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Se hizo Justicia (gracias a la injerencia del Estado nacional)


Tuve la chance de comprobar en primera persona los alcances de la nueva Justicia del Consumidor que el Gobierno nacional implementó en marzo de 2015. Había sufrido un abuso de parte de una empresa -de esos que todos tenemos que tolerar casi a diario- , y decidí hacer el reclamo en el portal web de Consumo Protegido. El trámite derivó en una conciliación, en un lugar un día determinado. No sabía con qué me iba a encontrar, pero fui. Y contra todos los pronósticos de la historia, ahora sí, con nuevas reglas de juego, le gané la disputa comercial a un gigante.

En el mismo instante que la empresa me daba la razón, tuve una conmovedora sensación, que dejó hace bastante tiempo de ser una novedad. El brazo igualador del Estado llega hasta allí donde ningún otro lo hace. Nadie se ocupará de los más vulnerables, si no es el Estado, que somos todos, y que algunos sectores de la sociedad no están dispuestos no a aplaudir, sino a tolerar, y por eso operan con tanta virulencia para dinamitar iniciativas oficiales que tengan que ver con un país más justo y equitativo.


Acá está la historia: http://bit.ly/1TZapai

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Flores de libertad


 

Flores de la libertad tenían enganchadas en sus pulóveres y sacos de lana los hombres y las mujeres y chicos que viajaron desde interior del país para vender sus productos regionales frente a la rosada Casa del Pueblo, en el marco de la Fiesta Popular de la Integración que organizó el gobierno nacional. Eran las cinco de la tarde, y un rato después Evo Morales y Cristina descubrirían la monumental obra de broce de la heroína de la independencia, Juana Azurduy, una figura que recuperamos en la última década, a pura conquista política y cultural.

Flores de la libertad decoraban los puestos de madera de los productores de la argentina profunda, que trasladaron sus productos hasta el centralismo porteño, para que se los compremos, y los disfrutemos con los nuestros. Eso hicimos. 


Una bonita botella de aceite de oliva virgen, a unos sonrientes catamarqueños de la cooperativa CPKA (60 pesos). También un frasco de miel, a unos productores de la ciudad de La Plata (40 pesos), y por último una pastafrola de batata (30 pesos), a unas mujeres de un pueblo bonaerense cercano a la ventosa Bahía Blanca, que nos contaron que su pequeña empresa estaba funcionando bien, y que estaban allí gracias a la Red Comprar del Ministerio de Economía. 




Todos los productores, y los artesanos, tenían una cálida expectativa en la mirada. Por estas horas, debido a la calidad de los productos, precios, y el aluvión de visitantes que recibirá la Fiesta de la Integración, seguramente venderán todo lo que trajeron, y más.




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Acompañados por los nuestros (acerca de la presentación del nuevo número de Kranear)




Vinieron los amigos, la familia y varios compañeros. A la mayoría los conocíamos, pero a otros no. Quizá algunos de ellos son lectores de la revista. Militantes o simpatizantes del Proyecto que disfrutan de nuestros contenidos gráficos. Y está bárbaro, porque en definitiva ese es el desafío que se propone cualquier editor: ganar lectores. O mejor aún: inventarlos. 

  

Pero lo cierto es que hasta el jueves estuvimos un poco nerviosos porque se nos venía encima la presentación de nuestro noveno número. En el bar de la sede del Partido Justicialista de la Ciudad de Buenos Aires, y junto a algunos de los protagonistas de la nueva publicación. Compañeros y compañeras que son referencia en el ámbito de la política, lo sindical, la gestión pública de las telecomunicaciones, la cultura, y el cooperativismo.

A todos ellos los admiramos por sus historias personales, por su lucha, y por sus responsabilidades políticas. A algunos los conocemos a varios años, en el ámbito de la militancia. Antes, en la resistencia. Hace no tanto, en los albores del armado de la juventud kirchnerista. Ahora, en el ejercicio del poder desde el Gobierno nacional. 


Por todo eso los fuimos a ver hace un tiempo atrás a sus oficinas, despachos, unidades básicas y fábricas. Pero en especial por sus enormes y actuales responsabilidades en la gestión de un Estado nacional, al que unos y otros, en algún pasaje de las entrevistas, definieron como emancipador, liberador de los pueblos, garante y protector de derechos. Un Estado Presente que, como dijo Néstor Kirchner, debe estar allí donde el mercado no llega (porque no rinde). 




Gracias Norberto Berner, Emiliano Gareca, Vanesa Siley, Osvaldo Balossi y Hugo Cabrera. Gracias por la confianza, por contarnos sus historias, por compartir análisis políticos. Con ese material diseñamos un nuevo número que ahora está en manos de aquellos que se fascinan con las mismas obsesiones que nosotros: la grandeza de la Nación y la Felicidad del Pueblo.

Nos dimos un gran gusto. Uno más, en esta historia de publicar una revista compañera que en octubre va a cumplir cinco años, y que se caracteriza por ser sostenida con esfuerzo y la profunda vocación de contar, de visibilizar, aunque sea en parte, la revolución kirchnerista que nos cambió la vida a nosotros y a millones de compatriotas.

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Somos espacio otra vez


Volvimos a meter un número de Kranear en la imprenta. La última vez había sido en octubre de 2014. Casi medio año nos llevó elaborar el nuevo trabajo. Podríamos ser más efectivos en cuanto a los tiempos. Sí. Es posible achicar los plazos. Obvio. Pero es lo que por ahora tenemos. Lo que somos. Seguimos soñando con ruidosa redacción en la que redactores, fotógrafos, diseñadores y editores produzcan información y sentido entre mates y humo de cigarrillos. Como los pibes de la revista THC, por ejemplo. Pero cuesta, claro. Cientos de publicaciones han dejado su huella editorial y estética en la historia política de nuestro país. En especial, durante los fervorosos años setenta. Y ahí nos inscribimos nosotros, a pesar de las dificultades. Pero con el ancla clavada en las profundidades de un presente precioso, transformador.

Por eso en el nuevo número publicamos la palabra de los compañeros de militancia de casi toda una vida -desde los 90 para acá, por lo menos- que ahora tienen gigantescas responsabilidades de gestión en distintos ámbitos del Estado emancipador.


Norberto Berner, por ejemplo, un compañero con el que compartíamos escraches a los genocidas durante la larga noche neoliberal, y que ahora se sienta en una enorme mesa de reuniones con los gerentes de las corporaciones de la telefonía móvil para negociar, en nombre de los argentinos, las condiciones de la licitación para comercializar la tecnología 4G en nuestro país. O que estuvo a cargo, junto a su equipo de trabajo de la secretaría de Comunicaciones, de poner en el espacio el primer satélite geoestacionario argentino.

Otro es Emiliano Gareca, un salteño y abogado de mil sonrisas y batallas que siempre puso a jugar su conocimiento jurídico a favor de los que menos posibilidades tuvieron a lo largo de su vida, a favor de la política, del proyecto nacional que gobierna el país. Que siempre se enchastró en el barro de los barrios, y que ahora lo sigue haciendo, pero con el cargo de subsecretario de políticas culturales del flamante ministerio que dirige Teresa Parodi. Es justamente desde aquella cartera, y otros espacios políticos y sociales, que se está cocinando la sanción de la Ley Federal de las Culturas.

Otra de las protagonistas es Vanesa Siley, una compañera que conduce una experiencia sindical novedosa, luminosa, que nos permite pensar en el recambio generacional que creemos que hace falta meter en el ámbito gremial. Y casi cortados por el mismo filo, también hablan los compañeros gráficos del taller Campichuelo, en Caballito, que sobrevivieron a una privatización menemista, se organizaron como cooperativa, y hoy son la imprenta del pueblo.

También contamos con la valiosa y preciosa palabra del director del Centro Cultural de la Memoria, Eduardo Jozami, una crónica en carne viva del compañero Franco Lucatini que viajó a Cuba, y las fotos de un reportero gráfico que admiramos mucho: Patricio Haar.

Con todos ellos vamos a presentar el número en el bar del PJ de la Ciudad de Buenos Aires, el jueves 18 de junio.

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A pesar de todo

Quinteros y Libertador es una de las esquinas más populares de nuestro fútbol doméstico. Hablamos del barrio de Núñez. Cientos de miles de hinchas de todos los equipos se citaron o pasaron por ahí durante las últimas décadas, ya que el boulevard, luego de atravesar en forma de diagonal el exclusivo barrio “River”, te deposita en los portones de la tribuna visitante. Pero ahora es solo nuestra.

El jueves a la noche jugábamos contra Cruzeiro por los cuartos de final de la Copa Libertadores de América. A las 22.00 horas, un poco tarde. Al partido llegamos luego de haber ganado los puntos del súper clásico con Boca que terminó de modo inesperado y confuso en el entretiempo por un escándalo que tendría resonancia internacional.

Son las 21.15 y la temperatura roza los veinticinco grados. Se trata del otoño más primaveral de la década, seguro. Apretamos el paso por Quinteros, en dirección a la cancha. De cada diez hinchas siete tienen puesta una remera de River. De cualquier época, y calidad. Cuatro de esos siete hinchas son jóvenes, y varones. Pero también hay muchas chicas. Y varios hombres de más de cincuenta, a pesar de todo. Algunos uniformados de la Federal están estacados sobre el asfalto, en la mano que va hacia la cancha. Por ahí no se puede caminar. Si algún despistado aparece por ahí, lo mandan para acá.

No sabemos por qué, pero esta noche a la platea Centenario se ingresa sólo por Quinteros. De todos modos, no somos tantos como habíamos supuesto. No hay vendedores de ropa del club, ni banderas. Gorros ya no se venden. Tampoco se ven puestos grasosos y humeantes para comer hamburguesas o bifes. Los chalets del barrio tienen las luces encendidas, y los garages autos estacionados de cola, pero no hay vecinos a la vista.

Desde que Rodolfo D’Onofrio asumió la presidencia del club, en diciembre de 2013, los melones comenzaron a ordenarse. La salida de Ramón Díaz y sus exigencias faraónicas. La repatriación de algunos ídolos. Le bajaron el tono de guerra a algunas situaciones. Ofrecieron una importante cuota de sensatez a otras. Homenajearon a Estela de Carlotto y a su nieto Guido. Permitieron el ingreso de campañas públicas contra la trata de personas, el 24 de marzo, y realizaron homenaje para el 2 de abril. Ordenaron las finanzas. Dimos una vuelta olímpica.

Tenemos que frenar en la mitad de la plazoleta que está a mitad de camino entre Libertador y el estadio. Nos apiñamos en un casi cuerpo a cuerpo. Me pongo en puntas de pie y no llego a ver las vallas, pero es evidente que llegamos al primer control. Una cortina de conversaciones apuradas gana el aire húmedo y silencioso de de la plazoleta. Muchos fuman. Algunos aprovechan para terminar su lata de cerveza. Buzos, camperas de nylon, remeras, pantalones, pantaloncitos. Todo de River.

Un minuto, allí parados, es una eternidad. En seguida empiezan los silbidos. Un reclamo. Un grito. Un insulto contra la policía. Alguien propone una canción. Nadie lo sigue. Otro empieza una nueva, pero contra Boca. Ahora sí se arma una pequeña tribuna. Cantamos. Saltamos. La temperatura pasa los veintiséis grados, seguro.

Volvemos a avanzar, despacio. Seguimos pegados unos contra otros. En los laterales, detrás de unas ligustrinas, hay una hilera de policías de uniforme. No tienen una pose desafiante. Pero están ahí. Seguimos avanzando, hasta que dejamos atrás los límites e la plazoleta, y pisamos de nuevo la calle. Ahí es que chocamos contra las vallas, que están dispuestas en hileras, para que pasemos de a uno.

Los humildes empleados de seguridad nos dicen “el carné en la mano, chicos, pasen, pasen, dale, dale…”, y nos inducen con gestos de mano y la mirada tensa a que volvamos a apretar el paso, ahora que se volvió a generar espacio. Vuelven a cortar justo después de que pasamos nosotros. Ahora que volvemos a apretar el paso ya no somos cien sino menos de la mitad.

Otro de los temas que cambió con la nueva gestión del club es el ingreso al estadio. Pasaron del caos a un esquema bastante más organizado. Hay fallas, tensas esperas, pero se nota la buena intención. Con el método del ensayo y el error, y con más seguridad privada que los agentes de la Federal, lograron un resultado que, si bien no es el ideal, y pese a todo, funciona. Se trata de compartimentar la llegada de los hinchas al estadio. Y un dato clave: en los alrededores de la cancha ya no hay tanta impunidad para la reventa de entradas. Con Passarella, era un escándalo.

Cincuenta metros más adelante volvemos a frenar. Ahora la espera se reduce: unos cuarenta segundos. Ya se ve la tribuna Centenario más adelante. La otra mano del boulevard está desierta. La nuestra, poblada. A los costados, más policías. Nos dejan pasar. Por primera vez vemos una formación de la Infantería.

Llegamos al tercer y último cordón. Ahora son todos policías. Tres de ellos, de civil, están sobre la vereda interna del boulevard. Son perros de caza. Buscan a alguien. O eso parece. Una docena de uniformados nos reciben en el medio de la calle, nos miran a los ojos. Ya nadie de los nuestros grita, ni dice nada. Solo se escucha el ansioso roce de las zapatillas contra el pavimento.
- Esto es una locura, hermano. Mirá cómo tenemos que entrar a nuestra cancha –dice uno que tiene unos cuarenta años.
- Son unos hijos de puta –vomita otro en voz baja.
- Por acá entrábamos todos juntos, ¿te acordás? Locales, visitantes. Sacabas la entrada, y a otra cosa –tiro yo.
- O nos pasábamos los carné –dice el primero, que tiene puesto un gorro de tela, de los viejos.
- A mí no me van a matar la pasión –dice el segundo.
- A mí me la lastimaron bastante –asumo. Sigo viniendo por mi hijo.
- El problema son los barras, papá –dice el primero.
- Es verdad. Ahora por lo menos los dejamos de vivar cuando ingresan a la tribuna.

A algunos nos eligen para que vayamos a la vereda a poner el dedo gordo en el lector de huellas digitales que hay dentro de una valija de aluminio.
- Poné el pulgar ahí, por favor –un Federal que está del otro lado de la valija apunta con el dedo hacia la computadora.
- ¿Acá?
- Sí –responde, impaciente.
Al lado hay otras siete valijas, y siete policías, más otros oficiales que dan vueltas, inquietos. Tres de ellos, fuman.

Se trata del Sistema de Administración de Acceso Biométrico a Estadios Argentinos que el Gobierno nacional implementó en el 2014 para complementar el todavía verde Sistema Plus, de la AFA. Un sistema informático está cruzando nuestros datos con las listas de hinchas violentos que confecciona, en este caso, River. Si estás en la lista, no podrás entrar al Monumental. No es mi caso, ni de ningún otro de los que están al lado mío. Quizá sí de los que deben poner los dedos ni bien nos corremos nosotros.


Los últimos pasos hasta el ingreso a la tribuna son los más acelerados. Ya casi estamos adentro. Llega el canto de la tribuna. Vamos River. Apoyamos el carné en el lector del molinete, y pasamos. Llamativamente solos. La empinada escalera, delante nuestro, luce vacía, como si fuese un cine al que estamos llegando con la función recién empezada. Nos miramos, casi atónitos. Pero arriba se ven las luces del estadio. En uno, dos, tres segundos, emerge el maravilloso verde césped, y las tribunas colmadas de rojo y blanco.

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descanso

el hombre descansa
su cuerpo de largos huesos
es un bulto que se hunde
en lo profundo
de una deshilachada hamaca de hilo,
el monte salvaje, a su alrededor
escupe una cortina de sonidos
el viento norte trae otros
no tan nítidos
salvo el motor
de la pintoresca lancha colectivo
que primero ronca, en la letanía
y ahora, que muerde el muelle, ruge;

el hombre descansa
pero algunas horas antes
con la primera luz del amanecer
se calzó los borceguíes
encendió un fuego para el mate
retomó sus tareas de carpintero,
más tarde acomodó su espalda
entre las yagas de la corteza
de un viejo árbol
leyó una ficción en la que
se sucedían las obsesiones y miserias
de siempre:
la ambición, el poder
la guerra, el horror
el amor, la soledad;

el hombre descansa
pero antes también nadó en el río
pisó el barro pantanoso
se abrazó a los camalotes
tostó su cuerpo al sol
almorzó a la sombra
y desde hace un rato, duerme;

su acomposada respiración
es tan impercetpible
como el ronroneo del ave
que tamborilea sobre una rama
e infla el pecho
en dirección al monte
y el cielo destemplado.

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Ser parte (del Encuentro Federal de la Palabra)


Al observar las fotos de la cálida Sala B en la que ofrecimos la charla nos atraviesa un sentimiento de orgullo y de emoción. La misma que nos eriza los pelos y entrecorta la voz cada vez que vamos al parque a disfrutar de su multisensorial abanico de realidades efectivas. Tantas veces fuimos espectadores, padres, hijos, adultos, novios, compañeros, militantes, vecinos, ciudadanos a pie. Tantas veces saludamos a sus trabajadores. Tantas veces conversamos con los promotores que sostienen las propuestas de los ministerios. Tantas veces lo citamos en nuestra vida social. Y a ahora nos tocó a nosotros ocupar el rol del panelista. Del que algo tiene para decir, o contar.

Si había un lugar en el que queríamos estar para contarle al mundo que la revista Kranear está hecha por militantes políticos que se dedican a la comunicación y que fue parida por el fervor kirchnerista, es allí, en Tecnópolis, un espacio que para nosotros sintetiza y en el que se hace carne la Década Ganada. Y mejor aún. En Tecnópolis y en el marco de una convocatoria que tuvo que ver con un encuentro en el que la anfitriona y dueña de todos los debates y los suspiros fue la palabra.

Durante los quince días que duró la celebración –más de 370 mil visitantes, informaron los organizadores- formamos parte del Paseo de las Editoriales, y no sólo vendimos todo el material que llevamos al puesto sino que también nos encontramos con un montón de amigos, compañeros, vecinos y hasta antiguas relaciones con las que prometimos volver a vernos. También conocimos colegas que supieron apreciar la singularidad y delicadeza de nuestro trabajo. Sumamos algunos lectores, y difundimos nuestra marca, que a lo largo de cuatro años ya logró hacerse un lugarcito en los estantes, mesas ratonas y revisteros de algunos entusiastas. Hemos visto con emoción a alguno de los Grandes Luchadores Latinoamericanos observarnos con hidalguía desde un termo, carpeta, o ventana. 






El último fin de semana nos dimos el gusto de encabezar una mesa de las tantas que se organizaron bajo el paraguas de la Narrativa, Ensayo y Poesía. Se denominó Militancia y Comunicación e invitamos a los compañeros de la revista Hamartia. Durante una hora, y ante la presencia de amigos, familiares, compañeros y otros visitantes, pudimos contar nuestra historia, compartir algunas de nuestras características editoriales y graficas, y desnudar nuestras intenciones: ofrecerle materiales gráficos a la militancia para que nos sigamos formando y de ese modo contar con más y mejores herramientas para seguir trasformando la realidad.



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Luchar por nuestra Patria

“Volvimos a la Plaza, a luchar por esta Patria” dice una de las estrofas de las tantas canciones que entonamos con la militancia. Qué certera la frase. Qué síntesis. Porque a lo largo de la los últimos años hemos logrado macerar esa idea, ese valor, en nuestros músculos, en nuestro corazón, en nuestra sangre. Ahí quizá esté el mayor logro de Néstor y Cristina. Somos decenas de miles los que ahora nos emocionamos hasta el llanto cuando entonamos el himno nacional. Y no es un nacionalismo berreta, para la tribuna. Es La Patria es el otro. Lo que está en juego es nuestro país que, salvo con Juan Perón, y alguno más en otro momento anterior de nuestra corta historia, siempre estuvo gobernado por cadetes del poder económico. Luchamos por la Patria en el más político sentido de la palabra. Defendemos que nuestro país no solo se haya levantado, y haya vuelto a caminar, y a producir, y a crecer, y a generar oportunidades para millones de personas, sino también que hoy sea faro para muchas otras naciones del mundo, por ejemplo, por haberse desendeudado; por haber incluido en el mercado laboral a seis millones de personas y romper récords de producción; por haber nacionalizado el sistema provisional para atender a enormes sectores de la población; por haber bajado de modo notable los temibles índices de desempleo y pobreza; por haber logrado la inclusión digital de todos los pibes; por haber construido más de mil escuelas; por haber repatriado mil científicos que habíamos echado como si fuesen ratas; por haber construido un satélite que ahora orbita en el espacio; por estar juzgando el genocidio argentino con tribunales y jueces ordinarios; por tener más de quinientos genocidas presos en cárceles comunes y más de mil procesados; por la integración regional con que estamos construyendo una gran Nación; por tener una gran parte de la juventud politizada, movilizada, apasionada por nuestra soberanía y justicia social para todos. 

Los 24 siempre son conmovedores. En especial para familias como las nuestras, que fueron diezmadas, como dijo Néstor. Las consignas fueron cambiando a lo largo de los años. Arrancamos allá por los noventa exigíamos a grito pelado el Juicio y Castigo, pero el futuro llegó de la mano de la política y cómo no vamos a ir por más, por lo que falta, por los que necesitan del brazo benefactor del Estado que nuestros propios padres revolucionarios quisieron conquistar. Hoy la mejor manera de defender nuestro futuro es a través de consignas como “Democracia o corporaciones”. Sin dudas. 

Con la revista Kranear, por estas horas, tenemos la oportunidad, por primera vez, de exhibir nuestros contenidos en una feria de editoriales. En un puesto. Y en el marco del mejor lugar de todos los lugares de la tierra en el que nos gustaría estar. Por coincidencia ideológica, y artística. El Encuentro de la Palabra, en Tecnópolis. Durante el fin de semana largo estuvimos allí durante varias horas, y volvimos a maravillarnos con la interminable serie de propuestas que la Unidad Bicentenario ofrece para toda la familia en el masivo y generoso encuentro que tiene como eje a la palabra. 


Ya lo habíamos vislumbrado hacía tiempo, en alguna de las tantas veces que fuimos al predio, pero ahora, con el 24 de marzo todavía vivo, un rato después de llegar a casa desde la Plaza de Mayo con las patas inflamadas, lo volvemos a subrayar: en Tecnópolis, creemos, se condensa una de las síntesis más evidentes de la reconstrucción nacional que impulsó el Kirchnerismo. Es el relato hecho carne. Es la cultura popular desplegada en todos sus soportes y formatos para un Pueblo que ya tiene clara consciencia de los logros que supimos construir de la mano de dos gigantes, dos grandes luchadores argentinos y latinoamericanos: Néstor y Cristina.

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pensar la luna en vos


qué belleza la luna de esta noche
¿la contemplaste desde el sur?


pensar la luna en vos 

me recordó el muelle privatizado
en el codo de la villa veraniega
sus pilotes de concreto bailoteaban
por la bravura de un océano
por muchos incomprendido;

pensar la luna en vos 

me pellizcó la calidez de la casita de madera
el nado en el río
de las frondosas islas del paraná
las que narró Conti
las que cobijaron a walsh

y a nosotros;

también recuperé la bruma
la llovizna, la resolana

la cortina de palmas enrojecidas
las pelos erizados en las pieles
las lágrimas
del último domingo,
nuestros silencios

nuestros dedos entrelazados
nuestras confidencias,
ahí estuvimos, como otras tantas veces que vendrán

entreverados junto al pueblo de los justos
los que militan
los que sonríen
los que bailan murga

los que trabajan
los que rosquean
los que van a la cancha
los que se forman
los que crecen
los que creen
los que sufren
los de la patria es el otro;


contemplé la luna y pensé en vos 

acá, en la parte norte de la ciudad. 

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El síndrome Patcher

Casi ya no llora, atrapado en libertad

Entre el 15 y el 24 de noviembre de 1976 los milicos mataron a mi papá y desaparecieron a los dos hermanos de mi mamá. En ese contexto nací yo el 26 de noviembre. Mi mamá era militante también. Unos días después de mi nacimiento mi mamá se fue con mi hermana, de entonces 4 años, y conmigo a esconderse a Miramar, para que no la maten, para que no nos lleven. En marzo de 1977 nos exiliamos en Israel para salvar nuestras vidas. A esa altura de la historia Argentina, a un año del golpe de Estado, los militares y sus secuaces habían matado y desaparecido a por lo menos dos decenas de miles de personas. Sus objetivos eran políticos y económicos, su método eran la denigración de la condición humana y su principal herramienta para lograr todo eso era el miedo. Que la sociedad tenga mucho miedo para que nadie se meta y quiera impedir que unos pocos se enriquezcan a costa de la miseria de otros millones y que el país se endeude para siempre.
Algunos desgraciados compararon la huida de Patcher a Tel Aviv en enero de este año con el exilio de aquellos años en donde muchos argentinos fueron recibidos por Israel para salvar sus vidas. La casa de todos los judíos del mundo es Israel. Siempre. Pero hay que ser muy mal parido para hacer semejante comparación.
La diferencia esencial, más allá del peligro concreto de vivir o morir, es que aquello fue un problema colectivo (un genocidio) y esto es un problema individual. Pero ojo, porque justamente el objetivo de los desestabilizadores es que el pueblo perciba miedo, que ese miedo individual sea colectivo. Y a diferencia del proyecto político e ideológico de este gobierno, que se basa en la organización, el proyecto neoliberal fomenta la desorganización y el caos. Cualquiera te puede matar, entonces de todos hay que desconfiar. Es una batalla brutal por el sentido y por la descripción de la realidad. Porque en definitiva la realidad es lo que a cada uno le pasa psíquicamente. Como les cuesta tapar la realidad objetiva de crecimiento y mejora de las condiciones de vida del pueblo argentino (datos económicos, laborales, de salud, etc.) entonces apuntan a la psiquis. Argentina está entre los países donde más se consume ansiolíticos en el mundo. Eso han generado y saben que pueden ir por más.
Un pueblo organizado, consciente y crítico o un pueblo desorganizado, lleno de miedo. Esa es la cuestión.
Ejemplo de eso es la escapada de Patcher: un problema individual. No se sabe las razones por la cual se escapó porque si es por sus explicaciones, solo se puede hablar de un tipo con paranoia, problema que quizás pueda ser abordado en una terapia y no como un escándalo político, como las basuras concentradas de este país lo quieren instalar. El objetivo es que la historia de Patcher sea un síndrome, que se transforme en un conjunto de fenómenos que caractericen una situación determinada. El síndrome de Patcher, producto de una cultura individualista dominada por los grandes medios que resiste ante la interpelación política hecha en Argentina durante los últimos 11 años, de la mano de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Este proyecto político, entre sus logros, tuvo la habilidad de ir levantando máscaras de diversos sectores sociales. Mostrar lo que son y que cada uno elija. Y eso sí da miedo.
El miedo que dicen sentir los jueces y fiscales cuando convocan a una marcha para pedir justicia no es el miedo a qué les pase algo físicamente producto de la agresión de un tercero, ellos saben muy bien que nada de eso les puede pasar. El miedo que tienen, real, es a perder sus privilegios, es el miedo a que los conozcan: cómo trabajan, cuánto ganan, qué causas aceleran y qué causas no. Es parte de la tensión de esta batalla política y cultural. Son quienes deben impartir justicia y hacen una marcha pidiendo justicia. Es un reclamo hacía ellos mismos. Pero el nivel de impunidad que manejan los hace creer que se dirigen a otros. Le piden justicia al gobierno y cuando el gobierno opina denuncian intromisión.  Es como que Cristina Kirchner encabece una marcha solicitando que el gobierno termine una autopista.
El síndrome Patcher, además, es clasista y tiene como único objetivo mantener el status quo. En el camino muchos se creen realmente afectados y sufren. Pero el objetivo es matar a la política. Meten miedo a la sociedad diciendo que tienen miedo. Es un síndrome clasista porque dice tener miedo de los “poderes” cuando no hay ningún hecho que realmente justifique ese miedo a que les pase algo físicamente. Pero al costado de esa pantomima, hay jóvenes que siguen siendo asesinados por las fuerzas de seguridad, hay mujeres y hombres que siguen siendo asesinados por disputas territoriales para quedarse con negocios de venta y comercialización de estupefacientes y hay muchas mujeres que siguen siendo asesinadas por sus parejas. De eso no tienen miedo porque son parte de que siga ocurriendo.
El síndrome de Patcher te quiere hacer creer que no se puede vivir en Argentina para que te sientas absolutamente vulnerable, te quiere hacer creer que ese miedo es culpa de este gobierno, te quita seguridad en vos mismo, generando confusión y angustia. El síndrome de Patcher es enemigo de la organización. Todos con miedo, sueltos, solos. En edificios sin portero
eléctrico, sólo con cámaras que no andan y seguridad privada que de lo que menos saben es de seguridad. En esas condiciones de estafa desean llegar los salvadores de la patria y si te agarran así te van a explicar que todo lo que tienen que hacer es necesario para que estés mejor. En el camino el país se vuelve a endeudar, te quedas sin trabajo (de verdad), si protestas te van a reprimir, las vacunas las vas a tener que pagar y los planes sociales se van a eliminar.
Las políticas de memoria de este gobierno no tienen como objetivo regodearse en el dolor, sino todo lo contrario. El objetivo máximo es empoderar al pueblo de que cuando vienen por algunos sectores imponiendo el miedo, en verdad vienen por todos menos por el 5% de la población: los poderes económicos. Conocer el pasado es garantía de proteger el presente y planificar y soñar el futuro. Conocer es el mejor remedio para el miedo. Para el síndrome de Patcher cultivado desde la criminología mediática no hay historia, no debe haber historia. Solo algunos filósofos de reflexiones coyunturales hechas en un entierro.
La historia de los pueblos no se escribe con miedo. Ni tampoco la escriben los diarios.

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Manu y Santino Dios