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Desde los balcones del Congreso
Mariano, cómo te va, me saludó Carlos hace unos días desde su celular. Detrás de su ronca voz se escuchaba un agitado murmullo. Te molesto para contarte que la cámara de diputados acaba de votar una cobertura previsional a nuestro favor. Se produjo breve silencio. El sonido ambiente, del otro lado de la comunicación, era pura algarabía. Genial, Carlos, un alegrón, atiné a decir yo. Qué te parece, dijo, con tono de voz que que estaba a punto de quebrarse. Gracias por hacerme parte de la noticia, Carlos. Por favor, Mariano. Es una victoria de todos, dijo, y cortó.
Las Malvinas para mí siempre fueron un sufrimiento ajeno. Ni en mi familia, ni en círculos sociales cercanos, hubo alguien que hubiese tenido que vivir aquel infierno doméstico. Atesoro algunos vivos recuerdos del circo mediático que se montó durante el conflicto bélico. Durante aquel abril yo asistía al quinto grado de una escuela pública y las noticias que se filtraban desde la calle militarizada nos excitaban como si fuesen goles de Diego Armando Maradona. Luego exilié hacia Israel con mi familia, un par de años después pegamos la vuelta a casa, y mis padres lograron rearmar nuestro presente una vez más. Durante la adolescencia las consecuencias de la guerra se hicieron carne por medio de los lastimosos soldados que pedían limosnas en los trenes privatizados. Habían sido arrojados al olvido y al abandono, pero eso lo entendería después. En aquel momento, aquellos pobres corazones condecorados eran sinónimo de piedad.
Yo tenía mi propio resentimiento contra el Estado ya que el Ejército había asesinado a mi padre y por aquellos años noventa me acerqué a la agrupación Hijos para encontrar algo de alivio. Así fue. Llegó en forma de Escrache a los Genocidas. Pero todavía no estaba en condiciones de asociar mi propio dolor a un quiebre y desbande colectivo.
Hace algunos años atrás entré a trabajar al mismo Estado nacional que tanto daño había hecho. Solo que ahora estaba gestionado por hombres y mujeres más con historias, padecimientos y tradiciones políticas mas parecidos a las de muchos de nosotros. Fue a partir del mundo que se abrió en la función pública que lo conocí a Carlos, por medio de una entrevista que le hicimos para una revista de circulación interna de un Ministerio. El hombre había estado en las islas y había sufrido las consecuencias de la guerra. Un ex combatiente de carne y hueso.
Una de las aclaraciones que compartió con mayor énfasis fue que tanto a él como a los suyos les había dolido más el abandono oficial posterior a la guerra que el horror sufrido en las heladas islas del fin del mundo. Fue en ese pasaje de la conversación que se le quebró la voz, y se le piantó un lagrimón que le surcó la piel morena del pómulo derecho. Su postura corporal, sus gestos duros, sus pocas palabras, conforman una foto inolvidable.
En el 2003 cambió la historia, recordó, aliviado. También la de ellos, los ex soldados, subrayó. El Estado, por fin, se ocuparía de ellos, como también se estaba haciendo con otros sectores de la población que hasta ese momento habían sido vomitados al tacho de la historia. Se los dignificó con los respectivos reconocimientos que había que hacerles por haber peleado por la Patria, pero también, y en especial, con una reparación económica para toda la vida. Una doble pensión que los puso de pie, que les permitió dejar atrás los trenes privatizados y los almanaques de cartón, el llanto, el dolor y el resentimiento por los compañeros suicidados, y volver a proyectar un porvenir propio y colectivo.
También se les ofreció la posibilidad de juntarse, organizarse y participar del diseño de nuevas políticas públicas para sus pares, y sus familias, a través de la Comisión Nacional de Ex Combatientes que depende del Ministerio del Interior. Desde allí, por ejemplo, se impulsa el juzgamiento de los militares que los estaquearon en la helada tierra malvinense, entre otros delitos.
Carlos me llamó desde los balcones del Congreso porque me tiene asociado a la generación política que desde hace algunos años entró a trabajar a la función pública con una profunda vocación de servicio y una sensibilidad social a prueba de medios de comunicación destituyentes, entre otros males de la época, que no solo se sumó a la reconstrucción del rol de garante de derechos de un Estado de nuevo presente, sino también, a la ola de reparaciones históricas a favor de distintos sectores de la sociedad. Los ex combatientes, entre ellos.
Carlos llamó, agradecido, entre vivas de emoción, para hacernos parte de una nueva victoria. Gracias, compañero. Leer más...
El síndrome Patcher
A él lo vi bajar los cuadros. A ella, disolver la SIDE
Por Rocío Bilbao
El Poder se manifiesta de diferentes maneras, con todas ellas golpea, y fuerte. Transforma, para bien o para mal. Destruye o crea. Ese Poder a veces es oscuro, siniestro, voraz. Se manifiesta en la sombras y daña. No tiene rostro, parece no tener cuerpo. Su capacidad de daño reside, precisamente, en que no lo podemos ver. Operetas, circos, escenarios montados, dimes y diretes, rumores infundados. Lo que sí vemos son sus consecuencias: Pánico. Y bien sabemos, una sociedad con temor pierde su capacidad de transformación, porque pierde toda esperanza.
Otra cara del Poder, sin embargo, también es anónima, pero tiene rostro. Millones de rostros. Es el Pueblo, son las plazas colmadas, las pintadas callejeras. El rostro de la solidaridad con el otro, la difícil y ardua tarea de construir la unidad y la organización más allá de los intereses y mezquindades individuales, con la convicción de saber que el único camino para ser libres es luchar por ser definitivamente iguales. Y con una única bandera: la bandera de la Patria.
Soy orgullosamente kirchnerista por muchas razones. Tal vez me quede grande decir que es por comprensión histórica o voluntad política. Pero una de las razones más fuertes es porque vi, a lo largo de estos hermosamente tumultuosos años, cómo este Proyecto Nacional y Popular construía (y así se construía a sí mismo) Poder Popular al tiempo que, desnudaba uno a uno esos poderes fácticos y oscuros, les ponía nombre y apellido, arremetía contra ellos.
Por ejemplo, a Él lo vi bajar los cuadros. A Ella, disolver la SIDE. Y además, un conjunto de políticas que, tal vez, se puedan resumir como la restitución de derechos de millones de argentinos. Incluso de aquellos que hoy gozan de sus beneficios pero parecen ignorarlos.
Claro que falta un largo camino todavía. Y esa lucha contra los poderes corporativos y concentrados es cada vez más dura. Y seguramente habrá muchos errores, desatinos y temores. Debo confesar que sostuve (y aún lo hago) que el camino hacia muchas verdades que nos faltan sea largo e interminable. Pero estoy convencida que ese camino solo puede transitarse si sigue fortaleciéndose nuestro Proyecto Nacional y Popular. Porque es el único espacio en donde es posible la construcción de la institucionalidad necesaria para que la Verdad y la Igualdad sean factibles.
Hoy la Jefa dijo que cuando mataron a Ferreyra nadie daba apostaba dos pesos a que ese crímen iba a esclarecerse. Y sin embargo así fue. Doce años atrás, muchos creíamos que era impensado que los milicos sean definitivamente juzgados. Y hasta era imposible siquiera esgrimir la idea de la complicidad civil. Hoy los genocidas están siendo enjuiciados y condenados y sabemos que aquella dictadura no tiene otro nombre que el de cívico-militar.
La medida tomada por Cristina hoy de disolver la Secretaría de Inteligencia es un pasito más (firme, valiente y sin pausa), entre muchos otros, en este camino hacia una Democracia verdadera, donde el único poder posible sea el del Pueblo. Y, sobre todo, nos dio algo que muchas veces se resquebraja: esperanza. La esperanza en que, a pesar que esos aquellos poderes fácticos y espurios golpeen fuerte, no dejaremos de luchar por la igualdad. Y que somos invencibles. Porque tenemos amor, amor a la Patria.
¡CRISTINA CONDUCE! Leer más...
El familiar biólogo y el lanzamiento del Arsat-1
Ayer lanzamos un satélite al espacio y sumamos una Copa del Mundo a la historia grande de la Patria. Casi todos estuvimos atentos al tema, y vimos o leímos la noticia en alguna pantalla, o portal de noticias. En la oficina observamos todos juntos el despegue del cohete como si se tratase de un partido decisivo de la selección. La soberanía satelital, el desarrollo espacial, la ciencia, y la tecnología, me conectan con Esteban, el biólogo de la familia. Un apasionado de los insectos, que con mucho esmero y pasión dedicó su vida a tratar de descifrar los misterios de la naturaleza, que se casó, tuvo hijos, enterró a sus padres y también tuvo nietos, que desde hace unos años tiene una cátedra en la carrera de Biología en la UBA, y que en algún momento de la última década sumó una nueva razón para sentirse vivo: defender con un profundo convencimiento al gobierno que le dio rango ministerial a la materia, que puso en valor su profesión, que posibilitó que sus colegas dejasen de lavar platos en el exterior y volviesen al país, y que hoy seamos una de las ocho naciones con capacidad para construir un satélite, y ponerlo en órbita. Entre tanta emoción, y orgullo recordé algunas instantáneas de mi infancia en las que están él, una plaza, una pelota, y la pasión compartida por River. Mis reminiscencias familiares del hito histórico de ayer tienen nombre, rostro y pasión por la ciencia. Ahora está en Italia, junto su compañera, y son altísimas las probabilidades de que se le haya piantado un lagrimón cuando vio al satélite desplegar las alas.
Perseguimos sueños (crónica del acto de La Cámpora en Argentinos Juniors)
El sábado estuvimos todos en Argentinos Juniors. La vivimos con intensidad, y alegría. Tomamos algunas notas, y en Diario Registrado nos publicaron una crónica de la jornada.
http://www.diarioregistrado.com/opinion/102071-perseguimos-suenos.html Leer más...
El invierno largo se fue (y un día el ministerio de Justicia brindó en la Ex ESMA)
Escribí una crónica. La subieron acá.
Felicidades
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Llorar a Néstor
Néstor lee el poema de Joaquín Areta y dice: "Quisiera que me recuerden sin llorar ni lamentarme". Néstor lee un texto de un poeta desaparecido y aparece con él, aparecen todos en la calle, en la puerta de un tribunal. Néstor también está en Comodoro Py y nos abraza. Y nos dice: "no lloren, son días de fiesta popular, de sueños realizados, de conquistas esforzadas". Nos hace una broma, quiere que nos riamos. Y nos tapamos la cara pero estamos llorando. Néstor, nosotros te recordamos llorando porque somos libres y vos nos ayudaste a ser más libres. Tenemos que llorar porque nuestros desaparecidos están en nuestras almas y para encontrarnos con ellos después de tamaña justicia (que vos impulsaste) tenemos que llorar. No elegimos llorar, no lo podemos contener, Néstor. Te juro que voy a intentar no llorar y voy a reírme mucho, como vos lo hacías siempre. Te morfaste a varios pesados y siempre nos ofrecías una sonrisa. Nosotros vamos a seguir por ahí, cada uno su parte. Nosotros sabemos, con vos, que cada uno en su lugar aporta a la construcción política que tanto soñaste. Somos hijos de los 30.000 desparecidos pero también somos hijos de ustedes, Néstor. Y el aniversario de tu muerte y el triunfazo de Cristina y las condenas a los genocidas de
Termómetro Social IX (La ESMA es nuestra la puta lo que lo parió)

En el año 1999, por fin, me acerqué a Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S.). Era hora. Atrás quedaban varios años de proscripción con parte de mi propia historia. El barrio me había chupado por completo pero de todas maneras, con un ojo, espiaba cómo el movimiento de derechos humanos le hacía frente a la impunidad de aquellos años. Incluso, a veces, lograba arrancar de la vereda a algunos de los pibes para marchar hacia el centro contra las leyes del perdón y los indultos. Las Madres siempre habían sido las Madres, pero también estaban ellos, y ellas, que tenían mi edad, y que armaban un soberano quilombo cada vez que ganaban las calles, irradiando frescura, rabiando rebeldía, y mostrando una organización e ingenio vanguardista.
Una tarde paré a uno en una marcha, le dije que quería participar, y a los pocos días fui a una cena de recepción, junto a otros que también querían sumarse. Nos hablaron de los puntos básicos de la agrupación (juicio y castigo, restitución de los hermanos apropiados, reivindicación de la lucha de nuestros padres, desmantelamiento del aparato represivo, horizontalidad, y otros), las comisiones de trabajo (escrache, educación, formación, hermanos, cultura, finanzas, revista, recepción y otras), y las asambleas semanales que se hacían los viernes a la noche en el local de la calle Venezuela. No hacía falta ser hijo de desaparecidos, asesinados, detenidos o exiliados (cuatro orígenes, los llamaban) para formar parte de la organización que en ese momento -sin proponérselo, quizás-, ofrecía la más renovadora manera de hacer política, enfrentando al poder no sólo para exigirle el juicio a los genocidas, sino también por la evidente crueldad social de un país demasiado injusto y doloroso. Había algunos peronistas, por herencia, pero las estructuras partidarias tradicionales estaban destruidas, el descredito era absoluto, y la consigna central de los Hijos por aquella época era: “Otro gobierno, la misma impunidad”. El oficialismo era el enemigo.
Me sumé, entonces, a la comisión de Educación, con la que recorrimos escuelas, colegios y universidades de la capital y del gran Buenos Aires, para contarles a los chicos quiénes éramos, cuáles eran nuestras banderas de lucha y por qué habíamos decidido organizarnos para hacer política, a pesar de que en la televisión y las revistas la clase política ostentaba poder mientras la Argentina se hundía en la miseria. Las asambleas, en el local, eran interminables, y el costo de darle la espalda a la verticalidad por momentos era alto. Las reuniones en las casas de los compañeros eran cálidas y no siempre productivas. Fuimos a Almirante Brown, al sur de la provincia de Buenos Aires, una soleada mañana de invierno, a aprender de la experiencia que un sector del incipiente movimiento piquetero construía en un territorio desolado por la desocupación, con sus huertas, panaderías y talleres de costura. Me embobé con algunos compañeros que por su formación, oratoria, sensibilidad, o empuje, se diferenciaban del resto. Me quedé con las ganas de acostarme con más de una compañera. Me enfiesté, eso sí, como todo el resto, cada vez que armamos un bailongo para recaudar fondos; y participé de manera activa de los escraches, esa maravillosa herramienta colectiva con la que dejábamos patas para arriba el barrio en el que vivía impunemente el torturador de turno.
Diciembre del 2001 me pescó dentro de la agrupación. El día 20 estuve en la Plaza, y después de los caballos sobre las Madres, los gomazos y las corridas, terminamos refugiados en el local de la calle Venezuela, convertido, ya entrada la tarde, en una trinchera popular para decenas de compañeros de otras organizaciones, entre ellos los motoqueros que aquella jornada tendrían un papel protagónico al enfrentar a la Infantería de la Policía Federal. Dentro del local, con la persiana cerrada, como si fuésemos delincuentes, o ratas de alcantarilla, hubo limones para el gas, pañuelos para la boca, arengas y abrazos. Incertidumbre, miedo y ganas de salir a matar.
Al poco tiempo abandoné el espacio, convencido de que se había cumplido un ciclo. El movimiento piquetero ganaba adhesiones y militantes clase medieros. Y las asambleas populares ofrecían la posibilidad de empezar de cero. Yo volví a las salas de ensayo, y al bajo, que era de dónde venía, y tiempo después fui padre. Había acumulado una experiencia de vida sustancial, aunque también quedó flotando en mi cabeza una pregunta inquietante: si la política era para mí. Había revisado, eso sí, mi historia personal, conectando puntos difusos de la historia de mi padre a través de algunos encuentros con compañeros que habían militando con él. También removí la historia junto a mi madre y su segunda pareja –la madre de mi hermano-. Pude despojar de heroísmo su figura revolucionaria, para humanizarlo, y verlo como un hombre de carne y hueso que como tantos otros decidió dar la vida por un proyecto político. También me animé a reclamarle su ausencia. La agrupación me dejó muchos compañeros, con quienes me volví a encontrar en la calle, y en las filas del kirchnerismo, cuando decidí volcarme, otra vez, y ahora sí de manera rotunda, a la política.
Hace unos días, y después de dieciséis años de lucha, los H.I.J.O.S. inauguraron su casa –la Casa de la Militancia- dentro de la Ex Esma. Ya no quedan hijos o hijas –enmarcados dentro de la organización- que duden del proceso político que nos cambió la vida a partir del 2003. Hizo falta un debate que duró años, puertas adentro -como le ha sucedido a la gran mayoría de los militantes del campo nacional y popular que transitaban la historia por fuera del peronismo-, para convencerse, porque a ninguno de nosotros nos prepararon para apoyar a un gobierno. Nunca estuvo en nuestros planes. Pero lo imposible sólo tarda un poco más.
El 27 de junio pasado, entonces, los hijos reivindicaron, una vez más, la lucha de nuestros padres, la nuestra, las prácticas políticas de la agrupación, la solidaridad, el sacrificio, el compromiso, la búsqueda de justicia sin un solo acto de venganza, y también, subiendo el tono de una voz que se atoraba por la emoción, la figura de Néstor Kirchner. Arriba del escenario, junto a Paula Maroni y Carlos Pisoni, dos de los referentes de la agrupación, estaban sentados el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Duhalde, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, y la Ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner (fue ella quién cerró el acto). También las Madres y las Abuelas. Y abajo, mezclada entre la gente, Florencia Kirchner.
La realidad aprieta, acorrala, y las organizaciones deben re posicionarse cuando las riendas de la Nación están en manos de compañeros. Hacía tiempo que los militantes de Hijos acompañan las políticas de Estado de los gobiernos kirchneristas, pero ahora comparten foto con parte de sus funcionarios más importantes. No es para menos.
Enlazamos el documento leído durante la inauguración de la Casa de la Militancia. Es largo, y contundente, como cada vez que la agrupación sale a posicionarse políticamente.
Termómetro social VII (Álbum del Clausura Néstor Kirchner)

A la media hora de la cadena nacional en la que nuestra Presidenta anunciase la puesta en marcha de la ley de medicinas prepagas, y un par de horas después del fallo chaqueño que condenó a perpetua a los responsables de la masacre de Margarita Belén, con mi hijo volvíamos a casa por la calle Freire, en Colegiales. La noche de otoño ya había ganado la calle, y yo, al volante, intentaba sacarle algunas palabras acerca de su lunes. Pasábamos frente al kiosco donde hacía unos días habíamos comprado los primeros paquetes del Clausura Néstor Kirchner, a 1 peso cada uno, y los dos al mismo tiempo, al torcer el cuello, pegamos el grito: ¡el álbum!
Bajamos, y le dijimos a la dueña que queríamos uno. Lo tenía adherido a la vidriera, bien a la vista. Sale como loco, ¿no?, dije, con seguridad. Me lo sacan de las manos. ¿Y las figuritas? Lo mismo: vuelan. El tema es el precio, me parece, dije, mientras agarraba el álbum que ella me pasaba por una ventanita circular. Y qué te parece, suspiró, todas las figuritas deberían valer esa plata. Un precio popular, subrayé, y aparte, con Santino, y lo miré –ya estaba hojeando el álbum, a la altura de mi cintura-, nos gusta Néstor Kirchner. Me parece muy bien, devolvió ella, mientras agarraba los diez pesos que le daba por el álbum y cinco paquetes, a mí también me gusta.
Nos despedimos, entre sonrisas, y deseos de buena semana, llenos, contentos, con la certeza compartida, implícita pero no dicha, de que estamos bien, y que vamos a estar aún mejor.
El álbum, hay que decirlo, es barato. No sólo en precio: también en calidad. Viene con otro sub álbum adentro, sí, el de la Copa América, pero no se esforzaron mucho los ¿compañeros? en la presentación del producto. Colores opacos, poco y nada de diseño, diagramación básica.
Mi nene nota la diferencia con el resto de los álbumes. No es salame. Tranquilamente podría decirme algo así como “esto es una garcha, pá, prefiero mil veces los otros”, pero no. Todavía no dijo nada, y es más: pegamos las figuritas -sentados en la alfombra de casa, descalzos, habiendo tirado la ropa hacía dos segundos en cualquier parte-, del Patito Rodriguez, el Pelado Silva, la formación de Tigre y Argentinos, el Burrito Ortega con la camiseta de All Boys, el Bichi Fuertes, el Pochi Chávez y Leandro Somoza, entre otros, con la cálida familiaridad que te ofrece el hecho de verlos jugar todos los fines de semana en el Fútbol para Todos.
Para miles de pibes, imagino –entre ellos mi hijo, que se da el gusto de coleccionar los tres álbumes de fútbol que hay en la calle en este momento-, éste álbum quedará en la historia, como tantos otros, con la particularidad, no sólo de ofrecer precios populares, sino también, por la ilustración de Néstor -en el retiro de la tapa-, picando en punta, con toda la mediocridad junta de la oposición –a través de sus referentes-, intentando alcanzar sus tobillos, situación, por cierto, que nunca, pero nunca jamás, lograrán.
Néstor Kirchner, la vida y la muerte
1) El domingo 26 de diciembre, con Santino y Lalo –director de la revista-, tiramos una lona con varios ejemplares de KRANEAR frente a la pirámide de Mayo, en el marco de una movida que se llamó "Que florezcan mil flores", cuando faltaban pocas horas para que se cumplan dos meses de la muerte de Néstor. Distintos colectivos expusieron murales plásticos y fotográficos, hubo batucada, teatro, se leyeron poemas, y a las doce de la noche se levantó un vaso de sidra en su memoria, gritando emocionados algunas de las consignas que ya hicieron historia. Por la tarde, bajo el sol, varios compañeros no resistieron la tentación, y pelotearon junto a Santino, sobre las baldosas que durante más de treinta años pisaron las Madres reclamando la Justicia que hoy se cristaliza con políticas de Estado. Mi hijo, de siete años, jugó descalzo durante las dos horas, y recién aflojó cuando se hizo un pequeño corte en la planta del pie. Después nos ayudó a vender parte de las treinta revistas que se llevaron distintos compañeros del puñado de organizaciones que había en el lugar. 2) A Carlos Dasso lo contactamos para preguntarle si nos permitía citar unos pasajes de un artículo que había escrito el año pasado para la edición número uno de la revista Hologramática, editada por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Queríamos sus escritos para la nota sobre el Plan Argentina Trabaja de nuestro primer número de KRANEAR. Carlos había ensayado sobre “El Estado de Bienestar en Argentina” y sus ideas nos venían como anillo al dedo para tirar un ancla en la segunda mitad de la década del 40 del siglo pasado, y hacer un paralelo con las políticas sociales implementadas por el Estado Kirchnerista.
Aceptó, claro, después de un ida y vuelta muy armonioso de correos. Quedamos que lo invitábamos a la presentación de la revista. Así lo hicimos cuando llegó el momento, a mediados de diciembre, pero el hombre nunca contestó. Nos llamó la atención, por la amabilidad que había mostrado a lo largo de nuestro primer contacto.
En una de las tantas cenas que afloran para estas fechas, la madre de mi hermano nos comentó que Carlos Dasso había sido compañero de militancia de nuestro padre, y que había fallecido a comienzos del mes de diciembre.
La casualidad y la muerte, flotando pesadamente frente a nuestras narices, revoloteando como colibríes negros dentro de nuestros estómagos, cruzadas, a su vez, por el nacimiento de un proyecto muy deseado como la revista.
3) El miércoles pasado nos dimos una vuelta por el Hotel Libertador, en Córdoba y Maipú, en el centro porteño, para la presentación del segundo número de la revista "Desafíos para un proyecto nacional", cuya edición, de 128 páginas, está destinada a evocar la figura y la obra de Néstor Kirchner. El Consejo Editorial está conformado por cuadros políticos de la talla de Nilda Garré, Carlos Tomada, Alberto Sileoni, Mercedes Marcó del Pont, Jorge Taiana, Francisco Gutiérrez, Daniel Filmus, Agustín Rossi, Omar Plaini, Tristán Bauer, Ricardo Forster y Ricardo Rouvier, entre otros. A cada uno de ellos le obsequiamos, en mano, el primer número de KRANEAR. La titular del Banco Central de la República Argentina fue quien se hizo cargo de la breve y descontracturada conferencia de prensa, frente a las cámaras de la TV Pública, la agencia TELAM y varios fotógrafos. Con jerga militante, habló de Néstor con amor, respeto y admiración.
El dolor por la muerte menos deseada, otra vez abrazándonos, a todos, y con la misma tenacidad inexorable, en el segundo piso de un hotel cinco estrellas, o en la choripaneada de una UB de cualquier barrio.
4) La presidenta de la Nación nos dedicó, ayer, un mensaje de fin de año. A todos y a todas. Habló del crecimiento inédito que viene arrastrando en nuestro país, del masivo consumo popular que gana las calles -a pesar de las operaciones mediáticas que tienen como objetivo político reverberar con la insistencia de un acople el inconsciente colectivo con la falta de combustible, los problemas con la luz y las tomas de tierras-, habló de un índice de desocupación del 7,4%, del posicionamiento internacional que hoy tiene la Argentina y de la política de Memoria, verdad y Justicia que hoy disfrutan miles de compatriotas.
Y habló de él –porque así lo invoca, como “él”-, y se le quebró la voz, y se le humedecieron los ojos, y a nosotros también, porque su muerte nos rompió el corazón y porque el dolor de ella es también nuestro, y pidió, con absoluta humildad, que en el brindis, pensemos también en él, y en su ejemplo de sacrificio y voluntad por un país más justo.
5) Durante los últimos días del mes de enero nacerá Carmen, la segunda hija de mi hermano y primera de su pareja Julieta. Traerá, bajo sus bracitos, un caudal inconmensurable de vida, como lo hiciesen Manuel y Santino –los hijos de los Hermanos Dios-, y cada vez que los miremos jugando a la pelota, tirándose a una pileta, o durmiendo con la inocencia ganándole todos los músculos del cuerpo, volveremos a tomar conciencia de que la vida es eso: una acumulación de experiencias ligadas a las pérdidas de los que ya no están, y la esperanza y el amor por los nos rodean, lo que vienen, los proyectos, las ideas y los deseos. El dolor convertido en lucha no tiene techo.
Perdimos mucho pero vamos ganando. Semana de la Justicia
Termina el año del Bicentenario, uno de los años más intensos de nuestras vidas. La muerte de Néstor como imagen total de dolor, pasión y compromiso puede ser el título o la metáfora del año. Muchas muertes, pero respondidas con mucha vida, con muchos proyectos, con mucho futuro.
Alguna vez Sandra Russo, en el living de su casa, cuando íbamos al taller de escritura que ella daba, nos dijo que teníamos una tremenda pulsión de vida. Que el asesinato de nuestro viejo y las desapariciones de varios familiares, nos había dado una energía especial. Piropo más, piropo menos, la cosa es que perdimos mucho pero vamos ganando.
El martes se dicta sentencia por los delitos de lesa humanidad cometidos contra 184 víctimas, en los centros clandestinos Club Atlético, Banco y Olimpo, que conformaron el circuito represivo “ABO” durante la última dictadura cívico-militar. Demasiada muerte ahí, pero respondida con exceso de vida. Por el juicio (que duró más de un año) pasaron a declarar muchos compañeros nuestros, de nuestra generación, que contaron el secuestro y la desaparición de sus viejos. Su huerfandad. Hay un festival de puta madre el martes organizado por H.I.J.O.S, en la puerta del Tribunal, en Comodoro Py, hay música, toca Fidel Nadal, hay fiesta. Cuando llega la justicia es una fiesta.
El miércoles los jueces cordobeses van a contarle a todo el que quiera escuchar la sentencia en uno de los juicios a los milicos que se lleva en Córdoba: van a condenar a Videla. A 200 años de la Revolución de Mayo, Argentina escribe las bases de los próximos años. Lo que sí y lo que no, en un país democrático y que apunta a la justicia social. Todo antes de navidad, para que pasemos una linda noche buena y un gran fin de año lleno de reparaciones.
Un rato después de la condena a Videla, vamos a estar presentando la revista Kranear (ver en la columna de la izquierda, arriba, en este blog). Un granito de arena en esta revolución de la era kirchnerista.
Y a pensar en el 2011. Hay mucho para hacer y mucha pulsión de vida para desparramar.
Viene Carmen.
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Este asunto está en tus manos, nene

Cuando leí el blog de Anibal mi corazón repleto de ricota casi explota.
El sábado vamos a Tandil. Lo llevamos a Néstor para que haga pogo con nosotros.
Frente al cajón

Caminando por los pasillos de la Casa Rosada seguía con dudas. Sabía, sí, que iba a plantarme y desterrar mi padecimiento, pero me faltaba la letra. El silencio del luto institucional del edificio me aceleró el corazón. Los pocos que hablaban lo hacían en voz muy baja. Faltaban, quizá, dos o tres minutos para estar delante del cajón, y la presidenta. Estaba con mi hermano, Juli -que es su pareja y compañera, y que lleva a Carmen dentro de su panza- y Gise, tres de las personas con quienes comparto los mismos espacios desde que volví a la más hermosa y comprometida militancia, a comienzos del 2007. Me iluminé en el momento justo, cuando ya estábamos perfilando para el salón, unos segundos antes que una chica de Presidencia nos dijese que no se podían sacar fotos. Ellos estuvieron de acuerdo. El grito de guerra venía de los homenajes que se le dedica desde hace muchos años a los treinta mil desaparecidos.
Hicimos diez pasos por un pasillo y ante nosotros se abrió una de las fotos más fuertes de nuestras vidas. El silencio era atroz y las figuras estacadas al suelo parecían ángeles negros. Antes de que me venciese el peso de la historia, pegué el primer grito -que si hubiese sido escupido en una iglesia habría hecho revolotear con desesperación a la bandada de palomas que descansaba en la cúpula-:
- ¡Compañero Néstor Kircher!
- ¡Presente! –sonó al apoyo de mis compañeros.
- ¡¡Compañero Néstor Kirchner!!
- ¡¡Presente!! –gritamos los cuatro y unos cuantos de los funcionarios.
Yo miraba pero no veía.
- ¡¡¡Compañero Néstor Kirchner!!!
- ¡¡¡Presente!!! –gritaron, ahora sí, casi todos los funcionarios y
demás personalidades, alzando las manos con los dedos en V.
- ¡¡¡¡Ahora!!!! –grité con todas mis fuerzas.
- ¡¡¡¡Y Siempre!!!! –estalló.
- ¡¡¡¡¡Ahora!!!!! –repetí.
- ¡¡¡¡¡Y Siempre!!!!!
- ¡¡¡¡¡¡Ahora!!!!!! –dejé salir todo lo que tenía adentro.
- ¡¡¡¡¡¡¡Y Siempre!!!!!!
Quebramos en llanto y a partir de ahí, por el lapso de ¿cinco, diez? segundos eternos, le gritamos a Cristina que tenga fuerza. Ella, sentada, se tocaba el corazón y con un gesto de la mano nos decía que sí, que nos vayamos tranquilos. Qué lloremos todo lo que haga falta. Le temblaban los pómulos de la cara y parte del cuerpo.
El aplauso cerrado que tronó dentro del salón de los Patriotas –por una y mil veces a lo largo de las más de veinticuatro horas que duró el velatorio-, se fue apagando, mientras nosotros salíamos fundidos en un abrazo, en dirección a la luz que llegaba de la Plaza.
En la explanada que nos dejaría en la calle, frenamos unos segundos para ponerle una palabra a lo que acababa de suceder. No la encontramos. Me prendí un cigarro y descansé la mirada en las cientos de coronas que inundaban uno de los frentes de la Casa de Gobierno. El más concreto símbolo de la muerte y el adiós –después del cajón y los lentes y trajes negros-, se hacía carne. En el teléfono empezaron a caer llamadas. Muchas. Frente a la televisión, al parecer, había unos cuantos que, estacados a la imagen, no podían hacer otra cosa que mirar el transcurrir de uno de los sucesos más conmovedores que nos haya tocado vivir en todas nuestras vidas.
Manu y Santino Dios







