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Inyecciones de encanto (2)


Tuvimos que refugiarnos del sol bajo la sombra de uno de los árboles del parque de una de las exclusivas casas cuyos fondos desembocaban en la playa. En el jardín de al lado, los adultos de por lo menos dos familias de argentinos se aprestaban a prender el fuego de lo que presumimos sería un asado. Un rato más tarde, un poco por hambre, otro poco porque el calor nos estaba aniquilando, caminamos hasta la zona del centro y nos acomodamos en un pequeño restaurant con vista al mar y a la iglesia incrustada en el morro, en el que comimos una porción de rabas, papas fritas y una cerveza helada por trescientos pesos argentinos. En un plasma que estaba en el interior del comercio, pasaban un especial de capoeira bahiana que me conectó con otro viaje que realicé a Río de Janeiro en 2001. Cuando a eso de las cuatro de la tarde regresamos a la playa, decidimos dejarnos caer sobre unas sillas de plástico, y bajo la sombra de una sombrilla, pertenecientes a un bar de despacho de cervezas y licuados que funcionaba sobre una casa rodante, a pocos metros de la arena, en dirección a la costanera. Se pueden quedar, no hay problema, nos dijo uno de los camareros, en malla y con lentes para el sol, cuando vio en nuestras caras gringas las muecas de incertidumbre. Si quieren consumir algo, nos avisan. Tudo bom. Genial. Eso hicimos, un rato después. Entonces leímos algunas páginas de nuestros libros. Rocío, La revolución en bicicleta, de Mempo Giardinelli. Yo, Jefazo, la biografía de Martín Sivak sobre el compañero Evo Morales.

El doctor Eric Sabatini Regueira no debía tener más de treinta años. Era alto, flaco y en el bolsillo superior de su delantal blanco llevaba colgada una lapicera. El consultorio era pequeño y solo contaba con un escritorio, un par de sillas de plástico, una computadora, un mueblecito con puerta de vidrio y una camilla. Hablaba un perfecto portuñol. Nos pidió que le contemos por qué estábamos ahí. Eso hice, con un portuñol defectuoso. Sobre el final le pedí que me inyecten. Tomó algunas notas con el teclado y luego me pidió que me acostase en la camilla. Me hizo hacer algunos movimientos con las piernas y me realizó nuevas preguntas. Su tono cordial y su perfecta pronunciación delataban que el joven era hijo de una clase media que, hay que decirlo, el Peté de Lula y Dilma viene ensanchando de modo notable desde el 2002. Nos recetó tres medicamentos inyectables y nos envió a esperar a otra sala. Estaba tan aliviado que lo hubiese abrazado, pero me contuve y a cambio volvimos a darnos un apretón de manos. Lo mismo hizo con Rocío, en cuyo rostro tostado comenzaba a reestablecerse, por fin, su dulce semblante.

Contra las paredes –ahora sí algo descascaradas- de la sala de extracciones de sangre había acomodadas dos hileras de cuatro sillones reclinables de cuerina negra, con grandes apoya brazos y un perchero de metal para colgar suero o cualquier otra medicación. Me desparramé en uno y la invité a Rocío a que hiciese lo mismo, enfrente. Ella es tan respetuosa y ubicada. No quería. Insistí. Entonces se sentó. Nos miramos, sonreímos. A punto de por fin ser inyectado, supimos que a pesar de los inconvenientes, lejos de casa, estábamos en la antesala de la vuelta a la normalidad. Lo mismo con el auto, suponíamos. Aparte, no estaba nada mal que nuestras primeras vacaciones juntos tuviesen un capítulo alarmante para narrarle a los amigos y a la familia mientras mirásemos fotos en un living. De repente una enfermera ingresó a la sala. Tenía unos cincuenta años, delantal verde, una cofia del mismo color sobre el pelo y cara de pueblerina. En la mano traía una bandejita de plata. Me saludó y preguntó si yo era el del dolor en la cintura. Me ató una goma en el bíceps derecho y después de buscarme la vena la pinchó con una pequeña agujita. Sería por ahí, que a lo largo de unos cinco minutos, me introduciría tres remedios inyectables, uno detrás del otro. No sería un pinchazo en la nalga, entonces, sino a través de un sistema tipo transfusión de sangre. ¿No viene el garapobense al hospital del pueblo?, dije. Está trabajando, contestó ella. Pero cada tanto se enferma, como cualquier cristiano, agregué. No, acá se trabaja toda la temporada y luego se viene al hospital, dijo ella. Me puso un algodón sobre el punto rojo en que había entrado la aguja, luego una cinta, y me dijo que descansase otros cinco minutos antes de partir. Le conté que estábamos muy agradecidos con ella y con todo el sistema de salud pública brasileña. Sonrió. Alguna fibra del orgullo nacional le había tocado. Luego nos saludó y se retiró de la sala.

El taller ya estaba cerrado pero nuestro Gol estaba estacionado, en marcha, en la entrada de la casa de la parte delantera del terreno. Le preguntamos por Carlos a un hombre que vestía pantalones cortos y un par de viejas Havaianas y que estaba apoyado contra la pared de una casa. Nos señaló la vivienda del fondo del terreno. Cuando pasé a su lado, el hombre me miró con ojos extraviados, como si mirase sin ver. Aplaudí en la base de la escalera que ascendía a la casa del mecánico. Se asomó su hijo de doce años, de simpáticos rulos ensortijados, vivaracho, pícarón, que el día anterior mientras me mostraba con orgullo y junto a dos amigos el fondo del taller del padre, contó de modo atropellado que la semana anterior, una noche de mucho calor, había surfeado unas olas a eso de las doce de la noche. Mi papá está hablando por teléfono, me avisó. El motor del auto, a mis espaldas, ronroneaba con suavidad, sin chirridos. Ya eran más de la una de la tarde y teníamos que manejar setecientos kilómetros hasta Sao Gabriel, a mitad de camino hacia casa. Carlos bajó con el teléfono en la mano. No debía tener más de cuarenta y cinco años. Hacía quince años que estaba en Brasil, y ocho en Garopaba. Su mujer estaba embarazada. El día anterior había ponderado la calidad de vida de aquellos parajes de gente tranquila y un mar precioso. No nos quiso cobrar un peso. Le volvimos a agradecer tanta humanidad. Nos deseó buen viaje y nos saludó desde el la puerta de su hogar con la palma de la mano engrasada.

Aquel caluroso mediodía del 31 de enero, cuando finalmente emprendimos la larga vuelta a casa, Rocío manejó los cuatrocientos kilómetros de la imponente autopista BR 101 que nos llevó hasta Porto Alegre. Maniobró bajo la lluvia por sinuosas subidas y bajadas, por arriba y por dentro de los morros. Cebé mate, preparé sándwiches y puse canciones tal cual había hecho ella durante la ida. A nuestros costados, la imponente industria brasileña se expresaba en la vastedad de cementeras, automotrices, fabricas, centros comerciales y un sin fin de estaciones de servicios.

A la noche cenamos en la plaza del pueblo agropecuario de Sao Gabriel, en diagonal a la esquina en la decenas de vecinos ensayaban las sambas que cantarían y bailarían durante casi una semana, unos días después, en el mundialmente conocido carnaval brasileño. Luego, dormimos en una casa de familia encabezada por una vieja mujer negra que vivía de la crianza de abejas y que escuchaba reggae en un celular. Al otro día, ya en la frontera, compramos un juego de cubiertos Tramontina, y un rato después, por fin, agarramos la renovada ruta nacional número 14, y emprendimos, ahora sí, la recta final hacia casa. Sabíamos que nos esperaba una durísima y nueva realidad. Pero nos teníamos a nosotros, y los recuerdos todavía nítidos de nuestras primeras vacaciones.

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Inyecciones de encanto (1)


Eran las once de la mañana del domingo 31 de enero y el cielo de Garopaba estaba cubierto por una irregular capa de nubes. El aire estaba húmedo, espeso, y la calle lucía casi desierta porque los pescadores, empleados públicos, bancarios y algunos comerciantes estaban descansando en sus hogares, o en la playa, junto a los cientos de turistas brasileños y argentinos que por aquellas horas colmaban la oferta de posadas, casas, departamentos y hasta el camping municipal.

Nosotros veníamos de dejarle el Gol a un mecánico argentino y ahora nos dirigíamos hacia el pequeño centro de la ciudad, por una calle sin vereda, con la intención de encontrar una clínica en la que me diesen una inyección. Pero doscientos metros más adelante tuvimos que detener el paso. No podía caminar más. Era un puntazo detrás de otro. Para colmo un constante cosquilleo me bajaba de la cintura a las piernas. Rocío, mi gran heroína, dijo: Allá hay una farmacia. Les voy a preguntar si te pueden inyectar ahí. Sino, llamamos al teléfono del seguro médico o buscamos un hospital. ¿Te parece?, le dije. Sí.¿Te vas a arreglar con el portugués?, le tiré un poco en serio y un poco en chiste, para bajar el nivel de angustia que sufríamos por aquellas horas. Ella se acercó hasta la base de cemento en el que me había apoyado, me dio un beso, y partió. Tenía el pelo tan largo que al bailotearle sobre la espalda casi le rozaba el pantaloncito de jeans.

Un rato antes habíamos estacionado en la puerta del taller de Carlos, el mecánico. La persiana estaba cerrada pero desde adentro llegaba el sonido de una moladora, o herramienta similar. Le golpeamos la persiana. Enfrente, la vista era inmejorable: amplios y poco poblados terrenos coronados por una cadena de morros abarrotados de selva. Cuando apareció, y nos vio, el argentino sólo atinó a hacer un movimiento ascendente con las pestañas. Volvió a aparecer el ruido, le conté. Ayer a la noche, en medio de la tormenta y camino a Ferrugem, expliqué. Me pidió que abra el capó. Se inclinó sobre el motor. El chirrido se escuchaba con desesperante claridad. Era la correa. No la de distribución, sino la que está a la vista, y que por alguna razón seguía raspando sus dientes contra el borde de una pieza. No la que él mismo había cambiado el día anterior –del tamaño y la forma de un viejo tubo de teléfono, trabajo por el que nos había cobrado 2.500 pesos argentinos-, sino otra. La que ahora trataba de identificar, serio como perro en bote, con el seño fruncido y las manos apoyadas en la carrocería. Luego de un larguísimo minuto y medio en silencio, señaló la pieza defectuosa con su dedo índice -lleno de cortes y de grasa-, y dijo: Es ésa. Hay que reacomodarla, quizá limarla un poco. Se podrá arreglar ahora, pregunté. Y le conté que nuestra idea era emprender la vuelta a la Argentina esa misma mañana del domingo. No lo demostró con palabras pero el malestar se le manifestó con un perceptible gesto que le endureció la boca. Por favor, rogué por dentro. El día anterior Carlos había mostrado un enorme gesto de grandeza. Le teníamos toda la fe. Volvé en dos horas, dijo.

El puesto de salud municipal estaba frente a la plaza del pueblo. Era de una sola planta, modesto. Ingresamos ya casi rengueando por un pasillo que nos depositó en una sala de espera silenciosa, recién pintada de blanco, en la que había un par hileras de asientos de plástico azul frente a una pared que tenía empotrado un plasma apagado. No había ni un solo papel en el piso y el ambiente olía a limpio. Luego de unos instantes de estar pie, desandé el camino de ingreso y me topé con una oficinita en la que una administrativa me pidió con desgano algunos datos personales. Luego me dijo que esperase en la sala, que me llamarían por mi nombre. Recién cuando nos sentamos frente al plasma apagado volvió a amainar un poco el dolor de la cintura. No así el temor de sentir, ante el mínimo movimiento, el aguijonazo que me dejaría en el piso, a los gritos, como una animal herido de muerte, como me había pasado una vez en 2015 y otra en 2014. Perturbaciones que solo se calmarían cuando me inyectaron un potente relajante muscular. Un traumatólogo de la cartilla de mi obra social estatal, luego de hacerme estudios, me diagnosticó una pequeña hernia en un disco inferior de la columna vertebral y me recetó una docena de sesiones de kinesología. Pero ahora estaba en manos del sistema de salud pública de un colorido pueblo del Estado de Santa Catarina, al sur de nuestro gigante hermano mayor. Rocío habrá detectado en mi mirada el vuelo de los buitres, y me agarró la mano. Ahora nada malo me podía ocurrir.

El día anterior habíamos estado en la playa de Garopaba entre las doce del mediodía y las seis y media de la tarde, mientras Carlos arreglaba el problema del chirrido que al final no solucionó. Pero mágicamente la impotencia y frustración comenzaron a diluirse con el encanto de la playa. El día estaba espléndido. A treinta metros de la costa, en cuclillas y con el agua hasta el cuello, Rocío y yo gozábamos de un mar manso, sin grandes olas ni agitadas alfombras de espuma. Es por la marcada forma de herradura que tiene la bahía, dijo ella. Claro, por eso habrá sido que acá se instalaron los primeros pobladores de toda la zona, dije yo. El cielo estaba limpio y el sol, radiante. Apreciábamos nuestras rodillas debajo del agua clara. Primero los indios y más tarde los conquistadores, no, pregunté yo, ya con claro tono jocoso. Muy probablemente, sí, contestó ella, con una leve pero ya evidente sonrisa entre los labios. Hablamos de antes o después de que la familia real portuguesa se instale en Río de Janeiro, chicaneé. No te puedo dar esa información, cerró, antes de desatar una sonrisa por completo y acercarse hacia mi cuerpo con los ojos bien abiertos para fundirnos en un sensual abrazo que terminó en besos. Luego torcimos nuestra posición hacia la derecha, siempre debajo del agua, para apreciar la antigua iglesia que emergía del mato, a unos mil metros de distancia. Un triste e indiscutido símbolo del despojo europeo, pensamos en simultáneo. A sus pies se desparramaba la parte histórica del pueblo, colorida, pintoresca, apíñada, en la que vivían los pescadores, en su mayoría humildes, muchos de ellos negros y mulatos. Nos pusimos de pie y con el agua hasta la cintura volvimos a girar, ahora en dirección a la playa, en la que habían quedado nuestra mochila, termo y libros. Las familias estaban amontonadas en un espacio mucho menos reducido que las otras playas de la zona, pero no importaba. Rocío estaba encantada porque el agua por fin era mansa. La fiesta ya no era solo de los surfistas.

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cuando un periodista llena una plaza



Foto: Pablo Piovano

cuántos periodistas convocan multitudes
cuántos despiertan fervor
cuántos contagian cariño
cuántos informan con honestidad
cuántos ofrecen información útil
cuántos son tan democráticos
cuántos comunican siempre al calor de sus convicciones
cuántos honran su profesión con el corazón en la boca
cuántos están dispuestos a horadar hasta sus propios intereses
cuántos susurran o escupen la más bella de las poesías
cuántos escriben libros que tenemos en la biblioteca
cuántos relataron goles inverosímiles de nuestro acervo nacional
cuántos pueden caminar una villa
cuántos firman autógrafos en las calles
cuántos se pueden fotografiar junto a militantes, dirigentes, estudiantes, comerciantes, científicos y jubilados
cuántos son respetados y abrazos por las madres y las abuelas
cuántos reciben llamados presidenciales para ofrecerle explicaciones
cuántos son mencionados por jefas de estado en actos populares multitudinarios
cuántos son acompañados de modo masivo a una mediación con el diablo
cuántos motivan el más sentido y emotivo de los aplausos
cuántos soportan el feroz hostigamiento mafioso
cuántos reciben insultos de la cobarde intolerancia
cuántos a pesar de todo siguen combatiendo con la palabra al bestial enemigo
cuántos periodistas llenan plazas

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Empezó floja la temporada

La opinión de los trabajadores es unánime: la temporada es floja. En algunos casos, muy floja. Hablamos de la costa atlántica. De villa Gesell, Mar del Plata y Santa Clara del Mar, por ejemplo, balnearios en los que estamos parando o por los que hemos pasado por distintas razones durante los últimos días. Las expresiones de resignación, y en algunos casos de fastidio, provienen de hombres y mujeres que se ganan el mango en la playa y en los rubros de la gastronomía u hotelería. Carperos, churreros, chocleros, pancheros, ciudacoches, guardavidas, agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense con chomba y pantalón corto que realizan tareas de prevención en la playa, mozos, y empleados y encargados de casas de ropa, hosterías y hasta balnearios. 

Todos nos contaron que las últimas temporadas habían sido muy buenas, y que durante la primera quincena de enero el turista había colapsado hasta la última mesa de una pizzería de la periferia del centro. Hacía varios años que todos estaban acostumbrados a llegar con grandes expectativas al verano. Pero ahora algo cambió. Muchos de los veraneantes que no están acá se fueron a otros destinos más económicos, o convenientes, como las playas del sur de Brasil. Claro, no sufren el azote sistemático del viento, vuelven a suspirar ante la belleza de los morros y les sale más o menos lo mismo que acá, donde te cobran precios exorbitantes para alquilar un sucucho de dos ambientes o alquilar una sombrilla. Otros se quedaron en casa, preocupados, desorientados, angustiados, ya que las perspectivas no son nada prometedoras. Y también están los nuevos desocupados, que ya rozan los quince mil, y que quizá en gran parte hoy estarían alquilando algo en el sur de Gesell y gastando su aguinaldo en un panqueque de Carlitos. 


Cambiemos, nos dijeron. Muchos compraron. Duele en el alma porque habíamos logrado edificar un modelo de país que, con sus deficiencias, incluía a la gran mayoría. Por eso explotaba de turistas Villa Gesell, y desde el propietario de las canchas de fútbol cinco más chetas de la villa hasta el churrero más escéptico del tradicional El Topo, estaban conformes. Con alguna queja circunstancial, claro. Hasta justificada. Pero ahora las imágenes que capturamos con nuestros ojos durante las vacaciones remiten a otros momentos de nuestra historia. Los de siempre, desde que tenemos memoria. Menos esperanzadores. Ojalá nos equivocásemos.

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El pueblo en la playa



Los empoderados con los derechos que sembró el Proyecto Nacional que gobernó la Argentina durante los últimos doce años siguen ganando el espacio público. Primero fue en el parque Centenario, luego en Saavedra, y ahora fue el turno de una playa geselina, en la costa atlántica bonaerense. 

Los oradores –Héctor Recalde y Martín Sabbatella- se pararon de cara al mar, sobre los médanos, y los empoderados sobre la arena. Más de dos mil hombres, mujeres y chicos que se hicieron un rato de sus vacaciones para juntarse a escuchar a los dirigentes kirchneristas, aplaudir, cantar, emocionarse y volver a confirmar que el único modo de resistir el avasallamiento institucional de Cambiemos es ése: espalda con espalda junto al compañero de al lado, levantando banderas, promoviendo la organización política.

Recalde, titular del bloque de diputados del Frente para la Victoria, vecino de la villa, ponderó que en todas las plazas del país los vecinos se estén juntando para gritar bien fuerte que ningún trasnochado va a quitarle los derechos que conquistaron durante los últimos años, y afirmó que Cambiemos está avasallando la constitución con una impunidad nunca vista. “Tenemos que estar muy atentos y organizados”, avisó.

El viento había sacudido durante todo el día la arena de la playa. Los pocos valientes y tercos turistas que decidieron quedarse en la arena se protegieron con sombrillas, carpas de nylon y hasta kayaks dados vuelta. Pero un rato antes de que comience el acto, no solo paró el viento sino que el cielo comenzó a limpiarse de nubes. 







Sabbatella, orador principal del encuentro, arrancó su intervención con una fuerte defensa de la identidad colectiva de millones de empoderados. Recordó que “nos une el proyecto nacional que fundó Néstor Kirchner en el 2003, cuando nació un nuevo momento histórico”, subrayó que el kirchnerismo “es el representante de los intereses de las mayorías” y que “nació para quedarse”. Afirmó que “no hay nada más transformador que un kirchnerista” y avisó que “estamos más vivos que nunca”.

Luego de celebrar los encuentros que miles de vecinos están realizando en espacios públicos de todo el país, realizó una férrea defensa de la ley de medios de la democracia que lo tuvo siempre como artífice principal de su implementación, en especial, desde la gestión del AFSCA. Con respecto a la intervención del organismo que ordenase el Poder Ejecutivo, aseguró que “lo que están haciendo es pagarle favores a los grupos exportadores y a Clarín”, y que “lo que buscan con sus decretos de necesidad y urgencia, de espaldas al pueblo, es que Magnetto vuelva a tener la hegemonía de la palabra”.

También recordó que “hay una parte del Partido Judicial que opera contra la democracia junto a los grupos concentrados”. 






Entre los médanos había banderas y remeras de agrupaciones como Nuevo Encuentro y La Cámpora. También de la Confederación de Trabajadores de la Argentina (CTA). Y en especial, la que se recortaba contra el mar argentino era la celeste y blanca. Los turistas, en la playa, que durante las últimas horas llegaron al balneario de a decenas de miles, caminaban de la mano por la orilla, le pegaban a una pelota, barrenaban una ola.

“Lo que nos une son los doce años de gobierno de kirchnerismo porque no entendemos la felicidad sino la compartimos con el otro”, dijo Sabbatella, ya para cerrar, porque como “como dijo Cristina, la Patria es el Otro”. Los empoderados se rompían las manos. La cortina de aplausos ya estaba tapando el precario pero fiel sonido que había montado la organización del acto. “No vamos a permitir que nos quiten la esperanza ni el futuro”, avisó, ya a los gritos. “Nos comprometemos desde Villa Gesell a no bajar los brazos”.

Luego de que desde el escenario mencionase la presencia de la diputada nacional Nilda Garré, el abogado y periodista Pablo Llonto, y se agradeciese el aporte del intendente electo de la villa, Gustavo Barreda (del FPV), llegó el turno de la entonación del himno nacional.

Se trató de un momento de profunda emotividad colectiva. En la playa. Con lágrimas en los ojos. Abrazados a los hijos. Con la nostalgia por los años felices en el nudo de la garganta, pero también con la férrea decisión de defender lo conquistado en las lágrimas que caían de los ojos, en una tarde ya definitivamente limpia y soleada.

El grito colectivo emergió solo y se desparramó por la playa para el que quisiese oir, mientras un churrero de la villa se tocaba el corazón con la mano derecha y la izquierda se elevaba hacia el cielo con los dedos en V. “Oh, vamos a volver”.


Las fotos son de Natalia Bordesio.

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No tienen perdón



La tapa del diariobasura MUY de hoy simboliza el sudor que le corrió por la espalda a los dueños del país durante la batalla cultural que el kirchnerismo dio durante sus doce años de gobierno. Son unos cobardes. Pero ya perdimos la capacidad de espantarnos. Sangran por la herida. Como nunca antes había sucedido en las últimas cinco décadas, un gobierno de raíz peronista, en base a una enorme batería de decisiones soberanas, puso sobre la mesa una serie de discusiones que más allá de los resultados les afecta sus intereses.

Hablamos de un gobierno que avanzó primero con la reconstrucción de los cimientos productivos y la autoestima colectiva de un país que había estallado por los aires en diciembre de 2001, y que en una segunda etapa se dedicó a edificar un país más justo en base a un notable crecimiento y desarrollo económico que en paralelo invirtió en inclusión social, en especial de aquellos sectores por siempre olvidados.

La gesta sedujo a millones de compatriotas, por supuesto. En especial a los jóvenes, que se volcaron a la militancia y que de inmediato fueron blanco de una campaña de estigmatización de parte de los mismos medios de comunicación que hoy defenestran colegas en la tapa de un pasquín. Hablamos de comunicadores que durante los últimos años hicieron su trabajo desde el sistema de medios públicos y cuyo aporte fue vital porque ofrecieron información clara, honesta y desintoxicada de los intereses de las corporaciones que no quieren una Casa Rosada que fortalezca las instituciones y gobierne para el pueblo que los votó.

Los gerentes y comunicadores de los medios hegemónicos no pueden ver ni en figuritas a esos periodistas que durante los últimos años se embanderaron de kirchnerismo. Una verdadera pesadillas son los programas e informes que emergieron como hongos ya que todo el tiempo les arrebata de un manotazo la máscara con la que hablan de libertad de expresión y las instituciones de la República. Los sicarios de las corporaciones no les perdonan a los periodistas militantes que se hayan entregado con tanta efusividad a un ideario que gana elecciones y transforma realidades, sino también, y acá está el hueso, porque afecta sus intereses y los de sus jefes. 


A estos señores se los puso en evidencia, una y mil veces, frente a miles de televidentes u oyentes, en relación a su militancia a favor de los sectores del poder real que operan desde las sombras, cuando mienten, difaman, trasgiversan hechos, fomentan corridas bancarias y cortes de ruta, inyectan veneno y odio, promueven la violencia física y verbal contra todo aquello que tenga aroma a lo nacional y popular, estigmatizan la militancia y montan una descomunal cadena del desánimo, o defenestran periodistas como hoy en la tapa de MUY, simplemente por hacer su trabajo.

En definitiva, cualquier lector que tenga dos dedos de frente, se podría preguntar: ¿cuál es el delito de cobrar cincuenta mil pesos por mes por encabezar un programa en Radio Nacional? ¿Cuánto habrán cobrado los Lanata, Leuco, Castro, Van Der Kooy, Bonelli, Santillán y tantos otros perversos por estar las veinticuatro horas horadando el sistema democrático argentino? ¿Eh?

Y una más: ¿qué hacemos con los catorce millones que el Gobierno porteño le bajó por contratación directa al periodista independiente Luis Majul, justamente, uno de los más fervientes detractores de 678?

Una, diez, miles de usinas informativas vamos a necesitar de ahora en más.

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obscena sos

obsceno fue verte hoy en la televisión
tan descontracturada
tan inmaculada
tan falsamente republicana
tan asquerosamente cínica
tan revolución de la alegría
te reías con mesura y gestos operados
almorzabas con muecas impostadas
mientras los monitos del circo del mediodía de telefé
te tiraban los centros de rigor
y justo a esa hora, qué fastidio
la gendarmería reprimía trabajadores
y uy, uno de ellos, humilde, de piel color río matanza,
en otro canal de la televisión
juraba que su heladera estaba vacía
que comían fideos precios cuidados gracias a los vecinos
pero claro
ustedes hacen política en televisión
terreno predilecto de la frivolidad
de la entrega de los noventa
del diálogo y el consenso
del cinismo repugnante
de la falta de vocación
de servicio
hacia lo público
de la falta de sensibilidad
hacia los humildes.

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Convencimos



Durante las últimas dos semanas decenas de compañeros salimos a buscar los votos a la calle, a persuadir y ganar voluntades, a dar la discusión “de cara a la sociedad”. Fueron quince largos días, difíciles y desgastantes, en las tres terminales de las líneas San Martín, Belgrano Norte y Mitre de los nuevos ferrocarriles argentinos, en Retiro, por la que transitan decenas de miles de trabajadores. 

En su mayoría, los trabajadores pasaron frente a nuestras narices con el paso apretado, conectados a los auriculares, con la vista fija hacia delante, aparentemente ajenos a la gran final que nos jugamos el domingo; pero muchos otros, cuando nos paramos a su lado, o se frenaron cuando le pusimos el volante en la mano y les dijimos que estamos preocupados por el destino de nuestro país y que queríamos custodiar lo logrado, nos dijeron que nos quedásemos tranquilos, que votarían a Scioli, que Macri no quiere a los pobres, a los humildes, que privatizaría hasta el aire. Otros nos vomitaron sus enojos y urgencias, nos puntearon sus diferencias, y también estuvieron los que no pudimos convencer absolutamente de nada. 





Hablamos con empleados de seguridad privada y limpieza, profesionales, estudiantes de la universidad de buenos aires y otros casas de estudios bonaerenses, obreros de la construcción, agricultores, lavacopas, mozos, ferroviarios, amas de casa, comerciantes y madres con hijos escolares, entre otros. También con muchos jubilados.
El intercambio de palabras siempre fue positivo, ya que conversar con el otro, tal cuál preveíamos, suma. De uno u otro modo, suma. Contagia. Por lo menos despierta interrogantes. Nosotros pudimos empaparnos de realidades –en su mayoría partidos como Pilar, José C. Paz, San Miguel, Escobar, entre otros- que desconocíamos, y ellos tuvieron la chance de escuchar argumentos y cifras que no les llega por ninguna otra vía que la militancia.

Ayer miércoles los científicos con guardapolvo blanco coparon el hall central de la línea Mitre. Eran casi cien, muchos de esos muy jóvenes, y montaron carpas y muestras para que los pasajeros se informasen acerca de los avances y logros que abrazaron durante la última década. Nosotros éramos tres o cuatro veces más que de costumbre. Retiro fue pura fiebre militante. Toda la tarde. Cada pasajero que bajaba del tren y se metía en la boca del subte era abordado por tres o cuatro militantes del llamado proyecto nacional. La energía desbordaba por los cuatro costados.

La elección se gana –si se gana- con la pulsión militante de los sectores de nuestro pueblo que, tal como lo pedía Cristina, se empoderó con los logros que conquistamos todos juntos a lo largo de los últimos años. Somos millones los que queremos seguir construyendo una Argentina grande. Ahí está la victoria. Quizá seamos la mitad más uno. Quizá no. Pero ése músculo que reaccionó con pavor ante la foto que tenemos del otro lado es la garantía de futuro. Es la década ganada. Como le dijimos a tantos durante los últimos días: “Esa película ya la vimos, amigo. No nos suicidemos. Vamos para adelante con Daniel Scioli”. 


El ida y vuelta con ese recorte de pueblo fue intenso, necesario y profundamente emotivo. Aún cuando no nos hayamos entendido. Aún cuando nos hayan disparado con diferencias insalvables o lugares comunes y estigmatizaciones que formatean a gusto las grandes empresas de comunicación. Ya está. La calle siempre será de los que luchamos por la justicia social y una país justo y soberano. Eso somos. No nos disfrazamos.

En las renovadas terminales de trenes tuvimos también la oportunidad de conocer verdaderos tesoros humanos. Compañeros. Hombres y mujeres a pie. Laburantes. Compatriotas con los que compartimos una sensibilidad y una serie de valores.

El Bocha, por ejemplo, un trabajador de Lomas de Zamora, padre de siete hijos, peronista desde la cuna, que está híper consciente de lo que nos jugamos el domingo porque en los noventa tuvo que ponerse a vender choripanes en la esquina de su casa y hoy atiende una parrilla con cuarenta mesas. Ya quedamos que en diciembre, más allá del resultado, iremos a probar las tiras de asado con fritas que con un par de sus hijos sirven a unos metros del Camino Negro.



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Convencer

Convencer es vencer. Torcer la voluntad del otro. Persuadir, seducir. Hoy muchos estamos hablando de eso. Despabilar a los distraídos. Hacerlos entrar en razón, si es que el otro se asume equivocado, o desinformado. Sea del modo que fuese, ahora se torna urgente romper el cerco e ir a conquistar voluntades. Las de los que no nos acompañaron. La de los insatisfechos o fastidiados. La de los que nosotros creemos confundidos. La de los que sufren la sistemática inyección de veneno mediático. La de los que están enojados, con razón, o no, la de los decepcionados, la de los que se cansaron, y cualquier otra explicación, pero que creen que las soluciones llegarán con los chicos blancos que se disfrazan de cambio y felicidad. Los cínicos y perversos.

Convencer es vencer en la discusión que tengamos de acá al 22 con familiares, con los compañeros de estudio y de trabajo, con cualquier conocido. Pero no en las redes sociales, sino cuerpo a cuerpo. Lo mismo con los desconocidos, en la calle. Porque es inconmensurable lo que está en juego. Todas los avances de los últimos años. El país. El futuro, pero también la historia de este bendito país. Pero claro, cómo se tuerce o gana una voluntad, nos preguntamos. Yendo a interpelar al de al lado. No importa que ahora hayan vomitado aquello de la campaña del miedo. Mentira. Les duele la reacción generalizada. Les da miedo.

Convenceremos, en principio, si miramos a los ojos del otro, y lo escuchamos. Cualquiera de nosotros lo puede hacer. No requiere de ninguna virtud. O sí: abrir grandes las orejas y cerrar la boca. Ahí nos enfrentaremos al relato de sus experiencias personales, sus realidades, sus verdades, sus fastidios, o quizá también sus caprichos, sus miserias, su cinismo e hipocresía, su suicidio de clase y hasta su más sentido gorilismo. Al último lo dejaremos ir, pero el resto, nos está diciendo algo.

Solo así, habiendo dado paso a las palabras del interlocutor, podremos luego ofrecer una respuesta, un argumento, una idea, una experiencia personal o colectiva, un dato, una estadística, o contraatacar con toda nuestra virulencia y pasión para exponer nuestra propia verdad. Una verdad que, sabemos, estamos convencidos, es la bandera de las mayorías, porque el modelo de país que venimos sosteniendo desde hace doce años, no hizo más que ampliar derechos y conquistar soberanías. El miedo no es al cambio, sino al retroceso.


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Literatura y política en el Centro Cultural Kirchner


Literatura y política, esas dos inagotables búsquedas y elecciones de vida de los Hermanos Dios, se fusionaron el fin de semana pasado en la Feria del Libro Popular (FLIPA) que organizamos junto a unos compañeros en el imponente Centro Cultural Kirchner (CCK), Corazón de la Cultura.

Se trató de uno de esos cimbronazos que le inyectan combustible al deseo, a los sueños, a las posibles realizaciones, que te motivan como el himno coreado en las tribunas de la final de la copa del mundo. Hablamos de proyectos personales, que en mi caso tienen que ver con el oficio de escribir (periodismo, literatura), y del colectivo, que pasa por militar en una fuerza política para seguir transformando la realidad de un país que se desangró sin parar.

Me di el gusto de organizar y producir, junto a la magistral compañera Leticia Martín, la programación de treinta escritores y moderadores de las seis mesas (de un total de ocho) que la FLIPA ofreció, durante dos jornadas, en la Plaza Seca del CCK, debajo de la Ballena Azul. 


Se trató de universo de autores hoy están produciendo y discutiendo literatura en nuestro país. Escritores que en su mayoría no tiene más de treinta y cinco años, y cuyos nombres circulan en charlas, lecturas en vivo, ferias y festivales del ambiente literario.

Pero en este caso la organización del evento -la FLIPA- la puso la política. La militancia. Y estuvimos a la altura de las exigencias que impone un evento que duró dos días y que convocó a por lo menos treinta editoriales, y que contó con mesas temáticas –en la terraza de la Ballena Azul y en una sala anexa- de las que participaron referentes de la política, los medios de comunicación, el cine, el teatro y el deporte.



Crédito fotos: Bruno Sz


La otra gran diferencia con otros festivales de literatura fue el espacio físico en el que se realizó la feria. Cuando entrás al CCK te tiemblan las rodillas. Se torna imposible no asombrarse, emocionarse, o conmoverse (en nuestro caso, por lo menos). La idea de un Estado presente e inclusivo se hace carne con la fuerza de lo insoslayable. Está ahí, se impone y abre frente a los ojos, en la majestuosidad que ocupa todo el tiempo y el espacio, debajo de los pies, en las alturas, en el bombeo del corazón.

Literatura intangible, fantástica, el cuerpo y la ficción, escritores imaginarios y los lugares comunes en la narrativa fueron algunas de las propuestas de las que charlaron los colegas. Esos disparadores sirvieron, también, para que luego de romper la coraza del pudor, pudiesen surfear las distintas olas de espontaneidad que fue emergiendo en las mesas. Así fue que disfrutamos de lo impredecible. Lo que no se trajo preparado desde la casa. Lo que surgió allí mismo, en tiempo real.

A algunos de los colegas los conocía y a otros los vi por primera en la feria. A todos tuve el gusto de estrecharles las manos o darles un beso en la planta baja del CCK, rodeados de arte, cultura y pueblo. Nos pusimos a su disposición, los acompañamos a los camarines, intercambiamos libros y reflexiones literarias y políticas, y tuvimos la oportunidad de acceder, con cierta fascinación, algunas de sus fobias y genialidades.

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Manu y Santino Dios

Manu y Santino Dios