Buscar dentro de HermanosDios

Cargando...

Entrevista a Javier Grosman (1)


Habernos sentado en una mesa de reuniones junto a Javier Grosman -el Hombre Bicentenario- y sus colaboradores fue uno de los gustos más importantes que nos dio la profesión. Se trata de un hombre que con su formidable trabajo logra una síntesis muy potente del legado cultural que fue construyendo el kirchnerismo a lo largo de sus tres gobiernos. Se trata del hombre que montó ese espacio mágico y conmovedor que tantas veces nos puso los pelos de punta llamado Tecnópolis. Ahí, justamente, tomamos café, comimos unas galletitas dulces, y charlamos de nuestro querido país.

La experiencia de haber organizado los festejos del Bicentenario la publicamos en la última edición de la revista Kranear. Hay que comprar el impreso, o leerla acá. Pero la charla de aquella fría y nublada tarde, en las oficinas que la Unidad Bicentenario tiene en la mega muestra de ciencia, arte y tecnología más grande del mundo versó sobre varios otros temas.

Va la primera entrega (de tres).

Diálogo y consenso
La secretaria trae más café, y también unas galletitas saladas. Son más de las siete de la tarde y el hambre empieza a apretar. Javier recuerda la tensión que se generó con el gobierno de la Ciudad sólo unos días antes de que se montase la mega muestra de Ciencia, Arte y Tecnología Tecnópolis, con la que la Unidad coronaría los festejos del Bicentenario, entre el 2 y el 14 de noviembre del 2010. Luego llegarían las celebraciones del 10 de diciembre, por el Día Internacional de los Derechos Humanos y, por fin, cerrarían un año extenuante.
Por medio de viejos amigos de la subsecretaría de Cultura, en la que había trabajado durante la gestión Aníbal Ibarra, Javier se enteró de que el gobierno de Macri estaba por negarles el permiso para montar la muestra en la avenida Figueroa Alcorta, en los bosques de Palermo, al norte de la ciudad. Pero algo no cerraba, ya que el mismo gobierno porteño ya había empezado a montar las obras.

Javier lo llamó a Diego Santilli, en aquel momento titular del área de Espacio Público. Lo consultó. El otro le dijo que no, que era una locura. “Mirá que me comentan que para las cinco de la tarde convocaron a una conferencia de prensa”, le avisó Javier. El otro le dijo que se quedase tranquilo, que debía ser por otro tema. Pero a las cinco en punto, como los ingleses, el Jefe de Gobierno les prohibió montar la muestra.

El PRO había quedado muy mal parado luego de su negativa a participar de los festejos del Bicentenario, y una de las hipótesis era que habrán hecho la lectura de que no debían permitir que el kirchnerismo volviese a capitalizar un logro político, y peor aún, en su propio distrito.

Dos días después Javier publicó en Página 12 un artículo llamado “Colapsar o no colapsar”, con el que les pegó durísimo a los funcionarios del gobierno porteño por su miserabilidad política, su cinismo y perversidad. Va un párrafo de muestra.

“En la Argentina vapuleada por el neoliberalismo degradante de la dictadura y los noventa, es imprescindible seguir inoculando dosis periódicas de la vacuna que refuerza nuestra autoestima. Desde hace casi ocho años, el gobierno nacional viene administrando ese plan de vacunación con políticas que ayudan a fortalecer nuestra imagen en el espejo. Porque después de haber recuperado lo valioso, lo querible, lo épico y lo trágico de nuestra historia, nos proponemos mirar para adelante, mirar al país que queremos y necesitamos, mirar al país que investiga, que piensa y que desarrolla, que no le teme al colapso que hace falta para la innovación, para romper con el vacío. En definitiva, mirar a la Argentina de los ideales elevados, que piensa en las grandes cosas, como decía Houssay”.

Para mediados de octubre de 2010, entonces, la Unidad Bicentenario se quedó sin lugar para hacer el cierre formal de los festejos por el cumpleaños 200 de la Patria.

Insoportablemente vivo
Diez días después, el 27, fallecería Néstor Kirchner. Una bomba atómica para todos. Qué hubiese sucedido con una Tecnópolis abierta. Quizá lo hubiesen cerrado por duelo, u otra alternativa. No hay manera de saberlo. Lo concreto es que luego de la masiva movilización popular que el Pueblo realizó para despedir al ex Presidente, el entierro en Santa Cruz, y aquella media semana de Duelo Nacional, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, le dijo a Javier que había que redoblar la apuesta.

De ese modo, se revalidaba y profundizaba un modo de entender la política, y de hacerse cargo del impulso de la vida, estrechamente ligado al ADN kirchnerista. Javier lo pone en palabras, ahora, en la oficina: “Este gobierno nunca va a menos, siempre va a más”.

Tecnópolis
Les llovieron ofertas para armar la muestra en varias regiones del país. Ellos prepararon una carpeta con los posibles lugares, y la presentaron en Presidencia de la Nación. En el puerto, en un cuartel del ejército, en terrenos de una industria, en un parque para el que no debían pedir permiso. La idea era que la muestra ocupase unos quinientos metros cuadrados.

Pero una persona de su confianza -piden reserva acerca del nombre, o parentesco- le acercó a Javier la idea de hacer el evento del otro lado de la General Paz, lo más cerca posible del distrito más rico del país que les había clavado un cuchillo por la espalda. Así fue que Grosman y Parrilli se subieron a un helicóptero, sobrevolaron la extensa geografía bonaerense, y se toparon con el predio en el que ahora estamos sentados, comiendo galletas dulces, repasando la historia de gestión pública de la Unidad Bicentenario.

“Esto era un monte y la rata más chica escribía a máquina”, grafican. Ante semejante espacio, Javier le comentó a Parrilli que poner en valor el espacio para una única vez, o para siempre, salía lo mismo. El otro, prudente, le dijo que había armar una edición, y luego ver qué pasaba. “Paso a paso”, citan ahora a ‘Mostaza’ Merlo. En enero de 2011 empezaron a dibujar los planos, y en febrero, a trabajar. Más de dos mil personas se deslomaron de sol a sol para abrir el predio, en julio.

A lo largo de las cuatro ediciones, Javier, Abelardo y el resto del equipo de trabajo fueron robusteciendo la infraestructura del predio, incorporaron nuevos servicios, propuestas, atracciones, que crecieron en cantidad, calidad, y heterogeneidad. Ambos hombres marcan con los dedos el mapa desplegado en la mesa de reuniones. “Dinos”, “Zamba”, “La nave de la ciencia”. En el ala izquierda del papel emergen dos enormes pabellones. El Predio Ferial, y el Pabellón Bicentenario. “Edificamos uno por año”, cuentan.

En el más grande caben quince mil personas sentadas. Es imponente. Allí, durante el 2013, el grupo “Choque Urbano” y la Fanfarria Granaderos ofrecieron un espectáculo de vanguardia que combinaba percusión, danza y teatro, con cincuenta artistas en escena. También ahí se ofrece el Musical de Zamba, otro espectáculo espléndido, de altísima calidad artística, que si fuese una iniciativa privada y se ofreciese por ejemplo en el mítico Luna Park, costaría por lo menos trescientos pesos la butaca. En el Pabellón Bicentenario se montan ferias, muestras, talleres, charlas, y otras propuestas.

El parque no tiene aportes del sector privado. En la zona norte del predio uno se cruza con amplios stands de las automotrices más importantes del país, o de la industria de la maquinaria agrícola, pero ninguno de ellos vende sus mercancías. Sólo las exhiben. Coca Cola, Google, La Serenísima, Aluar, Fate, Garbarino, Fate, Pampers, Fiat, Ford, entre otros.

“Lo único que les pedimos es que se hagan cargo de la inversión que requiere montar el stand, y que no vengan a vender sino a mostrar sus desarrollos tecnológicos”, cuentan. “Renault, por ejemplo, el año pasado”, aporta Abelardo, “el año pasado mostró acá un auto híbrido eléctrico que no llevó al Salón del Automóvil”. Hablan de la “presencia de marca”, pensando en el libreto de marketing de cualquier empresa. “Por acá pasan cuatro millones de personas por año, de todas las clases sociales”, recuerdan.

El parque abre tres meses por año. Durante el 2011 por allí pasaron más de 4 millones y medio de personas. En el 2012, cuatro millones trescientos mil. El año pasado, de nuevo 4 y medio. En el 2014 rozaron los 5 millones. Según las estadísticas de la compañía Google “Tecnópolis” es la palabra más buscada en Internet. “Está entre las diez palabras más buscadas, junto a Facebook, Twitter, Mercado Libre”, cuentan, “y en el año 2011, año de elecciones, compitió contra la búsqueda del Padrón Electoral”. Casi un millón de seguidores en los canales que tienen abiertos en las redes sociales.

Hablan de una dimensión horizontal, que es la propuesta fija, que está siempre, y otra vertical, que son los eventos que van ganando la agenda. “Comicópolis”, por ejemplo, que fue presentado como el Primer Festival Internacional de Historieta, y que se repitió hace unos meses, o “Innovar para Incluir”, una iniciativa del Ministerio de Ciencia y Tecnología con la que se le propuso a la ciudadanía realizar un recorrido conceptual y sensorial por la innovación social, o “Raíz”, un Festival Federal de Gastronomía que ahora producirá su segunda edición, el Encuentro Federal de la Palabra, y el más reciente Toque, el Primer Festival Internacional de Percusión.

Cada uno de los festivales, o encuentros, duran tres, cuatro o cinco días, y de este modo el equipo de la Unidad logra penetrar ciertos “nichos”, o audiencias, que muy probablemente si no fuesen invitados a armar sus actividades en el predio del Estado Nacional no conocerían el parque –ni tendrían la oportunidad de ser visitados por miles de personas-. En el 2014 también lograron convocar a los protagonistas y seguidores de disciplinas como el Stand Up, el Hip Hop y el diseño textil.

“Las ideas están en el terreno”, dice Javier. “Lo que hay que hacer es encontrarlas”. Cita, en realidad, a un arquitecto neoyorquino. También a Miguel Ángel, el escultor italiano: “la escultura está dentro del bloque de mármol, lo que hago yo es sacar la sobra”. Son decenas las ideas que Javier, Abelardo, y el resto del equipo, ponen a funcionar en el predio, todo el tiempo, en todos lados. De dónde salen, pregunto.

“No somos una manga de iluminados”, aclaran. “Estamos siempre con los sentidos en estado de alerta, hablamos con mucha gente, registramos sus percepciones y experiencias en video”. Cuentan con el registro de miles de testimonios de los visitantes. Por otro lado, cuentan que “de cada idea que se materializa en el camino quedan otras veinte”. Otras veces, avanzan con una propuesta, a la que le dan forma, pero luego, por diferentes razones, deben descartarla.

Leer más...

la plaza nuestra

turistas de todo el planeta
pasean su tiempo libre
por la mítica plaza de mayo
sin detenerse a reflexionar
ni por un instante
la tumultosa historia
que allí se desparramó;

ni las patas en la fuente
ni los discursos del líder, y su mujer
ni el cobarde bombardeo de la aviación
ni la proscripción del líder
ni la vuelta del líder
ni la disputa por el reconocimiento del líder
ni la salida de la plaza por el espaldarazo del líder
ni los tanques del 24 de Marzo
ni la irrupción de las Madres
ni los gases contra los Gremios
ni las Marchas de la Resistencia
ni las plazas por Malvinas
ni la recuperación de la Democracia
ni los festejos por la copa del 86
ni la promesa de que la casa estaba en orden
ni la otra que vaticinaba una revolución productiva
ni los muertos del 20 de Diciembre
ni la asunción de Néstor
ni la patriada de Luis D'Elia el 25 de marzo del 2008
ni las plazas para defender el Modelo
ni los festejos del Bicentenario
ni las plazas celebratorias de la Década Ganada;

no tienen por qué involucrarse con tanta virulencia, claro
tan despreocupados van y vienen con sus cámaras
y la ropa de colores vivos;
dónde dice, acaso, que uno debe asimilar
como si se tratase de una bocanada de aire
las victorias y derrotas de los pueblos que luchan o se resignan
cada vez que pisamos una plaza
de una Nación cualquiera;

yo sólo quisiera estrecharles la mano
sentir la rugosidad de su piel extranjera
adivinarles bondad en sus ojos claros
y decirle ey, señor,
si usted supiera
lo que nos costó poner aquella noble y monumental escarapela
en la puerta grande de la Casa Rosada,
pero vaya nomás
y recuerde por favor que nuestro cielo es peronista
que la patria ahora es el otro, que no se negocia
y que la plaza es nuestra.

Leer más...

El familiar biólogo y el lanzamiento del Arsat-1


Ayer lanzamos un satélite al espacio y sumamos una Copa del Mundo a la historia grande de la Patria. Casi todos estuvimos atentos al tema, y vimos o leímos la noticia en alguna pantalla, o portal de noticias. En la oficina observamos todos juntos el despegue del cohete como si se tratase de un partido decisivo de la selección. La soberanía satelital, el desarrollo espacial, la ciencia, y la tecnología, me conectan con Esteban, el biólogo de la familia. Un apasionado de los insectos, que con mucho esmero y pasión dedicó su vida a tratar de descifrar los misterios de la naturaleza, que se casó, tuvo hijos, enterró a sus padres y también tuvo nietos, que desde hace unos años tiene una cátedra en la carrera de Biología en la UBA, y que en algún momento de la última década sumó una nueva razón para sentirse vivo: defender con un profundo convencimiento al gobierno que le dio rango ministerial a la materia, que puso en valor su profesión, que posibilitó que sus colegas dejasen de lavar platos en el exterior y volviesen al país, y que hoy seamos una de las ocho naciones con capacidad para construir un satélite, y ponerlo en órbita. Entre tanta emoción, y orgullo recordé algunas instantáneas de mi infancia en las que están él, una plaza, una pelota, y la pasión compartida por River. Mis reminiscencias familiares del hito histórico de ayer tienen nombre, rostro y pasión por la ciencia. Ahora está en Italia, junto su compañera, y son altísimas las probabilidades de que se le haya piantado un lagrimón cuando vio al satélite desplegar las alas.

Leer más...

Kranear 8



Luego de largo suspiro volvemos a salir a la cancha con un número especial. Fuimos a ver a Javier Grosman a las oficinas que la Unidad Bicentenario tiene en Tecnópolis, y si bien hablamos de todo, publicamos el relato que nos hizo de la cocina de los festejos del Bicentenario, un hecho histórico que entre otras derivaciones tuvo aquella expresión de Néstor, para su hijo Máximo, cuando la anti patria tuvo que asumir que el pueblo había ganado la calle: "los quebramos". También tenemos una nota la gestión pública del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), el aporte político y social que algunos autores realizan desde la literatura, un recorrido histórico de las causas y los nombres del endeudamiento argentino, y la actual la disputa sin tregua contra los Buitres de afuera y de adentro, una serie de fotos del exquisito Leo Vaca, y cuatro nuevas figuritas para el álbum de los grandes luchadores latinoamericanos de todos los tiempos, entre otros temas. Tardó, pero la rompe.


Leer más...

Perseguimos sueños (crónica del acto de La Cámpora en Argentinos Juniors)


El sábado estuvimos todos en Argentinos Juniors. La vivimos con intensidad, y alegría. Tomamos algunas notas, y en Diario Registrado nos publicaron una crónica de la jornada.

http://www.diarioregistrado.com/opinion/102071-perseguimos-suenos.html

Leer más...

leer para él

ya había leído en un living
con piso flotante
arte moderno enmarcado en las paredes
y la tenue luz de una lámpara de pie
como única compañía;
también en un bar
con olor a cigarrillo
y un ancho vaso de ferné argentino
en la palma de mi mano;
lo mismo hice en un deshumanizado escenario
de un festival de la nada
o en un cumpleaños
en la terraza de una propiedad horizontal
atiborrada de afectos
y estrellas en el cielo;
frente al espejo, en casa
o en un pulgoso sillón de dos cuerpos
frente a la belleza de una mujer;
pero nunca antes, como hoy
en la escuela de mi hijo
frente a él, sus compañeros
otras decenas de chicos
que van a primero y también a séptimo
que por un instante mágico
se entregaron al relato oral
de un hombre común
que encuentra belleza en las palabras
a las ocho de la mañana
de un día cualquiera
de nuestra vida.

la mirada serena de mi hijo
la complicidad de los maestros
la apacible presencia de un puñado de padres
el tobogán, el árbol de copa frondosa
recortados en el fondo
edificaron un marco
que muy probablemente nunca olvidaré.

Leer más...

Firme y bajo tierra

Es tan alto que la gorra de lana que le envuelve la cabeza roza el techo del vagón. Tiene la espalda apoyada contra la puerta, pero hay algo en su postura corporal que no cierra. Que desencaja. A pesar del fuerte ruido que produce el tren bajo tierra mientras atraviesa la ciudad por debajo de la avenida Corrientes, llega el sonido sucio de una batería, unos sintetizadores, una melodía. El flaco ahora sí gana el centro del vagón, y mete movimientos cortos, espasmódicos, como si fuese un epiléptico. Mira hacia el frente. No lo intimidan los ojos de los pasajeros, que si bien están acostumbrados a todo tipo de vendedores, artistas y desgraciados, nunca habían tenido a un bailarín con jeans y zapatillas a tan pocos centímetros de distancia. El tren frena en una estación y nos damos cuenta que lo que suena es Hip-Hop. El flaco se las arregla para esquivar a los oficinitas que bajan, y a las señoras que suben. Realiza movimientos más pronunciados, desliza los pies, y hasta pega un salto para comenzar otro movimiento. Logró que casi todos dejasen de mirar sus celulares. No entendemos qué dice el cantante negro pero intuimos que está escupiendo una denuncia. El que baila no está solo. Su compañero, menudo, con aros de madera que le deforman los lóbulos de los oídos, una gorra con visera, y una musculosa con el rostro de Bob Dylan, sale despegado hacia el centro de la escena, y contorsiona su cuerpo como si no tuviese huesos. Tiene las manos apoyadas en el suelo, la cabeza sobre los antebrazos, el cuerpo estirado como una tabla de planchar, las piernas lanzadas hacia el frente. Unos chicos enfundados en grises uniformes de colegio privado lo miran fascinados. Un señor que espía desde atrás de las enormes páginas de La Nación, en cambio, monta una mueca de desagrado, y vuelve a lo suyo. El bailarín se levanta de un salto y vuelve a contornear su cuerpo en el medio del vagón. Su actuación es notable. Varios ya metieron las manos en los bolsillos para sacar el billete de dos pesos. El alto de gorra, mientras tanto, manipula el dispositivo Mp3 del que sale la música. La pista, entonces, comienza a declinar. Lo mismo sucede con el bailarín. Se va quedando sin nafta. Se agacha, se tira en en suelo, se ovilla como si fuese un recién parido. Fin de la función, y cortina de aplausos. A algunos pasajeros se les dibuja una sonrisa en la boca, y cierta cuota de emoción.

Recién cuando me miró de frente para agradecerme el aporte que estaba dejando en su gorra, lo reconocí: era uno de los bailarines que habíamos visto junto a mi hijo en el Espacio Joven de Tecnópolis, el fin de semana anterior. Joven, sencillo, humilde. Allí les dieron un lugar para expresarse, y difundir su actividad. Uno de aquellos chicos, que estaba con su novia y el bebé de ambos en un cochecito, por talento, gracia, y nivel de expresividad, me conmovió hasta las lágrimas. Mi nene me miró azorado mientras me pasaba el revés de la mano debajo de los ojos. ¿Puede que te haya visto en Tecnópolis?, le dije al del subte. Sí, dijo, gratamente sorprendido. Estuve allá hace unos días. Genial, dijo, con un brillo intenso en sus ojos oscuros. Luego, sonrió, y se fue. La parte de atrás de su musculosa lucía una aureola de transpiración del tamaño de las bandejas que utilizan los DJ's.

Leer más...

Macho campeón

De espaldas a la puerta del medio del vagón la pareja de jóvenes primero interpretó la chacarera El olvidao, y luego de una breve e incómoda pausa, la zamba Balderama. Él rasgueaba una maltrecha pero noble guitarra española, y ella cantaba, en varios pasajes con los ojos cerrados, con una voz dulce y afinada. Sobre el final del número, él se acopló al canto con su registro de voz grave, y de ese modo lograron que la canción ganase en intensidad, y entrega. La actuación del dúo fue más que correcta. Por eso, a modo de recompensa, la mayoría de los pasajeros les regaló una cortina de aplausos, y algo de dinero.

Ninguno de los dos le prestó atención al vendedor ambulante que estaba contra la primera puerta del vagón. El tren ya estaba haciendo su inexorable ingreso al hall de Retiro. No había tiempo para otra venta. El hombre los dejó hacer. Sabía muy bien que no le convenía ponerse en contra a los pasajeros. Mientras, los chicos recorrían el vagón. Él llevaba una gorra de lana en la mano. Era rubio, alto y espigado, y tenía el pelo desalineado. La guitarra le cruzaba el pecho como si fuese un fusil, y tenía la vista perdida en el frente del vagón. Parecía ensimismado en sus pensamientos. Ella, en cambio, era dócil como una hoja caída de un árbol en otoño; rubia como su pareja, no debía tener más de veintitrés años, y saludaba a los pasajeros, uno por uno, sin importar que les diesen plata, o no.

El Rulo es un vendedor ambulante de la línea Mitre que ya pasó los sesenta años y que tiene la voz rota de tanto vociferar sus ofertas, y tomar alcohol. Al igual que cualquiera de sus socios, no tolera que le copen la parada. No hace nada para ocultar su odio. Sus ojos oscuros escupen fuego en dirección a los músicos. Es un hombre honrado, con códigos, pero por prejuicioso, o resentido, no lo sabemos, a los pibes bien que se suben al tren para poner a prueba su temple, y demostrarle al mundo que son capaces de expresar sus sentimientos, y cosechar aplausos, y dinero, le llenaría la cara de dedos. Por que él, en cambio, tiene que alimentar a una familia, y bancar los vicios.

“Escuchame una cosa, Pancho”, le dijo al guitarrista, y lo pecheó. El rubio se quedó helado. Le sacaba una cabeza y media, tenía el fusil en el pecho, pero la mueca tensa que ganaba la cara del morocho canoso no habilitaba ni media duda. Ya habían bajado del tren, y estaban caminando por el andén, hacia el hall central. “No te quiero ver más por acá, me entendés”. Los pasajeros apretaban el paso. Algunos ya habían encendido sus cigarrillos, y otros se estaban conectando a los auriculares. Con cada suspiro de pánico que acumulaba el rubio, el Rulo inflamaba su discurso. “A la judía tampoco la quiero ver más en los trenes”, escupió, y ahora sí miró para adelante, en línea recta al carrito de panchos. Allí, a su alrededor, había cuatro compañeros. Tomaban café. Llegó a ver el espiral de vapor que emanaba uno de los vasos de telgopor. Todavía no era hora de jugar a las cartas. La chica aferró el brazo a su novio, y lo obligó a frenar. El hombre de campera negra siguió caminando hacia el hall. Ella no había escuchado sus palabras, pero no era sonsa. El Rulo, macho campeón, dio vuelta la cabeza y la observó por encima del hombro. Un segundo después, ella tuvo que posar la mirada en una enorme publicidad de Coca Cola, en la salida de la estación.

Leer más...

te quiero

cuando me preguntan
les cuento que escribo
pero en casa
cuando me siento
a escupir unas palabras
me cuesta espantos hallarlas;
quizá me falte inspiración
ideas, sustancia
experiencias, sueños
no lo sé;
de todos modos, quiero creer
que no bajaré los brazos
ni fumaré montañas de tabaco
ni me arrastrará como un río picado
la melancolía, la opacidad;
prefiero llenar empuñar la pala
y que cada tanto
como si fuese un milagro
un sol brillante a la mañana
encuentre las palabras
para decirte te quiero.

Leer más...

Fiebre argenta en Porto Alegre



Al bostero que le puso letra al himno de 
 “Brasil decime qué se siente…”, 
 una noche de jolgorio 
junto a los amigos 
en Copacabana 

Ahora que estamos en los cuartos de final de la Copa del Mundo, que todavía nos emocionamos con las repeticiones del grito de gol más sentido de los últimos veinticinco años, y que faltan un par de días para la próxima batalla, es un buen momento para compartir algunas imágenes y sensaciones sobre la experiencia que vivimos en Porto Alegre, la semana pasada, cuando viajamos hasta allá para abrazar una patriada futbolera que atesoraremos para siempre en nuestro corazón. 

--

El día anterior al partido nos dimos una vuelta por la placida costanera del río Guaíba, en la zona sur de la ciudad, donde la FIFA montó el llamado Fun Fest, a unas veinte cuadras del estadio Beira Rio. Cargábamos toda la expectativa del viaje, y al mediodía, en el centro de la ciudad, nos habíamos cruzado a los primeros argentinos. Lo primero que individualizamos, ni bien caminamos, ansiosos, un par de cuadras, fue un campamento de autos, camionetas y casas rodantes argentinas, que se recortaba por encima del tráfico que poblaba la avenida. Primero asomó una remera de River, un buzo con el globito de Huracán, y luego varias banderas celestes y blancas atadas entre media docena de carpas y las ventanas de los vehículos.

Apretamos el paso, y entre los árboles vimos un trapo de veinte metros de largo con los colores negro y rojo de Colón de Santa Fe, que tenía pintada, con enormes letras blancas, la consigna “Con la Argentina a todas partes. El Dique”, y a su derecha, otro igual, pero de Unión. Sobre un pedazo de césped, un grupo de hinchas, en círculo, arengaba la canción que ahora entonamos todos. Estaban en cueros. Agitaban los brazos en dirección al río, y la avenida. Saltaban. Sobre la tierra había varias botellas de cerveza, y una pelota número cinco. 


Los que nos íbamos juntando sobre la vereda sacamos fotos, y por primera vez desde que estábamos en el país hermano, nos empezamos a sentir parte de la fiebre argenta. Unos pocos metros más adelante, siempre sobre la costanera, se había armado un picado entre argentinos y brasileros. Los nuestros estaban vestidos con jeans y la remera de Messi. Ellos, fibrosos cadetes de una escuela militar de la zona, con zapatillas y pantalones cortos. Éramos minoría, pero los locales, tal como sucedería en todo el viaje, se comportarían de manera respetuosa, y amigable. Estaban haciendo unos veinte grados, la humedad casi llegaba al cien por ciento, y por eso teníamos la chance de disfrutar de una jornada primaveral, como si estuviésemos en Río de Janeiro.

En la entrada del enorme predio del Fun Fest había unos doscientos compatriotas. La imagen era tan nuestra como la del ingreso a cualquier cancha, o estadio cerrado, para escuchar a una banda de rock, o reggae, o alentar a tu equipo, o a Cristina. Éramos nosotros, pero en Brasil. Era el Luna Park, o la costanera del río Paraná, antes de un show de Los Gardelitos. Era la primera concentración numerosa de hinchas. La que estábamos buscando. Con la que queríamos abrazarnos. Como nenes, entonces, corrimos y nos fundimos con la banda.

Un grupo de pibes con la remera de Chacarita ganaba el corazón del tumulto, en el medio de la calle. Tenían dos bombos y un redoblante. Había camisetas de varios clubes, tanto de primera como del ascenso, y estábamos en shorts, y zapatillas sin medias, en cueros, y llevábamos en las manos botellas de gaseosas cortadas por la mitad, con Fernet, Coca Cola y hielo, o celulares y cámaras de fotos. Durante un buen rato nos llenamos la boca de tribuna, y se nos cansaron las piernas, y nos cayeron gotas de transpiración por las mejillas. Algunos hinchas vestían la flamante y costosa ropa deportiva oficial de la selección, zapatillas vistosas, lentes, relojes, pero nadie se fijaba en esos detalles. Saltamos, abrazados, debajo de un trapo argentino de más de diez metros de largo, y le dimos vueltas una y otra vez a la canción que quedará por siempre asociada al mundial brasileño.

Ese mismo día, pero a la seis de la tarde, cuando ya había caído el sol y estábamos recorriendo a pie las treinta y cinco cuadras que nos separaban del estacionamiento en el que habíamos dejado el coche por la mañana, nos metimos en una feria callejera para comprar algunas frutas. Los trabajadores, bajo los toldos, la cabeza rozando las lamparitas, con gestos de manos, y algunos gritos, nos invitaban a comprar sus productos. Se está jugando el Mundial, allí, en su propio país, y son tan futboleros como nosotros, está claro, pero mientras tanto hay que ganarse el real, por supuesto. Nosotros les sonreíamos, y compramos algunos mangos y pepinos en lata. También nos saludamos con otros argentinos que se paseaban entre los puestos con una caipiriña en la mano. Los brasileños nos miraban con una mezcla de sorpresa, y por momentos, fascinación, o rechazo, depende el lente con el que se observe.

De repente, de atrás de los puestos, emergió hacia el cielo una lluvia de fuegos artificiales que iluminó las terrazas de unos modestos edificios de la zona. Paso seguido, sonó el inconfundible sonido de los “Tres tiros”, una pirotecnia tan nacional como la arrogancia, o los gorritos de nuestro fútbol que van adheridos a la cabeza como si fuesen parte del pelo. Eran argentinos, todos varones de alrededor de treinta años, y bebían Fernet de unos vasos de aluminio que reponían de un par de heladeritas. Cantaban contra Brasil, alrededor de otro campamento, armado con algunos coches, y un par de carpas de tipo Iglú que estaban revestidos con los colores de la selección y los clubes de fútbol argentinos.

Luego de entrar a una de las enormes y luminosas estaciones de servicio que había cada tres cuadras, cruzamos un parque, y llegamos al estacionamiento. Nos despedimos con un apretón de manos del encargado y un empleado, y en el camino hacia la morada de nuestros queridos primos, tuvimos la chance de reflexionar acerca de la fiebre argenta. Hinchas que celebramos con pasión el amor por los colores, por el fútbol, por nuestros jugadores, por nuestras convicciones y sueños. Que nos regodeamos con nuestra propia identidad, y excentricidad. Que nos potenciamos a nosotros mismos cuando nos cruzamos con nuestros pares, allá, a mil trescientos kilómetros, por más que seamos kirchneristas hasta la médula, y alguno de ellos, quizá, o varios, sean más gorilas que el canalla de Nelson Castro. Allá nos sabemos observados, muchas veces admirados, por la entrega que ofrecemos de manera natural cada vez que entonamos una canción, cada vez que saltamos agarrados a los hombros del de al lado, que elevamos los brazos, que extraviamos la mirada, que llenamos nuestras bocas de la cultura popular que compone nuestro fútbol. Y nos encanta.

El argentino que está en Brasil sabe que lo suyo es exclusivo, y allá, nada menos, y más que nunca, potencia sus pintorescas cualidades, muchas veces ante la fascinada mirada del otro. Una canción de cancha, con ritmo, con énfasis en alguna estrofa, siempre en el calor del tumulto, el salto, los brazos en alto, y el color, no solo celeste y blanco, sino también de todos nuestros clubes, edifica una escena imposible de soslayar. Hasta los propios brasileños sacaban fotos y filmaban con sus celulares. Por lo menos los que viven en Porto Alegre, o en el estado de Río Grande del Sur, donde nos consideran “hermanos”. Dicen que en San Pablo, Río, y otras grandes ciudades del medio y el norte del país, no nos quieren tanto. Algo pudimos ver a través de los partidos. Pero creo que no pasa de la rivalidad rioplatense ligada al fútbol.

Al otro día la Argentina jugaba contra Nigeria. Nos fuimos a dormir sabiendo que algunas horas después viviríamos el momento más preciado de nuestro viaje de tres mil kilómetros. Nos levantamos temprano, pusimos la bandera en el techo del auto, y volvimos a cruzar la ciudad. En más de un semáforo, automovilistas locales, al vernos con la cabeza en dirección al mapa, y una mueca de angustia en la cara, nos preguntaban si necesitábamos algo. Su hospitalidad, hay que decirlo, es admirable. Uno de ellos nos llevó hasta la avenida que nos dejaría en la zona caliente del partido.

Al Fun Fest entramos temprano. Toda la zona estaba celosamente vigilada por personal civil, y también militar, con cascos, escudos y caballos. Para ellos no había mundial en casa junto a la familia y los amigos, con cerveza, y "churrascos". Ahí estaban, trabajando. Tanta basura desparramada por los medios de comunicación, tanta paranoia globalizada, habían despertado en la ciudad un temor a la invasión argentina. Un poco porque somos algo salvajes, o muy expresivos, otro poco porque seríamos miles, y en tercer lugar, por la figura de los barras bravas – que allí también existen, aunque creo que no tienen tanta incidencia en la vida pública como tienen acá-. Pero no hubo ningún inconveniente. Veinte mil almas enfundadas en el celeste y blanco primero nos emocionamos hasta las lágrimas con el himno nacional versionado con el acompañamiento popular, y luego, gritamos los goles de la selección. Aparte, dejamos una importante montaña de dinero en cerveza, feijoada, frango, y camas de hotel, le rogamos amor eterno a muchas de sus mujeres y hombres, y montamos una fiesta inolvidable a veinte cuadras de la cancha, donde se vivió otra historia fascinante, que los propios brasileños registraron, a los gritos, en sus dispositivos electrónicos.


Un capítulo aparte se merece la canción que ahora recorre el mundo. Fíjese la inventiva, la genialidad de cada uno de sus versos, la retórica del folclore futbolero nacional, y la fijación en eso de poner el goce en la cargada hacia el otro.

Leer más...

Manu y Santino Dios