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Entrevista a Javier Grosman (3)

Crédito foto: Unidad Bicentenario

Levantamientos policiales
El último gran festejo que organizó la Unidad, una vez más, en Plaza de Mayo, fue para los treinta años de democracia. La fecha cayó justo cuando en el interior del país las policías provinciales se habían amotinado por cuestiones salariales. En pocos días las refriegas y los saqueos acumularon diez muertos. La oposición, y las corporaciones de medios de comunicación opositoras se rasgaron las vestiduras, pusieron el grito en el cielo por la celebración oficial. Nada nuevo. Pero dentro del kirchnerismo hubo un debate. En la Unidad, también. ¿Se debía, o no, suspender los festejos?

“Yo sostenía que había que suspenderlos”, dice Abelardo, serio. Javier tenía la postura contraria. “Llegamos a pelearnos”, recuerda el primero. Ahora se ríen, y chocan sus palmas en el aire seco de la oficina, pero remarcan que en aquel momento no lograban saldar las diferencias. Elevaron sus posiciones a las autoridades, que fueron los que evaluaron la coyuntura con otros elementos sobre la mesa, y tomaron la decisión de sostener la celebración.

Otra vez los mapas
Dicen que ellos se tienen que reinventar de manera constante. Lo mismo le piden a los organismos que montarán un stand en el parque durante el 2014. Dicen que el desafío es innovarse, siempre. A algunos organismos les sacaron el pabellón, ya que “si los visitantes saben que se van a encontrar con las mismas atracciones que el año anterior, ¿por qué van a volver?”, cuestionan.

Nos despedimos con un caluroso abrazo de compañeros. Cuando estoy bajando los escalones, espío por última vez la oficina. Ya están sentados alrededor de los papeles.

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Entrevista a Javier Grosman (2)

Lectura política
Algunos días después de las elecciones legislativas de octubre del año pasado fui al parque con mi hijo. Era una tarde de sol hermosa. El predio reventaba de Pueblo. Había que hacer cola para entrar a cualquier pabellón, o carpa. De repente, mientras caminaba por la arteria principal del parque sentí una profunda rabia. Muchos de los que me pasaban por los costados, junto a sus familias, novios, sacándose fotos, con las heladeras de picnic colgados de un brazo, habían decidido no acompañar las políticas de desarrollo con inclusión social de Cristina. Alzaba la vista, contemplaba la monumental política pública que ofrecía el Estado Nacional en ese mismo momento, para miles de compatriotas, y se me estrujaba el corazón.

Por qué, les pregunto a ellos. Hablan de los “derechos adquiridos”. Javier recordó que luego de las legislativas del 2009, cuando Néstor Kirchner perdió con un candidato de cotillón como De Narvaéz, llegó el cincuenta y cuatro por ciento de la actual Presidenta. “Una cosa es que te elijan para controlar, y otra muy distinta es para gobernar”, señala. Ambos están convencidos de que en el 2015 el Pueblo va a saber elegir, y que no van a tirar por la borda las conquistas de los últimos años, y la posibilidad de seguir ampliando derechos.

Abelardo dice que el desafío, si es que el proyecto nacional y popular pierde el poder, es hasta qué punto el Pueblo estaría dispuesto a regalar los avances de la Década Ganada. “Vas a poder eliminar la Asignación por Hijo”, pregunta. “¿Vas a volver a privatizar las jubilaciones, o Aerolíneas Argentinas, o el Fútbol?”. “¿Vas a poder cerrar Tecnópolis, o decir, señores, a partir de ahora para entrar al predio hay que pagar cien pesos?”. 


Insisten, con vehemencia, en el musical de Zamba. Artistas que vuelan, pantallas de video en alta definición, una cortina de nieve que cae del techo cuando San Martín cruza los Andes. “Una producción del carajo”, subrayan. Vuelven a señalar que ellos, desde la Unidad, a la gente quieren darle lo mejor.

“Es falsa esa ecuación de que Estado Nacional más gratuidad es igual a berreta”, dice Javier. Que salga lo que tenga que salir. “¿Por qué lo gratis tiene que ser mediocre, o malo?”. En el 2013 hicieron 54 funciones del musical, para unas 5 mil personas. 250 mil disfrutaron del espectáculo en la tercera temporada del parque. No importa que sea gratis, o no. La pregunta que hacen Javier y Abelardo es qué espectáculo junta esa cantidad de espectadores hoy en la Argentina.

“Este es un gobierno que asume riesgos”, dice Javier. “Nosotros lo que hacemos, en sintonía, es asumir riesgos estéticos”. Por ejemplo, en la fiesta por la Década Ganada, en la Plaza de Mayo, el último 25 de mayo, cuando montaron a al DJ Zucker, Poncho y a Pablo Lescano, entre otros, en un contenedor transparente, y lo elevaron a treinta metros de altura por sobre las cabezas y las banderas de la multitud, mientras la fachada de la Casa Rosada era bombardeada por luces de todos los colores por medio de la técnica del Mapping.

La secretaria vuelve a irrumpir en la oficina. Otro llamado para Javier. Luego de un intercambio de palabras, el jefe corta. Lo acaban de poner al tanto de que el acto que organizaron en la villa 21.24 de Barracas, para la Presidenta, había salido muy bien. Se trataba de un homenaje, junto al cura villero del barrio, para Hugo Chávez, a un año de su pase a la inmortalidad.

¿El sello estético de la Unidad está presente en cada uno de los actos oficiales?, pregunto. Sí, en casi todos. Para el acto que acaba de finalizar, en la villa, montaron la técnica de audio y video, las pantallas, y diseñaron el fondo del escenario. Cuentan que para armar el dispositivo general de un evento oficial, se adaptan al lugar. En este caso, no iban a tirar fuegos artificiales, ni mostrar ningún tipo de derroche. De hecho, luego, a la noche, cuando lo vimos por televisión, se vio que el acto fue muy austero. Memorable por su significado, y el territorio en el que se realizó, y no por lo grandilocuente del acto.

Ponen un ejemplo con respecto a la idoneidad con la que trabajan. Por qué gastar un dineral en una lona brillante que luego te impedirá lograr una buena foto del acto, ya que la luz rebotará con una fuerza incontenible, si por el contrario, se puede poner una lona de tipo mate, que no brilla. No se trata de diseños rimbombantes, de tipo menemista, sino más bien sobrios, que expresen elegancia.

Un punto y aparte para la relación con el área de Ceremonial de los distintos ministerios del Ejecutivo, o el equipo de Presidencia. Aclaran que se llevan muy bien, que “desde el momento que los muchachos de Presidencia entendieron que la Unidad no quería competir con ellos, la relación anda como un violín”.

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Entrevista a Javier Grosman (1)

Crédito foto: Unidad Bicentenario

Habernos sentado en una mesa de reuniones junto a Javier Grosman -el Hombre Bicentenario- y sus colaboradores fue uno de los gustos más importantes que nos dio la profesión. Se trata de un hombre que con su formidable trabajo logra una síntesis muy potente del legado cultural que fue construyendo el kirchnerismo a lo largo de sus tres gobiernos. Se trata del hombre que montó ese espacio mágico y conmovedor que tantas veces nos puso los pelos de punta llamado Tecnópolis. Ahí, justamente, tomamos café, comimos unas galletitas dulces, y charlamos de nuestro querido país.

La experiencia de haber organizado los festejos del Bicentenario la publicamos en la última edición de la revista Kranear. Hay que comprar el impreso, o leerla acá. Pero la charla de aquella fría y nublada tarde, en las oficinas que la Unidad Bicentenario tiene en la mega muestra de ciencia, arte y tecnología más grande del mundo versó sobre varios otros temas.

Va la primera entrega (de tres).

Diálogo y consenso
La secretaria trae más café, y también unas galletitas saladas. Son más de las siete de la tarde y el hambre empieza a apretar. Javier recuerda la tensión que se generó con el gobierno de la Ciudad sólo unos días antes de que se montase la mega muestra de Ciencia, Arte y Tecnología Tecnópolis, con la que la Unidad coronaría los festejos del Bicentenario, entre el 2 y el 14 de noviembre del 2010. Luego llegarían las celebraciones del 10 de diciembre, por el Día Internacional de los Derechos Humanos y, por fin, cerrarían un año extenuante.
Por medio de viejos amigos de la subsecretaría de Cultura, en la que había trabajado durante la gestión Aníbal Ibarra, Javier se enteró de que el gobierno de Macri estaba por negarles el permiso para montar la muestra en la avenida Figueroa Alcorta, en los bosques de Palermo, al norte de la ciudad. Pero algo no cerraba, ya que el mismo gobierno porteño ya había empezado a montar las obras.

Javier lo llamó a Diego Santilli, en aquel momento titular del área de Espacio Público. Lo consultó. El otro le dijo que no, que era una locura. “Mirá que me comentan que para las cinco de la tarde convocaron a una conferencia de prensa”, le avisó Javier. El otro le dijo que se quedase tranquilo, que debía ser por otro tema. Pero a las cinco en punto, como los ingleses, el Jefe de Gobierno les prohibió montar la muestra.

El PRO había quedado muy mal parado luego de su negativa a participar de los festejos del Bicentenario, y una de las hipótesis era que habrán hecho la lectura de que no debían permitir que el kirchnerismo volviese a capitalizar un logro político, y peor aún, en su propio distrito.

Dos días después Javier publicó en Página 12 un artículo llamado “Colapsar o no colapsar”, con el que les pegó durísimo a los funcionarios del gobierno porteño por su miserabilidad política, su cinismo y perversidad. Va un párrafo de muestra.

“En la Argentina vapuleada por el neoliberalismo degradante de la dictadura y los noventa, es imprescindible seguir inoculando dosis periódicas de la vacuna que refuerza nuestra autoestima. Desde hace casi ocho años, el gobierno nacional viene administrando ese plan de vacunación con políticas que ayudan a fortalecer nuestra imagen en el espejo. Porque después de haber recuperado lo valioso, lo querible, lo épico y lo trágico de nuestra historia, nos proponemos mirar para adelante, mirar al país que queremos y necesitamos, mirar al país que investiga, que piensa y que desarrolla, que no le teme al colapso que hace falta para la innovación, para romper con el vacío. En definitiva, mirar a la Argentina de los ideales elevados, que piensa en las grandes cosas, como decía Houssay”.

Para mediados de octubre de 2010, entonces, la Unidad Bicentenario se quedó sin lugar para hacer el cierre formal de los festejos por el cumpleaños 200 de la Patria.

Insoportablemente vivo
Diez días después, el 27, fallecería Néstor Kirchner. Una bomba atómica para todos. Qué hubiese sucedido con una Tecnópolis abierta. Quizá lo hubiesen cerrado por duelo, u otra alternativa. No hay manera de saberlo. Lo concreto es que luego de la masiva movilización popular que el Pueblo realizó para despedir al ex Presidente, el entierro en Santa Cruz, y aquella media semana de Duelo Nacional, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, le dijo a Javier que había que redoblar la apuesta.

De ese modo, se revalidaba y profundizaba un modo de entender la política, y de hacerse cargo del impulso de la vida, estrechamente ligado al ADN kirchnerista. Javier lo pone en palabras, ahora, en la oficina: “Este gobierno nunca va a menos, siempre va a más”.

Tecnópolis
Les llovieron ofertas para armar la muestra en varias regiones del país. Ellos prepararon una carpeta con los posibles lugares, y la presentaron en Presidencia de la Nación. En el puerto, en un cuartel del ejército, en terrenos de una industria, en un parque para el que no debían pedir permiso. La idea era que la muestra ocupase unos quinientos metros cuadrados.

Pero una persona de su confianza -piden reserva acerca del nombre, o parentesco- le acercó a Javier la idea de hacer el evento del otro lado de la General Paz, lo más cerca posible del distrito más rico del país que les había clavado un cuchillo por la espalda. Así fue que Grosman y Parrilli se subieron a un helicóptero, sobrevolaron la extensa geografía bonaerense, y se toparon con el predio en el que ahora estamos sentados, comiendo galletas dulces, repasando la historia de gestión pública de la Unidad Bicentenario.

“Esto era un monte y la rata más chica escribía a máquina”, grafican. Ante semejante espacio, Javier le comentó a Parrilli que poner en valor el espacio para una única vez, o para siempre, salía lo mismo. El otro, prudente, le dijo que había armar una edición, y luego ver qué pasaba. “Paso a paso”, citan ahora a ‘Mostaza’ Merlo. En enero de 2011 empezaron a dibujar los planos, y en febrero, a trabajar. Más de dos mil personas se deslomaron de sol a sol para abrir el predio, en julio.

A lo largo de las cuatro ediciones, Javier, Abelardo y el resto del equipo de trabajo fueron robusteciendo la infraestructura del predio, incorporaron nuevos servicios, propuestas, atracciones, que crecieron en cantidad, calidad, y heterogeneidad. Ambos hombres marcan con los dedos el mapa desplegado en la mesa de reuniones. “Dinos”, “Zamba”, “La nave de la ciencia”. En el ala izquierda del papel emergen dos enormes pabellones. El Predio Ferial, y el Pabellón Bicentenario. “Edificamos uno por año”, cuentan.

En el más grande caben quince mil personas sentadas. Es imponente. Allí, durante el 2013, el grupo “Choque Urbano” y la Fanfarria Granaderos ofrecieron un espectáculo de vanguardia que combinaba percusión, danza y teatro, con cincuenta artistas en escena. También ahí se ofrece el Musical de Zamba, otro espectáculo espléndido, de altísima calidad artística, que si fuese una iniciativa privada y se ofreciese por ejemplo en el mítico Luna Park, costaría por lo menos trescientos pesos la butaca. En el Pabellón Bicentenario se montan ferias, muestras, talleres, charlas, y otras propuestas.

El parque no tiene aportes del sector privado. En la zona norte del predio uno se cruza con amplios stands de las automotrices más importantes del país, o de la industria de la maquinaria agrícola, pero ninguno de ellos vende sus mercancías. Sólo las exhiben. Coca Cola, Google, La Serenísima, Aluar, Fate, Garbarino, Fate, Pampers, Fiat, Ford, entre otros.

“Lo único que les pedimos es que se hagan cargo de la inversión que requiere montar el stand, y que no vengan a vender sino a mostrar sus desarrollos tecnológicos”, cuentan. “Renault, por ejemplo, el año pasado”, aporta Abelardo, “el año pasado mostró acá un auto híbrido eléctrico que no llevó al Salón del Automóvil”. Hablan de la “presencia de marca”, pensando en el libreto de marketing de cualquier empresa. “Por acá pasan cuatro millones de personas por año, de todas las clases sociales”, recuerdan.

El parque abre tres meses por año. Durante el 2011 por allí pasaron más de 4 millones y medio de personas. En el 2012, cuatro millones trescientos mil. El año pasado, de nuevo 4 y medio. En el 2014 rozaron los 5 millones. Según las estadísticas de la compañía Google “Tecnópolis” es la palabra más buscada en Internet. “Está entre las diez palabras más buscadas, junto a Facebook, Twitter, Mercado Libre”, cuentan, “y en el año 2011, año de elecciones, compitió contra la búsqueda del Padrón Electoral”. Casi un millón de seguidores en los canales que tienen abiertos en las redes sociales.

Hablan de una dimensión horizontal, que es la propuesta fija, que está siempre, y otra vertical, que son los eventos que van ganando la agenda. “Comicópolis”, por ejemplo, que fue presentado como el Primer Festival Internacional de Historieta, y que se repitió hace unos meses, o “Innovar para Incluir”, una iniciativa del Ministerio de Ciencia y Tecnología con la que se le propuso a la ciudadanía realizar un recorrido conceptual y sensorial por la innovación social, o “Raíz”, un Festival Federal de Gastronomía que ahora producirá su segunda edición, el Encuentro Federal de la Palabra, y el más reciente Toque, el Primer Festival Internacional de Percusión.

Cada uno de los festivales, o encuentros, duran tres, cuatro o cinco días, y de este modo el equipo de la Unidad logra penetrar ciertos “nichos”, o audiencias, que muy probablemente si no fuesen invitados a armar sus actividades en el predio del Estado Nacional no conocerían el parque –ni tendrían la oportunidad de ser visitados por miles de personas-. En el 2014 también lograron convocar a los protagonistas y seguidores de disciplinas como el Stand Up, el Hip Hop y el diseño textil.

“Las ideas están en el terreno”, dice Javier. “Lo que hay que hacer es encontrarlas”. Cita, en realidad, a un arquitecto neoyorquino. También a Miguel Ángel, el escultor italiano: “la escultura está dentro del bloque de mármol, lo que hago yo es sacar la sobra”. Son decenas las ideas que Javier, Abelardo, y el resto del equipo, ponen a funcionar en el predio, todo el tiempo, en todos lados. De dónde salen, pregunto.

“No somos una manga de iluminados”, aclaran. “Estamos siempre con los sentidos en estado de alerta, hablamos con mucha gente, registramos sus percepciones y experiencias en video”. Cuentan con el registro de miles de testimonios de los visitantes. Por otro lado, cuentan que “de cada idea que se materializa en el camino quedan otras veinte”. Otras veces, avanzan con una propuesta, a la que le dan forma, pero luego, por diferentes razones, deben descartarla.

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la plaza nuestra

turistas de todo el planeta
pasean su tiempo libre
por la mítica plaza de mayo
sin detenerse a reflexionar
ni por un instante
la tumultosa historia
que allí se desparramó;

ni las patas en la fuente
ni los discursos del líder, y su mujer
ni el cobarde bombardeo de la aviación
ni la proscripción del líder
ni la vuelta del líder
ni la disputa por el reconocimiento del líder
ni la salida de la plaza por el espaldarazo del líder
ni los tanques del 24 de Marzo
ni la irrupción de las Madres
ni los gases contra los Gremios
ni las Marchas de la Resistencia
ni las plazas por Malvinas
ni la recuperación de la Democracia
ni los festejos por la copa del 86
ni la promesa de que la casa estaba en orden
ni la otra que vaticinaba una revolución productiva
ni los muertos del 20 de Diciembre
ni la asunción de Néstor
ni la patriada de Luis D'Elia el 25 de marzo del 2008
ni las plazas para defender el Modelo
ni los festejos del Bicentenario
ni las plazas celebratorias de la Década Ganada;

no tienen por qué involucrarse con tanta virulencia, claro
tan despreocupados van y vienen con sus cámaras
y la ropa de colores vivos;
dónde dice, acaso, que uno debe asimilar
como si se tratase de una bocanada de aire
las victorias y derrotas de los pueblos que luchan o se resignan
cada vez que pisamos una plaza
de una Nación cualquiera;

yo sólo quisiera estrecharles la mano
sentir la rugosidad de su piel extranjera
adivinarles bondad en sus ojos claros
y decirle ey, señor,
si usted supiera
lo que nos costó poner aquella noble y monumental escarapela
en la puerta grande de la Casa Rosada,
pero vaya nomás
y recuerde por favor que nuestro cielo es peronista
que la patria ahora es el otro, que no se negocia
y que la plaza es nuestra.

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El familiar biólogo y el lanzamiento del Arsat-1


Ayer lanzamos un satélite al espacio y sumamos una Copa del Mundo a la historia grande de la Patria. Casi todos estuvimos atentos al tema, y vimos o leímos la noticia en alguna pantalla, o portal de noticias. En la oficina observamos todos juntos el despegue del cohete como si se tratase de un partido decisivo de la selección. La soberanía satelital, el desarrollo espacial, la ciencia, y la tecnología, me conectan con Esteban, el biólogo de la familia. Un apasionado de los insectos, que con mucho esmero y pasión dedicó su vida a tratar de descifrar los misterios de la naturaleza, que se casó, tuvo hijos, enterró a sus padres y también tuvo nietos, que desde hace unos años tiene una cátedra en la carrera de Biología en la UBA, y que en algún momento de la última década sumó una nueva razón para sentirse vivo: defender con un profundo convencimiento al gobierno que le dio rango ministerial a la materia, que puso en valor su profesión, que posibilitó que sus colegas dejasen de lavar platos en el exterior y volviesen al país, y que hoy seamos una de las ocho naciones con capacidad para construir un satélite, y ponerlo en órbita. Entre tanta emoción, y orgullo recordé algunas instantáneas de mi infancia en las que están él, una plaza, una pelota, y la pasión compartida por River. Mis reminiscencias familiares del hito histórico de ayer tienen nombre, rostro y pasión por la ciencia. Ahora está en Italia, junto su compañera, y son altísimas las probabilidades de que se le haya piantado un lagrimón cuando vio al satélite desplegar las alas.

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Kranear 8



Luego de largo suspiro volvemos a salir a la cancha con un número especial. Fuimos a ver a Javier Grosman a las oficinas que la Unidad Bicentenario tiene en Tecnópolis, y si bien hablamos de todo, publicamos el relato que nos hizo de la cocina de los festejos del Bicentenario, un hecho histórico que entre otras derivaciones tuvo aquella expresión de Néstor, para su hijo Máximo, cuando la anti patria tuvo que asumir que el pueblo había ganado la calle: "los quebramos". También tenemos una nota la gestión pública del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), el aporte político y social que algunos autores realizan desde la literatura, un recorrido histórico de las causas y los nombres del endeudamiento argentino, y la actual la disputa sin tregua contra los Buitres de afuera y de adentro, una serie de fotos del exquisito Leo Vaca, y cuatro nuevas figuritas para el álbum de los grandes luchadores latinoamericanos de todos los tiempos, entre otros temas. Tardó, pero la rompe.


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Perseguimos sueños (crónica del acto de La Cámpora en Argentinos Juniors)


El sábado estuvimos todos en Argentinos Juniors. La vivimos con intensidad, y alegría. Tomamos algunas notas, y en Diario Registrado nos publicaron una crónica de la jornada.

http://www.diarioregistrado.com/opinion/102071-perseguimos-suenos.html

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leer para él

ya había leído en un living
con piso flotante
arte moderno enmarcado en las paredes
y la tenue luz de una lámpara de pie
como única compañía;
también en un bar
con olor a cigarrillo
y un ancho vaso de ferné argentino
en la palma de mi mano;
lo mismo hice en un deshumanizado escenario
de un festival de la nada
o en un cumpleaños
en la terraza de una propiedad horizontal
atiborrada de afectos
y estrellas en el cielo;
frente al espejo, en casa
o en un pulgoso sillón de dos cuerpos
frente a la belleza de una mujer;
pero nunca antes, como hoy
en la escuela de mi hijo
frente a él, sus compañeros
otras decenas de chicos
que van a primero y también a séptimo
que por un instante mágico
se entregaron al relato oral
de un hombre común
que encuentra belleza en las palabras
a las ocho de la mañana
de un día cualquiera
de nuestra vida.

la mirada serena de mi hijo
la complicidad de los maestros
la apacible presencia de un puñado de padres
el tobogán, el árbol de copa frondosa
recortados en el fondo
edificaron un marco
que muy probablemente nunca olvidaré.

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Firme y bajo tierra

Es tan alto que la gorra de lana que le envuelve la cabeza roza el techo del vagón. Tiene la espalda apoyada contra la puerta, pero hay algo en su postura corporal que no cierra. Que desencaja. A pesar del fuerte ruido que produce el tren bajo tierra mientras atraviesa la ciudad por debajo de la avenida Corrientes, llega el sonido sucio de una batería, unos sintetizadores, una melodía. El flaco ahora sí gana el centro del vagón, y mete movimientos cortos, espasmódicos, como si fuese un epiléptico. Mira hacia el frente. No lo intimidan los ojos de los pasajeros, que si bien están acostumbrados a todo tipo de vendedores, artistas y desgraciados, nunca habían tenido a un bailarín con jeans y zapatillas a tan pocos centímetros de distancia. El tren frena en una estación y nos damos cuenta que lo que suena es Hip-Hop. El flaco se las arregla para esquivar a los oficinitas que bajan, y a las señoras que suben. Realiza movimientos más pronunciados, desliza los pies, y hasta pega un salto para comenzar otro movimiento. Logró que casi todos dejasen de mirar sus celulares. No entendemos qué dice el cantante negro pero intuimos que está escupiendo una denuncia. El que baila no está solo. Su compañero, menudo, con aros de madera que le deforman los lóbulos de los oídos, una gorra con visera, y una musculosa con el rostro de Bob Dylan, sale despegado hacia el centro de la escena, y contorsiona su cuerpo como si no tuviese huesos. Tiene las manos apoyadas en el suelo, la cabeza sobre los antebrazos, el cuerpo estirado como una tabla de planchar, las piernas lanzadas hacia el frente. Unos chicos enfundados en grises uniformes de colegio privado lo miran fascinados. Un señor que espía desde atrás de las enormes páginas de La Nación, en cambio, monta una mueca de desagrado, y vuelve a lo suyo. El bailarín se levanta de un salto y vuelve a contornear su cuerpo en el medio del vagón. Su actuación es notable. Varios ya metieron las manos en los bolsillos para sacar el billete de dos pesos. El alto de gorra, mientras tanto, manipula el dispositivo Mp3 del que sale la música. La pista, entonces, comienza a declinar. Lo mismo sucede con el bailarín. Se va quedando sin nafta. Se agacha, se tira en en suelo, se ovilla como si fuese un recién parido. Fin de la función, y cortina de aplausos. A algunos pasajeros se les dibuja una sonrisa en la boca, y cierta cuota de emoción.

Recién cuando me miró de frente para agradecerme el aporte que estaba dejando en su gorra, lo reconocí: era uno de los bailarines que habíamos visto junto a mi hijo en el Espacio Joven de Tecnópolis, el fin de semana anterior. Joven, sencillo, humilde. Allí les dieron un lugar para expresarse, y difundir su actividad. Uno de aquellos chicos, que estaba con su novia y el bebé de ambos en un cochecito, por talento, gracia, y nivel de expresividad, me conmovió hasta las lágrimas. Mi nene me miró azorado mientras me pasaba el revés de la mano debajo de los ojos. ¿Puede que te haya visto en Tecnópolis?, le dije al del subte. Sí, dijo, gratamente sorprendido. Estuve allá hace unos días. Genial, dijo, con un brillo intenso en sus ojos oscuros. Luego, sonrió, y se fue. La parte de atrás de su musculosa lucía una aureola de transpiración del tamaño de las bandejas que utilizan los DJ's.

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Macho campeón

De espaldas a la puerta del medio del vagón la pareja de jóvenes primero interpretó la chacarera El olvidao, y luego de una breve e incómoda pausa, la zamba Balderama. Él rasgueaba una maltrecha pero noble guitarra española, y ella cantaba, en varios pasajes con los ojos cerrados, con una voz dulce y afinada. Sobre el final del número, él se acopló al canto con su registro de voz grave, y de ese modo lograron que la canción ganase en intensidad, y entrega. La actuación del dúo fue más que correcta. Por eso, a modo de recompensa, la mayoría de los pasajeros les regaló una cortina de aplausos, y algo de dinero.

Ninguno de los dos le prestó atención al vendedor ambulante que estaba contra la primera puerta del vagón. El tren ya estaba haciendo su inexorable ingreso al hall de Retiro. No había tiempo para otra venta. El hombre los dejó hacer. Sabía muy bien que no le convenía ponerse en contra a los pasajeros. Mientras, los chicos recorrían el vagón. Él llevaba una gorra de lana en la mano. Era rubio, alto y espigado, y tenía el pelo desalineado. La guitarra le cruzaba el pecho como si fuese un fusil, y tenía la vista perdida en el frente del vagón. Parecía ensimismado en sus pensamientos. Ella, en cambio, era dócil como una hoja caída de un árbol en otoño; rubia como su pareja, no debía tener más de veintitrés años, y saludaba a los pasajeros, uno por uno, sin importar que les diesen plata, o no.

El Rulo es un vendedor ambulante de la línea Mitre que ya pasó los sesenta años y que tiene la voz rota de tanto vociferar sus ofertas, y tomar alcohol. Al igual que cualquiera de sus socios, no tolera que le copen la parada. No hace nada para ocultar su odio. Sus ojos oscuros escupen fuego en dirección a los músicos. Es un hombre honrado, con códigos, pero por prejuicioso, o resentido, no lo sabemos, a los pibes bien que se suben al tren para poner a prueba su temple, y demostrarle al mundo que son capaces de expresar sus sentimientos, y cosechar aplausos, y dinero, le llenaría la cara de dedos. Por que él, en cambio, tiene que alimentar a una familia, y bancar los vicios.

“Escuchame una cosa, Pancho”, le dijo al guitarrista, y lo pecheó. El rubio se quedó helado. Le sacaba una cabeza y media, tenía el fusil en el pecho, pero la mueca tensa que ganaba la cara del morocho canoso no habilitaba ni media duda. Ya habían bajado del tren, y estaban caminando por el andén, hacia el hall central. “No te quiero ver más por acá, me entendés”. Los pasajeros apretaban el paso. Algunos ya habían encendido sus cigarrillos, y otros se estaban conectando a los auriculares. Con cada suspiro de pánico que acumulaba el rubio, el Rulo inflamaba su discurso. “A la judía tampoco la quiero ver más en los trenes”, escupió, y ahora sí miró para adelante, en línea recta al carrito de panchos. Allí, a su alrededor, había cuatro compañeros. Tomaban café. Llegó a ver el espiral de vapor que emanaba uno de los vasos de telgopor. Todavía no era hora de jugar a las cartas. La chica aferró el brazo a su novio, y lo obligó a frenar. El hombre de campera negra siguió caminando hacia el hall. Ella no había escuchado sus palabras, pero no era sonsa. El Rulo, macho campeón, dio vuelta la cabeza y la observó por encima del hombro. Un segundo después, ella tuvo que posar la mirada en una enorme publicidad de Coca Cola, en la salida de la estación.

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Manu y Santino Dios