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Te aMolotov

Te aMolotov


Es lunes. Son las 6 de la tarde. Estoy solo en la oficina. Ahora puedo trabajar tranquilo y escribir. Más tarde voy a correr al Parque Saavedra. Suena el celular.

Salgo corriendo de la oficina. El viaje en subte es penoso. Apretados, doloridos, salvajes, así viajamos los porteños a la hora pico. Pienso que quizás lo merecemos. Es un círculo. Somos individualistas, mal educados, soberbios, provocadores, esquizofrénicos, ciclotímicos, histéricos. El viaje en subte es la forma de pagar nuestro comportamiento. Me bajo en Juramento.

Son las 8. Otra vez en Juramento. Vuelvo al centro. Me entusiasma la noche que me espera. En otro momento de mi vida lo hubiera pensado más, hubiera dudado. Hubiera dicho que no. Y después me hubiera arrepentido. Ahora tengo 30 y todo es distinto. Cuando Mariano me dijo por teléfono que me invitaba a un recital privado de Molotov, ni repasé lo que tenía que hacer. Agradecí la gentileza, dije sí. Y me fui del trabajo. Y ahora estoy volviendo para el centro.

Mariano agita por mensaje de texto, primero tira una hora de encuentro pero no lugar, después aparece un lugar donde encontrarnos para aguardar allí la cita final. Av. 9 de Julio y Av. de Mayo. Para allá estoy yendo. Tengo la cámara de fotos en la campera.

Estamos en el colectivo. Tenemos que ir a Carlos Pellegrini y Libertador. Buscamos a Diego. Mariano invitó a La Negra, Meli, Mel, Santo y a mí. No sabemos casi nada de lo que nos espera. No nos importa.

En la esquina un chico dice que es Diego, que esa es la camioneta que nos va a llevar, que en 10 salimos, que si queremos chupetines agarremos y que fumemos antes de subir. También dice que hay sushi y whisky pero que es mentira.

Arranca el transporte y se dirige a Villa de Mayo, a unos 40 kilómetros de la Capital Federal. Copamos la parte de atrás. Adelante va Diego con cinco o seis personas más. Mariano nos cuenta algo del concurso que ganó su hermano. Su hermano se la pasó estudiando Molotov toda la semana. Nos damos cuenta que nos olvidamos de comprar un cajón de cervezas y de traer la yerba de casa. Nos reímos en la panamericana. Mariano va a viajar a Estados Unidos en diciembre. La Negra también es abogada. Santo está vestido para la ocasión.

En Villa de Mayo está más fresco. Diego sigue mintiendo. Una chica nos dice que no nos conviene bajar del micro. Bajamos y esperamos. Es un barrio residencial. Hay gente que tiene mucha guita en Argentina, algunos deben tener casa por ahí. En la calle que bordea la quinta donde va a tocar Molotov hay varios coches y unas 40 personas comienzan a agruparse en la puerta de esa quinta. Nosotros ponemos los pies en la rueda de un auto y apoyando las manos en el techo del auto para sostenernos, vemos por arriba del muro de la quinta y advertimos las características del próximo espectáculo: un escenario importante, muchas luces, muchas, al aire libre, un jardín extenso.

Pasan los minutos. Está fresco y no tenemos novedades del futuro de la noche. Estamos todos en la puerta de la quinta. Sacamos algunas fotos. Un muñeco se acerca con intención de provocar una conversación, apuntando principalmente a Meli. Diego aparece con cuatro birras de litro. Mel festeja y expresa que la noche es ahora más adecuada. Diego promete lo que no cumple y nos da lo que antes había negado. Es raro este muchacho. No. Es chanta.

Está previsto un recital de Molotov para MTV en el contexto de un programa de cocina y rock. El hermano de Mariano, ganador de un concurso en ese programa e invitado especial de la jornada, sale a buscarnos a la puerta. Buenísimo. Entramos.

El jardín está muy iluminado, hay cámaras por todos lados, técnicos, sonidistas, productores, directores, asistentes. No hay comida, ni bebida, ni drogas, ni gatos. Anoto que no voy a terminar a las cinco de la mañana en la panamericana meando cada cinco minutos. Es simplemente un set de televisión. Nosotros somos los extras sin salario. Hay acusaciones de fraude laboral. Alrededor de 100 personas nos acompañan en la espera de Molotov. La prueba de sonido se extiende. Diego nos da recomendaciones, nos ordena en el espacio y discrimina por sexo. Hay un tipo del público que se destaca porque lleva traje, por su altura y por su tamaño. Hay colombianas. Y argentinos que se chamullan a las colombianas.

Sale a escena Molotov. Tocan tres veces el mismo tema. Los pibes quieren rock. Hay un pogo sencillo. Saltamos por un par de minutos. Ahora tocan un par de hits, siento que es la mejor parte de la noche, algo de lo que vine a buscar me recorre el cuerpo. Salto y empujo. Sacó la cámara y filmó. No puedo parar de filmar. La banda está muy cerca. Están en casa.

Suena un tema desaforado. Un grupo escaso de la escasa asistencia se descontrola, hay pogo con patadas altas. Son argentinos. Una chica de rulos que tiene el aspecto de productora general se ortiva. Termina el tema. La banda quiere seguir. Rulo no. La banda en el escenario está ahora descontracturada, en su salsa, comienzan a relajarse y a rockear auténticamente. Y MTV no los deja. La disputa gestual entre la banda que quiere seguir y Rulo que lo prohíbe es histórica. El bajista dice en un tono exageradamente mexicano: "Querían que hagamos lío y ahora no nos dejan tocar". Alguien le grita que cante rap a capela. El público expresa su mal humor: “Y Rulo se ortivó y Rulo se ortivó”. Hay cánticos en contra de MTV. Insultos. Un chico de rastas sube al escenario y putea a MTV con el micrófono en la mano. Termina el show.

Las chicas consiguen fotos con los integrantes de la banda. Los chicos conseguimos una sprite.

Son más de la una y estamos volviendo. La panamericana escucha nuestras risas nuevamente. Somos algunos más que los del viaje de ida. Sospechamos que un par son productores de MTV porque nos ofrecen una cena del Automac. Aceptamos entusiasmados. Meli come papa fritas porque es vegetariana. La Negra hamburguesa con queso. Tres combos 1 y un 4 (pedido al azar según nos cuenta Santo).

Son las 2 de la mañana. Me acuesto. Parece que va a ser una buena semana.

Riki

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