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Pases en tiempo de desempleo IV (parte final B)

Marcelo se sentó en el borde de la fuente de agua que está frente a la entrada del Parque Sarmiento, y miró la hora en la pantalla de su celular. Las seis en punto de la tarde. De Uriel y Gastón -el joven de gorrita- no había señales. El corazón le galopaba a una velocidad inédita. Nunca le había corrido tan rápido la sangre. Respiró hondo por lo menos cinco veces, hasta tranquilizarse, como hacía de chico, cuando sufría brutales ataques de asma.
El dueño y empleado de la pinturería llegaron 18.04 arriba de una camioneta Fiorino de color gris topo. Le hicieron señas para que se subiese a la caja cerrada del vehículo, y arrancaron.
- ¿Estamos bien? - le preguntó Uriel a través del espejo retrovisor.
- Bien, sí.
- Me alegro.
Dieron una vuelta en U y pasaron a provincia de Buenos Aires por encima de la General Paz, que a esa hora estaba colapsada por el tráfico. Cuatro cuadras más adelanteenfilaron hacia la izquierda por una calle lateral. Hicieron cincuenta metros y frenaron frente al portón oxidado de una fábrica cerrada.
- Venite al volante, Marcelo.
Los tres hombres, en simultáneo, cambiaron de lugar. Uriel se acomodó en el asiento del acompañante y Gastón, en la caja. El jefe abrió la guantera y sacó un morral y una cartera de mano, de la que sacó dos pistolas nueve milímetros. Le pasó una a Gastón, que la maniobró para corroborar que funcionase correctamente. Uriel guardó la suya detrás de su cintura.
- Esta es para vos pero no es imprescindible que la uses. ¿La querés? - le ofreció una pistola calibre 38 a Marcelo.
- No, gracias. Ni siquiera la sé usar.

Viajaron en silencio, por la avenida Mitre, unas veinte cuadras. Durante todo el trayecto Marcelo estuvo tenso como una viga. Uriel lo debe haber notado, pero no dijo nada. Esta vez no perdía el tiempo con las fotos, videos y mensajes del celular. Ahora iba serio como perro en bote, con la vista clavada en la película que transcurría del otro lado del parabrisas. Se había sacado el aro de oro de la oreja izquierda. El horizonte tenía un color anaranjado. Luego de algunas indicaciones, llegaron a la cuadra de la farmacia.
- No apagues el motor y cualquier movimiento sospechoso que veas me pegás un llamado. ¿Estamos? -ordenó Uriel.
- Estamos.
- Nos vemos en un toque -lo despidió Gastón, que en ningún momento del viaje había perdido su semblanza de pibe despreocupado.
La Fiorino estaba estacada, con el motor en marcha, sobre Bernardino Rivadavia, la cuarta calle paralela a la avenida Mitre, en dirección a la Panamericana.. En la cuadra no se veían mas de diez personas que iban o venían. La tarde ya comenzaba a caer y la temperatura rozaría los veinticinco grados. La luces de neón verdes y blancas de la marquesina de la farmacia ya estaban encendidas. Marcelo vio cuando sus compinches ingresaron al local y, un segundo después, Gastón cerraba la puerta de vidrio luego de mirar hacia los costados.

Pasaron exactamente 2.56 segundos hasta que Gastón volvió a abrir la puerta de la farmacia. Para Marcelo transcurrió una vida. Durante todo ese lapso de tiempo no movió un músculo de su cuerpo. El celular siempre lo tuvo sobre su pierna derecha. No sacó los ojos de la puerta de la farmacia, salvo para mirar hacia uno u otro lado de la calle. Deseó tener la treinta y ocho a mano. Transpiró como un chancho y le faltó el aire, pero en un momento logró apaciguarse a partir de la aparición que realizó su nona Violeta por medio de imágenes y recuerdos. Había crecido con ella en su humilde vivienda de material del barrio Mitre, en Saavedra. Era tucumana, había llegado a Buenos Aires con un primo, cuando era muy chica, y luego de trabajar sin descanso en casas ajenas, fregando pisos y baños ajenos, planchando ropa ajena, cuidando hijos ajenos, se había podido jubilar, sin haber aportado nunca un solo peso, en 2012. Pero al año siguiente nomás, el diablo metió la cola y permitió que se la llevase una inundación. La vecina que la cuidaba había cerrado con llave desde afuera, y la vieja no pudo salir de su propia casa, a la que le entró el agua de la lluvia y el centro comercial Dot hasta lo más alto de la puerta. Violeta tenía la piel oscura como la tierra húmeda, y surcada por cientos de arrugas. Era dura como el roble. Sólo había tenido un puñado de gestos cariñosos para Marcelo a lo largo de toda su infancia. Pero a pesar de llevar una vida modesta, siempre se ocupó de que al nene no le faltase nada.

- Más fácil que robarle a un nene un chupetín, Chofer – largó Uriel ni bien se metió en la camioneta. Tenía los cachetes rojos y húmedos, y la mirada todavía helada -. Salí bien pancho. Como si fuésemos tres amigos que se van a pescar a Chascomús.
No podían bajar las ventanillas por una cuestión de seguridad. El hedor a la transpiración y adrenalina de Uriel y Gastón invadía la cabina y la caja del vehículo. Ninguno abrió la boca hasta que cruzaron la General Paz, ya no por Mitre, sino por encima de la Panamericana. Una vez que dejaron atrás el control policial de la avenida Goyeneche, y la moderna comisaría de la Metropolitana, ya del lado de Capital, bajaron los vidrios, guardaron los fierros en la cartera de mano y prendieron un par de cigarros.
- ¿Cuántas vamos ya? - le preguntó Uriel al de la gorra, que se había arrodillado en el fondo y no podía quedarse quieto.
- Media docena.
- Un buen número.
Chocaron las palmas de las manos. Fuerte. Con ganas. Luego Uriel le dio unas palmadas en el hombro a Marcelo.
- Muy bien, Capo. Ni una falla.
Estacionaron en la esquina de “Tu color”. Bajaron del vehículo y caminaron con el paso apretado. El morral de cuero gastado que colgaba del hombro derecho de Uriel bailoteaba al son de las cosquillas que le sacudían el cuerpo. El local todavía estaba abierto, a cargo del segundo empleado. Uriel lo despachó en seguida. Cerraron y se dirigieron a la oficina del fondo.
- Tomás cerveza, ¿Marcelo?
- Sí.
Uriel puso sobre la mesa playera tres vasos y una cerveza helada que sacó de una heladerita. Brindaron.
- Así que ya vamos media docena.
- Sí, pá. Y por ahora tenemos la suerte de nuestro lado.
- Exacto – dijo Uriel.
- Aunque todos sabemos que esa racha se corta en el momento menos esperado.
- También es cierto -coincidió el jefe, mientas se ponía de pie e iba hacia el mueble en el que había dejado el morral.
- ¿A vos se te hizo muy largo? - le tiró el pibe a Marcelo.
- Interminable. Es la primera vez que lo hago.
- Ya sé. Pero te vi tranquilo, eh. Hay que tener sangre fría para hacer esto.
Uriel se puso frente a los muchachos con varios fajos de billetes de cien en la mano.
- Negro, para vos tengo diez lucas. Tomá. Te las ganaste – y le pasó el dinero a Marcelo.
- Para vos, esto -le entregó el dinero a Gastón. La pila de billetes era más alta que la anterior.
- Yo ya me guardé lo mio -aclaró, y volvió a llenar los vasos para luego pedir otro brindis.
Cuando Gastón puso un reggeatón en su celular y se prendió otro cigarrillo, Marcelo se estaba poniendo de pie para irse a casa. Uriel lo miró con una mueca de asombro. Estuvo a punto de invitarlo a que se quede un rato más. Pero en cambio le hizo un comentario del viaje:
- La vuelta que tuvimos que pegar para llegar de nuevo al barrio, ¿no?
- Sí, antes de ayer arrancaron con la obra del túnel. El tránsito ahora es un quilombo.
- Ey, yo estuve en la protesta que hicieron los vecinos ese día a la noche.
- ¿Posta? -dijo Uriel, mientras leía mensajes en su enorme teléfono.
- Sí, me crucé a una ex que iba para allá y la acompañé. Alto bardo había en la zona. Fuego. Un par de giles tiraban abajo las chapas. Había polis y bomberos.
- Mirá vos.
- ¿Lograron algo?
- Al contrario.
- ¿Qué pasó? - Uriel ahora miraba hacia los ojos de su compañero.
- Echaron a uno que estaba hablando por el megáfono por hacerse y comerse la poronga.
- Ah bueno. Pero así no vamos a hacer ninguna revolución.
- Qué se yo. A mi la verdad es que me chupa un huevo -dijo el pibe, mientras se pasaba los billetes de cien con la cara de Evita por los dedos -. De echo fui uno de los que lo putearon.
-...
- Nos vemos en cualquier momento, muchachos -cortó Marcelo con la mano en alto, y yendo hacia el frente del negocio.
- Nos vemos, capo -lo despidió Gastón.
Uriel abrió la cortina para que pudiese salir Marcelo. Antes de que sacase el cuerpo, le dijo:
- Esta es guita fácil pero entiendo que vos no te la vas a quemar.
- No. La necesito.
- Nos cruzamos en el parque o te llamo, ¿sí?
- Dale. Gracias por darme una oportunidad.

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Pases en tiempos de desempleo IV (parte final A)

Carlos y su novio -Luciano- se acostaron en el sommier del dormitorio, luego de mirar en el living un par de capítulos de la segunda temporada de la serie Narcos. Las luces de los veladores ya están apagados y sus cuerpos están enlazados en forma de cucharita. En silencio, miran en dirección a la puerta del patio, por la que se filtra la luz pálida de un farol del fondo de la casa de un vecino.
El cielo, en lo alto, está limpio y estrellado, sin luna.
- ¿No es precioso el trato que Escobar tiene con su mujer? - dice Luciano.
- La Tata.
- La compañera de toda su vida, una chica de pueblo, sencillita. Él nunca le levanta la voz, le habla de usted, le jura, aún en las peores circunstancias, que ni a ella ni a sus hijos les faltará seguridad ni mucho menos, amor -sigue Luciano.
- Pero guarda, gordo, que si bien ella la juega de sumisa, en cuanto las cosas se empiezan a complicar, como ahora que Don Pablo y su imperio se hacen trizas, ella muestra las uñas. No es ninguna zonza. Sabe que su marido amasó una montaña de plata con el tráfico de cocaína.
- También sabe que su hombre, por lo menos en los inicios de su carrera, cumplió una notable función social -agrega Luciano, mientras acaricia el hombro de su pareja.
- Ah bueno -dice Carlos. ¿Y eso?
- Qué – devuelve Luciano, a la defensiva.
- A Escobar nunca le importó la gente de su Medellín natal ni de ningún otro lado. Siempre fue una mierda.
- No estoy de acuerdo para nada -devuelve Luciano, mientras se despega del cuerpo de Carlos-. El tipo ocupó el rol que hacía décadas había abandonado el Estado, por conveniencia si querés, pero desde ese lugar encabezó una obra social importante durante algunos años.
- Esa es una de las boludeces más grandes que escuché en el último tiempo, Lu. Estoy francamente sorprendido - se excusa Carlos, luego de erguirse y sentarse sobre la cama.
Luciano también se sienta. Ahora están de frente. Están en cueros. El aire está espeso y despide un leve olor a transpiración. A pesar de la escasa luz se miran a los ojos. La tensión perdura un largo medio minuto. Asumen en silencio que se agotaron las palabras. Es hora de acostarse, de espaldas al otro.

Al otro día, Carlos se levantó temprano y salió de casa sin despedirse de su novio. Dos cuadras antes de la estación notó que en la avenida Balbín algo rompía la cotidianidad. La obra del túnel había comenzado. Varias máquinas perforadoras removían el pavimento y otras depositaban los escombros con una pala mecánica en unos grandes contenedores de acero. Decenas de obreros de la UOCRA, mientras tanto, iban y venían con sus herramientas al hombro y realizaban distintas tareas. Estaba claro. El gobierno porteño había logrado destrabar la orden judicial que tenía frenada la obra. Ahora agarrate. Te paso por encima. Ya habían levantado un extenso perímetro de chapas de un metro y medio de altura, y salvo un par de curiosos, allí no había ninguna señal de protesta. En una misma imagen se fusionaban la derrota y la prepotencia.

Carlos pasó todo el día en su oficina, en el antiguo edificio de la cartera de Agricultura, casi sin tareas. Aprovechó el tiempo muerto para leer en internet sobre Pablo Escobar. Un personaje fascinante, pensó, que la literatura recién ahora estaba abordando con interés. A Luciano no le envió ni una sola señal. Se ahogó en su propia frustración y resentimiento. Supuso que al otro le estaría pasando lo mismo. No era la primera vez que ante una diferencia, o encontronazo, a ambos se los devoraba el silencio.

Se dio cuenta que había lío cuando el tren cruzó la avenida, metros antes de frenar en la estación. Eran casi las ocho de la noche, y Carlos estaba con la mirada perdida en las casas, calles y árboles del barrio, cuando un reflejo en la ventana de la puerta del vagón le llamó la atención. Parecía fuego. Ni bien dejó atrás el andén comprobó que no estaba equivocado. El corredor que la obra habían montado para ir de un lado a otro de la avenida estaba ocupado por vecinos y curiosos que miraban hacia la otra punta con los brazos enganchados a las rejas, como si fuese una tribuna del fútbol de ascenso. En la esquina había un grupo de policías metropolitanos en estado de alerta. Los vecinos en lucha, el ruido y tres fogatas de dos metros de altura venían de la calle Tronador. Hacia allá se dirigió. Todas las chapas que formaban el perímetro de contención de la obra de esa zona, estaban desparramadas sobre el pavimento.

El orador estaba de pie arriba de un banco de cemento, en el centro de la plazoleta. Era alto y su barba blanca desalineada le llegaba hasta el pecho. Estaba nervioso. No era clara su intervención, y se le trabaron las palabras cunado llamó a los gritos a armar un acampe para resistir el avance de la obra. Algunos de los cincuenta vecinos que participaban de la reunión comenzaron primero a quejarse, a interrumpir al orador, a discutir entre ellos, con los otros que quisieron poner orden. En menos de un minuto unos y otros se tiraban acusaciones inconexas y fuera de contexto. Carlos pensó en la denominación “espacios silvestres” que los jóvenes militantes con los que hacía política usaban para describir de modo peyorativo a ese tipo de agrupamientos. Tenían razón. La reunión era un caos. Al asunto le faltaba, justamente, política. No había allí ni un solo dirigente o militante.

Los que estaban muy bien organizados eran los jóvenes que estaban finalizando su misión de derribar todos y cada uno de los paneles de acero que cercaban la obra. Desde la zona de la estación llegaban los ruidos de las patadas que los revoltosos le daban a los paneles, hasta hacerlos caer. Tomaban carrera y paaaammmm. Los policías no intervenían. Los vecinos y algunos comerciantes -notablemente perjudicados por la obra-, tampoco. Por Tronador, en contramano, irrumpió un camión de los bomberos. Tenía los celulares encendidos pero no la sirena. Los uniformados se quedaron arriba del vehículo.

Fue en ese instante que Carlos levantó el brazo y pidió la palabra. El de barba blanca lo identificó, le hizo señas para que se acercase al banquito improvisado, y luego de pedir silencio, le cedió el megáfono. Se habían calmado los ánimos, pero a Carlos ya le temblaba la mano. - Vecinos y vecinas, soy Carlos, vivo en Estomba 3540 y quiero solidarizarme con vuestra lucha, ya que como ustedes considero que la construcción de este túnel es absolutamente innecesario. Lo digo por el problema de las inundaciones, por cómo afecta a los comerciantes, el tránsito en el barrio durante casi un año, pero también porque el PRO solo hace márketing barato y le importamos tres carajos.
Del grupo de vecinos emergió un tibio aplauso.
- De todos modos, vecinos y vecinas, creo que ahora es momento para organizarse, ya que noto mucho desorden entre ustedes, y eso beneficia de modo directo a Larreta y a Macri.
- ¿Y éste de dónde salió? – murmuró uno a un costado.
Carlos giró la cabeza de modo involuntario para identificar al responsable del comentario. Era joven, estaba bien vestido, tenía ojos claros y tenía cubierta la cabeza con una gorra naranja de marca Adidas.
- Trabajo en el Estado nacional y les aseguro que a pesar de la persecución que el gobierno está realizando contra los trabajadores, cuando uno se organiza logra grandes resultados…
- Te estás yendo por las ramas, flaco… - comentó una señora.
- O por lo menos esa articulación amortigua la lluvia de golpes...
- Cortala capo, no queremos política… - alzó la voz un tercero.
- La organización vence al tiempo, dijo un gran estadista que…
- No necesitamos tus consejos, trolo… - le escupió un cuarto, ya sin filtro.
- Si no se organizan los van a pasar por arriba …
- Andate, culo roto -los gritos provenían de los labios desbocados de unas tres personas más. Carlos vio que el joven de la gorra incitaba a los más intolerantes. Se reía. Disfrutaba de aquel avance que ya rozaba la humillación.
Tuvo que tirar para atrás la cabeza cuando un jubilado con la camisa gastada le quiso arrebatar el megáfono.
- Tranquilos, vecinos. Dejemos hablar. Seamos respetuosos -intervino el de la barba blanca.
- Que se vaya. Seguro es de La Cámpora. Una corrupto, un ladrón – gritó una señora de lentes y pelo negro.
- ¡No digan más pelotudeces que así no vamos a ningún lado! -intervino un flaco que en su mano derecha aferraba la correa de un labrador.
- ¡Vos sos otro sorete que apoya a la cretina! -le gritó un señor con lentes oscuros y pantalones cortos al flaco del perro.
Más gritos. De nuevo el caos.
El alboroto fue interrumpido por un grito desesperado:
- ¡Se quieren llevar preso a Alvarito! -gritó uno, a un costado de las fogatas. Estaba transpirado, con el pelo desalineado, y llevaba una cámara de fotos en la mano. Señalaba hacia la estación.
La gran mayoría de los vecinos salieron disparados hacia allá. El de la barba blanca, entonces, le pidió a Carlos el megáfono. Luego lo miró de modo comprensivo, y antes de irse le dijo:
- Disculpá las faltas de respeto, pero acá no quieren discursos ni posiciones políticas.

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Pases en tiempos de desempleo III

- Para mí hay que reventar la peluquería – lanzó el joven de veinticinco años. Tenía puesta una gorra Nike y las patas estiradas sobre una banqueta.
- Es arriesgado, Pá. No conocemos todos sus movimientos- devolvió el que mandaba allí adentro, Uriel, que lo doblaba en edad y que no sacaba la vista de la pantalla de su celular.
- Pero estamos a tiempo, ¿o no?
- No. Ya fue.
- ¿Vos qué pensás? – le dijo el joven a Marcelo, que hasta ese momento no había abierto la boca más que para comer el almuerzo. 

- Yo prefiero ir a la farmacia.
- Claro, pibe. Este recién se suma y ya la tiene más clara que vos –dijo Uriel-. El viernes justo cae día cinco del mes, llega la guita para los sueldos de los seis empleados y aparte tenemos la mosca de la recaudación de ese día y el anterior. Aparte sabemos que nos podemos irnos a la mierda en un solo auto y sin problemas. Creo que podemos rozar las ochenta lucas.

Los tres estaban sentados alrededor de una mesa de plástico, de tipo playera, en una pequeña oficina de paredes blancas y luz artificial que estaba ubicada en la parte de atrás de la pinturería “Tu Color”. Acababan de almorzar unas bandejas de comida china. Eran las dos y media de la tarde y faltaba una hora para volver a abrir al público. El negocio era de Uriel y lo sostenía con dos empleados: el de la gorra y otro de unos treinta y cinco años que había aprovechado la pausa laboral del mediodía para ir a resolver un problema familiar. Marcelo no estaba cómodo pero sí decidido. Era la tercera vez que compartía un rato con esa gente, y la primera en un mano a mano. Los había conocido quince días atrás, después de haber jugado un picado en el Parque Saavedra. Era domingo y gracias al frío y a una fina llovizna, el potrero había sido todo para ellos. Eran como trece jugadores por equipo, pero salió lindo. Pudo correr, distraerse un rato del agobio mental que lo estaba atormentando, y hasta se dio el gusto de tirarle un caño a uno en una jugada que se armó por la derecha, en una zona de tierra dura y despareja. Fue en el cierre del partido que un conocido lo invitó a tomar unas cervezas en la puerta del Chino de García del Río. Ahí conoció a los muchachos. No abrió la boca, pero a los otros no les costó nada sacarle una radiografía. Al otro fin de semana, y de nuevo después del picado, cuando ya había caído la noche, su conocido le presentó a Uriel, que no jugaba a la pelota pero que se mostraba a un costado, sobre un tronco caído, junto a otros compinches. Fue él el que le dijo, luego de estrecharle la mano, que podía darle una mano para saltear las urgencias económicas. Era un corcho quemado que no valía un peso, pero mostraba una seguridad en sí mismo que despertaba respeto. Tenía un aro en la oreja y un celular muy caro en la mano. Él entendido todo enseguida. No lo pensó dos veces. De algún modo ya se había preparado para ese escenario. Lo preveía. Dijo que sí cuando lo citaron a la pinturería, a mitad de la semana.

- No pinta ningún laburo, entonces, ¿Negro? – le tiró de la lengua Uriel, de nuevo embobado con su teléfono de última generación, grande como un libro de bolsillo.
- Sí, ya no tengo más aire.
- Yo acá no puedo tirarte ni una migaja. En cualquier momento tengo que echar a la mierda a alguno de estos dos –advirtió Uriel, con una sonrisa insinuada en los labios.
- Ya me quemé los ahorros y eso que no pagué ni la luz ni el gas.
- Hay un quilombo bárbaro con eso. Están frenados los aumentos –dijo el de la gorra, que no solo navegaba el Youtube para ponerse al día con la música electrónica, sino que también a veces leía algún portal de noticias.
- Sí, pero en cualquier momento les liberan las facturas. Están todos entongados. Estos vinieron a llevarse todo –dijo Uriel.
- ¿Y los otros? También se la afanaron toda –contestó el chico.
- No sé, Pá. Pero había más guita en la calle. Mirá la miseria que hay ahora. Nosotros bajamos un cuarenta por ciento la facturación. 

- Sí –asumió el otro -. Macri gato.
- No hay un cobre en la calle –sumó Marcelo, que se había vestido con jeans y una chomba gastada para la reunión. Los nervios lo traicionaban. Le bailoteaba el labio inferior cada vez que hablaba.
- Por eso hay que ir a buscarlo –dijo Uriel ni bien se puso de pie, y estiró los brazos y exhaló aire de sus pulmones. Tenía buen estado físico. No fumaba ni tomaba alcohol.
- Listo, ¿entonces? –dijo el joven, que también se puso de pie.
- Nos vemos el viernes a las seis de la tarde frente a la entrada del Parque Sarmiento –dijo Uriel, después de guardar su teléfono en el bolsillo de la campera de nylon. Se acercó a Marcelo y luego de apoyarle una mano en el hombro, y mirarlo a los ojos, le dijo: - ¿Vos estás seguro de que querés avanzar con esto?
- Muy seguro.

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Pases en tiempos de desempleo II

Carlos se convenció al ver los volantes adheridos en las vidrieras del noventa y cinco por ciento de los comercios de Balbín. “NO al túnel. Por nuestro trabajo. Por las inundaciones. Por la inseguridad. Nos juntamos el viernes 18/08, a las 19.00 horas, en la plazoleta Goyeneche”. Listo. Se sumaría a la protesta. Necesitaba juntarse con otros para escupir aunque sea parte del veneno que lo estaba ahogando.

Carlos se había sumado a las actividades de una unidad básica pocos días después de la muerte de Néstor Kirchher, sacudido en algún punto de su sensibilidad por las imágenes del velorio y la plaza llena de jóvenes. No venía de una familia peronista, pero trabajaba en el ministerio de Agricultura y a lo largo de los últimos años pudo constatar con sus propios ojos cuál era la diferencia entre un Estado presente y otro bobo y retirado. También le resultó evidente el contraste que se produjo entre los pibes que habían entrado a trabajar en el último tiempo, con respecto a los vejestorios estatales que estaban atornillados a una comodidad que no le servía a nadie, y que en el último tiempo azuzaban la idea de ñoquis que había lanzado Macri. Él no era ningún pescado. Los medios de comunicación atacaban al gobierno anterior porque se había animado a dar algunas discusiones muy pesadas.

Pero la experiencia militante en el barrio terminó en frustración. Si bien disfrutó las jornadas de trabajo conjunto por causas justas, las movilizaciones, actos e inauguraciones muy coloridas y entusiastas, algo se fue deteriorando en su interior, de modo paulatino y hasta dolorosa, hasta que dejó de ir. Había en el ambiente de la política una sistemática rencilla por nimiedades. La voz cantante en un acto barrial, la coordinación de los fiscales en una escuela, una responsabilidad en la estructura de la agrupación. Él no tenía nada que ver con eso. La energía la ponía en el trabajo, y en casa, en la que vivía junto a su compañero. Por introvertido, o cobarde, se fue sin hacer ningún planteo, o “dar la discusión”, como decían los más chicos.

Carlos caminó las seis cuadras que separan su casa de la estación Saavedra. Estaba de buen ánimo, aunque algo nervioso. La plazoleta había sido desbordada y parte de los doscientos vecinos cortaban uno de los carriles de la avenida Balbín, con el apoyo y la custodia de un patrullero de la Policía Federal. Ya había caído la noche y la primera fila de manifestantes portaba cartulinas con las distintas consignas de la convocatoria. El tráfico se movía lento y pesado hacia las vías y los automovilistas, con el brazo en la ventanilla, miraban con caras de fastidio. Carlos pensó que muchos de los que estaban ahí, por su ropa, su cara, sus poses y gestos, debían haber votado al gobierno que ahora los asfixiaba con su política económica. Dio unas vueltas entre la gente. Algunos hacían sonar silbatos. Otros le pegaban a una cacerola y el resto aplaudía. Allí no se hacía más que eso: un ruido parejo, a través de un ritmo acompasado. Empezó a aplaudir él también.

“¿Tenés idea en qué anda el tema del amparo?”, le preguntó un muchacho alto y flaco, vestido con ropa deportiva. “Ni idea. Recién me sumo”, contestó él. “Ah. Escuché al de la casa de fotografía que contaba que dos abogados estaban por hacer una presentación judicial para frenar la obra”, dijo el flaco. Una señora de unos cincuenta años, con rulos hasta los hombros y lentes con armazón de aluminio sobre la cabeza, contó que sí, que lo habían presentado por la mañana. “El juez de turno del fuero contencioso tiene tiempo hasta el miércoles para darle o no lugar”, dijo la señora. “Genial”, devolvió el muchacho. “Ojalá que avance”. “No creo”, retomó la señora, “estos tipos son muy listos para estas cosas”. “¿La gente de Larreta?”, sumó Carlos. “Sí”, contestó ella. “Para esto y mucho más”, dijo él. La señora y el de la ropa deportiva afirmaron con la cabeza, sin decir una palabra. El gesto fue pura resignación.

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El enviado


Una de las más importantes fuentes de inspiración para un escritor de ficción es la experiencia de su propia vida. Ahí me animo a encajar a mi padre, Gustavo Abrevaya, que acaba de publicar su tercera novela. Le sobra recorrido personal para inspirarse. Por ejemplo, haberse enamorado a sus veintiún años de mi madre, militante revolucionaria que le llevaba cinco años y que tenía un hijo de cuatro. O haber estudiado la carrera de Medicina con Videla en la Casa Rosada. O haberse exiliado –ya con nosotros y mi primer hermano, Ramiro- a Israel, poco tiempo después de que Galtieri enviase a asaltar las Islas Malvinas. O haber empezado de cero acá, a partir de 1984. En su obra literaria asoma con claridad la influencia que aquellos años ejercieron sobre el alma de Gustavo. El tema que atraviesa sus tramas y perturba a sus personajes tiene que ver con la experiencia política personal y colectiva que sería arrasada en las salas de tortura del Estado argentino. Primero fue en la novela premiada El criadero, en el que se narra la historia de un joven cineasta, que luego de parar en un pueblo perdido en una ruta provincial, sufre la desaparición de su novia, compañera de viaje. Luego llegó el turno de Los infernautas, un ambiciosa texto de largo aliento en el que un gemelo busca a su hermano también desaparecido, luego de haberse sumado a las milicias de uno de los dos bandos que disputan una guerra celestial. Ahora, con El enviado –escrito a dos manos, junto a Leonardo Killian- en la historia se unen dos puntos de una misma línea: el mítico 25 de mayo de 1973 y un presente histórico cuyo epicentro es el hospital neuropsiquiátrico Borda. Mi padre es psiquiatra y los manicomios son parte de su bagaje laboral y personal. Conoce bien los vicios y debilidades de los enfermeros y los médicos. La locura y sensibilidad de los pacientes. Yo mismo tengo algún recuerdo de sus pasillos y parques, de la mirada extraviada de hombres y mujeres solitarios. Gustavo también sabe mucho de cine y de literatura policial. Todo ese cóctel, junto al talento de Killian, más la corrección que aportó la maestra Elsa Drucaroff, se funden en un policial negro que sin dudas merece un lugar en la vitrina de la mejor tradición argentina del género. Yo lo leo con un placer incontenible. Soy su hijo, sí, pero también un escritor que hace tiempo aprendió dos cosas: 1) para escribir hay que leer, 2) leer buena literatura nos estimula la vida; y El enviado es justamente eso: buena literatura.



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Pases en tiempos de desempleo

Luego de trotar sin ningún apuro durante unos veinte minutos, Carlos se puso a hacer ejercicios aeróbicos en un claro del borde oeste del Parque Saavedra, a pocos metros de la garita de la Policía Metropolitana. Siempre realiza la misma rutina. Mientras tenía trabajo, salía a mover las piernas y cambiar el aire cuando ya el sol se había escondido detrás de la avenida General Paz. Ahora que está desempleado, aprovecha la luminosidad de las mañanas. Al muchacho de la pelota nunca antes lo había visto. Tenía puestos botines, pantalones cortos de la selección nacional y una campera. También una bufanda agarrada al cuello. Carlos se tentó. Hacía por lo menos dos años que había dejado de ir a jugar a la canchita de fútbol 5 con amigos, luego de que el médico le recomendase evitar cambios de ritmo bruscos. “Disculpame, ¿da para hacer unos pases?”, le dijo al muchacho. “Sí, claro”, dijo el otro, con algo de sorpresa. “¿Estás esperando a alguien?”. “No”. Entonces tomaron una prudente distancia y a lo largo de unos quince minutos se dedicaron a pasarse la pelota de un lado al otro. Con la pierna derecha, con la izquierda, a ras del césped, a media altura. Con el revés del pié y de puntín. También intercambiaron algunos pases de arquero, luego de enviar la pelota hacia arriba con el brazo. Recién volvieron a cruzar unas palabras cuando Carlos decidió que era hora de ir a casa.

- Gracias por dejarme patear un poco la pelota, che – le dice Carlos al muchacho, y le estrecha la mano (que notó llena de durezas, rasposa).
- De nada. Soy Marcelo.
- Linda mañana para quemar un poco de grasa.
- Linda, sí. Yo no venía hacía un montón.
- Yo tampoco. Vine mucho en otro momento, con mi hijo, a jugar a la pelota, justamente – dice Carlos, mientras sonríe y eleva las cejas.
- ¿Juega en algún lado?
- Sí, en All Boys de Saavedra.
Silencio.
- ¿Vos tenés hijos?
- No.
- Hoy vine a la mañana porque ando con tiempo. Me echaron del laburo – larga Carlos.
- No me digas. A mí también –dice Marcelo, con los ojos abiertos como platos.
- Cambiamos –ironiza Carlos, con algo de alivio en el pecho, ya que tenía la imperiosa necesidad de compartir y contagiar su veneno.
- Yo laburaba en una fábrica de sodas, acá en Adelina – dice el muchacho, y señala con su brazo izquierdo hacia la gran torre de cristal que se erige a metros del centro comercial DOT.
- Somos dos, entonces.
- ¿Vos dónde estabas?
- En el Estado –cuenta Carlos.
- ¿Es cierto que los otros se la choreaban toda?
- Para mí no. Los medios los odian porque tuvieron los huevos de enfrentarlos.
- Ahora con todo lo que está pasando tienen el culo cerrado.
Otro silencio.
- Yo no voy a volver a vivir lo del 2001 –advierte Marcelo. Un gesto duro y frío le gana la cara.
- ¿Qué te pasó?
- Me echaron del laburo y estuve más de un año como el orto. Tuve que venir al parque a vender ropa y una vajilla de mi vieja.
- Fue tremendo. Me acuerdo.
- En el último mes fui a dos entrevistas de laburo y los dos me dijeron que había que esperar que se reactive la cosa.
- Yo creo que esto va de mal en peor. Eso es lo más preocupante.
- Me llegaron las facturas de gas y electricidad. No las puedo pagar.
- No se pagarán.
- Que me chupen la pija –dispara Marcelo-. - Si tuviera hijos, y no tengo para darles para morfar, salgo a chorear. Te lo juro –dice. En el cuello le asoma una vena.
- ¿Vivís con alguien?
- Estoy solo.
- Habrá que aguantar los trapos.
- Ya me junté con un par de compañeros para pensar qué hacemos.
- Una buena es ir a ver a agrupación política del barrio. Hay unas cuantas.
- No creo. Lo nuestro va por otro lado.
- También hay organizaciones vecinales. Ayer cortaron Balbín para protestar por la construcción de un túnel que quiere hacer Larreta.
- Estamos pensando en otras opciones.
Un nuevo silencio gana la conversación. Ya es hora de irse.
- No voy a volver a pasar hambre – repite Marcelo, que ahora se pone a hacer jueguitos con la pelota.
- Estoy de acuerdo, pero no es recomendable morfársela solo.
- En eso estamos- dice, y le pega una sablazo a la pelota con la pierna derecha. La redonda -algo desinflada, de marca dudosa- se eleva unos quince metros, con tanta mala suerte que queda enganchada en una rama de un pino.
- No te la puedo creer -dice Marcelo.
Luego de levantar un par de piedras de un montículo de tierra que hay al pie de otro árbol, ambos se ponen a tirarle al blanco. Uno, dos, diez intentos. No se destacan por la puntería. Marcelo bufa. Putea en voz baja. Por primera vez se saca la campera. Lleva puesta una camiseta blanca gastada, sucia.
Pasan más de cinco minutos.
- Me tengo que ir, Capo. Disculpame -dice Carlos, que ya tiene helado el cuerpo.
- Andá tranquilo -dice Marcelo, con la cara transpirada y la respiración agitada.
Se estrechan las manos.
- Cuidate –le dice Carlos.
- Vos también.
Luego de caminar unos cincuenta metros, Carlos se da vuelta. Marcelo sigue tirando cascostes hacia la copa del árbol. A su lado hay dos hombres, que aparentemente se sumaron a la cruzada.

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"Pitu, estás hasta las manos, tu causa la tiene Bonadío"


La noche del 20 de junio último pasado, el Pitu ascendió a la terraza de su casa de la villa 15. Solo. Roto. Para consumir pasta base. Como tantas otras veces que la frustración lo acorrala. Dos hechos lo estaban ahogando. La Alianza Cambiemos está desmantelando las políticas sociales que el gobierno anterior había diseminado en los barrios en los que milita junto a sus compañeros, con las previsibles consecuencias que eso detona sobre los villeros. Y por esas horas se celebraba el Día del Padre. Un día horrendo que le remueve los fantasmas de un pasado doloroso ya que el suyo estuvo preso tres cuartas partes de su vida. El demonio que lo aterroriza desde que se convirtió en un adulto a sus quince años es que sus hijos sufran la ausencia de su padre como le sucedió a él. Los dos más grandes sí tuvieron que pasar por la misma experiencia, mientras él estuvo privado de su libertad. Pero no la más chiquita, que ahora tiene seis años. Kiara. Ella no, por Dios.

Su esposa lo enganchó ahí arriba. A sus pies se expandía gran parte de los techos de material y chapa en los que viven hacinados más de treinta mil personas. Hacía frío y el esqueleto del Elefante Blanco lucía tan espantoso como siempre. Le pidió que se fuese, que esa recaída era imperdonable luego del esfuerzo que todos allí habían hecho para acompañarlo contra su adicción, cuando Alejandro un año atrás se había puesto en manos de los profesionales del Cenareso y más tarde de una psicóloga. Se metió en el coche y se fue. A las pocas cuadras lo detuvo un patrullero. Le encontraron la droga. Se preocupó, se molestó, el pozo ganaba profundidad. Pero faltaba caer mucho más hondo. En la comisaría, apenas lo vio entrar, un oficial le dijo: “Pitu, estás hasta las manos, tu causa la tiene Bonadío”.

Alejandro Salvatierra está detenido hace más de veinte días en una unidad penitenciaria federal de la localidad bonaerense de Ezeiza. Ni él, ni sus familiares, amigos y compañeros lo dudan: se trata de un denso problema de consumo personal que el Ministerio de Seguridad de la Nación, en alianza con sectores del poder judicial y el poder mediático, aprovecharon para profundizar su campaña de criminalización y persecución de dirigentes y militantes kirchneristas. Bonadío le imputó la figura de “Tenencia simple”, uno de los tres tipos que prevé la ley de Drogas número 23.737. Ahora es la Sala 2 de la Cámara del Fuero Criminal y Correccional Federal la que debe decidir Salvatierra recupera si libertad, un derecho que sin duda no hubiese sido cercenado si en su documento tuviese una dirección del barrio de Palermo. Para algunos sectores del poder público y fáctico la figura de Salvatierra representa el hecho maldito del peronismo y su incansable promoción de la movilidad ascendente y la justicia social. Una de las facetas más recalcitrantes, justamente, del kirchnerismo.

Salvatierra saltó a la fama durante la dramática toma de tierras del parque Indoamericano, en el barrio de Villa Soldati, en la comuna 8 del sur de la Ciudad de Buenos Aires, luego de hacerse cargo frente a las cámaras de televisión, con gorra y ropa deportiva, de gran parte de las demandas que los ocupantes le tiraban por la cabeza al Estado porteño y al nacional, en aquel momento a cargo de Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner. El primero les echaría la culpa a los inmigrantes. La segunda se haría cargo del problema y pensaría e instrumentaría una solución.

El Pitu habló en nombre de los ocupantes, en el cierre del conflicto, en la sala de prensa de la Casa Rosada, en directo y para todo el país. Los medios de comunicación masiva lo estigmatizaron por su pasado delictivo y por ser villero y kirchnerista. Los foristas de La Nación, Perfil e Infobae se hicieron una fiesta bacanal con su figura. Unos días después, CFK dispuso la creación del Ministerio de Seguridad. Con el paso del tiempo, en varias notas y entrevistas periodísticas, él haría pública su historia familiar, las adicciones, la delincuencia, la cárcel y la posibilidad que tuvo de redimirse al recuperar la libertad en 2008 y encontrarse con un país gobernado por un proyecto político que lo por primera vez en la vida de toda su familia, los incluía.

Alejandro accedió a su primer trabajo registrado por medio de las Madres de Plaza de Mayo, en la Ciudad Oculta, que estaban construyendo viviendas junto a los vecinos por medio de la más tarde denunciada Fundación Sueños Compartidos. Venía de cumplir una condena de más de siete años en un penal bonaerense, en la que se abrazó a la causa evangelista, que allí adentro ejercía una notable influencia entre los presos y el Servicio Penitenciario Bonaerense. Fue allí “en la sombra” que se casó con su compañera y madre de tres hijos, que terminó sus estudios secundarios y que leyó literatura política junto a dos profesores que lo apadrinaron ni bien le pescaron sus condiciones.

Antes, durante su adolescencia, había sufrido junto a su familia las consecuencias del modelo económico neoliberal que derivo en la crisis del 2001, en su barrio. Pasaron hambre, frío y la desesperación de no contar con un lugar para vivir. Fue por esos días que empezó a consumir y a delinquir. Más de una vez dijo que no se justificaba, pero sí que se auto entendía. Años más tarde, luego de acomodarse por la oportunidad que le dieron las Madres, comenzó a legitimar una referencia en el territorio por medio del trabajo social que realizaba junto a su esposa y algunos compañeros. Después del episodio del Indoamericano se enarboló en la causa villera. Nunca más paró. Militó en varias agrupaciones kirchneristas hasta llegar a conducir el frente de villas del agrupamiento político Unidos y Organizados. Su referencia más importante es la del Padre Carlos Mugica, y no por haber nacido en el mismo hospital Salaberry del barrio de Mataderos en el que había dejado de latir el corazón del padre villero, sino, seguramente, por la tenacidad, la fortaleza de levantarse una y otra vez contra sus adicciones y también contra la desigualdad, que ahora con Mauricio Macri y sus socios en la Rosada vuelve a sus niveles históricos.

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Los cinco mitos del PRO en materia de política exterior




El jueves pasado el Instituto Patria organizó su charla número doce, a salón lleno, como todos los encuentros anteriores, para debatir acerca del rumbo que está dándole la Alianza Cambiemos a su política exterior. Ninguna sorpresa, en realidad, aunque sí vale la pena puntear algunos detalles de la intervención de Juan Manuel Karg, politólogo de la UBA y analista internacional, que habló de “los cinco mitos del PRO con respecto a la política exterior”. Yo hubiese titulado “las cinco mentiras del PRO”, porque eso hacen sus funcionarios y dirigentes de modo sistemático: mentir. Pero estaba sentado entre el público y no en el panel. Repasemos.

Lo primero que citó el joven Karg fue aquello que el PRO y los radicales sostuvieron hasta el hartazgo frente a las cámaras y micrófonos de los grandes medios de comunicación amigos: la Argentina debía volver al mundo y retomar sus vínculos tradicionales con los Estados Unidos y la Unión Europea. El panelista punteó los siguientes hechos: todavía en campaña y recién asumido, Macri se metió en la interna de la política venezolana y acudió al miserable latiguillo del respeto a los derechos humanos; su primera visita internacional fue al Foro Económico Mundial de Davos, luego de catorce años de ausencia oficial, y allí se juntó con el primer ministro inglés, David Cameron; se le pagó a los Fondos Buitres y se recibió una pomposa felicitación de parte de Paul Singer; recibimos a Obama con una cena de gala en Centro Cultural Kirchner; hace unos días el primer mandatario visitó a Juan Manuel Santos, en Colombia, en el marco del acercamiento a la Alianza del Pacífico, y aparte se juntó con Álvaro Uribe Vélez, el ex presidente de estrechos vínculos con los paramilitares que está acusado por delitos de lesa humanidad; Macri recibió en Casa de Gobierno a Sebastián Piñera y y al golpista venezolano Henrique Capriles; por último, Macri envió su apoyo a Mariano Rajoy para las elecciones españoles de días pasados. Ahí tenemos un fresco de la vuelta al mundo de la Argentina para el Gobierno nacional.

El segundo mito mencionado fue “desideologizar la política exterior”. En el Patria hubo risas y lamentos. No se conoce la opinión de Macri acerca de la Unasur ya que nunca dijo una palabra al respecto; tampoco hubo un pronunciamiento acerca del pedido que hiciese la Argentina para ingresar a los Bricks, “los países emergentes que mueven al mundo”, según Karg, y citó los siguientes hechos para graficar el mito: el hundimiento de un pesquero chino, la salida del canal de televisión rusa que inauguró Cristina y el inmediato reconocimiento oficial de parte de la canciller Susana Malcorra para el gobierno de Michelle Temer, en Brasil, mientras atravesaba un escándalo institucional de escalas planetarias. Otro fresco. Otra mentira.

El tercer mito dice que “las economías de los países del pacífico son el ejemplo a seguir”. Juan Manuel se hizo una fiesta, pero los que llenábamos el cálido auditorio del Patria sentimos cómo nos crecía un nudo en la boca del estómago. El economista dijo que el crecimiento del PBI de México, Colombia, Perú y Chile son muy parecidos a los de los países que conforman el otro bloque de la región, el Mercosur. Pero que no sucede lo mismo con la distribución del ingreso. La desigualdad, por supuesto, se acrecienta de modo notable en el primer grupo de países. Allí no tienen el nivel de organización política ni sindical que tienen nuestros países de la región, “no hay asignación universal por hijo como en la Argentina, no hay plan Bolsa Familia como en Brasil, no hay misiones sociales como en Venezuela, no hay bonos Juancito Pinto y Juana Azurduy como en Bolivia ni Escuelas milenio como en Ecuador”, detalló. Encima, hablamos de países con una enorme inestabilidad política. Mencionó, entre otros ejemplos, los 27 mil desaparecidos de México, desde el 2007 a la fecha, a causa de la guerra por el manejo del narcotráfico.

El cuarto mito es que el PRO y los radicales dicen que la Argentina ingresó a la Alianza del Pacífico. En realidad se trata de una alianza que tiene cuatro miembros pleno y cincuenta observadores. Para ser miembro permanente, la Argentina debe firmar dos tratados de libre comercio. Eso todavía no sucedió.

La última mentira que propagan los voceros del Gobierno nacional es que “los Estados Unidos y la Unión Europea van hacia su recuperación económica”. Karg la desarmó en menos de dos minutos. Luego compartió algunas conclusiones y le pasó la palabra a sus compañeros de panel, Paula Español y Arnaldo Bocco. Miente, miente que algo quedará. Esa es una de las consignas más relevantes del manual que el PRO utilizó para ganar el poder público de nuestro país, con el apoyo del blindaje mediático de los medios de comunicación destituyentes, por supuesto.

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Los cien años del Pitu Salvatierra


Las empresas periodísticas que blindan el ajuste radical y macrista insinúan que Alejandro está preso por vender droga. Pero las razones de su detención son políticas y deben ser enmarcados en la campaña de persecución oficial contra dirigentes y militantes kirchneristas. En el siguiente texto de Diario Registrado se cuenta parte de la vertiginosa vida y militancia del Pitu Salvatierra, un dirigente villero de la Ciudad Oculta preso por luchar. 

http://bit.ly/299OAI9

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El relato del siglo

Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por las lágrimas, suspira Víctor Hugo sobre el final del relato del siglo, ya exhausto, luego de dejar el alma sobre el pupitre del palco de prensa del estadio Azteca. Unos pocos minutos después, mientras los ingleses intentaban descontar el dos a cero en contra y peloteaban a Nery Pumpido, y luego de una acalorada intervención del comentarista Julio Ricardo, el relator uruguayo pediría disculpas al aire por haberse corrido del tono profesional, por haber desnudado su pasión por el juego más lindo que haya inventado el hombre y por haberse convertido por unos instantes en el más descarnado hincha del fútbol rioplatense, y sus potreros, y sus pueblos, enviados hacía no tanto tiempo atrás a una guerra fatídica y canalla.

Uno escucha el relato de aquella gesta deportiva y debe limpiarse las lágrimas que ruedan por las mejillas. Genio del fútbol mundial, quiero llorar, la mejor jugada de todos los tiempos, barrilete cósmico. Yo tenía quince años y promediaba mi paso por mi colegio secundario. No tuve noción, pienso ahora, de la épica que se estaba tallando por esas horas en la historia del futbol y el periodismo.

Exactamente treinta años después, con un pedazo de vida encima, vuelvo a escuchar el relato y una vez más debo secarme los lagrimones. Pienso que aparte de la belleza inagotable del gol, en un mundial en el que el Diego estaba imparable, lo contagioso es la entrega con la que Víctor Hugo desnuda su amor y su pasión por el deporte, el arte, la condición humana y la vida. La misma que tenemos nosotros por el fútbol, nuestros seres queridos y un modelo país. El mismo que defiende el hombre que inmortalizó el relato del mejor gol de todos los tiempos.

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Manu y Santino Dios