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Un hechizo casi inexplicable





Para Tino 

Javier y los tres chicos bajaron por la callecita de tierra y en pocos minutos la casa quedó a sus espaldas. Frente a ellos se conformó una postal que los dejó mudos y con la boca abierta: el curso del arroyo, el potrero, más atrás la ruta y en el fondo -de punta a punta del horizonte-, el campo de rastrojos, todo estaba bañado por la luz plateada de una luna llena que partía al medio el cielo limpio y helado. 


Recién volvieron abrir la boca cuando Javier les llamó la atención con un chistido, mientras se agachaba y se tapaba la boca con el dedo índice. 

- Qué pasa, ¿Papá? – lo retó alarmado Tupak, su hijo de 15 años.
- Shhh... Paren el oído.
Los tres lo miraban, expectantes.
- ¿De dónde viene ese sonido? –preguntó el padre.
Se trataba de un tamborileo. Algo que por ahí nomás se movía de modo incesante.
- El agua del arroyo –dijo Ema, el más grande de los tres. Ya estaba en primer año de la facultad.
- Exacto –dijo Javier.


Desde el lugar en el que estaban se podía apreciar el cauce del arroyo, que se extendía hacia la derecha, entre los matorrales y los pastizales conocidos en la zona como “Colas de zorro” que asomaban a los costados. A la izquierda estaba el puente. Hacía ahí se dirigieron. 


- Esa foto es imposible de sacar, ¿no? – dijo la única chica del grupo, Valentina, de doce años, mientras apuntaba con el brazo hacia el arroyo. Ahora lo tenían cinco metros debajo de sus pies. Por ahí habían llegado en los coches, hacía dos días atrás. Era de noche, como ahora, pero no había luna llena. El movimiento y brillo del agua, ahí abajo, parecía una serpiente de color plata. 

A sus espaldas escucharon el graznido de un pájaro. Dieron vuelta los cogotes para verlo, pero ninguno lo logró.

- Hoy hay más agua que ayer – señaló Tupak.
- Es cierto –coincidió su padre -. Debe ser por la lluvia de hoy a la mañana, que ahora desciende desde las sierras.

Luego de arrojar algunas piedras al agua, se encaminaron hacia la ruta. A su izquierda y a lo lejos, se erigía silenciosa una enorme muralla de tierra, piedra y una flora seca, árida, aparte de distintos bichos y animales: las sierras. A pesar de la noche, y gracias a la luz blanca de la luna, desde allí se la podía apreciar con claridad.

- Parece el lomo de un elefante dormido – dijo Valentina.
- Es muy buena la imagen, eh – celebró Javier. Ya le habían comentado que a ella le gustaba la literatura.

Cuando pisaron el pavimento de la ruta, detuvieron el paso. El silencio era ensordecedor. No se escuchaba nada de nada. Se miraron
 entre ellos y sonrieron de modo contenido para no romper ese hechizo casi inexplicable. Los cuatro vivían en la ciudad, y si bien los chicos habían ido a varios campamentos con sus colegios, nunca antes habían estado en un paraje rural, tan alejado de las luces y los ruidos de la vida urbana. 

- Lo del puma que dice el abuelo es cualquiera – soltó Ema.
- ¿Qué cosa? –quiso saber su hermana.
- Que puede haber alguno por acá, a la noche.
- No creo, no –se sumó Javier -. Y aparte no se olviden que acá o cualquier otro lado, los animales tienen mucho más miedo de nosotros que nosotros de ellos.
- Mmm… no sé, eh –dijo Ema, que era petiso y petacón y fanático de Lanús y el Instagram.
- Yo si aparece uno corro hasta donde no me den las patas –dijo Tupak, y el resto largó una carcajada que tuvo mucho de gracia pero también de nervios.

El aire estaba helado. Los cuatro estaban enfundados en los camperones de tela de avión, tan típicos en la ciudad, tan poco frecuentes en la zona. Los varones más jóvenes tenían puesto un “cuellito”, que es como una bufanda pero más corta y menos anticuada, que se agarra al cuello. Valentina tenía guantes en las manos y polainas de lana en los pies. Javier un gorro de lana del altiplano, con orejeras y figuras rupestres. La luz plateada que bañaba la zona era tan intensa que podían distinguir una piedra entre los yuyos. O contar las ramas del árbol que estaba cincuenta metros ruta adentro, duro como un espantapájaros. O los tres hilos de alambre que separaban el campo del asfalto.

- Si soplase viento nos estaríamos congelando –supuso Javier.
- Está muy linda la noche – apuntó Valentina, que tenía el pelo largo hasta el ombligo y que hacía un rato, en la casa, había sorprendido al resto de los adultos, luego de la cena, en el momento que Javier preguntó “¿quién viene a caminar por la ruta con la luz de la luna?” y ella, sin esperar ni medio segundo, levantó la mano alzada y un convincente “Yoooo”.

Efectivamente, la noche era inmejorable. La temperatura debía morder el cero del termómetro que el abuelo tenía adosado al marco de la puerta de la cocina, pero se tornaba tolerable si uno estaba bien abrigado.

- Respiren hondo, sientan la pureza del aire – propuso Javier, antes de inhalar el aire frío, enviarlo con ganas hacia sus pulmones y luego de retenerlo con los ojos cerrados, largarlo hacia la noche, sin apuro. 


El resto lo imitó. Luego Ema se frotó las manos. Tupak se las entibió, con la boca, después de ponerlas en forma de olla. Al soplar, se armó una nube de humo azul oscuro a su alrededor.

- Creo que nunca estuve en un lugar donde el aire esté tan limpio – dijo Ema.
- Y tan frío – aportó Tupak.
- Y tan lechoso –aportó ella.
- ¿Qué es eso? –la cargó el hermano mayor.
- ¿Blanco? – la apoyó Tupak.
- Blanco, sí – confirmó ella.
- Como los colmillos de un puma – se rió Javier. Pero de inmediato se dio cuenta que el chiste no había generado gracia, sino más bien lo contrario. Entonces agregó: - Vamos, che. No está bueno que le teman a lo desconocido. No siempre tiene por qué significar una amenaza o un peligro.

Ema propuso caminar por la ruta, en dirección al vado que había mencionado el abuelo. El resto estuvo de acuerdo, a pesar de que los adultos de la casa habían pedido que no se alejen del puente. Los primeros treinta metros, hasta llegar a la curva, los hicieron en silencio. A su izquierda, en la parte más elevada del campo de rastrojos, el blanco de la lona plástica de una solitaria silobolsa brillaba como un diamante. A su derecha, y algo alejado por la curva que hacía el terreno, estaba el cauce del río. Los pastizales y las colas de zorro parecían pintados. La quietud era total. Cada tanto se levantaba una brisa casi imperceptible –y helada, eso sí- que le acariciaba los cachetes de la cara a los cuatro aventureros.

- ¿Ustedes se vendrían a vivir a un lugar como éste cuando sean abuelos? – preguntó Javier.
- Yo sí –dijo Valentina, con una sonrisa -. Me encanta San Luis.
- Yo también vendría – coincidió Javier.
- Vos ni en pedo –lo cruzó su hijo.
- ¿Por?
- Porque no quiero que estés tan lejos.
- Eh, pero vos ya vas a estar grande y vas a estar haciendo tu vida – se metió Ema.
- Claro, cuando yo me jubile vas a tener como cuarenta años, probablemente algún hijo, o hija. O dos. Incluso tres –tiró, divertido.
- No importa. No da que te vayas.
- Sos un grande, Tupa – se conmovió Ema y le acarició la espalda con la mano-. A mí me da cosa ver al abuelo una vez por año, dos como mucho, pero lo banco. Ahora lo veo bien, dejó de fumar, está menos cascarrabias. Cada vez que venimos nos da de morfar sin parar.
- Si no se iba de la ciudad, se enfermaba del todo -sentenció la nieta.
- Es verdad –coincidió su hermano.- Acá se armó el taller y hasta se colgó el banderín de Lanús. Le faltamos nosotros, pero tiene todo lo demás. 


Desde el punto en el que estaban parados se podía apreciar, cincuenta metros más adelante, la pendiente de la ruta, y el vado: el lugar exacto en el que el arroyo pasaba por encima del asfalto. A sus costados crecía una maleza más tupida que en el puente.

- ¿Vamos? – insistió Javier, con el brazo en dirección a la bajada. Por efecto de la luz plateada, se le notaban las arrugas que le ganaban la zona de los ojos. También el lunar que tenía en el pómulo derecho desde el día que había nacido, hacía ya unos 45 años.
- Vamos, dale – Ema estaba muy motivado. Era el mayor y no estaba dispuesto a mostrar ningún signo de debilidad.
- Vamos pero después nos volvemos, eh –aceptó Tupak.

El grupo volvió a ponerse en movimiento, siempre con las manos en los bolsillos y los ojos bien abiertos. La imagen que se formaba frente a sus ojos podría formar parte de un capítulo de la serie Walking Dead, en la que los zombies deambulan por los restos de las ciudades y carreteras de un mundo devastado por una epidemia. Javier pensó en mencionar la historia, pero prefirió callar. El vuelo de una bandada de cardenales les cortó la respiración. Pasaron rasantes, en dirección al sur y el sonido de sus graznidos perduró en el aire durante varios segundos.

El árbol que había más adelante, al igual que los que crecían en una elevación que había por encima del cauce del arroyo, tenían el color gris de la ceniza. Los pastizales y cardos –porque se trataba de una zona árida, y la sequía se profundizaba en invierno por la falta de lluvias- parecían vizcachas paradas en sus dos patas, en estado de alerta por la inédita presencia de los visitantes nocturnos.

- Desde acá ya no se van las luces de la casa –avisó Valentina, cuando llegaron a destino.
- Qué importa –dijo Ema.
- No importa, no. Solo hice la observación.
- Importa porque se ve mejor aún el cielo –dijo Tupak, con la cabeza tirada para atrás y los ojos perdidos en la noche.


El agua del arroyo cruzaba la ruta de derecha a izquierda. El caudal tendría unos diez centímetros de altura y recorría la zona sin prisa y sin pausa. Para pasar al otro lado, había que pegar unos saltos arriba unas bases de cemento rectangulares, que alguna vez habrían sostenido un paso peatonal. 


- ¿Quién se anima? – desafió Tupak.
- Yo – dijo su padre.
- Y yo – sumó ella.
- Vos no –la frenó el hermano-. Te vas a caer y te vas a empapar. Después los viejos me cagan a pedos a mí.

En el momento que Javier saltó por encima de los dos primeros bloques de cemento, algo se sacudió en los pastizales del lado derecho de la ruta, por donde venía el arroyo. Se trataba de una zona en la que la vegetación era más densa y más alta. Los chicos, mudos, endurecieron todos los músculos de sus cuerpos.

- Volvé, Papá.
- Deber haber sido un cuis, no se asusten -dijo Valentina.
- Qué es un cuis – dijo Ema.
- Es un tipo de roedor que anda por el campo –explicó la hermana -. En el fondo de lo del abuelo vi por lo menos dos.

Tenía razón Tupak. En ese punto del paseo los aventureros podrían haber visto y disfrutado la mayor cantidad de estrellas de sus vidas. Una constelación pinchaba con miles de agujeritos el telón azul oscuro que tenían sobre las cabezas, y conformaba una especie de red interminable de líneas, figuras y puntos de distintos tamaños. Pero estaban muy entretenidos con el cruce del vado. En especial Javier, que sin que nadie lo esperase, pegó otros cuatro saltitos consecutivos, con la gracia de un malabarista, y en seguida pisó la tierra húmeda del otro lado del arroyo.

Mientras el único adulto del grupo celebraba su proeza a los gritos y con los brazos levantados, del otro lado del arroyo, la maleza volvió a sacudirse a la derecha de los chicos. Con más fuerza que la primera vez.

- ¡Papá volvé!
- ¿Qué pasa? -dijo Javier, mientras imitaba un bailecito a lo jugador de fútbol colombiano.
- ¡Sos un tarado, papá, acá cerca nuestro se está moviendo algo! - Tupak había retrocedido sobre sus pasos.
- No pasa nada, amigo -lo quiso contener Ema.
- Qué no, andá a ver ahí cerca del arroyo.
- Yo voy -dijo Valentina, mientras se dirigía a la zona en la que se había movido la maleza.

Javier se había agachado y con las dos manos armaba un cuenco con para probar el agua helada del arroyo. Parecía una liebre. El sonido del movimiento del agua, en aquel lugar era más estridente que en la zona del puente, y producía una especie de ensoñación. Luego de atravesar el vado, el cauce del arroyo zigzagueaba hasta perderse en la negrura plateada del monte.

- ¡Venía para acá, nena! -le gritó el hermano mayor, pero Valentina ya se había metido entre los pastizales, y se abría camino con una rama que había levantado a un costado de la ruta.

La campera inflable de la nena, de color claro, ahora brillaba como una pantalla de cine en la que se proyectaba una película en blanco y negro. El pelo largo y lacio, le cubría parte de la espalda. Caminaba con prudencia pero también con convicción. Desde lo alto de la colina en la que había quedado la casa, llegó el ladrido de los dos perros del vecino del abuelo, y en seguida, con un efecto retardado, el motor de una motito, que se alejaba de la zona. Pero enseguida la quietud y el silencio volvieron a apoderarse del lugar.

Valentina llegó al lugar en el que se había sacudido la maleza. Primero revolvió los yuyos hacia los costados, siempre con el palo en la mano, y luego de dar una media vuelta, se agachó. Los pastizales volvieron a moverse, aunque en menor medida que las otras dos veces. A Ema y a Tupak les pareció escuchar, también, una especie de gemido. 


El frío, la noche limpia, el manto de luz blanca sobre el monte, todo parecía parte de una película.

- Chicos, vengan –dijo ella.
- Vos estás mal de la cabeza -le dijo el hermano.
- No seas tarado. Te lo vas a perder.
- Acompañame, dale -le dijo a Tupak y lo agarró del brazo.

Javier reapareció con un salto y un grito que sobresaltó a todos. Incluso al puma de unos cincuenta o sesenta kilos, con cabeza de gato, que se había rendido a los pies de Valentina por las caricias que le estaba haciendo detrás de las orejas. Los tres varones quedaron paralizados, bajo la luz lechosa. Hechizados.

El gato-puma se paró sobre sus patas, se arqueó como un acordeón y erizó hasta su último pelo. Había una clara desproporción entre el cuerpo y su cabeza. El animal tenía bigotes blancos, puntiagudos. Patas largas y vigorosas, asentadas sobre unas garras anchas y filosas. Un hocico oscuro, y cuyas fosas nasales se abrían y cerraban como el latido de un corazón. Sus ojos –que parecían dos diamantes de fuego- se concentraban en la esfera blanca luminosa del cielo.

De repente la criatura elevó su lomo y lo arqueó para rozar a las piernas de Valentina. Ella volvió a acariciarlo. Y él, otra vez, volvió a fijar sus ojos en el planeta blanco. Los tres varones estacados al suelo de tierra reseca, cardos y yuyos, y observaban azorados el pelaje marrón claro de la bestia, que por efecto de la luz blanca que los rodeaba, parecía dorado. Cuando volvió a moverse de modo ondular por las caricias de Valentina, ellos realizaron una mueca parecida a una sonrisa.

- Este debe ser el puma que mencionaba el abuelo -arriesgó ella.
- Pero no es un puma –dijo su hermano.
- Qué mierda es -dijo Tupak, mientras se acercaba para tocarlo.
- No sé, pero es una dulzura -dijo el padre, mientras le pasaba una mano por la cabeza de gato.

Al principio parecía el silbido de una tímida brisa, pero a los pocos segundos se tornó más claro: era el grito de un ave que, al pasar por encima de sus cabezas, vieron que era un pichón de cóndor. Fue ahí que el gato-puma levantó el cogote, como buscando una señal en el cielo estrellado y azul, y en un abrir y cerrar de ojos, luego de emitir un aullido que pareció el lamento de un bebé, salió disparado a la velocidad de la luz, en dirección al monte.

Los paseadores nocturnos se miraron aunque no dijeron una palabra. Otra vez el silencio, la noche helada, el vapor que salía despedido de sus bocas. Luego de un par de segundos, Javier rompió el hechizo al formar una visera con su mano izquierda y contemplar la sierra, a lo lejos. Tupak volvió a soplarse las manos. Ema se agachó para ver si el animal había dejado algún rastro.

- No vas a encontrar nada –dijo la hermana -. No existen los gatos-pumas.

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negocio inmobiliario

qué dirán los abuelos
que viven hace décadas en el barrio
ahora que la inversión en ladrillo
pica en punta
entre los codiciosos;
qué dirán
es una bestia insaciable
que vomita toneladas
de hormigón, acero y vidrio
que llenó el paisaje de máquinas perforadoras
que metió polvo hasta debajo de la cocina
que trajo cientos de obreros con mameluco
que chupan mate cuando todavía no aclaró;
qué dirán
ahora que el sol ya no se desparrama
sobre toda la cuadra de enfrente
por culpa de los departamentos con pileta
que construyeron al lado;
qué dirán
ahora que la manzana se llenó de desconocidos
que hay autos hasta en las ochavas
que los cortes de luz
te sorprenden en cualquier momento;
qué dirán
que en la esquina en la que vivió y murió Beatríz
¡inauguraron un restaurant!
qué dirán
ahora que los bordes de los paraísos
ya no se recortan contra el horizonte
que al canto caótico de los loros
se lo devora el ronquido del motor
de un ¡maldito colectivo!
qué dirán
que los impuestos por alumbrado y barrido
ya no se pueden pagar
y el jefe de gobierno
es amigo de los codiciosos;
qué dirán
que hasta construyeron un departamento de oficinas
a quién se le ocurre
acá en el barrio
en el que los vecinos
paseaban el perro sin correa
plantaban malvones
y ahora ni te saludan;
qué dirán
que el metro cuadrado en la cuadra
vale una fortuna

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Premio consuelo


Si hay un título que muy probablemente nadie nos pueda arrebatar a los argentinos y argentinas, a lo largo del tiempo, es el de Campeones de la Tribuna. Con respecto al fútbol tenemos mucho que revisar, sí. Y mejorar. Pero en las canchas somos los que más y mejor alentamos. Sobran las pruebas. Revisen los archivos que van por lo menos desde Alemania 2006 hasta acá. Es tan evidente nuestra ventaja por sobre el resto de las parcialidades que, hace pocos días, y por medio de las redes sociales, pudimos ver que un grupo de argentinos, conscientes de la atención -y admiración- que despierta nuestro folclore futbolero, montaron en la Plaza Roja de Moscú un número callejero para el turista tenga la posibilidad de experimentar, junto a una docena de hinchas, el éxtasis que nos inflama las venas cuando saltamos y cantamos algún tema del cancionero de cancha argentino. Para profundizar la experiencia, el turista podía subirse a los hombros de alguno de los fanáticos.

Van algunas categorías para una posible competencia. Color en las Tribunas, por ejemplo. No nos gana nadie. Muchas parcialidades pintan parte de las cabeceras y plateas de los magníficos estadios mundialistas con el color de la remera de su selección. Algún cartel hecho a mano. Un hombre-pájaro. Un disfraz de súper héroe. Un hombre-vikingo, en el caso de los países nórdicos. Hasta los japoneses pintan con su azul marino algún sector de una platea. Nosotros también tenemos esa virtud –y con los dos colores del albiceleste-, pero aparte sumamos un detalle que ninguna otra hinchada tiene: nuestras banderas –de todo tipo de tamaños-, tienen inscripciones, dibujos o gráficos. La identidad de nuestros “trapos” es inusual para el campeonato mundial que organiza la FIFA. La imagen de las tribunas copadas por nuestra parcialidad rompe con el orden visual que impulsa y propone la organización del torneo. Allí se estampan desde nombres propios de un grupo de amigos, hasta menciones de provincias, ciudades o pueblos. Qué otra hinchada cita en una bandera la frase de un grupo de rock o folclore local, el rostro de sus ídolos o los escudos de los clubes de nuestro futbol doméstico. Pocos, o ninguno. Incluso se puede apreciar más de una referencia política, acorde al tiempo que corre.

Para la categoría Cancionero tampoco tenemos rival. A diferencia de las otras parcialidades, la nuestra entona más de media docena de canciones distintas por partido, que aparte se vociferan a tono con el desarrollo y las emociones del juego y que tienen su inspiración en el cancionero popular de nuestro país. Es difícil encontrar tanta entrega y entusiasmo en otros partidos. Esto es el salto permanente sobre los asientos, aparte de movimiento de brazos –con o sin una remera en la mano- y la mirada puesta en el cielo o techo del estadio. Lo mismo corre para una posible categoría Aliento: se canta durante todo el partido. Se empuja si el resultado no acompaña y se celebra en caso de ir arriba en el tanteador. Nadie puede hacerse el distraído. El aliento es ensordecedor, e incluye escenarios y momentos del día que no tienen que ver con la instancia del partido. Se canta y salta antes del juego, en el medio de transporte que toque viajar, o en las afueras del estadio, y luego, en los bares, plazas y calles. Qué otra parcialidad despliega sus banderas entre los árboles o coches de un campamento de viajeros al costado de una ruta, como si se tratase de una misa del Indio-Solari. Quién es el Indio Solari, preguntaría un europeo.

En esta columna no vamos a discutir la composición socio-económica de las tribunas argentinas en los mundiales, porque si bien es cierto que en las ediciones como la Rusa abundan los Pico Mónaco y Pampitas, también es cierto que hay pibes que ahorraron durante dos o tres años para poder estar ahí. Son estos últimos, justamente, los que garantizan que en las tribunas el foclore futbolero argentino goce de buena salud. 


Ser los campeones de la tribuna es mucho más que un premio consuelo. Sé que muchos y muchas estarán de acuerdo.

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Acerca de unas fotos, la ficción y la realidad


Sacamos varias fotos en el mismo potrero en el que vimos jugar a los pibes, allá por el 2009, por lo menos dos tardes de verano, con todo el mundo en cueros y bajo un cielo anaranjado, mucha gente en las veredas con cervezas en las manos, cumbia y reggeatón, a una cuadra de la avenida Almirante Brown, otra de la Casa Amarilla, tres de la Bombonera. El mismo potrero en el que transcurren por lo menos dos de las escenas del texto que se convirtió en novela. Ahora el campito está rodeado por un tejido de alambre ya que hay una disputa judicial entre una asociación de vecinos y el club Boca Juniors. Por eso, seguramente, hay más césped que en aquellos años.

Estoy en el potrero con mi hermana. Son las doce de un mediodía fresco y nublado de un día hábil, y a nuestro alrededor no hay más que un taxista que lee su celular con el cuerpo apoyado en el capot de su auto y una mujer enfundada en una campera que pasea a su perro. El predio de la Casa Amarilla y la cancha de Boca pintan el horizonte de azul y oro. Entre Almirante Brown y el campito ahora hay una tira de monobloques. Ella dispara su cámara. De pie, agachada –a pesar de su embarazo-, de costado, me da algunas instrucciones para unas fotos en las que salgo de espalda. En un par de horas deberíamos contar con la foto que ilustrará la tapa de la novela. Mi primer texto de largo aliento. Ya está, casi lo tenemos. Una ficción para describir una realidad que vivimos, junto a otros y otras, en 2009. 


Encaramos hacia el interior del barrio por la calle Palos. Cien metros después nos topamos con un mural que habíamos pintado, en una jornada colectiva de trabajo, frente al conventillo en el que vivía Sonia, la uruguaya y referente barrial con la que trabajamos durante un año. Con mi hermana recordamos un festejo del día del niño, una interna entre compañeros, los días en los que jugaba Boca y que volanteamos el programa Fútbol para Todos, las goteras en los techos de chapa los días de lluvia, un amorío. Eran otros tiempos personales y políticos, pero al igual que ahora, compartimos la militancia, aparte de la familia. “Acá tenés la foto, eh. No busques más”, me dijo, con una sonrisa cómplice, y me mostró la imagen que acababa de lograr: el mural, un esténcil de Eva, un viejo buzón con los colores de Boca. Luego bordeamos la Bombonera y fue por la calle Suarez –varias veces escenario de hechos policiales levantados casi con goce por los grandes medios de comunicación- donde le tiramos algunas fotos a las fachadas de algunos conventillos, no tan pintorescos, ni tan precarios, pero sí típicos de la zona.

El recorrido finalizó con una pizza en un Banchero casi pelado de clientes. Repasamos la historia que cuento en la novela. Una ficción inspirada en una experiencia personal y colectiva de militancia política, cuando el kirchnerismo empezaba a profundizar su programa de gobierno, luego de la disputa con las patronales del agro. Las historias que cuento se nutren de la realidad y no tanto de mundos ficticios o imaginarios. Esa es mi búsqueda y mi limitación. En el texto están mis obsesiones, deseos y temores, y también emerge el intento de transmitir o encontrar un grado aceptable de belleza estética, por medio de la escritura, por supuesto, que es la herramienta a la que me aferré, ya de grande, para acceder a esa especie de paz que significa encontrar tu vocación.

Con mi hermana volvimos a repasar las fotos de la cámara. Ya representaban no solo una posible tapa de un libro, sino también, un mediodía distinto, en La Boca, casi diez años después de haberse producido algunos de los hechos que se ficcionan en la novela: fútbol, sexo, militancia política, violencia. Del otro lado de la avenida Almirante Brown, en diagonal, está el histórico local de la agrupación Los Pibes, a la que pertenecía el Oso Cisneros, el militante que fue asesinado por un narco y por el que Luis D’Elia copó una comisaría del barrio, en 2004. Un claro punto de contacto entre la realidad de barrios como La Boca y la novela.

Pagamos (una fortuna) y caminamos media cuadra hasta la parada del 152. Pasamos por la puerta de una vieja unidad básica del barrio, que también inspiró unas líneas de la ficción. Finaliza la jornada. Nos vamos llenos. Mi otro hermano Abrevaya en un rato recibirá las fotos, y no solo seleccionará las que más chances tienen de ser tapa, sino que les dará las terminaciones técnicas necesarias para presentarlas en una portada junto al resto de la gráfica (título, nombre del autor, sello editorial). Ese también es un gusto que me doy con la publicación, y más aún en tiempos políticos en el que gobierna, una vez más, una minoría antidemocrática que la quiere toda para ellos -y ellas-.

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el orador

la voz del orador
está cargada de bronca y de hastío
las ondulaciones del timbre de su voz
van de los medios a los graves
al igual que sus palabras
que también son graves
porque denuncian vejámenes
e injusticias
que duelen
como una patada en la boca
como si te desgarraran la piel;
la voz del orador
expresa un sentimiento de desesperación
porque pareciera que no hay escapatoria
a tanto desparpajo y omnilpotencia;
la voz del orador
se confunde con la turba de bombos
que sacuden el frío helado de la tarde
aunque haya termo para el mate
y unas tortas fritas;
la voz del orador
es nuestra voz
porque los vejámenes cometidos
por los mierdas
más temprano que tarde
nos desorganizan la vida
a todos;
la voz del orador
tiene arraigadas sus raíces
en las tantas luchas
que hubo acá en la plaza
por hombres y mujeres
como nosotros
por un pueblo
que nunca se arrodilló
a pesar de todo.

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Pase lo que pase


El nutrido grupo de militantes le da vueltas a la pirámide, encabezados por una bandera azul que tiene pintada la flamante consigna de este año: 41 años pariendo memoria y futuro. Algunos manifestantes portan en lo alto banderas de mano, también azules y con el pañuelo blanco. Otros agitan los brazos en el aire, se llenan la boca de consignas en contra del gobierno de Macri. La Plaza de Mayo, hacia los cuatros costados, está en obra. Cercada por paneles de metal, pintados de amarillo. Decenas -un centenar, quizá- de obreros con mamelucos naranjas, trabajan en los alrededores de la Pirámide. Todo está patas para arriba. La tierra, las baldozas, las fuentes, los canteros. No hay circulación de gente. Solo están ellas y quienes las acompañamos. Sus dos gacebos, el equipo de sonido, la camioneta, la muestra de fotos y afiches, que forma parte del frondoso y valiosísimo archivo de la Asociación. En un rato, cuando comience el acto, algunos de los obreros –muchos de ellos paraguayos- posarán sus manos resecas sobre el alambre de alguna de las vallas amarillas que inundan la Plaza, y fumarán un cigarrillo, o tomarán un mate, con la atención puesta en el acto, a las palabras que las viejas del pañuelo blanco comparten desde sus sillas, de cara a la gente que las aplaude y vitorea. Quizá un obrero le pregunte a otro si sabe hace cuántos tiempo hacen las rondas. Es probable que no tengan el número exacto. Hasta quizá uno se toque el caso amarillo, en un claro gesto de duda. 2090 rondas se cumplen hoy, les podría contar algún testigo involuntario -o no- de la escena. “Desde el 30 de abril de 1977 hasta hoy, 3 de mayo de 2018”. 

Hebe resalta frente al micrófono que no se quedaron en casa ni en los peores momentos, cuando los Astíz secuestraron a la entonces referente de la Asociación, Acuzena Villaflor. Mucho menos lo van a hacer ahora, cuando hay tanto para disputar. Contó algunas anécdotas. Siempre con los lentes de armazón colorado, puestos, la espalda rígida, el tono severo. Rememoró la vez que las Madres decidieron socializar su maternidad y asumir que todos los desparecidos, los 30 mil, eran sus hijos. Fustigó a todos los gobiernos democráticos, salvo a Néstor y Cristina, nuestros próceres. Y llamó a que nuestros diputados y senadores abandonen el Congreso para ir a los barrios, a tenderle una mano a los más necesitados, ya que Macri lo dijo bien clarito, como buen patrón de estancia: vetará las leyes que no le gusten o convengan.

Antes que ella, Carlos Polimeni leyó tres poemas, con el registro, las pausas y hasta los gestos que requería cada palabra escrita por los autores populares, comprometidos con su tierra y con su tiempo. Uno del español Gabriel Celaya, otro del chileno Pablo Neruda y el tercero de Armando Tejada Gómez. Sus palabras son nuestras palabras, dijo el hombre de la radio, por eso las citamos. El sol comenzaba a caer detrás de las casas matrices de los bancos de la zona, los mismos que por estas horas recibieron la visita de cientos de clientes, atemorizados por la última corrida bancaria. Los mismos que votaron a Macri, los señaló el estatal “Tano” Catalano, en un pasaje de su encendido discurso. Se trata de uno de los emergentes de la resistencia al modelo de saqueo de Cambiemos. Llamó a la desobediencia civil frente a los tarifazos y también a ganar las calles junto a los que no están dispuestos a arrodillarse ante la prepotencia y el cinismo de Cambiemos. Nos quedaron rojas las manos de tanto aplaudir, y los ojos humedecidos por la mezcla de emoción e indignación.

Los obreros de mameluco naranja ya no estaban con la ñata contra el alambre cuando terminó el acto. Ya estaban desparramados por la parte delantera de la plaza, frente al Cabildo. Es probable que se hayan quedado con alguna de las definiciones de Hebe. Estamos mucho peor que hace dos años. Hay que luchar. O nosotras lo hacemos hace 41 años, agarren la posta ustedes. O puede que estén hablando de sus cosas, entre puchos y sonrisas, y hasta alguna lata de cerveza entre las ropas. Pero una certeza tienen seguro: las madre de la plaza de mayo hacen su ronda y acto todos los jueves, pase lo que pase.

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llueve

cuando miro por la ventana
y llueve
las palabras se me deslizan por los dedos
como gotas por el vidrio
no hay gobiernos ni injusticias
solo una cortina de agua
salpicada por el foco blanco
del poste de luz
que nos transporta
al asiento doble de la clase turista
del tren argentino
que atraviesa la pampa fértil
de la sociedad rural
un tibio atardecer en una playa
en la que la línea del horizonte
se funde entre el cielo y el océano
el brazo tatuado por debajo de su pelo negro
la cabeza sobre la contratapa del libro
no hay destinos en la llovizna silenciosa
del otro lado de la ventana
solo la noche
y los hombres y las mujeres
que bajo la sombra de sus paraguas
conspiran sus deseos
inconfesables

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Enmarquemos este 24


Todos los 24 son diferentes. Especiales. Únicos. Pero el de hoy yo lo enmarcaría y lo pondría en el podio de los tres más emotivos de nuestras vidas. Y digo más: entre los tres que nos dieron mayor fortaleza. Tres datos: la libertad de los compañeros presos, la movilización que atravesó la ciudad y la gigantesca concentración de pueblo en la Plaza de las Madres, por la Memoria, la Verdad y la Justicia, pero fundamentalmente en contra del gobierno de Macri.

Que haya sido hoy la liberación de Luis D’Elia y Carlos Zannini puede que sea una casualidad de los tiempos judiciales. No importa. Los vimos temprano en la puerta del Complejo Penitenciario de Ezeiza, junto a sus familias, sus abogados y un puñado de militantes. Más flacos, golpeados por la persecución oficial, pero con la integridad y el coraje de siempre, dispuestos a seguir luchando por la patria justa, como lo hicieron siempre. Qué alegría. Qué alivio. En casa se nos cayeron un par de lágrimas, porque sabemos qué clase de gente son. Entonces fuimos al Espacio Memoria con una energía recargada. Con las fuerza de siempre, pero con una motivación que hasta ayer no existía: parte del Poder Judicial le está diciendo basta al odio macrista. Por las razones que sea. 


Nos lanzamos con la familia a esa caminata de trece kilómetros por la avenida Libertador, Bullrich, Santa Fe y la 9 de Julio, con la alegría y el color que nos caracteriza. En el trayecto unos cuantos automovilistas se fastidiaron, porque se trabaron en una calle durante media hora. Otros tantos, también, sintieron una satisfacción impagable, al ver que una columna de cincuenta mil personas marchaban por la puerta de departamento o trabajo, por una causa justa, nacional, que tiene que ver con las heridas del pasado, pero también con un presente aciago, lleno de problemas e injusticias. Imposible saber o medir qué se llevó cada uno de los que hoy nos vieron invadir la calle. Me quedo con dos fotos: el abrazo entre Zannini y la dirigencia que encabezaba la columna, sobre la avenida Libertador. La de un matrimonio de abuelos, en un balcón de la avenida Santa Fe, con lágrimas en los ojos y mejillas, un pañuelo blanco entre sus manos con el nombre de su familiar desparecido y la V en la punta de sus dedos.

La avenida de Mayo y todo el centro porteño, como todos los 24 de nuestra historia, lució el lleno y el color que caracteriza a nuestro pueblo. Las organizaciones sobre el centro de la avenida, y a los costados, sobre las veredas, ríos humanos que iban y venían hacia y desde la Plaza, que hace décadas es de las Madres, símbolo de lucha y coraje en el mundo entero, salvo para el presidente y sus funcionarios, que desde que gobiernan el país lo único que hicieron en la materia es tratar de retroceder y beneficiar a sectores minoritarios. Por eso, entre tantas razones, la bronca contra el gobierno fue el sello distintivo de la nueva marcha por el 24. Y eso produce goce, alivio. Por lo menos a mí. Es cada día más hondo y masivo el rechazo del pueblo en contra del saqueo y la farsa oficial. Nos queda a nosotros, el campo popular, ordenar algunos melones para ser una opción electoral, pero falta todavía para eso. Hoy disfrutemos de una nueva y gigantesca demostración de fuerza y conciencia de lucha que tiene nuestro pueblo.

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Carlos Alberto Zannini

Cuando terminé la carrera tenía conmigo el título de abogado con la especialidad en derecho administrativo. Mediados de 2001. Trabajaba en la Defensoría del Pueblo de la Ciudad y estaba “enamorado” del expediente administrativo. 

Con esos gustos andaba por la vida. Imaginaba trabajar alguna vez en la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia, no con De La Rua, ni tampoco después con Duhalde, pero sí alguna vez. Ahí -entendía yo- el derecho administrativo se ponía al servicio de políticas de Estado, para que sean válidas, conforme a derecho y con las formalidades necesarias. En 2003, con 26 años, voté a Néstor Kirchner. Sin conocerlo mucho percibí que tenía pasión y compromiso con temas en los que me identificaba. Convencí a amigxs y familiares para que lo voten. No me equivoqué.

En algún momento de su gestión, no puedo recordar con precisión, me interesé por saber quién era el Secretario de Legal y Técnica: CARLOS ALBERTO ZANNINI. Desde entonces y por un par de años mi sueño era trabajar con Zannini. Todos los días había novedades políticas que favorecían al pueblo argentino: más derechos, mejores condiciones económicas, políticas concretas de derechos humanos, beneficios para los trabajadores, recuperación del rol estatal en la economía, empresas públicas, etc. Yo quería ser parte de la redacción de esos decretos, esa era mi deseo.

Varios años después, el 27 de abril de 2014 en un plenario de la militancia en el Mercado Central, me conmoví profundamente con el discurso de Zannini, que cerró la jornada:

“Ustedes tienen todo lo que aprendieron durante estos 11 años, la visión clara y concreta que desde la política se puede transformar, que desde la política se puede mejorar la vida de los demás, que desde la política se puede cambiar el mundo. Por eso no se conformen con nada menos. Néstor ha demostrado y lo hace Cristina que desde la política se puede transformar el mundo".

 "La dificultad mayor que enfrentamos es que todavía no se ha emancipado la política de las corporaciones. Los candidatos se ponen al servicio de Clarín, y ellos quieren que lleguen al gobierno para obtener lo que Kirchner no les dio, lo que Cristina no les dio ni les va a dar".

"¿Cuál es la tarea central del militante? ¿Es ponerse a buscar candidatos? No creo que esté ahí la tarea de los militantes. Tenemos que ser grandes interpeladores de cuanto candidato aparezca para que nos digan, no eslóganes, si no que van a hacer con YPF, con Aerolíneas Argentinas, con el Correo, con AySA, con la AUH, con el plan Progresar.

Ya no estaba enamorado del derecho administrativo pero sí absolutamente de la política. Y Zannini me parecía y me parece un “cuadrazo”, un “animal” de la política y de la gestión. Fue parte esencial de los mejores años de la democracia argentina, sin lugar a dudas. Pensó, craneó y diseñó gran parte de lo que para nosotros es El Kirchernismo.

Y por eso está preso.

Siempre digo que si el derecho fueran las resoluciones judiciales que decidieron el procesamiento y el encarcelamiento de Zannini, habría que cerrar todas las facultades de derecho del país y reemplazarlas por cursos de periodismo y literatura berreta. No hay foro, congreso, actividad del derecho que pueda debatir el derecho con ese fallo vigente.

Cualquier abogada o abogado con básicos conocimientos de derecho constitucional y derecho penal sabe que el procesamiento de Zannini es aberrante desde todo punto de vista. No hay acción delictiva, no hay relación de Zannini con el supuesto hecho delictivo. Además, respecto de su prisión preventiva, no hay una sola razón legal para que permanezca detenido, nada de nada. Solo arbitrariedad en un gobierno que se jacta de la transparencia y la legalidad.

Carlos es un jurista excepcional. Pero el derecho en definitiva no es otra cosa que las tensiones del poder. Y él lo sabe mejor que nadie.

Los tildaban de anti republicanos y los gobiernos de Néstor y Cristina fueron los que menos DNU dictaron: Zannini casi no redactaba DNU, porque es un hombre de la democracia. Zannini no proyectaba derogar las paritarias sino que las fomentaba. Zannini nunca hubiera visado un proyecto de ley como el de la baja de las jubilaciones.

Ni siquiera se gastaron en inventarle una causa por corrupción, porque saben que no pueden ni rozar a Carlos por ese lado. Fueron por algo netamente político como es un acuerdo con otro país. 

Garavano hace pocos días fomentó la impunidad de personas comprometidas en el encubrimiento del atentado de la Amia. Apenas algún ruido mediático provocó. Pero ningún juez bandolero se animó a armarle una causa judicial ni siquiera por incumplimiento de los deberes de funcionario público.
Admiro a Carlos Zannini y estoy convencido que si hubiera muchas personas como él tendríamos un país más justo y un pueblo más feliz, sin tanto egoísmo y miseria humana. Carlos, además, es un ejemplo de como el conocimiento del derecho puede y debe estar orientado a remediar las desigualdades y no a justificar la tenencia de patrimonio en el exterior.

Carlos es, con todas las letras, un preso político.  Y aún más, está preso con una ideología fascista del derecho penal: está preso por lo que fue y no por lo que hizo. Está preso por ser peronista y kirchnerista, no por haber cometido un delito. Eso debería avergonzar a cualquier ciudadano. Y no tengan dudas que avergüenza a nuestra democracia.

Cuando me desperté el 7 de diciembre con la noticia de Zannini detenido fue el golpe más triste que sufrí en el macrismo. Fue un golpe certero, al corazón de la política.  Pero acá nadie se rinde y la lucha, aunque zigzagueante, es permanente.

Hoy, a 3 meses de esa horrible mañana, quería dejar este pequeño homenaje y gritar fuerte LIBERTAD A ZANNINI Y A TODOS LOS PRESOS POLÍTICOS DEL MACRISMO.

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Las fotos que no fueron tapa



Siempre recordaré el 2017 como el año en el que el gobierno de Cambiemos avanzó sin pudor sobre todos nuestros derechos y las instituciones de la democracia, hizo de la mentira y la puesta en escena una política pública, aparte de encabezar una campaña de feroz persecución que incluyó cárcel para varios compañeros y represión de la protesta social. Pero también fue un año muy especial por dos grandes acontecimientos personales. Uno fue haber sido padre por segunda vez. Los 23 de octubre, hasta el final de mis días, tendrán una preciosa razón de ser. El otro logro fue haber publicado la biografía del “Pitu” Salvatierra.

Fueron cinco años de trabajo en los que más de una vez tuve ganas de tirar los guantes, o sentí que no estaba a la altura del desafío, en los que encaré investigaciones periodísticas, en los que hice tuve que romper con mis propias inseguridades, en los que me comió la ansiedad y en los que logré avances y sufrí retrocesos; pero en especial se trató de un período de mi vida, en el que nunca dejé de sentir, en las tripas, en el pecho, en el alma, un deseo que me impulsaba con la fuerza de una parturienta. Sin deseo no hay pulsión, no hay vida. Así fue que por fin tuve la biografía en las manos. Un libro, con una tapa hermosa, trabajada de modo profesional por los editores, compuesta por un título y una bajada muy bien logrados, y una foto, muy potente, que transmite parte de la personalidad del protagonista, pero que no formaba parte de la serie que fuimos a realizar a la Villa 15 con mis dos hermanos Abrevaya, un mediodía de finales de mayo.

Hubo una época en la que yo pensé que ya tenía listo el libro pero en realidad el texto estaba verde. Le faltaba de todo: más voces, densidad narrativa, que yo suelte la mano, información complementaria a la historia de Ale, del barrio, del país. Entonces seguí trabajando. Hubo otra época en la que yo pensé que tenía listo el texto, pero Rocío, mi compañera y madre de Pedro -mi segundo hijo-, vio en los papeles unos cuantos elementos para corregir y chequear, aparte de algunas sugerencias que mejorarían de manera notable el producto final. Hubo también una época en la que tenía listo el texto pero los tiempos políticos no eran los ideales para publicar una biografía de Salvatierra, que tenía responsabilidades políticas en la organización en la que ambos militábamos. Hasta que el futuro llegó, y con el texto cerrado, logramos enamorar no a uno sino a dos editoriales, que con las mismas convicciones que yo, decidieron avanzar con la publicación a pesar de la retracción económica y la crisis del sector editorial.

Un día les preguntamos si la foto de la tapa la podíamos hacer nosotros. O por lo menos intentar. Nos dijeron que sí. Cuanto antes. Había que meter en imprenta el texto. Entonces con mis hermanos Ramiro y Celeste (él diseñador gráfico, músico y con amplios conocimientos de fotografía, y ella socióloga y estudiante de fotografía), combinamos con Ale para hacerle algunas fotos. ¿Dónde? En su barrio, claro. Ahí fuimos, un sábado.

El sol estaba radiante. Ale nos recibió medio dormido. Le sugerimos patear el barrio. Aceptó. Débora, su compañera de toda la vida, nos acompañó. A medida que nos movíamos de lugar, mis hermanos le fueron haciendo sugerencias y pedidos. Él siempre dijo que sí. Arrancamos por la puerta y el pasillo de su casa. Yo ponía o sacaba la pantalla reflectora según las indicaciones de los fotógrafos. Recorrimos un par de pasillos. Saludamos vecinos y vecinas. Ale ya se había despabilado y junto Débora contaban anécdotas, historias, chimentos. Hicimos base en un terreno con paredes de ladrillo en el que jugaba al voley la comunidad paraguaya de la villa. Ale conversó unos minutos con dos hombres que tomaban cerveza al sol. Débora nos contó que su hija andaba muy bien en la escuela. Algunos vecinos se asomaban por las ventanas enrejadas para ver cómo trabajábamos alrededor de Ale. Están acostumbrados a que cada tanto entre al barrio un equipo periodístico, o una cámara. En general no es para resaltar las bondades de nuestra gente, apuntó Ale.

Las fotos en la canchita del barrio quedaron preciosas, llenas de vitalidad. El intenso color verde del pasto sintético le dio mucha vida a las imágenes. De fondo, las casas de material pintadas con distintos colores vivos, o con ladrillo a la vista. El cielo parecía un océano. A mi fueron las que más me gustaron. Mis hermanos, como buenos profesionales, le hablaban al protagonista del libro, le hacían chistes, lo ablandaban para que pudiesen capturar sus muecas, sus gestos, su naturalidad, que por momentos denotaba el alma sensible de un hombre duro, y por otros, la frialdad de un padre de tres hijos que se ganó la vida, primero a las trompadas y los tiros, y luego estar siete años en las sombras de un penal bonaerense, por medio de una carrera política dentro y fuera de la villa.

El último punto que elegimos para hacer fotos fue el Elefante Blanco. Imponente, como siempre, lo recorrimos por dentro, hasta llegar al tercer piso. Desde ahí no se podía subir más. Recordé, mientras mis hermanos le sacaban fotos con la mole de cemento y acero sobre su cabeza, la foto que ilustraba la nota -en la revista Rolling Stone- que inspiró mi biografía. Ale estaba con un jogging de color rojo y miraba hacia el horizonte, de pie, en el último piso del ex hospital. Desde allí se ve toda la villa y gran parte de Lugano y Mataderos. Se trata del mismo balcón en el que Pablo Trapero puso a filmar una cámara en el arranque de su película Elefante Blanco, mientras por los parlantes sonaba un poderoso tema de Intoxicados.

Para subir hasta el tercer piso Ale le pidió permiso a los muchachos que están atentos a que ningún vecino más se instale en el edificio. El Gobierno porteño tenía la intención de demolerlo para construir allí el Ministerio de Desarrollo Humano. Y el desalojo de las familias que vivían dentro y alrededor del edificio, estaba judicializado. La humedad te comía los huesos. La temperatura bajaba cinco grados. El olor por momentos era nauseabundo. La basura y los escombros se apilaban a los cuatro costados. Fueron las fotos más representativas, quizá, de la historia de Ale, que ya llevaba escrita la mayor parte de su vida en la villa.

La recorrida terminó frente la canchita, donde nos comimos unas bondiolas. El parrillero era el tío de Débora, un hombre que se nos había acoplado a la caminata antes de ingresar al Elefante. Nos contó varias historias del barrio. Nombres, fechas, lugares. Me dije que la biografía, con ese tipo de aportes, siempre pudo haber sido mejor, que me faltó indagar, hacer periodismo, meter las patas en el barro. Pero esta estaba todo cocinado, claro. Como la bondiola, a la que le pusimos chimi churri casero y que acompañamos con una lata de cerveza, mientras mirábamos a un grupo de pibes pegarle a la pelota, y mientras escuchábamos la conversación que a lo gritos mantenían Ale, Débora, su tío y dos vecinos, entre ellos, uno de los responsables de los festivales de rock que todos los 25 de mayo se organizaban en la villa, de la mano, en un principio, de Los Gardelitos, una historia que sí estaba contada en la biografía.

Luego de los abrazos y el fraterno agradecimiento por tanta generosidad y cariño de parte de Ale y su gente, con mis hermanos nos sacamos una foto en la YPF de Eva Perón y Murgiondo, la esquina -también mencionada en la biografía- en la que uno se encuentra con el vecino de la villa antes de adentrarse en el barrio. Se trataba de una jornada histórica para nuestra propia historia de hermanos. Unas horas después, desde casa, enviamos una selección de diez fotos. Tres días después nos dirían que ninguna cerraba tan bien en la tapa -junto a los otros elementos: título, bajada, logos de los sellos- como la que le habían sacado -uno de los editores- en una entrevista para una revista.

Por suerte todavía existen los blogs, o las redes sociales. Sería una picardía que esta serie de fotos quede en el olvido.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios