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Qué jugador, por favor...


Por lo menos un fin de semana de cada uno de los últimos diez años los hermanos Dios viajamos a Villa Gesell. Durante esos viajes hay tres paradas que son obligatorias, de esas que se hacen con los ojos cerrados, sin consultar con el resto. Una de ellas es Carlitos. En auto o a pié, al mediodía o a la noche, secos o mojados, solos o acompañados, nunca falta esa hamburguesa, con esas fritas, con esa cerveza y esos panqueques Diego Armando Maradona.

Siempre nos sentimos convocados por su boliche, sus olores, sus personajes, su historia y su prédica.

Alguna vez nos contó la miserable historia familiar que generó tanta confusión con los locales que se desparramaron por el país como hongos con su nombre e imagen.

A mediados del 2009 estuvimos con él en el local donde laburaba durante el año, en Vicente López, frente al Carrefour. Todavía estábamos golpeados por las elecciones de junio, pero la esperanza crecía a toda hora por la agenda que imponía el oficialismo.

Afuera llovía, éramos pocos dentro del local, y en la cocina, algo aburridos, los empleados miraban TN.

Entusiasmados, quizá, por esa aparente simpatía que este menudo hombrecito de sombrero colorado y sonrisa fácil tiene por lo nacional y popular -a partir, fundamentalmente, de las referencias políticas, sociales y culturales de los nombres de sus platos-, decidimos sacarnos una duda que podría habernos liquidado.

- Maestro, disculpe que lo molestemos.
- Decime, pibe -nos miraba fijo con esos eternos ojitos infantiles. A sus espaldas, la columna de humo que largaba un lomito, ganaba el techo.
- ¿Qué opina del gobierno de Cristina?
No se la esperaba.
Sonrió.
La respuesta tardó en salir de su boca unos dos segundos, y el insoportable temor a escuchar lo que muchos otros repetían como loros nos revolvió el estómago.
- Que está muy bien. Que hacía muchos años que no se laburaba tanto a favor de los que menos tienen.
Ahora, los que sonreímos, plenos, fuimos nosotros.
- ¿Por qué te crees que los de Clarín están así? - se entonó, y meneó la cabeza en dirección a la tv de la cocina -. ¿Por qué te crees que la Rural los quiere tumbar?
- Denos un beso, Carlitos - le pedimos, acercando la cara. Y nos lo dio, primero a uno y después al otro, agarrando nuestras nucas con sus manos surcadas de grasa y dulce de leche respostero-. No sabe la alegría que nos acaba de dar, Maestro.
- Hay mucho para hacer, pibe -aclaró-, pero sin dudas es lo mejor que nos pasó en los últimos 50 años.

Nos interrumpió un matrimonio, que se retiraba. "Los nenes te quieren dar un beso, Carlitos". El hombre dio la vuelta de atrás del mostrador, levantó a uno, lo beso, y con el otro hizo lo mismo. La madre sacó dos fotos.

- Chau Maestro.
- Adios, pibe. Vuelvan cuando quieran.

(Volveremos, hermano, aunque de vos sólo quede una foto, tu prédica, y tantos pero tantos platos que nunca se sabe por dónde empezar).

3 comentarios:

Pablo dijo...

MUY BUEN POST..LOS PANQUEQUES DE CARLITOS SON UN GOL AL ANGULO!

PabloQuemero dijo...

hoy me entere y me dio una cosquillita...cuantos recuerdos de vacaciones en gesell...como me la pasaba leyendo el menu recorriendo todos esos nombres.
que bueno que les haya inspirado postear esto.
abrazo

Violeta Burkart Noe dijo...

Qué buen relato...
Todos/as recordaremos a Carlitos... sus panqueques dulces y salados que una no sabe cómo elegir, porque todos son riquísimos.
Gracias Carlitos por tantas alegrías, seguiremos disfrutando de tus creaciones. Violeta

Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios