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Ese amigo Leo



Verano de 2003. Estoy de vacaciones en el Norte argentino. Paramos en la casa de una conocida de mi mamá, en Maimará. Ana, sus pelos largos flotan con libertad y sus conversaciones son muy amenas. De ella me quedó que transpirar mucho y cagar seguido es muy sano. En esas charlas me recomienda un libro que se llama “Los que llegamos más lejos”, de Leopoldo Brizuela. No conocía al autor y menos el libro, que se había publicado a finales de 2002. La volvimos a ver a Ana en marzo, en Buenos Aires, un asado en casa (la famosa sinagoga del rock). Me trajo el libro de regalo. Yo la convencí de que vote a Néstor Kirchner, en quien no confiaba mucho.

Septiembre de 2003. Estoy en Canadá invitado por un amigo que vive ahí, para ver a los Stones. Durante la semana mi amigo trabaja y yo agarro la bici y recorro Toronto. Paro en diferentes lugares a leer “Los que llegamos más lejos”. Me pasa algo tan lindo con ese libro que me dan ganas de escribirle al autor, de agradecerle por haberme generado sentimientos así de intensos y por haberme hecho conocer en detalles a Ceferino Namuncura, a la historia argentina que no enseñan en el colegio ni tampoco en la literatura política de la línea San Martín, Rosas, Perón. Durante muchos meses pensé en buscar un correo electrónico y escribirle.


Julio o Agosto de 2008. Lo conozco a Leo, porque es nuestro profesor en una materia en la carrera de narrativa de Casa de Letras. Cuando a principios de ese año comenzamos a cursar sabía que en algún momento me lo iba a cruzar a Brizuela. Le quería decir lo que me pasó en 2003. Y se lo dije: que hace unos años había leído ese libro y que me habían agarrado ganas de escribirle, que nunca lo hice pero que ahí lo tenía y se lo estaba diciendo. Sonrió con esa sonrisa medio infantil que al principio parece falsa pero cuando lo conoces es toda su verdad. Sebastián Basualdo en el suplemento Radar de Página 12 escribe: “sonreía como un niño luego de haber hecho una travesura incomprensible para un adulto”.

Junio de 2012. Se publica Una misma noche, libro de Leopoldo donde soy uno de los personajes. El libro gana el premio Alfaguara ese año.

Hace unos días murió Leopoldo Brizuela, tenía solo 55 años.

A Casa de Letras fuimos con mi hermano en una época donde tenía encendida mi vocación narrativa. Habíamos hecho anteriormente un taller de escritura con Sandra Russo y Casa de Letras era parte de esa formación. Terminamos “la carrera” pero lamentablemente después de eso prácticamente no escribí más nada de ficción.

Mi glorioso hermano sí y anda caminando una notable carrera de escritor. Leopoldo admiraba la escritura de Matu, su vocación y su esfuerzo y cómo él lo cuenta en este mismo blog, lo ayudó mucho a ser el gran escritor que es hoy. Así como le pasaba a Mariano, yo también me juntaba con Leo a comer o a tomar algo y hablábamos mucho. También charlábamos bastante por teléfono. Creo que no existía todavía el WhatsApp.

Pero esos encuentros tenían, además, un objetivo literario para él. No se en qué momento me lo dijo, pero es lo que menos importa. Soy Miki en “Una misma noche” y en la página 35 escribe: “… y lo invité a almorzar. No concebía mejor confidente”.

“Miki fue mi alumno, es abogado, judío. Su padre, guerrillero, fue asesinado en el ´76, cuando faltaban apenas días para que Miki naciera: la edad de mi recuerdo. Sus tíos maternos… fueron secuestrados y, como se dice, aún hoy permanecen desaparecidos. La incertidumbre sobre su destino final ha marcado la vida de Miki. Y la de su madre. Que dirige el Instituto “Rodolfo Walsh” de la Memoria, en las antiguas instalaciones del campo de concentración de la ESMA, donde casi con seguridad sus tíos fueron torturados”.

En nuestras charlas Leo me había dicho que quería hacer una visita a la Ex Esma, que nunca había ido. Fuimos el 30 de octubre de 2010. Yo había programado una visita con unos alumnos míos y lo invité a Leo. Muchos de los que allí estábamos todavía teníamos los ojos pegados de tanto llorar la muerte de Néstor Kirchner.

Esa visita también está en el libro. No me gustó cómo retrató algunas cosas de ese día. Leo sabía mucho y le molestaba la gente que sabía poco. A veces se obsesionaba con lo que alguno decía o pensaba. A mi esa obsesión no me interesaba. Hay mucho en el libro de esa visita. Rescato algo que -releyéndolo ahora- me causó mucha simpatía: “Desde un ómnibus gritan: ´Viva Menem, carajo´. Y Miki responde agarrándose el bulto. Pero Dios, me digo, ¿cómo es posible que responda con ese gesto, alguien que debe todo a las mujeres, a su madre, a su abuela?” (página 221).

Leo era exigente en la vida y exigente con la escritura. Me parece -ahora me doy cuenta- que en parte es culpable de que yo haya dejado de escribir. Porque una cosa es ser “buena persona” (eso me lo decía mucho Leo y lo dice en el libro con hermosas palabras) pero otra muy diferente es escribir. Porque para escribir en serio hay que ocuparse en serio, hay que atravesarse. Priorizarlo. Y eso es lo que no hice hasta el día de hoy. Si algún día lo hago Leo estará conmigo deslizando los dedos en el teclado.

“Le agradezco a Miki con una casi broma: -Todo esto estará en mi próxima novela. Él me mira sonriendo, creo, infinitamente dolido. O quizá no. Quizá son delirios tejidos por la culpa. Pero de algo estoy seguro: esta es la despedida” (página 246)

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Separá



Leo fue uno de mis maestros literarios. Hizo mucho por mi crecimiento profesional, tanto como docente, como amigo y compañero. Lo conocí en Casa de Letras, la primera escuela de narrativa de la Ciudad de Buenos Aires, que tenía su sede en un viejo edificio de Belgrano y Perú, en el centro porteño. Fue en sus clases que leí por primera vez a las estadounidenses Flannery O’Connor y Carson McCullers, dos autoras de comienzos del siglo pasado, que escribían relatos tan bellos como macabros. También me acercó a una autora argentina, radicada desde que era muy chica en Francia, con la que accedí, creo que por primera vez, al punto de vista de una nena, que en su novela La casa de los conejos narra los detalles de un mega operativo del Ejército Argentino, en La Plata, en 1977, que termina con la vida de sus padres, ambos militantes de Montoneros.

Creo que los derechos humanos fueron el puente que naturalmente se tendió entre nosotros. También lo incluyo a mi hermano Ricardo, que también estudiaba en Casa de Letras. Nosotros habíamos militado en la agrupación H.I.J.O.S. Él era un estrecho colaborador de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, y tenía una profunda admiración por Hebe. Aparte de apostar a la escritura, con mi hermano ya estábamos militando en el Kirchnerismo, abrazados a la idea de un proyecto nacional que no solo contuviese las reivindicaciones del movimiento de derechos humanos. Corría el 2008 y el picaresco mundo imaginario de autoras como Hebe Uhart se nos mezclaba con la tensísima disputa entre el gobierno popular y las patronales del agro.

De a poco, en las clases, el hombrecito de la ciudad de La Plata se ocupó de que yo me desprendiese de algunos vicios gramaticales y sintácticos que traía de la calle, y de la vida, y que había que pulir para poder escribir algo respetable ante un lector más o menos convencional. Nos hacía pensar y trabajar, como corresponde. Ejercicios, tareas, lecturas. Era tímido y tenía un gran sentido del humor.

En el invierno de 2010 publiqué mi primer libro de cuentos, con El pánico el pánico, y una de las dos personas que invité para subirle el precio al acontecimiento, fue él. El otro, un ácido compañero hincha de Almagro y amante de la música pesada, con el que estaba estudiando: Diego Vecino. Leo viajó desde La Plata hasta la vieja y original sede de Matienzo, sobre la calle homónima, y su intervención, frente a los editores, su colega y compañero de mesa, mi familia, mi entonces hijo de ocho años, y amigos, me ruborizó tanto que alguien me acercó una botellita de agua. Se excedió con la ponderación que realizó sobre mis textos, como suele suceder en las presentaciones de libros, pero no importó. Esa noche me sentí muy halagado por su presencia, y lo más importante, con todas las ganas del mundo de seguir escribiendo.

Ya no compartíamos Casa de Letras, pero sí un vínculo que se mantenía vivo por correo electrónico, mensajes de texto, algún llamado. Fue por eso que en 2011 y 2012, con un amigo, Nicolás Castro, y mi hermano, lo invitamos a participar del ciclo de lecturas de poesía Más Poesía Menos Policía (MPMP). Leo, súper obsesivo, nos aclaró lo que ya sabíamos: era un narrador. La edición del ciclo se realizó en la legislatura porteña, a última hora de la tarde. Al mediodía Alfaguara había difundido el nombre de su Premio Novela 2012: Leopoldo Brizuela, por su texto Una misma noche. El tipo vino igual a nuestro evento. Y por supuesto, leyó fragmentos de la novela ganadora.

Cristina ejercía la gestión de su segundo gobierno. Ya no contaba con su compañero de vida y militancia, pero aún así avanzaba con la ampliación de derechos de las mayorías y la recuperación de emblemas nacionales como Aerolíneas e YPF; aparte, ya teníamos el Fútbol para Todos, la Asignación Universal por Hijo, el plan Conectar Igualdad y la Ley de Medios de la Democracia, y justamente por todo eso, entre otras razones, recibía el hostigamiento de distintos sectores del poder real, entre ellos, los grandes medios de comunicación. Una de las históricas dificultades que tuve y sigo teniendo para escribir ficción, y que en aquellos años muy notoria, era el cruce de cables entre el Mariano militante político y el Mariano que intenta producir buena narrativa. Leo me lo señalaba cada vez que podía. Separá, me decía, separá.

Junto a mis socios de MPMP, una noche de lluvia y frio fuimos al centro cultural Islas Malvinas, en La Plata, de la mano de la editorial Mil Botellas, y Leo se sentó en la platea, a escuchar nuestras lecturas, junto al puñado de almas sensibles que se acercó al mitin literario a pesar del mal clima. Luego fuimos a comer pizza a un bar de la zona e hicimos el tercer tiempo. Él estaba con su novio.

Un caluroso día del verano de 2016, con Macri en la Casa Rosada y el estado de ánimo por el piso, recibí un llamado que me alegró el día y los meses siguientes: la editorial Alto Pogo me invitaba a sumar un cuento a una antología que se caracterizaba por estar conformada por autores y autoras emergentes, auspiciados por autores ya consagrados. En mi caso, me había recomendado Leo. El año anterior había publicado mi segundo libro de cuentos y en 2017 publicaría una biografía de un compañero dirigente y villero.

Fue por esa época que tuve el último contacto con Leo. Él tenía a su cargo una nueva sección de la revista Eñe, en la que entrevistaba, en formato video, a un escritor o escritora. En la primera edición estuvo Juan Incardona. Para el segundo, pensó en mí. Le pedí el fin de semana para pensarlo. ¿Pensar qué?, dijo. Si estoy dispuesto a verme en una pantalla con la marca de Clarín sobre la cabeza. Luego de debatir el asunto con mis seres queridos, le dijo que no. Se trató de una decisión difícil, que él no me perdonó, quizá por entender que yo era incapaz de separar la carrera del que escribe con las convicciones políticas, o por ahí se trató de un desplante que le hirió su orgullo. Como sea, fue la última vez que hablé con él.

El año pasado publiqué mi primera novela. La tarea más importante que realicé en las tres correcciones que le hice al texto, también inducido por mi padre, Gustavo Abrevaya, que es otro de mis maestros literarios, fue exprimir al narrador de toda la carga ideológica que llevo en mi cabeza. Creo que el producto final está bastante bien. Tanto durante el proceso creativo, como en el período de corrección, Leo sobrevoló mi conciencia y mis recuerdos. Con sus observaciones meticulosas, el obsesivo cuidado del lenguaje, el punto de vista del narrador, la profundidad de los personajes, la economía en las descripciones, y en especial, la idea de que en la ficción –y por qué no en la vida- me anime a romper con cualquier tipo de cadena. En eso estoy.

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Acerca de las vacaciones y una transmisión

Rocío y Santino se ríen del nombre que le puse al parque acuático que un vivo o amigo del poder construyó en el ingreso al embalse Los Reyunos, departamento de San Rafael, Mendoza. Se divierten porque saben que tengo razón, aunque no lo reconocen. Es parte de un juego con el que matamos el tiempo a lo bobo durante nuestras vacaciones. Al predio lo bauticé Jurasik Park porque me hace acordar al parque en el que transcurre la última mega producción de la saga de los dinosaurios domesticados -o no tanto-: instalaciones impecables, empleados sonrientes, el logo de la firma hasta en los vasos de los licuados, sonido ambiente y ni un solo papel en el piso. Ellos querían ingresar, y fue lo que hicimos. Yo con el bebé en brazos. 

Desde la terraza de piedra de Jurasik Park la vista es imponente. Cien metros abajo, el lago de color verde esmeralda -es un espejo de agua artificial, contenido por un dique, que sirve para el riego de la zona y otros usos-, y enfrente, a lo lejos, las enormes y coloridas sierras de piedra. La empresa ofrece diversión para toda la familia: arrojarse al vacío por una extensa tirolesa, un paseo en catamarán, bañarse en el lago por medio de una pileta artificial, navegar en kayak, y para los que les tiene fobia a la altura, o al agua, un cuatriciclo para recorrer el monte, del otro lado del camino. La oferta veraniega se complementa por medio de un bar, en el que podés para gastar unos cuantos pesos más en tostados, gaseosas, licuados o un café con leche y medialunas, siempre con vista al lago.

Como era de prever, de un momento a otro, el bebé dejó de lado la contemplación para arquear su cuerpito en dirección al suelo, con la clara intención de bajarse. Le pongo las dos patas en el suelo. Con la madre estamos en plena etapa de seguirlo a todos lados, y en ese lugar, como en ningún otro, no podemos perderle el rastro ni un segundo. No duramos más de tres minutos. Nos fuimos, entre sonrisas cómplices –en esos momentos nuestro juego ingresaba en un paréntesis-, cuando un joven con voz de locutor que vende publicidades anunció por el sistema de sonido la salida de un catamarán.

Dentro del coche, luego de acomodar al bebé en su silla, decidimos recorrer dos kilómetros de ripio, para ver qué tal estaba la bahía con playa que anunciaban en la entrada. Aclaro: Ellos dos no querían, probablemente para llevarme la contra. Eran las cinco de la tarde y no daba volver a la cabaña. Durante la mayor parte del día había llovido y el cielo no terminaba de mostrar su color azul. El bebé se pone a berrear. Un quejido lastimoso que luego de unos minutos pone a prueba tu sistema nervioso. Un par de días después nos daríamos cuenta que en varias de las ocasiones, Pedro nos estaba tomando el tiempo, pero aquella tarde, mientras los neumáticos del coche comían piedra en una pendiente bastante peligrosa, estábamos convencidos de que estaba fastidiado, acalorado, harto de ir de acá para allá enjaulado en su silla. Del quejido pasó al llanto. La madre y yo enseguida nos pusimos de mal humor. Cruzamos algún dardo. Qué lindas las vacaciones. Los cuatro estábamos por entrar de cabeza en una crisis nerviosa cuando a nuestra izquierda se abrió, como un telón luminoso, el sendero que nos llevaría a nuestro paraíso.

Se tornó muy peliagudo contener tanta belleza con solo dos ojos. El espejo de agua verde, una playita de unos treinta metros, una zona de parillas cubiertas por un techo de chapa acanalada, una proveeduría y dos baños. Ningún cartel, ni anuncios pomposos, ni marquesinas de colores, ni nada que remita a la pomposidad capitalista. Solo la naturaleza y una discreta intromisión humana. Nos recibió un joven con campera deportiva, gorra y el rostro castigado por el sol.

“De quién es todo esto, che”, preguntamos, luego de saludar. “De un alemán”, dijo, con un gesto de resignación. “Lo tenemos concesionado”, agregó. Santino, quizá intuyendo que en cualquier momento al pibe le decíamos “qué barbaridad, y ahora con Macri olvidate que el Estado se ocupe de regular estas animaladas”, se dispuso a bajar la última pendiente en dirección a la playa. El joven nos cobró cien pesos por el ingreso de los tres (costaba cien por persona).

Descendimos con el bebé, el termo, el mate y las mochilas. En las parrillas no había un alma. En la orilla, solo dos familias. Nos acomodamos en la playa, que no era de arena, sino de piedras. Todo allí era de piedra. Dentro y fuera del agua. Soplaba un viento frío que puso en duda el chapuzón que había que darse en el agua, a la vista helada, y muy parecida de los lagos naturales de nuestra Patagonia. Pero las dudas no nos iban a doblegar. ¡Cómo no zambullirse! ¡¡Estábamos de vacaciones!!

El agua, al final, no solo era cristalina, sino también reconfortante para nuestro cuerpo acalorado y lleno de polvo del ripio y las rocas de la sierra. Con Santino nadamos una y otra vez a lo largo del agua delimitada entre la orilla y unas bollas, diez metros adentro. Nuestras brazadas y patadas generaban un efecto de eco que rebotaba a nuestro alrededor como un tambor gigante. Todo era piedra y pero ahora también cielo azul. Por arriba de la cadena montañosa de enfrente, el sol nos trasmitía un mensaje: la tarde es toda de ustedes. El bebé, junto a su madre, nos miraba perplejo. Sacudía los brazos, pegaba gritos, daba unos saltitos desparejos sobre las piedras.

Unos minutos después, los cuatro nos sentamos sobre una toalla, con los pies adentro del agua y el sol tibio sobre la piel de la cara. Rocío cebaba el mejor mate del planeta. Teníamos un paquete de galletas dulces. Fueron diez, quince minutos. Yo acariciaba la cintura de Rocío por detrás de su espalda, mientras ella a su vez deslizaba sus dedos sobre los incipientes rulos de la cabeza de Pedro. El silencio del lugar se hacía añicos solamente con el graznido de un pájaro que cruzaba de lado a lado del lago. Hasta que Santino se puso de pie y arrojó la primera piedra al agua.

En invierno habíamos andado por un embalse similar, pero en lo alto, en la ruta, sobre un puente, y habíamos jugado a “hacer patito”, un viejo y ¿criollo? pasatiempo, que si creciste en una ciudad, y tuviste un amigo, padre o maestro de colonia, en algún viaje o escapada a un río, tuviste que conocer y disfrutar. Ahora teníamos a nuestra disposición un lago de película, tan manso que parecía de hielo, y cincuenta millones de piedras. Al bebé, en los días previos, ya le habíamos inculcado el gusto por arrojar piedras en las acequias mendocinas y arroyos puntanos, y en especial, admirar el “plop” que ahora sonaba con una profundidad única.

Tiramos una, dos, diez, cien, diez mil piedras. Rocío también se sumó. El desafío era lograr que la piedra se mantuviese en el aire limpio de la tarde, mientras picaba rasante una y otra vez sobre el agua de color verde. Había piedras chatas por todos lados, pero en especial debajo del agua, que las erosiona con la fuerza del irreversible paso del tiempo. El bebé quiso tirar. Y eso hizo, con una fuerza notable. Fueron treinta, cuarenta, cincuenta minutos de juego, que también incluyó competencia de fuerza -quién las tiraba más lejos- y puntería -había que darle a una boya-.

En un momento, con Rocío nos miramos y nos dimos un beso. El joven a cargo de la concesión es probable que haya visto la imagen desde su oficina de chapa, cubierto del sol que no le daba respiro ni un minuto del día. Un turista que estaba a veinte metros, con una remera estampada con el logo de los equipos de música Marshall, también nos pudo haber visto. Santino no nos vio, pero intuyó el acto por el sonido que produjo el contacto de nuestros labios. El bebé se nos pegó a las piernas, atento a todo.

El sol había descendido detrás del pico montañoso de la sierra del otro lado del lago. El cielo se había puesto rojizo. Era hora de comenzar a recoger nuestras cosas. Con Santi nos dimos otro chapuzón, en el lado trasero de la playa, donde se armaba una olla de agua muy profunda y oscura. Luego sí, nos retiramos, con las mallas mojadas. Saludamos al pibe del lugar y le deseamos una buena temporada, “a pesar de todo”. “Gracias, hermano”, nos dijo, y se golpeó el pecho. En ese momento una camioneta apareció por la pendiente de ripio. Eran dos amigos que se cocinarían un asado, bajo el telón estrellado de la noche. El lugar cerraba a las doce.

Dentro del coche, y camino hacia la cabaña en la que estábamos parando, ni Rocío ni Santino dijeron una palabra sobre la elección del lugar. Mucho menos de Jurasik Park. Para qué. Los tres se quedaron dormidos ni bien agarramos la ruta que nos llevaría a la cabaña.

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Con el nene en brazos

¿Qué haría el muchacho de camisa a rayas, que se hace el dormido cuando la ve venir, si un solo día de su vida tuviese que pedir una mano en el tren? ¿Y la venezolana que dice por teléfono que se va a encontrar con no sé quién en Miami, mientras la piba le ofrece el papelito escrito a mano? Una vergüenza. En la fila de enfrente, un hombre mayor la ignora por completo. Ella le ofrece la fotocopia del tamaño de un carné, y el otro sigue mirando al frente como si no la tuviese a treinta centímetros de su cuerpo, interpelándolo a través de un claro gesto corporal, como es estirar el brazo. Qué rata. Y como ese hay varios más. La invisibilizan. Deben ser los mismos que se quejaban de no poder comprar dólares durante el gobierno de la La Yegua, pero que ahora hacen pata ancha en los trenes con aire acondicionado. La mayoría de los pasajeros y pasajeras, de todos modos, por lo menos le dicen que no con la mano, o le sueltan un “No, gracias”. Y solo algunos le aceptan el papelito. Alguno incluso le pega una leída al texto escrito en lápiz negro, con un trazo inseguro y más de un error de ortografía, mas por aburrimiento que por intriga. Solo dos o tres personas le dan un billete o un par de monedas. Uno de ellos tiene el pañuelo verde a favor del aborto legal y gratuito colgado de la mochila. Solo en ese momento le escuchás la voz. Un “Muchas gracias” respetuoso y con un tono de voz grave que no coincide con la estatura y peso de la joven. Hasta ahí no había abierto la boca. No realiza una presentación en el medio del vagón, ni va hablando a medida que recorre los asientos. No pide, ruega, ni promete. Viste zapatillas, calzas y una remera. El pelo negro y largo lo lleva suelto. Solo camina, con paso apretado, y uno por uno pasa por los asientos dobles, estira el brazo con el papelito en la mano y te busca la mirada. Es un segundo, dos como máximo. Si no reaccionás, pasa al siguiente. A los que están de pie en las puertas de la formación también los encara, pero no pierde ni un segundo. Si lo agarras, bien. Si ni la mirás, también. Cuando llega hasta el final del vagón, pega la vuelta, y recorre una vez más las filas de asientos. El procedimiento siempre es el mismo y lo realiza a gran velocidad. Nunca está sola. Lleva en brazos a su hijo, un pibito que debe tener unos tres años. Quizá tenga algún problema físico, aunque no parece. Hoy le vi la cara, por primera vez, una vez que retiraron mi propia fotocopia y ella se alejaba de espaldas. Imposible no pensar en tus propios hijos, o sobrinos, nietos, de esa edad, tan vulnerable, tan dulce, tan desprevenido a las miserias del mundo. Sonreía por encima de los hombros de su madre. Observaba un punto indefinido del vagón, o del anterior, o incluso del otro, ya que ahora los trenes son muy largos, y limpios, y aparte a esa hora no iba lleno. Los pasajeros y pasajeras ganamos en calidad de servicio. Lo sé porque soy usuario de la línea hace mucho tiempo. Los y las trabajadoras ferroviarias también mejoraron sus salarios y condiciones de trabajo. Pero ahora las formaciones se llenaron de desagraciados como la joven madre que dos o tres veces por semana realiza su rutina silenciosa para llevarse unos pesos a casa. Quizá sea una atorranta que no quiere trabajar, como insinúan muchos y muchas de los que compraron globos amarillos. No creo, por que hay que estar ahí, eh. Cómo hace la flaca para tolerar la indiferencia, el desprecio, el ninguneo de quienes tenemos un buen pasar, a pesar de todo. Y cómo hace para sobrevivir con el dinero que le damos tres o cuatro sensibles. Otra vez: cualquiera de los que estamos volviendo a casa luego del trabajo, no toleramos ni unas horas calzar esas zapatillas y ese nene en brazos. Vuelvo al nene: Quizá no miraba hacia el fondo del vagón, sino deambulaba por los laberintos de algún bonito recuerdo, porque eso sí que tenemos todos y todas, y ningún vago con aires de patrón nos lo puede arrebatar. Cuando el tren arribó a la estación Belgrano R, la joven madre realizó un movimiento de cabeza, como si buscase a alguien en el andén de enfrente. Luego se bajó, junto a unos cuantos bien pasajeros y pasajeras de la zona vestidas con ropa de shopping. El tren arrancó. Yo pensaba en la importancia que tiene el Estado para igualar oportunidades. Qué sabrán los miserables que defenestran el rol del Estado acerca de las necesidades que pasan tantos y tantas. La vi del otro lado del vidrio, mientras el tren ya se había puesto en movimiento. Afuera hacía calor. Adentro estaba muy agradable. Ella, con un veloz y certero movimiento, se pasó al nene del brazo a los hombros, para que quede sentado a caballito. Luego levantó la vista y aún sin verlos, sé que se miraron, porque ella sonrió.

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Un gran remedio para un gran mal


Cuando bajé del tren, Rocío y Pedro me estaban esperando en la esquina de Famacity, como otras veces. Ella me sonrió ni bien cruzamos la mirada. Él, al verme con la ayuda del brazo en punta de la madre, contorsionó el cuerpo, arriba del cochecito, preso de una emoción conmovedora. En seguida nos cruzamos a una vecina, que iba al Ruidazo. Nosotros no teníamos planeado ir. Ya eran las 20.20, hacía calor, pero no podíamos faltar.


Ni bien salimos del túnel escuchamos el insistente y duro sonido de los martillos contra el hierro de los carteles de señalización del tránsito, los semáforos, alguna persiana. También el de los cucharones contra las ollas y sartenes. Las palmas, los silbatos. Luego de caminar unos metros más, llegamos al punto de la convocatoria: Balbín y Goyeneche, a tres cuadras de la subida a la Panamericana y a escasos metros de una de las dos bocas del costoso túnel construido por Larreta. Unos doscientos vecinos y vecinas colmaban la esquina. Con Rocío nos miramos. No estaba nada mal. Al bebé lo cargamos en brazos. Tenía el cuerpo tenso, los ojos abiertos como un animalito en estado de alerta. El ruido, a nuestro alrededor, por momentos era ensordecedor.

El esquema de la protesta era sencillo y estratégico: cuando el semáforo cortaba el paso del tránsito que venía por Goyeneche, una buena parte de los manifestantes copaba la calle y de cara a los coches y colectivos levantaba bien alto las cartulinas y carteles hechos a mano, entonaba las consignas, le pegaba al bombo leguero, al cencerro, aplaudía, flameba banderas argentinas. Luego todo el mundo volvía a subir a la acera, que en ese punto del barrio es un espacio verde, una plazoleta, para dejarle paso al tráfico, que en muchos casos mostraba su apoyo con bocinas y brazos levantados, y en otro, un fastidio que se expresaba con el chirrido de gomas o la marcada aceleración del motor.

Fui para allá. En seguida cortó el semáforo. Dos vecinos arengaban al resto para que copemos el asfalto. En esa especie de pogo vecinal, en el que se armaba un rectángulo en movimiento, la temperatura ascendía varios grados. Encontrarse en los ojos de los vecinos y vecinas mientras nos llenábamos la boca de insultos contra el presidente, fue muy grato. Una descarga que necesitábamos como un mendigo un poco de pan, como dice Ciro Martínez en una bella canción. Hace tres años que rumiamos rabia e indignación entre los nuestros, los pares, las relaciones sociales y con suerte laborales, pero cuando nos juntamos con el otro, la otra, a quien no conocemos, y entablamos un vínculo aunque sea ocasional por el rechazo visceral por el Gobierno, la ecuación cambia. Y el estado de ánimo, también. Pasás de la impotencia a la euforia. Luego vendrá la organización, vital para pensar en cualquier plan para el futuro, pero estar ahí, alrededor del primitivo fuego de la protesta, junto al de al lado, con los puños cerrados, la voz ronca y los ojos humedecidos por la bronca, resultó ser un gran remedio para un gran mal, como reza una frase célebre del enorme Indio Solari.

En la plazoleta, Rocío hablaba con la vecina que nos habíamos cruzado hace un rato, atenta a los movimientos del bebé, que ahora deambulaba por arriba del césped, entre las piernas de los vecinos y vecinas que le pegaban con ganas a un sartén o pizzera, o aplaudían. Las sirenas de la policía, que había cortado la calle, bañaban de azul la zona. Sonaban bocinas por todos lados. Muchas para apoyar la protesta, y la gran mayoría porque querían avanzar, llegar a casa. Desde los colectivos, algunos pasajeros saludaban, aplaudían. El resto observaba un espectáculo que se multiplicaba en varios puntos de la Ciudad: una parte de los sectores medios manifiestan su rechazo a un gobierno cínico y despiadado.

Es hora de irse. Hay que bañar al bebé, darle de comer. Pero él sigue dando vueltas, con con sus paso cada vez más firmes. La tensión que hace un rato le endurecía el cuerpo, se convirtió en algarabía. Va y viene. Grita. Se ríe. Nosotros vamos atrás, como corresponde para dos padres de un nene de un año y dos meses. Frena ante una parada de colectivo que nadie usará por un rato, ya que Goyeneche está cortada. A sus pies hay algunos escombros. Inclina su torso, sin torcer las piernitas, como si fuese de goma, y agarra un pedazo de ladrillo más grande que la palma de su mano. Y le pega al caño. Una, dos, tres veces. Y nos mira. Busca nuestra aprobación. Nosotros le sonreímos, por supuesto, y con una complicidad que él no capta, nos miramos entre nosotros, tragamos saliva y nos secamos las lágrimas con los dedos.

Unos minutos después, regresamos a casa por Goyeneche. El calor es agobiante. Son las 21.05 de la noche. Valió la pena darse una vuelta. Tenemos el ánimo colectivo bastante más fuerte que hace un rato. Y un hijito que entendió todo.

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la tormenta perfecta

es cierto, mi amor
aquella fue una tormenta perfecta
la recuerdo bien
el cielo de ferrugem se oscureció
como un pantano de petróleo
luego abrió sus fauces
y vomitó toneles de agua
el viento sacudía los postes de luz
el pueblo se quedó a oscuras
y un rato después, nosotros
acodados en la baranda del balcón
apreciamos en silencio
la laguna de color grisácea
el perfil del morro
el oscuro verde de la selva


pero hoy disiento con vos, mi amor
te voy a corregir
perdoname
la rebeldía me quema
el esófago
la tormenta perfecta
es la que diseñaron ojitos de cielo
y sus amigotes
del newman
nos volvieron a endeudar hasta el cuello
fugaron cientos de miles de bolsos
redistribuyeron el ingreso
que tanto había costado distribuir
los tarifazos
la hiperinflación
el cierre de pymes y fábricas
creció al doble el desempleo
persiguen opositores
los encarcelan
pergeñaron una de las operaciones
más macabras de la historia nacional
alrededor del artesano maldonado
una vez que se les murió
o mataron
en el río chubut
mienten como nunca nadie lo hizo
jamás
bailan, dicen barbaridades en la tele
no tienen moral
ni patria
pero sí votos
y un consenso más amplio
del que esperaría
cualquiera con dos dedos de frente


esa es la tormenta perfecta, mi amor
cómo se desarma semejante atrocidad


pero es cierto
ni él ni nadie nos va a quitar
el recuerdo de aquella noche
cuando la calma
se volvió a apoderar
de la naturaleza salvaje
del pueblo
sin luz articial
y vos y yo
perdidos en una playa
con plantas que tienen forma de orejas de elefante
luego de leer cinco minutos
bajo la oscilante luz de una vela
nos desnudamos
y supimos
sin decirlo
que al volver a casa
compartiríamos el mismo techo

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Son mis maestros

Marcos y mi segundo hijo, cuarenta años después.
Dos hechos inspiran este relato. Uno: el día del maestro/a (y todo lo concerniente al ataque que están recibiendo los gremios docentes de parte de la Alianza Cambiemos y su fenomenal dispositivo de propaganda), y dos: la presencia de dos de mis maestros en la presentación de mi primera novela, hace unos días, en el Instituto Patria.

Tanto Marcos como Ricardo fueron mis maestros durante mi infancia. Ambos trabajaban en una institución de la colectividad judía, “El Hogar”, al que yo asistía por las tardes, luego de ir durante la mañana a la escuela pública República Dominicana, sobre la avenida Congreso –es uno de esos establecimientos que tienen todo el frente decorado con ladrillos naranjas-, en los límites de los barrios de Belgrano, Núñez y Saavedra.

Se trataba de un hogar, efectivamente. El edificio ocupaba una buena parte de la calle Vidal y el terreno se extendía hasta la mitad de la manzana. Dos pisos, grandes ventanales, un pesado portón de ingreso y todo el frente revestido con mármol negro. Una vez adentro, un gran hall de recepción conectaba con la oficina de la dirección, la secretaría y el aula de los más chiquitos. Luego de traspasar una puerta de vidrio esmerilado, había un pasillo que a los costados tenía unos baños y una escalera –también de mármol, que ascendía al primer piso-, que desembocaba en el comedor. Desde las ventanas de aquel enorme ambiente, que también se utilizaba como salón de actos, se podía apreciar uno de los espacios más concurridos y sonoros del edificio: el patio a cielo abierto, muy amplio, en el que convivían una pequeña granja con conejos y gallinas, una huerta, un arenero con juegos de plaza, un par de bebederos y una canchita con piso de cemento en la que jugábamos a la pelota hasta que nos pegaban el grito de que había que cortar.

En el Hogar hacíamos la tarea de la escuela y tomábamos la merienda. Aparte, durante la semana, teníamos talleres de teatro, huerta, plástica y otras actividades. Durante el año celebrábamos, de un modo nada ortodoxo, el calendario de festividades de la colectividad judía. Teníamos excursiones y en el verano, la colonia.

En el primer piso había más aulas, baños y un corredor que conectaba a las habitaciones, en las que dormían algunos de los chicos y chicas con los que compartíamos sala. Para ellos El Hogar era más que un lugar de paso y contención: era su casa. Allí vivían, ya sea porque sus familiares estaban lejos, porque no contaban con ellos, o porque no existían. Esa era la función central del Hogar, desde que fue creado por la comunidad judía, durante y luego de la segunda guerra mundial, en beneficio de las cientos de familias que llegaron al país. Allí se dejaba a los hijos, mientras se trataba de de construir una nueva vida.

Marcos y Ricardo fueron maestros míos y de mis compañeros/as en distintos momentos. El primero cuando tenía cuatro, cinco, seis años. Fueron los días en los que el Estado argentino ejercía el terrorismo sobre la militancia política y gremial. Y le tocó a mi padre, que militaba en Montoneros. En el Hogar –tanto los directores, como Marcos, que era el maestro de mi sala-, junto a mi madre y su pareja, dedicaron enormes esfuerzos para contenerme a mí y a mis emociones. Me contaron todo, sin filtros, ni mentiras. Entonces era muy riesgoso para todos que yo abriese la boca en el lugar o momento equivocado.

Recuerdo unas fotos, a color, en las que estoy con Marcos y su novia de aquel momento. En una plaza. Aferrado al pasamanos, con las patas en el aire, en un arenero. Juego con la ingenuidad de un chico, por supuesto. Sonrío. Pienso ahora en aquella sensibilidad de mi maestro. En aquella compasión, en aquel acompañamiento. No hay fibra más sensible que la que despierta un nene/a en una situación de vulnerabilidad. Lo sé hoy. Valoro de modo profundo aquella contención afectiva.

Recuerdo otras fotos, de una colonia, en Benavidez, también capturadas por Marcos, que ya en aquel momento sacaba fotos. Qué precioso acto de libertad era asistir a aquellas jornadas de vacaciones. Así los vivía. Así los rememoro. El verde intenso del césped y los árboles. La tierra. Los almuerzos en el comedor, con todos allí adentro en malla y ojotas. Los juegos, con o sin pelota. Y la pileta, ese paraíso irremplazable. Nunca olvidaré la ansiedad con la que esperaba el colectivo escolar de color naranja, en la esquina de casa, todas las mañanas, ya con la remera musculosa pegada a la piel por la intensidad del calor, y el cielo azul recortado en lo alto, entre los edificios de Belgrano.

Ricardo fue mi dos o tres años después, antes de nuestro exilio a Israel, hacia finales de la dictadura. Ya estaba un poco más grande y no hacía falta que mi familia o mis maestros intentasen persuadirme de lo poco conveniente que era abrir la boca en determinados momentos o lugares en relación a mi padre asesinado. Ya lo había entendido. Aparte, otros intereses habían comenzado a ocupar mi pensamiento: una chica del grado. Fue con él que con los compañeros y compañeras del Hogar viajamos a Bariloche. Uno de mis viajes de iniciación, sin dudas: por la naturaleza exuberante de aquella zona lejana de mi país, por las vivencias y conversaciones con los grandes y adultos al calor de una fogata, en una caminata por un bosque, por el contacto con la nieve, por las cabañas de madera, por los puentes hechos con sogas sobre los riachos de agua cristalina y helada. Todavía atesoro las fotos y los recuerdos.

Ricardo siempre supo mi historia, la militancia de mi padre asesinado y también del compromiso político de mi madre y mi segundo padre con la realidad nacional. Él, como Marcos, y los directores, eran muy conscientes de la tragedia que había sufrido el país, no solo por el genocidio de una generación, sino también por el plan económico que había instaurado la junta militar. También eran conscientes, del riesgo que implicaba darle una mano a una familia que tenía militancia política o gremial por aquellos años.

Ricardo fue uno de los hombres que abracé con más desesperación cuando falleció uno de mis dos mejores amigos, en 1986, cuando ya habíamos regresado del exilio y yo estaba en tercer año del secundario. Ese pibe, de nombre Pablo, había pasado, durante mi ausencia, por otro proyecto educativo de los ex directores del Hogar, llamado La Aldea, ya no como asilo o un espacio para talleres y otras actividades, sino como una escuela de enseñanza oficial. Funcionaba sobre la calle Cramer, a pocos metros de la avenida Monroe. Por medio de mi otro amigo, se había hecho amigo mío. Nunca olvidaré ese dolor, y ese abrazo, frente a la casa en la que vivía Pablo, en la zona del hospital Pirovano.

Casi cuarenta años después, mis dos maestros y yo coincidimos en el Instituto Patria. Podría hablarse de una coincidencia, pero no lo es. La historia de militancia que narro en mi novela, no es producto de una imaginación sin límites, sino que tiene que ver con mis elecciones de vida y con mi experiencia personal. La presencia de Marcos en la presentación tampoco es casualidad. Estuvo ahí para acompañar mi presentación, a pesar de complicaciones de todo tipo, porque me sigue queriendo como al nene de cinco o seis años. Ricardo trabaja en el Patria. Allí coincidí con él, luego de haberlo encontrado, dos años antes, en Tecnópolis, donde tenía una responsabilidad política y técnica en el funcionamiento del predio.

Nada es casual en esta historia. Son dos maestros que lucharon toda la vida por las causas justas. Por la memoria, la verdad y la justicia, allá lejos. Contra las políticas neoliberales que nos llevaron a una crisis terminal, en otro. En defensa de un gobierno popular, ante el ataque despiadado de los sectores dominantes, hace no tanto tiempo atrás. Y en contra del ajuste, el cinismo y la persecución, en estos días. Es muy probable que, como maestros, padres, o ciudadanos a secas, siempre hayan tenido gestos de grandeza con sus alumnos, o simplemente, “el otro”. Son dos maestros. Mis maestros. Iguales o parecidos a los que organizan ollas populares en los barrios humildes para que cientos de pibes puedan comer un plato de fideos, mientras los funcionarios del Estado sobreactuan una sensibilidad que nunca tendrán, en la televisión.

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Otra vez en La Imposible


El viernes 14 de septiembre, por la tarde, fui una vez más al estudio de la radio de los Hijos e Hijas, La Imposible. Esta vez, invitado por Conrado Geiger, el compañero que de lunes a viernes sostiene un programa vespertino en el que la cultura y la política se llevan todo el protagonismo. Conversamos sobre mis libros anteriores, y en especial sobre mi primera novela El predicador invisible, el proceso creativo de un texto que a diferencia de otras publicaciones, es de largo aliento, del cruce entre la realidad y la ficción, el desafío de sostener la verosimilitud, las correcciones que fui realizando para que el texto dejase de ser una oda a la militancia para convertirse en una ficción en la que los personajes fuesen de carne y hueso, y no de bronce, y también hablamos de mi pasado musical, y hasta de mis dos apellidos, en especial el de sangre, que siempre es motivo de comentarios y suspiros. También conversamos, fuera de aire -y siempre con un mate de por medio- sobre la militancia de Conrado en San Fernando, donde también milita mi prima Guadalupe Dios, y en la que gobierna el Frente Renovador.

Ir al edificio de los Hijos y las Hijas siempre me despierta una emoción. Ir al Espacio Memoria y Derechos Humanos siempre me conmueve. Trabajé allí, muchos seres queridos siguen ahí. Conozco a muchos de sus hacedores y hacedoras y varios de sus edificios, rincones e historias. Allí adentro siempre se respira un aire distinto. En mi caso, de inspiración, de ganas de vivir. Más aún cuando el gobierno era nuestro, del pueblo, de los organismos de derechos humanos, de los sobrevivientes, por supuesto, pero también ahora, cuando el hastío y la indignación nos atraviesan a todos y todas, y son tema ineludible en cualquier conversación y saludo. No hay dudas: estamos viviendo una tragedia. Pero aún así sus edificios y calles siguen luciendo la fuerza y belleza de siempre, a pesar de que el Estado nacional no está bajando los fondos que se necesitan para sostener el predio abierto. Por primera vez en su historia, desde que funciona como Espacio de Memoria, los trabajadores/as del Ente sufrieron un retraso de varios días en el cobro de sus salarios. Hay mucha preocupación y las banderas del gremio estatal ATE pintan de verde las rejas y ventanas de los edificios y calles. Los funcionarios son ahora son parte del enemigo. Los y las trabajadoras la están pasando muy mal, pero están organizados y están todos y todas de este lado de la grieta. No nos vencieron. No nos vencerán ahora tampoco.

Conrado, sobre el cierre de la entrevista, me hizo un regalo precioso. Lo apreté con el brazo, contra mis costillas, cuando bajé las escaleras, cuando le saqué una foto al mmural de Santiago Maldonado, cuando saludé a un grupo de estudiantes de la tecnicatura de periodismo -que se cursa en el edificio de los Hijos e Hijas y que el Gobierno decidió cerrar-, mientras tomaban unos mates en unas mesas que hay en la entrada del edificio. Más adelante, en dirección al Archivo Nacional de la Memoria, al que fui para saludar a un par de seres queridos, saqué una foto. En esa explanada, hace no tantos años atrás, Néstor y Cristina, con el pecho inflado de orgullo por saberse al frente de un proyecto liberador, enfilaban para el flamante Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, uno de los tantos espacios que tiene el predio para defender y promover en nuestro país, la memoria y los derechos humanos.

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Anotaciones imprescindibles sobre la producción de mi primera novela



Esperaba con ganas la llegada de los viernes, no tanto por la inminencia del fin de semana, sino porque ese día, luego del trabajo u otras obligaciones, había taller en lo de Vanoli. Una discreto chalet de dos plantas, en La Paternal, aflautado, con jardín y parrilla en el fondo, en la que nos juntábamos a aprender a escribir una docena de hombres y mujeres de entre 30 y 40 años, que en algunos casos veníamos de hacer un taller anterior, y en el que aparte de estar de unidos por un mismo deseo –de eso se trata también un taller literario: descubrir hasta dónde nos conmueve y moviliza la escritura, y si estamos dispuestos a convertir la actividad en una vocación-, también había un recorrido común en la UBA y posicionamientos políticos mas o menos parecidos. Yo ya militaba en el kirchnerismo.

En general nos acomodábamos en la mesa del comedor diario de la cocina, bajo la luz de una lámpara, con vista al césped del fondo, pero hubo una época en la que nos esparcíamos en el living, frente a la biblioteca que el dueño de casa tenía adosada a una de las paredes, al pie de la escalera. Vanoli siempre nos recibía con algo para beber y picar. Nosotros, por nuestra parte, aportábamos alguna botella de cerveza o vino, y un paquete de saladitos o queso mar del plata.
Hernán Vanoli contagiaba respeto y entusiasmo por medio de tres virtudes: prepotencia de trabajo, talento y sabiduría. Era joven. Más que yo, por lo menos. Ya tenía publicado el libro de cuentos Varadero y Habana maravillosa y la novela Pinamar, que abordaba, por medio de la relación de dos hermanos, la crisis del 2001. Fue él quién en alguna de las reuniones, tiró una definición que ahora vuelve a tomar relevancia, con la publicación de mi primera novela: “Desde la ficción se suele dejar algo de tiempo para poder abordar, a la distancia, un importante proceso político como los que cada tanto sacuden a la Argentina”.

En quince días el tipo se leía todos nuestros textos y nos devolvía una serie de observaciones que en general resultaban muy provechosos para que el trabajo gane espesura literaria. En general, los alumnos y alumnas estábamos en un mismo nivel, o parecido, y las anotaciones que el profesor devolvía en hojas impresas, le servían al conjunto. “¿No era el Tano el que se había quedado dormido dentro del túnel que habían construido los ex montoneros en La Falda, Córdoba’”, lo interrogaba a Fede, uno de los pibes del taller, estudiante universitario, meticuloso, con mucha facilidad para narrar. “Seeee, tenés razón”, asumía el otro, y se daba una palmada en la frente. Hernán tenía una capacidad notable para retener nombres, fechas, escenarios y nudos argumentales. Y mucho oficio, claro: sus sugerencias, acerca de los personajes, puntos de vista, tramas, giros narrativos y otros recursos, solían ser certeros. Tres años y monedas fui a su taller.

Fue en ese marco, allá por finales del 2011, que Vanoli -32 años, un metro noventa de altura, hincha de Boca y 9 de área dentro de una cancha de fútbol- me propuso que me anime con el desarrollo de una novela. “Un texto de largo aliento”, fueron sus palabras, con un cigarrillo rubio colgado en la comisura de los labios. Acepté el desafío. Tenía la historia. Solo había que escribirla.

Cuando alguno de nosotros cumplía años –no exactamente ese viernes, sino durante la semana que terminaba o la que vendría-, la jornada de taller podía durar hasta la madrugada. Si hacía frio, en la cocina, dividida en dos por una barra que siempre se llenaba de botellas, y junto a algunos amigos del dueño de casa que también estaban vinculados a la escritura, por medio del periodismo o la edición, la corrección y también la traducción, y que caían un rato antes de que terminarse la clase. Había uno de pelo y barba muy larga, que siempre vestía camisas leñadoras y llegaba con alguna bebida blanca debajo de cada brazo. Pesadas nubes de humo de tabaco y hierba flotaban en el ambiente. En un equipo sonaba rock ingles. Los temas de conversación que mas animaban aquellas tertulias eran el fútbol, la política, el cine y la literatura. Diego Vecino, cotallerista de Hernán en los inicios del taller, era uno de los que caían con una sonrisa de oreja a oreja y una botella abajo del brazo. Fue también, uno de los dos referente de la literatura que me acompañó, en 2010, en la presentación de mi primer libro de cuentos, en la sede original del Club Cultural Matienzo.


Entre los hombres, sobre las mujeres. Lo recordaré siempre: hasta la muerte de Néstor, en esos ámbitos, me sentía un predicador invisible, al defender las medidas del gobierno kirchnerista (no es casual el nombre que Vanoli me propuso para la novela, y que yo acepté con gusto). No me mataban, pero sí se ponían muchos peros. Luego del 27 de octubre de 2010, el acompañamiento a nuestro gobierno, fue unánime. En 20177, todos y todas votarían a Cristina.

La llave que abrió la puerta para que pudiese sostener el volumen narrativo de la novela se llamó Escaleta. Me lo propuso Vanoli para planificar la escritura del texto. Yo nunca había escuchado el término. Viene del cine, contó. Se parece a un guión, justamente, cinematográfico. En una hoja aparte, había que detallar, capítulo por capítulo, escena por escena, qué dice y hace cada personaje. De esa manera, el la estructura de la historia iría tomando forma. Al tiempo me iría dando cuenta de otra realidad: Todo lo que se puntease en ese gran ordenador, debía abastecer la trama. Si así no fuese, esa escena, ese diálogo, esa descripción, estaba de más.

En el invierno de 2010 yo había debutado con un libro de tres cuentos. Una novela corta -o cuento largo- y dos cuentos cortos. Ya era bastante para mí, que había empezado a escribir en 2006. Y durante el primer año de taller con Vanoli había producido otros textos que luego terminarían formando parte de mi segundo libro de cuentos -esta vez serian diez, y sería publicado en 2015-, pero mandarse con una novela era un asunto mayor.

En el lapso de un año, el texto tomó forma. Con la escaleta arriba de la mesa, avanzaba con la escritura de una historia de militancia bastante autobiogáfica, en la que se combinaban mundos como la política, el fútbol, el sexo, la música y el periodismo. También el policial, o la violencia, un elemento que nunca falta en mis historias -y que en impera, en general, y por distintas razones, en los barrios humildes como el que había elegido como escenario para mi novela-.

El último capítulo, lo recuerdo muy bien, lo vomité entre una clase y otra. Fueron días afiebrados, en mi departamento de soltero, con o sin mi hijo que en aquel momento tenía unos ocho años y que dormía en un futón que teníamos en living. Hernán, en la clase, al hacerme la devolución, me dijo: “caíste por la pendiente narrativa, felicitaciones”. Sabía de lo hablaba. Conocía muy bien esa fiebre, ese combustible que empuja a todo narrador a escupir durante varias horas seguidas líneas y líneas de texto.

En el taller logramos un clima de fraternidad y confianza muy especial. En algunos casos, con los que tenía mayor afinidad, en las noches de asado y alcohol, cuando se baja un poco la guardia, o del todo, nos contábamos intimidades de nuestras vidas, las relaciones afectivas, los deseos, miserias y obsesiones. Poníamos el oído y en algún caso también el hombro. Las despedida de las clases siempre se realizaban en el living. Era una ceremonia que llevaba un par de minutos y que incluía la posibilidad de llevarse un libro de la biblioteca. A veces, el expendio era a medida del alumno o alumna. Había un autor para cada uno, y en cada época. En el taller también conocí a muchos autores y autoras, y también aprendí a leer.

En algún momento Vanoli se separó, y mudó. El nuevo nido del maestro quedaba cerca de los tribunales porteños, en el centro. Para mí ya no era lo mismo. Las calles y casas bajas de La Paternal, los espacios para estacionar, el pío de los pájaros, el ida y vuelta a mi casa, serpenteando por la zona de Agronomía, no era una moneda intercambiable. Se había cumplido un ciclo. Él mismo nos venía diciendo: “alguna vez hay que cortar con el taller y animarse a poner en práctica todo lo que aprendimos, sin la necesidad de tener enfrente a uno que te avale u observe tu ficción”. Eso también lo pintaba de cuerpo entero. Y eso hice. No volví a ir a un taller, aunque a veces tengo ganas. También nos impulsaba a abrir un taller propio.

La novela, desde aquella primera versión, cerrada a comienzos de 2013, sufrió tres correcciones, siempre para mejor. La última, el verano pasado. Ya no gobierna nuestro proyecto político, y estamos en manos de una dirigencia que lleva a nuestro país hacia el desastre. Quizá por eso, entre otras razones, El predicador invisible sea ya no solo una historia de ficción que narra una experiencia de militancia política en un barrio humilde, con todas sus luces y contradicciones, sino también, uno de las primeras novelas que abordan un proceso político disruptivo y esperanzador, con las herramientas de la literatura.

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Un hechizo casi inexplicable





Para Tino 

Javier y los tres chicos bajaron por la callecita de tierra y en pocos minutos la casa quedó a sus espaldas. Frente a ellos se conformó una postal que los dejó mudos y con la boca abierta: el curso del arroyo, el potrero, más atrás la ruta y en el fondo -de punta a punta del horizonte-, el campo de rastrojos, todo estaba bañado por la luz plateada de una luna llena que partía al medio el cielo limpio y helado. 


Recién volvieron abrir la boca cuando Javier les llamó la atención con un chistido, mientras se agachaba y se tapaba la boca con el dedo índice. 

- Qué pasa, ¿Papá? – lo retó alarmado Tupak, su hijo de 15 años.
- Shhh... Paren el oído.
Los tres lo miraban, expectantes.
- ¿De dónde viene ese sonido? –preguntó el padre.
Se trataba de un tamborileo. Algo que por ahí nomás se movía de modo incesante.
- El agua del arroyo –dijo Ema, el más grande de los tres. Ya estaba en primer año de la facultad.
- Exacto –dijo Javier.


Desde el lugar en el que estaban se podía apreciar el cauce del arroyo, que se extendía hacia la derecha, entre los matorrales y los pastizales conocidos en la zona como “Colas de zorro” que asomaban a los costados. A la izquierda estaba el puente. Hacía ahí se dirigieron. 


- Esa foto es imposible de sacar, ¿no? – dijo la única chica del grupo, Valentina, de doce años, mientras apuntaba con el brazo hacia el arroyo. Ahora lo tenían cinco metros debajo de sus pies. Por ahí habían llegado en los coches, hacía dos días atrás. Era de noche, como ahora, pero no había luna llena. El movimiento y brillo del agua, ahí abajo, parecía una serpiente de color plata. 

A sus espaldas escucharon el graznido de un pájaro. Dieron vuelta los cogotes para verlo, pero ninguno lo logró.

- Hoy hay más agua que ayer – señaló Tupak.
- Es cierto –coincidió su padre -. Debe ser por la lluvia de hoy a la mañana, que ahora desciende desde las sierras.

Luego de arrojar algunas piedras al agua, se encaminaron hacia la ruta. A su izquierda y a lo lejos, se erigía silenciosa una enorme muralla de tierra, piedra y una flora seca, árida, aparte de distintos bichos y animales: las sierras. A pesar de la noche, y gracias a la luz blanca de la luna, desde allí se la podía apreciar con claridad.

- Parece el lomo de un elefante dormido – dijo Valentina.
- Es muy buena la imagen, eh – celebró Javier. Ya le habían comentado que a ella le gustaba la literatura.

Cuando pisaron el pavimento de la ruta, detuvieron el paso. El silencio era ensordecedor. No se escuchaba nada de nada. Se miraron
 entre ellos y sonrieron de modo contenido para no romper ese hechizo casi inexplicable. Los cuatro vivían en la ciudad, y si bien los chicos habían ido a varios campamentos con sus colegios, nunca antes habían estado en un paraje rural, tan alejado de las luces y los ruidos de la vida urbana. 

- Lo del puma que dice el abuelo es cualquiera – soltó Ema.
- ¿Qué cosa? –quiso saber su hermana.
- Que puede haber alguno por acá, a la noche.
- No creo, no –se sumó Javier -. Y aparte no se olviden que acá o cualquier otro lado, los animales tienen mucho más miedo de nosotros que nosotros de ellos.
- Mmm… no sé, eh –dijo Ema, que era petiso y petacón y fanático de Lanús y el Instagram.
- Yo si aparece uno corro hasta donde no me den las patas –dijo Tupak, y el resto largó una carcajada que tuvo mucho de gracia pero también de nervios.

El aire estaba helado. Los cuatro estaban enfundados en los camperones de tela de avión, tan típicos en la ciudad, tan poco frecuentes en la zona. Los varones más jóvenes tenían puesto un “cuellito”, que es como una bufanda pero más corta y menos anticuada, que se agarra al cuello. Valentina tenía guantes en las manos y polainas de lana en los pies. Javier un gorro de lana del altiplano, con orejeras y figuras rupestres. La luz plateada que bañaba la zona era tan intensa que podían distinguir una piedra entre los yuyos. O contar las ramas del árbol que estaba cincuenta metros ruta adentro, duro como un espantapájaros. O los tres hilos de alambre que separaban el campo del asfalto.

- Si soplase viento nos estaríamos congelando –supuso Javier.
- Está muy linda la noche – apuntó Valentina, que tenía el pelo largo hasta el ombligo y que hacía un rato, en la casa, había sorprendido al resto de los adultos, luego de la cena, en el momento que Javier preguntó “¿quién viene a caminar por la ruta con la luz de la luna?” y ella, sin esperar ni medio segundo, levantó la mano alzada y un convincente “Yoooo”.

Efectivamente, la noche era inmejorable. La temperatura debía morder el cero del termómetro que el abuelo tenía adosado al marco de la puerta de la cocina, pero se tornaba tolerable si uno estaba bien abrigado.

- Respiren hondo, sientan la pureza del aire – propuso Javier, antes de inhalar el aire frío, enviarlo con ganas hacia sus pulmones y luego de retenerlo con los ojos cerrados, largarlo hacia la noche, sin apuro. 


El resto lo imitó. Luego Ema se frotó las manos. Tupak se las entibió, con la boca, después de ponerlas en forma de olla. Al soplar, se armó una nube de humo azul oscuro a su alrededor.

- Creo que nunca estuve en un lugar donde el aire esté tan limpio – dijo Ema.
- Y tan frío – aportó Tupak.
- Y tan lechoso –aportó ella.
- ¿Qué es eso? –la cargó el hermano mayor.
- ¿Blanco? – la apoyó Tupak.
- Blanco, sí – confirmó ella.
- Como los colmillos de un puma – se rió Javier. Pero de inmediato se dio cuenta que el chiste no había generado gracia, sino más bien lo contrario. Entonces agregó: - Vamos, che. No está bueno que le teman a lo desconocido. No siempre tiene por qué significar una amenaza o un peligro.

Ema propuso caminar por la ruta, en dirección al vado que había mencionado el abuelo. El resto estuvo de acuerdo, a pesar de que los adultos de la casa habían pedido que no se alejen del puente. Los primeros treinta metros, hasta llegar a la curva, los hicieron en silencio. A su izquierda, en la parte más elevada del campo de rastrojos, el blanco de la lona plástica de una solitaria silobolsa brillaba como un diamante. A su derecha, y algo alejado por la curva que hacía el terreno, estaba el cauce del río. Los pastizales y las colas de zorro parecían pintados. La quietud era total. Cada tanto se levantaba una brisa casi imperceptible –y helada, eso sí- que le acariciaba los cachetes de la cara a los cuatro aventureros.

- ¿Ustedes se vendrían a vivir a un lugar como éste cuando sean abuelos? – preguntó Javier.
- Yo sí –dijo Valentina, con una sonrisa -. Me encanta San Luis.
- Yo también vendría – coincidió Javier.
- Vos ni en pedo –lo cruzó su hijo.
- ¿Por?
- Porque no quiero que estés tan lejos.
- Eh, pero vos ya vas a estar grande y vas a estar haciendo tu vida – se metió Ema.
- Claro, cuando yo me jubile vas a tener como cuarenta años, probablemente algún hijo, o hija. O dos. Incluso tres –tiró, divertido.
- No importa. No da que te vayas.
- Sos un grande, Tupa – se conmovió Ema y le acarició la espalda con la mano-. A mí me da cosa ver al abuelo una vez por año, dos como mucho, pero lo banco. Ahora lo veo bien, dejó de fumar, está menos cascarrabias. Cada vez que venimos nos da de morfar sin parar.
- Si no se iba de la ciudad, se enfermaba del todo -sentenció la nieta.
- Es verdad –coincidió su hermano.- Acá se armó el taller y hasta se colgó el banderín de Lanús. Le faltamos nosotros, pero tiene todo lo demás. 


Desde el punto en el que estaban parados se podía apreciar, cincuenta metros más adelante, la pendiente de la ruta, y el vado: el lugar exacto en el que el arroyo pasaba por encima del asfalto. A sus costados crecía una maleza más tupida que en el puente.

- ¿Vamos? – insistió Javier, con el brazo en dirección a la bajada. Por efecto de la luz plateada, se le notaban las arrugas que le ganaban la zona de los ojos. También el lunar que tenía en el pómulo derecho desde el día que había nacido, hacía ya unos 45 años.
- Vamos, dale – Ema estaba muy motivado. Era el mayor y no estaba dispuesto a mostrar ningún signo de debilidad.
- Vamos pero después nos volvemos, eh –aceptó Tupak.

El grupo volvió a ponerse en movimiento, siempre con las manos en los bolsillos y los ojos bien abiertos. La imagen que se formaba frente a sus ojos podría formar parte de un capítulo de la serie Walking Dead, en la que los zombies deambulan por los restos de las ciudades y carreteras de un mundo devastado por una epidemia. Javier pensó en mencionar la historia, pero prefirió callar. El vuelo de una bandada de cardenales les cortó la respiración. Pasaron rasantes, en dirección al sur y el sonido de sus graznidos perduró en el aire durante varios segundos.

El árbol que había más adelante, al igual que los que crecían en una elevación que había por encima del cauce del arroyo, tenían el color gris de la ceniza. Los pastizales y cardos –porque se trataba de una zona árida, y la sequía se profundizaba en invierno por la falta de lluvias- parecían vizcachas paradas en sus dos patas, en estado de alerta por la inédita presencia de los visitantes nocturnos.

- Desde acá ya no se van las luces de la casa –avisó Valentina, cuando llegaron a destino.
- Qué importa –dijo Ema.
- No importa, no. Solo hice la observación.
- Importa porque se ve mejor aún el cielo –dijo Tupak, con la cabeza tirada para atrás y los ojos perdidos en la noche.


El agua del arroyo cruzaba la ruta de derecha a izquierda. El caudal tendría unos diez centímetros de altura y recorría la zona sin prisa y sin pausa. Para pasar al otro lado, había que pegar unos saltos arriba unas bases de cemento rectangulares, que alguna vez habrían sostenido un paso peatonal. 


- ¿Quién se anima? – desafió Tupak.
- Yo – dijo su padre.
- Y yo – sumó ella.
- Vos no –la frenó el hermano-. Te vas a caer y te vas a empapar. Después los viejos me cagan a pedos a mí.

En el momento que Javier saltó por encima de los dos primeros bloques de cemento, algo se sacudió en los pastizales del lado derecho de la ruta, por donde venía el arroyo. Se trataba de una zona en la que la vegetación era más densa y más alta. Los chicos, mudos, endurecieron todos los músculos de sus cuerpos.

- Volvé, Papá.
- Deber haber sido un cuis, no se asusten -dijo Valentina.
- Qué es un cuis – dijo Ema.
- Es un tipo de roedor que anda por el campo –explicó la hermana -. En el fondo de lo del abuelo vi por lo menos dos.

Tenía razón Tupak. En ese punto del paseo los aventureros podrían haber visto y disfrutado la mayor cantidad de estrellas de sus vidas. Una constelación pinchaba con miles de agujeritos el telón azul oscuro que tenían sobre las cabezas, y conformaba una especie de red interminable de líneas, figuras y puntos de distintos tamaños. Pero estaban muy entretenidos con el cruce del vado. En especial Javier, que sin que nadie lo esperase, pegó otros cuatro saltitos consecutivos, con la gracia de un malabarista, y en seguida pisó la tierra húmeda del otro lado del arroyo.

Mientras el único adulto del grupo celebraba su proeza a los gritos y con los brazos levantados, del otro lado del arroyo, la maleza volvió a sacudirse a la derecha de los chicos. Con más fuerza que la primera vez.

- ¡Papá volvé!
- ¿Qué pasa? -dijo Javier, mientras imitaba un bailecito a lo jugador de fútbol colombiano.
- ¡Sos un tarado, papá, acá cerca nuestro se está moviendo algo! - Tupak había retrocedido sobre sus pasos.
- No pasa nada, amigo -lo quiso contener Ema.
- Qué no, andá a ver ahí cerca del arroyo.
- Yo voy -dijo Valentina, mientras se dirigía a la zona en la que se había movido la maleza.

Javier se había agachado y con las dos manos armaba un cuenco con para probar el agua helada del arroyo. Parecía una liebre. El sonido del movimiento del agua, en aquel lugar era más estridente que en la zona del puente, y producía una especie de ensoñación. Luego de atravesar el vado, el cauce del arroyo zigzagueaba hasta perderse en la negrura plateada del monte.

- ¡Venía para acá, nena! -le gritó el hermano mayor, pero Valentina ya se había metido entre los pastizales, y se abría camino con una rama que había levantado a un costado de la ruta.

La campera inflable de la nena, de color claro, ahora brillaba como una pantalla de cine en la que se proyectaba una película en blanco y negro. El pelo largo y lacio, le cubría parte de la espalda. Caminaba con prudencia pero también con convicción. Desde lo alto de la colina en la que había quedado la casa, llegó el ladrido de los dos perros del vecino del abuelo, y en seguida, con un efecto retardado, el motor de una motito, que se alejaba de la zona. Pero enseguida la quietud y el silencio volvieron a apoderarse del lugar.

Valentina llegó al lugar en el que se había sacudido la maleza. Primero revolvió los yuyos hacia los costados, siempre con el palo en la mano, y luego de dar una media vuelta, se agachó. Los pastizales volvieron a moverse, aunque en menor medida que las otras dos veces. A Ema y a Tupak les pareció escuchar, también, una especie de gemido. 


El frío, la noche limpia, el manto de luz blanca sobre el monte, todo parecía parte de una película.

- Chicos, vengan –dijo ella.
- Vos estás mal de la cabeza -le dijo el hermano.
- No seas tarado. Te lo vas a perder.
- Acompañame, dale -le dijo a Tupak y lo agarró del brazo.

Javier reapareció con un salto y un grito que sobresaltó a todos. Incluso al puma de unos cincuenta o sesenta kilos, con cabeza de gato, que se había rendido a los pies de Valentina por las caricias que le estaba haciendo detrás de las orejas. Los tres varones quedaron paralizados, bajo la luz lechosa. Hechizados.

El gato-puma se paró sobre sus patas, se arqueó como un acordeón y erizó hasta su último pelo. Había una clara desproporción entre el cuerpo y su cabeza. El animal tenía bigotes blancos, puntiagudos. Patas largas y vigorosas, asentadas sobre unas garras anchas y filosas. Un hocico oscuro, y cuyas fosas nasales se abrían y cerraban como el latido de un corazón. Sus ojos –que parecían dos diamantes de fuego- se concentraban en la esfera blanca luminosa del cielo.

De repente la criatura elevó su lomo y lo arqueó para rozar a las piernas de Valentina. Ella volvió a acariciarlo. Y él, otra vez, volvió a fijar sus ojos en el planeta blanco. Los tres varones estacados al suelo de tierra reseca, cardos y yuyos, y observaban azorados el pelaje marrón claro de la bestia, que por efecto de la luz blanca que los rodeaba, parecía dorado. Cuando volvió a moverse de modo ondular por las caricias de Valentina, ellos realizaron una mueca parecida a una sonrisa.

- Este debe ser el puma que mencionaba el abuelo -arriesgó ella.
- Pero no es un puma –dijo su hermano.
- Qué mierda es -dijo Tupak, mientras se acercaba para tocarlo.
- No sé, pero es una dulzura -dijo el padre, mientras le pasaba una mano por la cabeza de gato.

Al principio parecía el silbido de una tímida brisa, pero a los pocos segundos se tornó más claro: era el grito de un ave que, al pasar por encima de sus cabezas, vieron que era un pichón de cóndor. Fue ahí que el gato-puma levantó el cogote, como buscando una señal en el cielo estrellado y azul, y en un abrir y cerrar de ojos, luego de emitir un aullido que pareció el lamento de un bebé, salió disparado a la velocidad de la luz, en dirección al monte.

Los paseadores nocturnos se miraron aunque no dijeron una palabra. Otra vez el silencio, la noche helada, el vapor que salía despedido de sus bocas. Luego de un par de segundos, Javier rompió el hechizo al formar una visera con su mano izquierda y contemplar la sierra, a lo lejos. Tupak volvió a soplarse las manos. Ema se agachó para ver si el animal había dejado algún rastro.

- No vas a encontrar nada –dijo la hermana -. No existen los gatos-pumas.

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Manu y Santino Dios

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