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Media tonelada de pino


El primer sonido de la mañana fue una especie de goteo sobre el fondo de un balde. Gotas gruesas, pesadas. Luego entendería que se trataba del golpe seco de una cuchilla de mango celeste, mordiendo, hachando la madera. Casi enseguida escuché, siempre entre sueños, el primer rugido de la motosierra. Eran las ocho de la mañana y ya debían hacer veinticinco grados.

Nueve horas después y con el sol todavía alto -aunque ya lanzando hacia el inevitable declive hacia el oeste-, el hombre de la motosierra seguía desmembrando la base del tronco que un rato antes había caído contra el suelo de cemento alisado del patio de la casa de al lado, y que durante casi veinte años le dio sombra a nuestro patio. El ruido fue ensordecedor y el piso tembló como si se hubiese desplomado el techo de una casa.


Desde la terraza, durante el día, pudimos ver cómo trabajaba la cuadrilla. El que mandaba era el que manejaba la motosierra; tenía a su cargo a tres jóvenes, cuya tarea era la de sacar a la calle los restos de la faena a medida que cortaba y hacía caer hacia el patio las ramas del pino. El hombre arrancó de arriba hacia abajo, con la ayuda de una larga escalera de aluminio y un sistema de seguridad que constaba de una soga agarrada a la cintura. Allá en lo alto, motosierra para las ramas más gruesas, cuchilla para las más angostas. Primero peló la copa del árbol, que siempre fue una especie de abanico apaisado, extendido hacia los costados, y luego fue por las gruesas extensiones que se ramificaban hacia los costados. Los pibes, abajo, acompañaban la caída de los troncos con la ayuda de unas cuerdas.

Cuando nos fuimos a la reinauguración de Tecnópolis, cerca de las 18.30, los tres pibes seguían sacando a la calle los restos de la base del árbol. Trozos perfectamente rebanados, con forma de rodajas de naranja, treinta kilos cada uno, diámetros de medio metro, cincuenta kilos por pieza. Ellos parecían recién llegados de una travesía extrema por las fauces de un bosque. Piel abarrotada por el sol y el aserrín. Zapatillas, pantalones largos, remeras y gorritas con la tela rasgada, algún bicho les zumbaba alrededor de la cabeza. No tenían guantes. Las manos raspadas, llenas de rasguños. Solo durante una media hora, a eso de las dos de la tarde, parecieron tomarse un descanso. Fue el único momento de la jornada en la que reinó el silencio. Ni palabras hubo. Deben haber cerrado los ojos, con las piernas estiradas y la espalda pegada a la pared del patio. Luego retomaron y no pararon más.

Ahora, una alfombra de troncos, ramas, hojas, frutos -los llamados coquitos- y kilos de hollín cubren toda la vereda de la propiedad, y a lo largo de unos diez metros. El aroma del pino, sus restos desperdigados, la savia ahora sangrante, llega hasta el coche y hasta nos compaña durante un par de cuadras, hasta que dejamos atrás el barrio.

No es gratis cargarse un árbol que debía tener unos treinta años. A los cuatro laburantes, que llegaron en Renault 18 destartalado, les costó diez horas de laburo con dos motosierras, varios litros de nafta, una cuchilla, sogas, una escalera, carretillas y el cuerpo diezmado por el cansancio y las heridas en la piel. A los dueños de la casa, una buena paga para los muchachos, y la contratación de un servicio de la empresa de recolección de basura para que retiren de la vereda los restos de un pino que llenan dos contenedores de escombros y que deben pesar media tonelada. Nosotros perdimos la sombra de la mañana sobre el patio, y desde la terraza, una protección visual que ahora quedó al desnudo y nos dejó a merced de una mega obra inmobiliaria que están realizando en la esquina. También perdimos una gama de verdes que solo la naturaleza te puede dar, y el pio de las cotorras que con el primer sablazo de la mañana habrán volado en busca de un nuevo refugio.

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El bondiolero de Saavedra

El hombre apareció sin que lo llamen. Modesto en su forma de vestir, en su modo de mirar, hasta en su postura corporal. De piel morena, tonada provinciana, manos curtidas, un fresco día de sol, a media mañana, se instaló bajo el toldo de una humilde verdulería, justo en el cruce de las calles Manzanares y Plaza, en Saavedra y comenzó a ofrecer sus productos.

Hace casi un año que por esa esquina no hay tránsito vehicular. Tampoco del otro lado de la vías, ni mucho menos en la avenida Balbín, a cien metros. La obra del túnel transformó el pulso del barrio. Grúas, camiones y palas mecánicas, camiones con acoplados, un frío y enorme vallado de chapas amarillas alrededor de la avenida, comercios cerrados, tierra, polvo y más polvo, y muchos muchachos de mameluco naranja y casco de la UOCRA. 


Son ellos, justamente, los clientes del protagonista de este relato. Aparecen con las manos en los bolsillos, de a tres o de cuatro, antes de las doce del mediodía. Traen los pantalones y los zapatos de trabajo llenos de tierra o barro, si es que llovió en las últimas horas. Sonríen, gritan al hablar, hacen fila sobre una línea invisible, a un metro de distancia de la parrilla de tipo tambor del vendedor, para comprar una tortilla, una bondiola o un choripán.

El modesto puesto de comida está ubicado frente al único ingreso del andén provisorio de la estación Saavedra de la línea Mitre de los Ferrocarriles Argentinos. Bajo el toldo de la verdulería. Sobre unos canteros en los que alguien plantó, hace cincuenta años, unos majestuosos gomeros que dan mucho más que sombra, los obreros, ferroviarios, trabajadores de talleres mecánicos, algún encargado de edificio o sereno de un garaje, hacen otra fila frente a una tabla colocada sobre un mesa improvisada, en la que pueden agregarle al sándwich algún condimento o unas cucharaditas de ensalada criolla.

Por la tarde, cuando el sol ya comienza a perfilar su caída, el hombre le pega una barrida a la esquina prestada, limpia la parrila con una manguera también prestada, y luego de ponerle candado a la cadena que anuda el artefacto a un parante del toldo, se despide del boletero de la estación, o el viejo policía que allí hace consigna, y desaparece por el mismo lugar que aparecerá al otro día, para ganarse el mango.

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Pases en tiempo de desempleo IV (parte final B)

Marcelo se sentó en el borde de la fuente de agua que está frente a la entrada del Parque Sarmiento, y miró la hora en la pantalla de su celular. Las seis en punto de la tarde. De Uriel y Gastón -el joven de gorrita- no había señales. El corazón le galopaba a una velocidad inédita. Nunca le había corrido tan rápido la sangre. Respiró hondo por lo menos cinco veces, hasta tranquilizarse, como hacía de chico, cuando sufría brutales ataques de asma.
El dueño y empleado de la pinturería llegaron 18.04 arriba de una camioneta Fiorino de color gris topo. Le hicieron señas para que se subiese a la caja cerrada del vehículo, y arrancaron.
- ¿Estamos bien? - le preguntó Uriel a través del espejo retrovisor.
- Bien, sí.
- Me alegro.
Dieron una vuelta en U y pasaron a provincia de Buenos Aires por encima de la General Paz, que a esa hora estaba colapsada por el tráfico. Cuatro cuadras más adelanteenfilaron hacia la izquierda por una calle lateral. Hicieron cincuenta metros y frenaron frente al portón oxidado de una fábrica cerrada.
- Venite al volante, Marcelo.
Los tres hombres, en simultáneo, cambiaron de lugar. Uriel se acomodó en el asiento del acompañante y Gastón, en la caja. El jefe abrió la guantera y sacó un morral y una cartera de mano, de la que sacó dos pistolas nueve milímetros. Le pasó una a Gastón, que la maniobró para corroborar que funcionase correctamente. Uriel guardó la suya detrás de su cintura.
- Esta es para vos pero no es imprescindible que la uses. ¿La querés? - le ofreció una pistola calibre 38 a Marcelo.
- No, gracias. Ni siquiera la sé usar.

Viajaron en silencio, por la avenida Mitre, unas veinte cuadras. Durante todo el trayecto Marcelo estuvo tenso como una viga. Uriel lo debe haber notado, pero no dijo nada. Esta vez no perdía el tiempo con las fotos, videos y mensajes del celular. Ahora iba serio como perro en bote, con la vista clavada en la película que transcurría del otro lado del parabrisas. Se había sacado el aro de oro de la oreja izquierda. El horizonte tenía un color anaranjado. Luego de algunas indicaciones, llegaron a la cuadra de la farmacia.
- No apagues el motor y cualquier movimiento sospechoso que veas me pegás un llamado. ¿Estamos? -ordenó Uriel.
- Estamos.
- Nos vemos en un toque -lo despidió Gastón, que en ningún momento del viaje había perdido su semblanza de pibe despreocupado.
La Fiorino estaba estacada, con el motor en marcha, sobre Bernardino Rivadavia, la cuarta calle paralela a la avenida Mitre, en dirección a la Panamericana.. En la cuadra no se veían mas de diez personas que iban o venían. La tarde ya comenzaba a caer y la temperatura rozaría los veinticinco grados. La luces de neón verdes y blancas de la marquesina de la farmacia ya estaban encendidas. Marcelo vio cuando sus compinches ingresaron al local y, un segundo después, Gastón cerraba la puerta de vidrio luego de mirar hacia los costados.

Pasaron exactamente 2.56 segundos hasta que Gastón volvió a abrir la puerta de la farmacia. Para Marcelo transcurrió una vida. Durante todo ese lapso de tiempo no movió un músculo de su cuerpo. El celular siempre lo tuvo sobre su pierna derecha. No sacó los ojos de la puerta de la farmacia, salvo para mirar hacia uno u otro lado de la calle. Deseó tener la treinta y ocho a mano. Transpiró como un chancho y le faltó el aire, pero en un momento logró apaciguarse a partir de la aparición que realizó su nona Violeta por medio de imágenes y recuerdos. Había crecido con ella en su humilde vivienda de material del barrio Mitre, en Saavedra. Era tucumana, había llegado a Buenos Aires con un primo, cuando era muy chica, y luego de trabajar sin descanso en casas ajenas, fregando pisos y baños ajenos, planchando ropa ajena, cuidando hijos ajenos, se había podido jubilar, sin haber aportado nunca un solo peso, en 2012. Pero al año siguiente nomás, el diablo metió la cola y permitió que se la llevase una inundación. La vecina que la cuidaba había cerrado con llave desde afuera, y la vieja no pudo salir de su propia casa, a la que le entró el agua de la lluvia y el centro comercial Dot hasta lo más alto de la puerta. Violeta tenía la piel oscura como la tierra húmeda, y surcada por cientos de arrugas. Era dura como el roble. Sólo había tenido un puñado de gestos cariñosos para Marcelo a lo largo de toda su infancia. Pero a pesar de llevar una vida modesta, siempre se ocupó de que al nene no le faltase nada.

- Más fácil que robarle a un nene un chupetín, Chofer – largó Uriel ni bien se metió en la camioneta. Tenía los cachetes rojos y húmedos, y la mirada todavía helada -. Salí bien pancho. Como si fuésemos tres amigos que se van a pescar a Chascomús.
No podían bajar las ventanillas por una cuestión de seguridad. El hedor a la transpiración y adrenalina de Uriel y Gastón invadía la cabina y la caja del vehículo. Ninguno abrió la boca hasta que cruzaron la General Paz, ya no por Mitre, sino por encima de la Panamericana. Una vez que dejaron atrás el control policial de la avenida Goyeneche, y la moderna comisaría de la Metropolitana, ya del lado de Capital, bajaron los vidrios, guardaron los fierros en la cartera de mano y prendieron un par de cigarros.
- ¿Cuántas vamos ya? - le preguntó Uriel al de la gorra, que se había arrodillado en el fondo y no podía quedarse quieto.
- Media docena.
- Un buen número.
Chocaron las palmas de las manos. Fuerte. Con ganas. Luego Uriel le dio unas palmadas en el hombro a Marcelo.
- Muy bien, Capo. Ni una falla.
Estacionaron en la esquina de “Tu color”. Bajaron del vehículo y caminaron con el paso apretado. El morral de cuero gastado que colgaba del hombro derecho de Uriel bailoteaba al son de las cosquillas que le sacudían el cuerpo. El local todavía estaba abierto, a cargo del segundo empleado. Uriel lo despachó en seguida. Cerraron y se dirigieron a la oficina del fondo.
- Tomás cerveza, ¿Marcelo?
- Sí.
Uriel puso sobre la mesa playera tres vasos y una cerveza helada que sacó de una heladerita. Brindaron.
- Así que ya vamos media docena.
- Sí, pá. Y por ahora tenemos la suerte de nuestro lado.
- Exacto – dijo Uriel.
- Aunque todos sabemos que esa racha se corta en el momento menos esperado.
- También es cierto -coincidió el jefe, mientas se ponía de pie e iba hacia el mueble en el que había dejado el morral.
- ¿A vos se te hizo muy largo? - le tiró el pibe a Marcelo.
- Interminable. Es la primera vez que lo hago.
- Ya sé. Pero te vi tranquilo, eh. Hay que tener sangre fría para hacer esto.
Uriel se puso frente a los muchachos con varios fajos de billetes de cien en la mano.
- Negro, para vos tengo diez lucas. Tomá. Te las ganaste – y le pasó el dinero a Marcelo.
- Para vos, esto -le entregó el dinero a Gastón. La pila de billetes era más alta que la anterior.
- Yo ya me guardé lo mio -aclaró, y volvió a llenar los vasos para luego pedir otro brindis.
Cuando Gastón puso un reggeatón en su celular y se prendió otro cigarrillo, Marcelo se estaba poniendo de pie para irse a casa. Uriel lo miró con una mueca de asombro. Estuvo a punto de invitarlo a que se quede un rato más. Pero en cambio le hizo un comentario del viaje:
- La vuelta que tuvimos que pegar para llegar de nuevo al barrio, ¿no?
- Sí, antes de ayer arrancaron con la obra del túnel. El tránsito ahora es un quilombo.
- Ey, yo estuve en la protesta que hicieron los vecinos ese día a la noche.
- ¿Posta? -dijo Uriel, mientras leía mensajes en su enorme teléfono.
- Sí, me crucé a una ex que iba para allá y la acompañé. Alto bardo había en la zona. Fuego. Un par de giles tiraban abajo las chapas. Había polis y bomberos.
- Mirá vos.
- ¿Lograron algo?
- Al contrario.
- ¿Qué pasó? - Uriel ahora miraba hacia los ojos de su compañero.
- Echaron a uno que estaba hablando por el megáfono por hacerse y comerse la poronga.
- Ah bueno. Pero así no vamos a hacer ninguna revolución.
- Qué se yo. A mi la verdad es que me chupa un huevo -dijo el pibe, mientras se pasaba los billetes de cien con la cara de Evita por los dedos -. De echo fui uno de los que lo putearon.
-...
- Nos vemos en cualquier momento, muchachos -cortó Marcelo con la mano en alto, y yendo hacia el frente del negocio.
- Nos vemos, capo -lo despidió Gastón.
Uriel abrió la cortina para que pudiese salir Marcelo. Antes de que sacase el cuerpo, le dijo:
- Esta es guita fácil pero entiendo que vos no te la vas a quemar.
- No. La necesito.
- Nos cruzamos en el parque o te llamo, ¿sí?
- Dale. Gracias por darme una oportunidad.

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Pases en tiempos de desempleo IV (parte final A)

Carlos y su novio -Luciano- se acostaron en el sommier del dormitorio, luego de mirar en el living un par de capítulos de la segunda temporada de la serie Narcos. Las luces de los veladores ya están apagados y sus cuerpos están enlazados en forma de cucharita. En silencio, miran en dirección a la puerta del patio, por la que se filtra la luz pálida de un farol del fondo de la casa de un vecino.
El cielo, en lo alto, está limpio y estrellado, sin luna.
- ¿No es precioso el trato que Escobar tiene con su mujer? - dice Luciano.
- La Tata.
- La compañera de toda su vida, una chica de pueblo, sencillita. Él nunca le levanta la voz, le habla de usted, le jura, aún en las peores circunstancias, que ni a ella ni a sus hijos les faltará seguridad ni mucho menos, amor -sigue Luciano.
- Pero guarda, gordo, que si bien ella la juega de sumisa, en cuanto las cosas se empiezan a complicar, como ahora que Don Pablo y su imperio se hacen trizas, ella muestra las uñas. No es ninguna zonza. Sabe que su marido amasó una montaña de plata con el tráfico de cocaína.
- También sabe que su hombre, por lo menos en los inicios de su carrera, cumplió una notable función social -agrega Luciano, mientras acaricia el hombro de su pareja.
- Ah bueno -dice Carlos. ¿Y eso?
- Qué – devuelve Luciano, a la defensiva.
- A Escobar nunca le importó la gente de su Medellín natal ni de ningún otro lado. Siempre fue una mierda.
- No estoy de acuerdo para nada -devuelve Luciano, mientras se despega del cuerpo de Carlos-. El tipo ocupó el rol que hacía décadas había abandonado el Estado, por conveniencia si querés, pero desde ese lugar encabezó una obra social importante durante algunos años.
- Esa es una de las boludeces más grandes que escuché en el último tiempo, Lu. Estoy francamente sorprendido - se excusa Carlos, luego de erguirse y sentarse sobre la cama.
Luciano también se sienta. Ahora están de frente. Están en cueros. El aire está espeso y despide un leve olor a transpiración. A pesar de la escasa luz se miran a los ojos. La tensión perdura un largo medio minuto. Asumen en silencio que se agotaron las palabras. Es hora de acostarse, de espaldas al otro.

Al otro día, Carlos se levantó temprano y salió de casa sin despedirse de su novio. Dos cuadras antes de la estación notó que en la avenida Balbín algo rompía la cotidianidad. La obra del túnel había comenzado. Varias máquinas perforadoras removían el pavimento y otras depositaban los escombros con una pala mecánica en unos grandes contenedores de acero. Decenas de obreros de la UOCRA, mientras tanto, iban y venían con sus herramientas al hombro y realizaban distintas tareas. Estaba claro. El gobierno porteño había logrado destrabar la orden judicial que tenía frenada la obra. Ahora agarrate. Te paso por encima. Ya habían levantado un extenso perímetro de chapas de un metro y medio de altura, y salvo un par de curiosos, allí no había ninguna señal de protesta. En una misma imagen se fusionaban la derrota y la prepotencia.

Carlos pasó todo el día en su oficina, en el antiguo edificio de la cartera de Agricultura, casi sin tareas. Aprovechó el tiempo muerto para leer en internet sobre Pablo Escobar. Un personaje fascinante, pensó, que la literatura recién ahora estaba abordando con interés. A Luciano no le envió ni una sola señal. Se ahogó en su propia frustración y resentimiento. Supuso que al otro le estaría pasando lo mismo. No era la primera vez que ante una diferencia, o encontronazo, a ambos se los devoraba el silencio.

Se dio cuenta que había lío cuando el tren cruzó la avenida, metros antes de frenar en la estación. Eran casi las ocho de la noche, y Carlos estaba con la mirada perdida en las casas, calles y árboles del barrio, cuando un reflejo en la ventana de la puerta del vagón le llamó la atención. Parecía fuego. Ni bien dejó atrás el andén comprobó que no estaba equivocado. El corredor que la obra habían montado para ir de un lado a otro de la avenida estaba ocupado por vecinos y curiosos que miraban hacia la otra punta con los brazos enganchados a las rejas, como si fuese una tribuna del fútbol de ascenso. En la esquina había un grupo de policías metropolitanos en estado de alerta. Los vecinos en lucha, el ruido y tres fogatas de dos metros de altura venían de la calle Tronador. Hacia allá se dirigió. Todas las chapas que formaban el perímetro de contención de la obra de esa zona, estaban desparramadas sobre el pavimento.

El orador estaba de pie arriba de un banco de cemento, en el centro de la plazoleta. Era alto y su barba blanca desalineada le llegaba hasta el pecho. Estaba nervioso. No era clara su intervención, y se le trabaron las palabras cunado llamó a los gritos a armar un acampe para resistir el avance de la obra. Algunos de los cincuenta vecinos que participaban de la reunión comenzaron primero a quejarse, a interrumpir al orador, a discutir entre ellos, con los otros que quisieron poner orden. En menos de un minuto unos y otros se tiraban acusaciones inconexas y fuera de contexto. Carlos pensó en la denominación “espacios silvestres” que los jóvenes militantes con los que hacía política usaban para describir de modo peyorativo a ese tipo de agrupamientos. Tenían razón. La reunión era un caos. Al asunto le faltaba, justamente, política. No había allí ni un solo dirigente o militante.

Los que estaban muy bien organizados eran los jóvenes que estaban finalizando su misión de derribar todos y cada uno de los paneles de acero que cercaban la obra. Desde la zona de la estación llegaban los ruidos de las patadas que los revoltosos le daban a los paneles, hasta hacerlos caer. Tomaban carrera y paaaammmm. Los policías no intervenían. Los vecinos y algunos comerciantes -notablemente perjudicados por la obra-, tampoco. Por Tronador, en contramano, irrumpió un camión de los bomberos. Tenía los celulares encendidos pero no la sirena. Los uniformados se quedaron arriba del vehículo.

Fue en ese instante que Carlos levantó el brazo y pidió la palabra. El de barba blanca lo identificó, le hizo señas para que se acercase al banquito improvisado, y luego de pedir silencio, le cedió el megáfono. Se habían calmado los ánimos, pero a Carlos ya le temblaba la mano. - Vecinos y vecinas, soy Carlos, vivo en Estomba 3540 y quiero solidarizarme con vuestra lucha, ya que como ustedes considero que la construcción de este túnel es absolutamente innecesario. Lo digo por el problema de las inundaciones, por cómo afecta a los comerciantes, el tránsito en el barrio durante casi un año, pero también porque el PRO solo hace márketing barato y le importamos tres carajos.
Del grupo de vecinos emergió un tibio aplauso.
- De todos modos, vecinos y vecinas, creo que ahora es momento para organizarse, ya que noto mucho desorden entre ustedes, y eso beneficia de modo directo a Larreta y a Macri.
- ¿Y éste de dónde salió? – murmuró uno a un costado.
Carlos giró la cabeza de modo involuntario para identificar al responsable del comentario. Era joven, estaba bien vestido, tenía ojos claros y tenía cubierta la cabeza con una gorra naranja de marca Adidas.
- Trabajo en el Estado nacional y les aseguro que a pesar de la persecución que el gobierno está realizando contra los trabajadores, cuando uno se organiza logra grandes resultados…
- Te estás yendo por las ramas, flaco… - comentó una señora.
- O por lo menos esa articulación amortigua la lluvia de golpes...
- Cortala capo, no queremos política… - alzó la voz un tercero.
- La organización vence al tiempo, dijo un gran estadista que…
- No necesitamos tus consejos, trolo… - le escupió un cuarto, ya sin filtro.
- Si no se organizan los van a pasar por arriba …
- Andate, culo roto -los gritos provenían de los labios desbocados de unas tres personas más. Carlos vio que el joven de la gorra incitaba a los más intolerantes. Se reía. Disfrutaba de aquel avance que ya rozaba la humillación.
Tuvo que tirar para atrás la cabeza cuando un jubilado con la camisa gastada le quiso arrebatar el megáfono.
- Tranquilos, vecinos. Dejemos hablar. Seamos respetuosos -intervino el de la barba blanca.
- Que se vaya. Seguro es de La Cámpora. Una corrupto, un ladrón – gritó una señora de lentes y pelo negro.
- ¡No digan más pelotudeces que así no vamos a ningún lado! -intervino un flaco que en su mano derecha aferraba la correa de un labrador.
- ¡Vos sos otro sorete que apoya a la cretina! -le gritó un señor con lentes oscuros y pantalones cortos al flaco del perro.
Más gritos. De nuevo el caos.
El alboroto fue interrumpido por un grito desesperado:
- ¡Se quieren llevar preso a Alvarito! -gritó uno, a un costado de las fogatas. Estaba transpirado, con el pelo desalineado, y llevaba una cámara de fotos en la mano. Señalaba hacia la estación.
La gran mayoría de los vecinos salieron disparados hacia allá. El de la barba blanca, entonces, le pidió a Carlos el megáfono. Luego lo miró de modo comprensivo, y antes de irse le dijo:
- Disculpá las faltas de respeto, pero acá no quieren discursos ni posiciones políticas.

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Pases en tiempos de desempleo III

- Para mí hay que reventar la peluquería – lanzó el joven de veinticinco años. Tenía puesta una gorra Nike y las patas estiradas sobre una banqueta.
- Es arriesgado, Pá. No conocemos todos sus movimientos- devolvió el que mandaba allí adentro, Uriel, que lo doblaba en edad y que no sacaba la vista de la pantalla de su celular.
- Pero estamos a tiempo, ¿o no?
- No. Ya fue.
- ¿Vos qué pensás? – le dijo el joven a Marcelo, que hasta ese momento no había abierto la boca más que para comer el almuerzo. 

- Yo prefiero ir a la farmacia.
- Claro, pibe. Este recién se suma y ya la tiene más clara que vos –dijo Uriel-. El viernes justo cae día cinco del mes, llega la guita para los sueldos de los seis empleados y aparte tenemos la mosca de la recaudación de ese día y el anterior. Aparte sabemos que nos podemos irnos a la mierda en un solo auto y sin problemas. Creo que podemos rozar las ochenta lucas.

Los tres estaban sentados alrededor de una mesa de plástico, de tipo playera, en una pequeña oficina de paredes blancas y luz artificial que estaba ubicada en la parte de atrás de la pinturería “Tu Color”. Acababan de almorzar unas bandejas de comida china. Eran las dos y media de la tarde y faltaba una hora para volver a abrir al público. El negocio era de Uriel y lo sostenía con dos empleados: el de la gorra y otro de unos treinta y cinco años que había aprovechado la pausa laboral del mediodía para ir a resolver un problema familiar. Marcelo no estaba cómodo pero sí decidido. Era la tercera vez que compartía un rato con esa gente, y la primera en un mano a mano. Los había conocido quince días atrás, después de haber jugado un picado en el Parque Saavedra. Era domingo y gracias al frío y a una fina llovizna, el potrero había sido todo para ellos. Eran como trece jugadores por equipo, pero salió lindo. Pudo correr, distraerse un rato del agobio mental que lo estaba atormentando, y hasta se dio el gusto de tirarle un caño a uno en una jugada que se armó por la derecha, en una zona de tierra dura y despareja. Fue en el cierre del partido que un conocido lo invitó a tomar unas cervezas en la puerta del Chino de García del Río. Ahí conoció a los muchachos. No abrió la boca, pero a los otros no les costó nada sacarle una radiografía. Al otro fin de semana, y de nuevo después del picado, cuando ya había caído la noche, su conocido le presentó a Uriel, que no jugaba a la pelota pero que se mostraba a un costado, sobre un tronco caído, junto a otros compinches. Fue él el que le dijo, luego de estrecharle la mano, que podía darle una mano para saltear las urgencias económicas. Era un corcho quemado que no valía un peso, pero mostraba una seguridad en sí mismo que despertaba respeto. Tenía un aro en la oreja y un celular muy caro en la mano. Él entendido todo enseguida. No lo pensó dos veces. De algún modo ya se había preparado para ese escenario. Lo preveía. Dijo que sí cuando lo citaron a la pinturería, a mitad de la semana.

- No pinta ningún laburo, entonces, ¿Negro? – le tiró de la lengua Uriel, de nuevo embobado con su teléfono de última generación, grande como un libro de bolsillo.
- Sí, ya no tengo más aire.
- Yo acá no puedo tirarte ni una migaja. En cualquier momento tengo que echar a la mierda a alguno de estos dos –advirtió Uriel, con una sonrisa insinuada en los labios.
- Ya me quemé los ahorros y eso que no pagué ni la luz ni el gas.
- Hay un quilombo bárbaro con eso. Están frenados los aumentos –dijo el de la gorra, que no solo navegaba el Youtube para ponerse al día con la música electrónica, sino que también a veces leía algún portal de noticias.
- Sí, pero en cualquier momento les liberan las facturas. Están todos entongados. Estos vinieron a llevarse todo –dijo Uriel.
- ¿Y los otros? También se la afanaron toda –contestó el chico.
- No sé, Pá. Pero había más guita en la calle. Mirá la miseria que hay ahora. Nosotros bajamos un cuarenta por ciento la facturación. 

- Sí –asumió el otro -. Macri gato.
- No hay un cobre en la calle –sumó Marcelo, que se había vestido con jeans y una chomba gastada para la reunión. Los nervios lo traicionaban. Le bailoteaba el labio inferior cada vez que hablaba.
- Por eso hay que ir a buscarlo –dijo Uriel ni bien se puso de pie, y estiró los brazos y exhaló aire de sus pulmones. Tenía buen estado físico. No fumaba ni tomaba alcohol.
- Listo, ¿entonces? –dijo el joven, que también se puso de pie.
- Nos vemos el viernes a las seis de la tarde frente a la entrada del Parque Sarmiento –dijo Uriel, después de guardar su teléfono en el bolsillo de la campera de nylon. Se acercó a Marcelo y luego de apoyarle una mano en el hombro, y mirarlo a los ojos, le dijo: - ¿Vos estás seguro de que querés avanzar con esto?
- Muy seguro.

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Pases en tiempos de desempleo II

Carlos se convenció al ver los volantes adheridos en las vidrieras del noventa y cinco por ciento de los comercios de Balbín. “NO al túnel. Por nuestro trabajo. Por las inundaciones. Por la inseguridad. Nos juntamos el viernes 18/08, a las 19.00 horas, en la plazoleta Goyeneche”. Listo. Se sumaría a la protesta. Necesitaba juntarse con otros para escupir aunque sea parte del veneno que lo estaba ahogando.

Carlos se había sumado a las actividades de una unidad básica pocos días después de la muerte de Néstor Kirchher, sacudido en algún punto de su sensibilidad por las imágenes del velorio y la plaza llena de jóvenes. No venía de una familia peronista, pero trabajaba en el ministerio de Agricultura y a lo largo de los últimos años pudo constatar con sus propios ojos cuál era la diferencia entre un Estado presente y otro bobo y retirado. También le resultó evidente el contraste que se produjo entre los pibes que habían entrado a trabajar en el último tiempo, con respecto a los vejestorios estatales que estaban atornillados a una comodidad que no le servía a nadie, y que en el último tiempo azuzaban la idea de ñoquis que había lanzado Macri. Él no era ningún pescado. Los medios de comunicación atacaban al gobierno anterior porque se había animado a dar algunas discusiones muy pesadas.

Pero la experiencia militante en el barrio terminó en frustración. Si bien disfrutó las jornadas de trabajo conjunto por causas justas, las movilizaciones, actos e inauguraciones muy coloridas y entusiastas, algo se fue deteriorando en su interior, de modo paulatino y hasta dolorosa, hasta que dejó de ir. Había en el ambiente de la política una sistemática rencilla por nimiedades. La voz cantante en un acto barrial, la coordinación de los fiscales en una escuela, una responsabilidad en la estructura de la agrupación. Él no tenía nada que ver con eso. La energía la ponía en el trabajo, y en casa, en la que vivía junto a su compañero. Por introvertido, o cobarde, se fue sin hacer ningún planteo, o “dar la discusión”, como decían los más chicos.

Carlos caminó las seis cuadras que separan su casa de la estación Saavedra. Estaba de buen ánimo, aunque algo nervioso. La plazoleta había sido desbordada y parte de los doscientos vecinos cortaban uno de los carriles de la avenida Balbín, con el apoyo y la custodia de un patrullero de la Policía Federal. Ya había caído la noche y la primera fila de manifestantes portaba cartulinas con las distintas consignas de la convocatoria. El tráfico se movía lento y pesado hacia las vías y los automovilistas, con el brazo en la ventanilla, miraban con caras de fastidio. Carlos pensó que muchos de los que estaban ahí, por su ropa, su cara, sus poses y gestos, debían haber votado al gobierno que ahora los asfixiaba con su política económica. Dio unas vueltas entre la gente. Algunos hacían sonar silbatos. Otros le pegaban a una cacerola y el resto aplaudía. Allí no se hacía más que eso: un ruido parejo, a través de un ritmo acompasado. Empezó a aplaudir él también.

“¿Tenés idea en qué anda el tema del amparo?”, le preguntó un muchacho alto y flaco, vestido con ropa deportiva. “Ni idea. Recién me sumo”, contestó él. “Ah. Escuché al de la casa de fotografía que contaba que dos abogados estaban por hacer una presentación judicial para frenar la obra”, dijo el flaco. Una señora de unos cincuenta años, con rulos hasta los hombros y lentes con armazón de aluminio sobre la cabeza, contó que sí, que lo habían presentado por la mañana. “El juez de turno del fuero contencioso tiene tiempo hasta el miércoles para darle o no lugar”, dijo la señora. “Genial”, devolvió el muchacho. “Ojalá que avance”. “No creo”, retomó la señora, “estos tipos son muy listos para estas cosas”. “¿La gente de Larreta?”, sumó Carlos. “Sí”, contestó ella. “Para esto y mucho más”, dijo él. La señora y el de la ropa deportiva afirmaron con la cabeza, sin decir una palabra. El gesto fue pura resignación.

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Manu y Santino Dios

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