas parejitas, gente paseando a sus perros, y algún rezagado que tocaba la guitarra. Le pregunté si quería que la llevase a su casa. Aceptó, resignada. En el auto no intercambiamos una sola palabra. Cuando bajó frente al portón de su casa, a pocas cuadras del parque, se bajó a toda velocidad y nos despidió sin mirarnos. Mientras retomaba hacia mi casa, me imaginé al hombre de la casa abriendo la puerta, avanzando hacia el coche, agachándose frente a la ventana, y en cuestión de segundos, sacándome del auto y rompiéndome la boca por violador. Santino, que iba en el asiento de atrás, seguramente hubiese sido mi más potente coartada, pero de todas maneras, suspiré cuando nos habíamos alejado. Nunca más volvimos a ver a Alegría.

Centro de gravedad
En el medio del parque la superficie de tierra sufre una elevación que en su punto más alto tiene algo menos de dos metros de altura en relación al resto del perímetro (1.6 kilómetros). Desde ahí se puede apreciar toda la extensión del predio, hacia el este, el oeste y el sur. Y más lejos se puede ver aún, si uno pega un salto sobre una alcantarilla de un metro cuadrado del que a veces salen gases húmedos provenientes del arrollo Medrano (el segundo en importancia en la ciudad, entubado a finales de los años 80), que atraviesa todo el parque y sigue su curso por debajo de la avenida García del Río en su versión cola de vestido de novia, o boulevard, en busca del río de la Plata. Ese punto privilegiado del parque es el predilecto de las parejas, músicos y malabaristas. También de los perros y sus dueños. Cuando llueve, desde esa lomada, el agua baja arrastrando pasto seco, caca de perro y colillas de cigarrillo.

Cuando cae la noche
Para los desalmados, reflexivos, entusiastas de ocasión, o simplemente aquellos o aquellas que pueden o saben disfrutar de una caminata consigo mismo rodeado de árboles, el aroma del verde, el canto de los loros y hasta un grillo, la noche que ofrece el parque (cuando en el barrio bajaron los decibeles y la mayoría de la gente cierra su día frente al televisor o, con suerte, leyendo un policial islandés recostado en la cama), tiene su encanto. Uno camina por los senderos de cemento, en soledad, fumando un cigarro, pateando un pedazo de corteza, perdiendo la vista en el cielo cerrado, ensimismado en los más cotidianos pensamientos: las virtudes y no miserias de la mujer que está dejando escapar o, por el contrario, sólo en los atributos más deseables de una mujer que no nos da pelota aún sabiendo que no tenemos puntos sólidos de contacto; en todos los detalles diarios que me pierdo del crecimiento de mi hijo por haberme separado de su madre; en la satisfacción que estalló dentro de mi cuerpo por la reseña que hicieron en Radar de mi primer y único libro de cuentos editado, pero también en el deseo inagotable de atragantarme con más y más reconocimiento; las ganas de que un editor me diga “sí, dale, vamos a publicar tu novela”, que ya está escrita, corregida, y contiene dos años de trabajo y mucho corazón; el orgullo que siento por formar parte de la organización política cuyo punto básico fundamental es defender los logros y las conquistas de la era Kirchnerista; en hacer una revista tan genuina e innovadora como KRANEAR; en trabajar en el Estado Nacional en este momento bisagra de nuestra historia; en el amor y la generosidad de mis padres; en la vida y obra de mis hermanos y amigos, no tan distintas a la mía.

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Reflexiones de verano sobre el Parque Saavedra (parte I)

El Parque Saavedra del que voy a hablar es el que está entre la avenida García del Río y las calles Freire, Vilela y Roque Pérez (Capital Federal), y no el que está a unas veinte cuadras hacia el oeste, que bordea el barrio obrero que Perón construyó durante su primer gobierno. Voy a hablar del Parque Saavedra porque está a trescientos metros de la casa que compré en el 2001 junto a mi ex mujer y madre de mi hijo, que nacería en septiembre del 2003. En ese parque mi hijo se colgó con la elasticidad de un mono en un pasamanos, aprendió a andar en bicicleta y a jugar al fútbol. En ese parque toqué en vivo con mi última banda, asumí mi separación, entrené para llegar liviano a los partidos de los domingos cuando todavía jugaba al fútbol, tomé notas que terminarían convirtiéndose en cuentos, y también planifiqué, junto a uno de mis hermanos, por ejemplo, el viaje que haríamos a Cuba por los cincuenta años de la revolución.

Visto desde arriba el parque es un ovalo de tierra arbolado de diez hectáreas de extensión (la imagen satelital del Google Maps tiene unos cuarenta años). A pie se tarda unos quince minutos en darle la vuelta. Tiene cuatro plazas con juegos para chicos, una calesita, un club de bochas, un monumento, y en uno de sus vértices, los fines de semana, funciona una feria. Parte de los terrenos de su lateral noreste (del lado de la calle Freire y también Vilela) fueron cedidos, en algún momento, a una escuela pública y a una sociedad civil. En una punta hay una despensa y en la otra un kiosco, y durante los últimos dos años se abrieron cuatro bares a su alrededor. Hay presencia policial de la Metropolitana y también de la Federal. El fútbol se juega en casi todos los rincones pero también se practica voley. Muchos vecinos lo usan para trotar, caminar, andar en bicicleta, rollers, patineta, pasear bebes, o remontar barriletes. Hay gente que lleva lonas y mesas para tomar mate. Otros se tuestan al sol, leen o meditan. La clase media es mayoría y el diario más leído es el Clarín. Cada tanto toca una banda, un grupo de percusión, o se arma una función de circo o títeres. A cielo abierto, o cubiertos por la sombra de los álamos, ombúes, palmeras petisas, palos borrachos, plátanos y otros, allí se enamoran o enemistan decenas de parejas, se toma cerveza, toca la guitarra, se practica malabares o capoeira, y los pibes de Platense, siempre presentes, celan su territorio.

Lateral este
La avenida García del Río llega al parque desde el oeste del barrio, lo choca, y después de darle media vuelta sale como boulevard (otra vez visto desde arriba: formando una especie de cola de novia preciosa, con árboles y senderos y más juegos), hasta que se topa con la avenida Cabildo. El kilómetro cero del parque es donde nace el boulevard. Ahí hay una plazoletita, cercada, con bancos y luminaria propia, que los deportistas usan para estirar los gemelos y isqui0tiobiales antes o después de correr. En ese lugar hay un pequeño busto que nadie se detiene a observar: Cornelio Saavedra (1760-1829), que está flanqueado por dos ridículos animales de cemento pintados de negro: un león y un puma.

A la derecha del busto nace la parte de atrás de la escuela pública que durante todo el 2011 tuvo en una de sus rejas una lona pintada a mano por los maestros en la que le rogaban a Macri que instalase gas para hacerle frente al frío. Y es ahí, también, donde nacen dos caminitos de cemento que se internan en el parque. Fue sobre el maltratado césped que se levanta entre esos dos senderos, que una tarde calurosa de marzo sentí cómo mi corazón se desgarraba de dolor (sin vomitar ni una sola lágrima), porque ese mismo día la demasiado reciente pareja de mi ex me abría la puerta de mi ex casa, y el día anterior se terminaba para siempre una relación afectiva que yo mismo había dinamitado pero que en ese momento intentaba, con desesperación, reconstruir, no por amor, y sí por narcisismo.

A la izquierda de esa zona verde del parque, a pocos metros de García del Río (su lateral sureste), bajo dos enormes álamos, está la calesita del barrio, que no se fundió gracias a un Programa de la Ciudad con la que pudo revitalizar sus engranajes y colores, y al que alguna vez llevamos a Santino para que curta ese momento inigualable de iniciación en el que el viejo decrépito de turno te pone la sortija en la mano mientras suena una canción infantil que siempre está pasada de moda. A pocos metros de la calesita están las dos canchas de bochas en las que un grupo de jubilados, y no tanto, se pasan horas y horas apuntándole y tirándole al bochín, primero, o jugando a las cartas a la sombra, después (en uno u otro momento, intuyo, los socios juegan por plata, indemnes a cualquier situación política o social, más allá de que afecte o mejore sus propios intereses). Y detrás de una de las dos canchas, justo debajo de una pared que tiene dibujado un enorme calamar (ícono de Platense), está la única canilla del parque (con pileta y todo, para meter la cabeza).

Lateral noreste
Bajo el amparo de un pino de copa frondosa, sobre una alfombra de pasto que casi no tiene irregularidades, formé a Santino en lo futbolístico. Gran parte de lo que hoy él sabe se gestó en ese claro del parque, del lado de la calle Vilela. Desde que tiene cinco años que jugamos ahí, acompañados por la cortina de píos de los loros que anidan en la copa del árbol (“qué me importa, pá”, me dice cada vez que yo festejo el formidable canturreo de los loros). Hasta el verano pasado usábamos unos arcos de plástico, bajitos, con red, que venían muy bien para afinar la puntería, o armar partidos con equipos de dos o tres jugadores, pero ahora preparamos el arco con remeras y buzos. A pesar de su resistencia, con el tiempo fue incorporando (y disfrutando) la técnica para realizar un pase con la cara interna del botín, o dominar la pelota, o pegarle con fuerza desde media distancia con el empeine, tirar una pared, cabecear, y en el último tiempo, amagar con un movimiento de cintura y hasta tirar un lujo de Ronaldhiño (en la televisión no daban tanto fútbol como ahora, ni existía el YouTube). Varias veces me cargué en el auto a amigos suyos, o al primo mayor, e incluso vinieron a nuestra pequeña quinta colectiva algunos padres también futboleros. Ahora, que tiene ocho, el desafío es que se anime a jugar los partidos que se arman en la plaza. “Me da vergüenza”, me confesó hace unos días, después de pincharlo una y otra vez. “Jugar con papi ya no tiene gracia, pichón”, le digo. “Si jugás con los pibes que vienen al parque, después, cuando vayas a tus partidos (juega un torneo con los compañeros de su grado), a los contrarios te los comés”. Es que Santino de mi heredó, entre otras características, la timidez. Y quiero que le haga frente ahora, que es chico, y se evite las interminables situaciones de inseguridad que nos marca desde que somos chicos. Falta poco para que salte el cerco, lo sé. Tampoco lo quiero presionar ni mucho menos enloquecer. Hace unos días, en Gesell, armé un partido en la playa junto a su primo y varios pibes más grandes que él, y la rompió.

Los pibes de Platense paran en ese costado del parque, detrás de la alambrada del predio de la sociedad civil (que tiene una enorme pileta de la que sólo queda el color azul de sus paredes destartaladas, dos canchitas de fútbol, y una de básquet en la que una tarde se hizo una kermesse de la que participamos). Son muchos, y salvo un par de excepciones, muy chicos. Ellas, todavía adolescentes, ya son madres, o están por serlo. Todos tienen puesta alguna prenda del club (en su mayoría, la camiseta: marrón con una franja blanca, o viceversa). Muchos tienen motos de 100, o 125 cilindradas, con las que van y vienen al barrio Mitre, mítica villa de la zona construida hace muchos años detrás de la ex fábrica de Philips, ahora reemplazada por el mega emprendimiento para pasear, posar, y consumir, llamado Dot. Un domingo a la tarde, con el parque lleno de gente, uno que llevaba el brazo derecho enyesado, visualizó a un hombre que llevaba puesta una remera de Argentinos Juniors (club de fútbol con el que hay una pica histórica). El tipo estaba haciendo un picnic con su mujer, hijas, y otro matrimonio que también tenía nenes. El flaquito del yeso lo encaró (con otros dos atrás), y delante de todos los que quisiesen mirar, lo obligó a entregarle la remera y los lentes para el sol. A modo de cierre, antes de retirarse con la remera puesta y los brazos alzados, lo invitó a que se vaya y no vuelva nunca más, y se despidió entonando una canción de guerra del "Marrón". Pero en general hacen la suya a un costado (o en la zona de las canchas de bochas), fuman mucho porro, a veces caen con los bombos y ensayan para una murga, juegan un picadito a los gritos, y no molestan a nadie.

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Reflexiones de una noche de verano en Macabi de San Miguel


El martes pasado, en el momento que el sol anaranjado se hundía en el horizonte que ofrece la vista de mi departamento de Saavedra, encaré hacia el campo de deportes del club Macabi, en San Miguel, ya que Adhemar, un amigo que me regaló el fútbol, festejaba su cumpleaños. Por teléfono, dos horas antes, le había preguntado si se había puesto a pensar todo lo que había hecho en 37 años. No. No lo había pensado. Un pibe tan temperamental como sensible que a los veinticinco años ya tenía organizada una vida. Hoy está casado, con tres hijos, es el dueño de una gráfica y parte de la comisión directiva de Vélez, su quinto gran amor. Lo conozco hace quince años, cuando me sumé junto a mi hermano a un equipo de fútbol de egresados de las Escuelas ORT. Once años jugamos juntos. Yo siempre de 5, en el medio, y él de 8, o de punta. Nunca nos entendimos adentro de la cancha.

Trescientos metros después de haber subido a la Panamericana tuve que bajar la velocidad y poner las balizas porque el tráfico, en los seis carriles, estaba detenido. Ante mis ojos, entonces, se desplegó un espectacular río de luces coloradas: miles de coches, camionetas, micros y camiones (más las motos serpenteando allí donde encontrasen un lugar para avanzar), se arrastraban a paso de hombre, colapsando la autopista. Pensé en lo adelantado que estaba Cortázar al escribir "Autopista del Sur", y también en los documentales que para ilustrar el vertiginoso crecimiento de las ciudades del primer mundo proyectan imágenes como la que yo tenía del otro lado del parabrisas.


Media hora después tomaba la autopista del Buen Ayre. Y a los veinte minutos la calle Gaspar Campos, con la que atravesaría una antigua y distinguida zona de quintas y también un par de barrios humildes con calles de tierra. Cuando por fin tomé la populosa avenida Bartolomé Mitre, el paisaje había cambiado de manera notoria: estaba en una zona céntrica de San Miguel. Ya me lo había adelantado Adhemar unas semanas antes de las elecciones presidenciales del último 23 de octubre: Cristina arrasa, negro, allá está todo empapelado con su figura.

El calor de enero no aflojaba a pesar de que eran casi las nueve de la noche.

Me inquieté cuando tuve que atravesar otro barrio poco iluminado y calles de tierra a los costados. Ya lo había adelantado el cumpleañero en el correo electrónico con el que nos invitaba a su cumpleaños: “¡no sean cagones, vengan!”. Es que la mayoría de los ex compañeros de equipo tienen o alquilan casa en countrys exclusivos, apartados, a los que se llega por autopistas y calles sin pobreza a la vista. A las pocas cuadras, llegué a Macabi. Y frente al portón, sentí el mismo malestar que me aflige cada vez que traspaso los muros de un country o barrio cerrado: la crudeza de la desigualdad. Me anuncié y los nada confiables muchachos de la seguridad me tomaron los datos. Cuando la empleada me cobró veinte pesos de estacionamiento me pareció muy miserable de parte del club, pero no dije nada. Encaré, entonces, a no más de veinte kilómetros por hora, hacia los quinchos. En el camino, y entre las sombras de una noche todavía despierta, pude percibir que las casas que tenía a mi derecha eran muy parecidas a las de un kibuts, icono de la vida comunitaria israelí: todas iguales, la misma modestia, nada de ostentación. En una esquina había una pequeña bicicletería y a los costados se veían un par de canchas de basquet, voley, hockey y juegos para chicos. Espacios verdes arbolados, senderitos de cemento, todo bañado por las blanquecinas luminarias del club. Estacioné junto a los costosos autos de los chicos que habían venido al cumpleaños. En los quinchos no había nadie, y ya crepitaba el fuego con el que se estaban dorando un par de decenas de chorizos. En línea recta, y al fondo, las columnas de luz blanca de la cancha de fútbol recortaban la oscuridad de la noche. Y los gritos de los jugadores, el silencio.

El campo de juego era un lujo. El pasto había sido regado por la tarde y el denso olor de la tierra húmeda te llenaba de entusiasmo los pulmones. Como cada vez que pisé una cancha con ese nivel que roza lo profesional, aún con cuarenta años, volví a sentir esa viscosa nostalgia de no haber sido lo que siempre quisimos ser: jugadores de verdad. Jugué de 8, por la franja derecha. Y cumplí. Tuve un despliegue respetable, con ida y vuelta, e incluso me las arreglé para sacar un par zapatazos desde afuera del área, como a mi me gusta. Todas mis contradicciones, fantasmas, e incluso deseos, se diluyeron con la transpiración y el esfuerzo físico y mental de esos cuarenta minutos maravillosos.

Eran casi las once de la noche cuando recorrí los quinientos metros que me separaban de los vestuarios. En ese trayecto vislumbré los contornos del triple trampolín de cemento de la pileta del club, y otras instalaciones. Pensé en mi hijo, que tiene ocho años, y que en un lugar como ese no pararía ni un minuto. También pensé en las razones que me llevaron a no volver a armar una familia, o no tener un capital suficiente para ofrecerle a mi hijo un lugar como ése. Unos metros más adelante sonaron las voces aflautadas de un grupo de chicos y chicas de trece o catorce años que estaban tirados sobre unas reposeras.

Los vestuarios eran enormes y en la atmósfera se olfateaba esa típica nube de vapor que sale de las duchas para diez o quince tipos donde se habla de infidelidades y se hacen chistes con el jabón.

En medio del griterío, los choripanes y los vasos de plástico con vino tinto, me puse al día con el puñado de amigos con los que había jugado durante tantos años. Al resto, que eran mayoría, no los conocía. “¿Seguís soltero?”, preguntaban mis ex compañeros con una mezcla de misericordia y envidia. “¿Seguís siendo kirchnerista?”, ironizaban. De manera previsible, todos estaban tal cual los había visto la última vez, dos años antes: casados, con dos o tres hijos, y al frente de sus sólidos negocios. La sensación de cercanía que se construye por haber compartido tantas horas juntas, y en especial la pelota, seguían siendo nuestros únicos puntos de contacto. “Me cierra por todos lados que un tipo como vos pertenezca a éste club y no a otro”, le confié a un Adhemar borracho de alegría. “Vos me conocés”, aceptó, ”acá no sos dueño de una casa sino que tenés el beneficio de ingresar a una por tu calidad de socio”. Y después de presentarme a un amigo editor como “el pibe que me inspiró a escribir”, me dijo que “ahora en la casa hay como seis chicos amigos de Valentina (su hija mayor) durmiendo en los sillones del living”.

Ya eran más de la una de la mañana cuando la mayoría de los invitados se subieron a los coches para volver a la Capital Federal. Fue ahí que me di cuenta que me faltaban las llaves del auto. No las tenía en la mochila ni el botinero. En pocos segundos me atacó la desesperación. La contemplación del mundo que nos rodea ya no me parecía uno de los pliegues más interesantes de la soledad, tal cual había reflexionado durante el viaje de ida o mientras caminaba por las instalaciones del club. Ahora estaba en una encerrona angustiosa: las llaves de mi casa estaban dentro del coche y la copia de la llave del auto dentro de mi casa. Y estaba en San Miguel. Y la noche se había cerrado de manera definitiva.

Después de ir dos veces hasta el banco de suplentes de la cancha (una de ellas con varios de los pibes que dormirían en los bungalows del club), y recorrer el camino que había hecho al llegar, alguien encontró la llave dentro de la mochila (que yo había revuelto una y otra vez). Me volvió el alma al cuerpo.

Despedí con cariño y agradecimiento al cumpleañero y un par de amigos más, y salí del predio. En el barrio que rodea el portón del club, un par de pibes en cuero y con pantalones cortos volvían o iban hacia alguna parte. Un perro dormía sobre un recorte de césped de una esquina. Dejé atrás la zona céntrica, tomé Gaspar Campos, y atravesé las desiertas calles de San Miguel, apuntando en la cabeza los beneficios de andar solo, después de mucho tiempo en el que esa situación representó una amenaza profundamente temida, y a la que le escapé de todas las maneras.

El empleado del peaje de la autopista del Buen Ayre dormía con la cabeza ladeada sobre su hombro derecho. Con el auto frenado a su lado, incomodo, le tuve que tocar bocina. El hombre saltó del banquito, reacomodó la realidad en su cabeza, y me cobró. Le deseé buenas noches y en cuestión de segundos me perdí en la autopista famosa por su olor a mierda.

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Sale a la cancha la KRANEAR 4


En pocos días sale a la calle el número 4 de la revista KRANEAR. Justo cuando estamos cumpliendo un año de vida. Un año en el que trabajamos duro para diseminar en distintos ámbitos de la militancia, la administración pública, la universidad de Buenos Aires o los puntos de venta, nuestros tres primeros números, compuestos por decenas de artículos, fotos e ilustraciones que distintos compañeros y colegas nos ofrecieron sin pedirnos nada a cambio, y relativos a temás tan heterogéneos como el Revisionismo histórico, las propiedades del Chile (para nuestra sección Gastronomía Latinoamericana), o un cuento de Pablo Ramos.

En KRANEAR, junto a Lalo, su director, ponemos a jugar nuestras convicciones políticas, y nuestros conocimientos en terminos de comunicación. Sobre esa dupla de hierro se construyen los contenidos y la estética de la revista.

KRANEAR es una militancia. Desde esa pequeña tanqueta intentamos hacer un aporte al presente histórico que nos toca vivir en la Argentina y en la Patria Grande.

En lo personal, estoy aprendiendo mucho. No sólo a hacer una revista. También sobre política, economía, arte, historia, y otros.

Hicimos todos los trámites legales que exige la ley, y estamos esperando que nos salga por lo menos una publicidad para poder trabajar sin la soga al cuello.

Por lo pronto, festejamos el año.

Acá, la tapa y el sumario de nuestro número 4.

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La banda del Ente (brindis navideño dentro de la ex ESMA)



en el inmenso patio techado de la casa de la militancia
que los hijos inauguraron hace poco tiempo
dentro de la ex esma
con bombos, platillos y quince años de lucha en las banderas
hoy se realizó un brindis institucional
por el cierre del año
-y el dolor convertido en lucha
y la lucha convertida en conquistas
y las conquistas brotando en forma de lágrimas-
organizado por el ente público que dirige
el espacio memoria y derechos humanos.

los compañeros con responsabilidades de funcionarios
-porque son funcionarios con legitimidad de compañeros-
nos dirigieron unas palabras
recordaron a néstor
a iván heyn
homenajearon a las madres queridas
celebraron la inaguración del edificio del canal encuentro
agradecieron el aporte del monumental haroldo conti
el archivo nacional de la memoria
el ecunhi, y otros
y presentaron un video que repasó
la histórica sentencia contra los señores de la muerte
que operaron, justamente
donde ahora casi dos centenares de personas
empujamos el carro de la gestión pública
y profundizamos las políticas de memoria, verdad y justicia
del gobierno más popular de todas nuestras vidas.

bien lo canturreaba desde el corazón teresa parodi
-presente en el acto, acomodada en una silla de plástico-
en la canción que el equipo de prensa del ente
eligió para musicalizar el video:
aprender la lección de la historia
debe ser no perder la memoria.

en el medio, tomando algo fresco
con los ojos posados en el pelo blanco y en las arrugas de nuestras madres
la sensación de estar surfeando una de las olas
más sólidas de nuestra historia.

para el cierre actuó la “banda del ente”
un combinado de compañeras y compañeros que trabajan en el ente
realizando visitas guiadas
realizando tareas de mantenimiento
realizando tareas administrativas
militando por los derechos humanos
y la justicia social
quienes con la delicadeza de una novia
el deleite de un trovador negro y cubano
y la humildad de un militante de base
encendieron la llama de una fiesta
no tan distinta a tantas otras
pero dentro de la ex esma
y entre los que trabajamos
todos los días, ahí, entre árboles de moras y píos,
albañiles y pintores
calles y edificios de una monstruosa escuela de la marina
ahora llena de compañeros
movilizados por el recuerdo de los que ya no están
pero fumando en el agua
por las condenas a cárcel común de los asesinos
de nuestro pueblo
y la alegría de saber que nuestra patria sigue recuperando derechos.

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El largometraje 'Juan y Eva' se proyecta en la Ex ESMA



Organizan: Agrupación H.I.J.O.S. y Secretaría de Derechos Humanos de la Nación

"En el marco de la semana en la que se conmemora el Día de la militancia, el sábado 19 de noviembre a las 18 horas proyectaremos la película 'Juan y Eva' en pantalla gigante en el Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos (ex ESMA). Con esta iniciativa, seguimos poniendo vida en un lugar que fue territorio del terror y profundizando nuestro compromiso con la militancia, esa maravillosa manera de vivir que elegimos todos los días. A través de la historia narrada en el film de Paula de Luque, nos proponemos seguir aportando al debate, la reflexión, la memoria y la lucha. El largometraje, protagonizado por Julieta Díaz y Osmar Núñez, se estrenó en septiembre de 2011 y da cuenta de la historia de amor y militancia de Juan Domingo Perón y Eva Duarte. “Esa historia de amor surge en un terremoto, y que origina un temblor en sus propias vidas, para siempre.”


PROYECCIÓN EN PANTALLA GIGANTE (traé tu silla)

SÁBADO 19 DE NOVIEMBRE, 18:00 HORAS

ESPACIO MEMORIA Y DERECHOS HUMANOS (EX ESMA)

AV. DEL LIBERTADOR 8151

ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

(No se suspende por lluvia)


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Miradas al Sur: la memoria de los ex presos políticos

Todo preso no es político. Por lo menos en términos formales. En nuestro país, durante la dictadura genocida del 76, llegó a haber diez mil hombres y mujeres encarcelados por razones políticas. La gran mayoría tenía algo más de veinte años. Uno los mira ahora, que andan por los sesenta, y siente, con emoción, un profundo reconocimiento, porque su lucha no sólo dejó ausencias y dolor, sino también, una herencia, que nosotros, sus hijos, sostenemos y construimos, en libertad y con alegría murguera, primero en los noventa, a los cascotazos, y ahora, de la mano de dos militantes que conformaron esa misma generación de soñadores: el proyecto político por el que en aquel momento se los llevaron.


Algunos de aquellos presos políticos se juntaron por una iniciativa de Miradas al Sur, para contar sus experiencias, que en todo momento definieron como colectiva. Adentro o fuera del calabozo, la construcción siempre fue colectiva.

Acá, la nota.

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Más poesía Menos Policía Edición Especial Tecnópolis

Sábado 5 de noviembre, 14.30 horas, MPMP llega a Tecnópolis.

Toda la información del evento, acá
.

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Llorar a Néstor

Néstor lee el poema de Joaquín Areta y dice: "Quisiera que me recuerden sin llorar ni lamentarme". Néstor lee un texto de un poeta desaparecido y aparece con él, aparecen todos en la calle, en la puerta de un tribunal. Néstor también está en Comodoro Py y nos abraza. Y nos dice: "no lloren, son días de fiesta popular, de sueños realizados, de conquistas esforzadas". Nos hace una broma, quiere que nos riamos. Y nos tapamos la cara pero estamos llorando. Néstor, nosotros te recordamos llorando porque somos libres y vos nos ayudaste a ser más libres. Tenemos que llorar porque nuestros desaparecidos están en nuestras almas y para encontrarnos con ellos después de tamaña justicia (que vos impulsaste) tenemos que llorar. No elegimos llorar, no lo podemos contener, Néstor. Te juro que voy a intentar no llorar y voy a reírme mucho, como vos lo hacías siempre. Te morfaste a varios pesados y siempre nos ofrecías una sonrisa. Nosotros vamos a seguir por ahí, cada uno su parte. Nosotros sabemos, con vos, que cada uno en su lugar aporta a la construcción política que tanto soñaste. Somos hijos de los 30.000 desparecidos pero también somos hijos de ustedes, Néstor. Y el aniversario de tu muerte y el triunfazo de Cristina y las condenas a los genocidas de la Esma son todos pétalos de una misma flor. Vamos a llorar un rato, Néstor. Y vamos a seguir.

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El amor de los convencidos



mi hermano iluminó, acá, con precisión histórica
una ya no tan reciente noche destituyente argentina
cuando los depredadores golpearon cacerolas
embobados con la ofensiva
de los dueños de la tierra y los medios de comunicación
que arremetían contra una visagra distributiva
de un gobierno popular que ya enjuiciaba genocidas
abrazaba a madres y abuelas
fraternizaba con los mandatarios latinoamericanos
dejaba de lamer las botas del fondo monetario
invertía en educación, salud y obra pública
apostaba a la industria nacional
y recuperaba las paritarias.

esa noche, entonces, volvimos a atrincherarnos
en la plaza de la resistencia
pero esta vez, ya lo habíamos asumido
para defender a un gobierno nacional.

gran parte de la generación de nuestros padres
también había intentado edificar con sueños y hechos
a su manera, en su tiempo, y con sus propios líderes
una patria libre, justa y soberana
como lo estamos haciendo nosotros, ahora
haciéndole frente al desgarro y al desamparo
del genocidio argentino del setenta y seis, primero
y al hambre, desocupación, entrega y represión de los noventa, después
cuando vamos a los barrios o a las universidades
en la gestión o en la mesa familiar de los domingos
a seducir a los ignorantes y a los desconfiados
con la seguridad de sabernos justos
ya que nuestra más genuina ilusión
es comprometer el futuro de una argentina grande
inclusiva, por medio de los puentes
de un estado peronista que restituye derechos
dignificando a su pueblo
diseminando como los brazos de un rio
la monumental obra y legado
de los patriotas de nuestro tiempo
néstor y cristina.

parte de la legitimidad del cincuenta y cuatro por ciento
que a partir del veintitres de octubre
pasó a engrosar la fascinante y dramática historia política nacional
nos corresponde a nosotros
la juventud del bicentenario
porque sin otra pretensión que derrotar el odio
de los miserables con el amor de los convencidos
empujamos el carro de la política
único e irremplazable instrumento para transformar
de la realidad de la gente que
por fín
reventó las urnas de agradecimiento
confianza, sueños y esperanza
a pesar de los pronósticos de los usureros
que hace doscientos años
destruyen a favor de la patria injusta.

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Manu y Santino Dios