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Hacer carne

En una de las mesas del fondo del conventillo, merendando choripan y cerveza, tres vendedores de artículos de liturgia azul y oro ocupaban una de las mesas; adelante, ajenos al partido, dos polis de la federal le entraban a un bife a la plancha (habían tirado las gorras y los chalecos anaranjados sobre un silloncito de cuero). Sonia (la dueña de casa), su familia y todos nosotros (que trabajamos politicamente con ella), al fondo, formábamos un semicírculo algo deforme junto a los vendedores y varios pibes más que estaban de pie contra la puerta del baño. Qué pasaba, qué mirábamos con la misma tensión que una semifinal de la copa del mundo: el partido que se estaba jugando a una cuadra y media de distancia, Boca-Argentinos.


La tele de 14 pulgadas de Sonia (que sacó de su cuarto, separado del comedor por una cortina rosada) reposaba sobre una mesita que hasta hacía un rato soportaba el peso de un cactus del tipo aloe vera. Estábamos casi a oscuras y con las piernas y la espalda cansada ya que media hora atrás cerrábamos la actividad por el Futbol para Todos: durante más de dos horas, nosotros y los vecinos del conventillo, hacíamos salir por una caja de sonido varios spots radiales mientras le dábamos en mano a los hinchas de Boca volantes a favor de una de las iniciativas más populares del gobierno de Cristina Kirchner.

Primer gol de Argentinos: algunos murmullos. Segundo gol de Argentinos: un par de comentarios en voz alta y algunas figuras contorneadas por la luz de la puerta de entrada que se acercan para ver la repetición del gol y putearlo al Pato Abondazieri.

La actividad la bancamos unos treinta compañeros entre militancia y vecinos del conventillo. Todos con remeras verdes y volantes con la cara del Diego en la mano. Con muchos pudimos intercambiar algunas palabras a pesar del apuro de ellos por entrar a la bombonera, y nos pasamos la tarde acompañándo con movimientos de cintura y brazos levantados la cumbia que sonaba entre consigna y consigna por fútbol por la televisión pública. También tuvimos nuestro entretiempo para mandarnos un choripan con salsa criolla.

Gol de Boca: primer estruendo. Segundo gol de Boca: todos a los gritos. Los vendedores, los pibes, la abuela gruñona que hasta hacía unos minutos se peleaba con nosotros porque decía que no la quiere a Cristina: y listo, los nenes, las nenas, las cocineras, los polis, y hasta nosotros (varios somos de River). Vení a escuchar a la Doce, agitó uno desde la puerta. Salimos y sí: nos pasó por encima un pelota de gritos y cemento aguantando el movimiento de miles de personas. Y tal cual sucedía dentro de nuestro conventillo de chapas y colores, enfrente y a la vuelta, nutridos grupos de hinchas con el gorrito en la cabeza o la bandera colgando en la espalda que miraban por canal 7 el partido de Boca, tomaban cerveza o papeaban algo, salieron a la calle a festejar el empate.

El partido terminaría empatado en dos, pero era lo de menos.

Los revendedores de entradas, los cuida coches, los puesteros y vendedores de liturgia azul y amarilla, Sonia y su familia, los miles de hinchas que pararon las orejas cuando una voz en off les decía que el fútbol había vuelto a ser de todos, nosotros, la abuela y los nenes y nenas, las cocineras y los polis, absolutamente todos, tuvimos, cada uno a su manera, un domingo excepcional bajo el sol, el humo de los choris, las vallas de la federal, la tranza de los trapitos y la cumbia de una cantante popular por excelencia: Gilda.

3 comentarios:

Vir dijo...

Son esos dias que no parecen Domingo, a esos dias llenos de color,alegríay entusiasmo se los llamaba dias peronistas. Cómo siempre tus cronicas parecen peliculas. Gracias!

Hermanos Dios (Mayor) dijo...

Bien dicho, Vir: el domingo pasado fue un día peronista con todas las letras.

Anónimo dijo...

Es verdad...cronicas que parecen peliculas...excelente!

Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios