Marcelo se sentó en el borde de la fuente de agua que está frente a la entrada del Parque Sarmiento, y miró la hora en la pantalla de su celular. Las seis en punto de la tarde. De Uriel y Gastón -el joven de gorrita- no había señales. El corazón le galopaba a una velocidad inédita. Nunca le había corrido tan rápido la sangre. Respiró hondo por lo menos cinco veces, hasta tranquilizarse, como hacía de chico, cuando sufría brutales ataques de asma.
El dueño y empleado de la pinturería llegaron 18.04 arriba de una camioneta Fiorino de color gris topo. Le hicieron señas para que se subiese a la caja cerrada del vehículo, y arrancaron.
- ¿Estamos bien? - le preguntó Uriel a través del espejo retrovisor.
- Bien, sí.
- Me alegro.
Dieron una vuelta en U y pasaron a provincia de Buenos Aires por encima de la General Paz, que a esa hora estaba colapsada por el tráfico. Cuatro cuadras más adelanteenfilaron hacia la izquierda por una calle lateral. Hicieron cincuenta metros y frenaron frente al portón oxidado de una fábrica cerrada.
- Venite al volante, Marcelo.
Los tres hombres, en simultáneo, cambiaron de lugar. Uriel se acomodó en el asiento del acompañante y Gastón, en la caja. El jefe abrió la guantera y sacó un morral y una cartera de mano, de la que sacó dos pistolas nueve milímetros. Le pasó una a Gastón, que la maniobró para corroborar que funcionase correctamente. Uriel guardó la suya detrás de su cintura.
- Esta es para vos pero no es imprescindible que la uses. ¿La querés? - le ofreció una pistola calibre 38 a Marcelo.
- No, gracias. Ni siquiera la sé usar.
Viajaron en silencio, por la avenida Mitre, unas veinte cuadras. Durante todo el trayecto Marcelo estuvo tenso como una viga. Uriel lo debe haber notado, pero no dijo nada. Esta vez no perdía el tiempo con las fotos, videos y mensajes del celular. Ahora iba serio como perro en bote, con la vista clavada en la película que transcurría del otro lado del parabrisas. Se había sacado el aro de oro de la oreja izquierda. El horizonte tenía un color anaranjado. Luego de algunas indicaciones, llegaron a la cuadra de la farmacia.
- No apagues el motor y cualquier movimiento sospechoso que veas me pegás un llamado. ¿Estamos? -ordenó Uriel.
- Estamos.
- Nos vemos en un toque -lo despidió Gastón, que en ningún momento del viaje había perdido su semblanza de pibe despreocupado.
La Fiorino estaba estacada, con el motor en marcha, sobre Bernardino Rivadavia, la cuarta calle paralela a la avenida Mitre, en dirección a la Panamericana.. En la cuadra no se veían mas de diez personas que iban o venían. La tarde ya comenzaba a caer y la temperatura rozaría los veinticinco grados. La luces de neón verdes y blancas de la marquesina de la farmacia ya estaban encendidas. Marcelo vio cuando sus compinches ingresaron al local y, un segundo después, Gastón cerraba la puerta de vidrio luego de mirar hacia los costados.
Pasaron exactamente 2.56 segundos hasta que Gastón volvió a abrir la puerta de la farmacia. Para Marcelo transcurrió una vida. Durante todo ese lapso de tiempo no movió un músculo de su cuerpo. El celular siempre lo tuvo sobre su pierna derecha. No sacó los ojos de la puerta de la farmacia, salvo para mirar hacia uno u otro lado de la calle. Deseó tener la treinta y ocho a mano. Transpiró como un chancho y le faltó el aire, pero en un momento logró apaciguarse a partir de la aparición que realizó su nona Violeta por medio de imágenes y recuerdos. Había crecido con ella en su humilde vivienda de material del barrio Mitre, en Saavedra. Era tucumana, había llegado a Buenos Aires con un primo, cuando era muy chica, y luego de trabajar sin descanso en casas ajenas, fregando pisos y baños ajenos, planchando ropa ajena, cuidando hijos ajenos, se había podido jubilar, sin haber aportado nunca un solo peso, en 2012. Pero al año siguiente nomás, el diablo metió la cola y permitió que se la llevase una inundación. La vecina que la cuidaba había cerrado con llave desde afuera, y la vieja no pudo salir de su propia casa, a la que le entró el agua de la lluvia y el centro comercial Dot hasta lo más alto de la puerta. Violeta tenía la piel oscura como la tierra húmeda, y surcada por cientos de arrugas. Era dura como el roble. Sólo había tenido un puñado de gestos cariñosos para Marcelo a lo largo de toda su infancia. Pero a pesar de llevar una vida modesta, siempre se ocupó de que al nene no le faltase nada.
- Más fácil que robarle a un nene un chupetín, Chofer – largó Uriel ni bien se metió en la camioneta. Tenía los cachetes rojos y húmedos, y la mirada todavía helada -. Salí bien pancho. Como si fuésemos tres amigos que se van a pescar a Chascomús.
No podían bajar las ventanillas por una cuestión de seguridad. El hedor a la transpiración y adrenalina de Uriel y Gastón invadía la cabina y la caja del vehículo. Ninguno abrió la boca hasta que cruzaron la General Paz, ya no por Mitre, sino por encima de la Panamericana. Una vez que dejaron atrás el control policial de la avenida Goyeneche, y la moderna comisaría de la Metropolitana, ya del lado de Capital, bajaron los vidrios, guardaron los fierros en la cartera de mano y prendieron un par de cigarros.
- ¿Cuántas vamos ya? - le preguntó Uriel al de la gorra, que se había arrodillado en el fondo y no podía quedarse quieto.
- Media docena.
- Un buen número.
Chocaron las palmas de las manos. Fuerte. Con ganas. Luego Uriel le dio unas palmadas en el hombro a Marcelo.
- Muy bien, Capo. Ni una falla.
Estacionaron en la esquina de “Tu color”. Bajaron del vehículo y caminaron con el paso apretado. El morral de cuero gastado que colgaba del hombro derecho de Uriel bailoteaba al son de las cosquillas que le sacudían el cuerpo. El local todavía estaba abierto, a cargo del segundo empleado. Uriel lo despachó en seguida. Cerraron y se dirigieron a la oficina del fondo.
- Tomás cerveza, ¿Marcelo?
- Sí.
Uriel puso sobre la mesa playera tres vasos y una cerveza helada que sacó de una heladerita. Brindaron.
- Así que ya vamos media docena.
- Sí, pá. Y por ahora tenemos la suerte de nuestro lado.
- Exacto – dijo Uriel.
- Aunque todos sabemos que esa racha se corta en el momento menos esperado.
- También es cierto -coincidió el jefe, mientas se ponía de pie e iba hacia el mueble en el que había dejado el morral.
- ¿A vos se te hizo muy largo? - le tiró el pibe a Marcelo.
- Interminable. Es la primera vez que lo hago.
- Ya sé. Pero te vi tranquilo, eh. Hay que tener sangre fría para hacer esto.
Uriel se puso frente a los muchachos con varios fajos de billetes de cien en la mano.
- Negro, para vos tengo diez lucas. Tomá. Te las ganaste – y le pasó el dinero a Marcelo.
- Para vos, esto -le entregó el dinero a Gastón. La pila de billetes era más alta que la anterior.
- Yo ya me guardé lo mio -aclaró, y volvió a llenar los vasos para luego pedir otro brindis.
Cuando Gastón puso un reggeatón en su celular y se prendió otro cigarrillo, Marcelo se estaba poniendo de pie para irse a casa. Uriel lo miró con una mueca de asombro. Estuvo a punto de invitarlo a que se quede un rato más. Pero en cambio le hizo un comentario del viaje:
- La vuelta que tuvimos que pegar para llegar de nuevo al barrio, ¿no?
- Sí, antes de ayer arrancaron con la obra del túnel. El tránsito ahora es un quilombo.
- Ey, yo estuve en la protesta que hicieron los vecinos ese día a la noche.
- ¿Posta? -dijo Uriel, mientras leía mensajes en su enorme teléfono.
- Sí, me crucé a una ex que iba para allá y la acompañé. Alto bardo había en la zona. Fuego. Un par de giles tiraban abajo las chapas. Había polis y bomberos.
- Mirá vos.
- ¿Lograron algo?
- Al contrario.
- ¿Qué pasó? - Uriel ahora miraba hacia los ojos de su compañero.
- Echaron a uno que estaba hablando por el megáfono por hacerse y comerse la poronga.
- Ah bueno. Pero así no vamos a hacer ninguna revolución.
- Qué se yo. A mi la verdad es que me chupa un huevo -dijo el pibe, mientras se pasaba los billetes de cien con la cara de Evita por los dedos -. De echo fui uno de los que lo putearon.
-...
- Nos vemos en cualquier momento, muchachos -cortó Marcelo con la mano en alto, y yendo hacia el frente del negocio.
- Nos vemos, capo -lo despidió Gastón.
Uriel abrió la cortina para que pudiese salir Marcelo. Antes de que sacase el cuerpo, le dijo:
- Esta es guita fácil pero entiendo que vos no te la vas a quemar.
- No. La necesito.
- Nos cruzamos en el parque o te llamo, ¿sí?
- Dale. Gracias por darme una oportunidad.
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Pases en tiempo de desempleo IV (parte final B)
El enviado
Una de las más importantes fuentes de inspiración para un escritor de ficción es la experiencia de su propia vida. Ahí me animo a encajar a mi padre, Gustavo Abrevaya, que acaba de publicar su tercera novela. Le sobra recorrido personal para inspirarse. Por ejemplo, haberse enamorado a sus veintiún años de mi madre, militante revolucionaria que le llevaba cinco años y que tenía un hijo de cuatro. O haber estudiado la carrera de Medicina con Videla en la Casa Rosada. O haberse exiliado –ya con nosotros y mi primer hermano, Ramiro- a Israel, poco tiempo después de que Galtieri enviase a asaltar las Islas Malvinas. O haber empezado de cero acá, a partir de 1984. En su obra literaria asoma con claridad la influencia que aquellos años ejercieron sobre el alma de Gustavo. El tema que atraviesa sus tramas y perturba a sus personajes tiene que ver con la experiencia política personal y colectiva que sería arrasada en las salas de tortura del Estado argentino. Primero fue en la novela premiada El criadero, en el que se narra la historia de un joven cineasta, que luego de parar en un pueblo perdido en una ruta provincial, sufre la desaparición de su novia, compañera de viaje. Luego llegó el turno de Los infernautas, un ambiciosa texto de largo aliento en el que un gemelo busca a su hermano también desaparecido, luego de haberse sumado a las milicias de uno de los dos bandos que disputan una guerra celestial. Ahora, con El enviado –escrito a dos manos, junto a Leonardo Killian- en la historia se unen dos puntos de una misma línea: el mítico 25 de mayo de 1973 y un presente histórico cuyo epicentro es el hospital neuropsiquiátrico Borda. Mi padre es psiquiatra y los manicomios son parte de su bagaje laboral y personal. Conoce bien los vicios y debilidades de los enfermeros y los médicos. La locura y sensibilidad de los pacientes. Yo mismo tengo algún recuerdo de sus pasillos y parques, de la mirada extraviada de hombres y mujeres solitarios. Gustavo también sabe mucho de cine y de literatura policial. Todo ese cóctel, junto al talento de Killian, más la corrección que aportó la maestra Elsa Drucaroff, se funden en un policial negro que sin dudas merece un lugar en la vitrina de la mejor tradición argentina del género. Yo lo leo con un placer incontenible. Soy su hijo, sí, pero también un escritor que hace tiempo aprendió dos cosas: 1) para escribir hay que leer, 2) leer buena literatura nos estimula la vida; y El enviado es justamente eso: buena literatura.
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la puta que me parió
A mis espaldas escucho que alguien susurra: Hoy a la noche hiela. Miro por sobre mis hombros y veo al hombre: ¿Perdón? Hoy a la noche hiela, vuelve a decir. Tiene unos cincuenta años, el pelo mojado y recién peinado, y camina sin apuro. En la mano derecha lleva un botinero. Lo vuelvo a mirar: ¿Por qué va a helar? Se nubló y se retiró el viento, explica, y eleva el mentón hacia el cielo. Tiene razón. Está taponado de nubes. El otoño, aparte de castigarnos con pésimas noticias, trajo frío y muy poco sol. Pero ahora ya no hace el frío criminal de la mañana. Son las cinco de la tarde y la temperatura subió un par de grados. ¿Terminó la jornada de trabajo?, le tiro. Sí, tengo un largo viaje hasta hasta José C. Paz, en el San Martín. Vas a la estación, supongo, digo. Sí, confirma. Estamos caminando por la avenida Corrientes, a la altura de la calle Serrano. Vengo desde el Abasto, agrega. Como los precios del transporte se fueron a las nubes camino para ahorrarme un colectivo. Mirá, digo. Debe haber nacido en el norte del país, pienso, por el color de la piel, la tonada, la humildad. Viste una campera gastada, jeans y un par de zapatos de cuero viejo pero noble. Lo más duro es que sabíamos que estos tipos iban a hacer lo que están haciendo, digo yo, que vengo juntando bronca e indignación. Así es, dice él. Nos para un semáforo. En diagonal veo la cola de por lo menos veinte pobres infelices en la puerta de un comercio que cobra facturas a través del servicio Pago Fácil. Somos mamíferos que desfilamos mansamente hacia el matadero, pienso. Los otros nos cuidaban, digo, cuando volvemos a retomar el paso. Luego de una pausa, dice: Es verdad. Pero robaron, agrega. Eso dicen los de la tele, mando yo, pero hay que ver. Todos roban, lanza él, luego de lanzar un escupitajo al suelo, y mirar hacia el cielo, que asoma entre las ramas de un plátano. A nuestros pies, las hojas secas ensucian los umbrales de los comercios vacíos. De qué trabajás, pregunto. Soy gastronómico. ¿Y cómo están en el rubro?, sigo. A nosotros nos bajó mucho el trabajo, cuenta. Para colmo echaron a un mozo compañero nuestro. ¿Y Barrionuevo?, tiro. Ese es un delincuente, escupe, justo cuando volvemos a frenar por otro semáforo. Ahora nos miramos por primera vez. Se le nota la rabia. En la mirada, el gesto duro en los pómulos, la rigidez de las bolsas que tiene debajo de los ojos oscuros. Es un farsante el hombre ese, agrega. Un millonario que vive a costa nuestra, agrega. Los otros nos defendían, vuelvo a decir. Ahora estamos desprotegidos. Tenés razón, reconoce, y luego de darme un toque en el brazo, aprovecha que está baja la barrera para lanzarme un saludo y cruzar la avenida al trotecito. Lo sigo con la mirada, mientras camino, pero enseguida me distraigo con un bulto al que le falta una pierna, que está doblado contra una persiana baja, abatido por el vino barato que yace sobre el suelo, a un costado. A un metro de distancia, dos perros husmean entre la basura que los vecinos tiraron al pie de un contenedor rebasado. Escucho la bocina de la formación del San Martín. Aparece veloz, potente, ruidoso. Se mueve el piso. Una docena de trabajadores con ropa deportiva y un tabaco entre los labios corren hacia la estación. Lo veo al mozo, entre los que se trepan por arriba de los molinetes para llegar al andén. Cruzo las vías, camino a Chacarita. Escucho el silbato del guarda. Un hombre de saco gastado y pelo blanco ofrece dos paquetes de pañuelos por diez pesos. El tren se va. Luego de hacer treinta metros, llego a la otra esquina. Enfrente, del otro lado de la avenida, y por encima de las copas de los árboles del Parque los Andes, el cielo se abre agresivo, sucio, pesado. Pienso en la helada de la noche. La puta que me parió.
Leer más...Autores que germinan autores
Una de las definiciones que ofrece el diccionario María Moliner para la palabra “Germen” es: “Circunstancia o suceso que, al desenvolverse, se transforma en cierta cosa”. Otra más académica dice que se trata de un “Conjunto de células reproductoras que dan origen a un animal o a una planta”. Una tercera posible aproximación la podemos representar con una experiencia personal que sucedió en el invierno de 2014, en un bar de San Telmo acondicionado con oscura madera, en el que me reuní con un editor que me había llamado por teléfono para decirme que estaba interesado en un cuento de mi autoría.
Hernán Brignardello, el puntilloso y apasionado editor, me contó cuál era la idea de Germen, el libro que junto a Marcos Almada ya tenían elaborado en sus cabezas. Yo no tenía pistas de cómo habían llegado a mí. Eduardo Muslip, me dijo. Un escritor que yo había tenido de docente en Casa de Letras, una escuela de narrativa. Me explicó que éramos unos doce escritores y que entre los nombres de los autores consagrados que figurarían en la antología estaban Liliana Hecker, Alberto Laiseca, Leopoldo Brizuela –también docente de Casa de Letras-, Ana María Shua y Marcelo Cohen. También me anunció que en los próximos días me enviarían algunas correcciones a modo de sugerencia para mi cuento.
Para un autor novel, desconocido, que se paseó por varias editoriales para ofrecer sus textos, sin suerte, que se presentó en más de un concurso y no logró ni una mención, que un día cualquiera un editor le proponga sumar un cuento suyo a una antología, significa vivir un momento de plena satisfacción. Porque seamos sinceros, uno no escribe sólo para aventurarse en los laberintos de sus obsesiones y deseos, sino también para lograr el reconocimiento de un tercero que no sea familia, o amigos. En especial, de los que se dedican a leer y publicar literatura.
Alto Pogo es una editorial independiente, que está impulsada por el fervor de sus socios. Al poco tiempo me enviaron las observaciones. Las acepté con gusto, consciente de que de ese modo el texto ganaba espesor.
Luego pasaron varios meses hasta que nos volvimos a encontrar en el bar de FM La Tribu, en Almagro. Ya no en un mano a mano sino junto a la mayoría de los trece escritores emergentes. Nos presentamos, al principio con una predecible timidez. Sonreímos, nerviosos. Hombres y mujeres de entre 25 y 40 años que se ganan la vida con distintos oficios –desde una comentarista de la disciplina Vale Todo hasta un abogado penalista-, y que cuentan con distintas experiencias en relación a la escritura. Luego, con algunas cervezas sobre la mesa, nos aflojamos un poco más. Pasamos a las anécdotas de un taller literario, citamos a algún escritor respetado, y hasta hablamos de fútbol y política. Ahora sí alguno largó una carcajada. Hernán y Marcos, locales y anfitriones, nos contaron los pasos que la editorial iría dando a partir de esa noche, hasta llegar a la impresión del libro. La germinación. Faltaba menos.
Luego los emergentes se volverían a ver en un viejo caserón, con el objetivo de preparar un video para promocionar el proyecto. Se sentaron alrededor de una mesa, en la que comieron, bebieron y retomaron las conversaciones sobre las miradas y experiencias personales con respecto a la narrativa y también la poesía. El vino y la confianza invitaron a nuevas confesiones y carcajadas. Fue en ese clima de distensión que algunos pasaron se plantaron frente a la cámara para compartir precisiones sobre el proyecto.
Y el futuro llegó. Ya se puede comprar por anticipado el libro por medio de Panal de Ideas, un portal web que promueve el financiamiento colectivo. Así de autogestivo y sacrificado es el trabajo de los pequeños editores en la Argentina. Aman lo que hacen, pero aparte tienen que ser híper creativos. Y más ahora, con las políticas de apertura económica que está implementando el gobierno de Cambiemos. Con la preventa que se realice de los trece textos, Alto Pogo podrá costear la impresión del libro “Germen - Antología de cuentos - Autores germinan autores”.
Creo que los editores de Alto Pogo encontraron una síntesis perfecta al elegir el nombre del libro, ya que Germen se adapta de modo quirúrgico al sentimiento que todo artista atraviesa en el momento en el que la criatura comienza a andar sola. Ya la habíamos engendrado, en la soledad del cuarto, o donde sea, pero ahora estará en manos del lector, que al atravesarla con su propia subjetividad, de algún modo promueve una nueva transformación. Los que saben muy bien de lo que hablo, aparte de los lectores, son los colegas consagrados, que aparte de ser grandes creadores tienen una enorme generosidad. Gracias a todos ellos.
La lista completa de autores y la información sobre cómo aportar al financiamiento del proyecto, se puede leer acá: http://panaldeideas.com/proyectos/germen-antologia-de-cuentos-autores-germinan-autor/
Alto Pogo va a presentar el libro junto a algunos de los autores, el próximo 4 de mayo a las seis y media de la tarde en el Espacio Zona Futuro de la Feria del Libro de Buenos Aires (Pabellón Amarillo). Leer más...
Luchar por nuestra Patria
“Volvimos a la Plaza, a luchar por esta Patria” dice una de las estrofas de las tantas canciones que entonamos con la militancia. Qué certera la frase. Qué síntesis. Porque a lo largo de la los últimos años hemos logrado macerar esa idea, ese valor, en nuestros músculos, en nuestro corazón, en nuestra sangre. Ahí quizá esté el mayor logro de Néstor y Cristina. Somos decenas de miles los que ahora nos emocionamos hasta el llanto cuando entonamos el himno nacional. Y no es un nacionalismo berreta, para la tribuna. Es La Patria es el otro. Lo que está en juego es nuestro país que, salvo con Juan Perón, y alguno más en otro momento anterior de nuestra corta historia, siempre estuvo gobernado por cadetes del poder económico. Luchamos por la Patria en el más político sentido de la palabra. Defendemos que nuestro país no solo se haya levantado, y haya vuelto a caminar, y a producir, y a crecer, y a generar oportunidades para millones de personas, sino también que hoy sea faro para muchas otras naciones del mundo, por ejemplo, por haberse desendeudado; por haber incluido en el mercado laboral a seis millones de personas y romper récords de producción; por haber nacionalizado el sistema provisional para atender a enormes sectores de la población; por haber bajado de modo notable los temibles índices de desempleo y pobreza; por haber logrado la inclusión digital de todos los pibes; por haber construido más de mil escuelas; por haber repatriado mil científicos que habíamos echado como si fuesen ratas; por haber construido un satélite que ahora orbita en el espacio; por estar juzgando el genocidio argentino con tribunales y jueces ordinarios; por tener más de quinientos genocidas presos en cárceles comunes y más de mil procesados; por la integración regional con que estamos construyendo una gran Nación; por tener una gran parte de la juventud politizada, movilizada, apasionada por nuestra soberanía y justicia social para todos.
Los 24 siempre son conmovedores. En especial para familias como las nuestras, que fueron diezmadas, como dijo Néstor. Las consignas fueron cambiando a lo largo de los años. Arrancamos allá por los noventa exigíamos a grito pelado el Juicio y Castigo, pero el futuro llegó de la mano de la política y cómo no vamos a ir por más, por lo que falta, por los que necesitan del brazo benefactor del Estado que nuestros propios padres revolucionarios quisieron conquistar. Hoy la mejor manera de defender nuestro futuro es a través de consignas como “Democracia o corporaciones”. Sin dudas.
Con la revista Kranear, por estas horas, tenemos la oportunidad, por primera vez, de exhibir nuestros contenidos en una feria de editoriales. En un puesto. Y en el marco del mejor lugar de todos los lugares de la tierra en el que nos gustaría estar. Por coincidencia ideológica, y artística. El Encuentro de la Palabra, en Tecnópolis. Durante el fin de semana largo estuvimos allí durante varias horas, y volvimos a maravillarnos con la interminable serie de propuestas que la Unidad Bicentenario ofrece para toda la familia en el masivo y generoso encuentro que tiene como eje a la palabra.
Ya lo habíamos vislumbrado hacía tiempo, en alguna de las tantas veces que fuimos al predio, pero ahora, con el 24 de marzo todavía vivo, un rato después de llegar a casa desde la Plaza de Mayo con las patas inflamadas, lo volvemos a subrayar: en Tecnópolis, creemos, se condensa una de las síntesis más evidentes de la reconstrucción nacional que impulsó el Kirchnerismo. Es el relato hecho carne. Es la cultura popular desplegada en todos sus soportes y formatos para un Pueblo que ya tiene clara consciencia de los logros que supimos construir de la mano de dos gigantes, dos grandes luchadores argentinos y latinoamericanos: Néstor y Cristina.
Manu y Santino Dios


