A Leticia Martín la conocí en el invierno de 2011, durante la presentación de un libro, en "FM La Tribu". Nos presentó Leonardo Oyola, un fantástico narrador de policiales lleno de generosidad.
Leticia es poeta y narradora. Escribe mucho, todos los días. Trabaja en un lugar fascinante como comunicadora. Es una apasionada de las palabras y las ideas. Tiene dos blogs. En uno describe y desmenuza y hechiza la cotidianeidad. En el otro, reseña los libros de los colegas que vienen produciendo literatura desde hace un par de años.
La semana pasada nos encontramos en su trabajo, y al borde de una baranda de madera lustrada, en el primer piso de un patio cerrado, le regalé un ejemplar de Fogonazos.
Ayer subió su reseña.
Gracias, compañera.
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Otra reseña del libro de cuentos Fogonazos (por Leticia Martín)
Reseña de Fogonazos en Página 12: Disparos en la noche

Este es un blog hecho por dos hermanos. Uno, el más chico, está muy contento, feliz, orgulloso de su hermano más grande.
Recuerdo con consquilleo la noche que nos juntamos en la cuadra de la casa de Sandra Russo, antes del primer encuentro de su taller, en el año 2005. Estábamos cumpliendo un deseo: empezar un camino un poco más formal en la escritura. Sandra fue nuestra primera maestra. La vida siguió, la literatura nos terminó de atrapar.
Mi hermano Mariano, Matu, ahora mi-hermano-el-escritor no paró desde esa noche, como una hormiga, escribió, escribió y escribió. El año pasado publicó un libro de cuentos. Ahora está terminando una novela. Uno no escribe para que lo feliciten, pero cuando eso llega de lugares con prestigio, la alegría es inevitable y el corazón festeja. Hoy salió una reseña en Radar. Una de las oraciones dice así: "Mariano Abrevaya Dios se gana un espacio en la serie de los mejores narradores argentinos actuales como Leonardo Oyola o Mariana Enríquez".
Blanco Nocturno o el placer de la literatura
La literatura (y no la crítica literaria) pega en lugares diferentes a la política y a los textos políticos. La literatura enriquece a la política más allá de las polémicas sobre si la sabe interpretar o no. Me gustaría leer más ensayos políticos o libros de historia pero cuando tengo que elegir, teniendo en cuenta los pocos momentos que se tienen para leer, elijo literatura. Y me lo agradezco.
Un libro como Blanco Nocturno es un romance, un asado con amigos, una fiesta íntima. El nivel de precisión, los personajes, la trama, su regocijo en el género policial. Después hay que seguir, claro, uno usa la literatura para después seguir, no para quedarse parado. El sueño de ser escritores es el mismo sueño aquel de ser futbolistas. Pero terminamos leyendo libros y yendo a la cancha los domingos. Lo que queda: laburar, militar, ser lo más felices posibles. Y tener hijos.
Acabo de ser papa de nuevo. Hay un cierto desinterés positivo de muchos temas cuando se desea y nace un hijo. Reaparece lo esencial, eso que, perdón por lo cursi, alimenta el alma. Estar en casa con la princesa y leer mientras duerme: momentos perfectos.
Por eso hay que permanecer con los libros. Muchos sueñan con vivir de los libros en el sentido económico. Yo sueño con vivir gran parte de mi vida encima de los libros. Y cuando leo algo así todo vuelve, es una nostalgia alegre, constructiva.
Había pensado en escribir algo así como una reseña o crítica pero no estoy para eso, en tal caso hay que pasar, por ejemplo, por acá, por acá, por acá, que es todo muy sabroso. Pero me permito una nota de color: los tiempos de Piglia: “Escribí esta novela de la misma manera que las otras, con un procedimiento que no recomiendo a nadie: escribo un primer borrador y lo dejo descansar dos años… Cuando el tiempo se incorpora al manuscrito, hay una inspiración que está en el propio material”. Respeto al tiempo.
Literatura y política. A veces la literatura ayuda a reinterpretar coyunturas políticas, a veces no. Blanco Nocturno es un gran libro y, como dice Piglia, es además su libro sobre el campo, que no es poca cosa, en estos días de mesas de enlaces que tienen nostalgia de una coyuntura ya agotada. Dice el libro, página 274: “Los que hablan de conciliación y de diálogo son siempre los que ya tienen la sartén por el mango y el asunto cocinado, esa es la verdad”. O esto, página 230: “populismo campesino que habla en criollo con las sentencias conservadoras”. O acá, página 115: “…pensaba que el campo era un lugar pacífico y aburrido, con paisanos con gorra de vasco, que sonríen como tarados y le dicen a todos que sí. Un mundo de gente campechana que se dedicaba a trabajar la tierra y eran leales a las tradiciones gauchas y a la amistad argentina. Ya se había dado cuenta de que todo eso era una farsa, en una tarde había escuchado mezquindades y violencias peores a las que podía imaginar”.
A leer que se acaba el mundo.
Apuntes de la presentación de Fogonazos
“Para escribir hay que tener algo para decir”, me dijeron alguna vez. Y yo agrego: “también el deseo que te ponga en movimiento”. Ni una ni otra, se sabe, se compran en el chino. Vienen con nosotros de fábrica o van fermentando en el pecho a partir de nuestras experiencias de vida. En el caso de que no se presenten con la claridad de un día de sol hay que cavar un pozo e ir a buscarlas. En mi caso, mientras tanteaba con las manos las paredes de esa oscura caverna, me dediqué a empuñar y amaestrar el oficio de la escritura y sus convenciones. Así, después de cinco años, llegué a mi primer libro de ficción, Fogonazos.
Hace dos años vengo puliendo unos ocho relatos. Los chicos de Pánico el pánico, la editorial, a fines del 2009, eligieron cuatro. Los corregimos juntos. Faltando poco para entrar a la imprenta, en marzo del 2010, se sacrificó uno por problemas de espacio y presupuesto.
Mis cuentos tienen una fuerte carga emotiva ligada a lo social y los personajes que le dan vitalidad a las historias en general sufren una brutal estigmatización de gran parte de la sociedad por su condición de clase. El Mariano que escribe ficción se funde y complementa con el Mariano que se compromete con el proceso político que viene transitando la Argentina desde el año 2003. Son indisolubles.
***
Hundido sobre el viejo sillón de cuero negro individualicé los ojos de mi hijo en la penumbra del salón. Me sonrió, tímido y ¿orgulloso? Levanté la mano y lo saludé tamborileando los dedos. Una nueva sonrisa le ganó la cara y sus dos hileras de dientitos blancos resplandecieron como un haz de luz por debajo de una puerta.
Con esa única imagen y sensación en el estómago podría haberme ido a casa.
Arrancó Diego Vecino, joven escritor, sociólogo, metalero, hincha de Almagro y compañero, entre otras pinceladas. Tomo clases de literatura con él desde comienzos del 2009. Me gusta el criterio que tiene para interpretar o analizar un texto o autor, una canción, un gol, las curvas o psicología de una mujer, o la coyuntura política nacional. Generamos vínculo, red, y quise que me acompañe.
Acalorado, se presentó, y agradeció la invitación. “Es un honor”, dijo. Con el pelo revuelto, lentes y una remera roja chavista, desmenuzó, a lo largo de quince minutos, con oficio, sensibilidad y muy buena leche, la lente con la que observo y subjetivizo la realidad a través de Fogonazos. Yo no sabía dónde meterme. Buscaba refugio en las miradas alegres de mis viejos, hermanos, amigos y compañeros que habían copado el Club Matienzo. Groso, mono. Acá está su intervención completa.
Después tomó la palabra Leopoldo Brizuela. Escritor, traductor, docente, y compañero. Lo conocí en Casa de Letras, donde estudié narrativa. Durante sus clases quedaba impresionado por la pasión con la que este pequeño gran hombre se involucraba con la literatura.
Hacía algunos días atrás él había presentado su última novela, “Lisboa. Un melodrama”, en la feria del libro, y yo estuve ahí. Al rato, paseando por los marketineros puestos de las editoriales, seguía conmocionado por la profundidad con la que el tipo había disertado sobre su propia producción y la escritura en general.
Ahora, a mi derecha, volvía a hacerlo, pero en relación a mi primer libro. Por ejemplo: “la condición sine qua non para el éxito de cualquier autor es la convicción de que lo que dice debe ser dicho. Y en Fogonazos esa convicción está presente”. Otra: “la acción y el silencio son las herramientas narrativas en Fogonazos. Ese silencio, todo lo que elige no decirse, está connotado en la acción y pesa como una promesa de suspenso constante”. También: “los relatos de Fogonazos son trozos de realidad, de un continuo en donde no hay final verdadero; una historia dentro de una historia incesante”. Y: “Mariano utiliza un lenguaje en que cada palabra corresponde magníficamente a una cosa y un acto, con una precisión que creíamos perdida”. También habló de una atmósfera, a lo largo del libro, en relación a la dictadura –cuestión que detonaría en mi cabeza al otro día-. Tampoco sabía dónde meterme. Basta, Leo.
Cuando me tocó tomar la palabra, fui muy concreto. Conté que en el taller de Sandra Russo, una noche, en su casa, ella había dicho que nosotros, como autores, una vez que nos desprendemos de un texto propio para compartirlo con el lector, no podemos hacernos cargo de las ideas y sensaciones que ese texto pueda llegar a detonar en el otro. “Por eso”, le dije a todos, “todo esto que acaban de escuchar, corre por cuenta de ellos”, y señalé a Diego y a Leo, que estaban sentados uno de cada lado, sentados ambos sobre el apoya brazos del sillón. Risas. Aplausos. Fotos. Descompresión.
Juan Terranova, el otro narrador que Pánico el pánico presentaba esa noche (un diario de viaje: “Diario de Alcalá”), se acercó al sillón, se sentó, y con mucha humildad, y buen humor, la hizo corta: agradecimientos, y a otra cosa.
Para cerrar la presentación, subió al escenario el dúo Barroco: mi primo en el bajo y Facundo en la guitarra. Interpretaron, durante más de media hora, piezas de Bach. Un lujo. Mientras tanto, bajo la pálida luz colorada que salpicaba una lamparita, firmé ejemplares de mi libro. Una situación muy particular y absolutamente novedosa. A cada persona, una dedicatoria. Personal, auténtica. Por momentos excesivamente buscada. Después de cada entrega del ejemplar firmado, beso, abrazo y una enorme carga de cariño.
Para el cierre, cuando bajó la ansiedad y ya casi no quedaba familia, ni amigos ni conocidos, junto a mi primo y un par de amigos, acodados en una pequeña barra de madera, tomando un poco de vino, pude bajar un cambio. La tormenta emotiva de hacía un rato le dejaba lugar a la reflexión.
Publicar un libro es haber llegado a ese punto que nos trazamos en el horizonte alguna vez, y que ahora tocamos con la punta de los dedos, como el animal que vuelve a su cueva por instinto después de haberse perdido en la montaña. Creo que no hay retorno y que Fogonazos es un punto de partida.
Gracias a todas y a todos por acompañarme.
Día de Fogonazos
Me desperté y en mi celular había un mail. Era Claudia. Escribía, a las 7 de la mañana, que a P la habían metido tres balazos y una cuchillada. P volvía a su casa, en Ciudad Evita, a la noche y la atacaron. Dicen, dice Claudia en su mail, que es por una pelea entre bandas del barrio. Se la agarraron con P porque había que dársela a alguien, había que mostrar. P es madre soltera, muy querida en el barrio. Trabaja con Claudia y se fue sonriente el martes a la noche del laburo.
Cristina habla en la Villa 31, recuerda y reivindica al Padre Mugica. “No alcanza con leer el evangelio, hay que generar una acción política, militante”. Le saco fotos con el celular y salen horribles. Su mirada se pierde en unas nenas que le gritan: “Cristina, Cristina”. Termina de hablar, de conquistarnos una vez más, y alza un bebe que alguien le pone en sus brazos. Cantamos todos la canción del Padre Mugica, que murió acribillado por balazos de la Triple A hace 36 años.
Viene a la oficina FV, estuvo preso en Devoto 5 meses por un asesinato que no cometió. El famoso crimen de Parque Chacabuco a fines de noviembre del año pasado, cuando mataron de un balazo a Sandra Brickman después de robarle un celular y algo de plata. FV fue a la cárcel por la presión de los medios y los miedos del Juez. Lo metieron porque era el primero que pasó por ahí. Lo largaron hace pocos días y está desolado, sin trabajo, sin un mango. La causa muestra desde un principio que FV nada tenía que ver con el caso. Los asesinos de Brickman siguen caminando el barrio sin problemas. Los medios del miedo ya no se ocupan del tema, estuvo una semana en las primeras páginas, y consiguieron un detenido, suficiente. Hay que seguir por otro lado. (Cualquiera puede ser víctima de la inseguridad judicial)
Zanetti se quedó afuera.
Stornelli también.
Me llama Claudia. Me da el nombre del Fiscal de la causa del caso P, me pide que averigüe. Averiguo. Es tibio, pero no cómplice. Hay que meterle presión. La llamo a Claudia para decirle esto pero Claudia está llorando, P está muy grave.
Llego a la presentación del libro de Mariano, Fogonazos. Brizuela y Vecino elogian el libro con discursos profundos, analíticos y conmovedores. Fogonazos es uno de los mejores primeros libros que leyeron en su vida, dicen los dos.
Fogonazos habla de la vida de unos para ser leída con la mirada de otros. La literatura como herramienta. El conflicto como expresión social. Y la justicia, banal.
Fogonazos

Fogonazos, de Mariano Abrevaya Dios.
Este martes a las 20 en Matienzo y Cabildo.
En la presentación hablarán Leopoldo Brizuela, Diego Vecino y el autor.
Un gran momento para la historia de los hermanos Dios.
Esclavos

Ayer a la noche se presentó este libro en el Centro Cultural de la Cooperación. No era en la feria del libro y la sala rebalsó. El panel era muy rico y Alicia Pierini dijo algo muy interesante: lo que está escrito en ese libro, la experiencia de laburo en conjunto que se hizo para desnudar la cadena de producción de la indumentaria en Argentina que se sostiene con mano de obra esclava, se pudo hacer porque en cada una de las organizaciones públicas o sociales que impulsaron esto había militantes. Fue una coyuntura, un momento, de esos que quedan en el recuerdo, donde la política y la gestión van de la mano.
En el año 2005 se empezó a dar el fenómeno. La Alemeda, con Gustavo Vera a la cabeza, empezó a ser escuchado por la Defensoría del Pueblo de la Ciudad al mismo tiempo que en el Gobierno de la Ciudad asumía una conducción en el Ministerio de Producción con decisión de gestionar protegiendo a los trabajadores. Con el incendio de Luis Viale se iluminó el problema de los talleres clandestinos: en la ciudad de Buenos Aires había esclavos (y los sigue habiendo).
Se comprendió que esto era un problema de derechos humanos.
La Alameda, La Defensoría del Pueblo de la Ciudad y el mismo Gobierno de la Ciudad hicieron denuncias penales en conjunto o por separado. Se elaboró una doctrina jurídica para que los jueces asimilen este problema de esclavitud moderna.
Se denunciaron marcas reconocidas y de gran producción como Cheeky, Kosiuko, Puma, etc.
Y Ariel Lutier, además, se encargó de estudiar y analizar el sistema de producción en el cual se sostenía este tipo de trabajo esclavo. El sistema de producción de la industria de la indumentaria es causa y efecto de la esclavitud.
Todo eso esta en el libro. Escrito de forma muy transparente, deja plasmada claramente esa experiencia y, además, la aborda desde la teoría económica y explicando con una sencillez que entusiasma. Este libro tiene que ser material de formación para las organizaciones sociales y sindicales.
Y como dijo su autor, si el libro solamente produce en el lector indignación, el objetivo está cumplido.
En Argentina hay esclavos que son la mayoría hermanos de países limitrofes. Durante el gobierno de Néstor Kirchner se dictó una estupenda ley de migraciones que es ejemplo a nivel mundial (es la otra cara de lo que hace unos días se votó en Arizona, EEUU). Y en estos últimos días Cristina acaba de firmar su reglamentación en otro ejemplo de gestión efectiva de promoción de derechos humanos.
Sin embargo, es necesario, tal cual lo refleja el libro Esclavos, que se meta mano en la matriz económica del problema, con controles, con sanciones, con promoción de organización, etc.
Del Gobierno de la Ciudad no vamos a esperar nada. Desde la asunción de Macri, todas las políticas sobre talleres clandestinos fueron desinfladas y se puso en evidencia su complicidad con las grandes marcas.
Pelear la vida

Pelear la vida es un texto de profunda vitalidad y raices históricas que contiene la biografía de Aurora Zucco de Bellocchio, Madre de Plaza de Mayo, una historia de vida que ya lleva ochenta y siete años y que nos involucrará con la historia social y política de nuestro país a lo largo del último siglo.
El prólogo, a cargo de la socióloga Alcira Argumedo, contiene el siguiente pasaje: “El recorrido de esta madre de familia numerosa hasta convertirse en una Madre de Plaza de Mayo es apasionante; y, como me sucede con tantas otras Madres, imagino la sonrisa de mis compañeros desaparecidos comentando con orgullo: ”¡Mirá lo que hizo mi vieja!”.
Invita: Editorial Altamira. Lunes 7 de septiembre, 19.00 horas, Librería Gandhi, Corrientes 1743, Capital Federal. Leer más...
Manu y Santino Dios
