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Necedad


- Se suspendió la fiesta del chorizo colorado, loco –le dice el Corto ni bien lo ve salir del auto. El Corto tiene anteojos para el sol con armazón de acero y cristales de vidrio. Está ancho, la remera apretándole los tubos.
- ¿Qué pasó? –le da un beso Rulo.
- Nada, por el paro del campo –dice el Corto. Y el Rulo saluda a Julio, el encargado del edificio donde vivió más de quince años con sus viejos.
La mañana está hermosa: cielo azul, sol, temperatura justa. El Rulo dejó a su nene en el jardín hace cinco minutos. Se está yendo a trabajar. Venía silbado, tarareando una canción de la Bersuit.
- Que se jodan por cortar rutas y no dejar pasar a los camiones –tira el Rulo, va hasta el auto y lo cierra.
Será que el Corto no le dio tiempo a nada, o que se hinchó las pelotas por la vez anterior, hace una semana, cuando discutieron por lo mismo, pero no lo pensó dos veces.
- Por ahora, papá –dice el Corto, atajándose-: en un mes vuelven a la carga.
- El gobierno quedó mejor parado que el campo –dice el Rulo.
- ¿Te parece? –se burla el Corto.
El Rulo no puede ver los ojos de su amigo porque los lentes de policía anti narcóticos son puro reflejo.
- Si, me parece –afirma el Rulo-. Los tipos no pueden dejar sin morfi a la gente, parar las industrias, fábricas, comercios.
A Julio, el encargado, le chupa todo un huevo: sonríe como si se estuviese charlando de mujeres.
- Éste es un Kirchnerista –le dice el Corto al Julio, y el otro también se ríe.
- Los del campo la quieren todas: son insaciables –dice el Rulo, remera de manga larga, jean, zapatillas.
Julio saluda a un gordo que pasa por enfrente con un nene en brazos. Le dice que noche la de anoche, el otro levanta el brazo libre: se cagan de la risa. Pasan un par de autos por la calle, meten ruido.
- A los grandes si hay que sacarle, pero ustedes le roban a los medianos y a los chicos –le tira el Corto al Rulo.
- El gobierno sacó medidas para los pequeños productores.
- Si, pero recién ahora –el Corto abre los brazos, habla en voz alta.
- Pero agacharon la cabeza y cedieron –dice el Rulo, y saca un pucho del pantalón. Casi nunca fuma a la mañana.
- Dejá, loco –lo sobra con la mano el Corto.
El Rulo se distrae con un vecino que sale del edificio. Piensa que es mejor hablar de Racing, el fantasma del descenso, la quiebra: ahí si que se van a entender.
El Corto mete las manos en el bolsillo, se da vuelta, patea una piedrita hacia la calle, y se sienta sobre el capo del auto del Rulo.
Por la esquina aparece una flaca de pantalón blanco y tacos: camina hacia los chicos con paso decididamente femenino. Pasan corriendo dos chicos de delantal blanco: en la espalda llevan unas mochilas casi tan grandes como ellos.
- ¿Sabés hace cuantos años que no se llenaba la plaza para apoyar un gobierno? – dice el Rulo, y pita. Ya no silba.
- Fueron todos por el chori, papá: son todos monchos –dice el Rulo desde el auto.
Pasa la flaca. Muy fina: nariz, boca y piel. Aroma a limpio, recién bañada. Mira para adelante seria como un caballo.
- Yo estuve en la plaza y no me pagó nadie –vuelve a la carga el Rulo. Pita, tira el humo.
El Corto tiene la cabeza torcida hacia su derecha, en dirección al culo blanco que se mueve con la elasticidad de una cinta de esas que se usan en la gimnasia artística.
- Van todos por el paty y la coca, papá –contesta el Corto.
- ¿Quién te contó eso, loco? – salta el Rulo.
- Nadie, papá: se ve por la tele.
El Rulo se da vuelta, tira la colilla hacia un costado. “¿Cómo puede ser que este pibe tenga un discurso tan básico?, piensa. “¿Será la prima policía con la que tan bien se lleva, derecha como un mástil de la escuela de instrucción?, ¿vendrá por ahí la mano?, ¿o será la tele, formadora de opinión por excelencia, tacto y sentido común por sobre todas las cosas?”.
- ¿Y D’elia? –salta el Corto.
- Ese no es el problema, loco, es un poquito más profundo –el Rulo habla en voz alta, el pelo desprolijo, la boca seca. El Corto sabe que el otro lo puede dar vuelta, pero quiere decir lo suyo. “¿A quien se comió éste?”, piensa.
- ¿Ese no es el problema? –dice el Corto, y se levanta del auto-:- ¿y quien lo mandó, entonces?
“Nunca saltaste por nada, Corto, ni por nadie, la concha de tu hermana”, piensa el Rulo, se come las uñas. Lo mira, lo tiene al lado, no lo quiere herir. “Y ahora, justo ahora que la mano anda mejor, te llenas la boca de pelotudeces”.
- Kirchner lo mandó, loco.
Pasa una señora con dos bolsas del chino de la esquina. Arrastra los pies. Saluda a los chicos.
- La plaza es de los que luchan –dice el Rulo, seco.
El Corto no dice nada pero sonríe. Tiene los brazos en la cintura. Sabe el otro acaba de meter un tema con el que no se puede joder mucho
- De las madres es la plaza, Corto –repite el Colo-, no de las viejas conchetas de Recoleta que le gritan puta a Cristina por venir del peronismo de los setenta.

Silencio de nuevo. Pasa un micro escolar, naranja. Un par de chicos gritan cosas por la ventana. El Rulo los mira pero no los saluda. El Corto tampoco.
- No sé, loco, no sé –dice el Corto.
- Mas bien que no sabés –dice el Rulo, y se va.
La flaca del culo blanco debe estar llegando a Retiro. Por la vereda de enfrente aparece Julio, una caja de herramientas en la mano. El Rulo lo ve pero no se hace cargo. En la esquina, un perro mea sobre una bolsa de consorcio negra que tiene mitad de su cuerpo sobre el cordón de la vereda, y el resto sobre la calle.
El Rulo sube el puente colorado.
Julio cruza y lo encara al Corto:
- ¿Se calentó el Rulo?
- Es un boludo –dice en tono amistoso el Corto-: no sé porqué se mete en política, si son todos iguales.
El andén está casi vacío, a la parte de atrás le da el sol. En cuanto el Rulo se prende su segundo pucho de la mañana, le suena el celular: es la madre de su nene que le pregunta si puso en la mochila la remerita de manga larga, la azul marino.

Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios