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Un gran remedio para un gran mal


Cuando bajé del tren, Rocío y Pedro me estaban esperando en la esquina de Famacity, como otras veces. Ella me sonrió ni bien cruzamos la mirada. Él, al verme con la ayuda del brazo en punta de la madre, contorsionó el cuerpo, arriba del cochecito, preso de una emoción conmovedora. En seguida nos cruzamos a una vecina, que iba al Ruidazo. Nosotros no teníamos planeado ir. Ya eran las 20.20, hacía calor, pero no podíamos faltar.


Ni bien salimos del túnel escuchamos el insistente y duro sonido de los martillos contra el hierro de los carteles de señalización del tránsito, los semáforos, alguna persiana. También el de los cucharones contra las ollas y sartenes. Las palmas, los silbatos. Luego de caminar unos metros más, llegamos al punto de la convocatoria: Balbín y Goyeneche, a tres cuadras de la subida a la Panamericana y a escasos metros de una de las dos bocas del costoso túnel construido por Larreta. Unos doscientos vecinos y vecinas colmaban la esquina. Con Rocío nos miramos. No estaba nada mal. Al bebé lo cargamos en brazos. Tenía el cuerpo tenso, los ojos abiertos como un animalito en estado de alerta. El ruido, a nuestro alrededor, por momentos era ensordecedor.

El esquema de la protesta era sencillo y estratégico: cuando el semáforo cortaba el paso del tránsito que venía por Goyeneche, una buena parte de los manifestantes copaba la calle y de cara a los coches y colectivos levantaba bien alto las cartulinas y carteles hechos a mano, entonaba las consignas, le pegaba al bombo leguero, al cencerro, aplaudía, flameba banderas argentinas. Luego todo el mundo volvía a subir a la acera, que en ese punto del barrio es un espacio verde, una plazoleta, para dejarle paso al tráfico, que en muchos casos mostraba su apoyo con bocinas y brazos levantados, y en otro, un fastidio que se expresaba con el chirrido de gomas o la marcada aceleración del motor.

Fui para allá. En seguida cortó el semáforo. Dos vecinos arengaban al resto para que copemos el asfalto. En esa especie de pogo vecinal, en el que se armaba un rectángulo en movimiento, la temperatura ascendía varios grados. Encontrarse en los ojos de los vecinos y vecinas mientras nos llenábamos la boca de insultos contra el presidente, fue muy grato. Una descarga que necesitábamos como un mendigo un poco de pan, como dice Ciro Martínez en una bella canción. Hace tres años que rumiamos rabia e indignación entre los nuestros, los pares, las relaciones sociales y con suerte laborales, pero cuando nos juntamos con el otro, la otra, a quien no conocemos, y entablamos un vínculo aunque sea ocasional por el rechazo visceral por el Gobierno, la ecuación cambia. Y el estado de ánimo, también. Pasás de la impotencia a la euforia. Luego vendrá la organización, vital para pensar en cualquier plan para el futuro, pero estar ahí, alrededor del primitivo fuego de la protesta, junto al de al lado, con los puños cerrados, la voz ronca y los ojos humedecidos por la bronca, resultó ser un gran remedio para un gran mal, como reza una frase célebre del enorme Indio Solari.

En la plazoleta, Rocío hablaba con la vecina que nos habíamos cruzado hace un rato, atenta a los movimientos del bebé, que ahora deambulaba por arriba del césped, entre las piernas de los vecinos y vecinas que le pegaban con ganas a un sartén o pizzera, o aplaudían. Las sirenas de la policía, que había cortado la calle, bañaban de azul la zona. Sonaban bocinas por todos lados. Muchas para apoyar la protesta, y la gran mayoría porque querían avanzar, llegar a casa. Desde los colectivos, algunos pasajeros saludaban, aplaudían. El resto observaba un espectáculo que se multiplicaba en varios puntos de la Ciudad: una parte de los sectores medios manifiestan su rechazo a un gobierno cínico y despiadado.

Es hora de irse. Hay que bañar al bebé, darle de comer. Pero él sigue dando vueltas, con con sus paso cada vez más firmes. La tensión que hace un rato le endurecía el cuerpo, se convirtió en algarabía. Va y viene. Grita. Se ríe. Nosotros vamos atrás, como corresponde para dos padres de un nene de un año y dos meses. Frena ante una parada de colectivo que nadie usará por un rato, ya que Goyeneche está cortada. A sus pies hay algunos escombros. Inclina su torso, sin torcer las piernitas, como si fuese de goma, y agarra un pedazo de ladrillo más grande que la palma de su mano. Y le pega al caño. Una, dos, tres veces. Y nos mira. Busca nuestra aprobación. Nosotros le sonreímos, por supuesto, y con una complicidad que él no capta, nos miramos entre nosotros, tragamos saliva y nos secamos las lágrimas con los dedos.

Unos minutos después, regresamos a casa por Goyeneche. El calor es agobiante. Son las 21.05 de la noche. Valió la pena darse una vuelta. Tenemos el ánimo colectivo bastante más fuerte que hace un rato. Y un hijito que entendió todo.

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Pases en tiempo de desempleo IV (parte final B)

Marcelo se sentó en el borde de la fuente de agua que está frente a la entrada del Parque Sarmiento, y miró la hora en la pantalla de su celular. Las seis en punto de la tarde. De Uriel y Gastón -el joven de gorrita- no había señales. El corazón le galopaba a una velocidad inédita. Nunca le había corrido tan rápido la sangre. Respiró hondo por lo menos cinco veces, hasta tranquilizarse, como hacía de chico, cuando sufría brutales ataques de asma.
El dueño y empleado de la pinturería llegaron 18.04 arriba de una camioneta Fiorino de color gris topo. Le hicieron señas para que se subiese a la caja cerrada del vehículo, y arrancaron.
- ¿Estamos bien? - le preguntó Uriel a través del espejo retrovisor.
- Bien, sí.
- Me alegro.
Dieron una vuelta en U y pasaron a provincia de Buenos Aires por encima de la General Paz, que a esa hora estaba colapsada por el tráfico. Cuatro cuadras más adelanteenfilaron hacia la izquierda por una calle lateral. Hicieron cincuenta metros y frenaron frente al portón oxidado de una fábrica cerrada.
- Venite al volante, Marcelo.
Los tres hombres, en simultáneo, cambiaron de lugar. Uriel se acomodó en el asiento del acompañante y Gastón, en la caja. El jefe abrió la guantera y sacó un morral y una cartera de mano, de la que sacó dos pistolas nueve milímetros. Le pasó una a Gastón, que la maniobró para corroborar que funcionase correctamente. Uriel guardó la suya detrás de su cintura.
- Esta es para vos pero no es imprescindible que la uses. ¿La querés? - le ofreció una pistola calibre 38 a Marcelo.
- No, gracias. Ni siquiera la sé usar.

Viajaron en silencio, por la avenida Mitre, unas veinte cuadras. Durante todo el trayecto Marcelo estuvo tenso como una viga. Uriel lo debe haber notado, pero no dijo nada. Esta vez no perdía el tiempo con las fotos, videos y mensajes del celular. Ahora iba serio como perro en bote, con la vista clavada en la película que transcurría del otro lado del parabrisas. Se había sacado el aro de oro de la oreja izquierda. El horizonte tenía un color anaranjado. Luego de algunas indicaciones, llegaron a la cuadra de la farmacia.
- No apagues el motor y cualquier movimiento sospechoso que veas me pegás un llamado. ¿Estamos? -ordenó Uriel.
- Estamos.
- Nos vemos en un toque -lo despidió Gastón, que en ningún momento del viaje había perdido su semblanza de pibe despreocupado.
La Fiorino estaba estacada, con el motor en marcha, sobre Bernardino Rivadavia, la cuarta calle paralela a la avenida Mitre, en dirección a la Panamericana.. En la cuadra no se veían mas de diez personas que iban o venían. La tarde ya comenzaba a caer y la temperatura rozaría los veinticinco grados. La luces de neón verdes y blancas de la marquesina de la farmacia ya estaban encendidas. Marcelo vio cuando sus compinches ingresaron al local y, un segundo después, Gastón cerraba la puerta de vidrio luego de mirar hacia los costados.

Pasaron exactamente 2.56 segundos hasta que Gastón volvió a abrir la puerta de la farmacia. Para Marcelo transcurrió una vida. Durante todo ese lapso de tiempo no movió un músculo de su cuerpo. El celular siempre lo tuvo sobre su pierna derecha. No sacó los ojos de la puerta de la farmacia, salvo para mirar hacia uno u otro lado de la calle. Deseó tener la treinta y ocho a mano. Transpiró como un chancho y le faltó el aire, pero en un momento logró apaciguarse a partir de la aparición que realizó su nona Violeta por medio de imágenes y recuerdos. Había crecido con ella en su humilde vivienda de material del barrio Mitre, en Saavedra. Era tucumana, había llegado a Buenos Aires con un primo, cuando era muy chica, y luego de trabajar sin descanso en casas ajenas, fregando pisos y baños ajenos, planchando ropa ajena, cuidando hijos ajenos, se había podido jubilar, sin haber aportado nunca un solo peso, en 2012. Pero al año siguiente nomás, el diablo metió la cola y permitió que se la llevase una inundación. La vecina que la cuidaba había cerrado con llave desde afuera, y la vieja no pudo salir de su propia casa, a la que le entró el agua de la lluvia y el centro comercial Dot hasta lo más alto de la puerta. Violeta tenía la piel oscura como la tierra húmeda, y surcada por cientos de arrugas. Era dura como el roble. Sólo había tenido un puñado de gestos cariñosos para Marcelo a lo largo de toda su infancia. Pero a pesar de llevar una vida modesta, siempre se ocupó de que al nene no le faltase nada.

- Más fácil que robarle a un nene un chupetín, Chofer – largó Uriel ni bien se metió en la camioneta. Tenía los cachetes rojos y húmedos, y la mirada todavía helada -. Salí bien pancho. Como si fuésemos tres amigos que se van a pescar a Chascomús.
No podían bajar las ventanillas por una cuestión de seguridad. El hedor a la transpiración y adrenalina de Uriel y Gastón invadía la cabina y la caja del vehículo. Ninguno abrió la boca hasta que cruzaron la General Paz, ya no por Mitre, sino por encima de la Panamericana. Una vez que dejaron atrás el control policial de la avenida Goyeneche, y la moderna comisaría de la Metropolitana, ya del lado de Capital, bajaron los vidrios, guardaron los fierros en la cartera de mano y prendieron un par de cigarros.
- ¿Cuántas vamos ya? - le preguntó Uriel al de la gorra, que se había arrodillado en el fondo y no podía quedarse quieto.
- Media docena.
- Un buen número.
Chocaron las palmas de las manos. Fuerte. Con ganas. Luego Uriel le dio unas palmadas en el hombro a Marcelo.
- Muy bien, Capo. Ni una falla.
Estacionaron en la esquina de “Tu color”. Bajaron del vehículo y caminaron con el paso apretado. El morral de cuero gastado que colgaba del hombro derecho de Uriel bailoteaba al son de las cosquillas que le sacudían el cuerpo. El local todavía estaba abierto, a cargo del segundo empleado. Uriel lo despachó en seguida. Cerraron y se dirigieron a la oficina del fondo.
- Tomás cerveza, ¿Marcelo?
- Sí.
Uriel puso sobre la mesa playera tres vasos y una cerveza helada que sacó de una heladerita. Brindaron.
- Así que ya vamos media docena.
- Sí, pá. Y por ahora tenemos la suerte de nuestro lado.
- Exacto – dijo Uriel.
- Aunque todos sabemos que esa racha se corta en el momento menos esperado.
- También es cierto -coincidió el jefe, mientas se ponía de pie e iba hacia el mueble en el que había dejado el morral.
- ¿A vos se te hizo muy largo? - le tiró el pibe a Marcelo.
- Interminable. Es la primera vez que lo hago.
- Ya sé. Pero te vi tranquilo, eh. Hay que tener sangre fría para hacer esto.
Uriel se puso frente a los muchachos con varios fajos de billetes de cien en la mano.
- Negro, para vos tengo diez lucas. Tomá. Te las ganaste – y le pasó el dinero a Marcelo.
- Para vos, esto -le entregó el dinero a Gastón. La pila de billetes era más alta que la anterior.
- Yo ya me guardé lo mio -aclaró, y volvió a llenar los vasos para luego pedir otro brindis.
Cuando Gastón puso un reggeatón en su celular y se prendió otro cigarrillo, Marcelo se estaba poniendo de pie para irse a casa. Uriel lo miró con una mueca de asombro. Estuvo a punto de invitarlo a que se quede un rato más. Pero en cambio le hizo un comentario del viaje:
- La vuelta que tuvimos que pegar para llegar de nuevo al barrio, ¿no?
- Sí, antes de ayer arrancaron con la obra del túnel. El tránsito ahora es un quilombo.
- Ey, yo estuve en la protesta que hicieron los vecinos ese día a la noche.
- ¿Posta? -dijo Uriel, mientras leía mensajes en su enorme teléfono.
- Sí, me crucé a una ex que iba para allá y la acompañé. Alto bardo había en la zona. Fuego. Un par de giles tiraban abajo las chapas. Había polis y bomberos.
- Mirá vos.
- ¿Lograron algo?
- Al contrario.
- ¿Qué pasó? - Uriel ahora miraba hacia los ojos de su compañero.
- Echaron a uno que estaba hablando por el megáfono por hacerse y comerse la poronga.
- Ah bueno. Pero así no vamos a hacer ninguna revolución.
- Qué se yo. A mi la verdad es que me chupa un huevo -dijo el pibe, mientras se pasaba los billetes de cien con la cara de Evita por los dedos -. De echo fui uno de los que lo putearon.
-...
- Nos vemos en cualquier momento, muchachos -cortó Marcelo con la mano en alto, y yendo hacia el frente del negocio.
- Nos vemos, capo -lo despidió Gastón.
Uriel abrió la cortina para que pudiese salir Marcelo. Antes de que sacase el cuerpo, le dijo:
- Esta es guita fácil pero entiendo que vos no te la vas a quemar.
- No. La necesito.
- Nos cruzamos en el parque o te llamo, ¿sí?
- Dale. Gracias por darme una oportunidad.

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