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Rata inmunda (escrache a Videla, el 24 de marzo del 2006)

Son las cinco de la tarde del sábado 24 de marzo. Treinta años del golpe del 76. Un número redondo. Denso. El sol refleja los bordes amarillos de las hojas secas que el otoño diseminó sobre las veredas. El tránsito está cargado. Pero no es por eso que en el barrio de Belgrano es imposible dormir la siesta. El encargado del edificio de Cabildo al 526, petacón y enfundado en un overol marrón, se pone en puntas de pie y mira hacia Federico Lacroze. "Otro escrache a Videla", le dice Pedro, el colega del edificio de al lado que tiene puesto un jean y una chomba anaranjada que le aprieta la panza. "La puta que los parió", maldice el otro. "Me llamó el Gallego para decirme que los vio venir por Luís Maria Campos y que son como diez lucas. Ya está todo vallado, mirá", y le señala hacia la otra cuadra, donde vive Jorge Rafael Videla. Atrás de un perímetro de vallas de hierro macizo de más de dos metros de altura, se forma una muralla de treinta miembros de la Infantería de la Policía Federal. Todos tienen la mirada perdida en el frente. No se mueve una mosca. "Todo bien con los pibes éstos de Hijos pero la última vez que vinieron pintaron toda la zona, metieron un quilombo bárbaro, quedó todo sucio", dice el primero. "¿Sabes lo que pasa?", dice el otro, "a estos pibes le secuestraron a los padres, se los torturaron, se los tiraron al río, ¿qué querés? ¿Que se queden en su casa jugando a la generala?". Por Teodoro García, a dos cuadras de donde están los encargados, asoma la cabeza de una columna de manifestantes que tiene cinco cuadras de largo. De ancho, la calle completa, incluyendo las dos veredas. La bandera de H.I.J.O.S. encabeza la movilización. Las siglas de la agrupación, negras con bordes rojos, bailotean por el movimiento de las cañas de dos metros de largo que sostienen con las dos manos cuatro chicos. Uno grupo de hijos e hijas que vienen debajo de la bandera, saltan, cantan, gritan, agitan los brazos como en la cancha. Un poco más adelante, a unos diez kilómetros por hora, avanza un camión con un acoplado que en su piso carga dos columnas de sonido, una adelante y otra atrás, y dos chicas que con un micrófono, le relatan los vecinos de Belgrano y Colegiales, a los gritos, cual es el prontuario de Jorge Rafael. Cada vez que la locutora de turno termina de leer un párrafo del prontuario, desde las cajas de sonido suena un separador con música de la banda Todos tus Muertos. Detrás de la bandera de Hijos marcha un puñado de Madres. Llevan en las cabezas sus pañuelos blancos, caminan con cierta dificultad, agarradas del brazo de hombres, mujeres y chicos que les hablan al oído. También se amontonan con sus banderas un grupo de nutrido grupo de militantes de la organización kirchnerista "Movimiento Evita", más un puñado de organizaciones sociales, gremiales y culturales; hay mucha gente suelta, con el Página 12 debajo del brazo, con nenes agarrados de sus manos, cochecitos, bicicletas. Un puñado de jóvenes, a medida que avanzan, se cuelgan de los postes de luz para colgar unos carteles amarillos que anuncian que en el barrio hay un genocida suelto. En el fondo de la extensa columna marchan algunas organizaciones políticas de izquierda, con camionetas tipo flete que llevan un parlante gris arriba de la cabina lanzando consignas. También hay algunos periodistas trajeados, con el camarógrafo y el que lleva los cables. Mucha gente filma con sus cámaras personales. La pirotecnia mete ruido y deja olor a pólvora en toda la cuadra. La marcha cruza Lacroze. La cola de la columna, al fondo, todavía viene por Teodoro García. El tránsito está cortado. No hay policías pero si una veintena de motoqueros que se ocupan de frenarle el paso a los autos. La gente se para en las esquinas a mirar. Algunos se asoman por los balcones. Una hilera de mujeres que hace ejercicios sobre unas bicicletas fijas de un gimnasio de un primer piso se entretiene con la insólita y colorida imagen de la avenida Cabildo. Llegan algunos chicos corriendo, se abrazan con un amigo, amiga, se suman a la marcha que ocupa toda la mano de Cabildo, en dirección al centro. Muchos vecinos, en puntitas de pie sobre el cordón de la vereda, aplauden, serios, emocionados. Otros van y vienen, como todos los días. Varios chicos y chicas reparten en mano un panfleto que tiene impresas las consignas del escrache: ante la falta o lentitud de justicia, condena social: que el carnicero no le venda, tampoco el panadero, que el taxi no le pare, que los vecinos tomen partido, se comprometan. La marcha recorre una cuadra más y pasa por la puerta del edificio de Cabildo 526. Uno de los encargados, con las manos detrás de la cintura, mira cómo avanza la gente, cómo grita, cómo ensucia. El otro, el de chomba naranja, charla en la vereda con dos vecinos. Un nene de unos cinco años le abraza la pierna derecha. El conductor del camión atraviesa el acoplado sobre Cabildo. “¿Acá está bien?”, consulta, con medio cuerpo afuera de la cabina. Uno de los chicos de los que llevan la batuta le levanta el pulgar. El conductor apaga el motor. De un lado, la avenida Cabildo vacía: sólo un par de autos que se alejan en dirección al túnel de Carranza. Del otro, el colchón de gente que se aprieta contra el acoplado que ahora hace de escenario. Sobre la izquierda está el departamento de Jorge Rafael. Muchos se acercan a las vallas de hierro macizo que desplegó la Policía Federal. Gritan, insultan a la infantería que, inconmovible, sigue mirando hacia adelante. Un chico tiene una especie de caña de pescar con una tanza de la que cuelga una caja de pizza con la frase “por una pizza matas a tu mamá”. El chico da la vuelta, la pone por encima de las vallas, se la pasa por la cara a los cabeza de tortuga. Los bombos y redoblantes suenan acompasados. El que no salta es militar. La temperatura ambiente está en su punto más alto. Suben al escenario algunas madres. Forman un semicírculo alrededor de los dos pies de micrófonos. Una de ellas, sencilla y menudita, se acomoda y luego de que se produce un profundo silencio, le dice a los hijos e hijas que cuando ellas ya no estén sean ellos, y ellas, quienes continúen con la lucha, que son ellos quienes tienen darle continuidad a una pelea que ya lleva tantos años, que no bajen los brazos, que no claudiquen, que sigan siendo rebeldes como hasta ahora. Desde abajo del acoplado llegan los flashes y el aplauso cerrado. Luego bajan por la escalerita, y sobre el pavimento de la avenida, reciben el afecto de la gente. La agrupación H.I.J.O.S. toma el micrófono. Una chica pasa al frente pero la rodean cinco más. Ante las diez mil personas que escuchan en absoluto silencio, leen un documento que hace una lectura muy lucida y llena de racionalidad de la militancia de los ’70, los últimos treinta años de historia política y económica de nuestro país, el recorrido de la agrupación y los fundamentos básicos del escrache como practica política. Verito, la chica que está al frente leyendo, tiene a los dos padres desaparecidos y un hermano apropiado. Deja el alma en cada palabra. Le tiembla el cuerpo. Acentúa los conceptos elevando la voz. No mira ni una sola hacia el frente, donde está el colchón de gente, con las banderas bajas. Le llegan, cada tanto, gritos de aliento. No toma aire para leer. No hace pausas entre un punto final y el comienzo del siguiente párrafo. Avanza como un tren bala con miles de decenas de vagones sobre sus espaldas. Se la lleva puesta la pulsión de su propia sangre. Mientras Verito vomita sus palabras, frente al edificio de Jorge Rafael, en medio de toda la gente, se abre un círculo: los hijos hacen subir hacia el cielo un ascensor de carga. Una plataforma de tres metros cuadrados con una precaria valla de contención. Mientras se eleva el ascensor, se despliega una bandera de tela negra con cientos de fotos en blanco y negro de los desaparecidos. Arriba van tres chicos, parados en el centro, con un micrófono inalámbrico en mano. Mucha gente se distrae con el original juguete que sube despacio hasta frenar a la altura del quinto piso. En el escenario una de las chicas le sostiene el documento a Verito, da vuelta la hoja cuando corresponde. Verito levanta un brazo, lo sostiene en el aire con el puño cerrado, se le escapa saliva de la boca cuando grita. Las chicas, atrás suyo, le pasan brazos por el cuello y la cintura. Tienen los ojos cargados de lágrimas. Desde abajo, siguen disparando un mar de flashes. Todo Cabildo se rompe las manos aplaudiendo durante un par de minutos cuando Verito terminar de leer el documento y se da vuelta para desplomarse en los brazos de sus compañeras y compañeros. Vuelven los bombos, las canciones de cancha, las consignas, los brazos levantados, la pirotecnia. “Rata inmunda, te vinimos a escrachar”, le grita Carlitos, elevado diez metros sobre el asfalto, a la altura de la ventana de la habitación donde se supone que duermen Videla y su señora esposa. “Rata inmunda, vinimos hace un tiempo, te dijimos lo que pensamos, lo que queremos, y hoy nos volvemos a encontrar, aunque no estés, o si, no importa – se le entrecorta la voz, no por una falla técnica, sino por la emoción-, sos una rata, la sociedad ya te juzgó, te vamos a volver a escrachar cada vez que haga falta, te vamos a perseguir hasta el día que te mueras, nadie quiere vivir al lado de un asesino, queremos que te pudras en la cárcel, y no en tu casa, beneficiado con el arresto domiciliario”. Desde abajo sube Carlitos siente cómo sube la ola que dice: “como a los nazis, le va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”. Los aplausos, los chiflidos, los insultos. Varios chicos se agolpan frente las vallas que cercan el departamento. Escupen. Le tiran botellas de plástico y paquetes de cigarrillos a la infantería. “Dá la cara, rata inmunda, te vinimos a escrachar”. De repente, como una bandada de gorriones alarmados, desde el ascensor vuelan veinte, treinta, cuarenta bombitas de tempera roja, que se estrellan con fuerza contra el frente del edificio, sobre las persianas cerradas de la habitación, el living comedor y el respirador del baño. Cada disparo, certero, o no, logra que la multitud, abajo, festeje, grite, aplauda. Cinco metros a la redonda del frente del departamento de color crema quedan teñidos por las manchas del color de la sangre. Ninguna ventana de los nueve pisos del departamento está abierta. Es un edificio sin vida. Abajo se generan algunas corridas alrededor de las vallas de hierro y la infantería. Desde el escenario bajan las consignas finales: “¡No a las cárceles vip ni a la prisión domiciliaria! ¡Cárcel común efectiva y perpetua!”. Vuelan un par de tachos de basura del gobierno de la ciudad sobre la infantería. “¡Restitución de la identidad de los quinientos jóvenes apropiados! ¡Reivindicamos la lucha de nuestros padres y sus compañeros!”. Un par de comisarios pasados de peso, trajeados, dan instrucciones desde el teléfono celular que tienen pegados al oído. Se apretujan dentro del coralito. Transpiran. Dan órdenes. De nuevo la consigna de los nazis. Las diez mil personas. Desde el acoplado piden que no nos prestemos a provocaciones; que volvamos tranquilos a casa. La gente se desconcentra. Al rato sólo quedan algunos grupos desperdigados a lo ancho de la avenida Cabildo. Charlan, en ronda. Toman mate. Se muestran las fotos de las camaritas digitales. Muchos se quedan apreciando, con la cabeza levantada, las manchas de pintura, en lo alto. O se acercan hasta el elevador para preguntarle a Carlitos y los otros tres cómo se veía de ahí arriba el acto. La gente del sonido del camión acomoda cables y columnas. Algunos periodistas levantan notas alrededor de una Madre que habla frente a un micrófono, o ponen el grabador en la boca de una Hija que está haciendo declaraciones para una radio. En la otra cuadra, Pedro, el encargado de mameluco marrón, habla en voz baja, al oído de un vecino de camisa que tiene puestas unas bermudas y zapatitos náuticos. El encargado de chomba naranja está en la vereda de enfrente, del otro lado de Cabildo, con su hijo en brazos. El nene le marca con el brazo el frente del edificio manchado de rojo. El padre le cuenta la historia. La avenida, ya un poco más despejada, es un mar de papeles, botellas y cartones. La infantería se retira, uno atrás del otro, con el bastón de madera agarrado entre las dos manos. A medida que se alejan al trote, se ve que muchos tienen los cascos, uniformes y escudos manchados de rojo, saliva y cartón mojado. Los hijos y las hijas están todos juntos a frente al acoplado. También sus amigos, familiares y allegados: todo el mundo baila de manera desenfrenada, haciendo un poco. Los varones están en cuero. Otros están descalzos. Suena la Bersuit. El escrache salió de fiesta.

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El roce de las Topper

Los #Polémicos amigos que tengo que dentro de la Revista Paco tuvieron la generosidad de publicar otro de mis cuentos.

Se trata de un relato que tiene que ver con la Policía Federal y su ¿irreformable? -y ahora castigada- costumbre de perseguir a los jóvenes.

Gracias, Diego Vecino.

http://revistapaco.com.ar/2013/05/13/el-roce-de-las-topper/

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Pico y pala



De repente, los secundarios se encendieron como una mecha humedecida en nafta. Alcanzó con que uno de ellos entonara la primera palabra de la canción para que el resto se sumase al estrepitoso agite militante:

vengo bancando este proyecto
proyecto nacional y popular
te juro que en los malos momentos
los pibes siempre vamos a estar
porque Néstor no se fue
lo llevo en el corazón
con la Jefa los solados de Perón


Así empezaba a cerrarse la jornada solidaria en el barrio Obrero. Dentro de un comedor popular y peronista. A puro canto y expresividad. Con los brazos en alto. Con anchas sonrisas y el reconocimiento cómplice reflejado en las pupilas del de enfrente.

Durante todo el día tanto los secundarios como los militantes del barrio empuñaron picos, palas y carretillas para poner en valor una placita vecinal que está detrás del Correo, en la parte sudeste de la villa. A la mañana, antes de que empezase la jornada, el terreno era un baldío. Ahora, mientras almuerzan, es un potrero pelado al que sólo resta ponerle las hamacas, los subibajas, los pasamamos y los postes de luz.

Son las cuatro de la tarde. Los secundarios están exhaustos, llenos de tierra, polvo y grasa, pero sacrifican la poca vitalidad que les queda en el repaso, a viva voz, de cada uno de los temas del cancionero oficialista. Pareciera que todo el esfuerzo físico del día se realizó para coronar la jornada así, reproduciendo, una vez más, aquello que en la militancia se conoce como mística.

Raquel es una histórica y corpulenta referente social de la villa. Tiene puesta una enorme remera de Unidos y Organizados. Atiende el comedor en el que ahora comen los secundarios y en el que durante la semana merienden, todos los días, decenas de vecinos. Las paredes están pintadas de un pesado azul sintético. Por la humedad, los pisos están mojados.

Con la ayuda de dos chicas adolescentes que tienen el pelo teñido de rubio y pequeños aros fosforescentes debajo de sus labios, Raquel sirve una segunda tanda de bandejas con unas enormes y esponjosas porciones de pizza con salsa de tomate y cebolla. Los militantes del barrio Obrero, los secundarios y también varios vecinos, comen con voracidad. 


Los más chicos, cuando quieren algo, se lo piden a los secundarios.
- Me sirve Sprite, ¿Profe?
- Puedo sacar una foto, ¿Seño? – le dice una nena a la secundaria que tuvo la responsabilidad de registrar la actividad con su cámara de fotos.

El hambre se va apaciguando pero las consignas siguen viciando el aire frío del comedor. La mesa es un instrumento de percusión. Y los dos pibes con la remera de River siguen tirando lujos, a un costado, con una pelota de cuero gastado.

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Ay, 24 de marzo

ay, qué implosión desconocida me detonó el 24 de marzo del 77.
poco tiempo antes mi madre se arrodillaba frente a mis cuatro años
para balbucear con amor una tragedia indecible;
el ejército argentino había asesinado a mi padre.

ay, qué confusión el 24 de marzo del 82.
faltaban días para que en la escuela jugásemos a la guerra
y mi madre y mi nuevo padre metiesen nuestras vidas en las valijas del exilio;
en la escalera mecánica de ezeiza
tamborileé mis dedos en dirección a los nuestros
pero ellos sonrieron con las muecas de la derrota.

ay, qué indignación el 24 de marzo del 88.
miles de almas nunca preparadas para la vejación
reventamos de rabia y dolor las calles y las plazas
porque el desamparo ante tanta indiferencia civil y traición institucional
no cabía en ninguna partícula del tiempo ni del espacio;
de todas maneras, maduraba la organización
y ya flameaban algunas banderas, consignas y pañuelos.

ay, qué tóxico el 24 de marzo del 93.
cuánta violencia tan temida como contenida
cuánta soledad
cuánto extravío
cuánto daño
cuánto riesgo

cuánta perdida de tiempo.

ay, qué fuerza emergió el 24 de marzo del 99.
la realidad todavía nos cacheteaba
en todos los frentes
pero éramos algo más que insolentes;
los hijos de los cuatro orígenes
y algunos seducidos más
habíamos individualizado al enemigo: el Estado nacional.

ay, qué virulencia el 24 de marzo del 2002.
las piedras, los gases, los caballos, los muertos y el helicóptero
se habían llevado puesto al modelo de la entrega
pero se avecinaba un nuevo baño de sangre institucional en el puente;
el desconcierto me acechaba como si fuese una 
maldición.

ay, qué conmoción el 24 de marzo del 2004.
habíamos sido padres y mi heredero algún día
conocería la historia de sus abuelos revolucionarios;
también mi propio legado
que por el momento sólo contaba 

con algunas pequeñas hazañas y travesuras
y no tantos proyectos.

ay, qué esperanza la del 24 de marzo del 2007.
ya no eramos hijos sino hijos k

compartiendo plenarios con otros centenares de k; la militancia de nuestros padres
se reproducía en nuestra propia construcción
de la mano del relato, los hechos y la conducción
de un matrimonio pinguino y presidencial que por primera vez en la vida
nos conquistaba la conciencia y el corazón.

ay, qué combativo el 24 de marzo del 2008.
faltaban horas para que jugásemos nuestra primera batalla
a favor del ideario que ahora se materializaba
en un Estado inclusivo.

ay, cómo lloré el 24 de marzo del 2009.
ella estaba en la columna compañera, al frente

desentendida del abismo que se abría debajo de nuestro pies
por habernos soltado la mano
saltando sobre el pavimento
coreando consignas
como si sólo importasen los desaparecidos
la memoria, la verdad y la justicia.

ay, cómo lloré ese mismo 24 de marzo del 2009
porque en el nudo y el llanto engendrados por el fin de la relación circunstancial
también estallaba en mil puntadas
el duelo que nunca me había animado a transitar
por haberme separado de la madre de mi hijo
.

ay, cuánta fuerza sentimos el 24 de marzo del 2013.

cuánta libertad
cuánta alegría
cuánta mística
cuánta confianza
cuánta esperanza
cuántos proyectos;
ay, sí, falta mucho
seguramente siempre sea así
o a lo sumo cada vez faltará menos,
pero los genocidas están presos
y tenemos asignación por hijo
y el fútbol para todos
y la patria grande
y mi hijo juega lindo a la pelota
y cuando me despide por teléfono 
hace sonar un beso.

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Tilinguería regional

La tilinguería trastorna la sensibilidad de muchos ciudadanos argentinos. Pero también de los países vecinos. Incluidos los venezolanos, por supuesto. Unos y otros repiten como loros la información viciada que los medios de comunicación del odio transmiten, acá y allá,  durante las veinticuatro horas, y por medio de todos sus soportes.

Hace tres días que muchos de nosotros, miles, estamos tristes. Duele la muerte. Siempre duele. Asusta. Como si fuese un punzón presionado con saña dentro del pecho, se nos agudiza la conciencia en relación a la finitud de nuestra propia vida. El corazón se nos achicharra aún más cuando se trata de un ser querido. Un familiar, un amigo, o un Jefe de Estado que condujo un proceso político transformador con el que simpatizamos. Al que adherimos no por conveniencia propia, sino porque a través de la herramienta de la política y con el aval del voto popular, estos hombres y mujeres que bofetean la historia se animan a darle pelea a los sectores de poder que desde siempre han condenado a la pobreza, el analfabetismo y la miseria a las grandes mayorías de los pueblos de la región.

Ayer estaba con una amiga en su modesta galería de arte, en una zona poco concurrida del barrio de Palermo. Hablábamos de música, de literatura, de proyectos personales. De repente una silueta se asomó por la puerta.

“Disculpen. Estoy viajando por América del Sur en moto. Soy fotógrafo. Y me gustaría exponer mi trabajo. ¿Ustedes podrían indicarme uno o dos lugares que podrían llegar a interesarse?”.

Fue mi amiga la que tomó la posta. Le hizo un par de preguntas. Intentó develar para ella misma qué nivel de profesionalidad poseía el visitante. Intercambiaron algunas palabras. El acento del fotógrafo era muy seductor. Caribeño. Ella le pidió que anotase dos teléfonos. Le pasó nombres. Él no tendría más de treinta años. Vestía zapatillas de lona, jean y una remera de mangas cortas de color verde oliva.

Cuando se produjo un silencio, le pregunté de dónde era. “Venezuela”, contestó, sonriendo. “No estabas en tu país cuando murió tu presidente”, dije. El tono que usé no fue neutro. No desparramaba lamento pero sí tuvo una pizca de pesadumbre. Se tomó un segundo para contestar. En su mirada se percibió la duda. “Mejor”, fue todo lo que dijo. “¿Estás contento?”, avancé yo. “Contento no, pero ahora sí Venezuela tiene la oportunidad de mejorar”, dijo, atajándose. “¿Por qué?”. “Porque el gobierno ya no va a poder comprar los votos con las misiones sociales, comida o armas. Los medios de comunicación van a volver a informar con libertad”.

Me paré y caminé hacia la vereda. Me apoyé contra el capó de un auto y prendí un cigarrillo. A través del ventanal de la galería fijé mi mirada en el intercambio de papeles y biromes que mi amiga hacía con el venezolano. A ella no le afectó el comentario del viajero. Y está bien. No la juzgo. Era yo el que sentía el peso de la muerte de Hugo Chávez. Estaba empapado de las imágenes de la marea roja despidiendo a su líder. A nosotros nos había pasado lo mismo el 27 de octubre del 2010.

El intrépido motoquero que venía recorriendo los caminos polvorientos de Sudamérica, salió de la galería. Ni me miró. Tendría vergüenza, o sería un mal educado. No sé. Pero mal informado, seguro. Deduje, antes de entrar de nuevo a la galería, que sería un pibe de extracción socio económica acomodada que nunca jamás, en toda su vida, tendrá en cuenta los derechos de las mayorías ni las reglas de juego del sistema democrático. Seguirá desinformándose con las operaciones de los medios malditos.


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Publicar un cuento en la revista Paco

Tengo el honor de publicar un cuento en la revita digital Paco (o #Paco, como la llaman en Twitter).

La publicación pertenece a un grupo de narradores, poetas, ensayistas, periodistas y editores que andan por los treinta y cinco años, y que cada tanto intervienen la escena pública digital con un vómito de textos tan contundentes como desopilantes. Cualquier suplemento de Cultura tradicional los catalogaría bajo rótulos previsibles del tipo "La joven guardia", "Nuevos narradores", "La narrativa sub40", u otros.

Ellos, por supuesto, le escapan a ese y otros corset con la velocidad de una estampida. Corrobórenlo en sus textos. Ácidos, irreverentes, provocadores.

Acá está mi cuento (El canto de la Iuna).

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Los que trabajan en la playa III

Circo del Aire

Se instalaron hace cinco años detrás de la feria de artesanos de la avenida 3, entre las calles 112 y 113. Durante la última quincena de diciembre ya se los puede ver armando el domo (una carpa que funciona como vestuario, depósito, dormitorio y otros), las gradas y la estructura metálica de más de diez metros de altura de la que colgarán el cuadro fijo, las luces, las cuerdas y los trapecios. La familia gesellina, en especial la que vacaciona en la zona sur del balneario, se acerca al circo todos los veranos ya que ahí tiene asegurada una hora de entretenimiento en la que se combinan la destreza, el riesgo, el asombro y el humor. El espectáculo es a la gorra y se realiza todas las noches en dos horarios: 22.00 y 23.30 horas.

Los artistas que conforman la compañía de este año tienen entre veintisiete y cuarenta años. Durante toda la temporada conviven bajo el mismo techo, en una amplia casa con techo de tejas a dos aguas, a unas seis cuadras del predio, que en el frente tiene un viejo y frondoso álamo y también una pileta de lona. Funcionan con las reglas de una cooperativa tanto con los derechos como con las obligaciones. Se turnan de manera democrática para cocinar, lavar y dormir en el domo para velar por las pertenencias del circo. La gorra se reparte en partes iguales. En la casa hay dos bebes, una nena de siete años y por lo menos dos perros. Comen mucha verdura y no tienen televisión. Sí internet. A la playa van muy poco.

María del Aire es la directora del Circo. En el ambiente se la conoce como “María del Aire”. Tiene una hija de veintiséis años y otra de un año y medio. Hace más de veinte años que se dedica al circo callejero. Dice que su vida cambió el día que se dio cuenta de que podía plantarse en el espacio público a ofrecer un número artístico y recibir a cambio aplausos y una retribución económica. María dice: en el circo contemporáneo el acróbata o la gimnasta ofrecen algo más que su destreza o su audacia. Estudiaron actuación, o danzas, o todo junto, acá, o afuera, y en sus números sobre la lona, las telas o el trapecio, lo que hacen es arte en el sentido más puro de la palabra. Nos transmiten algo que no tiene que ver solamente con la habilidad de mantener en el aire cinco raquetas o la valentía de caminar sobre una soga a veinte metros de altura. Están en juego las emociones. Sus actuaciones nos conmueven alguna parte del cuerpo. Esa es la principal diferencia con el circo tradicional que llega a los pueblos con sus carros, su enorme carpa, sus payasos y domadores de animales.

Gabriela practicó gimnasia artística durante dieciséis años. Ahora tiene veintisiete. En el 2009 se fue a estudiar a una distinguida compañía de circo contemporáneo, en Toulosse, al sur de Francia. Volvió a mediados del año pasado y ni bien empezó el 2013 la llamaron desde Villa Gesell para proponerle que reemplazase a un compañero que se había tenido que bajar del proyecto. Ella explica que la disciplina que despliega sobre la lona del Circo del Aire se llama “Acrodance”. Tiene todos los músculos del cuerpo tonificados pero parece una muñeca de goma, sin articulaciones. Se retuerce por el piso como si no tuviese huesos. Junto a las acrobacias y los movimientos que atesoró cuando practicaba gimnasia y que mejoró con el tiempo y la vida, ofrece elementos de actuación. A pesar del calor trabaja vestida con un tapado. Es parte de un personaje que se tomó algunas copas de más y que anda a los trompos frente a la mirada ajena. Le roba mucha risa al público, en especial a los más chicos. Impresiona con su elasticidad y seducción. Es hincha de Vélez y muy familiera.

Antes de venir a la costa Ileana estuvo trabajando en un casino cinco estrellas de Johannesburgo, capital de Sudáfrica. Es la madre de Queca, una rubiecita de siete años que no se pierde una sola función de sus padres. Realiza dos números por función. Uno en la altura, arriba de un trapecio, en el que pareciera volar, y el otro alrededor de una gruesa cuerda de hilo que nace a unos diez metros de altura, en el punto más alto de la estructura metálica. Con movimientos sincronizados, sube por la cuerda y luego baja girando en tirabuzón. Coloca su atlético cuerpo en vertical, después horizontal, o en diagonal, sin perder nunca la gracia, y con una precisión milimétrica.

Juan y Charly son los acróbatas. Uno mide un metro noventa y el otro, en puntas de pié, le llega al mentón. Uno transmite formalidad y el otro una elocuente picardía. Uno es fuerte y pesado y el otro es ágil y liviano. Son el complemento perfecto y trabajan juntos hace tres temporadas. Tanto en la lona, como en la altura, fuerzan a gran parte del público a taparse la boca en una mueca de terror cuando realizan su número de cuadro fijo (estructura en la altura en la que Juan se cuelga de las piernas, boca abajo, para tomar de las manos a Charly, y jugar con él como si fuese un cono anaranjado de estacionamiento). Ese es el momento más tenso –y luego festejado- de la función: con las manos llenas de talco, y el ritmo acompasado de un redoblante, Charly realiza en el aire mortales, giros y otros movimientos acrobáticos. Juan fue padre hace seis meses y su compañera, junto a la beba, conviven con él en la casa. Charly trabajó gran parte del 2012 en el mega predio de ciencia y tecnología Tecnópolis y tiene cierta fama en la noche del balneario.

Nacho es el clown del circo. El payaso. El que está maquillado. El padre de Queca y pareja de Ileana. El que tiene los zapatos blancos dos veces más grandes que sus pies. El que hace morisquetas, cuenta chistes, se burla de algún desprevenido de su público. Es el que motiva, agita, entusiasma, pide aplausos y gritos que se escuchan en toda la feria de artesanos. Es quien tiene la responsabilidad de presentar a los artistas cuando culmina el espectáculo y también el que anuncia el pase de la gorra. Nacho dice: el día es ese lapso de tiempo que tenemos para recuperarnos de la funciones de la noche anterior. Si bien es cierto que en febrero la función está tan aceitada que sale de taquito, el cuerpo ya arrastra algunas averías. A principio de la temporada hizo algunas acrobacias junto a su hija. Y ahora tiene un número de malabares muy personal, dentro de una estructura triangular de cristal de tres caras. La trajo desde su casa y mide dos metros de largo por dos de ancho. Ahí adentro hace rebotar primero dos, luego tres, y finalmente cuatro, cinco y hasta seis pelotas del tamaño de una de tenis, con concentración, y gracia. Antes del cierre de la función, le agradece una y otra vez al público, y habla de lo “popular” de la propuesta que ellos ofrecen todas las noches, no sólo por la gorra, sino también por el intercambio de energía con las trescientas personas -por función- que abarrotan de aplausos, gritos y risas el la zona sur del balneario más cosmopolita de la costa atlántica.

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Los que trabajan en la playa II

El Trapito 

El punto en el que se cruzan las alamedas 201 y 307, en la exclusiva “Zona Norte” de Villa Gesell, no ofrece ni un poco de sombra. Los veraneantes estacionan allí sus coches y utilitarios y luego de caminar cien metros pisan la arena de la playa. Cuando el tiempo acompaña son decenas de automóviles los que se aprietan en cualquiera de las cuatro esquinas. Si el sol se pone muy bravo hay que resguardarse debajo de las ramas de uno de los álamos que sobreviven sobre la calle 205, en dirección al norte. Ahí se desploma Axel durante los tiempos muertos de su trabajo, entre las 13.00 y las 15.00 horas. Tiene diez años y la franela que lleva en la mano dejó de ser de color naranja hace por lo menos tres temporadas. Tiene la piel del color del río Bermejo porque nació en el Chaco. Baja la mirada cuando el turista pasa a su lado. Si le dicen ‘hola’ o ‘buen día’ devuelve el saludo pero no abre la boca en todo el día. Tiene ojos negros. Pelo ralo, oscuro, y la dentadura derruida por falta de higiene. 

Vengo temprano y me voy cuando se va el último coche. Mi hermano mayor está en la 309. A veces viene a jugar alguno de los primos, pero casi nunca. ¿Qué comemos? A veces nos traemos pan y queso. O una manzana. Otras veces, nada, y pido algo en el parador. Algunos turistas me dan diez pesos. Otros cinco. La mayoría dos o una moneda de uno. El año pasado una señora me dio veinte. Nunca les pido plata por haberles mirado el coche. Si me dan, me dan. ¿Sabés cómo me dicen mis primos? 'Fideo' porque soy flaco como un fideo de los largos, ¿viste?.

Axel siempre viste el mismo uniforme: ojotas, jean azul con agujeros en las rodillas y una camisa vieja y descolorida. La vecina que tiene una de las casas más cercanas a la playa le suele dar una jarrita de jugo para que se refresque, aunque quisiera poder decirle a la madre que hacer trabajar a un nene es una insensatez. Axel tiene devoción por los insectos. Si no está acomodando un coche se lo suele ver acostado sobre los canteros de los chalets, atrapando langostas en un pote sucio de cuarto de helado, o poniendo obstáculos de todo tipo en los caminos de tierra que hacen las hormigas para llevar provisiones al hormiguero. 

Una vez le saqué los cuernitos a un escarabajo. Había llovido y estaban por todos lados. Murió enseguida. Ahí aprendí que los cuernos no sólo les sirven para levantar peso. También le abrí la panza a una rana. Quería ver cómo era su estómago. Mi hermano una vez le hizo un tajo en la pierna a un borracho que quería sacarme de la esquina. Sin decirle una sola palabra le hundió el cuchillo acá –y se tocó el muslo-. Yo a una persona no le haría eso. Sí a un gato, para ver qué hace. Pero a un turista, no. 

La madre de Axel realiza trabajos de limpieza en dos hosterías de primer nivel que están edificadas sobre la calle 205. Por la mañana en uno y por la tarde en el otro. Ella y sus cuatro hijos viven en Villa Gesell, del otro lado del Boulevard Buenos Aires, en una casa de una planta con un fondo de cincuenta metros de largo donde tienen plantadas algunas verduras. Con ellos vive el abuelo de Axel, un misógino de ochenta y pico de años que tiene a todo el mundo a los gritos.

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Los que trabajan en la playa I

El churrero 

Se llama Rubén pero le dicen “Rúben”. Tiene veintiséis años. Vive en Merlo. Es la primera vez que trabaja para la legendaria churrería gesellina ‘El Topo’. Accedió a la changa por medio de un tío que hace más de diez temporadas que camina la playa para el conocido comercio del rubro panadero. Por eso habrá sido que los dueños no le negaron el puesto al chico al enterarse que había estado privado de su libertad hasta mediados del 2012. Tiene un solo franco por semana. En el negocio se presenta temprano, le cargan la canasta de mimbre con diez docenas de churros recién sacados del horno, le dan unos treinta pesos de cambio, y emprende su camino hacia la playa. 

Estuve preso por el delito de robo automotor agravado por el uso de arma de fuego. Cumplí mi condena en la Unidad Penitenciaria de Ezeiza hasta el último día. Gracias a Dios no la pasé mal. Ayudé a mi vieja y a mis hermanos con el salario mínimo, vital y móvil que me pagaba el Servicio Penitenciario Federal por trabajar dentro de la unidad. Fui cocinero, lavandero y carpintero. ¿Qué onda con el laburo? Me llamó mi tío y vine. No sé. Antes que estar vagueando por el barrio prefería laburar un par de meses. La traje a la Daniela, mi novia. Una bobota de ojos verdes que no puede ser lo buena que está. Vende unos monos de peluche importados de la china, sobre la 3. Entre los dos sacamos unos doscientos cincuentas pesos por día. No está mal. Pero la camino, eh. Tengo las narpies arruinadas. 

La indumentaria oficial de la churrería es un pantalón de lona blanco y una remera también blanca con el isologo del comercio tanto en el frente como en el dorso de la prenda. Rúben camina por la arena desde la calle 110 hasta la 130, a la altura del muelle de los pescadores. Vuelve. Si vendió, tiene que regresar a la churrería para recargar la canasta. Si no, sigue camino para el lado inverso, hasta el último balneario, a unas treinta cuadras. Durante toda la jornada va enchufado a su mp3 cargado con la discografía completa de La Renga. Cada diez metros pega un grito, anunciando los “churros calentitos del Topo”, pero no con la insistencia y la sistematicidad que el resto de los vendedores. Tampoco suele caminar por la arena seca, serpenteando entre las sombrillas, las reposeras, las lonas, las heladeras, los iglú, los tejos y los turistas. 

Si no hubiese laburo supongo que volvería a chorear. He limpiado pisos y baños. No tengo piuritos. Pero los antecedentes penales te condenan. Lo mismo cuando menciono el barrio “Las Palomitas”, donde vivo. A la gente no le tiro ni cabida porque me pasa que veo la cara del canoso con el que me tiroteé en todos lados. Por eso hago la mía. Voy con la cabeza gacha. En la zona del centro está lleno de pibes y pibas. Algunos tienen buena onda. Pero otros te miran de reojo. Los pibes bien, más que nada. Les tajearía la cara. Y a la familia tipo le cuesta largar el mango, loco. Decile a la Cristina que afloje con la inflación. 

Cuando baja el sol y ya casi no quedan turistas en la playa, de manera religiosa, antes de ir al negocio, el Rúben se tira en la arena, y se fuma un porro junto a alguno de sus compañeros, o solo. Disfruta cada pitada como si fuese la última. Las piernas le pesan como macetas. Tiene la ropa pegada al cuerpo por la transpiración. En el camino al comercio relojea los coches cero kilómetro que están estacionados en la calle o en los garages de las coquetas hosterías u hoteles. Su especialidad eran los Bora y los Vento. Ambos Volkswagen. Pero ahora está en otra. Se ríe de sí mismo cuando el reflejo de un ventanal le devuelve la imagen de un pibito de piel morena, desgarbado, todo vestido de blanco, con un canasto colgado del brazo. Y piensa en la noche que pasará con Daniela.

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Los que trabajan en la playa

La guardavidas 

Enterró el salvavidas en la arena. Luego hizo lo mismo con las patas de la silla de metal que trajo de la casilla. Pero en lugar de tomar asiento, apoyó las manos sobre el respaldo de la silla y se irguió con solemnidad frente al océano. El día estaba espléndido. Sol pleno. Ni una pizca de viento. Decenas de turistas se refrescaban dentro del agua. La gran mayoría, a pocos metros de distancia de la costa, junto a los más chicos. Sólo un puñado de valientes enfrentaban a las olas que se levantaban con tesón a unos treinta metros de distancia. Muchos veraneantes estaban tirados de cara al sol, o parapetados debajo de las sombrillas tomando mate. Otros caminaban sin apuro por la orilla. 

Era rubia, y atlética. Debía tener unos treinta años. La gorra con visera y los infaltables lentes oscuros para el sol le tapaban la cara. Sólo se podía apreciar la prominencia de sus pómulos y la delicadeza de su nariz. Tenía puesta una campera inflable de color celeste y unos shorts negros, sueltos. El color de la piel de sus piernas y de los dedos de los pies era casi de color morcilla. 

Perdoname, pero los guardavidas reciben capacitación acerca del comportamiento del mar, ¿no es así? Sí. Antes de ayer el mar parecía una enorme olla de agua cálida, ayer parecía un río bravo y hoy está en un intermedio. En el medio tuvimos una tormenta con granizo y todo. Y cambió el viento. Exacto; cuando sopla del sudeste siempre trae el frío y la humedad; en cambio, cuando sopla desde el oeste, o sea desde el continente, trae el calor de la tierra. Mirá vos. 

Conversaba pero con cierto desdén. No dejaba de mirar hacia el mar. Parecía concentrada en su trabajo pero también podía ser una táctica para descartar al turista de turno que para matar el tiempo ocioso de la playa no encontró mejor idea que ponerse a charlar con la guardavidas. 

¿Viste la película 'Una aventura extraordinaria’? No miro mucho cine. Es hermosa; y gran parte de la película transcurre en medio del océano pacífico. Aja. Se cuenta la relación que se crea entre un adolescente y un tigre de malasia. ¿Ahora me vas a preguntar a cuántas personas les salvé la vida durante el mes de enero? No sé, puede ser. ¿O si vivo acá o vengo a trabajar sólo por la temporada? Sí, qué se yo. Perdoname que sea así de brusca pero estoy trabajando. Te entiendo. Si mientras charlo con vos se ahoga un tipo me como una denuncia penal, ¿me entendés? Sí, claro. ¿Vos qué hacés? Soy periodista. 

La charla duró un minuto más. Me despidió sin sacar la vista de los movimientos que los turistas hacían dentro del mar. Parecía un perro de caza. Me fui pensando que sus palabras habían tenido buena fe. Con franqueza, me había llamado por mi nombre: turista que no sabe qué hacer con tanto tiempo ocioso.

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Manu y Santino Dios